Capítulo Tercero. Los sueños se hacen realidad.
Media hora después, Javier se encontraba en la cámara de
tortura que había acondicionado en el sótano de su casa. Se trataba de una sala
amplia y oscura sin ventanas y con una sola puerta metálica. Por las paredes y
los laterales de la sala se acumulaba en perfecto orden la parafernalia sado que
Javier y sus amigos habían ido acumulando en más de diez años. De hecho, ya
llevaban mucho tiempo con esa "afición" y se podían contar por decenas las
chicas que habían pasado por sus manos.
Javier seguía disfrazado de verdugo, blandía un látigo de
cuero largo y de vez en cuando lo chasqueaba contra el suelo. Mientras tanto,
con la otra mano se acariciaba el pene masturbándose lentamente. No era para
menos, pues a unos metros delante de él se encontraban Marta y María. Las dos
jovencitas permanecían completamente desnudas, atadas y amordazadas, esperando
indefensas y muertas de miedo a que empezaran a torturarlas.
Como había imaginado María, la postura en la que les habían
atado era perfecta para el látigo, pues las dos colgaban de las muñecas, con los
brazos estirados por encima de su cabeza. Las ataduras les obligaban a
permanecer de puntillas y los tobillos estaban atados entre sí y a una argolla
del suelo para que ellas no pudieran evitar los latigazos de ningún modo.
Además las habían amordazado con sendas bolas de goma atadas
fuertemente a la nuca. Aunque la habitación estaba perfectamente insonorizada y
nada de lo que ocurriera allí podría oírse fuera, Javier no quería oír los
gritos de sus esclavas cuando comenzara el castigo, además ahora ya no había
safeword ni nada por el estilo, y ninguna de las dos podría decir la palabra
mágica que le libraría del tormento.
Los demás le habían ayudado a arrastrar a las dos jóvenes
hasta ese horrible lugar y las habían atado tal y como se encontraban ahora.
Después se habían marchado y Javier había cerrado la puerta por dentro para
disfrutar a solas.
- Esta vez, son dos ejemplares de primera,-pensó Javier para
sí deleitándose de la vista de las dos chicas desnudas.- A Javier le gustaban
más bien jóvenes y Marta y María eran probablemente dos de las jovencitas más
bellas que habían caído nunca en sus manos. Lentamente, Javier se puso a dar
vueltas a su alrededor admirando sus formas perfectas que la postura realzaba.
Marta era más delgada y atlética mientras que María tenía más "curvas", los
pechos más grandes y turgentes y el trasero caderas y vientre algo más
redondeados. -¿Cuál de las dos aguantará mejor los latigazos?- se preguntó a sí
mismo, probablemente la rubia. Y mientras pensaba esto se juró a sí mismo ir
despacio y no precipitarse.
Entretanto, María miraba aterrorizada los movimientos de
Javier con el látigo. Ya no podía mantener la baba en la boca y los hilos de
saliva se le deslizaban por las tetas y el vientre haciendo brillar su torso y
provocándole escalofríos. El corazón le latía deprisa y respiraba con bocanadas
cortas y anhelantes, la joven no dejaba de pensar en el látigo, pero también en
el potro de tortura que se encontraba a su espalda. Era como uno de esos
cachivaches medievales de las películas de miedo, pero estaba claro el mueble no
era sólo atrezzo, parecía real y amenazador pues en lugar de un cilindro de
madera tenía una manivela de metal disimulada en la parte inferior.
Además, antes de marcharse, los compañeros de Javier habían
acercado el potro a las chicas y habían dispuesto diferentes "herramientas"
sobre él. Era evidente que después del látigo, esos sádicos utilizarían el potro
al menos con una de ellas, y esa certeza le hacía temblar de miedo de manera que
la joven no pudo evitar orinarse encima. María se arrepentía ahora profundamente
de haber acompañado a Marta a ese sórdido lugar. Si pudiera dar marcha atrás
sólo unas horas antes, pero ahora ya no había remedio y ellas dos habían sido
secuestradas por vete a saber que clase de pervertidos.
Estos pensamientos de María fueron violentamente
interrumpidos por un tremendo latigazo que la chica recibió en las caderas. El
látigo silbó en el aire e impactó sonoramente contra su cuerpo enroscándose
desde la cadera izquierda hasta la ingle. El golpe la sorprendió con un
estallido eléctrico que le sacudió todo el cuerpo. María se retorció sobre sí
misma y gritó torciendo la cabeza hacia el techo. Al recuperarse del golpe la
joven tomó contacto con la realidad. Nunca se hubiera imaginado que un latigazo
dolería y escocería de esa manera. Ahora miraba angustiada y jadeando a Javier,
que con toda naturalidad echó el látigo hacia atrás y sin ninguna piedad le dio
otro latigazo en el vientre cruzándoselo con otra línea que pronto se puso roja.
María volvió a gritar de rabia con una palabrota que Javier no pudo entender por
la mordaza. La chica intentó liberarse desesperadamente pero estaba muy bien
atada. El tercer y cuarto latigazos volvieron a impactar en el culo de la
muchacha. Tenía que soltarse, no podía aguantar más. A la joven le daba todo
vueltas. Las mordeduras del látigo eran insoportables y ella daba vueltas sobre
sí misma girando alrededor de sus muñecas con la vana esperanza de evitar los
azotes.
Entretanto, Marta miraba la flagelación de su amiga con una
mezcla de miedo y de envidia. El látigo chasqueaba una y otra vez contra el
cuerpo de María que no paraba de "bailar" sobre las puntas de los pies sin dejar
de retorcerse ni de gritar. Cinco, seis, siete, ocho chasquidos rítmicos, uno
detrás de otro. El sonido del cuero sobre la piel era respondido por el lamento
o el alarido de la joven. Al décimo latigazo María empezó a llorar sin control.
Ahora, el sudor, las lágrimas y la baba se mezclaban sobre su piel brillante y
marcada. Tenía las muñecas enrojecidas de tanto rotar sobre sí misma y no dejaba
de pedir piedad o de lanzar insultos y palabrotas a pesar de que nadie le
entendiera lo que decía. Por supuesto que Javier no paró de azotarla, cada vez
lo hacía con más saña y crueldad, traicionando su propia promesa de ir poco a
poco.
Las rojas marcas de los latigazos ya se apreciaban por la
blanca piel de María cruzando su cuerpo desnudo en líneas diagonales que
parecían pintadas con rotulador. Eso excitaba aún más a Javier que no dejaba ni
por un momento de masturbarse. El látigo largo era difícil de manejar, pero se
notaba que él tenía bastante práctica pues acertaba con una precisión endiablada
en las partes más sensibles del cuerpo de la esclava. La única parte que
permanecía a salvo de la mordedura del látigo era la cara y su sexo. Pero los
muslos, el trasero y el vientre eran puro fuego. Otro certero latigazo alcanzó a
las dos tetas a la vez y María puso los ojos en blanco lanzando un nuevo alarido
de dolor algo más sonoro mientras se retorcía sobre sí misma como una lombriz.
Entre tanto Marta estaba tan cachonda como Javier. Ella
también sudaba, pero de excitación pues había descubierto que le gustaba ver
cómo azotaban a su amiga. La joven no dejaba de rozarse las piernas entre sí
rabiosa de no poder masturbarse. ¿Por qué no la azotaba también a ella?.
Pero no fue el látigo lo que Javier tenía reservado en ese
momento para su bella Marta. Cuando notó que a María le empezaban a fallar las
piernas y que sus gritos disminuían en intensidad dejó por fin que la esclava
descansara y tiró el látigo a un lado. Hecho esto se dirigió hacia María a
inspeccionar el efecto del castigo y se puso a acariciarle el rostro. La joven
tenía la cara manchada por las lágrimas y no dejaba de sollozar.
- Eres una esclava preciosa, me gusta cómo te mueves bajo el
látigo- Ella respondió rompiendo a llorar abiertamente con el rostro entre las
manos de él.
-Vamos, vamos, apenas ha empezado. ¿Te ha gustado?.- Ella
negó con la cabeza sin dejar de llorar, mientras él reparaba en las marcas del
látigo que ella exponía por doquier. Cada vez estaban más rojas e irritadas.-
Esto no es nada, preciosa, ya verás cómo cada vez aguantas mejor el dolor, te
hará falta cuando empiece a torturarte en serio. María se echó a llorar otra vez
desesperada.- No, no llores, en el fondo estás aquí para disfrutar y al final te
gustará, ya lo verás.- El verdugo no dejaba de acariciar a la esclava- Tu amiga
está muy buena, Marta, te agradezco que la hayas traído. Bueno, preciosa, ahora
quiero utilizar un aparato eléctrico con vosotras. Qué prefieres, ¿que siga
torturándote a ti o que lo haga con ella?- María dejó entonces de sollozar y
miró a su amiga y luego a Javier sin saber qué decir.
- ¿Qué me dices?. ¿Quieres que siga haciéndote cosquillas?.-
María negó decididamente.- Entonces, ¿quieres que se lo haga a ella?.- María
volvió a mirarla y después de dudar unos momentos volvió a afirmar con la
cabeza.
Javier se rió y se dirigió a la mesa donde tenía los
instrumentos de tortura.
- Ya veo que la carne es débil. Lo siento Marta pero tu amiga
ha decidido que ahora te toca a ti.- Javier había cogido una trampa para cazar
ratones y se acercó a ella. Marta miró atentamente la ratonera sin entender.
Javier se la puso delante de la cara y cruelmente la accionó para que ella viera
la fuerza del muelle al cerrarse. La ratonera se disparó con un golpe seco
sorprendiendo a la chica. -Seguro que tienes muy sensibles las tetas, le dijo él
acariciándole un pecho con los dedos y haciendo que se le erizara el pezón-
vamos a comprobarlo,- y con mucho cuidado le colocó la ratonera a medio cerrar
en la aureola del pezón izquierdo. Marta crispó el rostro cuando la ratonera se
fue cerrando sobre el pezón y una presión de mil demonios le hizo temer que se
lo reventara.
- ¡Mmmmmh!.- Marta gritó como una posesa y se retorció sobre
sí misma. El dolor era insoportable y esa ratonera amenazaba con cortarle la
punta del pecho. Ella miró angustiada a Javier.
Por supuesto, éste fue a buscar otra para el otro seno y se
lo pellizcó con idéntica ceremonia. Insensible a los gritos y convulsiones de
Marta, Javier siguió metódicamente con la tortura y se acercó a ella con un
extraño aparato de plástico que tenía una punta alargada transparente. Dentro de
ella se veían unos cables metálicos. Sin embargo, antes que nada, la empapó con
un pequeño aspersor de agua para acentuar el efecto de las descargas.
Marta estaba ahora completamente mojada, la chica jadeaba sin
dejar de mirar esas ratoneras que le deformaban los pezones y le dolían
horriblemente. Javier le tocó entonces con su picana eléctrica en la axila y
ella dio un brinco apartando su cuerpo en una décima de segundo. Javier sonrió
cruelmente al ver el efecto de los calambrazos en su víctima y se puso a tocarle
por todo el cuerpo casi sin dejarla descansar. Marta era ahora la que lanzaba
gritos desesperados. Cada vez que su piel entraba en contacto con el objeto se
oía un molesto sonido como de calambrazo. Las descargas le recorrían todo el
cuerpo produciéndole continuos espasmos musculares, además ese objeto le quemaba
como un cigarro encendido cada vez que la tocaba. Javier no dejaba de
masturbarse, encantado de las protestas y gritos de esa jovencita a la que
estaba torturando a placer.
Marta no podía ni pensar con las descargas eléctricas
tocándole por todo el cuerpo, prefería mil veces los latigazos a eso. Y el
cabrón de Javier no paraba a pesar de los incomprensibles ruegos de su esclava.
No hacía más que tocarle en todos lados, en el vientre, las tetas, las axilas,
las ingles, etc. La joven quería que acabase de una vez, y no hacía más que
pedir piedad, el castigo era insoportable. Sin embargo, Javier paró pronto pues
se empezó a correr.
Tres o cuatro sacudidas dispararon el semen hacia el vientre
de Marta y Javier gimió con fuerza sin dejar de masturbarse hasta que liberó
todo el esperma. Cuando terminó se puso a acariciar el culito de Marta con su
miembro aún sensibilizado.
La pobre Marta estaba mareada y tenia la boca seca de las
descargas eléctricas pero agradeció que él hubiera interrumpido el castigo
aunque sólo fuera por un momento.
Entonces Javier se puso a acariciarle todo el cuerpo con
pasión
- Mi preciosa Marta- llevo todos estos días pensando en ti,
no podía apartarte de mi cabeza. ¿Te arrepientes de haber venido?. – Entonces
María se quedó alucinada con la respuesta de su compañera, pues contra todo
pronóstico Marta negó con la cabeza.
- Así me gusta, esclava, como premio voy a dejar que te
corras, ¿quieres?. Marta afirmó y lanzó un murmullo a través de su mordaza, pero
también movió las tetas hacia los lados agitando las ratoneras e indicando así a
Javier que se las quitara.
- No, no preciosa, las ratoneras se quedan en su sitio, así
te dará más gusto correrte- Y diciéndole esto le retorció los dos pezones a la
vez haciéndole ver las estrellas. Marta gritó y se revolvió otra vez arqueando
su cuerpo y lanzando lágrimas y baba. Javier se apartó de ella riéndose y fue a
buscar un vibrador. Con el instrumento en la mano, Javier se arrodilló y
separando con los dedos los muslos de la muchacha, le fue introduciendo el
vibrador por dentro del coño. Marta no ejerció resistencia ni apretó las
piernas, por el contrario suspiró cuando Javier accionó el aparato y éste empezó
a vibrar dentro de su vagina.
María miraba anonada cómo Marta se retorcía y gemía, pero
ahora de placer. Era increíble que después del duro castigo a la que le había
sometido ella aún tuviera ganas de sexo. Más aún Javier no se quedó mirando sino
que recogió el látigo del suelo y volvió a chasquearlo anunciando que estaba a
punto de volver a utilizarlo.
María se angustió pensando que otra vez iba a por ella, pero
la víctima fue otra vez Marta. Esta vez Javier se empleó a fondo con la rubia y
le propinó una tanda de veinte o treinta latigazos con su habitual habilidad.
Marta sufrió el tormento entre gritos y convulsiones, pero el vibrador seguía
haciendo su función, así que en un momento dado la joven experimentó un largo e
intenso orgasmo a pesar de los latigazos o quizá gracias a ellos.
Satisfecho por la flagelación, Javier dejó en paz por fin a
Marta. Fue hasta donde ella, le sacó el vibrador y acto seguido le quitó la
mordaza.
- Gracias, mi amo.- Dijo Marta desfallecida. Y como respuesta
Javier buscó sus labios y ambos se besaron apasionadamente. - Bien, pequeña,
dijo entonces Javier, esto te va a doler de verdad, así que grita todo lo que
quieras, nadie va a oírte.- Y dicho esto le abrió una de las ratoneras liberando
el pezón. Marta lanzó un alarido desgarrador cuando la ratonera se abrió y
Javier se puso a masajear el pezón para que recobrara la circulación.
-¡Dios, qué daño!, para, por favor, para, joder cómo duele.
¡Ayyyyy!.- Javier le había abierto la otra ratonera y Marta se retorció sobre sí
misma lanzando palabrotas. La joven tenía los pezones aplastados y deformados y
unas líneas blancas horizontales indicaban que se le había cortado la
circulación durante un buen rato. Finalmente, Javier le soltó las cuerdas que la
mantenían colgada y Marta cayó de rodillas pues no podía más de estar en esa
postura.
La joven estaba hecha un ecce homo, cosida a latigazos y con
los pechos enrojecidos, jadeaba de cansancio mirando a Javier aún con lágrimas
en los ojos. Lógicamente empezó a palparse las heridas aunque aún tuviera las
manos atadas por delante. Javier se desentendió un momento de ella, y cogió un
cuchillo para irse hacia María. Ésta temió lo peor, pero el cuchillo sólo era
para cortar las ligaduras de los tobillos.
Hecho esto, Javier cogió a Marta del pelo y le obligó a ir de
rodillas hasta una mesa. Allí cogió un gran dildo negro atado a unas correas y
se lo ató a la boca con la punta del consolador hacia fuera.
-Tú ya te has corrido pero tu amiga no.-Javier arrastró a
Marta delante de María y le dijo a ésta- Tú, esclava, abre bien las piernas.
María se negó haciendo un gesto con la cabeza.- ¿Quieres que use otra vez el
látigo?.-Esa sola mención al odioso látigo le convenció de la misma y María se
resignó a abrir las piernas.
-Así no, más- María ya estaba de puntillas así que le era muy
difícil, pero a pesar de eso abrió todo lo que pudo las piernas.- Y ahora,
fóllatela.-Marta miró a Javier.- fóllatela hasta que se corra, vamos.
Ya nos podemos imaginar que a Marta no le costó mucho
obedecer, así que inclinó la cara hacia arriba y empezó a penetrar a María con
el consolador que parecía salir de su boca.
María no se resistió mucho, pues en el fondo eso era
placentero y mientras follara, Javier no la torturaría. Al menos eso creía, pero
se equivocaba pues su verdugo volvió a coger el aparato eléctrico y se acercó a
su nueva esclava para terror de ella. Javier se puso detrás y le puso el brazo
por delante. -Vamos, cariño, relájate, le susurró al oído- Vas a experimentar un
placer como nunca has sentido, aguanta el dolor y todo irá bien. Marta seguía en
cuclillas metiendo y sacando el consolador con su boca.
Insospechadamente, María empezó a gozar. El dildo la
penetraba una y otra vez, cadenciosa y profundamente. Consiguientemente, María
mantenía a duras penas las piernas separadas, a pesar de que eso era muy
difícil.
De repente y por sorpresa una descarga eléctrica le sacudió
el vientre y le hizo temblar en todo su ser. María cerró los ojos con el rostro
intensamente crispado y gritó apretando los dientes. La siguiente descarga se la
ganó Marta, pues desobedeció y paró de follar por un momento.
- No te he dicho que pares, sigue con tu trabajo. Marta
obedeció inmediatamente- Y tú, mantén las piernas bien abiertas. A María le
temblaban las piernas pues se mantenía precariamente sobre las puntas de los
pies. Aquello era terrible pero había que aguantar. Javier le dio entonces otro
calambrazo entre las costillas y María volvió a gritar y llorar desesperada,
pero esta vez no se movió, evidentemente había aprendido a soportar el dolor y
sabía que eso era lo que quería su verdugo.
Javier siguió torturándola sin piedad mientras ella soportaba
las descargas como podía sin cambiar de posición. Entretanto, Marta no paraba.
–Así, así, más fuerte, haz que se corra, puta- Javier le dio un palmetazo en el
trasero a Marta que obedeció al momento redoblando sus esfuerzos. Javier se puso
entonces a acariciar a María.-¿Te gusta preciosa?.
María le miró sin entender a qué coño venía la pregunta,
¿cómo le iba a gustar eso?. Su dilación le valió entonces un doloroso calambrazo
en las tetas.
- ¡Responde a la pregunta, esclava!- María afirmó
nerviosamente con los ojos llorosos. ¿Te gusta como te folla tu amiga?- María
volvió a afirmar. – Así me gusta, ya te he dicho que vienes aquí a disfrutar.
María cerró entonces los ojos decidida a abandonarse hasta que le llegara el
orgasmo. Javier se puso a acariciarla suavemente y María se dejó hacer. La joven
estaba ahora muy caliente, el consolador entraba y salía sin descanso mientras
las manos de Javier le acariciaban las heridas del látigo. Las manos del verdugo
le dolían y le recordaban cada uno de los latigazos que le había dado. Eso le
excitó, y de repente la joven se dio cuenta de que recordar su flagelación le
gustaba.
Entretanto, Javier le acariciaba ahora el trasero, cuando de
repente le empezó a hurgar en el agujero del ano. María reaccionó
instintivamente cerrando el esfínter al tiempo que se volvía hacia su verdugo
protestando sonoramente.
- Mmmmh, mmmh,- dijo María negando con la cabeza.
- Relaja ese culo, esclava. María se negó y dijo que no con
la cabeza otra vez. Eso le valió otra descarga eléctrica, pero la joven se
empeñó en mantener su culo apretado- Lo vas a abrir quieras o no-Javier se
empeñó sádicamente y le dio una intensa y larga descarga en el clítoris. María
puso los ojos en blanco y gritó con todas sus fuerzas. La descarga eléctrica fue
tan intensa que finalmente perdió el control de sus esfínteres y se orinó otra
vez mojando la cara de Marta. Entonces Javier introdujo su dedo por el trasero
de María sin oposición.
A pesar de que la chica consiguió por fin relajarse siguió
negando con lágrimas en los ojos, María tenía miedo a ser sodomizada y rogó a
Javier que no lo hiciera, pero a éste le gustaba mucho el sexo anal con sus
esclavas y ella no se libraría tan fácilmente. De este modo, la joven maniatada
estaba siendo ahora penetrada por delante y por detrás. Marta, incansable con el
consolador y Javier metiendo y sacando el dedo de su ano.
La joven esclava volvió a sentir placer muy a su pesar, sin
embargo, Javier sacó finalmente su dedo del trasero de ella. El verdugo se
separó de las chicas y fue a buscar algo más contundente para el culo de María.
Cogió un tapón anal de goma con un tubo terminado en una pera y lo llevó hasta
ellas. Sin ninguna consideración, cogió del pelo a Marta y le obligó a sacar a
la vista el consolador. Este estaba perdido de jugos vaginales y Javier pringó
con ellos el tapón anal.
Hecho esto Marta volvió a penetrar a María con su consolador
provocando un estremecimiento en la joven. María gimió de placer cuando el largo
consolador le entró otra vez más de quince centímetros en su vagina. En ese
momento le faltaba muy poco para el orgasmo, fue entonces cuando Javier le fue
introduciendo el tapón anal centímetro a centímetro. Esta vez ella no opuso
resistencia. Una vez introducido el tapón, Javier se puso a accionar la pera y
el tapón fue creciendo dentro del recto de ella. María jadeaba medio mareada
mientras sentía que el esfínter se dilataba dolorosamente. Fue entonces cuando
ella se empezó a correr echando largos hilos de baba y retorciéndose de placer.
Javier apenas hizo caso de los estertores de su esclava y
animó a Marta para seguir follándosela mientras continuaba preparando el trasero
de María para la penetración anal.
Nuevamente Javier dejó por un momento a las dos para ir a
buscar otro "juguete". Esta vez era una caja con pinzas de la ropa.
- Mmmh, gritó María alarmada al ver a Javier con una pinza en
la mano. Este había decidido adornar los pechos y costados de la bella joven
mientras esperaba que se le abriera bien el ano, así que sin ceremonia de
ninguna clase le fue poniendo las pinzas con dolorosos pellizcos que la
atormentaron sin descanso. María gritaba de dolor cada vez que Javier le cogía
un pellizco con las pinzas pero es que las que ya estaban puestas dolían cada
vez más. A ella ya le brotaban las lágrimas, cerraba los ojos y mordía la
mordaza con todas sus fuerzas. Javier le puso quince pinzas por todo su torso y
costados, pero reservó las dos últimas para los sensibles pezones de ella.
Cuando por fin decidió ponérselas en la punta de los pechos, ella gritó como un
animal herido, pero entre los gritos volvió a correrse otra vez.
- Bueno preciosa, veo que has aprendido a pasarlo bien,
¿estás ya preparada para que te folle el culo?, le dijo Javier. María negó
decididamente-¿qué? creo que no te entiendo esclava, le dijo con cierto sadismo
mientras le retorcía las pinzas de los pezones con toda su saña. María volvió a
gritar por enésima vez y a retorcerse de dolor. Vamos esclava pídeme que te
folle el culo como la zorra que eres.- Javier no dejaba de estirar y retorcer
las pinzas haciéndole ver las estrellas a la pobre María. – Para eso viniste
aquí disfrazada de puta, ¿a quién quieres engañar?. María se puso a decir que sí
mientras no dejaba de llorar ni protestar. – Eso es otra cosa, quieres que te dé
por el culo ¿verdad?.
- Mmmmh, mmmh, María no dejaba de afirmar con la cabeza con
tal de que Javier le dejara los pechos en paz.
Éste se dio entonces por satisfecho y dejó por fin el juego
de las pinzas, cogió a Marta por el pelo y la condujo de rodillas hasta el
trasero de su amiga. Javier le empezó entonces a extraer el tapón anal sin dejar
de inyectarle vaselina. La extracción del tapón le hizo gritar otra vez de
dolor, pero también preparó a María para una sodomización más soportable. Cuando
salió completamente el tapón anal Marta vio maravillada el rosado esfínter de su
amiga que ya no se cerraba del todo pues estaba dilatado unos pocos centímetros.
- No está mal, está casi lista, pero tú me vas a preparar el
camino-dijo Javier mientras echaba más vaselina en el consolador que Marta
mantenía delante de su boca. Esta entendió perfectamente la orden y se dispuso a
encular a su amiga con el perverso instrumento. El enorme consolador no tuvo
casi impedimento para entrar y Marta se lo introdujo por detrás sin hacer mucho
esfuerzo. María casi se corrió otra vez de gusto al ser enculada de esa manera y
bramó de dolor y placer.
- Ya sabía yo que te gustaría, encanto, ahora mismo te quito
las pinzas para que disfrutes plenamente.- Javier volvió a alejarse de las
chicas mientras Marta seguía sodomizando a su amiga que ahora no paraba de
gritar. Para terror de ésta Javier cogió un látigo y empezó a quitarle las
pinzas a latigazos. Decididamente, Javier era un sádico con ideas diabólicas.
El látigo volvió a acertar en el indefenso cuerpo de la chica
chocando contra las pinzas y provocando dolorosos pinchazos en los pellizcos.
Lógicamente María volvió a gritar y protestar por el castigo. Sin embargo,
cuando el látigo conseguía arrancar una pinza era mucho peor y María lanzaba
alaridos entre lloros y sollozos desesperados.
El castigo duró cerca de diez minutos en los que Marta no
dejó de follar ni por un momento. Al cabo de éstos María estaba agotada de tanto
gritar y ahora colgaba de sus cadenas completamente desfallecida. Todo el
frontal de su torso era fuego, estaba enrojecido por los latigazos, ya no le
quedaba ninguna pinza y en su lugar quedaban las marcas de las mordeduras sobre
su piel. Sólo entonces Javier decidió culminar la sodomización . Al verle
acercarse, Marta comprendió y sacó el consolador del trasero de ella. Aunque
Javier no le dijo nada, Marta se comportó como una esclava obediente y bien
entrenada y se desató a duras penas las cintas que sostenían el falo delante de
su cara.
Esto lo hizo la rubia para tener la boca libre y chuparle la
polla a Javier. Este se dejó hacer disfrutando del servicio de la esclava y
cuando ya la tenía suficientemente tiesa se dispuso a encular a la otra. En esas
condiciones tampoco le costó mucho metérsela y empezó a follarla arriba y abajo.
A Marta tampoco hizo falta que nadie le dijera lo que tenía que hacer, se puso
otra vez delante de María y metió su cara entre las piernas para comerle bien el
coño.
- Qué gozada, qué tieso lo tienes cariño, le dijo Javier a
punto de eyacular. El culo de María, virgen y entero pocos minutos antes, era
demasiado efectivo como para que Javier no se corriera pronto, así que éste puso
los ojos en blanco y empezó a eyacular sin sacarla del interior de la joven.
Agotado y sudando, Javier desenculó a María y lanzó un
gruñido tras palmear el trasero de ésta. El hecho de que él terminara no supuso
ninguna razón para que Marta no siguiera con lo que estaba haciendo, así que
María no tardó en correrse otra vez ante las insistentes lamidas de su amiga.
Entretanto, Javier ya se había desentendido de esas dos y
descorriendo el pasador de la puerta salió de la cámara de tortura.
Marta quitó entonces la mordaza de la boca de su compañera. A
ésta le dolía la boca pero por fin pudo decir algo.
- Por favor, Marta, descuélgame de aquí, no puedo más. Marta
miró hacia todos los lados y por fin encontró la manivela que mantenía los
brazos de María en alto. Empezó a dar vueltas a trompicones pero consiguió
aflojar las ataduras de su compañera y ésta pudo bajar los brazos y se fue
arrodillando en el suelo completamente agotada.
- Suéltame antes de que vengan, rápido.
Marta fue hasta donde María con intención de liberarla, pero
no le dio tiempo a casi nada, pues cuando estaba liberándola de sus ataduras se
volvió a abrir la puerta y volvieron a aparecer los cuatro verdugos.
- ¿Qué hacéis niñas?, dijo Juan, ¿intentando escapar?.