Las bolas chinas
La fría mañana, con lluvias ininterrumpidas, auguraba un día
gris. Las conversaciones en la sala de trabajo eran variadas y sin sentido.
Yo trataba de resolver un juego de números de los que
aparecen en los periódicos cuando un taconeo conocido me hizo alzar la mirada.
Unos zapatos negros, de tacón mediano, unos jeans ajustados y
una blusa ajustada eran los portadores de tan rítmico sonido.
Por un momento pensé, medio en serio medio en broma, que sólo
la coquetería femenina hacia que alguien usara una blusa de hombros pelados con
este clima, pero pronto me retracté de mis pensamientos al observar la deliciosa
forma que creaban los huesos de sus clavículas en su deliciosa piel morena.
Después de media mañana, en el receso del café me puse a
conversar con ella y me comentó del estrés que sentía. Caballerosamente me
levanté y comencé a darle un masaje en los hombros. Su desnudes y el tamaño de
mis manos hicieron de este trabajo todo un juego erótico que ninguno de los dos
trató de evitar.
De repente recordé que en mi casillero tenía un par de bolas
chinas para masajes. Eran un par de bolas verdes, con dibujos dorados de
dragones en ellas y una especie de resortes en su interior que las hacían vibrar
con el movimiento.
Dejé a mi compañera un instante y volví con las esferas en la
mano y proseguí con mi masaje.
Su excitación y la mía eran evidentes, llevábamos tiempo
insinuándonos cosas, y sin embargo no dábamos el paso definitivo ninguno de los
dos.
Con un poco de morbo le comenté que esas mismas bolas, unidas
por un cordoncito eran las que se utilizaban como juguete sexual, y ella
coquetamente me comentó que lo había visto en una película pero que no me quería
incomodar con el comentario.
Entre insinuaciones van y vienen le dije que cuando quisiera
las podía utilizar, que mi casillero siempre estaba abierto y terminé mi masaje.
Dejé las esferas en su sitio y me fui a trabajar escuchando como me decía
riéndose: - si no encuentras el juguete es que me lo llevé-.
A la hora de almuerzo yo repasaba mentalmente algunas
cuestiones de trabajo cuando me percaté de que mi amiga no estaba en el salón.
Casi al final del receso y cuando me disponía a salir la vi entrar con una rara
expresión en su mirada. Le pregunté que le preocupaba y me esquivó con cualquier
excusa retirándose apresuradamente.
A me día tarde decidí ir a buscarla a su cubículo y me la
topé caminando hacia el baño, con paso cadencioso, lento, lo que me decía que
seguía preocupada. Cuando nos topamos y le hablé pegó un salto como asustaba y
sin decirme nada se metió al baño de mujeres.
A la salida del trabajo pasé frente a su oficina y la observé
sentada en su escritorio, ida, como sin pensamientos. Entré a su oficina y le
dije que me preocupaba su actitud.
Tuvimos una pequeña discusión en que ella insistía en que la
dejara en paz y yo en que me hablara, se levantó de su asiento y me enfrentó por
lo que la tomé de sus hombros… su reacción me sorprendió. Se abrazó a mí y
rompió a llorar haciéndome una confesión increíble: -tengo las bolas adentro y
no me las puedo sacar…-
La sorpresa me duró poco y el morbo se apoderó de mí. Le
pregunté como había pasado y me confesó que durante la mañana se fue a mi
casillero y las tomó para ver como era el asuntó, fue al baño y se las metió
lentamente en su vagina y luego bajó por las escaleras tres pisos sólo para
sentir la vibración que producían dentro de ella.
Luego había subido al baño pero por la humedad de su vagina y
lo grandes de las esferas (estas eran de masaje no sexuales) no las había podido
sacar, y que cada vez que lo intentaba la fricción que le producían dentro de su
vagina cuando sus dedos las movían para sacarlas la llevaban de orgasmo en
orgasmo, y que a pesar del placer estaba preocupada.
Mi pene quería estallar en mis pantalones ante semejante
confesión y sólo acaté a decirle que yo la llevaría al hospital para que la
ayudaran. Ella se sonrojó y me dijo que jamás, que ya pensaría en algo, y yo, ya
un poco repuesto de la sorpresa inicial me ofrecí de partera para su inusitado
intruso.
Pensé que se negaría y me quedé mudo cuando la vi despojarse
de sus pantalones, luego de sus bragas y colocarse de espaldas a mí, con sus
brazos sobre el sillón y las piernas abiertas para que realizara mi trabajo.
Metí uno de mis dedos en su vagina y sentí las esferas
dentro. Estaban empapadas igual que su sexo y resbalaban con facilidad, sin
embargo la primera salió al primer intento y mi amiga no pudo ocultar su
alegría: -sigue metiéndome los dedos y saca la otra por favor-
A pesar de que sus palabras eran de ayuda desesperada a mi me
sonaron llenas de morbo y a pesar de que un par de veces casi logró sacar la
esfera, adrede la soltaba para seguir jugando dentro de su vagina.
En un momento con dos de mis dedos, mano palma abajo, logré
apresar la esfera. Apreté fuertemente mis dedos hacia abajo, hacia la pared
frontal de su vagina y comencé a presionar la esfera hacia fuera. Cuando la
esfera estaba asomando hacia fuera me acordé de los sensibles que son las
mujeres en ese punto y comencé a hacer vibrar mi mano con fuerza… mi amiga ni
siquiera pudo reaccionar, las cuerdas de su sexo se tensaron de inmediato por
todo el estímulo recibido durante el día y, con orgasmo o sin él, comenzó a
orinarse sobre mi mano entre una serie de gemidos de placer que me hicieron
eyacular sobre mi ropa.
Saqué la dichosa esfera unos minutos después y me retiré de
la oficina mientras mi amiga se cambiaba.
Al día siguiente me la topé en el elevador y cuando nos
bajamos del mismo me susurró al oído: -ya las tengo adentro…-