A golpe de tambores electrónicos muevo mis caderas y arrastro
tras ellas todo mi cuerpo. Me dejo llevar por el sonido que martillea mi cabeza,
un eco lejano retumba cerca de mí, todos me miran y yo cierro los ojos. Siento
que algo grande y osado se acerca poco a poco, crece con cada uno de mis
suspiros y se acerca a gran velocidad, es más rápido que el sonido y tiene su
misma consistencia, no abro los ojos y aún así sé que en cuanto llega a mí aquel
gigante, se marchita con mayor celeridad.
Me envuelve un color que es puro, lo noto, va degenerando al
entrar en contacto conmigo, me rodea, me abruma, estoy dentro de él y nadie
salvo yo lo nota. ¿Qué es? Da igual. Yo sigo bailando.
Abro los ojos y pérfidos ángeles me toleran por ignorancia,
hacen como que no me ven y siguen a lo suyo. Silban, silban todo el rato, juntan
lo suficiente sus labios para que un sonido elevado escape de entre ellos, así
se comunican, así sé que cada uno de sus silbidos es por mí.
La música continua, no ha cesado en ningún momento, cada vez
esta más y más alta pero soy capaz de escuchar los incontables latidos de mi
corazón. De pronto siento frío, pero es que yo estoy sudando, cuando con mis
dedos alcanzo a tocar mi frente, noto el tacto salado de la incomodidad. Un
líquido espeso e incoloro cae desde el techo, lo embadurna todo sin excepción,
mi piel bajo aquellas gotas se vuelve de gallina. Los tambores continúan sonando
y yo intento seguir el ritmo.
En un parpadear el suelo se vuelve de pirita, los ángeles han
volado ya que no hay pared alguna y en cambio el techo parece flotar. Tan negro,
tan asqueroso como si estuviera pegajoso.
Un fuerte olor a gas hace que todo me empiece a arder, babeo
de pensar tan sólo en la carne. Carne cruda, carne pintada, carne desnuda, carne
jugosa, carne y más carne, tentadora y fogosa, voluptuosa entre mis manos.
¿Dónde hay carne?
El calor cesa y comienza de nuevo el frío. No me entero hasta
que ya ha sucedido, el suelo de pirita sobre el que bailaba desciende y yo con
él. Caemos y caemos mientras yo de rodillas intento aferrarme a la tierra que
pasa justo frente a mis narices. Sangran mis manos y se pelan mis rodillas. Los
tambores siguen sonando y yo ya no caigo más.
Todo a mí alrededor es tan extraño… En el cielo criaturas
fugaces prenden fuego al cielo y en la tierra inerte, el suelo brilla.
Nuevamente me siento observada, casi rodeada, corro desconcertada, corro sin
saber hacía donde, sólo huyo muerta de frío y de miedo, corro y al girarme
pierdo los ojos.
Inmediatamente llevo mis manos hacía ellos, nadie me los ha
sacado, no tengo cuencas, no tengo pestañas, donde antes tenía ojos ahora tengo
carne. Caigo al suelo y siento una punzada de dolor tan intensa como si me
conectarán a algo, como si me cayera un rayo y me traspasará su energía, que en
mí es calor.
Algo desgarra mi ropa. Contra el suelo, no puedo moverme. Mis
extremidades se separan suavemente unas de otras hasta abrirse al extremo. Jamás
mi pasividad había llegado a tal límite, inmóvil, semi-inconsciente y en shock
tras perder mis ojos, dejaba que un millón de manos hicieran y deshicieran a su
antojo sobre mi cuerpo. Desnuda, frágil y asustada sentía cada caricia como un
torbellino de arena, y eran miles, por todo mi cuerpo, siguiendo un aleatorio
ritmo por mi geografía. Ahora tenía toda la carne que había querido, ahora
disfrutaba...
La temperatura de mi cuerpo volvió a cambiar y ahora me
abrasaba. Me sentía tan caliente que no me hubiera extrañado que mi cabeza
ardiera en esos momentos. Por la comisura de mis labios descendía un hilillo de
saliva tan espesa como la sangre, nunca llego a caer, por que algo parecido a
una lengua, según sentí, lo recogió se lo trago, el tacto fue momentáneo pero el
escalofrió que recorrió mi alma fue permanente en todo momento, sólo que... se
transformo, primero en un apabullador miedo, después en fuente incansable de
excitación.
Olí a menta en todo momento, menta fresca como mojada por el
roció de la mañana. Eran los alientos de lo que fuera que me tenía presa. Notaba
la menta en mi cara, la notaba en mi cuello, rodeando mis pechos y centrándose
en mi entrepierna. Fue como si me introdujeran un gigantesco miembro erecto, se
abrió solo, en un instante, como jamás se había abierto. Y de pronto, una brutal
embestida tras otra, no tenía tiempo de disfrutar lo que me introducían cuando
ya lo sacaban y no me maravillaba al cerrar mi vagina y notar como salía cuando
volvía a entrar y yo era incapaz de controlar los músculos de mi cuerpo.
Mientras era penetrada con fuerza, fui girada hacía un lado y
allí volví a ser penetrada. Cuando una entraba la otra salía pero ninguna de las
dos se tocaba, llevaban caminos diferentes y yo quería gritar pues me sentía
morir de placer pero ni un sólo gemido escapo de mi garganta. Garganta que fue
también abierta brutalmente y que se tapo un instante después. Mi lengua parecía
muerta pues no podía saborear absolutamente nada, con mi boca tan sólo era capaz
de tragar y tragar. Al igual que con mis orificios inferiores, todo era más
fácil, todo más grande, todo más profundo…
Después de girar varias veces perdí por completo el sentido
de la orientación, no sabía como o donde me encontraba. Tampoco percibía sonido
alguno, excepto los incansables tambores. De pronto, algo ocurrió. No puedo
saber con certeza lo que era pero sé lo que sentí, lo que me pareció. Fue algo
completamente extraño, tan loco y descabellado.
Mi carne se desgarró y de la nada me crearon dos nuevos pares
de piernas, con todo lo que ellas conllevan. Dos nuevos labios. Dos nuevos
clítoris. Fue como si hubiera superado el ser multiorgasmica, fue como si antes
de eso no hubiera sentido absolutamente nada. Si hubiera sido virgen.
De mi cabeza luchaba por salir otra yo. Se separo de mi
cuerpo otra yo. ¿Conoces a esos dioses de la india que tienen 16 brazos y 8
piernas? Yo me concebía igual. Era tres, cuatro y cinco veces todo más intenso.
Concentrando en un momento lo que serían semanas de noches apasionadas.
Ocho criaturas me hacían suya, sólo era capaz de percibir sus
cuerpos sudorosos, el olor a menta que me embriagaba y el sonido incesante de
los tambores que parecían marcar el ritmo de las embestidas que me propinaban.
Inmóvil como me encontraba no era capaz de expresar mis
deseos y ganas. Todo era tan rápido que sólo podía dejarme hacer... sin previo
aviso todo ceso. Todo en mi cuerpo pudo cerrarse y acto seguido me vino un
enorme pinchazo en la espalda. Pude moverme y arrastrándome me aleje de
cualquier manera. Aún a ciegas no sabía a donde iba.
Con rapidez mi cuello se irguió sin yo quererlo y fui
alcanzada por un líquido que a su paso por el aire lo cortó. Un tsunami me
alcanzo arrastrándome sin contemplación.