La historia de Claudia (7)
Esa noche de sábado Blanca cenó atendida por Claudia, después
le dio una buena nalgueada sobre sus rodillas por el mero placer de hacerlo, la
hizo ir al baño para que orinara y finalmente se la llevó desnuda y en cuatro
patas hacia la despensa.
-¡No, señora! ¡No me encierre! ¡Por favor! –suplicó la joven
advirtiendo lo que le esperaba. Blanca, sin inmutarse, abrió la puerta, la
empujó dentro y le dijo:
-Ahí te quedás hasta mañana. –e inmediatamente fue en busca
de un par de mantas, no por compasión sino para evitar todo riesgo de que un
enfriamiento inoportuno dejara a la joven fuera de uso por varios días. Volvió y
la hizo acostar boca abajo sobre una de las mantas, luego le ató las manos a la
espalda con un cable de teléfono en desuso para que no pudiera encender la
lamparita, le echó encima el otro cobertor, apagó la luz, cerró con llave y se
fue a dormir dejando a Claudia sumida en la angustia.
Era el mediodía del domingo cuando Blanca entro a la
despensa. Claudia dormitaba boca abajo. La señora apartó la manta que la cubría
y al darla vuelta la vio pálida y ojerosa y la escuchó murmurar frases
ininteligibles. La joven había pasado una noche fatal. Apenas escuchó la llave
girando en la cerradura, la oscuridad y el encierro comenzaron a desesperarla.
Se sintió más atrapada que nunca y la certeza de que jamás lograría escapar de
esa mujer perversa la hizo llorar. Trató de calmarse y poco a poco llegó a la
conclusión de que el único recurso que le quedaba en defensa de su cordura era
abandonar toda pretensión de lucha y entregarse a su destino. Supo que ya no
podía soportar la contradicción entre ser sumisa y pretender, por otro lado,
mantener una dignidad que la iba abandonando inexorablemente. Era tal la presión
sicológica que Blanca ejercía sobre ella con su dominación que lo único posible,
si no deseaba volverse loca, era obedecer ciegamente, no oponerse a nada,
aceptarlo todo y hacer sólo aquello que esa mujer le ordenara o le permitiera
hacer. Su único ejercicio cerebral ante ella debía ser el de comprender lo que
se le estaba ordenando y obedecer esa orden. Finalmente logró quedarse dormida a
pesar de la oscuridad, del encierro y lo incómoda que se sentía al estar con las
manos amarradas. Cada tanto despertaba sobresaltada y volvía a dormirse. Soñó
que estaba en medio de un grupo de mujeres desnudas y con arneses que le
arrancaban la ropa, la derribaban, la llenaban de insultos y empezaban a
manosearla sometiéndola una tras otra por delante y por detrás mientras siempre
había una que la tenía con el dildo metido en la boca impidiéndole proferir las
súplicas que subían a su garganta. De pronto, mientras ella estaba de espaldas y
dos la mantenían con las piernas abiertas y bien estiradas hacia arriba para que
otra la penetrara por el culo, una de las mujeres comenzó a abofetearla. Gritó y
gritó hasta que vio a Blanca inclinada sobre ella, pegándole y sacudiéndola por
los hombros con violencia mientras le decía
-¡Vamos, perra! ¡Despertate de una buena vez! ¡Son las 12 del
mediodía!
Las cachetadas la devolvieron a la realidad, y dijo con voz
pastosa:
-Buen día, señora...
Blanca dejó de pegarle. La sentó, le desató las manos y puso
delante de ella, en el piso, los dos recipientes que había comprado en la
veterinaria, uno con trozos de pan y el otro con agua.
-Tragá eso, lavate y después vení para el comedor. –le dijo.
Recogió el cable de teléfono y la dejó sola.
Claudia se puso en cuatro patas y empezó a comer y beber a lo
perra, sin usar las manos, como si Blanca siguiera allí y le hubiese ordenado
hacerlo. Cuando tomó conciencia esbozó una sonrisa amarga y siguió hasta
terminar con el "desayuno". Después llevó los recipientes a la cocina, los lavó,
y se dirigió al baño. Orinó, se mojó las muñecas con agua fría, se lavó la cara
y fue hasta el comedor en cuatro patas. Blanca leía el diario en el sofá. Al
verla la llamó chasqueando los dedos y cuando la tuvo a sus pies le dijo:
-¿Qué tal lo pasaste anoche en tu celda?
-Mal, Señora. Dormí mal, me despertaba a cada rato. Sentía
mucha angustia ahí encerrada, atada y a oscuras.
-Bueno, si sufriste tanto andá sabiendo que te voy a meter
ahí cada vez que tenga ganas –dijo Blanca complacida de haber encontrado otra
buena manera de martirizar a la joven. –y agregó:
-Ahora andá a ponerte el vestido de sierva que te dejé sobre
la cama en el dormitorio y empezá a preparar el almuerzo.
-Sí, Señora. –dijo Claudia y abandonó el comedor en cuatro
patas.
Después de comer la señora se fue a dormir la siesta y dejó a
Claudia ocupada en la limpieza a fondo de la cocina y el baño, el lustrado de
los muebles del comedor y el lavado y planchado de ropa.
Se despertó cachonda y apareció en el comedor desnuda y
calzando zapatos negros de taco alto. Tenía el arnés colocado y empuñaba el
rebenque en la mano derecha y en la otra llevaba el collar de la perra y una
bufanda negra. Claudia, que estaba pasándole lustre a la mesa, respiró hondo al
verla pero desvió inmediatamente los ojos al recordar la prohibición de mirarla.
Sin perder tiempo, Blanca le ordenó que se desnudara y fuera hacia ella en
cuatro patas.
-Me desperté con ganas de jugar un rato, de divertirme con
vos, ¿sabés? –le dijo.
-Lo que usted quiera, Señora.
Blanca le colocó el collar y le ordenó que se parara, le
vendó los ojos con la bufanda anudada en la nuca y enseguida la hizo girar sobre
si misma varias veces para que perdiera el sentido de la orientación.
-En cuatro patas otra vez. –le dijo y cuando la tuvo así le
dio un fuerte rebencazo en el culo.
-¡Movete! –le gritó.
Claudia, confundida y sin saber lo que Blanca esperaba de
ella en ese juego, comenzó a desplazarse lentamente, temerosa de golpear contra
algún mueble. Entonces sintió otro rebencazo muy fuerte que la hizo gemir de
dolor.
-¡Más rápido, perra! ¡Vamos! –le gritó Blanca y volvió a
cruzarle las nalgas de un rebencazo. Claudia movió las rodillas hacia adelante
con rapidez y su cabeza dio contra algo duro. Se sobresaltó dolorida y al
retroceder recibió un nuevo azote mientras escuchaba la risita burlona de la
señora que la tuvo así un rato largo, azotándola con fuerza para que se moviera
rápido y divirtiéndose cada vez que Claudia se golpeaba la cabeza contra algún
mueble. En un momento la posición de la cabeza hizo que su nariz diera contra
una pata de la mesa y el dolor intenso la hizo gritar mientras los ojos se le
llenaban de lágrimas bajo la bufanda. En medio de su impotencia se sintió más
que nunca un juguete de esa mujer que se complacía sádicamente en humillarla.
Por fin y después de varios golpes que Claudia se dio en su cabeza contra los
muebles, Blanca dio por terminado el juego, le quitó la bufanda y la puso
inclinada sobre el respaldo de una silla, con la cara y las manos en el asiento,
en una postura que le permitía tener a su entera disposición el apetecible culo
de la joven. Había llegado el momento de cogerla y se le acercó lentamente,
paladeando el goce que le esperaba. Empuñó el dildo y lo dirigió hacia el
blanco, ese pequeño orificio que jamás ningún hombre había gozado y que le
pertenecía a ella, como le pertenecía Claudia en la totalidad de su ser. Se
inclinó un poco sobre ella y oyó su respiración agitada percibiendo a la vez el
temblor que agitaba a la perra. Le pasó un brazo por debajo del vientre y cuando
le tocó la concha la encontró chorreando. Se echo hacia atrás sintiéndose
invadida por una calentura extrema, entreabrió las nalgas de Claudia y empezó a
penetrarla por el culo, no sin esfuerzo, ya que el estrecho orificio le oponía
una considerable resistencia. Por fin el dildo comenzó a abrirse paso y se
hundió hasta el fondo de la cavidad mientras Claudia jadeaba, gemía y lanzaba
después un grito que expresaba dolor y placer por igual.
Blanca acompañaba el movimiento de sus caderas con insultos
mientras sus manos aferraban fuertemente las caderas de la joven.
-Gozás, perra, ¿eh?... sí, claro que gozás porque esto es lo
que te gusta, que te anden por el culo, grandísima perra puta...
Claudia la escuchaba como desde lejos mientras esa cosa larga
y dura la removía por dentro transportándola a un espacio absoluto donde se
fundían las nociones de infierno y paraíso.
Blanca empezó a sentirse próxima al orgasmo estimulada por el
aparato posterior que tenía metido en su concha y siguió con sus embates
furiosos hasta que acabó, entonces dio un paso retirando el dildo del culo de la
joven, respirando con fuerza y sintiendo que sus piernas vacilaban en medio de
las convulsiones que la estremecían. Claudia emitió un largo y doloroso gemido
al sentirse abandonada y la señora le dijo:
-¡Se acabó el placer, perra puta! –y lanzó una sádica
carcajada.
Vio que Claudia se llevaba una mano a la concha y entonces se
le echó encima impidiéndoselo.
-¡Dije que se acabó el placer! – le gritó poseída por la
crueldad. Inmediatamente la tomó de una oreja y se la llevó a la cocina, donde
la tiró al piso de una violentísima cachetada mientras Claudia lloraba en el
paroxismo de la angustia. Una dolorosa tensión le endurecía todo el cuerpo.
Blanca le introdujo cinco cubitos en la concha, que fue entonces una catarata de
flujos y agua. Gozando intensamente del poder que tenía sobre la joven la
arrastro a la despensa, la echó boca abajo en el piso y le ató las manos a la
espalda con el cable de teléfono.
-No voy a dejar que te masturbes. –dijo con una sonrisa
sardónica, y la dejó encerrada con llave.
Cenó sola y de excelente ánimo, disfrutando al mismo tiempo
de la comida y de la ya total posesión de su ex patroncita. Cuando fue a la
despensa Claudia dormitaba agotada luego de tanto llanto y angustia. Le desató
las manos, la levantó de un brazo y se la llevó tambaleante hasta el baño, donde
volvió a manguerearla durante un rato. Después le ordenó que se vistiera y en el
comedor, con Claudia luciendo otra vez la ropa con la que había llegado a la
casa, le dijo:
-Al verte así cualquiera diría que sos una persona, pero yo y
vos sabemos que sos una perra ¿eh, Claudita? –y sus labios se abrieron en una
sonrisa sádica.
La joven permaneció en silencio, arrodillada con la cabeza
gacha y las manos atrás. Recordó que su madre solía llamarla así después de
haberla zurrado, cuando le hablaba sobre las ventajas de portarse bien. La voz
de Blanca la sacó de su ensueño.
-¡Te hice una pregunta!
-Sí, señora, sí... soy una perra. –contestó asustada.
-Una perra muy puta.
-Una perra muy puta. –repitió
-Y una perra de caza también.
-Y una perra de caza también. –dijo como una autómata.
-Y mañana vas ir de cacería a la veterinaria.
-Sí, señora, mañana voy a ir de cacería a la veterinaria.
-Y ahora vas a escuchar con atención lo que tenés que hacer.
-Y ahora voy a escuchar con atención lo que tengo que hacer.
Blanca le dijo entonces que al día siguiente debía vestirse
con la minifalda de jean, blusa blanca, zapatos negros y campera y que de la
radio se fuera inmediatamente a la veterinaria. Claudia era en ese momento sólo
la obsesiva atención con que escuchaba las órdenes.
-Le decís a esa chica que yo te mando, que sos mi sumisa y
que quiero que me la traigas. –siguió diciendo Blanca. -Que arregle sus cosas
para que el miércoles la pases a buscar por el negocio a la hora que cierra y la
traigas para aca. Y no le aceptes ninguna excusa. Si te dice que el miércoles no
puede por tal o cual cosa le decís que en ese caso me voy a enojar mucho y
cuando la agarre la voy a hacer pagar.
-Sí, señora, si me pone alguna excusa para el miércoles le
digo que usted se va a enojar mucho y se lo hará pagar.
La mente de Claudia seguía vacía de todo pensamiento y era
sólo un receptáculo para las palabras de la señora, que luego activaban su
propia voz. No había lugar en ella para recelo alguno ni para esa vergüenza que
había temido sentir ante la rubiecita. Era una perra de caza que debía lanzarse
sin vacilar sobre la presa elegida por su dueña.
(continuará)