EL COMIENZO
Se desnudaron sin apuro, retrasando el placer. Luego ella le
ofrendó su blanca piel, sus ojos claros, su boca plena y sus pechos duros.
Tendidos uno al lado del otro, se pajearon mutuamente con
sabiduría, sin prisa y sin pausa.
Gemían, suavemente al principio, por la acción de expertas manos que acariciaban
una concha hambrienta y esa verga que se ponía como de piedra.
Se daban y se daban placer, deteniéndose apenas cuando veían
llegar el clímax, para jugar boca con boca, lengua con lengua, hasta calmarse lo
mínimo como para volver a darse amor con las manos.
Y así, más y más, arqueando los cuerpos, levantando las
caderas como para acompañar el masaje hasta el limite y, por fin, pasar ese
punto de en el que ninguno quiso retornar y ella y él estallaron y sus
leches fluyeron incontenibles y mojaron muslos, abdomen y pechos y rodillas y
así siguieron acariciándose, gimiendo, gritando y temblando hasta el ultimo
espasmo de placer.
Quedaron semidormidos, semiinconscientes, navegando largo
rato por un mar azul celeste. No importaba. No los ataba el Tiempo.
Los besos mutuos decretaron el fin de la tregua. Fueron los
mensajeros que, primero casi tímidamente y luego en forma imperiosa, anunciaban
que cada bando quería volver a la lucha.
Él quiso cubrirla con su cuerpo y Ella se abrió
gustosa, lo recibió y lo abrazó.
La verga penetró con la facilidad con que una espada entra en su vaina y
buscó el fondo, para luego retirarse un poco y volver a entrar.
Arriba, Él jugaba chupando y mordiendo suavemente y Ella,
desafiante, ofrecía sus tetas a estos dulces ataques. Abajo, concha y pija,
funda y puñal, libraban su propia batalla.
Expertos en el placer, no fueron a fondo en los primeros
momentos. No, ninguno quería un final apresurado. Él golpeaba y Ella recibía y
su cadera se alzaba pidiendo más y Él volvía a clavar y Ella a recibir y a pedir
y Él golpeaba una, dos veces seguidas y Ella pedía más fuerte y Él clavaba una,
dos tres veces y Ella le cruzaba las piernas en las caderas, frenando los
golpes, haciendo que la verga quedara bien hundida, calmando la lucha un
momento, hasta que lo soltaba y con un movimiento de su pelvis invitaba a la
reanudación del combate.
Así estuvieron nadie sabe cuanto tiempo.
El más ardiente de los besos, aquel en que las lenguas se
exploraron como nunca, fue el aviso de que había que viajar al Cielo.
Los embates se hicieron rápidos, fuertes, perentorios,
desesperados. Sudor con sudor, piel con piel, carne con carne, amor con amor, la
verga se refregaba furiosamente en su dulce prisión de carne y Él golpeaba y
Ella respondía ansiosa y Sus Cuerpos parecían fundirse hasta la estocada final,
cuando la leche saltó e inundó las entrañas de su amada.
Pareció el final, pero fue solo el comienzo.
© Tauro, 2007
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