(Aviso para lectores: si eres una persona creyente, mucho ó
poco, te recomiendo con respeto que inmediatamente evites este relato. El
protagonista no es creyente, y sus opiniones pueden resultarle ofensivas a quien
lo sea. El Autor no se hace responsable de que este aviso sea ignorado, pero
leeré con placer cualquier crítica hacia lo aquí descrito. Be always semen, my
friend...)
En los relatos eróticos con temática religiosa, para bien o
para mal, los curas, sacerdotes, monjas, monaguillos, etc., no suelen salir
demasiado bien parados. En ellos se percibe de un modo claro que la represión de
nuestros instintos más primarios desemboca irremediablemente en un oasis de
perdición. Lo más habitual es el estilo "El Padre Ramón me tocaba por debajo de
la sotana", religiosos que se aprovechan de su poder celestial y divino, de
estar por encima del Bien y del Mal, de transmitir por sus labios la palabra y
el mensaje del Señor; lo aprovechan para desahogar sus frustraciones sexuales
(libremente escogidas, ¿no?).
Los curas y los monaguillos suelen ser los protagonistas de
estos morbosos relatos, y las catequesis y capillas el lugar idóneo para llevar
a cabo estos sacrilegios de la carne. El Padre Sobón y el Monaguillo Calentón
van de la mano para disfrute de muchos y desagrado de algunos. Estos últimos ya
han sido avisados, ¿no? ¿Por qué seguís leyendo, entonces?
..........
¡¡¡Me gustaría saber de dónde cojones sacan a esos jodidos
críos predicadores de la Verdad Divina, todos tan rubios, tan jóvenes y bellos,
y con el cerebro tan perjudicado!!! Aún espero el día en que se me acerque un
tipo gordo, feo, calvo y con halitosis a ofrecerme la Salvación Eterna si me
decido a seguir los designios de su querido Dios...
Los veo por las calles y me asustan porque me recuerdan a la
película "El Pueblo de los Malditos", todos con esos cabellos de paja, media
melena o pelo corto, esos trajes negros que les da el infinito poder de una
buena imagen, niños que se sienten adultos en su envoltorio de tela cara. Llevan
carpetas con dossieres sujetos a sus manos, y siempre van en grupos de tres o
cuatro, con sus pintas de yanquis o finlandeses perdidos en la España más
profunda. A mí no me han asaltado nunca por la calle, siempre parecen llevar un
destino concreto; no da la impresión de que vagabundeen entre las aceras a la
búsqueda de Almas Perdidas.
Suelen ir por las casas, normalmente a horas matinales en que
los maridos ya se han ido al tajo. A mí me pillaron en mi piso de Fuenlabrada
(ciudad fronteriza del sur de Madrid, famosa por sus gimnasios repletos de
testosterona heterosexual, ¿verdad, Edu?), y sólo porque a finales de mes cambié
de curro y tuve tres días libres entre salir de uno e incorporarme al otro. Era
mi última mañana libre entre semana, y no había necesitado más que las dos
anteriores para sentir que eso de percibir la rotación del Sol desde la cama,
luego desde el sofá, es un gozo que te cagas.
Finales de mayo, un calor cojonudo, las ventanas abiertas,
los relajantes sonidos del parque en la parte posterior de mi edificio; yo con
unos calzoncillos súper holgados, sin camiseta, haciendo zapping entre "Las
mañanas de Cuatro", la cocina de Inés Ballester y los cotilleos de Ana Rosa. La
casa más desordenada que cuando trabajaba nueve horas, porque perrear es lo que
tiene: que se te mete dentro como un veneno, y cuanto menos haces, menos quieres
hacer.
¡Y entonces suena el puto timbre!
Yo acababa de pegarme una buena carcajada, por la idiotez
supina de alguno de los tertulianos con ínfulas de periodistas que amenizan esos
espacios con sus "importantes conocimientos". Se me cortó la risa con el jodido
timbrazo, pues no me gusta su sonido. Además, si no esperas a nadie, siempre
suele ser por tocar las pelotas: publicidad, comerciales de seguros de hogar,
que parece que estén deseando que se te incendie la casa para decirte "Ya te lo
advertí"...
Pues eso, que se me cortó la risa de golpe, pero mi espalda
estaba ya tan encajada en el sofá que ni me planteé la posibilidad de
arrastrarme hasta la puerta. Incluso, para dar la impresión de que en mi piso no
había nadie, bajé un poco el volumen de la tele y me quedé expectante, por si
oía voces que se alejaban, o el timbre de mis vecinos. Eso suele indicar que han
desistido de su intención de importunar. Un momento de tensión, el tertuliano
que seguía diciendo estupideces, y mi concentración dispersándose por el salón
en dirección a la entrada.
¡Y dale con el timbre!
El hecho de que insistan cuando nadie ha respondido a la
primera llamada sólo lleva por dos caminos: o la persona que está en la casa
aguanta estoicamente y se acaban marchando, o pierde la paciencia y se decide a
abrir con el humor crispado. Eso fue lo que hice. Mosqueado porque vinieran a
perturbar mi tercera y última mañana de perreo en casa, me enfundé una camiseta
de tirantes (ancha y fresca) de mala manera, caminé descalzo y sigilosamente
hasta la puerta del recibidor, y allí me asomé a la mirilla de un modo poco
discreto, todo hay que decirlo.
Eran tres. Primero sólo me parecieron tres cabezas rubias
flotando sobre unas ropas oscuras como de funeral, y si no les hubiera visto (a
ellos o a sus clones) alguna que otra vez por el barrio, hubiese pensado que
venían a darme la peor de las noticias: una defunción, un embargo, el fin del
Mundo... Muy rubios, oxigenados de un modo casi inhumano, tres caritas de niños
buenos con una sonrisa perfecta y unos ojos claros clavados en el agujerito
diminuto que para ellos debía ser la mirilla de mi puerta. El más alto fue el
que tomó la iniciativa, y aunque no vi sus manos, sí noté que se movía
ligeramente un segundo antes de escuchar los golpes de nudillos contra la
madera. ¡Uff, estaba claro que me habían visto!
Sólo quien ha estado tres días encerrado en casa, en la más
absoluta y pasiva de las inactividades, es capaz de reconocerse en el patético
aspecto general de una vivienda como la mía en ese instante. Yo, sin ducharme ni
afeitarme desde el domingo (aquel lejano domingo...), refrescado sólo por las
escasas corrientes de aire circulantes por el piso; éste convertido en un
remolino de ropa limpia por guardar y ropa sucia por lavar. La cocina, con los
mismos cacharros que si hubiera montado una cena con todos mis colegas. Latas de
cerveza y de refrescos por aquí y por allá, los ceniceros casi desbordados; en
definitiva, un caos tremendo.
Si quienes esperaran al otro lado de la puerta fueran mi
madre y mi padre, en ese instante habría querido fundirme con las baldosas del
suelo, evaporarme. Pero al ser aquellos tres jovencitos soplapollas, tan
asépticos como un quirófano antes de operar, limpitos y planchaditos, apestando
a arrogancia por cada uno de sus poros, decidí que me la sudaba mucho lo que
pensaran de mí si les daba acceso al "palacete". Abrí la puerta con la cara de
perro más desagradable de mi repertorio, y les escupí un "¿Qué coño pasa, con
tanto llamar?" bastante significativo.
-Hola, vecino, disculpe que le hayamos molestado -fue el más
alto el que me habló, con la misma sonrisa de capullo que su escolta de gemelos
dorados; aquellos tres robots parecían muy bien diseñados para desempeñar su
función, pues ni siquiera tuvieron la lógica reacción de mirar de arriba a abajo
al personaje (en este caso yo) al que venían a venderle "su Verdad"-. ¿Tiene dos
minutos para nosotros?
-Pues lo siento, pero no -me rasqué los huevos sin ninguna
contemplación, esperando que eso les ahuyentara sin remedio.
Si ya me jode que me hablen de usted, que sólo tengo 23 años,
aunque bien aprovechados (ya sabes, Edu, que todo lo vivido es todo lo
aprendido), más me jodió en ese momento darme cuenta de que cada intento que
hiciera yo por ahuyentarles era sólo un arma más para que aquellos tres niñatos
sintieran que tenían que salvarme de la vida de perdición a la que estaba
abocado. Si rascarse las pelotas es un acto de pasotismo sublime, al mismo
tiempo que una falta de respeto para quien tienes delante, ellos debieron ver el
Cielo abierto ante aquella actitud: habían topado con una auténtica oveja
descarriada.
-Sólo queremos ponerle sobre aviso de lo que está a punto de
pasar, informarle de que aún está a tiempo de salvarse -el más alto seguía
siendo el portavoz de aquel coro celestial-. Dios quiere que usted se salve,
señor, que elija el camino correcto, y por eso nos ha mandado hasta aquí, para
advertirle de que aún es posible su salvación.
-¿Y cómo coño ha conseguido Dios mi dirección?
Es evidente que no tenía intención alguna de perder más de
quince segundos con aquel charlatán y su comparsa silenciosa. Sé que ellos
simplemente estaban haciendo "su trabajo" (incluso admito que tal vez se
creyeran su propia palabrería de manual), pero me habían despegado del sofá, no
eran ni las once de la mañana de mi último día libre, y su aparente perfección
me llevaba a sentir unos irrefrenables deseos de mearles encima de aquellos
trajes impolutos.
-Dios está en todas partes, señor. Él lo ve todo. Él lo sabe
todo.
-Y si lo sabe todo, ¿por qué cojones no os ha avisado de que
si llamabais a mi puerta íbais a perder el tiempo?
-Porque para Él no es perder el tiempo intentar salvar del
Infierno a uno de sus siervos -me dijo con toda naturalidad y con unos reflejos
mentales dignos de admiración.
No me entendáis mal, que seguía queriendo mearles encima,
pero se debe reconocer que los chicos eran muy aplicados. El que hablaba por su
capacidad de reacción, y los otros por su inmóvil pero impactante presencia
pasiva y de apoyo. "Mira, guapo", le dije, un poco harto ya de tanta tontería,
"yo no soy siervo de nadie, ¿me entiendes? Y en vez de dejar que os coman la
cabeza con esas idioteces, deberíais estar por ahí, como los demás chavales de
vuestra edad, intentando echar un polvo, o sacaros unas pelas para pillar unas
litronas el fin de semana. Saldríamos todos ganando", fue mi última frase antes
de dar un paso atrás y disponerme a cerrar la puerta.
-Perdone, señor -apoyó una mano contra la madera, pero no
como si quisiera entrar, si no como si sólo pretendiera decir sus últimas
palabras-. Permítame decirle que el mensaje de Dios puede llegar de múltiples
formas: a través de la oración, por medio del respeto al prójimo, o incluso
atacando de frente las tentaciones del Mal.
-Amén, colega -ironicé-. ¿Y eso qué coño quiere decir
exactamente?
-Si nos pudiera dedicar unos minutos a mis Hermanos de
congregación y a mí, le podríamos relatar las innumerables ventajas de llevar
una Vida de Virtud y Responsabilidad.
-Imagino que también querréis venderme algo. O que haga una
generosa ofrenda a vuestra "congregación", ¿no?
-Lo material sólo es válido en este Mundo, en este paso
previo a la auténtica Vida Eterna.
-Pero de algo tendréis que comer, digo yo...
-Cualquier ofrenda será bien recibida, por supuesto, pues con
ella se paga la educación de otras almas jóvenes como las nuestras, que
decidieron dar marcha atrás a una vida ensortijada de pecados y tentaciones.
No sé muy bien por qué les seguía prestando atención. O mejor
dicho, sí lo sé, pero me resulta difícil explicarlo. Aquel rubio se llamaba
Wayne, lo ponía en la chapita identificativa que los tres llevaban junto a la
pechera de su americana. El de su derecha era Christopher y el otro Samuel. Yo
no soy un tío muy listo, y las sutilezas me resbalan con una facilidad pasmosa,
pero lo que el alto y espigado había dicho sobre "atacar de frente las
tentaciones del Mal", me había sonado pero que muy Bien.
A mi espalda estaba la Cueva del Diablo; un antro en el que
se podía oler sin esfuerzo el pútrido aroma de varios pecados capitales: Gula,
Pereza, Ira, Lujuria (al menos mis revistas y vídeos porno no estaban a la
vista), y entrar en ella era entrar en las fauces del mismísimo Mal.
-Tal vez sí tenga unos minutos para vosotros, chicos, pero
desde luego no aquí, en el rellano. Si queréis pasar a mi sucia y desordenada
casa...
Los tres rubios se miraron casi mecánicamente, pero sus
rostros no cobraron más vida por ello. ¿Acaso se comunicaban por telepatía? El
alto avanzó un paso, me aparté ligeramente, y los otros dos le siguieron hasta
estar todos en el pequeño descansillo. Cerré la puerta y les invité a que fueran
hasta el salón con un movimiento de la mano. Me preguntaba qué leches estaban
haciendo aquellos tres pipiolos invadiendo mi fortaleza, pero al mismo tiempo
sentía un gusanillo en el estómago.
-Poneos cómodos, si queréis. Ya veis que no soy un fanático
del orden y de la limpieza. ¿Queréis tomar algo? -puede que estuviera algo más
nervioso de lo prudente, y como aquellos cabronazos parecían tan perceptivos,
seguro que se dieron cuenta de ello.
-Una jarrita con un poco de agua estaría bien -dijo el
portavoz con una sonrisa, mientras los tres se alineaban en el sofá con absoluta
coordinación, dejando algo de espacio entre ellos.
-No tengo jarras, sólo esta botella -la cogí de encima de la
mesita, y aproveché para apagar la tele; no me estaba sintiendo precisamente
cómodo ante aquellas tres presencias que parecían estar analizándome casi
quirúrgicamente, juzgando cada una de mis palabras y movimientos.
No había ningún vaso cerca, lo que daba a entender que yo
bebía directamente de la botella, cosa lógica en mi propia casa. Wayne sonrió:
"Tal vez podría usted ofrecernos tres vasos", tan redicho y fastidioso que me
dieron ganas de echarle el agua por la cabeza. "No tengo ninguno limpio", le
desafié, levantando los hombros con fingida resignación. El tal Samuel, aún
perfectamente colocadito a la izquierda de su compañero, estiró una mano hacia
mí.
-Cuando hay auténtica sed, de nada valen los escrúpulos -dijo
él, que era el que parecía más jovencito de los tres, un auténtico yogurín de
pelo encrespado; se hizo con la botella y se la llevó a los labios sin prisas-.
Está fresca, Hermanos. ¿Alguno de vosotros quiere probarla?
Claro que estaba fresca, como que la había sacado de la
nevera sólo quince minutos antes de que llamaran a mi puerta. Wayne tomó la
botella con una mano, mirando a su compañero con una leve sonrisa de
complicidad. Luego le dio un buen trago, dejando apenas un par de dedos para el
que quedaba. Para reírme de él, le dije:
-A eso se le llama Avaricia, chaval. Tanto que sabes de
pecados y no has pensado en tu querido Hermano de congregación, ni en mí.
-No se preocupe por mí -el que se llamaba Christopher tenía
una voz muy agradable, casi susurrante, y yo, que seguía allí de pie, no podía
creerme el estar viviendo aquella escena tan surrealista en mi propio piso-. A
mí no me importa sacrificar mi trago por usted.
-No hace falta que te sacrifiques tanto, colega, que en la
nevera tengo más agua fría. Anda, bébetela -le dije, viendo cómo cogía la
botella con las dos manos, como si estuviera bebiendo la mismísima sangre de
Cristo en el Santo Grial, plantando allí aquellos morritos carnosos y elevando
ligeramente la cabeza; puesto que no había quedado hueco en el sofá para mí,
alcancé una silla y la coloqué frente a ellos para sentarme con el respaldo por
delante-. Bueno, ¿y ahora qué, chicos? ¿Por qué no me habláis de eso de "atacar
de frente las tentaciones del Mal"?
-Es un ejercicio purificador -volvió a ser Wayne, el alto,
quien tomó la palabra-, en el que usted debe reconocer cuáles son sus faltas y
sus pecados. Verbalizarlo es un primer paso para la Purificación Total.
-¿Queréis que os cuente mis pecados? -sonreí, un poco
sobrepasado por la situación, apoyando ambos codos en el respaldo de la silla-.
¿Y qué pasa si no he cometido ninguno?
-No se trata sólo de acciones, también se puede pecar de
pensamiento. ¿Está seguro de que todos sus pensamientos son puros y saludables?
-¡Venga ya! ¿Estáis de coña, no? No me puedo creer que de
verdad os interese saber lo que estoy pensando en este momento.
-¿Acaso es algo positivo? -Christopher, el más mayor, me
clavó la mirada mientras dejaba de nuevo la botella sobre la mesita.
-Más bien no, al menos en lo que respecta a vosotros -percibí
que las cejas de Samuel, el jovencito, se arqueaban de un modo casi
imperceptible; los otros se mantenían serios y serenos-. No creo que lo que
estoy pensando ahora os hiciera mucha gracia.
-Dios está dispuesto a escuchar cualquier confesión sincera y
con propósito de enmienda. Para eso nos ha traido aquí.
-No, si eso me parece muy bien, pero no es Dios el que está
sentado en mi sofá, con su trajecito bien planchado y su dentadura perfecta.
Sois vosotros tres, y os puedo asegurar que mis pensamientos son completamente
impuros -les dije, dispuesto a dejarme de rodeos-. De hecho, lo único realmente
puro que hay a mi alrededor era el agua que os habeis cepillado.
-¿Le despertamos pensamientos impuros, señor? -la vocecita de
Samuel sonaba como una melodía en ese instante-. ¿Qué clase de pensamientos
impuros?
-Pues ni más ni menos que la clase de pensamientos que
podrían escandalizar a unos chavales como vosotros si los dijera en voz alta.
-Hemos oído muchas cosas -habló Wayne-. Se sorprendería de
nuestra capacidad de escucha.
-Está bien, ¿de verdad quereis oírlo? -esperé un segundo a
que asintieran-. Pues para empezar os despeinaría y os daría un par de ostias
bien dadas, a ver si así espabilabais y se os quitaba esa cara de listillos que
teneis -tres rácanas sonrisas se aparecieron en sus rostros-. Luego os quitaría
esos trajecitos tan chulos que traeis y los pisaría, o me mearía en ellos. Sí,
creo que eso es básicamente lo que haría, lo que estoy pensando desde que os he
abierto la puerta.
-No está mal del todo. Al menos es algo original -dijo de
nuevo Wayne, mirándome a los ojos y desabrochándose los botones de la americana
muy lentamente; los otros le siguieron enseguida, mostrándome sus camisas
blancas e impolutas y sus corbatas azul marino colgando hasta más abajo del
ombligo-. Hace calor aquí dentro, ¿verdad, Hermanos?
-Será que estamos cerca del Infierno -bromeé-. Podeis
quitaros las chaquetas sin miedo, chicos. Prometo no mearme sobre ellas.
Como si estuvieran esperando mi indicación para hacerlo, los
tres a la vez las dejaron deslizar por sus brazos y las sostuvieron hasta que
Christopher se hizo con ellas y las colocó sobre el brazo del sofá junto al que
estaba sentado. Yo empezaba en ese instante a ser consciente de que aquella
escena parecía estar tomando un rumbo embriagador pero extraño. No sabía muy
bien quién de los cuatro estaba al mando de la situación, si ellos o yo, pero el
gusanillo que había sentido al cerrar la puerta se había transformado ya en un
claro calambre de excitación contenida.
-¿Veis, chicos? Acabo de recibir otro pensamiento impuro: he
pensado "Podría poner el ventilador para que estos chicos no tengan calor", pero
luego he oído una especie de vocecilla que me repetía "Cuanto más calor tengan,
más ropa se quitarán", una vocecilla así, insistente, y he decdidido hacerle
caso.
-Eso es la Lujuria -canturreó Samuel con su voz silbante-.
¿La siente a menudo?
-No demasiado -le tomé un poco el pelo-. Sólo cuando tengo a
tres chavales como vosotros sentados en mi sofá. Entonces me baja una cosa por
todo el cuerpo y se me acumula justo aquí -me palpé el paquete con las manos de
un modo superficial.
-¿Le excita tener a tres chavales como nosotros sentados en
su sofá? -Samuel.
-Eso es justo lo que llamamos "atacar de frente las
tentaciones del Mal" - Wayne.
-Enfrentar la Lujuria desde la misma Lujuria... -Christopher.
Como recitando un texto aprendido, los tres habían hablado
sin prisas, ordenadamente y sin atropellarse. Sonreí, porque me di cuenta de que
ya no había posibilidad de errores de cálculo. Aquellos tres rubiales y yo
estábamos hablando "el mismo idioma", lo que me hizo seguir acariciándome la
entrepierna, esta vez con algo más de ganas.
-¿Sabeis cómo me sentiría más tentado? -empecé a decir-. Si
os arrancarais esas corbatas y os quitarais las camisas.
Ellos lo hicieron, por supuesto, formando parte de su plan
divino. Casi como en una armoniosa coreografía, se llevaron las manos al cuello
para aflojar aquellos molestos nudos y se sacaron las corbatas por encima de la
cabeza; de nuevo se encargó de colocarlas Christopher. El primer botón blanco se
lo desabrochó Wayne, pero se me ocurrió darle más emoción a la historia, ahora
que ya no había peligro de que me llevara un chasco.
-Imaginad que yo mismo os quitara las camisas. Eso, sin duda,
sería una dura prueba para mí, ¿no?
-¿Qué os parece, Hermanos, creeis que está preparado para
afrontar ese reto? -Wayne les miró alternativamente, recibiendo un ligero
asentimiento por parte de los otros dos.
No puedo negar que la situación me estaba gustando más de lo
previsto. Tres muñequitos rubios habían accedido a entrar en mi sucio piso, y
ahora estaban sentados en mi sofá con sus caritas dulces, planteándose si debían
dejar que yo les quitara las camisas; todo como difícil prueba de superación de
mi propia Lujuria, por supuesto. Wayne, que era el líder de los Hermanos de
congregación, les había preguntado si me veían preparado para afrontar ese reto.
-Yo confío en que lo esté -susurró Samuel, el más querubín de
los tres, poniéndose en pie el primero y caminando hasta colocarse de frente a
mí-. Pero no olvide, señor, el propósito de redención.
"No lo haré, chaval, no lo haré", le dije, llevando mis manos
hasta su cuello. Aquel chavalito no debía tener más de dieciséis ó diecisiete
años, y su cara de niño bueno y su pelo-pincho apuntando hacia arriba le dieron
desde mi posición un aire canalla de lo más excitante. A medida que fui
descubriendo su torso completamente imberbe y a medio construir, las pelotas se
me fueron hinchando sin control bajo el rabo endurecido. Estiré de la camisa
hacia afuera del pantalón y le recorrí con una suave caricia hasta llevar mis
manos a su hombros. Tenía la piel suave; sus pezoncillos eran pequeños y
sonrosados. La prenda cayó al suelo por su propio peso y Christopher (el que más
cerca estaba) la atrapó enseguida para colocarla junto al resto de la ropa.
-Sería justo llevarme algo a cambio, ¿no cree? -me dijo
Samuel; no me podía creer que aquella voz, tan sibilina como la que debió de
hacer pecar a la mismísima Eva del Edén, fuera su auténtica voz.
Tan ensimismado estaba escuchándole y observando cada
centímetro de su piel blanquecina y lechosa, que no me di cuenta de que sus
manos habían llegado hasta mi cintura. Sin tocarme siquiera, asió mi camiseta de
tirantes con ambas manos y enseguida quedaron mis abundantes carnes al
descubierto cuando levanté los brazos para facilitarle la tarea. "Es lo justo",
silabeó, lanzando la prenda bien lejos. Luego dio un paso atrás, dirigió una
mirada corta pero intensa a mi entrepierna, bien vistosa entre el hueco del
respaldo de la silla, bien erguida bajo el holgado calzoncillo con el que
disfrutaba de mi perrería antes de su llegada.
-Es tu turno -le dije a Wayne, mientras su Hermano de
congregación volvía a ocupar el lugar del sofá que le correspondía.
Al ser unos diez centímetros más alto que Samuel, me vi
obligado a estirar algo más las manos para acceder a sus botones. Los dos
primeros los había desabrochado él, de modo que no tardé en disfrutar de la
visión de su espigado cuerpo frente a mis ojos. Tal como había supuesto, su
oxigenada media melena rubia era de lo más anti natural, pues una ligera mata de
pelo oscuro le rodeaba dos pezones grandes como los botones de un mando a
distancia. Era tan fino el vello entre su ombligo y la cintura del pantalón que
no pude resistir la tentación de acariciarlo con la yema del dedo pulgar. Él
mismo se sacó la camisa y se la pasó a Christopher, mientras yo acercaba la
nariz a su ombligo salido. Olía limpio y sabía algo salado, pues planté la
puntita de mi lengua sobre él. Wayne enseguida dio un paso atrás, mirándome a
los ojos: "No pierda de vista su propósito de redención, señor", me dijo con una
sonrisita torcida. Su pantalón era ancho, pero no lo bastante para disimularle
la erección prominente.
-Creo que no tienes mucho donde elegir -negué con la cabeza
tras mirar mis calzoncillos por el hueco de la silla-. Pero es justo que también
te lleves algo a cambio...
Me puse en pie echando el culo hacia atrás, para que mi polla
erecta no quedara atrapada por el respaldo. Pasé la pierna por encima de la
silla y me quedé plantado junto a ella. Wayne se me acercó sólo un poco, lo
justo para estirar sus manos y tomar la goma del calzoncillo. Estuve pasivo,
luchando contra la Lujuria incontrolable, mientras todo mi trabuco apuntaba con
dureza a la cara del chaval cuando se agachó para sacarme la prenda. Levanté los
pies, y enseguida vi volar mi calzón hacia el otro extremo del salón. Fue
extraño volver a sentarme con el sable completamente saliendo del respaldo,
apuntando hacia arriba y apoyado sobre mis huevazos (sí, soy un poco huevón,
literalmente).
Los tres chavales me la miraron durante unos segundos. Entre
mis carnosos muslos no resaltaba en exceso, pero estaba tan dura que parecía a
punto de explotar. "Me toca", soltó rápidamente Christopher, tal vez para que
ninguno de los cuatro sintiéramos la tentación de cambiar las reglas del juego.
Él también quería plantarse frente a mí y dejarse descubrir el torso por mis
manos.
Por un instante pensé en que no tenía ya nada que ofrecerle a
cambio, pero supuse que llegado el momento, algo improvisaríamos. Pese a ser el
más bajito, Christopher era el que parecía más mayor de los tres, puede que uno
o dos años menos que yo. Su pelo estaba a medio camino entre los pinchitos de
Samuel y la media melena de Wayne, pero lo llevaba peinado con la raya hacia el
lado, tan acartonado como si se lo hubiese lamido una vaca. Era el único al que
el calor parecía afectarle de veras, pues en su frente se adivinaban gotitas
transparentes de sudor. Como las manos me alcanzaban, le removí el pelo con
suavidad, apartando aquella imagen de empollón repeinado tan poco sugerente en
cualquier otra circunstancia.
Ya antes de desabrocharle la camisa, que no le venía tan
holgada como a sus compañeros, intuí que debajo escondía un cuerpo algo más
formado. Se le marcaban un poco los pectorales, aunque tampoco demasiado, y los
pezones estaban tan duros y salidos que parecían a punto de rasgar la tela. Él
sí era rubio natural, con las axilas repletas de pelillos dorados. El abdomen se
mostraba durillo y el ombligo algo hundido; igual que con Wayne, también lo
olisqueé, abriéndolo con los dedos para meter la lengua en él. Sabía un poco
agrio, lo que me gustó, pues le daba un toque de humanidad que hasta entonces se
había ocultado tras la aséptica frialdad de su actitud. La camisa seguía abierta
y metida en el pantalón. Abrí las manos para recorrer los laterales de su cuerpo
y palpar esa formidable construcción física de la que los otros dos carecían.
La prenda blanca quedó suspendida en el aire cuando la dejé
caer, y el propio Wayne se acercó para arrancarla del pantalón y colocarla sobre
el brazo del sofá. El abultamiento de su paquete estaba en Christopher más
presente que en ninguno de sus Hermanos. Deduje que debía ser por el tipo de
calzoncillos, pues parecía que el nabo le danzaba sin presiones bajo la tela
azul marino del pantalón.
-Sé que no es justo -le dije con las cejas arqueadas, después
de mirar mi redonda desnudez-. Antes te has quedado casi sin agua, y ahora creo
que no tengo nada que ofrecerte.
-Pues yo creo que sí -asintió, con los ojos puestos en mi
verga-. Aunque no haya más agua, a lo mejor tienes algo ahí para saciar mi
sed...
No me dio tiempo a analizar la relación entre su frase y su
mirada, que enseguida le tuve arrodillándose frente a la silla vuelta del revés.
Me la cogió con una mano (de un modo bastante inexperto, he de decir) y empezó a
cepillarla con más brío del debido. Le frené un poco con una mano mía sobre la
suya. "Despacio, macho, que me la vas a romper", le sonreí para que no se
sintiera recriminado. Siguió dándome durante unos minutos, con sus Hermanos de
congregación dejando la pasividad de lado y sobándose sus propios paquetes por
encima de los pantalones.
Christopher me dio algún que otro lametón torpe y nervioso,
como los que das a un cucurucho que se empieza a desbordar y no quieres que te
manche los dedos. Tenía unos labios bonitos y carnosos que me gustaba ver cerca
de mi polla; aunque no supiera muy bien qué hacer con ellos, eso me excitaba aún
más, pues daba la sensación de que era su primera felación a un buen cipote y
que estaba poniendo en práctica lo aprendido en la teoría visual de las mismas
películas con las que yo me pajeaba casi a diario.
-Si de verdad te lo quieres.... Te lo quieres llevar
puesto... oh, está a punto... a punto de salir, chaval -le aparté la mano de
encima de mi polla sin brusquedad alguna y me hice con el control-. Abre un
poquito... la boca, Christopher... así... A ver si... a ver si te lo llevas
todo... oh, niño, qué bueno... sí... -me la pelaba a toda ostia contra sus
labios, y él cerró los ojos al tiempo que abría el morro como si dentro tuviera
que entrar una tuneladora-. Te voy... te voy a quitar la sed, chavalote... Toma,
oh... toma un traguito... ooohh, qué bueno, sí.... Tragaaaahh...
Le puse la mano libre en la coronilla y tiré un poco hacia
adelante su cabeza para que el glande le quedara dentro de la boca; abrió los
ojos y me miró en una especie de súplica, como pidiéndome que no le hiciera daño
-No te preocupes... no, rubito, oooh... Verás qué rico sabe,
ohh... ooohhh... Cuidado... con los dientes... -le pedí, para que no cerrara la
boca y me clavase una dentellada-. Así los morritos, oooohh... Si, sí... tus
Hermanitos, oooh.... lo están pasando de puta madre, siii... Ooohh, no, joder,
no te gires, no, oooohhh.... sí, joder, ohhhh.... ooohhhh...... siiii..... Qué
bueno, traga, traga.... ohhh, nene, tragatelo todo, joder.....
En el último instante, al mencionar a sus Hermanos (que
estaban ya con sus pollitas salidas por la cremallera del pantalón, cada cual
ocupándose de la suya), le hice desviar la atención y eso provocó que el primer
lechazo le diera a Christopher en la mejilla. Para cuando me hice otra vez con
su cabeza y le endilgué un poco de trompa dentro, volvió a cerrar los ojos y
puede notar sus ligeras convulsiones con cada chorro de semen que le daba contra
el paladar. Yo sabía que el sabor no le iba a gustar, y con su extraña mueca me
demostró que tenía razón, pero aceptó lo que se le coló dentro sin rechistar.
Volvió a regalarme los mismos lametones de antes, esta vez limpiándome del
cucurucho el helado derramado.
Enseguida me quedé muy relajado, con el nabo decayendo por
momentos entre los dedos del rubito, que no parecía tener muy claro qué más
podía hacer con él. "Está bien, Chris", le dije en tono íntimo, acariciándole la
cabeza, "Creo que ya puedes volver con tus compañeros. ¡Mírales! ¿Qué tal se
lleva lo de pecar, chicos?", les sonreí, en un estado de completo buen rollo
post orgasmo. Christopher se sentó de nuevo a la derecha de Wayne, y después de
mirar con curiosidad el tamaño y la forma de aquellos cimbreles adolescentes, se
bajó la cremallera de un modo mecánico y rebuscó en su calzón hasta sacarse su
propia minga. La tenía poco menos que morcillona, y empezó a echarse el pellejo
para atrás, enseñando su glande gordote.
Yo seguía sentado frente a ellos, mirándoles ahora como se
mira una peli porno después de haberte corrido, fijándote más en los detalles
que en lo excitante de la escena. Aquellos tres chavales apenas sabían
masturbarse. Samuel, por ejemplo, se la cogía con dos dedos y echaba la piel
para atrás y para adelante sin demasiado ritmo. Wayne se la agarraba con fuerza
y con la mano bien llena, pero no sabía o no quería meneársela; y Christopher
apenas era capaz de lograr que su buena morcilla se le pusiera dura de nuevo.
Aunque me gustaba observarles, actividad agradable dentro de
aquella mañana excitante y surrealista, no podía evitar el cansancio típico tras
eyacular, esa apatía que te hace desconectar por completo del sexo durante unos
momentos. "Voy a ir a buscar más agua; no os movais de aquí", les dije,
recibiendo apenas una mirada de cada uno mientras me ponía en pie. Su mayor
concentración era mirarse sus propios rabos, y desviar la atención del de los
compañeros.
No estoy acostumbrado a tanta timidez, pero eso no impidió
que sonriera divertido con la escena, seguro como estaba de que pronto se les
pasarían los pudores.
Continuará...
N.de A.: La continuación y final, el viernes ó sábado.