Nuestra relación mejoraba, día a día. La mujer, joven e
inexperta, se había convertido en una Diosa. Mi vida adquirió sentido. Con ella,
no existía la monotonía ni el hastío. Decididos a seguir juntos, tomamos
posesión del dinero, que había robado su padre, y como habíamos acordado nos lo
repartimos a partes iguales.
En cambio en menos de tres meses, nos habíamos aburrido de su
madre, ya no nos divertía la sumisa en que se había convertido, era mas un
estorbo que un entretenimiento, por lo que Lucia me pidió que le consiguiéramos
una jubilación de lujo. Como buen yerno, que soy, se la conseguí, se la vendí a
un socio por 500.000 euros. Lo mas gracioso del asunto, es que, Juan, quizás uno
de los economistas mas brillantes que conozco, resultó ser un pésimo amo, y en
menos de 15 días, ya bebía en los zapatos de Flavia.
Así fueron pasando los meses, Lucia y yo, yo y Lucia, pareja,
amantes, dominantes o dominados pero felices, cuando ya creíamos que no podía
existir algo mejor, ocurrió lo que a continuación os relato:
Ese día me desperté temprano, mi novia estaba acostada a mi
lado, con la cabeza recostada sobre mi pecho. La tersura de su piel me
enloquecía, no fue un acto voluntario pero al mover mi brazo, oí su suspiro.
Como si fuera el banderazo de salida, con la yema de mis dedos, empecé a dibujar
círculos en su espalda, hasta llegar a sus nalgas. El sentir mis caricias,
provocó que se estremeciera, pegando mas su cuerpo en el mio, lo que me permitió
recorrer la costura de su tanga, la hendidura de sus glúteos, y disfrutar con la
rugosa piel de su agujero. Su suspiro se convirtió en gemido. Retiré mi mano, y
llevándola a mi boca, ensalivé mis dedos. La humedad de mi saliva entró en
contacto con su piel. Abrió los ojos, y sin mediar palabra, se puso de rodillas,
con la cabeza en la almohada, dejando su culo expuesto a mis caricias.
Con mis manos, separé sus nalgas, teniendo cuidado que nada,
ni siquiera su tanga, entorpeciera mis intenciones. Colocando mi lengua al
principio de su espalda, fui bajando lentamente hacia el canalillo de su
trasero, dejando tras de mi un rastro brillante. Al acercarme a su ano, me
invadió el olor penetrante de hembra insatisfecha que necesita ser llenada. Con
la punta recorrí las arrugas oscuras de mi destino, Lucia involuntariamente lo
izó mas, dejando me entrever como se contraía al ritmo de mis caricias. Su mano
descendió hasta su sexo, y con ansia castigaba su montecito del placer. Ver su
calentura, me excitó. Escupí en su agujero, y con la lengua lo repartí, sin
dejar pliegue, ni rugosidad, sin su dosis.
-Por favor-, me suplicó. Sabia lo que necesitaba, pero iba a
hacerla sufrir un poco más. Sacando del cajón, un bote de aceite, derramé una
gotas sobre su cuerpo, lo suficiente para que con mis dedos, aflojara su
tensión. Mi anular tomó posesión dentro de ella, con desplazamientos laterales,
de forma que su esfínter se relajó. Estaba preparada.
Apoyé mi pene en su entrada, sin forzarla. Tras unos
instantes quieto, lo moví a lo largo de su canalillo, recorriendo su vulva hasta
llegar a su clítoris. Ella protestó, queria que la tomara por detrás. Moviendo
su cadera, intentaba introducírsela, pero yo no la dejaba. Me apiadé de ella
poniéndola en la abertura de su anillo. –No te muevas-, le pedí. Ella me
obedeció, quedándose quieta. Lentamente fui forzando su entrada, abriendo su
pliegues, hasta que la cabeza de mi verga, entró totalmente en su interior.
-Ahora échate hacia atrás, para que sientas como te penetra-,
dije. Obedientemente movió su cuerpo, introduciéndose toda mi extensión. No fue
un movimiento continuo sino que con breves envites, centímetro a centímetro,
rugosidad a rugosidad, fue absorbiéndome en su oculto tesoro. El dolor se
mezclaba con el placer, ni una queja salió de sus labios, mientras se empalaba.
Cerró los ojos al sentirla plenamente, mis huevos habían chocado, ya, contra sus
nalgas. Experta, esperó unos momentos, para que su esfínter se acostumbrara a su
castigo. Con suaves movimientos circulares me demostró que podía empezar, por lo
que con un leve bombeo comencé a moverme. Poco a poco, fui aumentando la
velocidad.
-Mas fuerte-, me exigió. Aceleré mis arremetidas, a la vez
que con mis manos abiertas marcaba el ritmo con azotes en sus nalgas. –Me
encanta-, gritaba al sentir como la vara de su hombre, se regocijaba en su
interior. Mientras con una mano seguía castigando su clítoris, con la otra
estrujaba mis testículos. Del interior de su vulva, emergía un manantial de
caliente flujo, que se mezclaba con el aceite.
Era una pasada, verla moverse al ritmo de mis caricias. En su
espalda, una gota de sudor bajaba por su columna, pero volvía a subir con mis
embistes. Parecía jugar con nosotros, en un trío involuntario. Sus gemidos y la
humedad de su cuerpo, aumentaron mi calentura. Previendo su climax, agarré su
cuello con las dos manos, impidiéndole la respiración. Lucia no se preocupó por
mi estrangulación, sabia que la necesidad de aire que sentía, aumentaría su
placer. Sus brazos cedieron, de forma que mi cuerpo se clavó mas profundamente,
mientras que su cadera se estremecía, y todo su cuerpo entraba en ebullición. En
la palma de mis manos, latían sus venas hinchadas por la presión que ejercía. No
aguantando mas, se desplomó en espasmos de placer. La solté, pero sin compasión
proseguí con mi tarea, hasta que sentí como me derretía en su interior.
Exhausto y satisfecho, me quedé abrazado a ella, sintiendo
como mi sexo, perdía poco a poco su dureza, dejando salir el rastro lechoso de
mi placer. Estuvimos en esa posición unos minutos, hasta que el despertador
rompió el encanto del momento.
Fui el primero en levantarme, tras una ducha rápida y un café
con leche, cogí mi coche en dirección a mi trabajo. En la radio no había mas que
noticias desastrosas, atentados, terremotos y las típicas peleas del gobierno
con la oposición. Decidí apagarla, mi despertar había sido perfecto y no quería
estropearme el día con cosas que no me afectaban.
La oficina me agobiaba, gracias al padre de Lucia, era rico,
pero como era un dinero ilícito, tenía que seguir con la pantomima del trabajo
honrado. Sería sospechoso, el dejar de trabajar en el momento de irme a vivir
con la hija de un ladrón. Dediqué gran parte del tiempo a gestionar "nuestra
herencia", -La gente no sabe, lo que tiene que trabajar un rico, para ser aún
más rico-, pensé, disfrutando, cuando verifiqué los impresionantes réditos, que
me estaban dando las inversiones de la compañía que habíamos fundado en un
paraíso fiscal.
Eran las dos de la tarde, cuando me llamó Lucia para
avisarme, que esa noche, venía a cenar Patricia, su amiga. Resulta que tenía
graves dificultades económicas, su socia y ella estaban a punto de ser
embargadas por una compañía a la que debían dinero. Querían mi consejo y mi
ayuda, ya que mi novia les había contado lo experto que era en temas
financieros.
-No te preocupes, veré lo que puedo hacer, pero dile que
venga también su amiga, para que nos den una visión global del problema-, le
contesté.
Mi plan había resultado, durante los últimos tres meses,
había estado comprando en el mercado, la deuda de ellas, pero como era lento,
les di un empujoncito por medio de una compra masiva desde una empresa, que a la
semana quebró. Por supuesto, la empresa quebrada era mía.
Decidí que esa tarde, saldría temprano, ya que tenía que
explicar, a Lucia, el plan. Pero antes de salir de la oficina, la llamé. No
quería llegar a casa y encontrarme con la sorpresa de que se había ido otra vez
de compras, cosa que se había habituado a hacer con demasiada frecuencia.
La encontré enfrente del ordenador. Por lo visto, estaba
buscando en internet, mansiones en las islas Caiman, para cuando nos fuéramos de
España. Me enseñó la que le había gustado. Una verdadera exageración con 10
dormitorios, una barbaridad de terreno, piscina, padel, frontón, es decir un
palacio. Estaba tan entusiasmada, que tuve que pedirle que se callara por que
quería decirle algo importante.
-¡Nos han descubierto!-, me dijo totalmente asustada,-¡Dime
la verdad!.
-No, tonta, es algo bueno-, mi respuesta le tranquilizó, por
lo que con una sonrisa, me pidió que le explicara entonces que era eso tan
importante.
Tomé un breve respiro, antes de empezar a hablar.
-Últimamente, te has quejado de no tener nadie de servicio.
¿Te gustaría educar a dos nuevas perras?, de 24 y 28 años, morenas, buenas
tetas, y dos magníficos culos, que azotar-, le solté a bocajarro.
Se quedó con la boca abierta, aunque habíamos hablado de
ello, no se lo esperaba. Tras unos momentos, empezó a sospechar.
-¿Quién son las candidatas?-, me preguntó.
-Patricia y su socia-, dejé caer como quien da la hora, sin
darle la mínima importancia.
-¡Estas completamente loco!, son un par de estrechas, que
están esperando a su príncipe azul-, dijo totalmente alterada, pero por el
brillo de sus ojos, supe al instante que no le desagradaba la idea.
-Pues si tu quieres, a partir de esta noche, tendrán su rey y
su reina-, le contesté, explicándole acto seguido que las teníamos en nuestras
manos, o mejor dicho que sus cuellos estaban bajo nuestras botas, y que en
cualquier momento podíamos apretar y asfixiarlas.
No se podía creer que hubieran sido tan bobas, y menos que yo
hubiera ardido un plan, tan maquiavélico, que les hizo cavar su propia tumba.
-¡Eres un hijo de puta!, pero, ¡ me encanta!, ya que tu has
diseñado la primera parte del plan, déjame que yo sea quien ejecute la segunda-
No tuve nada que objetar, era justo, y menos cuando sentí que
me bajaba la bragueta y me empezaba a hacer una mamada. La sensación de poder,
la había excitado. Separándola de mi, le indiqué:
-Guarda fuerzas, para esta noche. Si todo sale bien, vamos a
estar muy atareados-.
Eran la 8:30 de la noche, quedaba una hora para que llegaran
nuestras presas, por lo que nos fuimos a preparar la encerrona. Lucia se vistió
para la ocasión. Cuando la vi salir, me quedé alucinado, llevaba puesto un
vestido negro de cuero, que mas que tapar enseñaba, totalmente pegado, de forma
que sus nalgas y su pechos resaltaban en su figura.
-¿Y eso?, le pregunté.
-Lo tenía preparado para una ocasión especial-, me contestó
muerta de risa.
Como ella iba a ir de negro, en plan Madam Fatal, no quise
quitarle protagonismo, por lo que me vestí de blanco, en plan moda ibicenca, con
una camisa de lino y unos pantalones de pintor. No me había terminado de atar
los cordones, cuando sonó el timbre.-Alea jacta es-, la suerte esta echada,
pensé parafraseando a Julio Cesar, el conquistó un imperio, yo estaba formándome
un haren.
Cuando llegué al salón, estaban conversando animadamente con
mi novia. Patricia e Isabel se levantaron a saludarme, lo que me permitió
observar sus cuerpos. La primera, delgada, menuda, una joven morena que parecía
que no había roto un plato, de pechos pequeños pero apetecibles, en cambio su
socia, era un mujerón, mas de un metro ochenta de lujuria, el pelo rizado, y dos
espectaculares melones que serían la delicia de cualquier hombre, todo ello
enmarcado en un cuerpo espectacular. Encima de la mesa, había dos carpetas con
toda la documentación, que tenía que estudiar, por lo que tras las corteses
presentaciones, me excusé y cogiendo todos los papeles me dirigí hacia mi
despacho.
Conocía el contenido del 90% de los documentos, pero como
tenía que hacer tiempo, me serví un whisky, mientras ojeaba las fotocopias de la
empresa. Realmente, estas dos mujeres eran tontas, como dicen en México "las
nalgas están peleadas con el cerebro", desesperadas por su situación habían
falseados sus balances, de forma que no solo las iban a embargar, sino que iban
a pasarse una buena temporada en la carcel. Al pedir su último préstamo, en
poder de mi empresa, se habían inventado unas partidas inexistentes, y para
colmo, se les ocurrió poner como aval al padre de Patricia, que llevaba muerto
seis años. Era un fraude de lo mas burdo, seis añitos en la trena, calculé.
Era bastante mejor, de lo que suponía, por lo que con la
excusa de que quería otra copa, llamé a Lucia, explicándole las novedades, que
ya no eran problemas económicos sino penales.
-Dame media hora-, me pidió.
Era su turno, tenía que preparar el terreno, por lo que me
puse a leer una revista, para pasar el rato. Pero era imposible, no me podía
concentrar en los artículos, no dejaba de especular en los tres bombones, que
tenía a 10 metros de mi puerta, en como serían en la cama, y en el uso que les
iba a dar. Los minutos transcurrían con una lentitud exasperante, parecía que el
reloj no funcionaba, tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano, para quedarme
sentado en la silla y no salir corriendo hacia mi futuro.
-Ya no puedo mas, no me importa que solo hayan pasado 20
minutos-, pensé, mientras recogía las carpetas y salía con aire preocupado a
reunirme con la mujeres.
Al verme entrar tan serio, en la habitación, Patricia me
preguntó:
-Tan mal, estamos-, en su voz noté que había bebido, sobre la
mesa estaban dos botellas de vino, vacías y otra a medio terminar, Lucia les
había dado de beber, para bajar sus defensas.
-Peor-, le contesté,- tenéis un 90% de posibilidades de
terminar en la cárcel-.
-¡No puede ser!-, saltó Isabel,-nuestro asesor nos ha dicho
que, como máximo, nos embargan-, su tono de voz se oía francamente preocupado,
en su interior debía de saber que yo tenía razón.
-Seguro que no sabe, que el padre de Patricia está muerto,
habéis suplantado su personalidad, con el objeto de engañar al banco. Eso es
delito, y se paga con 15 años de cárcel-, exageré, pero nos venia bien. Las dos
muchachas se desmoronaron, Patricia llorando, se refugió en brazos de Lucia, que
la estaba esperando. Con delicadeza, acarició su cabeza, tratando de
tranquilizarla.
Durante unos minutos, las dejamos llorando, para que se
fueran hundiendo mas en su propia miseria. Isabel, estaba sola, nadie la estaba
animando. Desesperada, se lanzó a mis brazos en busca de consuelo.
Mi novia, al ver que me abrazaba, se levantó de su asiento, y
cogiéndola de los pelos, le gritó:
-No te parece bastante, lo que has hecho a mi amiga, que
ahora, ¡quieres quitarme el hombre!-, a la vez que empezaba a pegarla, a
insultarla, echándole la culpa de la desgracia de su amiga haciéndola sentir mas
cucaracha, de lo que ya se sentía. Esperé unos momentos antes de intervenir, la
violencia era un paso más en el derribo de sus defensas.
Separé a las dos mujeres, pidiéndolas tranquilidad, Lucia no
quiso quedarse quieta, todo lo contrario, y dirigiéndose adonde estaba Patricia,
le dio un sonoro bofetón, que le hizo caerse de espaldas.
-¡Eres imbécil, ¡no esperes que te vaya a visitar a la
cárcel!, ¡ojalá!, ¡te encuentres con una bollera que te viole todas las noches!,
dijo maldiciéndola, mientras la muchacha caída en el suelo, no paraba de llorar.
La cosa evolucionaba, mejor que lo que me hubiera podido
imaginar, Lucia era toda una actriz, merecía una oscar por su actuación,
echándose a mis brazos llorando me imploró:
-Pedro, ¡no lo puedes permitir!, no te lo he contado nunca,
pero aunque estoy enamorada de ti, amo a Patricia, no puedo soportar que alguien
la toque, ¡ayúdala!, ¡por favor!-
-Zorra-, le grité, mientras la separaba de mí. Las dos socias
pararon de llorar, para mirarnos, mi novia seguía abrazada a mis pies,
pidiéndome que las ayudara, tan buena era en su papel, que hasta yo me lo estaba
creyendo.
-Pedro, eres millonario, tu puedes ayudarlas-, en los ojos de
nuestras dos víctimas brilló una leve esperanza, que quedó deshecha al oírme
decir que jamás ayudaría a la amante lesbiana de mi mujer.
Patricia, trató de defenderse, diciendo que ella era
heterosexual, que jamás había estado con ella, pero no la escuché, y saliendo de
la habitación, las dejé solas.
No me había dado tiempo a servirme una copa, cuando Isabel
entró en mi despacho, sabía que yo era su única salvación, y no la podía dejar
escapar:
-¿En serio, podrías ayudarnos?, me preguntó.
-Podría, pero no quiero-, fue todo lo que oyó de
contestación.
-¡Por Favor!, ayudanos, haría cualquier cosa para no ir a la
cárcel-, estaba destrozada.
-¿Cualquier cosa?, ¡a ver si es verdad¡, le contesté,
mientras liberaba a mi miembro, el cual debido a mi excitación estaba totalmente
erécto. Estaba anodadada, nunca se hubiera imaginado que eso es lo que le iba a
pedir a cambio de mi ayuda.
-¿Y Lucia?, en su cara se reflejaba el miedo que la tenía,
estaba más preocupada por su reacción que por el hecho de hacerme una mamada.
-¿Quieres que te ayude?-, le dije, y ella asintiendo con la
cabeza, me contestó. Estaba en mis manos y lo sabía, si quería librarse de ser
enchironada, debía de obedecerme.
Sumisamente, se arrodilló frente a mí.Mi pene le quedaba a la
altura de de su boca, sin mediar palabra abrió su labios, introduciéndoselo en
la boca. No pudiendo soportar la vergüenza, cerró los ojos , suponiendo que el
hecho de no ver disminuía disminuía la humillación de ser usada.
-Abre los ojos, quiero que veas, que es a mí, a quién
chupas-, le exigí.
De sus ojos, dos lágrimas de ignominia brotaban, entretanto
sus labios y su lengua se apoderaban de mi sexo. De mi interior salieron una
gotas pre-seminales, las cuales fueron sin deseo, mecánicamente recogidas por su
lengua. Era una puta, pero no la perra que yo quería, cabreado la separé de mí,
jamás me había gustado, como las prostitutas me follaban, les faltaba pasión.
-Así, ¡No me vale!-, le solté, dejándola sola, en el
despacho.
En el salón, Lucia me esperaba impaciente.
-¿Patricia?, pregunté, notando su ausencia.
-Se ha ido-, su cara parecía preocupada, su amiga se había
sentido ofendida y se había largado enojada.
-No te preocupes, ya caerá-, y llamando a Isabel que en ese
momento se reunía con nosotros, con la cara desencajada por haberme fallado, le
pedí que se sentara en frente de nosotros.
Dejé que se acomodara en el sillón, antes de empezar a
hablar:
-Mira zorrita, estáis en un buen lío, si no os ayudo, y que
conste que solo lo haría por ella-, señalando a mi novia, que seguía con su
actuación, gimiendo y llorando,-vais directamente a la cárcel. Salvaros, me
costaría un dineral, por lo que quiero algo a cambio-.
La morena sintió la dureza de mi mirada, fuera lo que
quisiera sería muy duro aceptarlo, pero mas aun negarse. Se sentía como si le
persiguieran una jauría de perros, y de pronto se encontrara con un precipicio,
y la única vía de escape era lanzarse al vacío. Sin pestañear, siquiera, esperó
mi propuesta.
-Solo, os voy a hacer una oferta, la tomáis o la dejáis, no
acepto negociación. Tenéis dos opciones, el trullo, durante quince años, o ser
nuestras, en cuerpo y alma durante dos años-.
No era tonta, comprendió a la primera a lo que me refería, su
mente luchó durante unos instantes, no iba a ser fácil, pero la otra alternativa
era mucho peor. Levantando los ojos, y mirándome a la cara, respondió:
-¿Qué quieres que haga?-
-Baila-, le exigí, mientras ponía musica.
Se levantó de su asiento y empezó a bailar, siguiendo el
ritmo pausado de la canción. Dos lagrimas surcaban sus mejillas, pero ninguna
protesta surgió de su garganta.
-Ahora sin dejar de bailar, desnúdate-.
Su ropa empezó a caer al suelo, dejándonos ver la rotundidad
de sus formas, duras horas de gimnasio habían modelado su cuerpo, y se notaba.
Miré a Lucia, por el color de sus mejillas, supe que se estaba excitando. Solo,
le quedaban el sujetador y las bragas para terminar, tras un breve titubeo, se
despojó de estas dos prendas, quedando totalmente desnuda.
Me puse a su lado, y cual ganadero revisando un ejemplar,
sopesé el peso de sus pechos, la forma de sus glúteos, la fortaleza de sus
bíceps y de sus piernas. De lo que estaba tocando, lo que mas me gustaba eran
sus negros pezones, pero había que reconocer que estaba buena la condenada. Me
concentré su sexo, la total ausencia de pelo facilitó mi reconocimiento,
separando sus labios, introduje mi dedo índice en su interior. Estaba claro, que
no le estaba gustando mi examen, se mantenía seco, sin flujo. En cambio, al
probar su sabor, me encantó. Tenía todas las características necesarias, para
terminar siendo una buena yegua, sonreí satisfecho.
Quien si se había sentido afectada, fue Lucia. No me había
dado cuenta, pero durante mi exploración había aprovechado a desnudarse, y desde
el sofá en el que estaba sentada y señalando su vulva, le ordenó:
-Cómeme-.
Sin protestar, se arrodilló en la alfombra. Desde mi puesto
de observación, pude apreciar como los labios de la vagina de mi novia brillaban
por la excitación que sentía, como su dueña los separaba en espera de su lengua.
Isabel, sin dejar de llorar, se disculpó, diciendo que no sabía, a lo que le
contesté que solo tenía que hacer lo que le gustaba que le hicieran a ella.
Mas segura de si misma, introdujo toda su lengua en el
agujero, y deslizándola lentamente hacia arriba, se apoderó de su clítoris. Lo
envolvió con sus labios, quedándose, allí, chupando y succionando con suavidad.
Lucia, al notarlo, dio un respingo, y sujetándole la cabeza, la obligó a
profundizar en sus caricias. Por sus gemidos, supuse que lo estaba haciendo
bien. Nunca había visto a ella, con otra mujer, esa visión me entusiasmo. Me
sobraba la ropa, quería hacer uso de ese coño depilado, por lo que con
celeridad, busqué quedarme desnudo.
Arrodillándome, me acerqué a Isabel por detrás, sus nalgas
duras y morenas me esperaban. Puse mi pene en la entrada de su cueva, seguía
seca. Pero ese, no era mi problema, por lo que usando mi saliva, lo humedecí y
separando sus labios, la penetré hasta el fondo. Un grito de dolor y humillación
salió de su garganta, parando en su labor. Lucia le exigió que continuara, y yo
para afianzar la orden, azoté su trasero. Reinició con sus maniobras, a la vez
que yo incrementaba mis acometidas. Poco a poco, mi sexo entraba y salía con
menos dificultad, aunque no estuviera excitada, no podía evitar que su cuerpo se
fuera relajando. Mi novia, por su parte, arqueó su cuerpo al recibir las
sacudidas de su orgasmo y con el vaivén de sus caderas, intentó prolongar al
máximo su placer. Necesitaba descargar urgentemente, mi calentura era brutal,
puse mis manos en su hombros, y usándolos de anclaje, ferozmente introduje toda
la extensión de mi vara, chocando contra la pared, de su vagina. La pobre
muchacha gritaba de dolor, pero eso no me amilanó, sino por el contrario aumentó
la temperatura de mi libido. Notando que se acercaba mi explosión, aceleré mis
movimientos, descargando en sus entrañas, en placenteras andanadas, toda mi
energía acumulada.
Cansado y saciado, me senté junto a Lucia. Isabel, derrotada
y degradada, lloraba, tumbada en el suelo, asimilando su desgracia. Esperé unos
minutos a que se calmara. Cuando consideré que ya era suficiente, le ordené que
se vistiera, avisándola, que las esperaba, a las dos, mañana en la noche, o no
había trato.
Lentamente, se vistió, su mente debía de estar cavilando como
convencer a Patricia, de su destino común. Para ella, no había marcha atrás, o
convencía a su socia, o se pudría en la cárcel. Caminó como una zombie, hacia la
puerta, donde mi novia la esperaba, pero antes de irse dirigiéndome una mirada
de odio, se despidió con un "hasta mañana".
Con una carcajada, le dije a Lucia:
-Mi amor, tenemos un problema-
-¿Cuál?-.
-Tenemos que comprarnos una casa mas grande, en esta, ¡no
cabemos los cuatro!-, le respondí, dándole una palmada en su culo.