Leche derramada
(Publiqué este relato en Internet hace algunos años, con otro
seudónimo, pero creo que merece la pena que esté en Todorelatos, la más
interesante página de relatos eróticos de la red)
Hace algunos meses me sucedió algo que tengo que contar,
porque ha sido la experiencia más extraordinaria de mi vida. Veréis: tengo 17
años, y desde hace algún tiempo me he dado cuenta de que me gustan los chicos;
hasta entonces no me había decidido por ninguno de los dos sexos, pero caí en la
cuenta de que se me iban los ojos detrás de los culos de mis compañeros de
clase, pero no de las tetas de las chicas.
El caso es que cerca de mi instituto hay un café, moderno y
cosmopolita, donde sirven varios camareros muy jóvenes y todos muy macizos. Me
dijeron que esa cualidad común era exigida por el dueño, quien al parecer "le
van los chicos", y sólo contrata a los guapos y bien dotados a los que "les va
la marcha", para entendernos.
El caso es que aquellos chicos (eran seis en total) me
gustaban muchísimo, y siempre que podía iba al café a tomarme algo, entre
clases, porque además tenía mucha curiosidad por si sorprendía "algo" entre
ellos, o aparecía el dueño y notaba que les tocaba... ya me entendéis.
Bueno, pues hace algunos meses, como os digo, el profesor de
una de las clases faltó. Los chicos se fueron a jugar al fútbol, pero yo preferí
ir al café a ver si veía algo.
Es un establecimiento grande, con mesas y sillas en la calle
y en el interior. Yo me senté dentro, pensando que, si había algo que ver, sería
en el interior y no fuera. Me atendió uno de los chicos, precisamente el más
guapo de todos, al menos para mi gusto. Se llamaba Andrés, según indicaba la
placa que lucía en la solapa. El pantalón negro, ajustado, le marcaba un bulto
más que interesante, y al volverse el culo parecía que iba a reventarle la
costura trasera.
Le pedí un vaso de leche tibia. Mientras volvía con mi
comanda, me estuve fijando en el café: a esa hora, media mañana, apenas había
nadie, pero sí estaban los seis camareros, dedicados a preparar las mesas, la
barra, para cerrar poco después y dejarlo todo listo para la tarde.
Regresó por fin Andrés con mi vaso de leche. A veces ocurren
casualidades, pequeños accidentes, que dan un giro inesperado a los
acontecimientos. Ese día ocurrió uno: al estar a un metro de mí, Andrés resbaló
y el vaso de leche fue a depositarse enterito encima de mi pantalón corto de
deporte. Me puso de leche... el chico no sabía qué decir, mientras yo maldecía
mi mala suerte. Me había puesto perdido, y así no podía volver al instituto a
dar la siguiente clase, que era precisamente de gimnasia.
El chico se deshizo en disculpas y me pidió que lo acompañara
al servicio, donde me intentaría limpiar lo mejor posible con una toalla. Hice
lo que me dijo y lo acompañé hasta los servicios. Allí el chico mojó el pico de
una toalla y se arrodilló ante mí. Empezó a restregarme con la toalla por todo
el pantalón, incluido, por supuesto, mi paquete, donde estaba la mayor parte de
la leche derramada. Ni que decir tiene que aquel masaje, y dado por el chico más
guapo, pronto "entonó" aquella zona de mi anatomía, y el chaval, que no tendría
más de 18 años, se encontró con que masajeaba un paquete creciente. Me miraba de
vez en cuando y se pasaba la lengua por entre los labios. Yo estaba que
explotaba, pero no quería dar el primer paso, porque era neófito en estos temas
y soy bastante tímido. Pero lo cierto es que el bulto de mi entrepierna se había
puesto a tono, y ya se marcaba perfectamente mi rabo a plena potencia por debajo
del pantalón de deporte, a esas alturas ya totalmente húmedo por la leche
derramada y el agua de la toalla.
El chico dio un paso, ya que yo no lo daba.
--Creo... creo que deberías quitarte el pantalón de deporte,
porque debes tener también manchado el... slip...
Yo, obediente, me quité el pantaloncito, y le presenté un
espectáculo que pienso que era para correrse: debajo del pantalón de deporte, yo
llevaba sólo un suspensorio, lógicamente con las cachas al aire, y un bulto
tremendo, con la polla perfectamente marcada en el suspensorio. El chico,
tragando saliva, comenzó a dar con la toalla por encima del paquete, ahora con
más sensualidad, con más suavidad, disfrutando ya de lo que estaba haciendo,
aunque teóricamente todavía fuera sólo una limpieza a un cliente manchado. Con
aquel meneíto mi polla se fue moviendo, poco a poco, y asomó la cabeza por uno
de los lados del suspensorio. El movimiento se hizo un poco más fuerte, y pronto
tuve casi todo el carajo fuera. El chico me miraba y se pasaba la lengua, ahora
lasciva, abiertamente, por la comisura de los labios. Yo no pude aguantar más y,
con timidez, le acerqué la pelvis a su cabeza. Ahora mi nabo estaba a
escasamente diez centímetros de su boca ansiosa. Andrés no se lo pensó dos veces
ante aquella invitación; me cogió el rabo y se lo metió, tal cual, en la boca.
Me invadió un placer indescriptible: así que esto era una mamada; sentía la
lengua del chico lamerme el glande, la parte interior de las mejillas rozar con
el mástil de mi polla, la campanilla del chaval cuando se la metió hasta
adentro... Se la sacó y me comió los huevos, los dos al mismo tiempo en una boca
húmeda y caliente; cuando me tenía en el paraíso, volvió a atacar la polla,
mientras, con su mano, me metía un dedo por el culo; aunque era virgen, con la
acción de su lengua sobre mi glande el agujero estaba relajado, y pronto me
metió dos y hasta tres dedos. Ahora sentía el placer por delante y por detrás,
una lengua que me llevaba al paraíso y unos dedos que me descubrían secretos
insospechados en mi interior.
Yo iba a reventar, y efectivamente reventé; sentí que me
corría, e hice ademán de salirme de su boca, pero el chico me retuvo con fuerza.
Me derretí en su boca, una, dos, tres, hasta ocho trallazos, que sentí salir
espesos y abundantes, mientras el chico, con gula y cara de placer infinito,
tragaba toda mi leche con delectación. Apuró hasta el final, y luego se sacó mi
polla de su boca, de la que ahora caía, por la comisura, un resto de mi semen.
El chico se levantó y se tocó el paquete, que estaba ahora
mucho mayor que antes (y ya es decir...). Estaba claro lo que me ofrecía, y yo
no le iba a hacer ascos, precisamente, después del placer que me había dado y el
que esperaba obtener. Me agaché, le abrí el botón y la cremallera del pantalón.
Tiré de él y del slip, al tiempo, y ante mí saltó un gran nabo, que calculo
tendría unos 22 centímetros de largo, junto con unos huevos también enormes. La
cabeza del rabo estaba brillante y rosada, empapada de líquidos, diciéndome
"cómeme, cómeme". Y no me hice de rogar: no sabía cómo hacerlo, pero copié de mi
reciente amante: me metí el capullón en la boca, y creí que me atragantaba. Pero
sólo fue la primera impresión; después pude paladear el sabor de aquella polla
mayestática, tragándomela, probando a metérmela hasta adentro. No se me dio mal,
porque para ser el primer carajo que me comía, conseguí llevarlo más allá de la
campanilla sin que me dieran arcadas. Prácticamente rozaba con mi nariz su vello
púbico, y por debajo con mi labio inferior tocaba sus huevos, que se bamboleaban
mientras me follaba por la boca.
Lamí como un desesperado aquella estupenda verga, mientras le
cogía el culo al chico y le metía, como había hecho él, hasta tres dedos por el
culo. El chico creció en sus jadeos, y supe lo que venía ahora. No sabía qué
hacer, si salirme o no, pero la leche llegó antes que mi decisión: un trallazo
de semen me inundó la boca, y el primer sabor fue excelente: aquello sabía a las
mil maravillas, así que el resto de la carga, que me descerrajó mi nuevo amigo
dentro de la boca, me la tragué conforme iba saliendo.
A todo esto, sin que nosotros nos diéramos cuenta, otro de
los camareros había entrado en los servicios: al escuchar jadeos, miró qué
ocurría, convenientemente oculto tras una esquina, y desde allí vio lo que
estábamos haciendo. Salió a por sus compañeros, cerraron el café (ya era hora de
hacerlo) y se vinieron todos dentro del W.C.
Así que cuando Andrés se me corrió en la boca, y los demás
chicos vieron que la función había terminado entre nosotros dos, aparecieron.
Todos se habían quitado, en el vestíbulo de los servicios, la ropa, y
aparecieron como su madre los trajo al mundo. Se llamaban Víctor, Julio,
Alejandro, Abraham y Celso, y todos como denominador común, aparte de unos
cuerpos esculturales, sin apenas vello, con músculos marcados pero no en exceso,
presentaban unos rabos de campeonato. El que estaba mejor servido era Víctor,
con un carajo descomunal, superior incluso al de Andrés: debía medir, erecto y
apetitoso, no menos de 24 centímetros. Los otros chicos estaban entre los 20 y
los 22 centímetros cada uno.
A mí se me había quitado toda la timidez; el bautizo de leche
me había desinhibido totalmente, sobre todo cuando comprobé que aquel líquido
denso que salía por el nabo era un néctar riquísimo. Así que me levanté, aún
chorreando leche barbilla abajo. Andrés me cogió de la mano y me presentó a los
chicos con los nombres que he dicho; lo curioso es que cuando alargué la mano
para estrechársela, Víctor se flexionó hacia delante y me puso su verga
descomunal en la mano. Yo lo entendí como una invitación, y me acuclillé; abrí
la boca y el tío me la metió tal cual. Noté como me llegaba a la campanilla, y
aún quedaba la mitad fuera, así que me puse a la tarea. Ensalivé bien aquel
enorme vástago, arriba y abajo, arriba y abajo, y cada vez que me lo metía en la
boca entraba un poco más. Llegó un momento en que la punta del carajo sobrepasó
limpiamente la campanilla, y entonces supe que aquel cacharro monumental
entraría enterito en mi boca. En efecto, a los pocos segundos aquellos 27
centímetros descomunales estaban en mi boca y en mi garganta, llenándola toda.
Sentía el glande haciéndome cosquillas en la laringe, mientras tenía mi nariz
enterrada en el bajo vientre de Víctor, aspirando su aroma de hombre joven.
Mientras, mis nuevos amigos no estaban de brazos cruzados precisamente. Julio se
colocó tras de mí y, suavemente, me levantó del suelo (a todo esto sin sacarme
yo el pollón de Víctor de la boca). Me llevó Julio hasta los lavabos, que tenía
una encimera muy historiada, y me colocó de tal manera que tenía medio cuerpo
sobre la encimera, la cabeza por un lado, comiéndome la polla de Víctor, y mi
culito virgen por el otro. Julio me introdujo, primero, la lengua por el agujero
del culo: yo creí que me iba a correr otra vez, al sentir aquella lengua húmeda
hurgándome por detrás, golosa, no menos de 5 centímetros dentro de mi recto.
Cuando creí que iba a enloquecer, cambió su lengua por dos dedos, que me metió
de golpe en el agujero; me dolió un poco, pero también me gustó. Enseguida metió
un tercer dedo, y pronto el agujero estuvo lo bastante ancho. Entonces me metió
su carajo directamente, sólo lubricado por una mamada que Celso le había hecho
mientras me metía los dedos. Sentí como si me partieran en dos: Julio tenía un
carajo de 22 centímetros, pero sobre todo era bastante grueso, con un glande
hermoso y limpio, como tuve ocasión de comprobar más tarde cuando me lo comí. El
primer impacto fue muy doloroso, pero como tenía la boca llena del inmenso
pollón de Víctor, tampoco pude quejarme mucho. Enseguida, de todas formas, el
dolor dio lugar a un placer inenarrable; sentía como si estuviera lleno por
todas partes. Para terminar de dorar la píldora, Celso se me enganchó a mi nabo,
que estaba otra vez a punto, y me dedicó una mamada de campeonato. Mientras, de
reojo, veía como Andrés se la estaba chupando a Abraham, y cómo Alejandro le
comía el culo a éste. Pronto Alejandro se la encalomó por el culo, sin lubricar
ni nada, sólo con la saliva que le había untado metiéndole la lengua por el
agujero.
Mis tres nuevos amigos seguían liados conmigo: Víctor, por
fin, descargó su enorme pistola en mi interior: aquello era un géiser de leche,
venga a largar sin parar. Por detrás, Julio se corrió dentro de mi culo, y
Celso, por su parte, se tragó mi leche sin rechistar; al contrario, diría que
con gula. Se salió Víctor de mi boca, y Julio se acercó a mí con la polla aún
chorreante: se la lamí, y me supo deliciosa, aquel sabor de leche y culo
mezclado. Celso, por su parte, estaba también a punto, así que lo atraje hacia
mí, me metí su nabo en la boca y de inmediato se me corrió dentro, siete
trallazos impresionantes: estaba muy excitado. Pero como los otros dos chicos
que aún no me habían catado no querían perderse aquel bautismo de leche, Abraham
y Alejandro dejaron su placentera ocupación y me enchufaron, ambos a la vez, sus
vergajos, que relamí con glotonería. Me costó algún trabajo alojarlos ambos en
mi boca, pero pronto estuvieron donde debían estar. Los tenían grandes, como he
dicho, y gordos, y rozarlos con la lengua, mordisquearlos levemente con los
dientes, lamerles debajo del glande, los puso a cien enseguida. Descargaron
sucesivamente, como si se hubieran puesto de acuerdo, y la leche me desbordaba
por los labios. Andrés se colocó debajo de mí y fue rebañando lo que a mí me
desbordaba; me dio envidia: se estaba tragando el producto del placer que yo
había dado. Como si quisiera ofrecerme una reparación por ello, cuando se irguió
me ofreció su carajo, que estaba otra vez a tope: me lo trague entero, todavía
rezumante de la anterior corrida, y pronto volvió a descargar en mi boca con
toda su fuerza. Tenía la lengua y los dientes pegajosos, pero nunca había tenido
un sabor tan exquisito en el paladar.
Cuando ya no quedó más leche que tragar, nos levantamos,
exhaustos.
Desde ese día, comprenderéis que, a la salida de clase,
siempre paso por el café, que está cerrado a esa hora, pero que lo abren para mí
mis nuevos amigos. Tengo que tomar mi leche de todos los días, ya sabéis que es
muy bueno... Y me tomo una dosis muy generosa...