No tuve noticias de Marisa durante toda la semana siguiente.
El tiempo que tardó en reunir el valor suficiente para contárselo a su papuchi y
el que éste empleó en poner a los sabuesos tras mi pista.
Luego, comenzaron a pasar cosas raras.
El primer motivo de alarma fue el seguimiento al que me
sometieron un par de "armarios". Unos chicos muy educados, bien trajeados, pero
que no me inspiraban mucha confianza.
Por la mañana, esperaban a la puerta de casa a que saliera
para la oficina, para llevarlos de escolta cuatro pasos más atrás. El segundo
día hasta me tocaron el timbre del portal, cuando vieron que me retrasaba y que
iba a llegar tarde al trabajo.
A media mañana, me los volvía a tropezar. Escolta hasta las
dependencias ministeriales y/o municipales.
A la hora de comer, gozaba de su silenciosa presencia en la
mesa de al lado.
El modus operandi se parecía mucho al del Cobrador del Frac,
menos espectacular, pero igual de intimidante para el objetivo del seguimiento.
La idea inicial, que era un bromazo de mal gusto por parte de
alguno de los cabrones de mis colegas, empecé a desecharla cuando los interrogué
uno por uno.
-"¡Joder, tío!. Una cabronada así, sólo se te ocurriría a
ti"-. Prueba del gran aprecio que me profesaban los amiguetes.
El asunto empezó a joderme el segundo día, al encontrármelos
apostados en el portal de una conocida, a la que había ido a consolar durante la
ausencia de su trabajador marido. Que la velada se prolongase hasta las 03.30 h,
fue por tener que buscar una farmacia de guardia para reponer las existencias de
"chubasqueiros do pito".
Al día siguiente, me levanté decidido a discutir
civilizadamente el asunto con ellos. Mala idea. El ademán que hicieron ambos, de
buscar algo a la altura del sobaco, me convenció de que no era prudente entablar
conversación.
La siguiente desgracia me la comunicó por teléfono la
propietaria del apartamento: rescisión del contrato de arrendamiento. ¿Motivo?:
una excusa muy mala sobre el hijo de una prima segunda, un traslado…¡y una
leche!.
- "¡Vale, japuta!. ¿Y también le vas a cobrar al sobrino los
gastos de comunidad en carne?".
Y como las desgracias siempre llegan de tres en tres, la
siguiente rescisión de contrato fue el laboral.
Yo era, soy, un tipo pacífico (no me lío a hostias así como
así, salvo grave provocación), sensible (cuando el adversario, tras grave
provocación, muerde el polvo, me abstengo de patearle la cabeza), educado
(después, suelo llamar a los servicios de urgencia), dialogante (antes, expreso
de forma ordenada y lógica los motivos de la agresión) y nada rencoroso (cuando
ya me estoy yendo, no vuelvo a romperle los dientes…salvo en un par de
ocasiones).
Comprenderán vds, que después de tanto infortunio,
respondiera de forma un tanto maleducada, a la invitación del jefe a discutir la
liquidación del contrato.
-"¡Pedazo mamón!. ¿Quién ha puesto éste negocio moribundo a
dar pasta?. ¿Tú?. ¿El "tarao" de tu sobrino?. ¿La mamona de la secretaria?"-.
(Fea como un demonio, pero con un morrito que dejaba adivinar cuales eran sus
funciones en la oficina).
No pretendía cargarme el ordenador del jefe, no lo hice a
propósito. Tropecé con el cable. Pero el tipo parece que pensó otra cosa. Así
que no tuve necesidad de mostrarme excesivamente persuasivo para que cantase.
-"Mira, no es cosa mía dónde la metes. Pero has jodido a un
tipo peligroso…con
influencias".
Ni se me pasaba por la cabeza que tan aciago cúmulo de
desdichas pudiese tener relación con Marisa, así que seguí insistiendo
educadamente, con las dos manos en las solapas de su chaqueta, subiéndoselas
hasta las orejas…no fuera a resfriarse, el pobre…hasta que escupió el nombre, la
dirección, el DNI y todos los datos de la ficha del cliente.
¡Me quedé de piedra!. El primer apellido coincidía, y atando
cabos…¡Todo éste lío por un polvete, hay que joderse!.
Salí de la oficina con el talón de la liquidación en el
bolsillo. El doble de la que legalmente me correspondía. Visto el buen resultado
del incidente del ordenador, me volví un patoso repentino: tropecé con las
sillas, un archivador, el portarretratos de la familia, que luego pisé sin
querer, las cortinas se vinieron abajo sin saber por qué, la lámpara se desarmó
misteriosamente y el ficus terminó fuera del macetero…lo que se dice una
negociación de libro.
Con buen ánimo, me dirigí a la mansión familiar de papuchi.
La muy puta no había comentado nada sobre su familia. Yo
tampoco; de hecho, ni que el viejo había pasado a mejor vida hacía poco. Pero,
coño, ya se sabe que los tíos somos muy reservados con nuestras cosas, ¿no?.
Ya me extrañaba a mí que, mientras se fumaba el cigarrillo
post-coital, sólo me hablase de sus amigas y los colegas de facultad. Una tía
como es debido, vacila un poco con la pasta de papá y te da la posibilidad de
considerar la conveniencia de un braguetazo. Aquel mismo año, un par de colegas
lo consideraron adecuado.
Que semejante hijoputa (el papuchi de Marisa), estuviese
forrado de pasta, ya lo iba considerando durante el trayecto, visto el
despliegue operativo que había montado. Cuestión que se vio confirmada cuando
llegué, en taxi, al portón hierro forjado de 4 m de altura, cámaras de
vigilancia y caseta de seguridad con inquilino. Un kilómetro más adelante, al
fondo de un camino bordeado por árboles centenarios, se alzaban como 2.000 m2 de
construcción modernista de tres plantas.
-"¿Que el señor no recibe sin cita previa?. ¡Dígale que
quiere verle el que le va a hacer abuelete!"-. Y
pasé, vaya que si pasé. Pasé cagando leches.
¿Qué podría haber sido más diplomático?...psssi, es probable.
Pero tenía prisa por dejar bien claritas un par de cosas: olvídame, cacho
cabrón, tú y tu hija.
-"Como vuelva a ver a los dos tíos de negro, te meto un puro
por acoso que te cagas, viejo…"-. Entré
gritando en el despacho, hasta que un par de manazas me agarraron por los codos
y me llevaron volando hasta una silla, donde me dejaron caer con unos modales
muy poco finos.
-"Valiente mierda de yerno me ha ido a caer en suerte. Un
muerto de hambre sin
educación"-. Decía el tío, muy tranquilo, sin levantar la voz, mirándome por
encima de las gafitas de leer, con cara de asco, mientras repasaba
los cuatro folios de mi curriculum vitae, hazañas cinegéticas recientes
incluidas, supongo. Y los dos gorilas, uno a cada lado de mi silla, poniéndome
las manos en los hombros. ¿Querrían darme apoyo moral?.
¿Yerno?. ¿Habría oído bien?.
-"Oiga, creo que se equiv…"-. Me dio tiempo a decir, antes de
que el fulano ladeara la cabeza, señalándome. Las
dos hostias que me cayeron, aparte de volver a abrir la vieja
cicatriz del labio, me convencieron de quedarme calladito.
Éste verano se ha hecho muy popular cierto personaje, con
apariciones estelares en los telediarios: un tal Paco el Pocero. Digamos de
ambos compartían algo más que el nombre, se daban un aire, la misma sensibilidad
reflejada en el rostro; en el caso del suegro, con algo menos de pelo, cierto
aire mafioso y poses de gentleman, o quizá el acojone no me dejaba ser objetivo.
-"No estás aquí para opinar, saco de mierda. No quiero oírte
decir ni una palabra hasta que te pregunte. El caso es que, éste lamentable
asunto, afecta directamente mi dignitas"-. Así como suena, en latín. Que se note
la influencia de una buena educación clásica, aunque el asunto a tratar sean mis
pelotas.
-"Has dejado embarazada a mi hija…mi única hija. Vas a firmar
unos papeles y a casarte en diez días. ¿Estamos de acuerdo?"- Y creí llegado el
momento de exponer razonadamente mi punto de vista.
-"¡Chúpamela!". Lo que desencadenó otra ensalada de hostias.
Es que ni ahogándome puedo tener la boquita cerrada.
-"Claudio, ¿han comido hoy los perros?. ¿No?. ¡Magnífico!. El
camino hasta el muro es largo, propicio para que algún indeseable sufra un fatal
accidente"-. Otra vez ese tono neutro, como si no fuese conmigo la cosa.
-"¡Dadle un pañuelo, hostia, que me está dejando perdida la
alfombra!"-. Vaya, se altera cuando le mancho la alfombra de sangre, pero no
cuando me fríen a leches o planea cómo darme pasaporte, curioso. Habrá que tomar
nota.
Y el menda, que era un inconsciente, pero carecía de
tendencias suicidas, firmó lo que le pusieron delante y quedó régimen de
libertad vigilada, mientras uno de los chicos de negro se pasaba por la pensión
a por mis cosas, que nunca más volví a ver. Me jodió perder la agenda.
Una vez aseado y borrados los rastros de la calurosa acogida
recibida, fui presentado al resto de la familia en cena gala.
Mamá Patricia, poliadicta medicamentosa, capaz de trasegar
prodigiosas cantidades de escocés de malta, calladita y golfa (la mirada
braguetera que me dedicó como bienvenida, ya me sonaba de algo).
Mi queridísima Marisa, empeñada en convencerme del idílico
futuro que nos esperaba, mientras yo calibraba las proporciones de su culo,
comparándolo con el de su mamá. Ganaba Marisa, por escaso margen.
La abuela Gertru, un elemento decorativo más de la mansión,
afectada de Alzeimer terminal.
Ahorraré al sufrido lector la lista de preparativos para tan
magno evento. Y la serie de indignidades a las que me sometieron. En tres días
no me conocía ni la madre que me parió.
Y hablando de mamá: de ligue en Benidorm, en un viaje del
INSERSO (o como coño se llamaran entonces las orgías de jubilados), ni se enteró
hasta después de la boda.
Menos mal que pude invitar a media docena de colegas, los más
presentables, bajo la supervisión de una mosqueada novia. A media docena de
colegas y sus respectivas, menuda colección de guarrillas…iba a resultar una
boda divertida, a pesar de todo.
La reclusión preventiva a la que me sometieron, siempre que
no me diera por pasear más allá del invernadero, territorio por el que
patrullaba la jauría de asesinos de cuatro patas, tampoco era carcelaria. Tenía
derecho a visitas vis a vis. Derecho a recibirlas, no a realizarlas.
Gilipolleces del paterfamilias, como se autodenominaba Paquito, según la lengua
viperina de mi futura suegra, que en estado sobrio (hasta media hora después de
desayunar) no hablaba, pero bajo los efectos de estimulantes, antidepresivos y
el alcohol, hacía funcionar la lengua con efectos devastadores.
Siendo quisquilloso, debería decir que una sola visita, por
parte de Marisa. Y siendo más explicito, debería añadir el por qué, cómo y
cuando.
En cuanto al por qué: por un desgarro anal. Práctica a la que
yo me había negado previamente, en razón de cierta anormalidad anatómica,
descrita en algún capítulo anterior. Pero Marisita estaba ansiosa por afrontar
nuevos retos sexuales. Menudo escándalo se armó camino de urgencias.
El cuando: la segunda noche. (La primera me dolía la cabeza,
las costillas, el estómago y el amor propio. Pero qué cojones hago dando excusas
al querido lector. Ni que estuviéramos casados, tú).
En cuanto al cómo, ¡échenle imaginación, joder!.
-"Bonito espectáculo disteis anoche. ¿Te gustaría ver la
grabación?. Merece la pena". Me soltó la suegra la tarde siguiente, aprovechando
la ausencia de la nena (con un par de grapas adornándole el culo) y Paquito, que
andaban repartiendo invitaciones a la flor y nata de la aristocracia local.
Viendo el estado, lamentable estado, en que se encontraba,
podía imaginarme cualquier cosa.
Nos sentamos en el salón, con la segunda botella de escocés,
ya mediada, a mano.
De que la finquita estaba plagada de cámaras de seguridad, ya
me había dado cuenta, no era ningún paleto.
Pero de que las hubiera también dentro de la casa,
camufladas, no. Mi retorcida mente aún no estaba lo suficientemente entrenada.
Así que podrán imaginar mi desconcierto cuando comenzó la
repetición de las mejores jugadas del desvirgue anal de Marisita. Menos mal que
el plano era general y tomado desde una distancia prudencial.
No es que estuviera incómodo con aquella flagrante
intromisión de mi vida privada, estaba lívido de terror pensando en la reacción
de mi (ya inminente) suegro, al ver a su hijita…su única hija, berreando como
una posesa con la enculada.
¿Acaso su madre estaba indignada, escandalizada, presa de ira
justiciera contra el autor de tamaño desaguisado?. Yo diría que no. Ni por un
instante. Es más, el descojone que se traía al principio de la emisión, más por
mi cara que por la temática de la grabación, me relajó bastante.
¡Joder con Dña. Patricia!.
Del descojone pasó a la curiosidad puramente técnica, con
algún que otro comentario jocoso sobre la impericia de su hijita en dichos
menesteres.
De la curiosidad técnica, dos copazos más tarde, pasó a
demostrar gran interés (yo no paraba de buscar el mando a distancia para bajar
el volumen…tampoco tenía por qué enterarse todo el servicio doméstico).
Del interés, a ponerse como una moto, no tardó nada.
Y lo demostró dejándose resbalar en el sofá, poniendo un pie
encima de la mesita, remangándose la falda y empezando a juguetear con una mano
en sus braguitas y la otra pasando del vaso, dónde metía los dedos, a la boca,
dónde los rechupeteaba con cara de vicio.
Al llegar al clímax de la grabación, con la histórica frase
de: "¡Me has roto el culo, cabrón!", Dña. Patricia tenía la braguitas de encaje
bamboleándose graciosamente del tobillo que apoyaba en la mesita, una mano en el
chochazo (sin que pueda precisar con cuántos dedos y hasta que falange
introducidos) y con la otra sujetaba firmemente una polla a la que mimaba con
virguerías de tragasables.
Creo haber comentado ya, que los atributos de mi querida
suegra, no eran moco de pavo. Salvo por algún ligero rastro de celulitis en los
muslos, el resto de la carrocería se mantenía en aceptable estado de
conservación, con expresa mención de unas tetas impresionantes, que juraba no
haber sometido a cirugía estética…no sé yo, al tacto no lo parecía, pero
mantener firmes esos melones a su edad…
Si a esto unimos un carácter de naturaleza cachonda y su
falta de inhibiciones, provocada por sus aficiones etílicas, tenemos como
resultado la suegra ideal.
El primero de mis muchos destrozos en el mobiliario, fue el
manchurrón que quedó en el sofá del salón. La dueña de la casa se cuidó de
mantenerlo intacto, dando al respecto estrictas órdenes al servicio, como
recuerdo de un primer acercamiento familiar. En el fondo es una sentimental, la
vieja.
Los acercamientos empezaron a hacerse diarios. Siempre
encontraba una buena excusa para hacer desaparecer al par de estorbos:
restaurante (en dos ocasiones), iglesia, floristería, sastre y modista (dos y
tres, respectivamente)…y alguna más que no recuerdo. Con el cuento de que la
niña es tonta y le toman el pelo y de que tú, querido, tienes un gusto
deplorable; así que juntos, os complementáis estupendamente.
El cachondeo que se traía, con el roto del culo de su hija,
era constante. Y no me extraña. Menudo agujero negro se gastaba la suegra: capaz
de engullir una galaxia.
A falta de condones, el primer homenaje a tan portentoso
fenómeno natural, lo realicé con la mano hasta la muñeca (fisting, con h
intercalada por algún lado, lo llaman ahora los horteras), sin mucho alboroto
por su parte.
Una vez solucionado el desabastecimiento, fui un alumno
aplicado en una materia que tenía muy desatendida, durante un cursillo acelerado
de dos semanas escasas.
La que andaba muy triste aquellos días era Marisita.
Insistiendo en darme las buenas noches.
-"Que no, mujer. Tómate un respiro, relájate, que te veo muy
tensa. Pero relájate de otra manera, coño. Y no la vayamos a joder y se te
salten los puntos"-. Procuraba tranquilizarla.
Al que no tranquilizaba en absoluto mi presencia, era al
cabrón del suegro, se le veía muy mosca con la repentina locuacidad, menor
consumo de sustancias estupefacientes y risitas que se traía su mujer. "¡Jódete,
cabrón!, que ya me he enterado de que las habilidades traseras de la parienta no
son cosa tuya". Lo pensaba, le tenía mucho amor a mis pelotas como para
verbalizarlo.
Sólo dos o tres cositas más, antes de dar por finalizado tan
doloroso capítulo de recuerdos.
El traje del novio. Espectacular, lo juro. A medida. Sastre a
domicilio.
Una vez desechados todos los modelos del catálogo vip de
novios, me decidí por uno del catálogo de disfraces: húsar de caballería en
traje de gala. Botas altas de cuero y espuelas, mallitas azul claro, marcando un
paquete torero, charreteras por un tubo, cazadora al hombro, sombrero de piel y
espadón al cinto. Vamos, que estaba hecho un pincel.
Claro, el tío flipaba. Me costó un huevo convencerlo de que
había que llevarlo más en secreto que el traje de la novia.
Tuve que echarle huevos para ponérmelo el día de la boda.
Pero resultó: la novia estuvo en un tris de dar la vuelta al entrar en la
iglesia, el suegro amagó con un trombo coronario (lo bordó, una actuación de
oscar), a la suegra se le corrió el rimel con el ataque histérico de risa, el
cura ni se inmutó (lo que no habrá visto el tío) y entre el público asistente,
división de opiniones (el que no se cagaba en mi padre, lo hacía en mi madre).
Los colegas amenizaron la función con gritos de "torero, torero".
Pero el sabotaje, aunque divertido, no tuvo los efectos
deseados y la ceremonia terminó como terminan todas las bodas: con una novia
sonriendo radiante y un novio sonriendo con cara de idiota.
El banquete. Aperitivos, primer y segundo plato muy sosos,
unos postres juguetones y fin de fiesta por todo lo alto.
Hasta los postres, como todas, un auténtico coñazo. Luego me
acerqué a la mesa de los colegas (mesa amplia, para doce, con manteles finos,
bordados y, lo más importante, bien largos, de los que arrastran por el suelo).
Aprovecharon para sacar el regalo sorpresa: maleta de cuero con todos los
adminículos sexuales imaginables, con el correspondiente jolgorio al ir pasando
de mano en mano y escándalo de distinguidos invitados.
Ya metidos en faena, alguien propuso aprovechar y ver quién
pagaba la cuenta. A las guarrillas empezaron a hacerles chiribitas las bragas y,
en un descuido, ya se habían sorteado los turnos de actuación. En circunstancias
normales, cuando nos jugábamos la cuenta en un restaurante, le tocaba pagar al
que se delataba en un mayor número de ocasiones.
¿Qué, ya vamos pillando las reglas?. ¡No me jodan y digan que
si!. Se me hace tarde, y ya se mosquea cierta individua con tanto chateo.
Había que ser un consumado actor para mantener una
conversación mientas te la maman bajo el mantel. Y aquel día, ya que no nos
jugábamos nada, la peña no se cortó un pelo.
La noche de bodas. Inolvidable. Aprovechando el relajo de las
medidas carcelarias de seguridad, nos largamos los trece. La juega duró dos
días, hasta que me localizaron los chicos de negro. Ni los colegas ni yo
estábamos en condiciones de oponer resistencia a la detención.
¿Qué pasa con el título?. Tenía pensada una brillante
disertación, pero…"¡JODER, YA VOY. ME ESTOY LAVANDO LOS DIENTES!"