UNA PROPUESTA INDECOROSA (III)
NOTA: Solo para los que leyeron la primera y segunda parte
y saben de qué va este relato.
Después de lo sucedido entre ambos, nuestra confianza creció
aún más y provocó que nos sintiéramos mejor el uno con el otro. Estuvimos
nadando un rato en el mar y jugueteando otro tanto, organizando competencias de
nado, y sumergiéndonos entre las piernas del otro para elevarnos sobre el agua
mientras nos cargábamos sobre los hombros. Fueron momentos muy excitantes.
Permanecimos en la playa hasta que el hambre nos venció, nos pusimos nuestros
bañadores y regresamos al Chalet a preparar la comida. Entonces surgió la idea
de intercambiar nuestros números celulares, porque a Adam le tocó sazonar los
peces mojarra y a mí ir a la tienda más cercana (que es solo un decir, porque
estaba como a 120 metros de distancia) por otras latas de cervezas para
abastecer el refrigerador. Llegando a la tienda, tenía que marcarle a mi
anfitrión para comunicarle si había o no las especias que me había encargado, o
él me diría que más le hacía falta en la cocina. Con este motivo tan sencillo
como práctico, fue como él se quedó con mi número de celular, y yo con el suyo.
Eran casi las cuatro de la tarde cuando empezamos a comer
acomodándonos en la terraza, con una vista maravillosa del atardecer frente a
nuestros ojos, aquella copia fiel del "regalo" que Adam me obsequió el día que
llegamos al Chalet. Charlamos de cosas triviales sin llegar a tocar nunca el
tema de lo que había acontecido en la playa. Aquella paja que le había regalado
no fue objeto de algún comentario por su parte, pareció como si nunca hubiera
sucedido. ¡Que pena!, pero quizá fue mejor así.
Aquella noche, luego de bañarnos y arreglarnos cual sexys
cabrones en busca de marcha, decidimos salir de antro al centro de la ciudad.
Llamamos a un taxi y hacia allá nos dirigimos, solo que antes de elegir alguno
de los videoantros, Adam me pidió que lo acompañara a una farmacia por
"provisiones", según me dijo. Al principio no le entendí qué iba a comprar, pero
al llegar al mostrador fue claro y directo y le pidió al chico que se encargaba
del negocio un paquete de condones de conocida marca mundial. El chico, un
jovencito quizá de mi misma edad, de buen aspecto, atendió el pedido y mientras
los colocaba en la bolsa de despacho noté como veía a Adam y luego me veía a mí,
dibujando en su rostro un gesto de sospecha o curiosidad por saber quienes eran
estos dos hombres que tenía enfrente y que venían a su tienda a comprar
condones. ¿Serían solo dos amigos hetero compartiendo las compras, o dos amantes
gays iniciando su amorío nocturno? Me ruboricé al pensar que tal vez sería la
segunda opción la que había venido a la mente del chavo. "Hay que estar
asegurado para esta noche" –se dirigió a mí Adam cuando abría su cartera y
sacaba el dinero para pagar, provocando que me ruborizará por los tamaños ojos
que puso el chico de la farmacia cuando oyó el comentario, y al notar que me lo
quedaba viendo con firmeza, me dedicó una sonrisa cómplice y libidinosa, como
diciendo: ¡Vaya pedazo de tío que te has levantado, amiguito!" ¡Qué habrá
pensado de nosotros ese cuate! ¡Dios, que suerte la mía!
Al salir del establecimiento, Adam me regaló un preservativo
por si esa noche de ronda lo necesitaba. Tuvimos suerte que el cadenero de aquel
famoso antro nos dejara pasar apenas nos vio la facha, y es que en este país
cualquier antro que se precie tiene un tipo gordo y malencarado haciendo guardia
a la entrada del mismo, sintiéndose Dios eligiendo por vista y dedazo a quien
podía o no dejar pasar a su territorio. Eso a veces es bueno, porque la mayoría
de la gente que logra la entrada es muy atractiva físicamente, o al menos se le
ve una buena cartera como referencia. Muchas chicas superatractivas bailaban en
el lugar, y otros tantos chavos superguapetes hacían lo mismo con ellas, como es
clásico, cada uno tratando de ligarse (liarse) a una chica con la cual tener
sexo esa noche. La música a todo volumen casi no nos permitía escucharnos el uno
al otro cuando intentábamos charlar. Todo aquello era un cúmulo de energía y
adrenalina estallando por todas partes. Los movimientos sumamente sensuales de
algunos y algunas, aquellos fajes disimulados en pleno baile, aquellos olores a
sudor mezclados con las mejores colonias y perfumes de aquel gentío de
adolescentes chaqueteros y jóvenes calenturientos en pleno desarrollo hormonal.
Canciones como el Don’t Cha de The Pussycat Dolls, Umbrella de Rhianna, el
setentero Young Hearts Run Free de Candi Staton, el Promiscuous de Nelly Furtado,
el Candyman de Christina Aguilera, el Music Disco Inferno de Madonna, amenizaban
con sonido estridente -pero aún así delicioso- el evento. Recordé cuando meses
atrás, precisamente en una Disco de iguales características, di por terminada
una inolvidable relación y empecé de nuevo a dejarme consentir por la vida…
Pedí al bartender un "cosmopolitan" y Adam en pleno relax se
puso a bailar con dos fulanas que le hacían show abrazándose a su cuerpo como
sándwich y metiéndole mano con el pretexto de manejarlo en la pista de baile.
Ese cuerpo de hombre en la plenitud de su juventud aunado a sus coquetos
movimientos, me inspiraron, o mejor dicho, me excitaron. Yo le contemplé desde
la barra disfrutando mi bebida como si disfrutara aquel delicioso semen que
horas antes le había sacado de los cojones.
Me mezclé entre la gente y percibí algunas muestras de querer
hacer contacto conmigo, pero mi humor no estaba en su mejor momento. No quería
bailar ni hacerme el machito flirteando con alguna chica, así que permanecí
solitario entre la multitud hasta que una voz atrajo mi atención cuando se
dirigió hacia mí para invitarme otra copa. Era un chico hermoso, rubio, delgado,
que por un momento me recordó a aquel campesino de la carretera que esperaba el
camión de regreso a su hogar. Obviamente no era él, pero sí era del tipo. Y aquí
está la razón del por qué me considero más especial que otros tíos de
preferencias similares, porque otro en mi lugar ya se estaría marchando con ese
cuate al baño más cercano, pero yo dejé pasar esa oportunidad de buena manera,
mis deseos estaban puestos en otro hombre.
-No gracias, ya he bebido suficiente –fue mi respuesta.
-¿Y por qué tan solo? –intentó hacer plática, por lo que
deducí que me estaba probando.
-No estoy solo –le sonreí-. Vengo con alguien, pero ahora
mismo está bailando por allá –le señalé con la mirada.
-¿Vienes con alguna de esas chicas? –preguntó con tono de
decepción.
-No, no vengo con ellas. Vengo con él –le señalé al guapo
hombre que se divertía entre ellas, o sea, a Adam.
-Ah, okay, comprendo… -dijo el chico haciéndose mil ideas en
la cabeza-. Pero se ve que tu acompañante sí se divierte, ¿por qué tú no?
-Claro que me divierto, a mi modo pero me divierto. ¿Y tú qué
onda? ¿Eres policía o algo similar?
-Jaja. En la vida real no, pero en fantasías quién sabe
–sonreí por su ocurrencia-. ¿Quieres salir a dar una vuelta? –fue su última
proposición, hasta el momento no me había dado indicios de nada fuera de lo
normal, pero a veces uno capta la intención luego, luego, ¿no es cierto?
-Está bien, ¿una vuelta a donde?
-Tú solo sígueme y yo te indico –fue su respuesta llena de la
alegría del triunfo.
Lo sé, caí en lo mismo que tanto crítico... Pero para ser
rápido y concreto, diré que nos dirigimos a la cabina donde se guarda el
material de aseo del lugar, y es que al parecer este chico conocía a alguien del
antro porque consiguió rápidamente la llave y procurando no ser vistos (aparte
la cabina estaba ubicada en la parte más oscura del fondo) nos internamos en
aquel recóndito y apretado espacio. No pronunciamos más palabras, ambos éramos
mayores de edad y sabíamos lo que queríamos y a lo que íbamos, o al menos yo sí
lo sabía. No hubo sexo, ya he dicho que yo no cojo con cualquiera, pero de lo
que sí hubo –y mucho- fueron besos de lengüita, sabrosos besos por todo el
rostro, los labios, las tetillas, el cuello, el torso y el abdomen inmejorable
de ambos. Fajamos con toda nuestra pasión de adolescentes, tratando de contener
los gemidos, que de haberse convertido en gritos, no creo que nadie pudiera
escucharnos afuera por la música de Nelly Furtado sonando en los altavoces. Hubo
manoseos de nalgas, de paquetes, pero todo sobre la ropa, sin bajar nunca el
pantalón, hubo caricias de espaldas, brazos, músculos jóvenes embriagados por un
perfume de marca. Si era yo o no un chico promiscuo, depende de la mentalidad de
cada quien. Nos besamos y nos metimos mano por todos lados. Éramos dos
varoncitos en brama queriendo desfogarse sodomizando uno al otro. Pero de mi
parte aquel caldeo solo fue para aplacar la calentura que me llevaba rondando
todo el día. Pobre chavo, porque él sí quería algo más, quería una buena cogida
o al menos una buena mamada, pero yo no estuve dispuesto a dársela. Quizá solo
lo utilicé para sofocar mi fuego interior. ¡Que maldad la mía, ¿verdad?! Me
acordé por un momento de aquellos chavales desconocidos que esperaban su autobús
el día en que yo viajaba a esta ciudad. Me imaginé aquel encuentro caliente que
podrían haber tenido en la hacienda abandonada, tal y como nosotros lo estábamos
teniendo en la clandestinidad de un espacio público.
Al salir de nuestro aparcamiento me dediqué a buscar a mi
compañero de viaje entre la muchedumbre, pero no hubo rastros de él. Busqué
entonces a las dos tipas con las que bailaba, pero solo llegué a ver a una de
ellas. Me preocupé por no encontrarlo, y una idea no tan absurda me vino a la
cabeza: tal vez él también estaba por ahí fajándose a la chica, o quizá se la
estaba recetando en alguno de los baños, o incluso, que se había ido a uno de
los moteles cercanos para fornicársela en paz. Me sentí un poco celoso, pero
también reflexioné que si yo lo había hecho, ¿él por qué no? Era hombre y tenía
todo el derecho. Esperé unos minutos para darle tiempo a lo que sea que
estuviera haciendo, y pasado un buen lapso me fui hacia los baños en su
búsqueda. Llegué al baño de hombres, y lo busqué con disimulo entre los
mingitorios, aprecié una buena cantidad de vergas de todo tipo y tamaño, pero no
vi la de él, jeje, mejor dicho, no lo vi a él. Me acordé entonces que portaba en
mi celular el número del suyo, y decidí enviarle un mensaje. Su respuesta no
tardó en llegar, estaba en el túnel que da a la salida, charlando con aquella
mujer. Le dije que ya me quería retirar, pero que si él deseaba quedarse por mí
no había problema. Lo alcancé a la salida, y para mi fortuna él decidió venirse
conmigo de regreso al Chalet, argumentando que estaba demasiado cansado, y toda
la cerveza que habíamos ingerido durante el transcurso del día comenzaba a
hacerle algo de efecto. Pagamos un taxi y nos regresamos al Chalet, nos aseamos
y nos acomodamos para dormir, claro, ambos desnudos.
-¿Qué tal tu noche? –me preguntó- ¿pescaste algo?
-Regular, he tenido noches mejores –agregué-. Me sentía un
poco cansado, el calor de la costa de por sí es muy sofocante, y metido en aquel
antro donde se mezcla con el humo asfixiante del cigarrillo, parece a momentos
insoportable.
-Tienes razón. Yo casi consigo una buena nalguita para esta
noche –me presumió-. Pero la chica se hizo la difícil y al último ya no quiso,
es de esas que les gusta "calentar el horno pero no se meten abañar" –reí por su
comentario.
-O sea que te dejaron caliente; no querrás que te eche otra
manita, ¿verdad? –tantee el terreno.
-Esa ayuda no se desprecia a nadie –me dijo-. Pero no,
gracias. Hoy de verdad estoy muy cansado. Me duele el cuerpo de tanto bailar.
Pero mañana no te digo que no –sonrió, y yo descansé tranquilo.
Ambos dormimos placidamente, o casi, porque el calor
continuaba despertándome por momentos durante la madrugada. Hubo un instante en
que tenía a Adam tan cerca frente a mí, que mi dieron ganas de darle un beso, y
no me contuve, lo hice, pero solo pegué mis labios a los suyos y se lo di de
trompita, luego coloqué con cuidado la palma de mi mano sobre sus pectorales,
pero él pareció moverse y por temor retiré mi mano de ahí, no lo volví a
intentar, si había algún contacto sería solamente con él estando de acuerdo,
conciente de lo que le podría hacer, pero no dormido… Cuando los primeros rayos
de Sol iluminaron la alcoba, pude sentir el cuerpo de Adam pegado a mi espalda,
con su paquete viril ajustado a mis nalgas, y lo que es mejor, uno de sus brazos
rodeándome por la cintura. Él estaba dormido, sin duda, tal vez recordando a su
novia. Ese chispazo de felicidad me alegró el comienzo del día, pero
lamentablemente, apenas se despertó y fue conciente de su posición, Adam se
retiró inmediatamente de mí, poniendo espacio en la cama de por medio, incrédulo
por haber permanecido dormido abrazado a un hombre...
Aquel era el último día que estaría por aquellas playas, y
desde temprano bajamos a surfear –o al menos a intentarlo- sobre aquellas
picadas olas que llegaban a la costa. Lo de la ayuda con el bronceado no se
repitió, no volvimos a nadar desnudos, pero lo que sí se repitió fueron aquellos
jocosos comentarios sobre nuestra sexualidad, aquellos jugueteos en el mar,
aquellas risas de alegría, de felicidad…
-Y ayer ya no te pregunté si ocupaste el condón que te regalé
–me dijo Adam-. Yo pensé que necesitaría el mío, pero como te comenté, la noche
no me favoreció en lo absoluto.
-¡Que pena, verdad! Yo tuve un chance con alguien pero no
tuvimos donde hacerlo, así que mejor fue dejar eso por la paz –respondí.
-¿En serio? Pues se hubieran ido a los baños. Yo una vez cojí
en un baño publico y no mames, se siente una excitación chingonsísima que te
descubran. En el baño de weyes no hay bronca, casi nadie raja con el chisme –me
confesó.
-Pues tendré que intentarlo algún día, pero ayer la verdad no
me atreví; lo siento, pero todavía conservo en la maleta el preservativo si lo
quieres.
-No, quédatelo. Como no los usemos se me hace que fue dinero
tirado a la basura, y duele porque ya no están tan baratos como antes.
-Sí, pero a menos que hoy también salgamos de antro no veo
otra manera de utilizarlos. Aunque ir significaría gastar más de lo que estamos
quejándonos por gastar en ellos.
-Claro, tienes razón… -meditó un poco- Pero se me ocurre que
hay otra posibilidad.
-¿Si, cuál?
-Que los ocupemos entre nosotros mismos –sonreí por su
sugerencia-. Piénsalo, no sería tan mala idea. No se tú, pero otra de las
razones de que yo haya venido a la playa fue esperando echarme un polvo con
alguna costeñita, pero obviamente por no ser época vacacional casi no se ven
buenos culitos por aquí.
-Y a falta de pan… –interrumpí.
-Pues sí, a mí me da igual. Tú dices que estarías dispuesto a
intentar dejarte coger, y yo pues ya no le hago asco a eso. Todo sea por echar
una buena culeada este fin…
Aquella fue la propuesta indecorosa que tanto había esperado
que me hiciera, pero ahora que aparecía, me sonaba tan burda y de mero requisito
que no supe qué contestar en ese momento. Solo sonreí y me hice el desentendido,
como si aquello hubiera sido otra más de sus bromas. Me zambullí en el agua y
nade hacia la orilla, alejándome del hombre de la propuesta indecorosa. Pero él
me alcanzó, se puso en pie haciendo resbalar las miles de gotas de agua sobre su
cuerpo, como si fura la representación en hombre de la obra de "El Nacimiento de
Venus" emergiendo de los mares del sur, y cuando estuvimos juntos sobre la
arena, me volvió a preguntar:
-Entonces qué, ¿te atreves a probarme dentro de ti?
-¡Jajaja! No digas tonterías, Adam. Para que yo me deje coger
así nomás se necesita de mucho poder de convencimiento, jaja.
-¿Qué tú no querías tener sexo en tu viaje a la playa? Porque
la neta yo sí. Piensa que no hay muchas opciones, y no nos queda más que
echarnos una ayudadita el uno al otro. Total, creo que tú ya me agarraste
confianza, y para mí hacerlo contigo no sería tan diferente de lo que he hecho
con otros weyes.
-Mira, mejor ya vámonos para el Chalet y luego hablamos, ok.
-Mmmm, bueno, como quieras, pero ahí me avisas si te decides…
Regresamos a la casa a darnos un baño, cada uno a su tiempo.
Al terminar comimos y vimos un poco de televisión. El bochornito del atardecer
provocó que Adam se quedara dormido tendido sobre el sofá. Lo observe durante un
tiempo y reflexioné su propuesta. En realidad no era tan mala idea, claro que me
gustaría coger con él, quedaría solo como una aventurilla sexual y nada más, un
disfrute de mi juventud sin demasiado importancia, pero eso era precisamente a
lo que rehuía, aunque plenamente conciente estaba de que no podría ser de otra
forma.
Me tomé un vaso de agua y salí a contemplar por última vez la
puesta de Sol sobre el océano. Grabé en mi celular aquel hermosísimo espectáculo
para tenerlo de recuerdo cuando regresara a mi ciudad, recuerdo de aquella
aventura que emprendí solo y sin grandes expectativas, de aquella recompensa que
ahora tocaba a mi puerta a tamborazos que eran los latidos de un corazón
debilitado. Y estaba conciente del peligro que me asechaba esa noche.

El resto de la tarde nos dispusimos a hacer el aseo del
lugar, pues mañana cada quien volvería a su ciudad, a la rutina de su vida
diaria. Yo me marcharía temprano y él tendría que irse más tarde a causa de
tener que hacer unos tramites ese lunes en el Ayuntamiento del puerto. Luego
vimos una película que transmitían por televisión, una cinta bastante erótica
que para el momento que estábamos viviendo Adam y yo no hizo más que incrementar
la excitación que ambos teníamos con respecto a lo que tenía que pasar. Me miro
fijamente mientras permanecía sentado en el sofá.
-¿Entonces qué? Se va a hacer aquellito sí o no. Si estás
dispuesto, yo estoy dispuesto. Tú decide –ya no hizo falta pensarlo más.
-Pues si quieres… lo hacemos. Pero no aquí en la sala, la
cama siempre es mejor…
Adam me mostró la más brillante de sus sonrisas, sus ojos
expresivos llenos de alegría, asintió con la cabeza y apagó la televisión.
-¡Olé! Hay que darle jaque mate a ese paquete de condones
–fue su último comentario antes de seguirme a la alcoba.
Una vez allí no hicieron falta más palabras. Yo me acosté en
la cama, viendo a Adam acercarse con lentitud, creo que ambos nerviosos por no
saber como corresponder al otro. Un temblor interno me recorrió todo el cuerpo,
era algo parecido a aquel estremecimiento que había sentido años atrás cuando el
primer hombre en mi vida se llevó mi virginidad. Adam se encaramó sobre de mí,
pude sentir su aliento en mi rostro, pude sentir sus labios sobre mi piel, había
empezado primero a morderme la oreja, luego le dio por besarme el cuello
apoyándose con sus manos sobre la cama, una a cada lado de mis hombros, sin
dejar caer todavía su cuerpo completo sobre el mío. Yo solo cerré los ojos y me
dejé querer, al fin y al cabo según yo, era un chico virgen en lo que a
relaciones homo se refiere.
Adam me daba suaves besos por aquellas partes de mi anatomía,
más de reconocimiento que de placer, aquello ya vendría después. Alcé mis manos
sobre su espalda atrayéndolo hacia mí, entonces él se acomodó sobre mi cuerpo y
aquel faje se volvió un poco más rudo. Comenzó a acariciar mi cuerpo, mis
brazos, mi espalda, mi pecho y mi abdomen. Aquella era la sesión de
precalentamiento. Creí que no habría contacto entre nuestros labios, pues él me
había dicho que besar a un hombre en la boca nunca lo había hecho, pero para mi
sorpresa conmigo sí quiso intentarlo, y aquellos besos que empezaron siendo
tímidos, casi puros, se tornaron en morreos tan calientes como caliente era su
libido sexual que se incrementaba. Hábilmente le quité el cinturón para palpar
aquel pedazo de miembro que ya le abultaba entre las piernas. Él se dejó hacer y
se incorporó un poco para sacarse la playera, le seguí acariciando el paquete
por encima del pantalón mientras él me abría los botones de mi camisa para
morderme los pezones. Aquello me estaba encantando, le bajé el pantalón y metí
la mano entre sus interiores para tocar por segunda ocasión lo que se me había
antojado todas las veces que la había visto: su preciosa verga. Había cobrado un
tamaño considerable, y la saqué de su prisión para iniciar una paja con lentitud
mientras mis labios le besaban aquel mentón masculino y mi nariz se embriagaba
de su exquisito perfume. En ese momento estaba excitadísimo, y mientras lo
masturbaba él me miraba y dejaba escapar gemidos entrecortados de placer.
Estuvimos calentando motores por varios minutos. Y entonces sucedió que
repentinamente me tomó por el cuello y condujo mi cabeza hacia su verga, aquella
preciosa polla que ya escurría líquido preseminal. Obviamente él esperaba que le
hiciera una felación, pero un impulso en mi interior me hizo negarme y apartarme
de él quitándolo de encima de mí, me puse de pie intempestivamente y respirando
con dificultad le dije: "Discúlpame, no puedo hacerlo. Necesito tomar aire". Y
diciendo aquello, ante su mirada de desconcierto, procedí a abrochar nuevamente
algunos botones de mi camisa, y salí apresurado hacia la terraza del Chalet… Ni
yo mismo supe qué había pasado.
Estando ahí no encontré consuelo, el calor del momento
parecía sofocarme. Y así fue como bajé entre los riscos hasta la playa, y empecé
a caminar con lentitud por la orilla, quitándome las sandalias para que el agua
espumosa del mar mojara mis pies descalzos. La noche estrellada me hizo pensar
en tantas cosas, me trajo muchos recuerdos, y el aire tibio alborotó mi cabello.
Caminé en círculos y a ratos perdía la vista contemplando la inmensidad del mar
que tenía frente a mí. Podía haberme arrojado a él y nadar un rato para calmar
mis ansias, pero no lo hice, la marea había subido y la verdad me dio un poco de
temor arriesgarme a tal disparate. Estuve caminando algunos minutos, y entonces
recibí un mensaje en el buzón de mi celular que traía en una de las bolsas de mi
pantalón corto.
-"Si ambos nos traemos ganas, no veo por qué no
aprovechar la ocasión, y disfrutarnos mutuamente. Después de todo, no
seremos los primeros ni los últimos en hacerlo. Anda, atrévete a sentirme
dentro de ti…Regresa, no tengas miedo…"
Quise darle contestación al mensaje pero no supe qué
escribir. En vez de eso, programé una canción que tenía guardada en el cell y
que francamente me encanta escuchar en momentos de intimidad.
Aquella melodía inicia con el sonido de las notas de un
piano, y una voz gruesa y rasposa anuncia el título de la canción, es Ray
Charles que interpreta You are so Beautiful, mientras mi ojos contemplan la
inmensidad, la inmensidad de la noche y su luna llena, la inmensidad del mar y
sus olas quebrándose al hacer contacto con la playa, escuchando esa melodía que
enciende mis sentidos y altera mis hormonas…
You are so beautiful ... to me
You are so beautiful ... to me, can't you see?
You're everything I hope for
You're everything I need
You are so beautiful ... to me
You are so beautiful ... to me
You are so beautiful ... to me, ... can't you see?
You're everything I hope for
Everything I need...
You are so beautiful to meee..
Tantos prejuicios de marica barato, dirán muchos, pero
entiéndanme, ahora que la oportunidad se me presentaba en bandeja de plata yo
dudaba en aceptarla por una moral quizá ya pasada de moda, por unas creencias
quizá infundadas, por un deseo quizá irreal, tantos pretextos que puedo
inventar, pero que las olas se encargaron de borrar por completo en aquel
momento... Respiré con profundidad y llené de aire mis pulmones, y luego volví
sobre mis pasos, decidido a enfrentarme a la realidad y hacer un lado mis
fantasías. Regresé al Chalet dispuesto a terminar de agradecerle a Adam su
hospitalidad por aquel magnífico fin de semana en la playa…
Volví al cuarto y Adam permanecía acostado en su cama,
parecía ser que completamente desnudo, solo una sabana blanca le tapaba aquellas
partes que deben ser reservadas para que las aprecien personas especiales. "¿Qué
pasó? ¿Te sucedió algo?", comenzó a interrogarme, pero yo solo le hice un gesto
para que se callara, me deshice de mis ropas, apagué la luz de la habitación y,
así, desnudo, entré a hacerle compañía en su lecho. Los rayos de luna me
permitieron volver a contemplar aquel hermoso cuerpo aún disponible, e
inmediatamente mi vista se posó en esa polla que tantas mujeres habían tenido en
sus coños, aquella polla que tantos hombres habían disfrutado antes que yo,
aquel nabo que tantos y tantas se había comido.
Me arrojé completamente a Adam, lo besé en los labios y él me
correspondió, nos dimos buenos besos, besos de amigos, besos de amantes
ocasionales, y poco a poco fui besando todo lo que podía de su cuerpo para luego
bajar a terminar aquella mamada que dejé inconclusa. Tomé su vergota en mi mano
y la acaricié para que volviera a recuperar su firmeza, bajé a sus huevos e hice
lo mismo. Inmediatamente un monumento de verga quedó ante mí, grande, gorda y
bien parada, muuy gruesa y apuntando al techo. Me saboree aquel trozo de carne
que iba a degustar. Y el comenzó a gemir cuando mis labios fueron succionando,
primero despacio, y después de manera frenética, su poderosa reata. Mojaba mis
labios, y luego con mi saliva subía y me tragaba su salchicha entera, daba
lengüetazos por su glande y el tronco. Adam se retorcía de placer y arqueaba su
espalda, subía su pene a una mayor altura encajándomelo en la boca, y volvía a
bajar. Eso si que me prendió. Pero cuando él se sintió a punto de explotar, me
detuvo sacándomela de la boca, brillante y satinada por mi trabajo bucal.
Adam me acostó con la espalda hacia la cama, nos besuqueamos
otro rato, me dio un condón y me pidió que se lo colocara. Se lo puse en la
punta del glande y comencé a desenrollarlo por todo el tronco, y entonces me
dijo: "Siente lo que te voy a meter cabrón..." Luego me alzó las piernas,
escupió un gargajo de saliva en su mano y me lo untó en el ano, introduciéndome
el dedo medio para calar el terreno donde indudablemente pisaría. Lo movió
primero en círculos y luego de adentro hacia fuera y viceversa. Yo dejé escapar
un gemido de aceptación. Y luego, ya estando preparado para la gran
introducción, nos vimos directamente a los ojos, y él, en forma delicada, empezó
a meterme aquellos centímetros de carne viva y caliente. Con su primera
arremetida sentí como separaba los pliegues de mi ano, yo me empuje hacia
delante por instinto ante el duro invasor, y no me dejarán mentir, pero la
verdad es que aunque ya se hayan probado muchas vergas, el dolor inicial de
cualquier cogida siempre duele. Después de conseguir meter el glande, mi portal
trasero se abrió dándole cabida a aquel peregrino, sentí un ardor que me
recorría toda la zona de la pelvis, creo haberme quejado, pero él inmediatamente
me tomó por la cintura con firmeza y arremetió de una sola estocada todos sus 20
centímetros de verga hasta sentir sus huevos chocar con mis nalgas. Grité de
dolor, se quedó inmóvil unos segundos, dejando que mi culo se acostumbrara a su
dimensión, y luego me dijo:
-¡Que rico culito me estoy comiendo! Trata de darle buenos
apretones a mi reata para que la sientas mejor –fue su recomendación.
Dejó libre una de mis piernas y la otra la continuaba
sosteniendo en el aire, apoyándola sobre su hombro derecho, como haciendo
palanca ahora que comenzaba a bombear. Sus movimientos eran suaves, podía sentir
toda la longitud de aquella rica verga cada vez que me penetraba. El cosquilleo
de placer empezó a aparecer en mi trasero, realmente empecé a gozar todo
aquello. Adam siguió bombeando un poco más rápido cada vez, y así continuó
besándome el cuello y respirando agitadamente cerca de mi oído. Por fin, luego
de tanta desidia de mi parte, podía disfrutar ahora de aquel hermosísimo cabrón.
-¡Ah! ¡Que apretadito estás, amigo! ¡Si eras virgen o no
ahora ya vale madre! ¡Ya te desvirgué enterito!
Esta frase me excitó sobremanera, y tuve una erección grande,
pero no quise tocarme…aún. En vez de eso, posé mis dos manos abiertas sobre cada
una de las nalgas de mi follador. Otra vez, no me negarán que masajear los
buenos glúteos de la pareja mientras están cogiendo es de lo más sensual que
puede haber. Aquellas masculinas nalgas vaya que me causaron horror de placer.
Sentí que la vida me recompensaba con aquel encuentro por todo eso que antes me
había arrebatado.
Adam se demoró en mi cuerpo tanto como quiso, y cuando se
hubo cansado de esa posición, me dijo:
-¡Sabes montar a un semental, ¿verdad?! Colócate encima de mí
y cabálgame tanto como quieras…
Le hice caso, él se acostó boca arriba, con su verga enhiesta
mirando hacia el techo; me acomodé esa tranca en mi fundillo y empecé a jugar al
palo encebado, es decir, a bajar de a poco por su verga, deslizándome con calma
hasta toparme con su mata de vellos en la pelvis.
Él se colocó las manos en la nuca en actitud despreocupada,
pues ahora me dejaba toda la acción a mí solito. De mis movimientos dependería
mi disfrute y el suyo. Así que cerré los ojos y me dispuse a sentir todo su
miembro perforando mi culo. Empecé a moverme atrás y adelante, atrás y adelante,
cada vez más fuerte y rápido, luego movía mis caderas en círculo, como una
batidora empeñada en revolver a conciencia los huevos. ¡Uno, dos, uno dos,
lento, suave, lento suave, arriba, abajo, arriba, abajo! Adam gemía con voz
áspera de macho exorcizado. Y yo también lo hacía, casi gritaba por tanta
excitación y placer proporcionado. Me daba confianza en hacerlo porque estábamos
los dos solos en el Chalet, esa cabaña solitaria en lo alto del terreno, alejada
del bullicio de la civilización. La verdad no recuerdo cuanto duro ese momento
pero fue tardado, me daba un gusto enorme. Adam no aguantó más y posó sus manos
bajo mis nalgas, alzándome por su cipote y bajándome de regreso, controlando
ahora él las embestidas. Él se movía y se movía, y de pronto empezó a penetrarme
con golpes fuertes, pasionales, salía y entraba con vigor, con energía, me la
sacaba toda y la dejaba entrar hasta el fondo de una manera muy salvaje.
Cambiamos de posición y ahora él se sentó a la mitad de la
cama, y yo hice lo mismo pero sentándome sobre sus piernas, de frente a él,
ambos quedamos entrecruzados. Me alzó un poco para lograr acomodar su pedazo de
carne en mi interior, yo lo abracé por el cuello y lo atraje hacia mis pezones,
él correspondió dándoles pequeños mordiscos a cada uno, excitándome si cabe aún
más. Continuamos cogiendo con impetuosa pasión, como el fuego del volcán que
después de varios días contenido por fin hace explosión lanzando ardientes
llamaradas. Nos acoplamos de tal manera que parecíamos una mecedora humana. Él
llevó sus manos atrás apoyándose en la cama, reclinándose un poco sobre sus
brazos, y yo a sentadas continuaba encajándome aquella delicia de verga.
-Me da gusto como coges, compadre –me dijo sincero-. Quien
diría que es la primera vez que lo haces –me sonrió, y yo le sonreí a él, pero
por vergüenza-. Tienes un culito bien rico –agregó.
-Gracias. Tu vergota tampoco está nada mal –le devolví el
cumplido.
-Cuando gustes –me dijo.
-Pues ahorita estoy gustando –sonreí.
Sudábamos copiosamente, estábamos casi empapados por todo el
esfuerzo realizado y por el bochorno que de por si hacía. Volvimos a la posición
del misionero, él se colocó entre mis piernas abiertas para seguir taladrándome
con su nabo, y yo pasé mi mano a mi verga para empezar a masturbarme mientras
Adam me bombeaba; creo que mi excitación era mayúscula, pues sentía por momentos
como mi culo le ahorcaba la polla a él, pero él aceleró el ritmo, y eso y la
puñeta fueron suficiente para que yo me viniera en grandes chorros, con un
aullido como perra en brama. Nuevamente mi lefa fue a caer a su abdomen de
lavadero, y también a mi pecho. La venida hizo que mi ano apretará más la cabeza
de su miembro y en ese momento sentí que se empezó a hinchar su vergota, intentó
incorporarse sosteniéndose por sus brazos, y se movió muy rápido metiendo y
sacando su pene durante unos segundos más, hasta que se quedó dentro y dio un
grito muy fuerte de aaaaarrrrggggghhhhhhhhhhhh, arrojando en mi interior toda su
descarga de leche descremada, de abundantes mecos calientes, olorosos,
pringosos, que fueron bloqueados por el receptáculo del condón. Alcanzado el
orgasmo, Adam se dejó caer abrazado fuertemente a mi cuerpo, permanecimos un
silencio durante ese momento único de intimidad que acompañada al éxtasis,
cuando todo queda en silencio, menos el aire entrando con dificultad a los
pulmones, ni los latidos de dos corazones….
Aquel beso que ya no nos dimos -el beso que precede al
orgasmo-, fue quizá el beso que más anhele de su compañía. Nos habíamos
desfogado sexualmente, así que ahora cualquier contacto íntimo entre ambos ya no
se vería tan necesario como hasta entonces, ya no tendría razón de ser…
Descansamos un rato con la vista perdida en el techo, cada
uno en su lado de la cama, él me agradeció por mi entrega y yo le agradecí por
aquel inolvidable fin de semana, unos días que me tomé como descanso para ir en
busca del pájaro de la juventud, la juventud que plenamente poseo y que he
tratado de vivirla sino a plenitud, sí al menos con sensatez… El ave levantó el
vuelo a la mañana siguiente, la despedida fue como la de dos mejores amigos que
se prometen seguir estando en contacto. Y al tomar el autobús de regreso a la
ciudad, me coloqué de nuevo los audífonos en las orejas, programé mi canción de
Elton John, abrigando la ilusión de volver a encontrar sobre la carretera a dos
guapos jornaleros esperando el transporte que los lleve a su trabajo, esta vez,
quizá, más unidos que nunca…
******
El autobús anda sobre el asfalto y en mi mente digo adiós a
mi aventura, digo adiós al mar refrescante y al clima caluroso, me despido de
este bello puerto mexicano, pero también digo adiós a mi hermoso acompañante, a
ese hombre que aunque fue mío o yo fui suyo, por cuestiones de la naturaleza o
del destino, nunca podrá ser para mí, ni yo para él… Aún me esperan muchos
labios que besar, muchos territorios por explorar, y bueno, de vez en cuando,
algún relato que contar…

Hasta la página siguiente…
Besos.
Podemos elegir hoy ser felices con lo que somos y con lo que
tenemos,
o vivir amargados por lo que no tenemos o no podemos ser.