Transcurrieron diez años, Adela se había alejado hacía otro
tanto de mi lado dejando su recuerdo de delicada locura en mi piel, y aunque al
final debi admitir que lo que sentía por ella era más que pasión, sabía que no
podría retenerla junto a mí. Me hice el duro y vi como se marchaba
irremediablemente de mi vida.
Yo seguí trabajando en la Universidad, pero ahora
exclusivamente como el Jefe General de Mantenimiento y ya no vivía en el predio
de la casa de estudios. Había reconstruído mi vida formando pareja con una mujer
acorde a mi edad, que aun se conservaba atractiva y aunque me unia a ella un
sincero afecto, en el fondo nunca había podido quitarme de encima el recuerdo de
Adela, de todos modos había aprendido a vivir con ese vacío.
Ella, mientras tanto, se había convertido en una periodista
de renombre, se había casado con un importante productor de televisión y hasta
había tenido dos hermosos hijos. Finalmente, después me vine a enterar, su
propio marido la había alentado a hacer un programa especial sobre la
Universidad donde había realizado sus estudios con tanto éxito. Honestamente
confieso que no me sorprendió cuando la producción de su programa se contactó
con la Rectoría para hacer los arreglos pertinentes para la visita; quizás de
tanto pensar resignadamente que nunca más volvería a verla, aquel estado del
alma me había adormecido con respecto a Adela. Extrañamente me lo tomé con
naturalidad y hasta por momentos pensé que la había olvidado, pero todas
aquellas especulaciones se acabaron el día que volví a tenerla frente a mí.
Yo ya tenía cincuenta y cinco años, ya estaba blanco en canas
aunque me conservaba aún en buena forma gracias a mi complexión y mis años de
duro trabajo que habían moldeado mi musculatura. Trataba de conservar mi estado
físico yendo diariamente al gimnasio, era algo que disfrutaba y me hacía muy
bien. Ella se veía espléndida con sus treinta y dos, su madura juventud le daba
un aire de misterio a su plácido encanto aunque sus ojos almendrados no podían
ocultar un aire de disimulada tristeza. Por lo demás su discreta belleza se
había afianzado en su cuerpo moldeado y gentil, su boca incitantemente
perfecta….
Nos vimos de lejos aquel día en la Universidad, y fingimos no
reconocernos en público mientras ella estaba rodeada de su equipo de
colaboradores. El documental estuvo listo al cabo de dos días de filmación y
entrevistas. Dos días de locura que quise evitar a toda costa, no tenía
demasiado sentido que yo estuviese allí, mientras el encargado y su cuadrilla se
ocuparan de todos los menesteres, que me llamaran solo si era estrictamente
necesario. Sabía que podía ver a Adela a solas cuando todo terminara. Le envié
un recado diciéndole que cuando pudiera pasara por mi oficina. No tuve respuesta
inmediata, ya que ella decidió ir a verme días antes de la emisión del
documental.
Allí estaba ella frente a mí y yo me quedé sin palabras. Todo
el cambio que había notado en ella recién ahora estaba ejerciendo todo su
embrujo. Nos saludamos en silencio con un beso en la mejilla y un cálido
tomarnos de la mano, la invité a sentarse junto a mí en el sofá que utilizaba
para dormitar las veces que me excedía en las horas de trabajo. Hablamos
largamente de lo que habían sido nuestras vidas después de separarnos y recién
ahí comprendí el error que había cometido, llegó un momento en que yo ya no la
escuchaba, solo me decía a mí mismo lo estúpido que había sido en dejarla
escapar. Su mera presencia me estaba cautivando nuevamente, tenerla allí de
piernas cruzadas en una postura casi de deidad se me antojó una imagen
deliciosa. No se en que momento me acerqué a ella y la sorprendí besándola
brevemente, ella dejó de hablar y me sonrió dándome su aprobación, era como si
no lo esperara pero evidentemente era algo que no la había sorprendido; nos
acercamos nuevamente y nos fundimos en un beso que ninguno de los dos quería que
acabase. Terminamos tumbados sobre el sofá mimándonos con nuestros interminables
besos y mis manos ya a esa altura perdidas entre los tesoros turgentes bajo su
blusa de seda que yo hábilmente había desabotonado antes. El magreo se volvió
intenso yo estaba con mi entrepierna a punto de estallar y ella ya se había
humedecido más de la cuenta a juzgar por el efecto que mis caricias habían
producido en su intimidad.
Vayamos a otro lado – le dije ronco de pasión al oído.
Era lo que pensaba proponerte Martín – me contestó ella
entrecortadamente sin dejar de palparme por mi virilidad enardecida.
Nos tomamos un respiro trabajosamente, antes que ella se
marchara primero a la calle para seguirla con mi coche después. Nos encontramos
en una esquina cercana y enfilamos hacia un discreto pero elegante hotel,
refugio de amores fugaces. Al cerrar la puerta de la habitación, nos quedamos
mirando como si dos contendientes estuvieran midiéndose, yo debatiéndome entre
la súbita duda y la urgencia de mis deseos. Creo que ella debía estar
experimentando lo mismo, como si al sostenerme la mirada casi desafiándome
pudiera hallar la fuerza que necesitaba para decirme alguna cosa que no se
atrevía a decir. Decidí romper el fuego…
¿Te das cuenta que todo ha cambiado, Adela? – le dije
como queriendo convencerme a mi mismo de lo que estaba diciendo en un tonto
ataque de pudor.
Es posible… pero nuestras ganas se han mantenido intactas
– me dijo mientras se acercaba.
Yo suspiré reconociendo que Adela tenía razón y la abracé
estrechándola junto a mí.
Bonita…- le susurré – yo…
No digas más nada y espérame… - me dijo encerrándose en
el baño.
Yo me senté al borde la cama extrañamente abrumado, hasta que
Adela salió sin nada más encima que una toalla envolviendo su cuerpo…
Mi adorado Martín… - siempre quise hacer esto…. Es una
vieja fantasía que siempre quise cumplir – sentenció casi con malicia
mientras dejaba caer la toalla a mis pies dejando ver su esplendente
desnudez.
Me tomé el tiempo suficiente para contemplarla. Mi miembro
bajo mis pantalones recobraba su interrumpido vigor que mostró en mi despacho.
No pude evitarlo, cai de rodillas vencido frente a ella abrazando su cintura y
refugiando mi rostro en su terso abdomen, en un acto de pagana adoración. Me
aferré a sus glúteos saboreando con mi boca la piel de su vientre, ella dejó
escapar los primeros gemidos al tiempo que separaba las piernas como acomodando
la postura para que yo pudiera abrevar de su sexo. Acepté gustoso la invitación
y hundí hasta donde pude mi lengua en aquel paisaje tan adorado de tibias mieles
y anhelados deleites. Ella acariciaba mis cabellos dejando escapar mi nombre
confundido entre quejidos dulces que solo aumentaban mi excitación, pero yo
estaba empeñado en llevarla al paroxismo. El meneo constante de sus caderas me
anunciaba la inminencia de su primer orgasmo, que no se dejó esperar, estallando
en mi boca con ese único néctar que solo ella sabía darme.
La miré desde mi posición victorioso por haberla satisfecho,
mientras Adela me miraba con los ojos prendidos en deseo ardiendo de ganas de
que aquello no terminase nunca.
Déjame complacerte- suplicó
No la escuché y los espejos de la habitación me devolvieron
la contrastante imagen de una bella mujer rendida, desnuda y radiante y yo mismo
aún vestido con mi traje depositando sobre la cama aquella exquisita presa que
no estaba dispuesto a liberar hasta saciar mis ansias. Continué con mi
exploración hasta que ella me imploró desnudarme, allí Adela tomó la iniciativa
y yo me dejé hacer. Me tumbé de espaldas mientras ella me quitaba la corbata,
montándome como una amazona, desabrochó mi camisa y comenzó a acariciarme, se
acercó a mi boca y me besó sin pausas. Al final, acabó por desnudarme, no sin
antes recorrerme con sus labios haciéndome estremecer y perderse un buen rato
por mi falo que hacía rato reclamaba atención con urgencia.
Que delicia… Sentir su boca en mi glande y su lengua
acariciándolo era un placer de los dioses, sus manos expertas hacían maravillas
por mis testículos y su húmeda y caliente boca recorriendo mi pene de arriba
abajo una y otra vez me llevaban al borde del delirio. Perdí la cuenta de los
minutos que Adela se quedó por allí haciendo su rico trabajo mientras musitaba
quejidos suaves denotando su propio ardor. De pronto tomo mi tranca con la mano
y la dirigió a su gruta, la introdujo de un solo golpe empezando a cabalgarme en
una deliciosa cadencia que arrancaba de mi voz verdaderos gritos de placer. Yo
tomaba sus pechos en un vano intento por saborearlos, ella me castigaba
echándose para atrás clavándose aún más mi estaca. Su segundo orgasmo me bañó
hasta los testículos confundiéndose sus mieles con mi propia y abundante
lubricación. Ella se quedó en un momentáneo remanso, instante que aproveché para
cambiar nuestra postura y saborear por fin sus senos que se me ofrecían como un
cántaro de agua fresca significando un alivio para mis resecos labios.
Que hermoso sonaba mi nombre pronunciado en mis oídos por
ella mientras la tomaba ejerciendo yo el dominio, sus piernas sobre mis hombros
y una almohada bajo sus caderas para que la penetración fuese profunda y
completa. Procuraba no moverme demasiado, estaba empeñado en que mi pene la
llenara toda y no hubiera nada en el mundo que la complaciera más. Como un rayo
quemó entonces en mi mente la imagen de Adela haciendo el amor con su estúpido
marido y me vi de pronto bombeando dentro de ella como un loco, como queriendo
dejarla sin ganas de hacerlo con el de una vez y para siempre. Adela arañaba mi
espalda y mordía mi cuello repitiendo mi nombre con un morbo irresistible
correspondiendo a mis embestidas de forma bestial mientras sus orgasmos seguían
empapándome el falo. Gritando su nombre con desesperación me derramé en ella
quedándome por un instante encima suyo como un inerte muñeco de trapo. Había
llorado mi despecho sobre ella gritando de ese modo. Me aparté y la abracé como
quien abraza a un niño. El reencuentro había sido delicioso pero me había dejado
un sabor agridulce, no podía dejar de pensar… en todo, no encontraba salida.
Existía una verdad que tenía que aceptar y pasó un tiempo
antes que pudiera reconocerlo y actuar en consecuencia, mientras mi exquisita
Adela estaba ahí al alcance de mi mano, ofreciéndome su afecto sin reservas a
pesar de su vida establecida. Finalmente, y después de dejar de pensarlo
demasiado, decidí dar un paso al frente y convertirme en el discreto y especial
amigo de Adela, disfrutando hasta que durara de aquella nueva y verdadera
oportunidad que me había dado la vida en la forma de aquella tierna mujer
exquisitamente inolvidable...