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TODORELATOS » RELATOS » ADELA... EXQUISITAMENTE INOLVIDABLE (2)
[ A su tiempo maduran las uvas. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 05 de Diciembre, 2008.
Fecha: 07-Sep-07 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduros (378 de 457)

Adela... exquisitamente inolvidable (2)

cattus
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Transcurrieron diez años. Martín y Adela hicieron sus vidas cada uno por su lado pero el destino muchas veces es más fuerte... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Transcurrieron diez años, Adela se había alejado hacía otro tanto de mi lado dejando su recuerdo de delicada locura en mi piel, y aunque al final debi admitir que lo que sentía por ella era más que pasión, sabía que no podría retenerla junto a mí. Me hice el duro y vi como se marchaba irremediablemente de mi vida.

Yo seguí trabajando en la Universidad, pero ahora exclusivamente como el Jefe General de Mantenimiento y ya no vivía en el predio de la casa de estudios. Había reconstruído mi vida formando pareja con una mujer acorde a mi edad, que aun se conservaba atractiva y aunque me unia a ella un sincero afecto, en el fondo nunca había podido quitarme de encima el recuerdo de Adela, de todos modos había aprendido a vivir con ese vacío.

Ella, mientras tanto, se había convertido en una periodista de renombre, se había casado con un importante productor de televisión y hasta había tenido dos hermosos hijos. Finalmente, después me vine a enterar, su propio marido la había alentado a hacer un programa especial sobre la Universidad donde había realizado sus estudios con tanto éxito. Honestamente confieso que no me sorprendió cuando la producción de su programa se contactó con la Rectoría para hacer los arreglos pertinentes para la visita; quizás de tanto pensar resignadamente que nunca más volvería a verla, aquel estado del alma me había adormecido con respecto a Adela. Extrañamente me lo tomé con naturalidad y hasta por momentos pensé que la había olvidado, pero todas aquellas especulaciones se acabaron el día que volví a tenerla frente a mí.

Yo ya tenía cincuenta y cinco años, ya estaba blanco en canas aunque me conservaba aún en buena forma gracias a mi complexión y mis años de duro trabajo que habían moldeado mi musculatura. Trataba de conservar mi estado físico yendo diariamente al gimnasio, era algo que disfrutaba y me hacía muy bien. Ella se veía espléndida con sus treinta y dos, su madura juventud le daba un aire de misterio a su plácido encanto aunque sus ojos almendrados no podían ocultar un aire de disimulada tristeza. Por lo demás su discreta belleza se había afianzado en su cuerpo moldeado y gentil, su boca incitantemente perfecta….

Nos vimos de lejos aquel día en la Universidad, y fingimos no reconocernos en público mientras ella estaba rodeada de su equipo de colaboradores. El documental estuvo listo al cabo de dos días de filmación y entrevistas. Dos días de locura que quise evitar a toda costa, no tenía demasiado sentido que yo estuviese allí, mientras el encargado y su cuadrilla se ocuparan de todos los menesteres, que me llamaran solo si era estrictamente necesario. Sabía que podía ver a Adela a solas cuando todo terminara. Le envié un recado diciéndole que cuando pudiera pasara por mi oficina. No tuve respuesta inmediata, ya que ella decidió ir a verme días antes de la emisión del documental.

Allí estaba ella frente a mí y yo me quedé sin palabras. Todo el cambio que había notado en ella recién ahora estaba ejerciendo todo su embrujo. Nos saludamos en silencio con un beso en la mejilla y un cálido tomarnos de la mano, la invité a sentarse junto a mí en el sofá que utilizaba para dormitar las veces que me excedía en las horas de trabajo. Hablamos largamente de lo que habían sido nuestras vidas después de separarnos y recién ahí comprendí el error que había cometido, llegó un momento en que yo ya no la escuchaba, solo me decía a mí mismo lo estúpido que había sido en dejarla escapar. Su mera presencia me estaba cautivando nuevamente, tenerla allí de piernas cruzadas en una postura casi de deidad se me antojó una imagen deliciosa. No se en que momento me acerqué a ella y la sorprendí besándola brevemente, ella dejó de hablar y me sonrió dándome su aprobación, era como si no lo esperara pero evidentemente era algo que no la había sorprendido; nos acercamos nuevamente y nos fundimos en un beso que ninguno de los dos quería que acabase. Terminamos tumbados sobre el sofá mimándonos con nuestros interminables besos y mis manos ya a esa altura perdidas entre los tesoros turgentes bajo su blusa de seda que yo hábilmente había desabotonado antes. El magreo se volvió intenso yo estaba con mi entrepierna a punto de estallar y ella ya se había humedecido más de la cuenta a juzgar por el efecto que mis caricias habían producido en su intimidad.

Vayamos a otro lado – le dije ronco de pasión al oído.

Era lo que pensaba proponerte Martín – me contestó ella entrecortadamente sin dejar de palparme por mi virilidad enardecida.

Nos tomamos un respiro trabajosamente, antes que ella se marchara primero a la calle para seguirla con mi coche después. Nos encontramos en una esquina cercana y enfilamos hacia un discreto pero elegante hotel, refugio de amores fugaces. Al cerrar la puerta de la habitación, nos quedamos mirando como si dos contendientes estuvieran midiéndose, yo debatiéndome entre la súbita duda y la urgencia de mis deseos. Creo que ella debía estar experimentando lo mismo, como si al sostenerme la mirada casi desafiándome pudiera hallar la fuerza que necesitaba para decirme alguna cosa que no se atrevía a decir. Decidí romper el fuego…

¿Te das cuenta que todo ha cambiado, Adela? – le dije como queriendo convencerme a mi mismo de lo que estaba diciendo en un tonto ataque de pudor.

Es posible… pero nuestras ganas se han mantenido intactas – me dijo mientras se acercaba.

Yo suspiré reconociendo que Adela tenía razón y la abracé estrechándola junto a mí.

Bonita…- le susurré – yo…

No digas más nada y espérame… - me dijo encerrándose en el baño.

Yo me senté al borde la cama extrañamente abrumado, hasta que Adela salió sin nada más encima que una toalla envolviendo su cuerpo…

Mi adorado Martín… - siempre quise hacer esto…. Es una vieja fantasía que siempre quise cumplir – sentenció casi con malicia mientras dejaba caer la toalla a mis pies dejando ver su esplendente desnudez.

Me tomé el tiempo suficiente para contemplarla. Mi miembro bajo mis pantalones recobraba su interrumpido vigor que mostró en mi despacho. No pude evitarlo, cai de rodillas vencido frente a ella abrazando su cintura y refugiando mi rostro en su terso abdomen, en un acto de pagana adoración. Me aferré a sus glúteos saboreando con mi boca la piel de su vientre, ella dejó escapar los primeros gemidos al tiempo que separaba las piernas como acomodando la postura para que yo pudiera abrevar de su sexo. Acepté gustoso la invitación y hundí hasta donde pude mi lengua en aquel paisaje tan adorado de tibias mieles y anhelados deleites. Ella acariciaba mis cabellos dejando escapar mi nombre confundido entre quejidos dulces que solo aumentaban mi excitación, pero yo estaba empeñado en llevarla al paroxismo. El meneo constante de sus caderas me anunciaba la inminencia de su primer orgasmo, que no se dejó esperar, estallando en mi boca con ese único néctar que solo ella sabía darme.

La miré desde mi posición victorioso por haberla satisfecho, mientras Adela me miraba con los ojos prendidos en deseo ardiendo de ganas de que aquello no terminase nunca.

Déjame complacerte- suplicó

No la escuché y los espejos de la habitación me devolvieron la contrastante imagen de una bella mujer rendida, desnuda y radiante y yo mismo aún vestido con mi traje depositando sobre la cama aquella exquisita presa que no estaba dispuesto a liberar hasta saciar mis ansias. Continué con mi exploración hasta que ella me imploró desnudarme, allí Adela tomó la iniciativa y yo me dejé hacer. Me tumbé de espaldas mientras ella me quitaba la corbata, montándome como una amazona, desabrochó mi camisa y comenzó a acariciarme, se acercó a mi boca y me besó sin pausas. Al final, acabó por desnudarme, no sin antes recorrerme con sus labios haciéndome estremecer y perderse un buen rato por mi falo que hacía rato reclamaba atención con urgencia.

Que delicia… Sentir su boca en mi glande y su lengua acariciándolo era un placer de los dioses, sus manos expertas hacían maravillas por mis testículos y su húmeda y caliente boca recorriendo mi pene de arriba abajo una y otra vez me llevaban al borde del delirio. Perdí la cuenta de los minutos que Adela se quedó por allí haciendo su rico trabajo mientras musitaba quejidos suaves denotando su propio ardor. De pronto tomo mi tranca con la mano y la dirigió a su gruta, la introdujo de un solo golpe empezando a cabalgarme en una deliciosa cadencia que arrancaba de mi voz verdaderos gritos de placer. Yo tomaba sus pechos en un vano intento por saborearlos, ella me castigaba echándose para atrás clavándose aún más mi estaca. Su segundo orgasmo me bañó hasta los testículos confundiéndose sus mieles con mi propia y abundante lubricación. Ella se quedó en un momentáneo remanso, instante que aproveché para cambiar nuestra postura y saborear por fin sus senos que se me ofrecían como un cántaro de agua fresca significando un alivio para mis resecos labios.

Que hermoso sonaba mi nombre pronunciado en mis oídos por ella mientras la tomaba ejerciendo yo el dominio, sus piernas sobre mis hombros y una almohada bajo sus caderas para que la penetración fuese profunda y completa. Procuraba no moverme demasiado, estaba empeñado en que mi pene la llenara toda y no hubiera nada en el mundo que la complaciera más. Como un rayo quemó entonces en mi mente la imagen de Adela haciendo el amor con su estúpido marido y me vi de pronto bombeando dentro de ella como un loco, como queriendo dejarla sin ganas de hacerlo con el de una vez y para siempre. Adela arañaba mi espalda y mordía mi cuello repitiendo mi nombre con un morbo irresistible correspondiendo a mis embestidas de forma bestial mientras sus orgasmos seguían empapándome el falo. Gritando su nombre con desesperación me derramé en ella quedándome por un instante encima suyo como un inerte muñeco de trapo. Había llorado mi despecho sobre ella gritando de ese modo. Me aparté y la abracé como quien abraza a un niño. El reencuentro había sido delicioso pero me había dejado un sabor agridulce, no podía dejar de pensar… en todo, no encontraba salida.

Existía una verdad que tenía que aceptar y pasó un tiempo antes que pudiera reconocerlo y actuar en consecuencia, mientras mi exquisita Adela estaba ahí al alcance de mi mano, ofreciéndome su afecto sin reservas a pesar de su vida establecida. Finalmente, y después de dejar de pensarlo demasiado, decidí dar un paso al frente y convertirme en el discreto y especial amigo de Adela, disfrutando hasta que durara de aquella nueva y verdadera oportunidad que me había dado la vida en la forma de aquella tierna mujer exquisitamente inolvidable...

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