No me lo podía creer. Encerrados. Estábamos encerrados en el
instituto. Tiré más fuerte de la puerta, pero no. Estaba completamente cerrada.
Empecé a ponerme nerviosa, sobretodo al oír sus carcajadas a mi espalda, cuando
lo único que yo quería hacer era desaparecer, no volver a verle más, no volver a
oírle, no volver a... a... a sentir sus manos, su lengua en mi piel nunca más,
nunca más. Me sentía profundamente avergonzada por haberme comportado así, como
un... no sé, como un animal, como una gata en celo y ahora encima esto. Estaba a
punto de llorar y él seguía riéndose a mi espalda.
Recordé que había un teléfono al fondo del pasillo de la
izquierda, y me apresuré a ir hacia allí sin ni siquiera levantar la vista. Cogí
el auricular y me quedé con él en la mano y el cordón se balanceaba burlón con
los cables saliendo de su extremo. Las risas a mi espalda eran cada vez más
fuertes.
Yo tragué saliva y contuve mi nerviosismo para que no me
temblara la voz.
-A ti es posible que no te echen de menos en tu casa, pero
mis padres se extrañaran de que no vuelva, se preocuparán y empezarán a
buscarme. Dentro de poco estarán aquí.
Yo seguía de espaldas a él, sosteniendo aún el inútil
auricular del teléfono, cuando su aliento me abrasó la oreja, estaba tan cerca
que podía percibir el calor de su cuerpo detrás de mí.
-No me mientas, preciosa -susurró e imaginé su persistente
sonrisa irónica-. Los viernes tus padres están en ese estúpido club de baile
hasta las tantas de la madrugada, por eso pasas toda la tarde en la biblioteca.
A mí no puedes engañarme. Lo sé todo de ti.
Sí, era cierto. Mis padres salían todos los viernes y
pensarían confiados que había vuelto a casa al cerrar la biblioteca del
instituto, como una buena chica. No iban a extrañar mi ausencia.
-Ven. Sé dónde podemos ir -me dijo.
Estaba empezando a oscurecer y los pasillos estaban
tenuemente iluminados por las lucecitas verdes de emergencia. Le seguí pensando
que conocía otra salida, yo fui comprobando todas las demás puertas, las
laterales y traseras pero estaban bien cerradas. Seguí caminando tras él y entró
de nuevo en el gimnasio. Me quedé parada en la puerta. Inmóvil.
-No seas idiota -se burló-. Entra sin miedo. Si quisiera
violarte lo habría hecho hace un rato. ¿No crees? ¿O es que tienes miedo a no
poder controlar tus impulsos viciosos y lanzarte a comerme la polla como una
perrita ansiosa? -se tocó el paquete con un gesto lascivo, yo enrojecí como una
grana, bajé la vista y entré en el recinto sin saber muy bien qué hacer.
Entonces las luces se enciendieron y oí unos pasos detrás de
mí. Me volví. Era el bedel.
Cuando le iba a hablar, algo en su mirada me dejó
desconcertada. Me miró de arriba a abajo sonriendo, sacó la lengua y empezó a
agitarla de forma obscena. Me dejó totalmente descompuesta, y luego alarmada
cuando entró con paso firme y decidido en el gimnasio. Más helada me quedé
cuando, lejos de empezar a pegarse, estos dos chocaron sus palmas en el aire y
me miraban con gestos de complicidad, murmurando entre ellos y riendo. El
conserje sacó algo del bolsillo y se lo entregó. Luego pasó por mi lado y se
detuvo.
-Si te apetece, yo también estoy disponible -y volvió a hacer
ese gesto repugnante con la lengua.
No entendía nada. ¿Pero qué estaba pasando? Mientras oía como
el conserje se alejaba murmurando, él se acercó a mí, como un depredador a su
presa y yo fui reculando asustada hasta dar contra la pared.
-Pobre niñita... -estaba tan cerca que podía respirarle y sus
ojos de hielo azul me taladraban-. Tan manejable... Tan manipulable... ¿Pero qué
habías pensado? ¿Que iba a dejarme encerrar en un cuarto de baño por un matao
como ese? -elevó la mano hacia mi cara y movía sus dedos ante mis ojos-. Yo
siempre he manejado los hilos, en ningún momento has tenido "poder" sobre mí, mi
dulce y pequeña marioneta.
Su mano se movía por el contorno de mi cuerpo, de mis pechos,
de mis muslos, aunque sin llegar a tocarme y yo estaba cada vez más alterada,
más nerviosa, más confundida. ¿Me había engañado? ¿Fue todo una farsa?
-Sabía lo que me pedirías que te hiciera -siguió diciendo-,
te calé hace tiempo. Por fuera eres una niñita buena, la chiquita tímida y
recatada, pero vi el fuego que tienes dentro. Pude percibirlo. Joder, me hiciste
la mejor mamada de toda mi vida, y estaba ansioso por saborearte. Mnnnnnn.
Tienes el coñito más dulce que he probado nunca. Pero quiero más. Lo quiero
todo.
-¿Pero qué te has creído que... -empecé a farfullar,
intentando zafarme pero me agarró y me aplastó contra la pared, rozándome toda,
restregándose contra mí. Se llevó la mano a la entrepierna. Pensé que iba a
sacársela o algo, pero no. Extrajo una cosa del bolsillo y la mostró ante mis
ojos. Era un carrete. Un carrete de fotos.
-Mi amigo ha sido tan amable que ha inmortalizado nuestro
encuentro. Será estupendo ver las fotos el lunes en el tablón de anuncios de la
entrada. El chico malo repetidor comiéndole el conejito a la primera de la clase
de segundo.
La sangre se me congeló en el cuerpo. No. No podía hacer eso.
No podía hacerme eso. ¿Qué pensarían mis profesores, mis padres, mis compañeros
de clase, mis amigas... ? No podría volver a pisar el instituto, ni el barrio,
ni el mundo... Tendríamos que mudarnos, no podría a salir a la calle, sería la
vergüenza y la risa de todos. Los ojos me brillaban, la barbilla me temblaba y
tenía un nudo en la garganta imposible de tragar.
-Hay otra opción. ¿Quieres el carrete? Tómalo. Ahora. Es todo
tuyo. Te doy mi palabra que no te lo quitaré y que no habrá más fotos -me lo
puso en la mano-. Pero has de hacerme una promesa. Ya sabes cómo funciona este
juego. Debes prometerme que esta noche vas a hacer todo, todo lo que yo te diga,
no puedes negarte a ninguno de mis deseos, de mis caprichos. No, no me mires
así, sé que eres virgen, pero no te preocupes que pronto voy a ayudarte a dejar
de serlo -y vuelve a sonreírme con esa media sonrisa irónica, odiosa.
En mi cabeza se mezclaban las emociones. Por una parte sentía
alivio de tener el carrete en la mano, por otra parte estaba indignada y furiosa
con él, pero sobretodo conmigo misma por haber sido tan tonta. Aún había otra
parte, que dominaba ante todas, y era esa que volvía a hacer que mis bragas se
humedecieran de nuevo y mi pulso se acelerara deseando que me lo hiciera todo,
todo, todo... Deseando que me usara como quisiera, era la excusa perfecta para
entregarme completamente a él y así no sentirme culpable. Me mentía a mí misma
diciéndome que yo no quería eso, yo no quería, era él quien me obligaba.
Y me dejé. Me desnudó lentamente, sin dejar de acariciarme,
de manosearme todo el cuerpo, sus manos grandes y cálidas me tocaban por todas
partes, por mis muslos, mis pechos, mis nalgas y yo sentía como si corriera cal
viva por mis venas.
-Túmbate en la colchoneta y abre bien las piernas -lo hice
mientras se desnudaba también despacio, sin dejar de mirarme.
Su erección era impresionante, o es que a mí me parecía más
grande, más gruesa. Estaba muy asustada, teniendo en cuenta que pronto toda esa
magnitud la tendría dentro... dentro... dentro... Y pensaba aterrorizada que no,
que eso por ese agujerito tan pequeñito seguro que no cabría, no cabría.
Imposible.
Le tenía sobre mí, rozando, tentando la entrada de mi vagina
con la punta, y de pronto empujó y me penetró con fuerza. El dolor fue
lacerante, brutal, me saltaron las lágrimas, dejé de respirar y apreté fuerte
los ojos.
-No, no cierres los ojos. Mírame. Quiero que me estés mirando
en todo momento, que te quede mi imagen grabada, quiero que veas cómo me haces
disfrutar, tan caliente... tan estrechita... Mmmmmm.
Me hacía daño aunque estaba muy mojada, irrumpía dentro de mí
como la primera calada de un cigarro, que invade desgarrando todo por dentro,
pero a medida que continúan las caladas, insistentes, una y otra vez, el dolor
se atenúa, y al final te gusta sentir el humo del tabaco en tu interior, te
encanta fumar y te haces adicta.
Y yo ya lo sentía. Sentía crecer mi adicción, mi adicción por
él; por su fuerte cuerpo sobre el mío tan menudo; por su polla entrando y
saliendo despacio; por esa gotita de sudor que surge en la comisura de sus
labios y que deseo que se funda con los míos, deseo que sus jadeos se fusionen
con los míos. Mmmmmm. Sí, sí, sí... Mis piernas le envuelven la espalda y mis
caderas se mueven hacia él, más rápido, más fuerte. Ay, sí, ay sigue, sí,
siiiiiiiiiií.
-Shhhhh -susurra a mi oído-. No te apresures, preciosa...
Quiero disfrutarlo despacito y si sigues así vas a hacer que me corra, y no
queremos eso. ¿Verdad?
Sus palabras me excitaron mucho más. En ningún momento pensé
en que no se había puesto preservativo y que podía dejarme embarazada, eso ni
siquiera se me pasó por la imaginación. Sólo podía pensar: Diosssss, no quiere
correrse ahí, quiere hacerlo en mi boca, dentro de mi boca...
Solté un quejido involuntario cuando se separó de mí y se
levantó. Se limpió con mis bragas blancas de patitos. Algunos patitos se
tintaron de un tono rojizo. Luego las guardó en su mochila, sonriendo. Se sentó
a mi lado y yo temblaba alterada, toda fuego, cuando su polla llenaba mi boca,
su mano me sujetaba la cabeza y guiaba los movimientos hacia arriba, hacia
abajo, hacia arriba, hacia abajo... Volvía a ser fascinante sentirla así,
palpitando al rozarla con mi lengua, su sabor unido al mío, le chupaba con
frenesí, apretando fuerte los labios. No tardó mucho en correrse. Me sujetó
fuerte de la trenza y su semen me inundó la boca, escapando algunas gotas porque
mi cabeza estaba inclinada hacia abajo.
-Sigue chupando... trágalo todo... Mmmmmm.
Cuando acabé me cogió la cara con ambas manos y me obligó a
mirarle de nuevo, respiraba agitado y me llenó de orgullo ver que su cara
reflejaba la satisfacción más absoluta.
-Eres... mmmm... eres algo especial -me rozó con el dedo el
clítoris y me estremecí-. Y quiero que sigas así, muy excitada, muy excitadita
para mí, para que sigamos jugando juntos. Aún no hemos terminado, pequeña. Lo
que hemos hecho hasta ahora sólo han sido preliminares. Nos queda lo mejor.
¿Pre..preliminares? Si se lo había dado todo. ¿Qué más
quería? ¿Sería probar diferentes posturas? Me imaginaba montándole,
cabalgándole, o haciéndolo de pie contra la pared y volvía de nuevo a
estremecerme del gozo anticipado, pero no era eso lo que él tenía en mente.
Me llevó hacia el potro de la mano, por el otro lado de la
plataforma de salto y me dijo que me pusiera con las manos apoyadas en la
banqueta, que no me moviera, que no dijera nada y que no me diera la vuelta. Se
arrodilló detrás de mí y empezó a tocarme el culo. Me besaba y lamía mis nalgas,
las mordía suavemente, las abría y cerraba con las manos, dando de vez en cuando
pellizcos y palmadas. Yo seguía sin moverme, dejándole hacer. Su lengua, sus
besos ardientes en mi culo, incluso sus mordiscos y palmadas me excitaban mucho.
Luego le oí ir a por algo a su mochila y volver, mientras yo me extrañaba de que
le gustara tocarme ahí, porque mi trasero era pequeñito, nada extraordinario.
Abrió mis nalgas y sentí algo fresco y untuoso que me
resbalaba hacia el ano. Y su dedo. Acariciando, tentando, haciendo círculos,
apretando, metiéndolo, metiéndolo... Di un respingo y quise protestar, pero
recordé mi promesa, y me mordí los labios.
-Tienes un culito divino... -su aliento caliente al hablar
cosquilleaba en mis nalgas-. Tan redondito, pequeño pero perfecto. Y tu
agujerito es precioso... No te pongas nerviosa, no estés tensa, déjate llevar y
te juro que disfrutarás con esto tanto como yo.
Yo estaba incómoda, confusa y muy violenta, con su dedo
entrando y saliendo continuamente. Aplicaba más crema, volvía a meterlo y lo
agitaba por dentro o le daba vueltas hacia un lado y al otro. Luego siguió a dos
manos. Un dedo de una mano y lo sacaba, metía otro de la otra mano y lo sacaba.
Estuvo así mucho tiempo, mucho. Cuando metió dos dedos me quejé un poco, pero
aguanté, aunque sentía el ano muy tirante, pero la sensación no era de dolor, el
tener sus dedos ahí me llenaba de rubor y de vergüenza más que nada.
-MMmmmmmmmm... Te has portado tan bien que tengo un regalo
para ti -fue hacia la mochila y sacó un collar de cuentas de tamaño de canicas.
Yo pensé que vaya horterada de collar, pero es que no
imaginaba que no era para el cuello precisamente.
-Ven a la colchoneta, que te voy a poner el regalo mientras
me chupas la polla un rato.
Se tumbó y me indicó sonriendo que me pusiera al revés,
dándole la espalda, o mejor dicho, dándole el culo, pero que no empezara a
chupar hasta que no me lo dijera. Entonces volví a sentir la opresión en el ano.
¡Me estaba metiendo las bolas del collar! Una a una las fue introduciendo con
cuidado, muy despacio. Luego me dijo que cada vez que me metiera su polla en la
boca, sacaría una bola. Yo estaba ante su polla rígida, tan... tan bonita... y
brillante... y me la metí en la boca entera, y cuando subí la cabeza, un
tironcito y una bola que salía, aaaaahhh, y otra vez, volvía a bajar la cabeza
lamiendo y, aaaaaaah, otra bolita... Mmmmmm, mamada, bolita, mamada, bolita... Y
eso si que me excitó hasta llevarme al límite. Deseaba más, deseaba más...
Necesitaba desesperadamente aliviarme, necesitaba tocarme o que me tocara,
cuando se acabaron las bolitas. Oooooh, nooooo...
Me sobresaltó cuando me llevó en volandas hacia la colchoneta
que había frente al espejo y me dijo que me pusiera a gatas. Le veía desde el
espejo, llenarse de lubricante la polla, sentía ya la punta tentando, me agarró
fuertemente de las cadera y me penetró despacio, poco a poco. Yo estaba muy
tensa y eso me ardía horrores a medida que iba entrando. Entonces se paró,
dentro de mí, ardiente, y empezó a acariciarme los pezones.
-Ahora relájate... Vamos, preciosa... Relájate, siénteme. Voy
a esperar a que te acostumbres a mí, a tenerme dentro, porque quiero que
disfutes tanto como lo estoy haciendo yo.
Levanté un poco la cabeza y miré hacia el espejo. La imagen
me sorprendió. No me pareció grotesca ni obscena. Su expresión de placer
arrebatado se me clavó en el alma, tanto como sus palabras en mi mente, tanto
como su polla se clavaba cada vez más dentro.
Se movía muy despacio, cogido a mis caderas, se inclinaba a
acariciar mis pechos y la hundía un poco más, quemándome como brasa
incandescente, empujándome hacia atrás para encajarse más adentro.
-Ahora quiero que te toques, tócate y siénteme, porque ahora
voy a empezar en serio.
Y el dolor deja paso al placer más salvaje. Me embiste con
fuerza, con ímpetu constante, a cada arremetida le oigo jadear y yo no puedo
evitar que mis gemidos sean cada vez más agudos. Era PLACER, con mayúsculas, en
estado puro. No paraba, no quería que parara, cada vez más fuerte, más rápido,
chocando nuestra carne al ritmo de nuestros gemidos. Pensé que moriría del
placer al alcanzar el orgasmo de lo intenso y duradero que fue. Todo mi cuerpo
se agitaba sin control, tembloroso, cuando se corrió casi aullando, y ambos
caímos sobre la colchoneta, sudorosos, cansados, su corazón latiendo sobre mi
espalda, su semen fluyendo cálido y yo ronroneando como una gata satisfecha.
Hay promesas que da gusto cumplir.
Ya habíamos oído un coche en la entrada y estábamos vestidos,
esperando que nos abrieran cuando me dijo, con esa voz rasgada que me volvía
loca.
-He sido el primero al que has hecho una mamada, el primero
que te ha tocado, que te ha comido el coño, te he desvirgado, el primero que te
follado, por todas partes. También tengo que ser el primero en esto.
Y me besó. Con fuerza. Hundiendo su lengua dentro de mi boca,
separándose de mí instantes antes de que la puerta se abriera, mirándome
sorprendido con sus ojos de cielo azul, porque en su mano volvía a estar el
carrete de fotos.
******
Han pasado más de quince años desde entonces. Ya no soy una
cría de 16 años. Tengo mi vida, mi negocio propio, mi familia... He conocido
otros hombres, buenos amantes, pero nadie como él. No le he olvidado, no puedo
olvidarle. Y es que cada cierto tiempo llega a mi poder un sobre con un pequeño
carrete de fotos en su interior, con una nota indicando un lugar, una hora.
Entonces voy a su encuentro, cumpliendo mi palabra, y sé que
tengo la promesa de que volverá a hacerme sentir el PLACER. Infinito. Con
mayúsculas. Es una Promesa. Nuestra Promesa.