"No pude dejar de tocarlo..."
Es increíble como suceden las cosas. Y en el momento menos
esperado. Pero lo que sobrevino aquel largo fin de semana otoñal, me cambió la
vida para siempre.
En pleno mes de mayo, yo estaba abrumado por cosas de mi
trabajo, y aprovechando aquellos tres días libres, mi idea era salir –huir– de
Buenos Aires hacia nuestra casa de la costa. Pero mi esposa a último momento
decidió no ir, pues debía entregar unas planificaciones. Entonces fue cuando me
convenció de que fuera de todos modos, solo. Al principio me pareció raro, ya
que nunca había ido sin ella y tampoco había pensado en esa posibilidad, ¿Viajar
solo? ... pero enseguida encontré muy buena la idea.
Después de cinco horas de autobús, llegué finalmente a la
casa. Era nuestra casa de veraneo, y el jardín estaba irreconocible bajo un
tapiz de hojas muertas y árboles desnudos. Solo los pinos grandes me
reconciliaban con el verdor buscado. Estaba nublado y el frío, a esa hora de la
madrugada, era insoportable. "Un otoño poco habitual", decían los informativos:
"récord de bajas temperaturas"... y lo cierto era que a pesar de mi gabán
abrigado, estaba temblando y mis dientes rechinaban sin control.
Cuando entré tiritando a la casa, directamente fui a encender
la calefacción. Fue imposible: la gran estufa a gas instalada en la chimenea no
quiso funcionar. ¿Qué hacer?, debía calentar la casa para hacerla habitable
inmediatamente. Pero todo fue en vano, probé nuevamente, y nada.
Aún metido dentro de mi abrigo, tomé el teléfono para llamar
a Don Montenegro, nuestro gasista de confianza. Me atendió un contestador
automático. Por cierto, aún era muy temprano. Esperé un par de horas y entretuve
mi cuerpo entumecido con un café bien caliente. Pero el frío era muy grande.
Disqué nuevamente el número sin ninguna suerte. ¡Cielo santo! ¿Qué iba a hacer
allí con semejantes temperaturas y sin calefacción?. Más que desesperación, se
apoderó de mí un enojo incontenible. Maldije la situación, y como por reflejo
salí de la casa. Empezaba a salir el sol, y, al menos caminaría para entrar un
poco en calor. En la caminata pensaría que hacer.
Me encaminé hacia el mar a paso rápido. Llegué a la playa.
Estaba desierta y corría un viento helado que me acobardó al instante. Aún no
sabía que hacer. Desde mi celular llamé a Montenegro. Al fin pude localizarlo,
pero me dijo que estaba en un trabajo muy importante y que le sería imposible
pasar por casa hasta el día siguiente. ¡Hasta el día siguiente!. Sí, parece
ilógico, pero en esa pequeña ciudad balnearia, casi muerta fuera de la temporada
veraniega, es muy difícil encontrar gente idónea para reemplazarlo. Así y todo,
debía tomar una decisión: buscar a alguien que pudiera arreglar la estufa o
volver a Buenos Aires.
El viento me azotaba la cara. Enfilé por una calle por la
cual nunca había transitado y a unos 100 metros de la playa me llamó la atención
una casa grande de estilo europeo rodeada de un jardín bellísimo y muy bien
cuidado. Avancé más y divisé un cartel que decía: "Hostería Walhala". Me
acerqué para admirar el verdor del parque, sus flores y sus árboles, y entonces
vi que alguien trabajaba agazapado junto al cerco. Supuse que sería el
jardinero. Al verme, levantó su vista, aún con las manos en la tierra. No sé por
qué, me sentí obligado a decir algo:
-¡Lo felicito por el parque! – dije tontamente, un poco
incómodo por que me creyera un fisgón. Él me miró con sus ojos celestes y me
sonrió.
-¡Gracias!, es un trabajo que disfruto mucho.
El hombre tendría cerca de 50 años. Medio calvo y canoso, me
sonreía mostrándome sus perfectos dientes blancos enmarcados bajo el espeso
bigote. Acomodó sus gafas para poder observarme mejor y se puso de pié. Era alto
y vestía una chaqueta tejida de cuello alto. Era fornido y grueso, sin llegar a
ser gordo. Sus facciones amables y fuertes, invitaban a la charla.
-¿Entonces, usted es el jardinero?
-Entre otras cosas. Jardinero y dueño de esta hostería.
-Tengo una casa en la Villa y no había pasado nunca por aquí.
Es un lugar hermoso.
-¿Usted vive aquí? – interrogó haciéndose sombra con la mano,
pues el sol le daba de lleno en la cara.
-No, en Buenos Aires, acabo de llegar para pasar el fin de
semana.
-Parece que le tocó un tiempo muy frío.
-¡Terrible, no puedo parar de temblar!
El hombre iba a responder después de mirarme muy serio, pero
en ese momento se me había ocurrido una idea:
-¿Cuánto cuesta una habitación simple? – pregunté indagando
sus expresiones.
-Pero hombre, ¿porqué no entramos a la casa? Venga, pase por
aquí, y tomemos algo caliente.
-Si no es molestia... – dije tímidamente, pero con enormes
deseos de entrar en un lugar caliente.
-Por favor, señor, pase usted – y abriendo la puerta, me hizo
un gesto con la mano para que entrara.
¡Ah!, el interior de la hostería estaba perfectamente cálido
y sentí que el alma me volvía al cuerpo. Era un sitio adorable y en el hogar
ardía un generoso fuego. El hombre se quitó la chaqueta tejida y quedó en mangas
de camisa.
-Está caliente aquí, ¿verdad? – dijo, mientras se abría unos
cuantos botones de su camisa. Me llamó la atención la gran cantidad de largos
pelos blancos que se le escaparon fuera. Se disculpó para ir a lavarse las manos
y volvió al instante con dos tazas de café humeante. Con esa camisa a cuadros,
tenía el aspecto de un recio labrador.
-Ante todo, me presento – me respondió – mi nombre es
Pedro..., Pedro Albrecht.
-Mucho gusto. ¿Tendrá alguna habitación disponible?
Pedro me miró intrigado, y me preguntó:
-¿Para usted?
-Verá, sucede que al llegar a mi casa, comprobé que estoy sin
calefacción, y mi gasista no vendrá hasta mañana.
-¡Caramba, ahora entiendo!. Pues claro que tengo
disponibilidad, de hecho en este momento no hay ningún huésped en la casa.
-¿Ninguno?
-Ninguno, señor, puede usted elegir la habitación que más le
guste – me dijo riéndose de buena gana -Venga por aquí, le mostraré el lugar.
Mientras seguía a Pedro, y ya reestablecido con mi
temperatura habitual, observé cada rincón: plantas, muebles antiguos,
confortables sillones, un piano alemán, viejas fotografías y alfombras sobre
maderas relucientes. Al llegar a la escalera, me dijo:
-Ahora no está habilitada la planta superior. Imagínese que
en esta época del año, no tengo muchos visitantes. Pero pase por aquí.
Entramos a una habitación con cama matrimonial, era tan
sencilla como encantadora. Él descorrió la cortina de la ventana dejando entrar
todo el verde de los pinos aledaños.
-Es perfecta – dije sonriendo – Y no tengo que pensarlo
mucho: la tomo. ¿Podría quedarme desde ahora?
-Claro que sí. Por la mañana una mucama dejará en orden su
habitación, y yo mismo sirvo el desayuno en el salón comedor.
-Muchas gracias, iré a traer mi bolso, y enseguida vuelvo.
-Lo estaré esperando. ¿Desea que suba un poco más la
calefacción?
-No, verdaderamente el ambiente es una delicia, fíjese que ya
entré en calor desde el momento en que entramos.
Pedro me acompañó hasta la puerta y me dio un apretón de
manos, amable y sonriente. Sus ojos claros volvieron a clavarse en mí con toda
su intensidad, y algo hizo que tuviera que bajar los míos.
Mientras regresaba a casa, llamé a mi esposa y le comenté lo
sucedido. No supe por qué, pero me extrañó la sensación cercana a un sentimiento
de culpa por contarle que iba a dormir en la hostería. Al regresar, encontré a
Pedro en la sala, leyendo y fumando su pipa. Se levantó al instante y me dio la
llave de la habitación:
-Aquí tiene, señor, y también el código de la cerradura de la
puerta de entrada, en esta época del año cierro siempre después de las 20.
Pedro me sonrió, entre seductor y servil. Sabía hacer sentir
muy bien a un huésped, eso era indudable. Me retiré a la habitación y dispuse
mis cosas en el baño, abriendo la ducha que enseguida llenó de vapor el
ambiente. Entonces reparé que no tenía toallas. Llamé a Pedro por el teléfono
que estaba en mi mesa de luz y él, deshaciéndose en disculpas se apresuró a
traerme unas toallas. Ya me había quitado los pantalones y desabotonado la
camisa cuando sentí golpear la puerta.
-¡Adelante! – dije, desde el otro extremo de la habitación,
ocupado en quitarme las medias.
Pedro entró y avanzó hasta la silla para dejar allí las
toallas. Me di vuelta a tiempo que me terminaba de quitar la camisa, quedando
sólo con mi ropa interior. Lo vi casi inmóvil y observándome.
-Gracias, Pedro, muy amable – dije, pero él parecía turbado,
sin dejar de observarme de arriba a abajo. De pronto sentí vergüenza: nunca un
hombre se había quedado mirándome así, y no supe muy bien qué hacer. Por
fortuna, Pedro reaccionó como si volviera en sí, se disculpó nuevamente bajando
la vista, y salió tropezándose con la alfombrita que había junto a la cama.
No le di importancia al asunto, me desnudé y me metí a la
humeante ducha. Apenas sequé mi cuerpo me metí en la cama. El contacto de las
frescas y limpias sábanas con mi piel desnuda me hizo estremecer y curiosamente
tuve una rápida erección. No sé por qué mi mente encontró la imagen de Pedro con
su camisa abierta, sus espaldas anchas y sus pectorales sobresalientes. Toqué mi
velludo pecho y acaricié mis pezones. Y en un momento olvidé mis 45 años
sintiéndome como un adolescente. Comencé a masturbarme lentamente... pero la
actividad no pasó de una suave caricia, pues poco a poco fui cerrando los ojos y
me dormí profundamente hasta entrada la tarde.
Me desperté sobresaltado a causa de unos estridentes golpes.
Me incorporé, presté atención: eran golpes en la pared, exactamente sobre mi
cabeza, provenientes de la habitación contigua. Me extrañaba, pues recordaba que
el hotel estaba vacío. Enseguida tomé el teléfono y llamé a Pedro.
-Hola, Pedro, discúlpeme, pero estoy escuchando unos ruidos
muy raros... ¿tiene idea qué puede pasar?
-Voy para allá enseguida – me contestó preocupado.
Pero antes de que Pedro llegara descubrí la razón de los
ruidos, pues a los golpes se sumaban gemidos y quejidos. ¿Entonces había alguien
en la habitación de al lado? Sentí golpear a la puerta y como estaba desnudo,
respondí desde la cama:
-¡Adelante!
Pedro entró serio e intrigado.
-Señor ¿qué sucede?
-Me imagino que ya no soy el único huésped, ¿no es así?
-¿Porqué lo pregunta, señor?
-Por los ruidos..... y por... – y no tuve que seguir
explicando, porque los golpes (seguramente una cama golpeando contra la pared) y
nuevos gemidos provocaron que Pedro abriera los ojos como platos.
-¡Santo cielo!, nunca pensé que se escuchara tanto de una
habitación a otra.
-No se preocupe... no es su culpa... además... ahora me quedo
tranquilo, pensé que era algo más grave.
-Hace un par de horas llegó al hotel una pareja... – empezó a
explicarme Pedro.
-Muy enamorados, por cierto... – observé sonriendo.
-Señor ¿cómo iba a saberlo?, si son...
-¿Qué?
-¡Dos hombres! Y yo me extrañé un poco porque les pareció muy
bien la cama matrimonial.
Me quedé con la boca abierta, y sonriendo divertidamente me
incorporé más aún en el respaldo de la cama. Ahora los ruidos habían cesado pero
los gemidos iban in crescendo. Le hice un significativo gesto de cejas a Pedro.
-Vaya... – dijo Pedro subiendo las cejas también – ¡de lo que
no hay duda es de que esos dos la están pasando muy bien!
-Ya lo creo – dije riendo.
-Pero si usted lo desea, señor, ¡ya mismo lo cambio de
habitación!
-No, Pedro, no se moleste – volví a reír – después de todo,
en algún momento tendrán que dormir, ¿no?
Ahora los gemidos se hacían más intensos. Pedro, que miraba
hacia la pared, como queriendo atravesarla con los oídos, estaba cada vez más
serio y atento. Se había quedado quieto, y bajando sus gafas, examinaba lo que
oía con gesto atento. Yo también presté atención, la situación me había parecido
divertida al principio, pero de pronto, me di cuenta de que Pedro se quedaba en
mi habitación muy interesado por lo que se escuchaba.
-¡Escuche, escuche...! – me dijo con una mano en alto.
-Sí, escucho... ¿qué cosa?
Pedro subió más la mano, como haciendo un gesto para que me
callara, alerta a las voces que gemían de placer.
-Es increíble ¿Cómo pueden gozar así?
-Bueno... – empecé a decir, extrañado por el tono de la
pregunta – creo, Pedro, que si dos personas se desean....
-No, no, yo me refiero a otra cosa...
-¿Otra cosa?
-Sí, otra cosa... digo... ¿Cómo será?
-¿Cómo será qué cosa, Pedro?
-Bueno, no me haga caso, señor... cosas que a uno le pasan
por la cabeza... no es nada importante...
-No lo entiendo...
-Me preguntaba...
-¿Sí..?
-...¿Cómo será hacer el amor con un hombre?
-Pues... yo, Pedro... no lo sé... – dije encogiéndome de
hombros.
-Claro. Por supuesto. Bueno, olvide lo que le dije, no tiene
importancia. Entonces: ¿está seguro de que no quiere pasarse a otra habitación?
-No. Esta me gusta mucho, y en cuanto a los ruidos... – los
dos sonreímos – ya me acostumbraré, descuide.
Pedro me miró mientras le decía esto, y nuevamente miraba mi
torso desnudo. De pronto me di cuenta que la sábana apenas cubría mi velludo
pubis. Instintivamente subí la sábana y le sonreí artificialmente. Pedro hizo un
gesto con la cabeza, se disculpó una y otra vez, y salió rápidamente de la
habitación.
Cuando el día estaba cayendo, salí a caminar por los
alrededores y regresé al hotel después de cenar, algo entrada la noche. Hacía un
frío terrible, por lo que la sensación de bienestar al entrar a la sala, fue
instantánea. A la media luz de las lámparas, encontré el sitio desierto. Tomé mi
llave y me encaminé a mi habitación. Pero al pasar por la conserjería vi la
puerta entreabierta de la salita privada de Pedro y luz en su interior. Apenas
me asomé, Pedro notó mi presencia y me saludó cordialmente desde adentro.
-¡Pase, pase...! – me dijo amablemente.
-No quisiera molestarlo...
-Adelante, hombre, sólo estaba haciendo tiempo, esperando la
llamada de mi esposa desde Buenos Aires.
El hombre estaba frente al televisor, sentado en un gran
sillón y su pierna derecha estaba apoyada en alto en una silla con almohadones.
-Pero, Pedro ¿Qué le pasó? – dije algo alarmado.
-¡Me caí! Metí el pié en un pozo mientras estaba trabajando
en el jardín...!
-¿Se torció un tobillo?
-Me torcí algo... no sé qué, pero me duele y se me ocurrió
poner la pierna en alto.
-Hizo bien, pero ¿cómo fue? – dije entrando a la habitación y
quitándome el abrigo.
-¿Cómo pudo haber sido? ¡Ridículo en extremo! – me contestó
gesticulando con sus brazos en alto y dramatizando cómicamente el accidente. Reí
de buena gana, ese hombre tenía un particular sentido del humor -... y para
colmo, me metí en el mismo pozo que ya conozco a la perfección, ¿se da cuenta?.
En fin... los años no vienen solos, señor, siempre traen algo de estupidez...
¿se da cuenta?
-Bueno, bueno... a cualquiera le puede pasar... ¿cómo está la
pierna? ¿necesita algo?
-Vaya, usted es muy amable... le agradezco mucho, pero no, no
se preocupe.
Pedro estaba vestido solamente con una blanca bata de baño.
Se veía que había salido de la ducha recientemente, pues aún tenía el cabello
húmedo. Miré su pierna en alto, descubierta hasta la mitad del muslo y le volví
a preguntar:
-¿Dónde es el dolor?
-Es aquí – me indicó con ambas manos apoyadas en su abultado
muslo – si la muevo, veo las estrellas. ¿ve?.... ¡Ay!
-No sea tonto y quédese quieto – dije acercándome más a él.
Volví a mirar su pierna. Era musculosa y velluda - ... Déjeme ver.
Pedro se quedó callado mientras yo posé mis manos suavemente
en su muslo. No me costó mucho encontrar la rigidez del esguince.
-Tenga cuidado, por favor – rogó Pedro, retrayéndose un poco
en su sillón y tomándome instintivamente por el brazo.
-Descuide. ¿No me va a decir que tiene miedo...?
-¿Miedo? ¡No!... bueno... tal vez un poco...
-Confíe en mí. Tengo algo de experiencia. A ver... ¿siente?,
aquí está el problema – dije buscando y encontrando el recorrido del tirón al
tacto - Relájese. Déjeme ver que podemos hacer.
Me incliné sobre él y fui haciendo un leve masaje desde la
rodilla y subiendo por el muslo. Lo hacía muy
suavemente y con movimientos circulares. Cuando llegaba cerca de la entrepierna,
volvía a repetir el movimiento partiendo nuevamente desde la rodilla.
-¿Le duele?
-No – contestó Pedro siguiendo seriamente el recorrido de mis
manos.
-¿Ha visto? Solo relájese – lo tranquilicé. Él tomó el
control remoto, apagó el televisor y quedamos en un silencio total.
-Es verdad: usted tiene unas manos muy expertas... – me dijo
con voz algo trémula.
Me arrodillé en el piso, al borde del sillón para estar más
cómodo, sin dejar de masajearle el formidable muslo. No sé en qué momento, pero
de pronto me sentí cada vez más interesado en ese contacto – casi íntimo – con
el hombre que yacía a mi lado. Ya no podía parar de tocarlo, a tiempo que
experimentaba un raro temblor en todo el cuerpo y un asombroso y nuevo placer al
frotar esa textura tan masculina. Entonces subí un poco más, metiendo
accidentalmente una de mis manos por debajo de la bata. Pero no la retiré: había
algo definitivamente agradable en esa especie de rito viril que se da cuando dos
hombres se miran, se tocan, se alivian sus cuerpos como si se conocieran de toda
la vida. Su calor corporal me invadió y me desbordó una bella vibración
interior.
En un momento, noté que Pedro se había relajado casi por
completo y había dejado de hablar, muy atento a lo que yo hacía. Mis manos
subían y bajaban por su pierna y él abrió cada muslo para facilitarme la tarea.
Yo sentía su firmeza muscular y la trama de sus pelos. Jamás había hecho una
cosa semejante y una sensación de total sensualidad me embargó completamente.
Sí, sensualidad, aunque mis manos se deslizaban por el cuerpo de un hombre.
Miré a Pedro y comprendí que le pasaba algo similar. Nos
sonreímos muy levemente –casi cómplices –y observé como él llevaba una mano a su
pecho, entrando un poco por su bata algo abierta, y acariciaba lentamente su
torso. Sentí el ruido que hacía el recorrido de su mano por entre los pelos
blancos que poblaban el centro de su pecho y una pulsión casi eléctrica me bajó
hasta las piernas.
Recordé las palabras que Pedro había dicho en mi habitación
acerca del amor entre hombres, y comencé a sospechar que algo especial iba a
pasar entre nosotros. No me preocupé en detener lo que fuera a suceder.
Mientras tanto, mis manos masajeaban – o acariciaban, más
precisamente – el lado interno de su muslo, y casi sin darme cuenta, se estaban
aventurando cada vez más hacia la ingle. Pedro se acomodó un poco la bata,
subiéndola unos centímetros.
-¿Duele, Pedro?
-En absoluto.
-¿Siente alivio?
-No sabe cuanto, señor... por favor, continúe – dijo con el
registro descendido.
Como autorizado por esas palabras, mi mano derecha avanzó aún
más, y desapareció bajo la bata, ahora deliberadamente. Sin embargo tenía un
miedo terrible de tocar algo más que no fuera su pierna. A la vez, no dejaba de
desear que eso ocurriera. Tal vez era por eso que mis movimientos seguían
indecisos trazos de ida y vuelta. Entonces, ante mis ojos siempre escrutantes,
él se aflojó un poco el nudo del cinturón que ceñía la bata a su cuerpo.
Inmediatamente la abertura de la prenda sobre su pecho fue más amplia y pude
contemplar un paisaje más extenso. Por debajo de sus abundantes pectorales, dos
surcos que los delimitaban con su abdomen alto eran el comienzo de una poco
prominente barriga. El cinturón quedó tan flojo que con un mínimo movimiento la
bata se hubiera abierto por completo.
Mi mano, casi tan ansiosa como mi deseo, tocó una textura
blanda, peluda y suave con el dorso. Fue sólo una sutil y breve vecindad, pero
que me hizo caer en la cuenta de que Pedro no llevaba ropa interior. Repetí
disimuladamente el movimiento, casi al límite de lo voluntario, y comprobé que
con el dorso de mi mano había rozado el escroto de Pedro. Volví por más, una,
dos, tres, y más veces. Sentí una piel suavísima, blanda y más fría que la del
acalorado muslo masajeado. No había oposición a esos leves toques. Sus vellos me
acariciaban dulcemente y yo, ya no pude quitar mi mano de ese sector.
De pronto volví en mí, y me percaté de que tenía una fuerte
erección. Mi miembro, estaba incómodamente atrapado en la apretada prisión de
mis pantalones vaqueros. Decidí seguir adelante, curioso y cada vez más imbuido
en esa voluptuosa situación.
Como si Pedro hubiera respondido a mi ávida curiosidad,
desanudó por completo el cinturón de su bata, pero hizo algo que me excitó aún
más: no la abrió. Quedó floja y mostrando poco y nada. Pero, eso sí, la abertura
de la prenda me dejó ver el recorrido del fuerte camino de pelos atravesando el
torso desde el centro de sus tetas hasta por debajo del ombligo, ensanchándose y
haciéndose más tupido a medida que bajaba. ¡Era todo lo que podía ver, y era
tanto que me sentía embriagado!
Mis manos se aventuraron hasta la entrepierna. Mis dedos se
hundieron entonces en una cálida maraña de pelos. La sensación táctil era
sorprendente.
-Ah... creo que me siento mejor – murmuró moviendo el pie.
Yo tenía una mano en la parte externa del muslo casi en el
límite con su nalga, y la otra en la parte interna. Ésta última se había quedado
rozándole un testículo y en mi mente, ya podía imaginarme tamaño y forma de esa
parte genital. Pedro, que había deslizado una mano hasta una de sus tetillas,
aprovechó el movimiento y lo usó para apartar un poco más su bata. Me regaló la
visión de un grisáceo matorral de vellos cubriendo su zona púbica. Era increíble
la extensión de esos largos pelos, saliendo ensortijados hacia afuera.
Masajeando más intensamente la base del muslo me acerqué más a Pedro, de manera
que mi cara estaba a muy pocos centímetros de su torso semi desnudo.
-¿Le molesta la bata? – me preguntó tímidamente.
-Un poco – contesté. Y eso fue suficiente para que él
apartase en silencio la bata hacia ambos costados de su cuerpo, obediente y
absorto.
Y como si fuera un telón descorriéndose, la bata se abrió
despaciosamente, y yo asistí a un espectáculo subyugante. Retiré un poco
temeroso las manos hacia la rodilla y fijé mi vista en el sexo descubierto de
Pedro. Sus piernas abiertas dejaban libremente en reposo sus dos enormes bolas,
que descansaban sobre el mullido almohadón del sillón. Sobre esa mórbida base,
su miembro aparecía dormido entre los testículos y la espesa nube de pelos.
Encapullado totalmente en un generoso prepucio, parecía estar alerta a recibir
órdenes para la acción. No llegaba a ser muy largo, su punta no llegaba a
apoyarse en el sillón, pero era un tronco bastante grueso y corpulento. Pedro
apartó un poco más la bata y yo subí mis ojos hasta el pecho que se me
manifestaba en toda su anchura.
Pedro tenía un cuerpo relleno y macizo, era fuerte y sus
carnes rollizas tenían una firmeza llena de virilidad. Por primera vez aprecié
sus gordos y suculentos pezones, había que buscar con la mirada lo que la
abundante vellosidad se empeñaba en ocultar: pulposas aureolas rojas, ovaladas y
puntiagudas.
-¿Se siente mejor, Pedro? – dije casi inmóvil.
-¿Ya terminó? – interrogó con ojos implorantes.
-Si quiere, continúo.
-Por favor, siga, lo hace usted muy bien.
Con mayor intensidad, desplegué mis manos nuevamente, yendo
directamente a la entrepierna. Con tenues toques circulares, cada tanto chocaba
con la epidermis de su sexo. Él abrió más aún sus piernas, y sus genitales
pesados y blandos se volvieron a acomodar. Se echó hacia atrás como quien se
despereza y me animé, siempre con el corazón en la boca, a avanzar más con dos
de mis dedos, llegando a pocos centímetros de su ano, por debajo de sus pelotas.
Sobre mis dedos sentí el peso de esa gran bolsa peluda, experimentando el
indescriptible contacto con esa textura tersa y suave. Presioné allí y como un
reflejo, Pedro abrió más sus muslos. Tomé eso como una invitación a su intimidad
más privada, y seguí el velludo camino hasta el borde mismo de su ano. ¡Ah! ¡qué
delicia palpar la zona más vulnerable de un hombre!. Yo estaba totalmente
excitado, y podía percibir cuando mi verga, muy tiesa dentro de mis pantalones,
derramaba cada tanto gotas de líquido pre eyaculatorio.
Me acerqué inclinándome sobre el regazo de Pedro, al máximo
de las posibilidades, pues estaba pegado al sillón. Su verga me pareció
admirable y hermosa, de una belleza estética nunca advertida. Seguía dormida,
arrugada, pesada y remolona entre sus testículos, pero evidentemente, había
cobrado consistencia. Aún con mis dedos debajo de su escroto, moví con una
pulsión intensa su piel, entonces todo su sexo se sacudió perezoso. Parecía como
si estuviera despertando a un animalito dormido, que no quería – o temía – salir
del letargo.
Con la cabeza apoyada hacia atrás en el respaldar del sillón,
Pedro volvió a acariciarse el pecho con movimientos en círculo, raspando su piel
y dejándome escuchar de nuevo ese sonido maravilloso de su mano deslizando los
duros pelos blancos. Miré sus pezones: estaban excitados y se habían achicado en
circunferencia para crecer en longitud, duros, erguidos.
Cuando volví mi mirada hacia abajo, noté que su verga
empezaba a sostenerse sola. Con mi otra mano, avancé por sobre su otro muslo.
Llegué hasta la ingle y entonces, con las dos manos ahora, inicié un firme
masaje simétrico en la unión del pubis con los muslos. El sexo de Pedro comenzó
a moverse avivado por mis movimientos envolventes y acariciantes.
A propósito retiré un momento mis manos así podía observarlo
mejor. Su pene estaba creciendo, lentamente. Pero a pesar de que quería
abalanzarme sobre él, me contuve por temor a dar un paso en falso. Entonces
apliqué nuevamente mis manos calientes sobre sus entrepiernas, y subí esta vez –
sin tocar sus genitales – hasta el pubis, empezando a masajear toda la zona por
encima del pene. Primero pasé las palmas rozando apenas las puntas de los pelos,
luego ahondé más hasta apoyarme en su cálida y firme piel. Estaba en la gloria,
nunca había hundido mis manos en lugar parecido. Me enredaba entre el vello
crujiente y recorría de un lado a otro de ese enorme triángulo del bajo vientre.
La verga, finalmente, pareció obtener un permiso muy esperado y se levantó
latiendo vigorosamente. En cada latido, iban apareciendo venas gruesas y poco a
poco, todo el pesado tronco iba poniéndose de pie. Cobró dimensiones
considerables, doblando su tamaño en largo y ancho, mientras eso sucedía, la
piel fruncida del prepucio se descorría y el formidable glande, húmedo,
violáceo, asomaba su cabeza hinchada. Cerré mis dos manos como un anillo
aprisionando fuertemente las bolas y el duro falo de Pedro. El ardiente aparato
lanzó una dadivosa muestra de su líquido que se derramó hasta mis manos. Cuando
aflojé la presión, el pene mantuvo su erección apuntando hacia arriba.
-¿Cómo está? – le pregunté después de tragar saliva y remojar
mis labios con la lengua.
-Creo que mucho mejor, señor.
-Veamos entonces: póngase de pié.
Rubén se levantó sin dolor alguno. Yo aún estaba arrodillado
a su lado, por lo que el enhiesto miembro casi choca con una de mis mejillas.
Pedro, mirándome desde arriba, tomó su bata y se la quitó por completo. Abrí mis
ojos como platos frente a la contundente desnudez de Pedro.
Permanecí arrodillado, en principio porque no atinaba a
moverme dado lo excitante de la situación, y también porque mi visual desde ahí
era verdaderamente privilegiada. Con voz trémula le pedí:
-¿Quiere darse vuelta?
Pedro, respirando algo agitado, obedeció lentamente. Su gran
trasero, firme y velludo, quedó a pocos centímetros de mi rostro. Volví a
hacerle otro pedido:
-¿Podría abrir bien las piernas?
Entonces apoyándose con las manos en el respaldo del sillón
se inclinó hacia delante y separó bastante las piernas. Como plomadas de carne,
aparecieron sus testículos colgando. Los miré y percibí como se contraían y
aflojaban dentro de sus bolsas tapizadas de pelos grises.
-¿Así está bien?
-Sí – contesté, y llevé las dos manos al muslo que había
estado masajeando antes, pero ahora situando todo mi trabajo en el lado interno
y directamente en la ingle. Estiré y presioné muy intensamente toda la zona
mientras me regodeaba con su culo casi abierto ante mí. Del magnífico surco
descendía la peluda zona del perineo que continuaba con las pelotas. La lámpara
de la habitación proyectaba su contraluz y de cada vello emanaba una
iridiscencia bellísima. Mis manos subían y bajaban "masajeando" el lugar
afectado, pero la visión de ese culo tan impresionante me tentó a querer tocar
esas nalgas redondas. Instintivamente me mordí el labio inferior y llevé mis
manos hacia cada glúteo. Entonces acaricié muy suavemente la tersa y pilosa
piel, era blanda, una textura turgente y dócil a los movimientos de mis dedos.
Acentué la intensidad de mis caricias y probé allí la continuación de mis
masajes. Sutilmente abrí las nalgas y lo hice muy disimuladamente, como para
mirar entre el peludo surco sin ser demasiado obvio. Pedro estaba entregado a
mí, y como no tuve resistencia por su parte, me animé a abrir un poco más y el
ano apareció descubierto y rosado. La hilera de pelos bajaba hasta sus bolas y
acerqué mis pulgares al umbral mismo de ese oscuro agujero, sin dejar de
masajear. Estaba a punto de meter mis dedos en ese cálido habitáculo y mi boca
se había acercado considerablemente. Diez centímetros, ocho... seis... cinco...
cuatro... ¡Y la magia se rompió en pedazos cuando el sonido del teléfono inundó
la habitación!.
Pedro saltó como un resorte y se apartó de mis manos y mi
cara. De pronto todo se enfrió y él se apresuró a tomar la bata nuevamente. Se
la puso como pudo y se apresuró a atender. Me hizo un gesto como justificándose,
y con una expresión de consternación que me produjo algo entre lástima y
ternura, dijo con voz destemplada pero firme:
-Hola... ¿cómo estás, querida? – habló, haciendo grandes
esfuerzos por recomponer su estado.
Me quedé de una pieza, aún arrodillado. Pero pronto me
sobrepuse y al ver que Pedro me volvía a hacer un gesto de disculpas, consideré
que era mejor dejarlo hablar a solas con su esposa. Me puse de pié y me pasé las
manos por la cara, mirando a Pedro. Él se estaba cerrando la bata y me daba la
espalda como para concentrarse aún más en la charla telefónica.
Salí de la habitación algo avergonzado y esperé unos minutos
sin saber qué hacer realmente. Finalmente decidí retirarme a mi cuarto. Estaba
tan excitado que mi erección no quería bajarse por nada del mundo. Me quité la
ropa y me acosté en la cama. Deseaba que Pedro viniera y me golpeara la puerta.
Quería estar con ese hombre. Quería continuar ese clima tan despiadadamente roto
y llegar a la última consecuencia posible.
Pero Pedro no vino. Sentí los ruidos en la otra habitación.
La parejita había vuelto al hotel y escuchaba su conversación lejana. Pensé en
Pedro una vez más, mis sentidos lo ansiaban con locura. Me pareció escuchar sus
pasos detrás de la puerta... una vez más esperé que la puerta se abriera... pero
en vano. Quedé tendido en la cama, con el velador encendido, y en algún momento
que ahora escapa a mi memoria, quedé dormido profundamente.
El murmullo de la lluvia me despertó. Eran como las 9 de la
mañana. Me desperecé y recordé súbitamente el episodio que había vivido la noche
anterior con Pedro. Inmediatamente mi sexo cobró vida nuevamente y me acaricié
todo el cuerpo. Era un día gris y por la ventana entraba escasa luz. Me dio frío
y me tapé con las sábanas. Al poco rato sonó mi teléfono. Era Pedro.
-Señor, tiene un llamado.
-¿Un llamado?
-Es Montenegro, el gasista.
¡El gasista! Ya me había olvidado por completo de él y de la
situación en mi casa. Pero lo que me llamaba más la atención era la voz de
Pedro, inmutable, como si nada hubiera pasado. En realidad era así: nada había
pasado. Preferí no decirle nada, y le contesté que me pasara la llamada al
cuarto.
-Sí, señor. ¿Desea desayunar?
-Sí, claro – contesté enseguida, pero al momento se me
ocurrió algo mejor - ¡Pedro, por favor...!
-¿Sí, señor?
-Voy a tomar el desayuno, pero quisiera hacerlo en mi
habitación ¿Usted podría traérmelo? – pregunté decididamente. Se hizo un breve
silencio, un silencio denso y lleno de sonidos intrínsecos, como si en ese
momento ambos hubiéramos podido escuchar nuestros intensos diálogos internos.
Finalmente Pedro balbuceó:
-Claro, señor. Enseguida se lo alcanzo. Ahora le comunico – y
me pasó la llamada de Montenegro.
El gasista me decía que esa tarde iba a poder pasar por mi
casa, finalmente. Me tomé un tiempo para contestarle, y como obedeciendo a un
reflejo impensado, le dije que no iba a poder estar allí, y que en todo caso, yo
lo llamaría nuevamente. Colgué y me sentí muy contento de lo que había dicho.
Sonreí complacido y me acurruqué entre las sábanas, disfrutando de quedarme en
la hostería. ¿Cuánto tiempo iba a quedarme? No me importaba. Ahí estaba muy
bien. Y ahora no pensaba de ninguna manera volver a casa. Solo pensaba en Pedro.
Sentí llamar a la puerta. Iba a levantarme a abrir
cubriéndome con la toalla, pero después me abandoné de nuevo en la cama y desde
allí exclamé un "¡adelante!".
Pedro entró con la bandeja del desayuno en sus manos.
-¡Buenos días!
-Buenos días, Pedro – dije, incorporándome en la cama.
-¿Descansó bien? – me preguntó, a tiempo que me devoraba con
la vista, con una expresión seria y algo abrumada.
-Muy bien. ¿Y usted?
-También. Pero permítame. – Pedro dejó la bandeja en un borde
de la cama y como yo intentaba acomodarme, me ayudó enderezando un par de
cojines detrás de mi espalda. Mis sábanas me cubrían hasta el ombligo y mi
desnudo torso quedaba impúdicamente expuesto ante Pedro. Él se turbó un poco, y
tal vez por eso no terminaba de acomodar las almohadas detrás de mí. Mis sábanas
se deslizaron un poco más abajo y eso me excitó mucho, sabiéndome a un paso de
quedar desnudo en cualquier momento.
-¿Así está mejor? – dijo Pedro apartándose un poco y bajando
un poco la vista hacia el surco de mis pelos que se perdían bajo la ropa de
cama.
-Sí, muchas gracias – contesté. Y como me dieron ganas de
desperezarme aún más, estiré mis brazos por encima de mi cabeza, bostezando sin
tapujos. Miré a Pedro y sentí que la bandeja en la cama era como un obstáculo
entre él y yo, así que la deposité en la mesa de luz.
-Si no desea nada más...
-¿Cómo está su pierna, Pedro?
Pedro se volvió y se quedó mirándome sin saber qué contestar.
En ese momento, ¡un bendito momento!, mis vecinos de habitación empezaron a
hacerse escuchar. Volví mis ojos hacia la pared sin mover la cabeza. Sonreí
cuando los gemidos se fueron haciendo más intensos. Pedro también escuchaba
atentamente en silencio. Entonces nos volvimos a mirar. Pedro se acercó a mí:
-Está mucho mejor, señor, gracias. Apenas siento un pequeño
tirón aquí.
-¿Dónde?
-Aquí – y se acercó mucho más, tocándose el muslo.
Extendí mi mano y me estiré saliendo un poco de mi cómoda
posición en la cama. Toqué el muslo de Pedro por encima de su pantalón, pero
esta vez nuestros ojos permanecieron en una fijeza mantenida. Ahora la parejita
lanzaba gritos entrecortados. Bajé la vista hasta la entrepierna de Pedro y pude
constatar un admirable y viril bulto. Sin retirar mi mano, alargué la otra y la
posé en la otra pierna, como queriendo comparar ambos tendones. Pedro empezó a
respirar pesadamente. Yo exploraba sus dos muslos sobre la gruesa tela del
pantalón. Entonces, como estaba incómodo, me incorporé mucho más, saliendo por
sobre la sábana que quedó trabada en mi duro pene, como si éste fuera un
perchero. Pedro miró eso y se mordió los labios.
-Parecería que está mejor, pero no me doy cuenta... –
balbuceé.
Pedro también se tocó los muslos, chocando un poco con mis
dedos. Entonces dijo:
-Es que la tela del pantalón es un poco gruesa – y lentamente
llevó sus manos a la hebilla del cinturón, la aflojó y se abrió uno a uno los
botones de la bragueta. El pantalón se aflojó y entre los dos lo bajamos
dejándolo caer al piso. Tenía un calzoncillo blanco, de tela muy liviana y con
una abertura sin botones al frente. La enorme verga pujaba por salir por esa
abertura. Podía ver parte de su piel, y muchos pelos que se escapaban afuera. Me
arrodillé sobre el borde de la cama, y la sábana se destrabó y sentí la libertad
de mi dureza pendular en el aire. Entonces puse mis manos sobre sus muslos ahora
desnudos y sentí en mis manos el calor y la delicia de su piel nuevamente. Pedro
abrió su boca, pues la agitación invadía todo su pecho, y no dejó de observar mi
verga enhiesta, completamente excitado. Subí mis manos y las introduje por entre
las perneras del calzoncillo. Al hacerlo, la abertura se abrió y como movida por
un resorte, la erección de Pedro se disparó hacia fuera saliendo por la
bragueta. El líquido que mojaba su extremo me salpicó en la cara y ante mí tuve
otra vez ese miembro maravilloso.
Devoré con la mirada esa verga llena de venas palpitantes y
finalmente la tomé con mis dos manos. Pedro lanzó un sonoro gemido y pareció
perder el conocimiento. Y casi al mismo tiempo que mis dedos tocaban su durísimo
falo, sentí su estremecimiento incontenible y la acelerada agitación de su
pecho. Me quedé inmóvil, expectante. Por un segundo que duró años, ambos nos
miramos hondamente... entonces la verga de Pedro tembló de nuevo y lanzó un
chorro de semen que fue a chocar contra mi pecho desnudo. Él dejó escapar un
nuevo gemido profundo y su sexo derramó otro trallazo de esperma entre mis manos
estáticas, asestando la descarga cerca de mi boca... Pedro se contrajo
violentamente y me lanzó otro chorro, y todavía otro, aún más débil... y pronto
me vi bañado por su líquido caliente y espeso. Arqueado sobre sí mismo, con los
ojos cerrados, casi tumbado sobre mí, Pedro se apoyó sobre mis hombros a tiempo
que sentía todo el placer de su orgasmo contenido durante tanto tiempo.
Aún con su miembro duro entre mis manos, él se incorporó
rápidamente como despertando de un sueño y entonces se apartó tímidamente. Yo me
quedé quieto, con la interrogación en mi mirada. Pedro no atinó a mirarme, se
puso nuevamente las gafas, subió torpemente sus pantalones y cubrió su sexo
chorreante y levantado. Terriblemente turbado, con un gesto cercano al pánico,
angustiado, retrocedió, buscó la puerta con su mano, y salió de la habitación
dejándome en una total perplejidad. En la habitación contigua, los gritos
seguían victoriosos.
Pasé todo el resto del día en mi habitación, pensativo y con
miedo de salir y encontrarme con el confuso rostro de Pedro. Supe que todo había
sido muy fuerte para él, pero no sabía como acercarme a ese hombre. Y en
realidad tampoco sabía bien que es lo que yo estaba sintiendo exactamente. Pero
el hecho es que no dejaba de pensar en él.
Terminó el día y empezó otro. Había dejado de llover, la
mañana era radiante y hasta había dejado de hacer tanto frío. Pedro me había
evitado todo ese tiempo y yo no sabía que hacer, pues se acercaba el momento en
que debería regresar a Buenos Aires y yo tenía – me era imperioso –volver a
verlo otra vez.
Entrada la tarde, sentí un rumor en el jardín y me asomé por
la ventana. Era Pedro que trabajaba muy concentradamente rastrillando el césped.
No lo había visto en todo el día, así que fui raudamente en su búsqueda. Cuando
salí al jardín no lo encontré, entonces me di cuenta de que el pequeño cuarto
donde guardaba las herramientas tenía la puerta entreabierta. Me dirigí allí
inmediatamente. Cuando entré, casi con miedo, Pedro estaba de espaldas a mí,
acomodando unas tijeras de podar. Él se volvió, me miró con mucha profundidad y
con una calma que me dejó pasmado. Los dos nos miramos por un instante que
pareció eterno. Entonces escuché su voz, tenue, resignada, que me decía:
-Señor, ¿desea algo? – dijo, eludiendo toda realidad y
atrincherándose en su personaje de amable hotelero.
-Usted sabe que sí... es más, usted sabe lo que deseo, Pedro.
Ambos sabemos porqué vine en su busca.
-Señor, por favor, olvidemos esto... – dijo volviendo a
acomodar unos utensilios del jardín.
-Es inútil – continué – no puedo olvidar nada...
Pedro me miró y bajó los ojos, muy pensativo:
-Tiene razón. Yo tampoco...
Hice un pequeño movimiento buscando el picaporte de la
puertecita y la cerré tras de mí. Pedro tragó saliva y pareció inquietarse,
enseguida pude ver en sus ojos avivarse una vez más el fuego del deseo,
creciente, incontenible, acelerando respiración y parpadeo. En menos de un
minuto nos quitamos la ropa, movidos por idéntica necesidad. Nos miramos
entonces, la luz que se colaba por la pequeña ventana era suficiente como para
mostrar uno a otro nuestra más absoluta desnudez.
Sin poder contenernos más, nos abalanzamos en un encuentro
aún temeroso y torpe. El primer contacto fue el de nuestros brazos, intentando
entrelazarse. Al bajar la mirada, vi mi erección prominente y segura, mientras
que su miembro se endurecía pesadamente entre pequeños latidos. No pasó mucho
tiempo en el que los dos sexos se chocaron como dos durísimas espadas
haciéndonos estremecer. Aún estábamos muy asombrados de nuestra mutua atracción.
Nuestras caras estaban muy cerca, nuestros alientos se mezclaban. Nos mirábamos
fijamente, como indagándonos, ebrios de deseo. Entonces él dio el primer paso.
Abrió levemente sus labios y avanzó en busca de los míos. Yo tenía miedo, pero
no imaginé retroceder, ni siquiera podía elucubrar una defensiva. Dejé que me
besara y que por primera vez un hombre tomara posesión de mi boca. Cuando su
lengua apareció entre mis labios, supe que iba a amar a ese hombre. Él notó mi
temblor, me tomó la cara entre sus manos y aumentando poco a poco su ardor
prolongó ese beso hasta hacerme perder la noción del tiempo. Quedé hipnotizado
al sentir la contundencia de su contacto, pues no solo lo sentía en la boca,
sino que rápidamente, su cuerpo me había poseído como una enredadera abrazando
un árbol. Era más grande que yo, en altura y anchura, por lo que me sentí
pequeño en el calor de su piel.
Su boca empezó a querer explorar distancias más lejanas que
las que rodeaban mi boca, entonces siguió besándome en el cuello, hombros y
pecho. Me tomaba los pectorales y se hundía en mis pelos. No podía respirar
normalmente, la salida y entrada de aire se me cortaba a medida que ese hombre
iba acariciándome y lamiéndome con esa lengua maravillosa. No sé en qué momento
su boca llegó a mi pene, porque en un momento que bajé la vista, vi enterrarse
mi erección entre sus labios. Sus bigotes se juntaron con los pelos de mi pubis
y mi verga quedó envuelta en un calor y humedad alucinantes.
-Jamás hice esto – dijo buscando mi mirada.
-Yo jamás sentí esto – le contesté con mis ojos
entrecerrados.
Pedro continuó chupándome la verga con más intensidad,
mientras sus manos se metían poco a poco por el surco de mi trasero. Yo creí
desmayar, pues por delante me invadían unos labios extraordinarios y por detrás
sus dedos iban acariciando lentamente la puerta de mi ano. Tuve que sostenerme
apoyándome en sus anchos hombros para no caer tal era el placer que me
subyugaba. Entonces me aparté de él, porque sentía que iba a venirme entero. Él
se puso de pié y me abrazó nuevamente. ¡Qué bien me sentía en sus fuertes
brazos! Jamás había experimentado esa sensación de seguridad y a la vez, un
encuentro tan propiamente masculino. Nos volvimos a besar. Mis manos se me
escaparon hacia su pecho. Los grandes pezones se alojaron entre mis dedos.
Estaban duros, calientes, y empecé a masajearlos sintiendo como él gozaba ante
ese contacto. Reemplacé mis manos por mi boca, ávida de probar ese nuevo sabor.
Una a una, fui alternando esas tetillas al contacto de mi lengua, mientras que
con mis manos recorría el máximo de espacio corporal que pudiera abarcar al
tacto. Choqué con la dureza de su miembro y me apropié de él con mis dos manos.
Qué rígido se sentía... y a la vez ¡Qué suave!. Con sus tetas en mi boca,
recorrí todo su sexo, metiéndome por entre sus pesadas bolas, llegando hasta el
perineo y volviendo a subir, acariciado por los largos pelos que cubrían toda la
zona.
No pude más, me arrodillé ante él y con el amenazante falo
ante mi cara, observé por un instante lo que había decidido engullirme: un
palpitante mástil surcado por algunas venas muy gordas, chorreante de líquido
transparente y sacudiéndose levemente mientras apuntaba hacia arriba. Lo tomé
desde la base, por detrás de sus peludos testículos y lo apunté definitivamente
hacia mi boca abierta a más no poder. Él acompañó ese gesto adelantando su
pelvis y depositándome el gran órgano sobre el borde mismo de mis labios.
Entonces me precipité sobre su glande brilloso y tragué cada centímetro de tan
crecida longitud. Al principio fue muy extraño, era como si mi raciocinio
reprobara esa acción, mientras que mi deseo y mi cuerpo se satisfacían
agradecidos.
Él giró sobre sí mismo y yo abrí bien sus nalgas. ¡Qué
sublime era tener su amplio trasero tan cerca! El camino que me mostraba su
surco abierto me orientaba hacia su agujero bien dispuesto a recibirme. Se me
hizo agua la boca y no dudé en lamer tempestuosamente su culo. Pedro se apoyó en
la pared, respirando vehementemente. Abrió sus extremidades para facilitar que
mi boca se hundiera lo más posible en su franca anatomía. Tomé su verga y lo
masturbé lentamente, sintiendo el descorrer fácil de toda la piel de su
prepucio. Cuando el ano estuvo bien aceitado con mi saliva, introduje un dedo.
Entró fácilmente, comprobando la dilatación admirable de Pedro. Abrí más sus
glúteos y metí otro dedo. Pedro comenzó a gemir y él mismo se tomó de las nalgas
para apartarlas hacia ambos lados. ¡Sorprendente! Mi lengua lo penetró
volviéndolo a lubricar. Entonces entraron tres dedos en su caliente abertura, a
tiempo que él apoyaba un pié sobre un baúl. ¡Glorioso! Pude ver su rosado
interior, listo para ser disfrutado.
Me incorporé acercando la punta de mi pija al húmedo hueco de
su culo. Él me rogó que no le hiciera daño, que fuera muy despacio. No le
contesté nada, solo le besé tiernamente la nuca. Sentí entonces su entrega
total, ardiente y pasional, y abrió todo lo posible su trasero ante mí. Su
apetito era mayor que su temor. Tanteé el camino con mi glande. El contacto era
estupendo. Avancé un poco más, sintiendo como la saliva hacía resbalar mi
miembro hacia el interior. Él empujó hacia mí su culo portentoso y la punta de
mi poste se adentró entre los pliegues. Pedro se quejó, mordiéndose los labios.
-¿Duele? – le pregunté susurrante al oído.
-Sí, pero quiero sentirlo dentro de mí.
Entonces, animado por su propia ambición, seguí besándolo en
el cuello, mientras mi pubis avanzaba más y más. El calor de su hoyo me quemaba
y sin casi darme cuenta, mi verga se hundió hasta la mitad. Pedro gritó,
buscando mi boca con la suya. La recibí, acariciándolo dulcemente con mis manos,
pero sin retroceder en mi firmeza. Su ano se iba abriendo a cada arremetida, y
yo sentía como después de cada envión, la piel, elástica, se adaptaba a su
enhiesto invasor. Finalmente, todo mi sexo quedó inmerso en su culo, y ambos
quedamos inmóviles, aunque agitados y cubiertos de sudor pese al frío del
ambiente. Entonces muy lentamente, comenzamos a movernos en leves ondulaciones y
pronto nuestro ritmo se hizo más y más acelerado, aunque aún cuidadoso. Sentía
su interior alrededor de mi verga hambrienta de fricciones, y me enloquecía cada
vez más. Volví a preguntarle:
-¿Duele?
-Ya no... ahora solo siento placer... y es un placer
increíble – me contestó sonriendo emocionadamente.
Nos sentíamos muy unidos. Yo lo atraía hacia mí asiéndolo por
los pechos y él hacía lo mismo jalándome por los muslos hacia su cuerpo. Lo
poseí con toda mi pasión, pues mi sexo entraba en él con acalorados empellones.
Su erección, que no había bajado un solo centímetro, era grandiosa... quise
tener su rígida verga en mis manos y comencé a bombearla sin detenerme. Entonces
Pedro empezó a vibrar y a gemir cada vez más. Comprendí que iba a acabar y
redoblé el movimiento de mi pelvis así como el de mi mano alrededor de su pija.
Así en medio de un grito sonoro y prolongado mi mano se llenó de caliente
esperma. En involuntarias convulsiones, el cuerpo de Pedro se arqueó bajo el
mío, y con sus manos se agarró de mí para no caer al piso. Aún no habíamos
cesado en nuestros sensuales movimientos cuando de pronto sentí que iba a
eyacular en cualquier momento. Quise salir de él, pero Pedro, intuyendo que iba
a descargarme muy pronto, me sostuvo poniendo sus manos en mis glúteos a tiempo
que me atraía fuertemente hacia sí. Quedé prisionero de sus sacudidas, sin poder
salirme de su ano. Fuera de todo dominio, mi garganta estaba lanzando unos
gritos ahogados y estridentes. Fue increíble, me derramé entre espasmos de
placer como nunca antes había tenido y sentí como mi semen inundaba el hermoso
culo de Pedro, totalmente entregado a mi goce extremo.
Mi pene, aún hinchado y palpitante, estaba aún en su interior
cuando la voz de Pedro me acarició:
-Ahora va a ser mucho más difícil olvidarnos de esto
-No solo eso,... sino que no vamos "a querer" olvidarlo – le
contesté, besándole una y otra vez el cuello y la línea de sus hombros
-¿Te vas hoy? – me preguntó. Era la primera vez que me
tuteaba, eso me arrancó una tierna sonrisa y le respondí:
-Sí. Tengo que irme, Pedro.
-¿Volverás?
-Siempre.
Nos vestimos y salimos en dirección a la casa. Después
pasamos el resto del día en mi habitación, intuyendo el principio de lo que nos
iba a pasar en poco tiempo.
Fue el gran cambio de mi vida, fue el de ambos... y fue el
definitivo.
Franco.
francodellavalle@hotmail.com