Mi AMADO HIJO
Escribo estas líneas porque la situación para mí me resulta
insostenible y necesito desahogarme, sacar esa mierda que me remuerde la
conciencia…... Porque vivo en un escenario de vergüenza ganada, un escenario
pecaminoso, pervertido, espantoso...
Soy Ingeniero de profesión, casado, dos hijos... Una familia
común. Pero, ¿existen las familias comunes? Sólo en apariencia. Cuando uno
comienza a analizar al interior de ella, puntualizarse en los pormenores que la
forman, descubre que cada una de ellas constituye un universo independiente,
distintivo, inconfundible y irrepetible.
Algunos años después de contraer nupcias mi mujer, gran mujer
debo admitirlo, me confesó que no sentía el menor deseo sexual, que no tenía
ningún atractivo para ella. Me dijo, claro, que no iba a ser como el "perro del
hortelano"; podía yo tener todas las aventuras que quisiera, pero con reserva.
Y, ojalá, no tuviera el propósito de divorciarme, pues ella me quería.
Fue muy triste para mí, pero lo asumí y, finalmente,
determiné que iba a vivir mi vida sin complejos ni limitaciones, salvo las
necesarias para mantener la armonía familiar. Tuve muchas aventuras, casi todas
terminadas en forma triste, pues la mayoría de las mujeres sólo buscan un hombre
"para su posesión". Lo aman a uno mientras uno esté listo a ser su objeto. Si
uno exige independencia, automáticamente ese amor cambia en odio y se
transforman totalmente.
No pude ser canalla, nunca. Podría mentir, engañar, pero
aquello iba contra mi naturaleza y mi formación. Por último, después de muchas
frustraciones y, con bastante sacrificio, decidí que era momento de cerrar la
puerta al sexo. ¡Demasiados problemas! Así que, a pesar de ser un hombre con un
apetito sexual muy alto, comencé mi tarea de eliminar o, por lo menos, silenciar
aquella parte de mi naturaleza. Podía no ser bueno hacerlo, pero en mi caso
resultaba peor no hacerlo.
Mi vida comenzó a desarrollarse de forma normal: trabajo,
descanso, vida familiar... Nada extraordinario. Sólo buscaba sosiego,
tranquilidad, paz... Pero esta vino a quebrarse de la forma más insospechada y
canalla que puedan suponer.
Era nuestra costumbre juntarnos a ver películas en la
televisión. Allí estábamos todos, amontonados en la cama, disfrutando de una
película de acción. Mi hijo Walter se metió en mi cama y se acostó a mi lado y
al rato se quedó dormido. Entonces se volvió, quedando pegado a mí, poniendo uno
de sus brazos sobre mi pecho. Su camisa se había subido y sentía su estómago
pegado a mi costado, moviéndose acompasadamente por la respiración regular de su
respingada nariz. De pronto noté que se pegaba aún más a mí, y en mi muslo
comencé a sentir su piel. En su sueño, levantó una de sus piernas y la colocó
sobre la mía. Ahora su sexo estaba completamente pegado a mi pierna y podía
sentir una semi-erección. Hacía grandes esfuerzos por concentrarme en la
película y evitar, así, una erección que se insinuaba cada vez con más
violencia. Además, si despertaba, el lo notaría de inmediato, pues parte de su
muslo estaba sobre mi miembro.
Cuando la película terminó me retiré suavemente y mi mujer lo
sacó de la cama y lo llevo, dormido como estaba, a la suya. Apagué la luz y, en
la soledad de mi habitación, intenté dormir, pero fue imposible. Las sensaciones
vividas habían sido demasiado fuertes para mí y no podía sacarme de la cabeza
las ideas inquietantes que se habían metido en ellas. Así que me fui al baño y
me masturbé. ¡Fue una corrida colosal! Nunca había tenido una corrida así. Pero
logré tranquilizarme y, finalmente, dormirme.
Pasaron varios días en los cuales aquella circunstancia
volvía, como chispazos, a mi memoria, pero poco a poco fueron desvaneciéndose,
volviendo a mi calma habitual.
Una noche mi mujer tuvo que llevar a mi hijo menor a una
fiesta y me quedé solo con Walter en la casa. Me acosté y me acomodé para leer,
pero mi hijo entró a mi dormitorio con una película en DVD y me preguntó si
quería verlo. Acepté y el la colocó en el reproductor. Era una de esas películas
de terror bastante mala, pero que fascinan a los chicos. Se acostó a mi lado y
ambos nos dedicamos a ver la película.
Ya había transcurrido la mitad de esta cuando, encontrando
que el volumen estaba muy fuerte, le pedí que lo bajara. Pero el no tenía el
control remoto. Se arrodilló en la cama y avanzó así para alcanzar el control
que estaba junto al televisor. Cuando se agachó su short se bajo un poco y pude
ver su precioso trasero que quedó frente a mi vista. El calzoncillo era pequeño
y se le había metido entre las nalgas.
Fue apenas un par de segundos pero que me parecieron una
eternidad. Veía su trasero redondo, perfecto, sin una mancha ni arruga. Veía el
delicioso pliegue que se formaba entre la nalga y el muslo. Veía el bulto
precioso de su sexo que se insinuaba a través de su truza. Las piernas suaves.
Los pies perfectos...
La erección fue instantánea y tremenda. El volvió a meterse
en la cama, se acomodó y continuamos viendo la película, pero mi mente se
disparó en otra dirección, a pesar de mis esfuerzos por dominarla. ¡Fue una
tortura! Además, para agravar aún más la situación, en cada escena de suspenso,
me tocaba como para que no me perdiera las escenas cosa que me tenía a mil.
Antes que terminara la película llegó mi mujer, se acostó
junto a nosotros y terminó de verla con nosotros, después de lo cual ambos se
despidieron y se marcharon. Apagué la luz y quitándome el calzoncillo, me
masturbé como jamás lo había hecho, completamente desnudo en la cama. Las
imágenes que se habían anclado en mi cerebro eran un afrodisíaco tremendo.
Nuevamente tuve un orgasmo descomunal, tremendo, lleno de sensaciones nuevas y
violentas.
Desde entonces evité en lo posible el estar cerca de mi hijo
y, especialmente, las veladas nocturnas de televisión. Pero no quería que
sintiera rechazo de mi parte pues sabía que el no comprendería la razón ni yo
podía decírselo. Pero ya la enfermedad se había incubado en mi pensamiento y no
podía extirpármela.
Una tarde en que iban a salir todos, menos yo que tenía que
terminar un trabajo, Walter entró a mi dormitorio y me pidió permiso para ocupar
mi baño pues su hermano se había atrincherado en el otro. Al momento sentí
correr la ducha. Sentado a mi escritorio intentaba concentrarme en mi trabajo
pero la sola idea de que mi hijo se bañaba, completamente desnudo a escasos
metros de distancia, volvió a despertar en mi aquellas sensaciones contra las
que tanto luchaba.
La puerta del baño se abrió y mi vástago apareció
completamente desnudo. Se colocó frente al espejo de la cómoda y siguió
secándose mientras se observaba. Ahí tenía, frente a mis ojos, al mocoso más
precioso que pueden imaginarse. Su cuerpo ondulado y perfecto; sus pectorales ya
casi formados con algunos bellos asomándose; Su precioso trasero redondo y
rosado; sus piernas torneadas y juveniles...
El notó, por el espejo, que la observaba.
-¿Qué me miras tú? -dijo.
En ese momento volví a la conciencia.
-Estás todo un hombrecito -le dije y, volviéndome, hice como
que seguía en mi trabajo, pero mi mente seguía observándolo y, ahora, con
verdadera lujuria.
Sentí cuando cerró la puerta y se fue. Entonces me fui al
baño. Miré la tina y me lo imaginé allí. Bajé el cierre de mi bragueta y mi
miembro saltó afuera como un animal enfurecido. Bastó un par de movimientos de
mi mano para que la descarga saltara hacia la tina. Tuve que afirmarme en el
lavatorio para no caer. Mis piernas se habían puesto de lana y ya no me
sostenía. Me senté en el sanitario y puse mi cabeza entre las manos.
Simplemente no podía creer que me estuviera sucediendo esto a
mí, un padre cariñoso, un hombre normal... Amaba a mi hijo como todo padre debe
hacerlo, pero el demonio del deseo se había metido en medio y me estaba
destruyendo, carcomiendo...Y lloré...
A partir de ese día comencé a quedarme más tiempo en la
oficina, a evitar las sesiones de películas en mi pieza, a toparme con mi hijo
en cualquier circunstancia, por ociosa que fuera. Estaba perdiendo a mi familia,
los estaba sacando de mi vida, pero sabía que era la única alternativa, de lo
contrario, terminaría por cometer una vileza.
Un día, ya absolutamente agotado en esta lucha contra mis
depravados deseos y sintiéndome vencido por ellos, le dije a mi mujer que me iba
de casa. Me preguntó si se trataba de otra mujer y le dije que sí, lo que era
cierto. Ella lloró pero, en el fondo, sabía que sucedería tarde o temprano.
Decidimos que se lo diríamos a los niños más adelante. Hice una maleta y salí de
la casa rumbo a un hotel.
Alquilé un pequeño departamento y me mude con mis cosas. Ya
los niños sabían la situación y se habían hecho a la idea. Mi vida se convirtió
en una monótona rutina de trabajo y descanso. Hablaba por teléfono con mi
familia en forma regular y, poco a poco, mi obsesión comenzó a desvanecerse.
Fue un día sábado, ya tarde, en que tocaron a la puerta. Era
mi hijo. Pensé que había logrado superar ese repudiable deseo por él, que
aquella enfermedad había sido, por fin, vencida, pero en el momento que lo vi,
volvieron a mi aquellas sensaciones torturantes. Nos saludamos, entró y se
sentó. Conversamos un momento, deseando yo que se fuera lo antes posible, pero
no daba señales de hacerlo. Al contrario, la notaba muy intranquilo.
-Papá -dijo-, no quiero meterme en tu vida, pero, ¿estás
bien?
-¡Claro!
-No lo creo. Te echamos mucho de menos... Mamá llora mucho...
-Lo siento... No tenía intención de causarles tanta pena,
pero, créeme que ha sido lo mejor para todos...
-¿Y tu... amiga? -preguntó.
-No. No vive conmigo...
-¿Te trata bien?
Me encogí de hombros. El me miró con curiosidad.
-¿Hay alguien en realidad?
Yo solo lo miraba, sentado allí, con sus piernas sobre el
sofá. El short que llevaba puesto se había levantado lo bastante como para ver
más allá de lo permitido.
-Sí. Lo hay...
-¿La conozco?
En ese momento consideré que tenía que decirlo todo, que esa
sería la única forma de liberarme de aquella tortura.
-Sí.
-¿Sí? ¿Quién es?
-Tú.
Me miró en forma extraña, sin comprender. Entonces me arrojé
de rodillas junto a él y puse mis manos sobre sus muslos.
-¿Qué quieres decir?
-Hijo... ¡Perdóname, por favor! Si me he ido de casa a sido
por tu causa. No puedo sacarte de mi cabeza... Es una obsesión, una cruel y
terrible obsesión. Te veo y me lleno de ideas depravadas, intolerables... ¡Me
enloqueces...! -grité. Walter se había ido hacia atrás y me miraba horrorizado.
-Sólo sueño con hacerte el amor, con tenerte desnudo entre
mis brazos, con amarte... ¡Vete! -le grité casi con furia- ¡Ándate de aquí! Y no
vuelvas, nunca más. Olvídate de tu padre, olvídate que existo. Dame por
muerto...
Mi pequeño se levantó de un salto. Sus ojos estaban llenos de
lágrimas. Tomó su mochila y corrió a la puerta. Escuché su carrera por el
pasillo. Salí al balcón y miré hacia abajo. Lo vi salir corriendo, como si
hubiera visto al demonio. Y quién sabe si en eso me había yo convertido. Mi
vista quedó fija en el vacío. Eran doce pisos. Una buena altura. Quizás lo mejor
era dejarse devorar por ella...
Pero no tuve el valor... O la cobardía... No sé. Sólo sé que
durante un mes no supe nada de mi hijo. No volvió a llamarme por teléfono. Pero
no dijo nada de nuestra conversación a mi mujer. El siguió siendo amable
conmigo. Pensé en el daño que le había hecho, en lo terrible que, seguramente,
había sido mi confesión para el. Estaba destruido. Y no tenía ya nada que hacer
al respecto. Mis días comenzaron a ser cada vez más oscuros, mas sin destino,
como entrar en un túnel donde no se vislumbra el otro extremo porque, quizás, no
existe.
Llamaron a la puerta. Era "Mi amado hijo". Me miraba con sus
bellos ojos verdes redondos, como asustado.
-¿Por qué volviste?
No dijo nada. Sólo entró, apagó la luz, se empinó en la punta
de los pies y me besó en la boca. Un fuego calcinante recorrió mi cuerpo. Se
retiró un poquito de mí y, por los reflejos que llegaban de la calle, se estaba
quitando la ropa.
-Walter... -dije intentando detenerlo.
Pero el colocó una mano en mi boca. Después tomó mis manos y
la llevó hasta su cuerpo. Estaba desnudo. Comencé a tocarlo. Mi hijo echó la
cabeza para atrás y sacudió su cuerpo. Me incliné y le devolví el beso. Sentí su
aliento que ardía y ya no pude detenerme.
Lo levanté en vilo y la puse sobre la cama. El se dejó caer
de espaldas, se volteo y abrió las piernas. Mi boca corrió en busca de su pene,
cubierta de un suave vello castaño. Lo besé con ansias, con amor profundo. Me
enloquecía aquel sexo joven, oloroso y bello. Pude ver que sus gorditos huevos
se hinchaban. Logré advertir un delicado hilo de los flujos de su verguita.
Aquella verga maravillosa imponiéndose ante el sol, emanando sus bellos de
matizados colores y su aromática esencia. Y hundí mi boca en ella. Besé, lamí,
chupé, bebí sus líquidos pre-seminales hasta hartarme. Y apreciaba los espasmos
de su cuerpo por el placer que yo le prodigaba con mis labios, sentí el latido
de su polla nunca satisfecha...
Me quité la ropa con rapidez. Él se incorporó y tomándome por
la cabeza, me arrojó sobre la cama. Entonces se abalanzó sobre mi miembro,
tomándolo con sus pequeñas manos, moviéndolo con maravillosa suavidad. Vi cuando
lo puso en su boca y lo tragó completamente. Sentí como lo apretaba con su
lengua a su paladar. Sentí correr por el tronco su saliva deliciosa...
Se recostó sobre mí y me besó en la boca. Nuestras lenguas
eran dos serpientes en lucha furiosa. Yo sentía los sabores de mi miembro y el
de los míos. Todos nuestros jugos se mezclaron en nuestras bocas. Luego se
incorporó y, tomando mi endurecido pene, lo ubicó en la entrada de su ano y
comenzó a bajar, introduciéndolo lenta pero decididamente.
-¡Ábreme el culo, papá! ¡Es tuyo! ¡Haz lo que quieras con él!
Esas palabras fueron dichas con tanta suavidad, con tanto
amor que, en ese momento, era la persona que mas amaba en el planeta. La única
que podía merecer un amor absoluto, completo y total. Sentí cuando mi pene
encontró aquella delicada resistencia y sentí, también, cuando por una presión
decidida de Walter, lo penetre, invadiendo su interior.
-¡Ahhhhhh!
Walter soltó un grito y yo me detuve mientras solicitaba que
le sacara mi verga de su dilatado culo.
-Me duele, me duele. No sigas que me desgarras el orificio.
Yo le sonreí mientras le pedía tranquilizarse:
-Aguanta, solo hasta que se acostumbre a mi polla, ya verás
como poco a poco te pasa el dolor.
Mi hijo se calmó un poco y cuando estuvo más sereno terminé
de meterle toda mi pija. Nuevamente se quejo de dolor implorándome que me
retirara dentro de él pero, ya no le hice caso, todo lo contrario me concentre
en el mete y saca, gritó de nuevo mientras poco a poco su dolor fue cambiando
por sensaciones placenteras indescriptible, pues era lo que reflejaba su rostro,
mientras yo entraba y salía de él sintiendo su culo acoplándose a mi verga. Me
movía con locura, pasión, amor: todas las impresiones resumidas en la mejor
sesión de amor de mi vida
-Quiero verte la cara mientras te estoy penetrando, voltéate.
Le ordené.
Mis palabras sonaban interrumpidas por la misma fogosidad. Mi
hijo se volteó mientras yo acomodaba mi verga para penetrarlo de nuevo
poniéndola a la altura de su esfínter y de un solo movimiento se lo mandé hasta
el fondo. Mi retoño dio un quejido tan delicioso, tan lleno de placer, que me
enterneció el alma. Inmediatamente comenzó a moverse con una regularidad
exquisita. Veía con absoluta claridad mi pene entrando y saliendo de aquel
maravilloso culo. Veía el rostro de Walter radiante, expresando los infinitos
placeres que aquello le producía, las infinitas sensaciones que invadían su
precioso cuerpo de adolescente que se retorcía de gusto. De pronto reaccioné.
Estaba a punto de eyacular poniéndolo en sobre aviso.
-Hijo, me vengo...
El entendió mi mensaje. De un salto se retiró y arrojándose
de bruces, metió todo mi miembro en su boca y comenzó a masturbarlo con rapidez.
Solté la descarga, tremenda, terrible y el no hizo señal de retirarse. Lo veía
tragar y tragar. Los espasmos invadieron mi cuerpo. Me retorcía casi con
violencia. Me incorporaba, caía y volvía a incorporarme, movido por las fuerzas
mágicas del más extraordinario placer, hasta quedar exhausto. Entonces mi cuerpo
se relajó y, como un encanto, entré a un éxtasis maravilloso. Walter se apoyó
sobre mí y juntó su boca a la mía. Él transfirió restos de mi propio semen a mi
boca y yo los tragué con amor...
¿Cómo termina todo esto?
No lo sé, ya que mi incestuosa experiencia ocurrió recién
hace dos horas. Walter duerme en la cama. Sé que pronto va a despertar y me va a
buscar. Sé que volveremos a hacer el amor, locamente, extraordinariamente, sin
limitaciones... ¿Qué límite puede haber para nosotros?
Pero, ¿qué sucederá después que amanezca?
Ya no importa. Quizás me pegue un tiro para poner fin a esta
locura y permitir a mi hijo llevar una vida "Normal"...
Él ha despertado y me sonríe deliciosamente. Me llama con sus
ojos...