LA BOMBA
En alguna ocasión, casi siempre con la polla en la mano
buscando la culminación de un buen pajote, todos hemos fantaseado con la
posibilidad de tener poderes psíquicos, casi mágicos, que nos permitan lograr
todo lo que sexualmente apetecemos, sin necesidad de dar explicaciones a nadie
ni tener en cuenta cuestiones legales o de moralidad o, mejor aún, sin necesidad
de depender del humor o las ganas de sexo de aquellas o aquellos a los que
deseamos. Lograr tener la esclava o el esclavo sexual que más nos guste y
obtener satisfacción de cualquier manera que queramos y cuantas veces nos
apetezca; coño, sería cojonudo. Qué pena que según maduramos tengamos que
reconocer que eso no existe; bueno, más o menos, porque de un tiempo a esta
parte yo puedo ser ejemplo de lo contrario.
Desde hace poco más de veinte años trabajo en la afamada
gestoría y asesoría legal que un tío mío abrió (hoy en día soy el dueño del
negocio) en el pueblo del Levante de Almería en el que vivo, de donde es natural
mi familia desde hace muchas generaciones, lugar en el que nací y de donde
apenas he salido salvo los cursos académicos que pasé en Granada hasta acabar
los estudios de Derecho y algún viaje, casi siempre en grupo, a Madrid, París,
Londres, Roma, Atenas. Me llamo Nicolás, los próximos que cumpla serán cuarenta
y seis años y, aunque vivo bastante bien y sin problemas, siempre me he aburrido
solemnemente. Soy soltero, sin pareja estable y, supongo, un salido vocacional
convencido, más que nada porque creo haber batido todas las marcas y records de
masturbación (desde los trece o catorce años me he hecho mogollón de pajas),
además de no dejar de pensar en el sexo casi en ningún momento de mi actividad
cotidiana.
En algunas ocasiones me han asegurado que soy un tipo
agraciado físicamente, además de alto, fuerte y grandón, pero las mujeres nunca
se me han dado bien, salvo tres o cuatro cortos noviazgos casi juveniles con
chicas del pueblo y algún que otro ligue de estudiante en Granada o de pocos
días con turistas italianas e inglesas que, salidas como yeguas en celo, abundan
en verano por las playas de esta zona. Poco para haber enfilado ya el camino
hacia los cincuenta años y para mis muchas ganas de sexo, siempre necesitado de
un buen polvo y una buena corrida.
Tengo un primo algo mayor que yo, Carmelo, que marchó hace
muchos años a vivir a Alicante y que todos los veranos viene al pueblo a pasar
unos días y a controlar algunos negocios que él y yo tenemos a medias. No hemos
mantenido nunca mucho trato personal porque siempre me ha parecido un gilipollas
que va de listillo por haber progresado fuera del pueblo, pero una calurosa
noche del pasado agosto, algo puestos de copas en la discoteca playera de moda,
me contó una historia que ha supuesto un cambio sustancial en mi vida.
"Qué, Nicolás, aquí en verano te tienes que poner ciego a
follar; joder qué pibones se ven, todas más desnudas que vestidas y calientes
como el pico de una plancha. ¡Cómo me ponen!, siempre estoy con la polla dura.
Anda que no nos iban a envidiar los tíos del pueblo teniendo lo que nosotros
tenemos. Si supieran de qué va el asunto les iban a rechinar bien los dientes;
igual nos corrían a gorrazos".
Carmelo siempre ha sido un poco fantasma, así que no le hice
demasiado caso a pesar de haber despertado mi curiosidad. Siguió hablando: "¿A
cuál te vas a tirar esta noche, primo, has elegido?, a mí me gusta esa pelirroja
larguirucha de la minifalda vaquera; ¿te va su amiga morena?, está muy buena,
vaya culazo que tiene". Sin decir más se acerca a la pelirroja y a su amiga, les
dice unas palabras al oído y en pocos segundos ambas están sonrientes junto a
mí, me besan en la boca y ante mi sorpresa, la morena rodea mi cintura con su
brazo y, en un horroroso español, dice que tienen su alojamiento cerca y que
mejor nos vamos allí a follar.
Camino del apartamento no salgo de mi asombro y debo tener
una rara y llamativa expresión en la cara porque mi primo, que no ha parado ni
un momento de morrear y meterle mano a la guiri pelirroja, me pregunta: "¿qué
pasa, no te gusta esa tía o es que de repente te has vuelto maricón?, vaya
careto que llevas".
"No, joder, es que no dejo de preguntarme qué has querido
decir con eso de lo que nosotros tenemos y la envidia de los del pueblo. No lo
entiendo y me pone nervioso".
"Tu estás tonto, ¿qué va a ser?, pues lo de la bomba, coño".
Ante mi estupefacta cara de sorpresa Carmelo se da cuenta de que algo pasa y
continúa hablando: "¿No conoces lo de la bomba?; la hostia, tío, ¿no te lo
contaron tus padres?, ¿no sabes nada?". El silencio es mi repuesta, dibujada en
un rostro de asombro y extrañeza. Se vuelve hacia las dos mujeres, les cuchichea
al oído un par de segundos hasta que sin decir ni pío se marchan y a mí me dice:
"vamos a tomar una copa y te lo cuento".
Dos horas después estoy cerrándome la bragueta en uno de los
váteres de la discoteca mientras miro con agrado como una preciosa rubia se
limpia la cara, los labios y las tetas con papel higiénico, intentando quitarse
los chorretones de semen que le ha dejado mi corrida. Estoy satisfecho y me
parece que debo tener una gran sonrisa bobalicona en la cara mientras observo
como la rubia se sienta en el inodoro y tras meterse el corto y grueso rabo de
Carmelo en la boca, comienza una rápida y sonora mamada. Me oigo decir en voz
baja: "primo, soy un hombre nuevo gracias a ti. ¡Joder, cómo mola lo de la
bomba!".
El lunes 17 de enero de 1966 dos aviones norteamericanos
colisionaron en el cielo de Almería y perdieron las cinco bombas nucleares que
portaban, de las que dos explotaron, al menos en parte, cerca del pueblo de
Palomares, en cuya playa de Villaricos estábamos pasando el día mis padres, mis
tíos, mi primo Carmelo y yo. Siempre hemos recordado en la familia la brillante
luz anaranjada que se produjo durante muchos minutos y el aire caliente que nos
envolvió. La Guardia Civil nos echó rápidamente de la zona con orden tajante de
no comentarle nada a nadie y bajo todo tipo de amenazas, incluida alguna que
otra bofetada a los mayores. Yo apenas tenía cinco años y casi nada guardo en la
memoria. Mis padres enfermaron años más tarde no se sabe muy bien de qué,
murieron cuando yo tenía treinta y pocos años y en el pueblo siempre han dicho
que la enfermedad se debió a la radioactividad de la bomba. Mis tíos murieron
también relativamente jóvenes.
Dos horas antes de haberme corrido en la boca de la
tremendona rubia italiana, Carmelo y yo estamos sentados en una retirada mesa de
la discoteca. Me limito a escuchar y a darle pequeños sorbos a mi gintonic.
"Supongo, Nico, que recordarás la historia de la playa de
Villaricos. A pesar del miedo que nos metieron y del secreto oficial, en casa
hablábamos de vez en cuando de ello. Durante años todos tuvimos que hacernos
periódicos exámenes médicos por aquello de la radioactividad. En uno de esos
largos y pesados reconocimientos, tu madre, a modo de juego, intentando
sobrellevar el aburrimiento, descubrió por casualidad que si al oído de una
persona repetía dos o tres veces muy rápidamente la frase: "no hay bomba, no hay
bomba", inmediatamente esa persona hacía cualquier cosa que le pidiera, como si
quedara en su poder, hipnotizada, controlada mentalmente o algo parecido, hasta
el momento de volverle a decir la frase. Al principio todo fueron dudas, claro
está, pero tras efectuar muchas pruebas con todo el miedo del mundo, tus padres
y los míos llegaron a la conclusión de que algún tipo de poder o de don habíamos
conseguido aquel día de playa, quizás por efecto de la radioactividad. A las
personas que quedan mentalmente controladas no se les nota nada raro, actúan con
normalidad y naturalidad, pero obtenemos de ellas lo que queremos".
"Éramos una familia muy pobre y en poco tiempo y sin posible
explicación para los del pueblo, abrimos un moderno bar en la plaza mayor, mi
padre puso la gestoría, invertimos en terrenos en la zona de playas, compramos
buenos coches, los bancos nos trataban como a sus mejores clientes, … cambió
nuestra vida por completo, como si nos hubiera tocado la lotería. A ti y a mí no
nos quisieron decir nada hasta que fuéramos bastante mayorcitos. ¿Por qué crees
que me ha ido tan bien en Alicante durante estos últimos años?: me aprovecho del
"poder de la bomba", de manera discreta, intentando que nadie se de cuenta y
sólo en situaciones que no llamen la atención. Llevo una vida tranquila,
relajada, tremendamente cómoda y satisfactoria en lo económico y fabulosa en lo
sexual. Me follo a cualquier mujer que se me antoja, cuando quiero y como
quiero; es una gozada".
No se qué decir, incluso durante unos instantes he llegado a
pensar que mi primo me está gastando una broma, pero poco a poco me puede la
curiosidad y me invade la ansiedad por probar si yo también puedo hacerlo, por
saber si yo tengo ese don, poder o lo que coño sea. Carmelo me anima a
intentarlo, pero con cuidado y discreción.
En una esquina de la barra está Michaella, una rubia
italiana, camarera y animadora, que es un auténtico pibón, siendo famosa entre
los tíos de por aquí por su bello rostro y sus espectaculares largas piernas,
además de por pasar olímpicamente de cualquier tío que no tenga cuerpo de modelo
de pasarela y cuenta corriente millonaria. Me acerco como si fuera a pedirle una
copa (casi me mareo al asomarme a su escote y ver las bonitas pequeñas tetas
morenas que tantas veces he deseado mamar) y a su oído rápidamente repito dos
veces "no hay bomba, no hay bomba", seguido de "vente a la mesa conmigo". La
mujer no parece reaccionar, pero antes de que se me caiga el alma a los pies,
sonríe, sale de detrás de la barra y me sigue hasta la mesa; esto parece que
funciona.
Michaella se sienta entre Carmelo y yo con una expresión
seria y aburrida que cambia en el preciso instante que en voz baja le digo:
"estás muy contenta y excitada de estar con nosotros. Ahora mismo nos vamos los
tres a los aseos y nos vas a comer la polla para hacernos la mejor de tus
mamadas". La mujer se pone en pie y nos lleva cogidos de la mano hasta que nos
encerramos en uno de los pequeños cubículos del servicio de señoras. Sin decir
nada de nada (sólo sonríe y nos mira como si tuviera hambre y fuera a comer su
plato preferido) se baja los tirantes de la camiseta cuando se lo pido, y ante
mí veo unas tetas estupendas: dos pequeñas colinas de forma cónica, altas y
picudas, muy morenas, sin marcas de biquini, con redondos pezones rosados.
Impresionantes de verdad.
Cuando rápidamente me baja los pantalones y el slip luzco una
polla tiesa y dura que debe gustarle a la italiana, porque se lanza a mamarla
con ganas. Me encanta ver a esta guapísima mujer en cuclillas ante mí, dándome
gusto y pegándose un festín vicioso con mi rabo, lamiendo, chupando, mordiendo,
apretando y meneándolo hasta que no aguanto más y eyaculo sin avisar, soltando
varios chorros de lefa que la rubia no traga, sino que, tras cerrar los ojos,
deja que impacten en su cara y en las tetas. ¡Qué corrida más cojonuda!.
Empiezo a reaccionar cuando tras cerrarme la bragueta me oigo
decir en voz baja: "primo, soy un hombre nuevo gracias a ti. ¡Joder, cómo mola
lo de la bomba!".
Bastante rato después sigo ansioso, excitado y nervioso como
un niño con juguete nuevo y quiero practicar, darme el gustazo de comprobar que
es cierto lo que me está pasando, que no es un sueño o un delirio provocado por
los gintonics. Mi primo me ha advertido que al principio es difícil parar, así
que antes de irse a dormir me pide muy seriamente que sea muy prudente y procure
que nadie se de cuenta de nada, el secreto es nuestro mejor aliado.
En la misma discoteca está Consuelo, compañera de facultad en
Granada y ahora empleada mía en la asesoría, con quien tuve un corto noviazgo de
estudiantes y que siempre se comportó en plan calientapollas, porque casi nada
obtuve salvo algún magreo, dolor de testículos y matarme a pajas. De mis
calentones siempre se cachondeó más de la cuenta y a todo el mundo contaba que
yo no me comía una rosca con ella. No se si publicamente llegaría a reconocerlo,
pero he estado bastante resentido con Consuelo desde entonces y nuestra relación
actual se desarrolla únicamente en lo estrictamente profesional.
Está en una mesa con un grupo de amigos del pueblo, así que
es normal que me acerque a saludar y en un momento dado acerco mi boca a su oído
para, sonriendo, decirle en voz baja: "no hay bomba, no hay bomba. Te vas a
venir a mi casa porque estás cachonda y te mueres de ganas por follar conmigo".
Mano de santo, se despide de sus amigos y me dice si la puedo llevar en mi coche
de vuelta al pueblo. Bien, "la bomba" sigue funcionando.
Al llegar a mi casa es ella quien rápidamente toma la
iniciativa, me besa varias veces, se pega a mí como una lapa y nada más entrar
al dormitorio me mete la lengua hasta las amígdalas al mismo tiempo que aprieta
con fuerza mi crecido rabo y se pone a ronronear en voz baja, como una gata
salida. La verdad es que esta repentina pasión hacia mi persona se la "he
ordenado" según veníamos en el coche y mola mogollón saber por adelantado que la
tía que te vas a tirar dentro de un rato se va a comportar como un putón en la
cama.
Creo que tengo razones para estar cabreado con Chelo porque
en su día nunca llegamos a follar. Está buena, ya no es una jovencita y nunca ha
sido especialmente guapa, pero está buena: algo baja de estatura, pelo rubio
teñido muy rizado, como si fuera "pelo frito"; ojos marrones, un atractivo culo
redondo, alto y duro, el pubis poblado por una mata tremenda de rizadísimo bello
castaño, bonitas piernas delgadas y, sobre todas las cosas, un tremendo par de
llamativas tetas (la broma entre los conocidos siempre fue: "no es Consuelo, es
Contetas"), demasiado grandes para su cuerpo, pero atractivas como si fueran un
potente imán y yo un trozo de hierro (mi rabo empieza a parecerlo, la verdad sea
dicha).
Después de arrodillarse ante mí y chuparme la polla durante
un buen rato hasta ponerme verdaderamente a tono, Chelo me pregunta: "¿cómo
quieres hacerlo, dónde quieres meterla?". No lo dudo ni un segundo: "tus tetas,
házmelo con tus tetas".
Pechos grandes, como dos gruesas cántaras que caen un poco
hacia los lados, con pezones pequeños rodeados de una gran areola de color
canela. Me recuesto en la cama, semitumbado, y se coloca arrodillada sobre mí de
manera que levanta y sujeta sus pechos con las manos y pone mi polla entre
ellos, de la que apenas se ve la punta del capullo entre tanta teta, mojándome
con su saliva de vez en cuando para que el roce no me haga daño. Me hace un
pajote cojonudo, aprisionando y meneando el cipote entre esos dos monumentos, de
manera que en pocos minutos mi lechada pringa su cara, sus tetas y su melena. Me
desinflo como un globo pinchado, la mujer se masturba muy rápidamente y antes de
decirle que se vaya a su casa, me apunto mentalmente que esas grandes tetas me
van a dar mucho gusto en el futuro próximo. Duermo mejor que en toda mi vida.
¡Loada sea la bomba de Palomares!.
Ha pasado casi un año desde esa bendita noche en la discoteca
y aunque ya he asimilado la situación y he conseguido ser selectivo (cosa que no
hice los primeros meses, en los que me follaba a toda mujer que pasaba cerca de
mí, digo yo que por el hambre atrasada), sigo utilizando "mi poder" a menudo. Me
tiro a cualquier tía que me apetece.
Para todo macho de más de treinta y cinco años de estos
contornos la mujer más deseada del pueblo es doña Paquita, cuarentona
propietaria de la farmacia de la calle principal (y dueña de media comarca),
viuda desde hace más de diez años del señorito más rico y facha de la zona,
además de concejala de cultura y beatorra siempre metida en los actos
culturales, festivos y religiosos que se organizan por aquí. Representante de lo
más rancio y conservador de la gente biempensante es, sobre todas las cosas,
guapa, verdaderamente guapa y atractiva: abundante melena hasta los hombros de
un precioso negro oscuro muy brillante, casi siempre recogida en un moño
sencillo; rostro de agradables rasgos: cutis moreno perfecto, penetrantes ojazos
verdegrises, gruesos labios rojos; bastante alta y grandona con curvas muy
evidentes y bien puestas en su sitio y largas piernas torneadas ... . Desde
luego está muy buena y me gusta, joder si me gusta. ¡La de pajas que le he
podido dedicar durante toda mi vida a la viudita farmacéutica!. Si hasta he ido
alguna vez a la farmacia a comprar aspirinas sin hacerme falta con tal de oír su
sugerente ronca voz y echarle, disimulando, una mirada viciosa.
A primeros de junio se celebra una tradicional romería
presidida casi siempre por la concejala Paquita y he decidido que ha llegado el
momento de entrarle a tope. ¡Vaya calor que hace en la puñetera romería!, se
agarra el polvo del camino a la garganta y menos mal que he sido previsor y he
traído una neverita con bebidas frías. Menudo éxito tengo entre la docena de
señoras bien que con traje negro y mantilla encabezan la romería y sudan como
penados en galeras. Las tres primeras botellas de fino bien frío duran muy
poquito, así que el ambiente empieza a ser más distendido y alegre, por lo que
es normal que en un momento de chistes y bromas acerque mi boca al oído de doña
Paquita y como si le contara algo gracioso digo con rapidez: "no hay bomba, no
hay bomba. A medianoche me vas a recibir en tu casa para follar conmigo. Vístete
de manera que me resulte excitante. Deja abierta la puerta trasera del jardín y
cuida que estemos solos".
A mi la romería me importa un pito, simplemente estoy atento
a que Paquita vaya a su casa tras finalizar todos los actos oficiales y a eso de
las doce de la noche compruebo con alegría que está abierta la pequeña puerta
del jardín. Perfecto.
Camino lentamente hacia el patio interior que se abre al
jardín y en el momento que entro al salón principal mi corazón da un respingo al
escuchar: "te estaba esperando, estamos completamente solos". Estoy
verdaderamente emocionado, Paquita está esplendorosa con un corto, suelto y
escotado vestido negro de encajes transparentes que más bien parece una
combinación elegante y sensual. Es tan guapa y llamativa que no puedo evitar
quedarme atontado en varias ocasiones mientras miro su rostro, sus ojos, esa
boca prodigiosa, el nacimiento de los pechos, los muslos, ... . Su voz
envolvente y algo ronca parece que repercute directamente en mi cipote cuando la
oigo decir: "acércate, por favor, tengo muchas ganas de sexo". Me estoy poniendo
muy, muy burro.
Nos hemos sentado en un gran sofá blanco situado en un
costado de la habitación mientras nos besamos lenta y suavemente, con total
naturalidad, como si no fuera posible otra manera de actuar, durante muchos
minutos, a pesar de las urgencias que noto en mi polla. Nos desnudamos
mirándonos y recreándonos (yo al menos) en el cuerpo del otro.
Paquita me parece una diosa, de más de cuarenta años, sí,
pero una diosa, excitante en su morena belleza y para mí deseable como ninguna
otra: pechos redondeados grandes, altos, duros (no me gusta que tenga las marcas
blancas del biquini), de pezones muy oscuros y alargados; tripa levemente
abultada con ombligo achinado; vello púbico negro, denso, rizado, formando un
triángulo perfecto; muslos duros y piernas largas; una espalda recta levemente
hundida al llegar a unas caderas anchas y rotundas que se continúan en un culo
prodigioso, quizás un poco grande, perfecta y maravillosamente grande. ¡Qué
buena está!.
Me vuelve loco su olor, el aroma denso y excitante que emana
de su piel que le da un toque único que no había conocido hasta este momento; el
perfume es verdaderamente embriagador en la nuca, los codos, las rodillas y el
sexo. No me canso de besar, chupar, lamer, acariciar este cuerpo maravilloso que
responde a mis estímulos con natural y creciente excitación. Noto los huevos
llenos y pesados, tengo el rabo necesitado de alivio, tenso, tieso y duro como
nunca.
Paquita está muy mojada y excitada, gime y empieza a poner
aún más ronca su aterciopelada voz ("jódeme, méteme el pene; vamos, penétrame,
me hace falta") mientras su respiración se hace cada vez más rápida. Estoy medio
tumbado en el sofá y tras subirse encima poniendo una rodilla a cada lado,
agarra mi polla para dirigirla a su sexo, de manera que se deja caer y yo
penetro lenta y profundamente en un horno empapado, ardiente como la lava, que
se cierra sobre mi cipote como un guante suave, mullido y estrecho. ¡Qué
maravillosa sensación!.
El movimiento de su pelvis crece y crece en rapidez,
dominando la situación y el ritmo de la follada, adaptándonos mutuamente a una
especie de baile en el que la música la ponen los gemidos y jadeos de ambos y,
ya muy cerca del orgasmo, las frases y palabras entrecortadas, gritadas por la
farmaceútica: "sigue, sigue, no pares; me gusta, sigue". Se corre durante muchos
segundos con estrépito de jadeos y suspiros, mientras yo sigo empujando desde
abajo con fuerza un par de minutos más hasta tener una larga y profunda corrida.
Joder, qué polvazo más bueno.
Mientras me recupero del esfuerzo le he pedido a la viuda que
me cuente su vida sexual y me ha parecido interesante y excitante (tiene un
rollo con un abogado de Lorca con el que se ve dos o tres veces al mes en el
Parador de Puerto Lumbreras y más o menos cada tres meses ambos pasan un fin de
semana en Madrid alquilando un stripper que según ella tiene una polla increíble
y les da servicio sexual tanto a ella como al abogado), así que con una erección
curiosota la pongo a cuatro patas e intento penetrar su culo, lo que me resulta
difícil, imposible tras probar varias veces ("trae vaselina o algún lubricante y
extiéndelo en mi cipote; vamos, que no se me baje").
Tarda un par de minutos durante los que no dejo de meneármela
muy despacio, después, mi rabo parece el mango de una pala brillante por la
suave crema que me pone en gran cantidad. Arremeto de nuevo contra el precioso
agujero tostado y tentador ("despacio, por favor, yo casi nunca lo hago por
ahí") y poco a poco voy metiendo el glande y algo más de medio mango ("no
empujes más, cuidado; la tienes muy gruesa"), obteniendo exclamaciones de la
mujer ("no tan fuerte, au, au; despacio, au, suave") a las que no solo no hago
caso sino que me dan ganas de ponerme más salvaje ("para, no sigas; deja mi
culo, so bruto"). Un par de fuertes sonoros azotes en esas nalgas duras y
prietas y una orden gritada ("sujétate al cabecero y no te muevas") dan paso a
varios fuertes empujones y a un rápido mete-saca que termina en unos tremendos
pollazos que me hacen eyacular con una lechada larga y potente, con un orgasmo
sentido como nunca, como si saliera de lo más escondido de mi columna vertebral.
No me he enterado si la mujer se ha corrido o no, total, para lo que me importa
en este momento.
Se desploma la enculada y caigo encima de ella ("nunca me
habían dado por detrás con tanta marcha; me ha gustado, aunque me ha dolido,
animal") hasta que al cabo de un rato puedo sacársela roja, rozada, algo
dolorida. Nos quedamos dormidos atravesados en la cama.
Despierto con la agradable sensación de estar bañándome en la
playa, abro un ojo y veo como Paqui me está chupando y lamiendo la polla muy
suavemente, durante muchos minutos, hasta que se pone convenientemente tiesa y
dura; se sube sobre ella y casi sin moverse aprieta y comprime con el chochete,
ahogando algunas exclamaciones ("ay, au; qué bien, qué bueno"). Me está echando
un polvo cojonudo sin apenas moverse, hasta que se corre dando varios cortos
grititos, se baja de la cama para ir corriendo al cuarto de baño y yo me acabo
con la mano, quedando fuera de combate para varios días, me temo. Me gusta la
farmacéutica; vaya, si me gusta.
Me ha telefoneado mi primo Carmelo para decirme, muerto de la
risa, que en el pueblo se comenta que últimamente tengo yo mucha suerte con las
mujeres y que no dejo una tranquila. Me gusta que hablen, ya les voy a dar
motivos para que cotilleen más y más.
Para los machos menores de treinta y cinco años de estos
contornos la mujer más deseable es, sin discusión alguna, Maribela, la
veterinaria alemana que tiene su clínica en el coqueto centro comercial que hay
al final de la playa del Cantal, junto al cruce del comienzo de la subida al
pueblo de Mojácar. Es una rubia guapísima, de unos veinticinco años, que lleva
viviendo en el Levante almeriense desde niña (sus padres son los dueños del
mejor restaurante de estas playas). Está como un tren: larga melena muy rubia,
del color del trigo en sazón, por debajo de los hombros, con mechas de distintos
tonos rojizos; alta y grande; rostro de bonitos rasgos, piel siempre muy morena,
penetrantes ojazos azules, gruesos labios rojos; curvas espectaculares: tetas
altas, llenas, de tamaño grande, caderas anchas, culo rotundo con forma de
melocotón, muslos de duros músculos y largas piernas estilizadas, ... desde
luego la veterinaria es un bellezón y está buena como para gritar, además de que
no se corta un pelo y se la puede ver desnuda tomando el sol al resguardo de las
rocas de cualquiera de las playas de estos andurriales. Más de una vez me he
convertido en disimulado mirón para beberme con los ojos el cuerpo de la
teutona.
Maribela también es conocida por su carácter agrio y lo
antipática que siempre ha sido con los tíos de por aquí que se le han intentado
acercar. Siempre con gesto de mujer orgullosa, altanera, arrogante y engreída.
No me extraña que se rumoree que le gustan más las mujeres que los hombres; no
se, a mi me pone un montonazo y seguro que gracias a "la bomba" no me va a
rechazar. Le gusten o no las pollas la mía le va a encantar.
Una noche me hago el encontradizo con la alemana en una
heladería cercana a su vivienda. Nos conocemos porque en la gestoría le llevamos
sus asuntos, así que me acerco a saludarla y me recibe con su habitual talante
seco y frío y una expresión impertinente en la cara del tipo "ya se yo lo buena
que estoy y lo cachondo que te pongo, ¿por qué me molestas, cabrón?". Sonrío,
acerco mi boca a su oído y tras unos segundos es "totalmente consciente" de
estar delante de un tipo guapo y atractivo, con un fabuloso pollón y con quien
se muere de ganas por follar. Tras otra breve indicación la veterinaria se ha
convertido en una agradable y simpática conversadora que tras unas copas me hace
subir a su piso.
En cuanto entramos al dormitorio la joven se desnuda y me
queda claro que algunas impresiones son peligrosas para el corazón, pero ver
desnuda a Maribela puede provocar infartos, derrames cerebrales, ceguera
momentánea y, sobre todo, dolor de polla y testículos por sobreexcitación.
Indescriptible, es un cuerpo perfecto. ¡Cómo me gusta y cómo me excita!.
Durante las últimas cinco o seis horas he tenido algunas de
las mejores corridas de toda mi vida y ahora mismo disfruto sintiendo como esta
valquiria increíble sigue moviendo frenéticamente sus dedos sobre el clítoris
mientras montada sobre mi verga me cabalga rápida y profundamente. En un par de
minutos se corre con muchas y apretadas contracciones, un largo y ronco grito y
al final una frase medio entrecortada ("seufzer, mama; gut was!") que me llega
al cerebro, al corazón, a los huevos y a la próstata, pues desde allí parece que
sale la mayor y más larga lechada de mi vida. ¡Joder qué corrida!. No estoy en
condiciones de seguir, me despido de Maribela quedando con ella para el próximo
fin de semana.
Una de las ventajas de poder controlar mentalmente a las
personas es que puedes lograr saciar tu sed de venganza sin miedo a problemas
posteriores. Tras la muerte de mis padres, mis tíos y yo decidimos vender el bar
que en su día abrimos en la plaza mayor del pueblo. Un joven matrimonio de
Garrucha (Cristina y Ángel) estaba muy interesado, y tras llegar a un buen
acuerdo compraron el bar. Nos engañaron, con mala fe por su parte. Se
aprovecharon de un leve error cometido en la gestoría a la hora de redactar el
contrato de compra-venta y de la buena voluntad de mi tío, de manera que
consiguieron eludir una parte importante del monto total del pago. Valoramos la
posibilidad de litigar y llevar el asunto a los tribunales, pero habría sido muy
mala publicidad para la gestoría y dejamos correr el asunto. Desconozco los
motivos por los que mi tío no utilizó en aquel momento "el poder de la bomba"
para solucionar este caso.
Creo que voy a cobrarme la deuda del bar. Después de muchos
años he vuelto a entrar en el local y pese a la inicial sorpresa y desconfianza,
hemos establecido una amistosa relación dueños-cliente sin apenas necesidad de
utilizar el control mental, sólo un poquito. Un sábado a la hora del aperitivo,
con el bar a reventar de gente del mercadillo semanal, acerco mi boca al oído de
Cristina: "no hay bomba, no hay bomba; esta noche me invitáis a cenar en vuestra
casa y os preparáis para tener sexo conmigo tu marido y tu". Una frase parecida
al oído del marido y presiento que va a ser una noche entretenida.
Cuando llego al piso en donde viven Eva y Manolo ambos están
elegantemente vestidos y como si fuera una reunión habitual entre amigos damos
cuenta de una cena excelente, abundancia de copas, porros de buena yerba, una
conversación banal pero entretenida y un cierto vacile tontorrón, todo en un
ambiente agradable en el que echo en falta algo más, de manera que me vuelvo
hacia mi izquierda en el sofá en el que estoy sentado y beso en los labios a Eva
al mismo tiempo que meto mi mano bajo su falda y comienzo a acariciar sus muslos
hasta llegar al sexo y comprobar lo que ya me imaginaba: no lleva bragas, está
rasurada y empieza a segregar todo un río de líquido vaginal.
Manolo está a mi derecha y según meto un par de dedos en el
coño de su mujer, aprovecho para decirle en voz baja: "desnúdate y prepárate
para darme placer. Te gusto mucho, te vuelve loco mi polla, me la vas a comer y
después os voy a dar por el culo a ti y a tu mujer".
Es evidente que hay mujeres que ganan cuando están sin ropa y
a sus treinta y pocos, Eva, desnuda, no deja de sorprenderme por lo buena que
está: pelo muy corto de un bonito color caoba; rostro agradable con ojos
marrones oscuros y finos labios rojos; tetas pequeñas muy duras, altas, con
tremendos pezones rojizos que parecen dos pequeños deditos, gruesos. rodeados de
una pequeña areola muy oscura; es muy alta, con delgadas largas piernas y un
duro y atractivo redondeado culo. Con el calentón que tengo en este momento es
la mujer más deseable del mundo.
Hasta ahora nunca había mamado y mordisqueado unos pezones
tan largos, gruesos, rugosos y duros como los de Eva: ¡qué excitantes!, parecen
pollas pequeñitas, y se los muerdo y estiro con los dientes (a mí me encantan
los pezones de mujer, me gusta disfrutar de ellos suave y cariñosamente, pero
también me gusta castigarlos un poco, incluso con dureza). La mujer hace un
amago de queja ("me haces daño, pero me excitas") y yo decido que ya quiero
follar: pongo a la mujer a cuatro patas mirando hacia su marido, me coloco
detrás y de un golpe inserto la polla en su empapado caliente coño ("síííííí,
dame gusto, estoy muy cachonda"), empezando un lento, suave y profundo metisaca
("cómo me llenas con tu nabo, qué grueso es"). Ordeno a Manolo que se coloque
tras de mí y juegue con su lengua, de manera que se arrodilla y lame mi culo
arriba y abajo en la raja, profundizando con la lengua en mi ojete; es algo que
me encanta y su mujer lo nota porque se la meto con más rapidez y fuerza.
No quiero correrme aún e intento hacerlo durar, pero apenas
duro adelante-atrás una docena de pollazos y eyaculo soltando varios potentes
chorros de lefa e intentando seguir manteniendo el rabo semierecto dentro de la
mujer ("sigue, sigue, no la saques"), hasta que se corre sonoramente ("aaayyyyyyy,
aaayyyyyyy") durante bastantes segundos. Manolo no ha dejado de menearse su
larguísimo y estrecho rabo, de manera que eyacula casi al mismo tiempo que su
hembra. Debe ser una pareja bien avenida en esto del folleteo.
Nos hemos quedado medio adormilados un buen rato y cuando me
pongo en pie mi polla me da la buena noticia de estar lo suficientemente
morcillona como para presagiar una pronta erección. Unos minutos de magreo con
Eva, unas lentas chupadas a mi rabo por parte de la parejita al unísono y ya
estoy preparado para lo que considero mi venganza: sobre una baja mesa del salón
he extendido una manta doblada y he hecho que ambos cónyuges se coloquen a
cuatro patas encima de ella, uno al lado de la otra. No se si últimamente me ha
crecido la mala leche o es que me está saliendo a relucir una vena sado (me da a
menudo, la verdad) y creo que castigar a este matrimonio va a ser muy
placentero.
He intentado llevar a su mente que olviden pronto la sesión
de castigo que quiero propinarles, pero que se jodan, ahora lo que quiero es
disfrutar pasándome con ellos todo lo que me apetezca y mi polla aguante. Llevo
muchos minutos acariciando y lamiendo con manos, labios y lengua todo el cuerpo
de la mujer. Me gusta mucho su coño afeitado, pero creo que lo mejor son sus
tentadores pezones. Eva comienza a quejarse ("me haces daño pero me excitas;
dáme gusto, quiero correrme ya") al mismo tiempo empiezo a darle unos sonoros y
fuertes cachetes en su culo ("aaayyyyyyy, cabrón; aaayyyyyyy, cómo me pones")
que provocan en mí ganas de darle más fuerte. Cojo el cinturón de mis
pantalones, me separo un poco de la mesa para tomar distancia y comienzo a
azotar el culo que tengo delante. Despacio, con calma, apuntando y poniendo el
alma en cada uno de los azotes, disfrutando del sonido del golpe y viendo como
van apareciendo multitud de marcas rojas y alargadas. Ahora paso a los muslos y
después a la espalda. ¡Cómo mola!; qué pollón se me ha puesto.
Ordeno al marido que se levante de la mesa, que deje de
menearse su larga polla y que me ponga lubricante en el cipote. Cuando penetro
de golpe el culo de la mujer me doy cuenta enseguida de que este agujero come
polla bastante a menudo, así que tras unos cuantos pollazos la saco de nuevo,
cojo de los hombros a Manolo y hago que se pongo a cuatro patas al lado de Eva.
Cuando empiezo a empujar en el ano del hombre parece que le estoy matando por lo
mucho que se queja, no para de moverse, así que unos cuantos azotes en su duro
culo ayudan a calmarle lo suficiente como para que pueda sujetarme a sus caderas
y hacer fuerza hasta entrar por fin y metérsela entera. No me gusta, me da un
poco de repelús, no puedo evitarlo, y el escándalo que sigue montando el tipo no
favorece mi follada. Se la saco y le pido que me de gusto con su boca, lo que
hace inmediatamente, sin prisa, sin pausa, metiéndose toda mi polla muy dentro,
moviendo la lengua muy deprisa sobre la punta del glande y sin dejar de menearme
el rabo a la altura de la base del tronco. Mi corrida es muy buena y Manolo se
traga toda mi leche, limpiándome después lamiendo suavemente con su lengua.
Impresionante.
Estoy sentado tomándome una copa, la mujer sigue
excitadísima, de pie en medio de la habitación, respirando muy fuerte,
quejándose y pidiendo solución a sus ardores ("dadme gusto, metédmela; no
aguanto más, por favor; necesito correrme"). La dejo cocerse en su propio jugo
sin permitirle que se toque durante un buen rato mientras obligo a Manolo a
masturbarse a pocos centímetros de su boca, pero sin entrar en ella. Debo ser
buena persona porque al final dejo que el hombre meta su polla larga y estrecha
en el coño de su mujer y se echan un polvazo tremendo sobre la alfombra del
salón. Me llama la atención una especie de feo cacareo de gallina con el que Eva
se corre y que no me gusta nada de nada.
Aquí ya no tengo nada que hacer, anoto mentalmente que esos
prodigiosos pezones tengo que volverlos a mordisquear pronto y que el tipo me ha
hecho una mamada cojonuda. Me marcho a casa contento y satisfecho con mi pequeña
venganza de hoy; ya continuaremos otro día, por supuesto.
¡Malditos sean los yanquis una y mil veces!. Esta jaculatoria
la repetía a menudo mi madre durante los últimos meses de su vida, cuando ya
estaba muy enferma. Pienso lo mismo que ella, pero igual debiera darles las
gracias por el poder de controlar la mente de las personas que nos transmitieron
en el accidente. Bueno, mejor le paso mi gratitud a "la bomba" y que se jodan
los putos gringos.