La historia de Claudia (4)
Llegó el viernes y Claudia despertó con un nudo en el
estómago. Ese día la esperaban varias entrevistas de trabajo que esperaba
resolver lo mejor posible, porque lo cierto era que desde que supo que pasaría
el fin de semana en manos de Blanca vivía presa de un vértigo emocional hecho de
miedo, ansiedad y excitación incontrolables.
"Vaya una a saber lo que tiene planeado para mí", pensó
estremeciéndose mientras se duchaba.
Blanca había cambiado mucho desde los tiempos en que la
azotaba siendo mucama en su casa. Siempre había sido una mujer de mucho carácter
y personalidad autoritaria, "pero ahora –se dijo. –además está como muy
perversa."
Desayunó liviano y salió para cumplir con sus obligaciones
laborales.
Visitó a cuatro clientes potenciales sin ningún éxito, pasó
por la radio y a las seis de la tarde estaba en su casa, presa de los nervios
ante la inminencia de su presentación ante Blanca.
"Te espero aquí a las 8", decía un escueto mensaje de texto
que la señora le había mandado al mediodía a su celular, mientras ella estaba
tratando de convencer al gerente general de un supermercado sobre las ventajas
de la publicidad radial.
Y a las 8 en punto tocó el timbre en casa de Blanca vestida
con una remera celeste, bermuda verde, zapatillas y medias deportivas al tono.
Segundos después la señora abrió la puerta, la miró de arriba abajo y le dijo: -Mmmhhh...
qué buena ropita, demasiado para una sirvienta. –y mirando la maleta pequeña que
la joven llevaba le preguntó:
-¿Qué traés allí?
-Ropa, señora, voy a estar aquí dos días y...
-¡¿Ropa?! –dijo Blanca mientras la tomaba de un brazo para
meterla en la casa. –y después de cerrar la puerta agregó:
-Ya sabrás mañana qué ropa vas a usar. –le dijo con una
sonrisa que a la joven le resultó inquietante, y le dio una cachetada que la
hizo caer de rodillas.
-Para que aprendas a arrodillarte solita apenas entres por
esa puerta. –le dijo y extendió su mano hacia el rostro de Claudia para que la
saludara como ya sabía que debía hacerlo. La joven besó esa mano y dijo a punto
de ponerse a llorar:
-Buenas noches, señora.
-Bueno, ahora andá a dejar la maleta en el dormitorio, sacate
esa ropa ridícula y anda para el comedor.
Cuando Claudia reapareció ante ella, la miró desde el sofá
donde se había sentado empuñando su temible rebenque y se dijo: "¡Carajo, qué
buena está, qué cuerpo tiene!... y es toda mía..."
Nunca se había sentido atraída por una mujer, pero Claudia la
calentaba sobremanera y estaba muy satisfecha por haber vencido sus prejuicios y
sentirse totalmente dispuesta a gozar a fondo de ella.
Le hizo una seña para que se acercara y entonces reparó en
que la joven estaba maquillada: sombra en los párpados y los labios pintados.
La hizo arrodillar ante ella, le apretó la cara entre las
manos y le dijo:
-Así que te pintarrajeaste ¿eh?
-Es que yo... yo siempre me... me maquillo un poco, señora...
–contestó Claudia con la pronunciación dificultada por esas manos que apretaban
con fuerza sus mejillas.
-Y además tenés el pelo muy largo.
-Pero...
-¡Pero nada! Ya vamos a cambiar lo de tus mechas y ahora
mismo te saco el maquillaje. –y se la llevó a los empujones hasta el baño, donde
con algodón embebido en agua oxigenada procedió a quitarle el rouge y la sombra
de los párpados, mientras Claudia, a pesar de su miedo, ofrecía alguna
resistencia que de nada le valió ante la fortaleza física de Blanca.
El resto de la noche transcurrió según lo imaginado por la
joven. Debió cocinar, servir la cena y atender a Blanca mientras comía. Después
cenó ella en la cocina, lavó la vajilla y observó, mientras lo hacía, cómo la
dueña de casa llevaba al comedor un juego de sábanas, una almohada y una frazada
que dejó sobre el sofá.
-Me voy a acostar. Le dijo desde el comedor. –Cuando termines
con eso vení a verme al dormitorio que te voy a dar instrucciones para mañana.
-Sí, señora. –contestó sin saber que al día siguiente se
vería sometida a una verdadera maratón de oprobios.
Eran las 9 de la mañana y Claudia estaba barriendo el comedor
según las instrucciones que había recibido la noche anterior. Debió levantarse a
las 8, desayunar en la cocina y luego llevarle el desayuno a la cama a la
señora. Poco más tarde, mientras barría, Blanca apareció con la cabellera húmeda
después de una ducha y luciendo una bata de baño roja y chinelas del mismo
color. Se acercó a la joven envolviéndola en una mirada caliente que la puso
colorada y le dijo:
-Retirá la bandeja del dormitorio, lavá todo y volvé acá.
Claudia regresó minutos después y cuando terminó el barrido
la orden de Blanca fue que guardara las sábanas, la almohada y la frazada en el
placard del dormitorio.
-La puerta de arriba a la derecha. –le dijo, y agregó
inmediatamente: -después hace la cama y vestite que nos vamos. Vas a ver tu ropa
en la silla.
-¿Adónde vamos, señora? –preguntó Claudia movida por la
inquietud. La respuesta fue una fuerte cachetada que le hizo saltar las
lágrimas.
-No vuelvas a dirigirme la palabra sin preguntarme antes si
podés hacerlo. –le advirtió la mujer.
-Pe... perdón, señora. –murmuró y acababa de vestirse cuando
Blanca entró al dormitorio, fue hasta el placard, sacó una blusa rosa, una
pollera negra, zapatos del mismo color de taco alto y un conjunto de ropa
interior blanca. Puso todo sobre la cama y le ordenó:
-Sacame la bata y las chinelas y después vestime.
La joven se mordió los labios. Era consciente de la
progresiva degradación a la que estaba siendo sometida, pero no tenía fuerzas
para resistirse y dejaba, en cambio, que Blanca siguiera envolviéndola
inexorablemente en la telaraña de su dominación.
Aspiró con fruición el perfume que se desprendía de ella y
pensó excitada mientras deshacía el nudo del cinturón de la bata: "Nunca la vi
desnuda..."
Deslizó la bata hacia abajo sin poder evitar el temblor de
sus manos y miró como hipnotizada esos pechos blancos, grandes, de pezones
oscuros, y después la amplia curva de las caderas y los muslos gruesos y bien
torneados.
Blanca, que tenía instinto de hembra cazadora, se dio cuenta
del efecto que su cuerpo provocaba en Claudia y se sintió segura de que esa
presa sería suya por completo y definitivamente. No imaginaba límite alguno en
su objetivo de dominar a Claudia, de reducirla a la servidumbre más absoluta y
en los días previos había estado ultimando ciertos detalles para dar inicio al
plan que había urdido respecto de ese fin de semana. Mientras era vestida por la
joven pensaba en Inés, la peluquera con la que había convenido un turno para las
10 de la mañana en el gabinete privado del local, en ciertas compras que haría
después llevando a Claudia con ella y en ese juguete fascinante que había
adquirido en un sex shop a través de internet y que el día anterior le fuera
entregado en su casa.
...................
Cuando Blanca y Claudia llegaron a la peluquería salió a
recibirlas la propia dueña del local. De unos cincuenta años, rubia, alta y
delgada, de buen porte, se adelantó y después de saludar a Blanca con un beso en
la mejilla le dijo mirando a Claudia de una forma que hizo ruborizar a la joven:
-¿Así que ésta es la perrita de la que me hablaste? ¿Sabés
que te quedaste corta al describírmela? Es mucho más hermosa de lo que me
imaginé.
Para disimular su turbación, la joven echó una mirada al
salón y vio a cuatro peluqueras atendiendo a otras tantas clientas, aunque eso
le importó mucho menos que el hecho de que Blanca hablara de ella calificándola
de "perrita". Inés la tomó de la mano y se encaminó hacia el fondo, donde estaba
el gabinete privado.
-Vení, queridita. –le dijo. –Te voy a dejar más linda todavía
de lo que sos.
Blanca había conocido a Inés un tiempo atrás y a poco de ser
su clienta la mujer le confió que era bisexual, casada con un hombre de gran
fortuna y que en realidad, aunque no le era necesario trabajar por dinero, tenía
ese local como un recurso para conocer mujeres, y cuando le echaba el ojo a
alguna, la atendía personalmente en ese gabinete donde sus cuatro ayudantes
tenían totalmente prohibido entrar cuando ella estaba con una clienta.
Alentada por esa confesión, Blanca comenzó a hablarle de su
condición de dominante y del recuerdo que en ella había dejado Claudia, a la que
ansiaba reencontrar y hacer suya. Cuando vio cumplido su deseo, llamó a Inés y
le dijo que su idea era transformar en alguna medida el aspecto de Claudia,
confiriéndole un cierto aire masculino que no excediera lo sutil. No la quería
marimacho, pero sí que luciera una ambigüedad capaz de atraer a mujeres con
determinado morbo. El corte de pelo sería el inicio, y después seguiría el
hacerle usar cierta ropa como, por ejemplo, pantalones anchos de vestir, camisas
amplias con los faldones fuera y corbata.
Esto no era un capricho ni algo que se enmarcara
exclusivamente en su propósito de esclavizar a su ex patroncita. Tenía que ver,
en cambio, con la idea de hacer de Claudia una perra de caza en busca de mujeres
con vocación de sumisas a las que debería atrapar y llevárselas. Ella después se
encargaría de adiestrarlas y convertirlas, como a Claudia, en hembras humanas de
su propiedad.
Un diagnóstico desde la sicología hubiera concluido, muy
probablemente, en que Blanca lo que buscaba era vengarse de las afrentas y
humillaciones sufridas durante sus diez años como mucama en casa de Claudia, por
parte de ella y de su madre. No le interesaba dominar hombres, sólo mujeres, y
por eso era dable suponer que en esas potenciales sumisas Blanca veía una
proyección de la joven y su madre y la posibilidad de consumar su venganza.
Ya en la intimidad del gabinete, Blanca volvió de sus
pensamientos a la realidad cuando, con Claudia ya sentada frente al espejo, Inés
le preguntó:
-Bueno, Blanca, ¿le hacemos entonces un corte a lo varoncito?
-Eehhhh... sí, sí, Inés. –contestó reaccionando velozmente.
-¡Ay, no, señora, por favor! ¡no hagan eso con mi pelo! ¡por
favor! –le rogó Claudia incorporándose y mirándola angustiada. Blanca no perdió
la calma. Se acerco a ella, aferró con fuerza su cabellera oscura, espesa y
enrulada y dijo mordiendo las palabras con su cara casi pegada a la de Claudia:
-Una sola palabra más y te nalgueo con el culo al aire
delante de la señora.
Al oírla Claudia tuvo miedo de que cumpliera su amenaza.
Entonces, sin poder contener las lágrimas, llevó ambas manos al pecho con los
puños cerrados y volvió a sentarse en actitud resignada.
Inés le dijo:
-Calmate, queridita. Vas a quedar muy linda. –y comenzó su
trabajo combinando hábilmente navaja, tijera y peine sin dejar de aprovechar la
tarea para deslizar sus dedos cada tanto por el cuello de la joven, que a cada
uno de esos contactos se estremecía a pesar suyo mientras Inés y Blanca
intercambiaban miradas y sonrisas cómplices.
(continuará)