Claudia siguió entregándose durante un tiempo a sus prácticas
de spankee con la mucama a espaldas de su madre, hasta que sorpresivamente y sin
explicación alguna, la señora despidió a Blanca.
-Estoy segura de que mamá algo sospechó y por eso hizo que se
fuera. –se decía Claudia a menudo lamentando que la mutua imprevisión la privara
de toda manera de encontrar a Blanca.
A partir de ese momento vivió varios años muy duros, sin
nadie que le calentara el culo cuando se portaba mal. La imagen de Blanca estaba
todo el tiempo en su mente. En los últimos tiempos, la mucama había dado rienda
suelta a su naturaleza profunda y no sólo la azotaba sino que además la tenía
dominada.
Cada vez que entraba al cuarto de la joven ésta debía
saludarla de rodillas besándole la mano, gesto que causaba en la mucama una
intensa satisfacción.
En la intimidad, Claudia estaba obligada a llamarla Señora
Blanca, no podía mirarla a los ojos y tampoco hablar sin pedirle permiso.
Todas estas imposiciones le habían revelado a la joven su
condición de sumisa y cuando tras el despido de la mucama ya no tuvo a quien
obedecer, porque su madre había abandonado definitivamente la pretensión de
dominarla, se encontró en medio de la desolación más absoluta. Pero el azar vino
una tarde en su auxilio. Ocurrió que Claudia se encontró en la calle con una
amiga que conocía a Blanca y a la que le contó que su madre la había despedido
sin razones aparentes.
-En verdad me gustaría pedirle disculpas por lo que hizo mamá
tan injustamente ¿sabés?, pero no tengo cómo ubicarla.
-No te preocupes, Clau. –fue la respuesta. -yo tengo su
teléfono.
Claudia anotó el número, se despidió con el corazón
alborotado y al llegar a su casa llamó a la ex mucama. Al escuchar su voz sintió
que las mejillas le ardían y respirando agitadamente le dijo:
-Hola, Blanca, te habla Claudia, yo quería pedirte disculpas
por...
-Señora Blanca. –corrigió la ex mucama. –Olvidaste como debés
tratarme ¿eh, mocosa insolente? Se nota que hace tiempo que no te caliento el
culo.
-Sí, sí, perdón, Señora, es que... bueno, como le decía, yo
quiero pedirle disculpas por lo que le hizo mamá sin ningún motivo.
-¿Y cómo pensás que puede remediarse eso?
-Bueno, yo... yo estoy dispuesta a... a hacer lo que usted
quiera...
Al escucharla, Blanca respiró hondo y agradeció a la suerte
que ponía otra vez a su disposición un bocado tan delicioso. Se le hizo agua la
boca y volvió a verla corcoveando y gimiendo sobre sus rodillas, suplicando en
vano, frotándose llorosa las nalgas enrojecidas después de la paliza.
-Pasaron tres años. –le dijo. -¿Qué haces ahora, seguís
estudiando?
-No, abandoné, ahora trabajo. –le explicó Claudia. –Soy
productora comercial en una radio. ¿Y usted?
-Yo estoy muy bien, mi esposo tuvo un ascenso en su trabajo y
gana un muy buen sueldo, así que ya no tengo que fregar trapos ajenos ni
aguantar que me humillen como lo hacía tu madre por unas monedas miserables. –y
al recordar esos 10 años en casa de Claudia, deslomándose de la mañana a la
noche, soportando el despotismo de la patrona y los frecuentes desplantes de la
hija que ahora se le entregaba tan mansita, tuvo de pronto una idea que le
permitiría saborear hasta la última gota el exquisito licor de la venganza.
-Me alegro mucho, señora Blanca. –le dijo Claudia sacándola
de la ensoñación en la que había entrado imaginando el futuro inmediato que el
destino le deparaba.
"No sabés la que te espera" –pensó mientras le preguntaba a
su ex patroncita:
-¿Y qué horario tenés en tu trabajo?
-Visito clientes hasta las cinco de la tarde, después paso
por la radio y a las seis estoy libre. –explicó Claudia.
-Bueno, a esa hora venite para aca. Mi esposo mañana desde la
oficina se va a lo de su madre y cena con ella, asi que vamos a tener mucho
tiempo para estar solas.
-Sí, señora, así lo haré. –contestó la joven sintiendo que
había empezado a mojarse.
Blanca colgó y de inmediato fue al dormitorio, abrió una de
las puertas del placard y extrajo el rebenque de campo que había heredado de su
padre.
-Llegó el momento de mi desquite. –se dijo. -Ahora sí que vas
a saber lo que es bueno, mocosa. –y sus labios se curvaron en una sonrisa
perversa.
Claudia, mientras tanto, encendió un cigarrillo con gesto
nervioso y volvió a sentirse invadida por ese deseo que nunca se había atrevido
a confesarle a Blanca: que fuera su madre por un momento y después de alguna
paliza le diera de mamar.
Al día siguiente, a las seis y cuarto de la tarde sonó el
timbre y Blanca se dirigió presurosa a la puerta, abrió y ahí estaba su presa,
tan apetecible como siempre, el cabello oscuro y largo, los pechos abultando
tentadores bajo la remera blanca y la campera, y esas piernas tan bien torneadas
que la minifalda de jean descubría muy generosamente.
Blanca la observó de arriba abajo con una mirada lenta y
escrutadora que hizo enrojecer a Claudia, después se aparto y le dijo
imperativa:
-Vamos, entrá.
Claudia quiso darle un beso, pero la otra apartó la cara,
cerró la puerta y le dijo:
-Nada de besitos. Sabés muy bien cómo tenés que saludarme.
La joven vaciló un tanto desconcertada; esperaba un
recibimiento más formal y que los acontecimientos se fueran sucediendo poco a
poco, pero enseguida apoyó su bolso en el piso, se arrodilló y besó cerrando los
ojos y respirando agitada esa mano que la dueña de casa le tendía.
Blanca no era lesbiana, pero Claudia, desde que comenzara a
azotarla, le provocaba un deseo sexual indisimulable. Muchas veces había
alcanzado el orgasmo mientras la nalgueaba sobre sus rodillas y ahora el roce de
esos labios en su mano la había estremecido de pies a cabeza.
Fueron al comedor, Claudia adelante y Blanca con sus ojos
clavados en esas nalgas redondas, carnosas, firmes y empinadas bajo la corta
pollerita.
Claudia ocupó una silla y entonces Blanca la increpó:
-¡¿Quién te autorizó a sentarte, mocosa insolente?! ¡Parate,
vamos!
La joven se puso de pie, coloradísima y asustada.
Blanca se sentó en el sofá y con tono firme le ordenó que
juntara las piernas, que bajara la cabeza y colocara las manos en la espalda.
-Te voy a enseñar como comportarte ante mí y mas te vale que
lo aprendas. –le dijo.
-Sí, señora... perdón... –contestó Claudia comprendiendo
definitivamente que nada sería como ella lo había imaginado y que esa mujer le
estaba imponiendo de entrada las reglas de un juego que advertía peligroso y
excitante a la vez.
-Bueno, vamos a ver. –le dijo Blanca. ¿Así que me buscaste
para pedirme disculpas por lo que me hizo tu mamita, eh?
-Sí, señora, es que...
-¡Mentira! Me buscaste porque ya no aguantás andar con las
nalgas frías, porque extrañás esas palizas que yo te daba, porque necesitas de
alguien que te mande y te tenga a rienda corta, como te tenía tu mamita antes de
ablandarse y como empecé a tenerte yo hasta que ella me echó a la calle como a
un perro... ¿Me equivoco, mocosa?
Claudia sentía arder sus mejillas mientras los latidos de su
corazón se aceleraban más y más. Respiraba agitadamente y no podía hablar.
-¡Te hice una pregunta! ¡Contestá! –le gritó Blanca.
Claudia tragó saliva y respondió articulando dificultosamente
cada palabra:
-No... no se equivoca... No se equivoca, Señora...
Blanca lanzó una carcajada y comenzó a estrechar el cerco en
torno de su presa.
-Muy bien. –dijo echándose hacia atrás en el sofá y
envolviendo a la joven en una mirada ardiente. –Te voy a explicar cómo serán las
cosas. Fui mucama en tu casa durante diez años ¿no es cierto?
-Sí, señora.
-Trabajé de la mañana a la noche y aguanté humillaciones de
tu mamita y muchos desplantes tuyos por un sueldo miserable.
-Bueno, es que...
.¡Callate! ¡No te autoricé a que hablaras!
Claudia enmudeció y siguió escuchando a Blanca estremecida
por un temblor que no podía controlar.
-Pero ahora todo cambió, mocosa. Ahora estás en mis manos.
Ahora soy soy yo quien manda. Soy yo la patrona y vos vas a ser mi mucama, la
sierva de esta casa. Te quiero acá cada vez que yo te llame para que hagas
limpieza, laves y planches ropa, cocines y me sirvas la cena.
Claudia no podía creer lo que estaba escuchando. Por un
momento sintió el impulso de irse, de escapar de esa trampa en la que ella misma
se había metido, pero una fuerza irresistible la mantenía paralizada ante esa
mujer que se le estaba revelando en toda su naturaleza de dominante y a la que
se sentía irremediablemente sujeta.
-Así serán las cosas. ¿Entendido, Claudita? –le preguntó
Blanca en tono burlón.
-Sí... Sí, señora... –contestó con un hilo de voz y resignada
a su suerte.
-Muy bien. Y ahora sacate las zapatillas. –le ordenó la dueña
de casa.
Claudia obedeció y entonces Blanca le dijo:
-Ahora quitate la pollera y la bombacha.
-¿Qué me va a hacer? –se atrevió a preguntar.
-Te voy a dar por todo lo que no te di estos años.
-Ay, no, señora, por favor, no...
Blanca rió a carcajadas y le dijo:
-¡¿No?! ¡Vamos, mocosa, si es eso lo que están esperando esas
hermosas nalgas hambrientas de azotes! ¡Vamos! ¡sacate la pollera y la bombacha
de una buena vez!
Claudia se quitó ambas prendas con manos temblorosas y
entonces Blanca le ordenó que se inclinara sobre la mesa. Lo hizo sin poder
contener los sollozos y ya en posición vio a Blanca dirigirse al dormitorio y
volver enseguida empuñando el rebenque y mirándole el trasero mientras se le
acercaba por detrás sonriendo sádicamente.
La joven no había visto nunca ese temible instrumento de
castigo en manos de Blanca y se asustó ante lo que le esperaba. La mujer se dio
cuenta y emitió una risita burlona.
-No probaste nunca este lindo juguete, Claudia, pero cuando
empieces a sentirlo en el culo vas a entender que te conviene ser una sirvienta
aplicada y muy obediente, jejeje. –después obligó a la joven a abrir la boca y a
sostener entre los dientes el mango del rebenque mientras le palpaba cada vez
más excitada esas hermosas nalgas que había añorado durante tanto tiempo. Tras
gozar unos instantes acariciando ese firme trasero que tenía a su entera
disposición y muy complacida por el curso que estaban tomando los
acontecimientos le quitó a la joven el rebenque de la boca, volvió a colocarse a
sus espaldas y le dio el primer azote que le arrancó a su víctima un prolongado
grito de dolor.
-Duele, ¿no es cierto, mocosa? –se burló Blanca observando
excitada el surco coloreado que la lonja había dejado en una de las nalgas de
Claudia, y siguió castigándola.
Muy pronto la joven fue incapaz de seguir resistiendo el
dolor, aumentado por la sensibilidad de sus nalgas después de tanto tiempo sin
azotes, y trató de esquivar los golpes moviéndose hacia uno y otro lado mientras
pataleaba desesperadamente, lanzaba verdaderos aullidos a cada rebencazo y se
aferraba con fuerza a los bordes de la mesa
Su culo se veía ya cubierto de marcas que a medida que la
paliza continuaba se iban uniendo unas a otras extendiendo una mancha rojiza por
todo el culo, desde poco más abajo de la cintura hasta el nacimiento de los
muslos.
-¿Vas a ser una buena sirvienta, Claudita? –se burló Blanca
suspendiendo por un momento la zurra. La joven, ahogada por el llanto, se veía
impedida de contestar y cuando pudo articular una frase, ésta fue una súplica
que desde luego no conmovió en absoluto a la dueña de casa que, por el
contrario, se inclinó sobre el rostro de Claudia y le dijo:
-Soy una patrona muy dura, mocosa, como lo fue tu madre
conmigo, y supongo que te estás dando cuenta ¿cierto?
-Por favor, señora Blanca... snif... snif... no... no puedo
más... no siga pegándome... se lo... snifff... snifff... se lo suplico...
-La paliza terminó, pero no creas que lo hago por piedad sino
porque si sigo vas a quedar en un estado tal que voy a tener que tirarte en la
cama en lugar de ponerte a trabajar. –le dijo Blanca poniendo de relieve la
crueldad de la que era capaz. La incorporó tomándola del pelo sin miramientos y
sonrió satisfecha al ver la cara de Claudia arrasada en lágrimas. Después le dio
un empujón y le ordenó que fuera al baño a refrescarse un poco el culo en el
bidet.
-Y volvé inmediatamente que tenés mucho que hacer.
¿Entendido?
-Sí, señora... sí... –contestó la joven entre sollozos y
empezó a caminar hacia el baño refregándose las nalgas que le ardían como si
estuvieran siendo abrasadas por el fuego.
Al quedarse sola, Blanca se sentó en el sofá, se echó hacia
atrás con una amplia sonrisa de satisfacción y pensó en esa impensada
generosidad del destino que le había devuelto a Claudia e incluso tan plenamente
como no la había poseído nunca antes.
-Esto recién empieza. –se dijo frotándose las manos y mirando
en dirección al baño, agregó:
-Ya vas a ir sabiendo quién soy, mocosa, jejeje...
Mientras tanto, Claudia se levantaba del bidet ya más
aliviada por ese refrescante contacto de sus nalgas con el agua fría. Se lavó la
cara y después de secarse se miró al espejo:
-Dios mío... –se dijo. ¿por qué no puedo escaparme de aquí?
¿por qué no vuelvo al comedor, me visto y salgo disparando para no volver nunca
más y olvidarme para siempre de ella? ¿por qué aunque me resulte increíble me
siento excitada si debería estar indignada por la humillación a la que me somete
convirtiéndome en su sirvienta?... Nunca ni mamá ni ella me habían dado tan
fuerte y sin embargo a pesar de que me dolió horrores esa paliza siento que no
puedo escaparme... que me tiene dominada y en su poder.
Salió del baño con los ojos llenos de lágrimas otra vez y con
la cabeza gacha fue hacia Blanca y le dijo:
-Aquí estoy a su disposición, señora... –y pensó: "mi camino
ya no tiene retorno"...
-Y más te vale que no te retobes y hagas muy bien tu trabajo
de sirvienta. –le advirtió Blanca ya de pie e imponiéndose con autoridad desde
su estatura diez centímetros superior a la de Claudia, y su proporcionada
corpulencia.
-¿Puedo volver a ponerme la bombacha y la pollera, señora?
–se atrevió a preguntar la joven.
-Todo lo contrario. –fue la respuesta. –Te vas a desnudar del
todo, así no te preocupas por cuidar la ropa y pones toda la atención en las
tareas que tenés que hacer.
Claudia contuvo una protesta, por miedo a ser nuevamente
azotada, y se quitó entonces la campera y la remera, exhibiendo totalmente ante
Blanca la belleza de su cuerpo desnudo. Cuando Blanca la azotaba siendo su
mucama nunca se había mostrado desnuda ante ella y estarlo ahora le producía una
mezcla de sensaciones, vergüenza y excitación al mismo tiempo, y el advertir eso
hizo que se pusiera colorada.
-Andá a dejar esa ropa en el dormitorio y volvé enseguida.
–le ordenó la dueña de casa y cuando Claudia estuvo de regreso en el comedor le
enumeró las tareas que debía hacer: planchado de varias camisas, lavado de
vajilla que Blanca había dejado a propósito y, por último, cocinar y servirle la
cena.
"Dios, parezco una verdadera sirvienta", pensó la joven y se
aplicó de inmediato al trabajo bajo la mirada vigilante de Blanca, que empuñaba
su temible rebenque.
Planchó camisas del esposo, lavó la vajilla y, por último, se
encargó de preparar las hamburguesas con arroz que serían la cena de la señora.
Tendió la mesa y sirvió todo con diligencia mientras Blanca la observaba sentada
a la mesa, sobre la cual había dejado su rebenque.
Antes de empezar a comer le dijo a Claudia:
-Te quedás parada al lado mío y atenta a mis órdenes. ¿Oíste?
-Sí, señora. –contestó la joven.
Durante la cena debió reponer varias veces la gaseosa en la
copa y trozar más pancitos, cuando Blanca se lo indicaba.
Finalmente le alcanzó una manzana de la heladera y permaneció
de pie, inmóvil y en silencio hasta que Blanca se incorporó y le ordenó que
levantara la mesa, lavara la vajilla, se vistiera y se retirara, porque su
marido no tardaría mucho en llegar.
Claudia lo hizo todo presurosamente y cuando estaba por
marcharse la dueña de casa le preguntó:
-¿Tenés celular?
La joven contestó afirmativamente y entonces Blanca le exigió
el número.
-Así te voy a tener bien controlada de la mañana a la noche.-
Después la llevó a la puerta y Claudia la saludó como debía,
de rodillas y besándole la mano, totalmente sometida a la dominación de esa
mujer de la que ya no podría escapar.
(continuará)