Las casas de Nico y Quique estaban juntas, aunque las
entradas daban a dos calles paralelas. La de Nico a la de La Iglesia y la de
Quique al Cantón Nuevo. Lo que hacía que estuvieran unidas eran los corrales
traseros, separados solamente por una valla de cañas atadas con juncos secos que
sus abuelos habían colocado cuando ambas se construyeron.
Nicolás conocía a Quique de toda su vida. Cuando éste apenas
sabía andar, separaba las cañas con sus pequeñas manitas y atravesaba gateando
hasta su corral. Le cuidó y protegió siempre. Se acostumbró a tenerle detrás de
él. Le quería como si fuera un hermano pequeño que no había tenido. Le enseñó
todo lo que él sabía, andar en bicicleta, jugar al ajedrez, nadar y a decir
tacos. Tenía tres años más y en la infancia y adolescencia esa diferencia es muy
importante.
Enrique, Quique para todos en el pueblo, había estado desde
que nació detrás de Nico a quien imitaba en todo. Le adoró siempre y siguió a
todas las partes, desde que pudo hacerlo, como un perrito faldero. Tanto en los
juegos con otros chicos del pueblo como en la escuela, presumió ante sus amigos
de tenerle como protector, de manera que nadie se atrevió a meterse con él.
Vivían ambos en un pueblo llamado Moneo, de la provincia de
Burgos, situado en la carretera de Trespaderne a Medina de Pomar. Era pequeño,
pero para ellos suficiente. Poseía todo lo que a su edad se puede necesitar, su
familia, su escuela, sitio donde jugar, muchos amigos y sobre todo se tenían el
uno al otro.
Sus padres eran agricultores y poseían fincas de tamaño
parecido, que sembraban como todos los de la zona, de trigo y cebada la parte
seca y remolacha azucarera y girasoles la que podían regar.
Según los chicos fueron creciendo lo mismo hizo la amistad y
el afecto entre ambos. Quique consideraba la edad de su amigo como una
supremacía, le obedecía en todo lo que le mandaba y creía todo lo que le
contaba.
Supo de las transformaciones que su cuerpo sufriría al
crecer, comprobando las que Nico iba experimentando, pues veía a su amigo,
cuando meaban uno al lado del otro, intentando llegar lo más lejos posible con
la orina, como sus genitales crecían y asomaba un vello negro y rizado en
aquella parte.
- Ya te saldrá a ti algún día cuando crezcas - le indicaba
ante el deseo de ser igual en todo a su amigo.
Cuando un día le dijo.
- Quique, ya soy hombre.
- ¿No lo eras antes? - preguntó éste extrañado.
Entre risas, y ante la extrañeza de Quique, se sacó de sus
pantalones aquello que hasta entonces éste creyó solamente servía para ganarle
al mear, que se había endurecido hasta convertirse en un duro hueso y empezó a
frotarlo.
Cuando por la punta de aquel pito asomó una gota de leche
blanca, Nico le explicó, mientras se retorcía demostrando que aquello le
producía un raro placer.
- Esto se llama semen o lechada y si lo metes dentro de una
mujer entonces ella tiene un niño.
Desde entonces, en muchas ocasiones, pudo asistir al rito de
ver frotarse la polla a Nico, del que aprendió llamaban aquello hacerse una
paja, incluso pudo llegar a hacérsela el mismo, cuando un día estando solos
sentados en el corral, su amigo le invitó.
- ¿Quieres hacerme la paja tu?
- Lo sabré hacer bien.
- Seguro que sí.
Debió hacérsela a plena complacencia de Nicolás porque desde
entonces la mayoría de las pajas que éste se hizo, fueron realizadas por las
manos de Quique.
Nico prueba tú en mí - solicitaba algunas veces Quique cuando
su amigo le pedía frotase aquello que se ponía tan duro.
El pequeño apéndice que Quique tenía entre sus piernas
también llegaba a ponerse duro, pero por mucho que Nico lo frotase no acababa de
soltar sus jugos. Hasta que una vez, acababa de cumplir los doce años, quizá por
la persistencia con que llamaba a sus testículos a producir aquella leche que
veía en su compañero de juegos o porque la naturaleza ya le premiaba, notó que
algo liquido y blanco, más diluido, con menos consistencia que lo que expulsaba
Nico, le salió por la punta de su ya crecidita verga.
- También soy hombre - gritó entusiasmado.
Estaba a punto de terminar el curso y se acercaban las
vacaciones cuando sucedió un hecho que estuvo a punto de separarlos.
En la calle del Cantón Nuevo apareció un perro, grandote,
feo, de raza indefinida y si hacemos caso de la definición de Nico, sarnoso y
con muy mala leche. Había sido abandonado hacía unos días por alguien ajeno al
pueblo, seguramente por algún coche que huyó después. Estaba aturdido, sucio y
hambriento cuando Quique, que quería a todos los animales, lo adoptó y puso de
nombre Tono.
Su madre le autorizó a tenerle, siempre que estuviera en el
corral y no entrase en la casa. Clavó una argolla en el suelo en la parte
autorizada y lo ató allí, porque el animal pretendía seguirle. Desde entonces el
animal se pegó a sus piernas y adoró al niño.
Si no le hubieran dejado tenerle, hubiera sufrido una gran
decepción, como la que sintió cuando quiso pasar la pared de cañas que le
comunicaba con su amigo, acompañado de Tono, y éste se lo prohibió.
- Ese perro sarnoso no entra en mi corral – le dijo muy serio
y dispuesto a ponerse delante y prohibírselo.
- ¡¡ Pues tampoco paso yo !! – respondió Quique muy molesto
que primera vez puso una cara de enfado a su compañero.
Nico se hizo duro en su decisión y no dio su brazo a torcer.
Pensó que para seguir conservando su autoridad no debería ceder. Quique aceptaba
de buen grado que Nico mandase, para ello era el mayor, simplemente deseaba que
Tono entrase a formar parte de la vida de los dos y que su amigo llegase a
querer al perro tanto como él.
Aguantó varios días sin pasar a jugar, más como Nico siguió
sin ceder, cedió él, paso de nuevo, solo, sin el perro.
Dejaba a Tono atado en su argolla, quieto, mirando entre las
cañas al corral del otro lado, donde veía jugando a los dos sin apartar la
mirada de su amo que a veces le hacía señas y llamadas cariñosas.
Tono mostraba hacia Nico la misma indiferencia que éste le
demostraba a él. Si Quique iba a algún recado el animal marchaba a su lado,
saltando, contento y pendiente pero cuando iban los dos, permanecía unos pasos
detrás de ellos y avanzaba serio y sin jugar.
Hechas las paces entre los amigos, pasaban nuevamente el día
juntos, ahora más tiempo en el corral de Quique que en el de Nico, así estaba
con su perro y su amigo a la vez, aunque éste seguía reacio a conceder su
amistad al animal, lo aceptaba para no perder a su compañero de toda la vida,
pero pasaba totalmente de él.
Moneo poseía dos ríos, uno muy cercano, el Trueba que durante
el estío, traía muy poca agua, lo que solo les permitía chapotear en sus
remansos y otro lejano, como a cinco kilómetros, ya grande, pues se trataba del
Ebro, el más largo de España, que después de nacer en Peña Labra en Cantabria,
en los manantiales de Fontibre, a su paso por esta zona de Burgos, cuando
llevaba recorridos varios kilómetros, por los afluentes recibidos, arrastraba un
caudal importante,
Como el Trueba bajaba con poco caudal, los chicos de Moneo,
las tardes calurosas del estío, se iban con sus bicicletas hasta el río Ebro, a
un lugar que llamaban el Pozo del Puente, donde bajo un puente de dos ojos, el
río cruzaba la carretera. Era un lugar delicioso, como una piscina natural, con
un pequeño prado de hierba fresca y verde a su orilla, tenía la suficiente
profundidad para tirarse desde el pretil del puente y la zona considerada sin
peligro de engancharse entre las ramas, suficiente longitud para poder nadar
unos treinta metros sin tocar el fondo.
Pero al principio del verano de este año, hacía solamente dos
días que tenían vacaciones, había ocurrido que dos hermanos veraneantes, que no
conocían el río, habían ido a nadar a ese lugar y se habían ahogado. Al no saber
que los árboles que crecían en la orilla, además de proporcionar una fresca
sombra, presentaban el peligro que algunas de sus raíces, que se extendían
flotando bajo el agua, no se veían desde fuera, podían enredar al nadador y
llevarle hasta el fondo. No respetaron la zona segura que los chicos de allí
tenían perfectamente aprendida y marcada y sucedió la desgracia.
Este luctuoso suceso, que conmovió a todo el vecindario de
Moneo, hizo que las madres requisaran las bicicletas para evitar que sus hijos
fueran a bañarse a ese lugar que desde aquel hecho consideraban demasiado
peligroso.
El estío en esta zona de Castilla, aunque no es tan caluroso
como al sur en la Tierra de Campos, traía también jornadas en la que el calor
era excesivo, el aire no parecía correr y el termómetro alcanzaba temperaturas
excesivas. Esos días en los que los veranos pasados iban a bañarse al río Ebro,
ahora con el requiso del medio de transporte no sabían que hacer para paliar el
calor. Permanecer en el pueblo, aunque fuese a la sombra, se convertía en un
martirio.
Nico y Quique, acompañados de Tono, bajo la sombra de un
platanero de la plaza del pueblo, hacían planes una de esas tardes de excesivo
calor, en la que se oían a las cigarras cantaban bajo la paja de los ya segados
trigales y el sol aplanaba a los que no permanecían encerrados en casa.
- ¿Dónde vamos Nico? – Quique pedía opinión a su amigo mayor.
- Donde tú quieras – contestó indeciso éste sin decidirse a
proponer lo que realmente estaba pensando.
- Yo no sé donde ir, elige tú.
- ¿Vamos a nadar? – insinúa maliciosamente Nico que estaba a
la espera de poderlo decir.
- El Trueba trae poco agua. No puedes dar ni una brazada.
Estás casi en el suelo y además están allí todos y no hay ni sitio.
- Decía al Ebro – lanzó ya su proposición mirándole a la cara
para ver la reacción de su amigo.
- Pero no tenemos la bici – opone Quique creyendo que esta
falta es irresoluble.
- Decía andando. . . .
- ¡¡ Joder Nico !! y si nos pillan – muestra su miedo el
pequeño.
- No nos verá nadie - insinuante, para ganarle a su causa.
- Pero no tenemos bañador – intenta encontrar otra excusa.
- ¡¡ Hosti Quique !! No haces más que poner pegas, ¿tienes
vergüenza de enseñar tu pilila? – impone su autoridad una vez más.
- Vale, Nico, como tú digas y no tengo pilila tengo ya una
hermosa polla – cede Quique siguiendo la costumbre de toda su vida, mientras
agarra con su mano la zona de sus genitales y hace gestos obscenos.
Los dos amigos inician su marcha, seguidos de Tono que como
de costumbre avanza tres metros detrás de ellos. Saben que en una hora llegarán
al Pozo del Puente.
Avanzan al principio con buen paso, pero cuando, por el
calor, bajan su ritmo, Nico comienza a hablar.
Recuerdas Quique que fue allí, cuando nos dejaban andar con
bicicleta, aun no había ocurrido la desgracia, te llevé montado en la mía.
Quique se ha dado cuenta de lo que su amigo desea recuerde y
suelta una carcajada.
- No te rías cabrón - le espeta Nico, intentando contener su
risa también - Al principio te agarrabas a mi cintura mientras pegabas tu
cuerpo, después noté como en la parte que teníamos en contacto, se endurecía
algo que producía que mi trasero se pusiera tenso y su agujero comenzase a
ejecutar un movimiento de mete-saca. Me faltaba aire en los pulmones.
- Jadeabas como un burro viejo, al que han cargado en
demasía, subiendo una cuesta - se burla Quique.
- En vez de ayudarme te aferraste más a mí y bajaste tus
manos hasta ponerlas entre mis muslos.
¡¡ Je !!, ¡¡ je !!, Tenías la polla a punto de reventar.
¡¡Joder Quique!! Qué mal rato me hiciste pasar. Me estaba
poniendo enfermo de deseo. Hasta entonces solo nos habíamos hecho pajas, pero mi
cabeza empezó a pensar en penetrarte. Gemía por dentro y sudaba por fuera. De mi
frente caían gruesas gotas y el interior de mis muslos estaba completamente
mojado de sudor y de lo que derramaba mi excitado sexo Tenía la punta de tu
verguita pinchando mi culo y a tus manos sobándome los alrededores de la polla y
me besabas el cuello. No sé como no nos caímos de la bici y nos escalabramos.
Me reía por dentro al notar como estabas. Nunca te había
visto tan caliente. Tuve que ser yo quien se insinuase poniéndote así de
excitado.
Llevaba bastante tiempo con el deseo de follarte.
Hasta aquel día nunca me habías dicho nada de ese deseo.
Te veía muy joven, sentía que si te follaba abusaba de ti, de
la confianza que siempre me demostrabas.
No era tan crío como pensabas - se queja Quique.
Tenías solamente doce años - intenta disculparse de su falta
de iniciativa en aquellos momentos.
Casi trece, recuerda que cumplo los años en el mes de
setiembre y ya me corría por entonces. Me tratabas como un si fuera bebé.
Olvidabas que todo lo que yo sabía sobre el sexo lo había aprendido de ti.
¡¡ Eras tan joven aun !! - vuelve a remarcar Nico.
¿Te parecí joven cuando follamos? ¿Supe hacerlo bien?
¡¡ Jo Quique !! me deslumbraste, parecías tú el que sabía las
cosas que debíamos hacer, decías como teníamos que ponernos en cada ocasión para
poder obtener el mayor placer al follar.
Había mirado en una revista las diferentes posturas. Allí
decía que para la cogida sea perfecta se debe empezar por besarse, acariciarse,
tocarse todo el cuerpo, hacer que la carne de uno se ponga en contacto con la
del otro. Excitarse. Hacer que el deseo aumente. Es lo que llamaba los
preámbulos.
- Te echaste a mis brazos y nunca he recibido un beso tan
largo, tan esperanzador, tan apasionado y con tanta ansia como aquel.
- Seguro que te habré dado alguno similar en otras ocasiones
que hemos repetido la follada, pero recuerdas aquel porque puse en él toda el
ansia que había acumulado para que nuestros cuerpos se unieran para siempre.
Les falta de andar unos quinientos metros para llegar hasta
el puente y dejan de hablar para recrear, en su pensamiento, aquellos
maravillosos momentos que gozaron, en aquel mismo lugar, el año anterior durante
la primera vez que follaron, que sus cuerpos se unieron.
Para Quique haberse entregado totalmente a Nico, cuando ya lo
había hecho su alma y el corazón, solo sirvió para consolidar la entrega total
de su voluntad, de todo lo que era, lo que pensaba, lo que sentía. Si Nico era
hasta entonces su adalid, a partir de aquel momento, se convirtió en su dios,
quien gobernaba su mente, sus deseos, su todo.
Ha pasado un año desde entonces y se siente tan amado y
protegido que no cree haya nada bueno fuera del chico que quiere con todas sus
fuerzas. Es muy feliz a su lado e internamente cree que siempre sucederá de esta
forma.
Han follado desde aquel día muchas veces pero no puede ni
quiere olvidar aquel primer encuentro de sus cuerpos, cuando comprendió que el
amor puede materializarse en el sexo y una parte del ser que desde entonces supo
suyo, entraba en sus entrañas poniendo allí la semilla de sus gónadas.
Nico, que ahora tiene ya dieciséis años y comienza a pensar
como un juicioso adolescente, sabe que ama a Enrique. Después de poseer su
cuerpo, los primeros días se sintió mal, pensaba que no era el amor quien le
guió, sino un incontrolable deseo sexual. Pensaba se había aprovechado de la
inocencia de su amigo, de su entrega, de su inquebrantable amistad.
Fue después, cuando analizándose, se dio cuenta que era amor
lo que sentía hacia aquel chiquillo, se lo declaró y cuando comprobó que el
también le amaba con locura tranquilizó su conciencia. Por ello se siente, en
estos momentos, muy feliz amándole y cuidándole.
Fue Quique quien rompe el discurrir de los pensamientos.
- Aunque ibas medio derrengado el último kilómetro, lo
hicimos a tope y no nos importó el polvo y el calor que llevábamos encima. Aquel
día bajé corriendo desde la carretera hasta la orilla del río y para cuando
bajaste tu, después de dejar la bicicleta apoyada en el borde del puente, estaba
ya desnudo, tumbado sobre la hierba, esperándote.
E inicia a la carrera el recorrido del último tramo, seguido
de Tono pegado a sus pies, mientras grita.
- ¡¡ Sígueme !! ¡¡ Quiero me folles como en aquella ocasión
!!
Se extienden sobre el césped, uno al lado del otro, mientras
Tono se ha tumbado como a dos metros de distancia y vigila atentamente a su amo.
El lugar elegido era el ideal para desarrollar su acto de
amor, parecía que la naturaleza intentaba cooperar con ellos. Una fresca brisa
les refrescaba del calor sufrido durante la larga caminata y el susurrar de las
hojas de los sauces y alisas, de la orilla del río, les acompañaba como si fuese
una música nupcial. Solos, en aquel paraíso de frescor podían entregarse y
amarse con entera libertad.
Desearía disfrutar de nuevo lo que sentí aquel día - solicita
mimoso Quique - desde que tengo recuerdos siempre había sido tuyo, pero hasta
aquel maravilloso momento no sabía como estar totalmente en ti, ser parte de tu
cuerpo. Lo supe cuando tu semen penetró en mi interior y recorrió ardiente mis
entrañas. Pensaba "es mi Nicolás quien esta entrando en mí y se va a quedar para
siempre".
¡¡ Mi amor !!, ¡¡ mi vida !! - Nico acaricia el sonriente y
alegre rostro que le mira embelesado - hasta aquel momento pensé que Dios me
había dado un hermano. Así te traté siempre, pero supe que me había
proporcionado un compañero para que comparta conmigo todas las alegrías, dudas,
tensiones, pensamientos y deseos que se me presenten en la vida.
Propone el pequeño.
- Iniciemos el encuentro como lo hicimos, besándonos como si
nos fuera la vida en ello.
Los labios semi abiertos se acercan, lentamente, despacio,
hasta posarse el uno sobre el otro y mientras las lenguas se buscan, los brazos
entrelazan los cuerpos y cerrados los ojos, desmayados se entregan.
Nadie besará nunca como lo haces tú - elogia Quique a su
amigo cuando el oxígeno llega nuevamente a sus pulmones.
¡¡ Je !!, ¡¡ je !! ¿Recuerdas que me hablabas entonces de los
preámbulos? - rememora Nico.
Ya no necesito revistas pornográficas para saber lo que debo
hacerte - oye le contestan, mientras siente que una mano agarra su polla y la
meten en una boca.
Nadie mamará nunca una verga como lo haces tú - devuelve Nico
el elogio que recibió anteriormente por su beso al sentir pasar una lengua
dulcemente por su rosado y descubierto prepucio.
Chupémonos a la vez - se piden, mientras toman la postura
adecuada para mantener sus vergas en las bocas.
Tono hace mención de acercarse cuando ve que Nico se ha
puesto encima de su amo, oye el rechupeteo que hacen al lamerse y los ve
retorciéndose y convulsionando, pero vuelve a su postura inicial al comprobar,
por la mirada luminosa de su dueño, que no le pasa nada malo, que debe de estar
haciendo algo, que a su instinto le dice, le está proporcionando gozo y placer.
Paran su ardiente 69 para evitar correrse tan pronto y al
iniciar otra postura para continuar su sesión de sexo, Tono, cuidando a su
dueño, gruñe y hace nuevamente mención de acercarse.
Nico que se ha cabreado por estos continuos movimientos del
perro, temiendo le muerda en algún momento, solicita a su amigo.
Ordena a ese asqueroso chucho se esté quieto.
Si le hicieras caricias alguna vez seguro te querría como a
mí.
No quiero tocarle, es capaz de llevarme la mano.
¡¡ Quieto Tono!!, no me pasa nada. Este que ves es la persona
que más quiero en el mundo, no me hace ningún daño, al contrario, me ama y está
haciendo muy feliz. ¡¡ Quiérele tú también !!.
El perro parece entenderle porque, aunque continua con su
mirada atenta a lo que ocurre ante él, no vuelve a hacer ningún gesto de
acercamiento cuando los muchachos se abrazan, se tumban uno encima del otro o
mueven compasados sus cuerpos que mientras permanecen enganchados por la verga
que Nico tiene metida en el culo de Quique.
Los recuerdos que les inspira el lugar accionan sus manos que
buscan repetir las caricias que se hicieron hace un año, pone las mismas
pronunciadas palabras cariñosas en sus bocas o balancea sus cuerpos en una
cogida idéntica a la que disfrutaron. Solamente la follada se diferencia de
aquella ocasión en que ahora la palabra amor permanece continuamente en sus
labios.
Me estas produciendo tanto placer como entonces, mi amor - se
le oye jadear a Quique, que con el cuerpo de rodillas y agachada su cabeza,
presenta una perfecta postura de su trasero para que la polla de su amigo entre
y salga con facilidad de su orto.
Amor, tienes mejor culo que el año pasado, te ha crecido y
engordado - se ríe Nico que mientras le folla, amasa cariñosamente las nalgas
que tiene delante.
- Me ha crecido todo el cuerpo ¿Te gusto más? - pregunta
Quique que a la vez de recibir el placer de sentirse enculado, se frota
enérgicamente la polla que durante el último año ha crecido hasta alcanzar una
longitud considerable.
¿Cómo no me va a gustar el más bello, lindo, hermoso, sublime
y maravilloso trasero del mundo?
La lisura recibida hace que Quique multiplique sus
convulsivos movimientos, retuerza más su ágil cuerpo y obtengan así más placer.
Inicia ambos los postreros movimientos de su cogida, como
hace la traca final de una sesión de fuegos de artificio en la que se queman los
restos en un enorme estruendo, que les llevarán al derrame de su semen, entre un
rosario de gemidos, ayes y gritos, algo contenidos en el caso de Nico, por la
presencia de Tono del que sigue sin fiarse.
Cuando las entrañas de Enrique reciben el ardiente jugo de su
amor, desmaya su cuerpo, y a la vez está expulsa la lechada que solicitaba a sus
testículos mediante el frotamiento de su verga.
Durante unos minutos quedan al borde del agua, tumbados sobre
la verde y fresca hierba, quietos y agotados, reponiéndose de su sublime
folleteo.
Pero han ido hasta allí, no solo para celebrar el aniversario
de su primera cogida, también lo habían hecho para nadar en el río Ebro y
mientras Quique atiende los arrumacos que Tono le está solicitando y haciendo al
verle de nuevo libre, Nico se ha acercado hasta el borde del río y prueba el
agua metiendo un pie dentro de ella.
¿Cómo está? – pregunta Quique
Cojonuda – contesta Nico pero retira el pie con rapidez.
Lo mejor es entrar de golpe - propone Quique acercándose.
Mi padre dice que hay que mojarse antes las muñecas y el
estómago.
Vale.
Penetran en el río, se mojan las muñecas y cuando van hacerlo
con el estómago, sin saber quien lo inicia, empieza una lucha de agua entre
ellos que les moja completamente todo el cuerpo. Después se empujan hasta caer
sobre el fresco líquido y nadan en círculo, intentando moverse mucho para
igualar la caliente temperatura de su piel a la del río y no sentir el frío de
la corriente.
Tono mientras se ha echado en la orilla y los contempla.
Siguen jugando así durante bastante tiempo. Están disfrutando
de un maravilloso baño después de haberse amado Se empujan, se tiran agua, se
meten uno a otro la cabeza debajo del líquido.
Al cabo Quique parece que empieza a sentir frío y como aun
hace bastante calor fuera del agua, pues el sol aun no ha declinado, propone.
- Nico vamos fuera ya, empiezo a tener frío,
Su compañero más grueso, con algo más de grasa en su cuerpo,
nota menos el frío o aparenta que es así.
- No salgas, sigamos un poco más, lo estamos pasando bien.
- Yo me salgo.
Quique se sale del río, corre un poco por la orilla y se
sienta donde mejor recibe los rayos del sol, a esperar que su amigo decida
salirse también.
Nico aunque se aburre solo, no quiere demostrarlo e intenta
darle envidia.
- Quique, mira lo que te estás perdiendo.
Ha buscado diversión un poco más abajo de donde han estado
nadando y comenzado a subirse y saltar al río desde una gruesa rama de un alto
árbol, que en la orilla, se eleva sobre el agua.
Se tira una y otra vez desde la rama y cuando emerge su
cabeza sigue haciéndose envidiar.
- ¡¡ Quique esto es la hostia !! ¡¡ No sabes lo cojonudo que
es!! ¡¡ Lo bien que podemos pasarlo aun tirándonos "chombos"!! ¡¡ Métete de
nuevo!!.
Nuevamente intenta subirse a la rama, pero no se ha dado
cuenta que estaba bastante seca y que con sus tirones anteriores, medio se ha
desgajado de su unión al tronco y en cuanto se agarra a ella y hace presión para
elevarse, se desprende, arrastrándole y sumergiéndole en la zona peligrosa de la
corriente.
Quique que espera ver a Nico subir rápidamente a la
superficie, nota angustiado, mirando ansioso la corriente desde el borde del
río, que está pasando demasiado tiempo y no ve emerger la cabeza de su amor.
Cuando se aclara algo el agua que se había enturbiado, divisa
aterrado a Nico, que encerrado entre una maraña de ramas, intenta soltarse y
subir al aire.
Ordena a Tono que se lance al agua y socorra a su amado
amigo.
- ¡¡Tono, al agua !! - le grita.
El perro parece entender lo que le dice pero llega a la
orilla, ladra y se vuelve una y otra vez hacia Quique, como diciéndole:
- Si fueras tú saltaría pero para sacar a ese no quiero.
Quique comprende que no debe de perder tiempo si quiere
salvar al amor de su vida. Se lanza al agua de inmediato. Nada hasta la zona
donde Nico está hundido e intenta bucear y asirle.
No le encuentra en este intento, se sumerge de nuevo y
haciendo acopio de todas sus fuerzas, profundiza lo que nunca y consigue de
pronto agarrar una mano que nota ya exangüe.
Cuando intenta subir a la superficie, llevando arrastrando el
cuerpo de Nico, comprueba asustado que su cabeza y brazo libre, han quedado
atrapados por la misma maraña vegetal que enganchó a Nico.
Por más esfuerzos que hace no se desprende de aquella tela de
araña de ramas entrelazadas. El aire le falta, sus pulmones están a punto de
estallar y sin darse cuenta comienza a tragar agua.
Cuando la situación se hacía angustiosa, y al ver que su
querido dueño no aparece Tono se lanza al agua y se acerca nadando rápidamente a
la zona.
- ¡¡ Ahora es su amo el que necesita ayuda !! - parece le
dice su instinto.
Se sumerge, nada casi hasta el fondo del río, agarra entre
sus dientes una mano que flota bajo el agua y arrastra el cuerpo de su dueño,
que no habiendo perdido completamente el conocimiento, se ase al pelo del
animal. Tono arrastra en su reflotamiento también a Nico, que permanece unido a
Quique por la mano que éste no ha soltado.
Cuando Quique saca la cabeza del agua y sus pulmones, aunque
tosiendo, pueden llenarse nuevamente de aire, nada junto a Tono, hasta la orilla
donde Nico queda tumbado inconsciente.
Recuerda entonces una clase que les dieron en la escuela
sobre salvamento y la manera de hacer la respiración artificial. Prepara a Nico
en la postura que le enseñaron y entre lágrimas, comienza a ejecutar los
movimientos que aprendió.
- ¡¡ Tono, mi amor no da señales de vida !! - dice llorando a
su perro que se ha tumbado a su lado y pretende lamerle.
Continúa incansable haciendo la respiración artificial que le
han enseñado y al cabo de un rato, cuando sus fuerzas comienzan a faltarle, su
querido Nicolás tose y comienza a expulsar, entre arcadas y toses, por la boca
parte del agua tragada.
- ¡¡ Estás vivo!! - grita jubiloso y redobla el esfuerzo.
Pasan los minutos y Nico da cada vez más muestras de
recuperación. Cuando está del todo consciente se abraza y besa a su salvador.
- ¡¡ Amor mío, gracias !!
Quique le devuelve la caricia.
- Nico, el verdadero valiente ha sido Tono. ¡¡ El nos ha
salvado a los dos !!.
Nico se vuelve hacia Tono que permanece junto a él, esperando
una caricia de reconocimiento. Por vez primera posa su mano sobre la cabeza del
noble animal y de su boca salen palabras de elogio, reconocimiento y amistad.
Gracias Tono, perdóname, desearía fuéramos desde hoy amigos.
El perro, cuando vuelven andando de nuevo hacia el pueblo,
deja de marchar cinco pasos detrás de ellos, para ponerse entre los dos y
avanzar contento, moviendo alegre su cola.