Por ese entonces yo tenía cerca de 45 años. Hacía un tiempo
que me había divorciado y como no había tenido hijos, mi relación con mi ex
esposa se había diluído por completo terminados los trámites de la separación.
En el intento sincero de construir una nueva vida, me marché a otra ciudad y
gracias a unos contactos había conseguido aquel empleo en aquella Universidad
privada junto con un lugar para vivir en el mismo predio. Mejor no podía haber
resultado.
Estaba dispuesto a entregarme de lleno a mis tareas, que eran
muchas por cierto, como Electricista a cargo del mantenimiento del inmenso local
y como jefe de una cuadrilla de subordinados que trabajaban bajo mis ordenes de
lunes a viernes o cuando la ocasión lo ameritaba los fines de semana. Pasó un
buen tiempo sin que nada extraordinario ocurriese en mi vida y la rutina de mi
trabajo en realidad no me afectaba y en cuanto a compañía femenina tampoco me
inquietaba; nada que una visita al prostíbulo de vez en cuando no pudiera
solucionar.
Hasta que conocí a Adela, una encantadora chiquilla de unos
22 años, no era una modelo, poseía una belleza armónica y hasta común podría
decirse, pero irradiaba una extraña luz interior que me cautivó casi enseguida,
después de cruzármela casualmente en uno de los pasillos de la universidad una
tarde cualquiera.
¿Usted es Martín?
Si, Señorita… ¿Con quién tengo el gusto?
Oh, me llamo Adela, estoy cursando Ciencias de la
Comunicación en el ala Oeste, pero también trabajo en la Administración, asi
que nos veremos con frecuencia….
¿En que puedo serle útil? – pregunté amablemente
interrumpiendo adrede aquella presentación un tanto extensa.
El Rector lo está buscando, necesita hablar con usted…
Muchas gracias, iré enseguida…
Ese fue el punto de partida. Adela se había convertido por
capricho del destino en el nexo obligado entre la Rectoría y yo. Mientras tanto
después de un tiempo yo empecé a sentirme seducido y atraído por aquella joven
de ojos cálidos y piel de porcelana. Su trato hacia mí era amable y hasta dulce,
pero no había en su actitud nada que alentara mis esperanzas. Llegó un momento
en que no podía disimular mi turbación cada vez que estaba junto a ella. Mis
manos sudaban frío y mi corazón se echaba al galope cada vez que la veía.
Gracias a mi experiencia podía salir airoso ya que no podía quedar como un
imberbe tonto que no sabe como comportarse frente a una mujer, no obstante
sentía que no podría dominarme por mucho tiempo más. Mis visitas al prostíbulo
ya no me satisfacían ni calmaban mis ansias como antes. Deseaba a Adela,
explorar su cuerpo y hacerla vibrar como nunca antes nadie lo había hecho.
Decidí callar lo que sentía, ella era demasiado joven para mí y de seguro me
rechazaría. Mientras tanto, habíamos logrado, Adela y yo , establecer una buena
relación casi de amistad; ella me hablaba de sus cosas, de sus planes, de
aquella relación anterior con aquel novio que simplemente un buen día se alejó
de su lado, cambiándola por otra. Ella me reprochaba mi soledad, diciéndome que
tenía que buscarme una compañera, que la vida me esperaba de brazos abiertos
ofreciéndome una nueva oportunidad. Yo intentaba hablarle y aconsejarle tal cual
hace un padre con una hija, pero por dentro mi sangre bullía reclamando a gritos
el alivio que solo la femineidad exquisita de Adela me podía brindar.
Hasta que de pronto, una tarde ocurrió lo inesperado… Aquel
sábado los administrativos habían concurrido a la Universidad para completar los
datos del censo estudiantil que se llevaría a cabo la semana siguiente. Había
divisado a Adela desde la ventana de mi casa recorriendo los jardines hablando
con algunos de sus compañeros de tareas en la oficina del Rector. Corrí las
cortinas en la esperanza que ella al ver la ventana pensara que yo no estaba. No
quería verla. Me dolía el pecho de la angustia y la visión de Adela con aquel
vestido vaporoso y los cabellos al suave viento me provocó un conocido
cosquilleo en mi entrepierna.
Me alejé de la ventana y me dirigí a mi cama, me tendí
dispuesto a dormirme para olvidarla aunque fuera por un instante. Lo logré por
unas horas; cuando desperté estaba anocheciendo y mi primer pensamiento fue para
ella. No quería hacerlo, pero la urgencia de mis sentidos no me dio otra opción.
Liberé mi pene de su prisión, cerré los ojos y me entregué a la autocomplacencia
pensando en ella, suave, pausadamente. Transcurrió un rato, no se cuanto, hasta
que una voz me sacó del trance.
Martín… - escuché decir como en un suspiro
¡Adela! – exclamé totalmente abochornado mientras me
cubría torpemente con la sábana.
Disculpa, no debí entrar asi sin anunciarme… solo quería
despedirme…
Por favor, Adela no pienses que….
No hay nada que explicar Martín … -contestó ella un tanto
nerviosa y mirando al suelo – Olvidemos lo que ha pasado, quedará entre
nosotros ¿si?
En ese preciso instante me di cuenta que si no me arriesgaba
tendría que seguir viviendo ahogado con mis sentimientos reprimidos y le dije…
Adela, pequeña… quiero que sepas algo… Ven, acércate,
siéntate a mi lado no temas…
Ella obedeció y caminó hacia mí nerviosa pero segura, esa
actitud me estaba desconcertando.
Te escucho Martín….
Princesa… esto que acabas de ver… es la forma que tengo
de desahogar lo que tu me provocas…
Ella levantó la mano dirigiéndola a mi rostro, si me
abofeteaba lo tenía merecido, nunca antes había sido tan directo con ninguna
mujer… Sin embargo su mano acarició mi cara, en un gesto que alertó mis sentidos
nuevamente.
Yo también te deseo… No se que es lo que siento, pero lo
único que quiero es que me hagas sentir mujer…. Ya no soy virgen, pero se
que contigo me sentiré como tal como dice la canción de Madonna. Estamos los
dos solos y ambos queremos hacerlo…. Tómame Martín… quiero saber que se
siente con un hombre de tu edad…
Dicho esto se colgó de mi cuello y me besó con firme pasión,
nuestras lenguas confundidas en una danza embriagadora que hacía florecer hasta
el último rincón de nuestra piel. La aparté de mi boca y nos paramos, me quité
la ropa rápidamente y me quedé desnudo frente a ella con mi pene enhiesto y
vigoroso apuntando hacia el frente. Ella se dejaba hacer, le quité sus prendas
sin dejar de besar su cuello y sus labios, cuando la tuve desnuda por completo
frente a mi, no pude contener un suspiro.
Eres francamente hermosa – le dije – y la besé de nuevo.
Adela bajó por mi cuello y mi torso sin dejar de acariciarme,
de recorrerme con sus labios tibios hasta que atrapó mi pene haciéndome gemir
profundamente, besaba y chupaba mi capullo mientras me masturbaba con maestría
de arriba a abajo, me hizo casi perder el equilibrio cuando puso su atención en
mis testículos lamiéndolos con delicadeza pero con pasión sostenida mientras
ella también gemía y se acariciaba la vulva al tiempo que seguía con sus artes
masturbatorias sobre mi falo. Estuve a punto de correrme en su cara cuando a
duras penas la hice a un lado y la tendí sobre la cama para sumergirme en su
cuerpo tan anhelado.
La besaba en la boca mientras acariciaba su entrepierna, su
néctar corría abundante por mis dedos, me perdí por sus pechos firmes y blancos
como lo más puro, atrapé sus pezones con mis labios sedientos de placer y deseo,
arrancando de su garganta los sonidos más deliciosos que una mujer gozando al
extremo puede emitir. Me hundí en sus labios vaginales recorriendo en su
totalidad su femineidad caliente y jugosa, hice prisionero su clítoris
succionándolo y besándolo como un poseso mientras Adela se derramaba en mi boca,
arqueando su adorada humanidad bajo mis manos. No resistí y me subí sobre ella
entregándonos a un delicioso 69 , nos movíamos al compás del placer intenso
mientras nuestros gemidos y quejidos inundaban la habitación.
Nos separamos, temblando de emoción en la espera de placeres
mayores…. mirándonos a los ojos sin pode decirnos nada. La contemplé por un
momento antes de hundirme en la profundidad de su vagina, mi pene se deslizó
dentro de su cuerpo como cuchillo caliente en la mantequilla. Nos movíamos con
una cadencia lenta disfrutándolo, gozando como locos. Ella rodeó mi cuerpo con
sus piernas buscando que la penetrara con mas profundidad. No me hice de rogar y
la complací. Ya a esa altura la velocidad de mis embestidas iba en aumento, y
ella se deshacía en un orgasmo tras otro. Finalmente, no pude contenerme y
estallé en un mar de semen dentro suyo. Me sentí un tanto frustrado, hubiese
querido extender más aquella vorágine de sexo y pasión pero hacía tanto tiempo
que la deseaba…. Me aparté de ella buscando alguna explicación.
Mi vida, ha sido hermoso….
Martin… me has brindado todo el placer que yo imaginaba
que me darías un día. Ya nos hemos desfogado y tenemos todo el fin de semana
para hacer el amor de todas las formas posibles. Esto ha sido solo el
comienzo…
Y así fue, Adela estuvo junto a mi aquellos dos días y
después muchos otros más ; ninguna criatura había logrado ser tan hembra como
ella, delicada pero la más puta en mi cama. Se que ella se marchará un día de mi
vida, pero el goce que me ha brindado desde entonces me acompañará siempre.