Una historia más…
Segunda Parte
Cuando cruzamos el parque de la mano, pude ver que las chicas
dejaban de jugar y boquiabiertas no se perdían detalle. Javier, que se dio
cuenta del revuelo, aminoró la marcha, para dar una visión mas pormenorizada de
nosotros. Los muchachos nos gritaban bromas que él respondía con agilidad,
siempre saliendo triunfante.
Sentía mi cara ardiendo, pero no me atrevía a salir huyendo.
Nos encaminamos a su casa, a la que había ido siempre con Pablo. Al entrar nos
encontramos con su madre, que tenía las maletas listas para salir de viaje,
dándole instrucciones a Rosario, la empleada de la casa.
- Quiero todo listo para el sábado, si me llama Jean, dile
que aún no me decido por el motivo de decoración. Javier, cariño, pensé que no
te vendrías a despedir… ¡Que tierno, cielo!... bueno solo será un par de días,
pero ya te comienzo a extrañar. Hola, linda ¿cómo esta tu madre? La empresa solo
tiene elogios para ella en su desempeño, ya sabes… entre conversaciones de
esposas se sabe todo, sin necesidad de estar en las reuniones de directorio.-
soltó una pequeña carcajada y sin darme tiempo para contestar, continuó su
monólogo.- Despídanme de Pablo ¡OH Dios! Estoy retrasadísima. Rosario recuerda
al decorador… mmm ¿Cómo se llama?... bueno no importa, dile que ni intente hacer
algún cambio en el despacho de mi marido, hasta que yo vuelva. Es muy típico de
esas pequeñas víboras, aprovechar las ausencias de quien los contrató, para
hacer y deshacer a su antojo.- nos planto sonoros besos en las mejillas y salió
rápidamente, dejando una estela de exquisito perfume a su paso, seguida por
Rosario que cargaba el equipaje.
- Hermosa familia ¿no crees?- me encogí de hombros y le
sonreí.- Es divertido ver como cree que domina todo, sin darse cuenta de lo que
ocurre bajo sus narices.- y aún sin soltarme la mano subimos al segundo piso,
donde estaba su habitación.- ¿Tienes miedo?-.
- No – mentí.
Entramos a su habitación, en la cual yo había husmeado el día
anterior. En ese momento me soltó la mano, que aproveche de secar
disimuladamente en mi costado. No sólo eran mis manos las que sudaban, tenía las
axilas completamente empapadas, parte de mi espalda y pecho. Sentí urgencia de
arreglar mi aspecto, me intuía hecha un desastre. Giré para dirigirme a la
puerta y lo vi apoyado en ella.
- Quiero ir al baño- dije desviando la mirada. Estiró su
brazo he indicó un costado de la habitación. Entre y al verme en el espejo, por
un momento no reconocí mi aspecto. El pelo un poco revuelto y pegado, por el
sudor en mí frente y cuello, me daban un semblante nuevo. Sonreí. Me sequé con
una toalla y bebí un poco de agua. Antes de salir tiré la cadena, como para
probar que había ocupado el baño para algo meramente necesario.
Estaba tirado en la cama, descalzo y no dejó de mirarme en
todo el trayecto que hice hasta el centro de la habitación. Estiró su mano y me
acerqué hasta darle la mía. Un pequeño tirón de su parte y me hizo caer sobre
él, sin resistencia de mi parte, en realidad la resistencia había caído hace
mucho tiempo.
Mi rostro quedó entre su cuello y su pecho. Respiré profundo
y sentí su olor. Puso una mano en mi espalda y la otra en mi nuca, enredando sus
dedos en mi cabello mientras me acariciaba. No sé cuanto rato pasó, hasta que
sin aviso giró para quedar sobre mí. Comenzó a frotarse contra mi cuerpo, me
volvía nuevamente agua bajo su peso. Sin despegarse, bajo hacia mis pechos y por
sobre mi vestido empezó a besármelos, dándole pequeños mordiscos que me forzaban
a emitir pequeños quejidos.
Se despegó de mi solo un instante para subir mi vestido hasta
el cuello y luego corrió el brassier, sin sacármelo, para atrapar directamente
mis pechos. Su pelvis seguía pegada a la mía, haciéndome sentir su pene erecto
bajo su pantalón. Cada vez más fuerte sentía como se restregaba contra mí y no
se despegaba de mis pechos, como si fueran el más exquisito de los manjares. El
calor me invadía toda, haciéndome delirar como si tuviera fiebre. Empecé a
templar involuntariamente y el orgasmo dominó mi cuerpo, haciéndome arquear mi
cuerpo, levantándolo aún con su peso sobre mí y sin dejar de frotarme contra su
pelvis. Mordí mi labio inferior, tratando de aminorar el gemido que salía del
fondo de mi garganta. Continué sintiendo por unos segundos las contracciones
involuntarias en mi sexo. Se levantó, quedando de rodillas frente a mi pubis que
aún cubría mi húmeda braga de algodón y metió un dedo bajo ella para tocarme
directamente. El contacto de su dedo, la visión de cómo lentamente se lo llevaba
a la boca y se deleitaba, me tenía hechizada, hasta que unos violentos golpes en
la puerta me sacaron del trance.
- ¡Javier, sé que ella esta ahí, abre!- era Pablo.
Rápidamente me arreglé la ropa y me senté al borde de la cama, mientras Javier
tranquilamente se dirigía hacia la puerta que, hasta ese momento no me había
dado cuenta, había cerrado con llave. Al abrirla, sin aviso alguno, Pablo saltó
sobre él y se trenzaron a golpes en el piso. Se pegaban fuerte, pero ninguno
pedía tregua y soportaban estoicos los golpes de otro. Me incorporé para tratar
de separarlos, cuando escuché la voz de una cuarta persona desde el umbral de la
puerta.
- ¡Basta, muchachos!- Era el padre de los chicos, que pesé a
la violencia de los hechos se mostraba muy tranquilo. Se separaron, sin
contradecir a su padre. A Javier le sangraba el labio inferior y Pablo tenía un
pequeño corte en la ceja que manchaba su ropa, los dos se levantaron del suelo,
recuperando la respiración. El padre me miró.
- ¡Ah! Nina… debí imaginarlo.- dijo mostrando la mejor de sus
sonrisas. No había ningún tipo de recriminación, ni burla en su tono. Sólo lo
había visto de lejos, esa vez en la esquina, nunca nos habían presentado. Me
extrañó que supiera mi nombre y que hablara de esa forma sobre mí.
- Pablo, tienes que saber perder, cada uno jugo con sus
cartas y la dama ya eligió a su caballero… por el momento.- y posando la mano en
el hombro de Pablo, dijo.- Vamos a que te cure ese corte en la ceja. Javier ve a
dejar a Nina a su casa, basta de emociones fuertes por un día, les queda mucho
por delante.- y volviendo su atención a mi, dijo con el mismo tono de
tranquilidad – Dale mis saludos a tu madre, sin duda ha sido un acierto su
incorporación a nuestra empresa y por su puesto el tuyo a nuestra comunidad.- Se
hizo a un lado y dejo pasar a Pablo, que antes de salir me dio una mirada llena
de tristeza.
Javier se chupaba el labio hinchado, mientras se me acercaba.
- Voy a tener que besarte con mucho cuidado… para que no me
hagas sufrir.- esa frase hizo escapar de mis labios una sonrisa, luego me abrazó
como si me protegiera. Ese gesto tuvo el poder de sacarme del estado de
incomodidad en que me encontraba.
Durante todo el camino a casa, no dijimos palabra, pero todo
el tiempo tuvo mi mano entrelazada como al principio. Al llegar a la puerta, mi
madre la abrió de improviso.
- ¡Cariño! ya estaba preocupada que no llegarás. Estaba por
salir a buscarte. ¿Javier, verdad? - él asintió sin despegar los labios- Y
¿Dónde esta Pablo?... ¿Pero que te pasó en el labio?-
- Jugando, pero mi hermano salió peor parado… no es nada
grave.
- Pero, muchacho ¡Qué juegos son esos! Entremos que se nos va
a enfriar la cena. Siempre reservamos un puesto en nuestra mesa para Pablo, que
ya es prácticamente de la casa, así que no aceptaré un no por respuesta. Me
encanta que Nina haga nuevos amigos.-
Durante la cena, no despegué los labios, solo para soltar
unos si y no, bastante escuetos. Pero mi madre y Javier hablaban animadamente,
sobre sus estudios y planes a futuro, el nuevo trabajo de mi madre en la
empresa. Ella estaba encantada y no se daba cuenta, que por debajo de la mesa,
él rozaba mis muslos con su pierna. Yo estaba como adormecida con su contacto,
con esa caricia cómplice y trataba de seguir a duras penas la conversación para
no ser sorprendida con alguna pregunta.
Al terminar de cenar, mi mamá sugirió que me fuera a acostar
pronto, la excusa era la última semana de exámenes, tenía que descansar. Me
despedí de Javier en la puerta de mi casa con un suave beso en los labios.
- Te quiero.- me dijo antes de irse, mientras yo me quedaba
mirándolo por el ventanal hasta perderlo de vista.
***
Esos últimos días habían cambiado el rumbo de mi vida. Todo
era tan diferente, tan cálido. Andaba sin pisar el suelo, me sentía etérea. No
podía dormir, mi corazón bombeaba a mil y recordaba una y otra vez los últimos
acontecimientos.
El día anterior a la pelea de los muchachos, había ido a su
casa. Estábamos viendo una película en la habitación de Pablo. Su madre estaba
en un evento de caridad en no se que parte, el padre siempre acostumbraba a
llegar tarde y de Javier ni señales. Rosario a esas horas estaba en su
habitación viendo sus culebrones venezolanos, que no se perdía por nada del
mundo y los que, me constaba, después comentaba con Matilde al encontrarse en el
mercado. Solo nosotros dos estábamos en la segunda planta. No era la primera vez
que pasaba, pero Pablo se comportaba de una manera extraña ese día, estaba más
serio de lo acostumbrado y no me acompañaba con los chistes, ni risas cómplices.
- ¡Dios! Tienes la cara mas larga que una mula, Pablo ¿Hay
algo que quieras contarme?- su silencio era tajante y estaba como un autómata
pegado a la pantalla, sin casi pestañar- ¡Aló! ¡Aló! ¿Hay alguien ahí? ¡Aló!- el
seguía inmutable, así que empecé a aventarle palomitas de maíz en la cara, para
sacarle una sonrisa. Me miro de una manera desconocida, mientras yo seguía con
mi embestida de maíz y se me tiró encima, sin que alcanzara a reaccionar, las
palomitas volaron por la habitación. Me dio un ataque de risa su sorpresivo
asalto. Pensé que ahora vendrían, la tortura de las cosquillas, pero solo me
inmovilizaba fuerte contra los cojines, me costaba respirar, le pedía tregua.
Empecé a sentirme incómoda y la inicial sensación de juego se había desvanecido.
Estaba demasiado quieto y su abrazo me comprimía como una boa.- Ya, Pablo
¡Para!... apenas puedo respirar.- sonó el teléfono y me soltó de improviso, como
si hubiera salido de un trance. Me acomodé el pelo y la ropa, con rabia.
Mientras él contestaba.
- Si mamá, soy Pablo… ¿qué?... pero que vaya Javier.-
reclamaba Pablo, sin dejar de mirarme como pidiéndome disculpas.- Él puede pasar
después de su práctica de básquet… está bien, está bien, entiendo que es
urgente… ¿Donde los tienes? …OK, te voy a dejar los papeles en seguida… si mamá
yo también… está bien, deja de ser tan zalamera conmigo… sé que soy adoptado….
siempre lo sospeché.- y los dos soltamos una carcajada, mientras le cortaba.-
Nina, vuelvo en media hora, ¿si?-
- Pues si vas a tratarme como una bolsa de boxeo mejor me
voy, y cuando recuperes la cordura, puedes ir a visitarme al asilo.- dije
mientras me paraba del sillón.-
- No, porfa… perdóname ¿si? Prometo solemnemente no volver a
atacarte… sin tres días de aviso anticipado.- nos volvimos a reír nuevamente, no
podía enojarme con él.- Quédate y sigue viendo la película, te prometo que no me
demoro más de media hora. ¿Si? ¿Si? ¿Si?- y empezó a hacer ridículos gesto de
súplica, mientras yo no podía parar de reír, por su cargante y exagerada forma
de repetirlo.
- Bien, pero después no me hagas retroceder la película, ni
me pidas que te haga un resumen…-
- ¡Adiós!- y salió riéndose justo antes que le aventara un
cojinazo en plena cara.
Trate de ordenar el desorden con las palomitas, mientras
seguía corriendo la película a la que ya no daba importancia. Se me hacía raro
estar en esa casa, sin Pablo, aunque estuviera Rosario. No se oía nada, me asomé
al pasillo y todas las luces del segundo piso estaban apagadas, a excepción de
la que me encontraba. No corté la película y me sentí tentada en curiosear en la
habitación de Javier. Me saque los zapatos para no hacer ruido por si aparecía
Rosario ó alguno de los muchachos y me aventuré a husmear.
Era una necesidad imperiosa la que me hacía atravesar el
umbral de su habitación y tratar de descubrir algún secreto que me diera poder
sobre él. A tientas busqué el interruptor de la luz, todo estaba ordenado, al
contrario de la habitación de Pablo, donde siempre encontrabas alguna prenda
tirada en el piso, libros y revistas desparramados. Me imaginaba que el orden no
se debía a él, si no a Rosario, que se desvivía por atenderlos. Póster de
películas, dibujos hechos por él de paisajes imaginarios y seres surrealistas,
era en lo que difería a primera vista de la habitación de su hermano. Me llamó
la atención una mesa de diseño, donde había unos croquis y diferentes tipos de
lápices y artículos de dibujo. Me acerqué y empecé a mirar sus dibujos, con la
misma temática de los que había pegados en las paredes. En un costado había una
carpeta, al abrirla la primera imagen que vi fue la de una joven, desnuda, con
una mano entre sus piernas. Su cabello cubría su rostro y solo se vislumbraba su
boca semiabierta. Era una joven, como de nuestra edad, con un gesto muy sensual.
No se por que… pero traté de imitar la forma en que tenía la boca, como si
expirará muy profundamente. Su piel era blanca, que adornaban algunos lunares en
su pecho. Se me hizo familiar, pero no pude determinar el por que… hasta el
siguiente dibujo. La chica seguía tumbada y desnuda, pero ahora era sostenida de
las caderas por un hombre, sin rostro, que la penetraba. La chica me miraba
directamente, con ojos soñadores y entornados por el placer. Me estremecí al
reconocerme en el dibujo. Miré los siguientes y en todos ellos estaba yo, en
diferentes posiciones haciendo el amor con un hombre al que no se le veía el
rostro, y Ella/Yo siempre miraba al que contemplaba el dibujo. Un
estremecimiento me recorrió entera, como una pequeña descarga eléctrica.
El ruido de la puerta de calle me sacó del embeleso he hizo
que se me cayeran los dibujos la piso, sentí pánico. Los recogí sin orden y los
metí torpemente en la carpeta, apague la luz para ir a la a la habitación de
Pablo, cuando vi la silueta de Javier aparecer al comienzo del pasillo,
retrocedí rogando por que no me hubiera visto y como un ladrón atrapado, me
escondí entre las cortinas de su ventanal, con el corazón que ya se me salía por
la boca. Se demoró un poco en entrar a su habitación, tal vez se detuvo en la de
Pablo que estaba con la luz encendida y con la película todavía proyectándose en
el televisor. Prendió la luz y lo pude ver tras la tela, hubiera querido
balbucear cualquier excusa, pero cada vez lo veía más difícil, el miedo y la
vergüenza me ganaban.
Cerró la puerta tras de sí y miró la habitación, recorriendo
cada centímetro de ella, sentí cuando posó sus ojos en la cortina detrás de la
que me escondía, estuve a punto de salir corriendo, pero el pánico era mayor y
seguí rígida. Lo vi avanzar, pero se dirigió a la mesa… quizás no me había
visto, rogaba en mi interior. Tomó la carpeta de los dibujos y los expandió. Vi
como se sacaba la camisa, las zapatillas y pantalones. ¡Dios, estaba perdida!
Cada segundo se me hacía más difícil encontrar una salida. Quedó en ropa
interior y, para mi sorpresa, empezó a tocarse por sobre la ropa mirando los
dibujos. Vi como su erección de a poco empujaba sobre la tela. Metió la mano
bajo el bóxer y siguió masturbándose. Estaba atónita con lo que veía y a la vez
me sentía excitada. Bajó, esa última prenda y quedó totalmente desnudo. Se
separó de la mesa y se dirigió donde estaba yo, tenía las mandíbulas apretadas y
respiraba a intervalos cortos, mostrando los dientes cual lobo. Se masturbaba
cada vez más duro, apoyó su mano justo a un costado de mi cara, presionando la
tela de la cortina contra el ventanal y mi rostro se dibujó bajo la tela. Sus
movimientos cada vez más bruscos hacían temblar el cristal, hasta que se le
escapó un profundo quejido y su semen se estrelló contra la cortina que cubría
mi cuerpo. Era la primera vez que veía eyacular a un chico y me pareció
maravilloso. Descorrió la tela que nos separaba. Su cuerpo estaba cubierto de un
fino sudor.
- ¿Ves el desastre que provocaste? Eres demasiado curiosa y
por tu culpa voy a tener que limpiar todo esto.- de un impulso traté de salir
corriendo, pero me atrapo por la cintura y me aferró contra su cuerpo. Respiraba
en mi oreja, de forma entrecortada, repitiendo mi nombre y a cada palabra suya
me sentía ceder, hasta abandonarme a su abrazo.
En ese momento sentimos llegar a Pablo y la realidad me
volvió de golpe. Escuche como corrió hasta su habitación y al no encontrarme
empezó a llamarme y a recorrer el resto de las habitaciones, abrió violentamente
la puerta de la habitación de Javier.
-¿Qué haces desnudo?-
- ¿Quieres que me bañe con ropa, hermanito?- le dijo sin
inmutarse. Yo apenas respiraba detrás de la puerta.
- ¿Has visto a Nina? estaba en mi habitación.-
- No… pero me fijé que a tu cenicienta, se le quedaron sus
zapatos de cristal, antes de salir huyendo.-
- ¿Qué le hiciste?-
- Nada, hermanito… nada aún.- Sentí un silencio tenso entre
ellos dos. Pablo salió rápidamente de la habitación, bajo las escaleras y sentí
la puerta de calle cerrarse.
Antes de que yo saliera corriendo, también hacia mi casa,
tratando de planear una buena excusa para Pablo, me dijo, agarrándome del brazo:
- Ve, pero es el la última vez que te doy ventaja.- me
sonrojé y no lo quise mirar cuando salí de la habitación. Me encontré con Pablo
en la puerta de mi casa y antes que me dijera nada, me largué a reír. Me miró
extrañado.
- ¿Que pasa? ¿Acaso no me viste tras la cortina de tu
habitación? ¿Solo a ti te gustan las bromas, no?- y seguí riéndome, hasta
contagiarlo. Entramos a mi casa a cenar. Creo que fueron los nervios lo que me
impidieron darme cuenta, hasta estar sentada a la mesa, que aún estaba descalza.