La luz es tan cegadora en el sur de España que molesta a la
hora de ver. No muestra todo lo que tiene que mostrar si no que crea sombras
nuevas y complejas que lo interrumpen todo. Un señor desde su balcón toca la
guitarra, lo hace a todas horas, ya sea de día o de noche, desde su ventana se
pueden ver varías azoteas donde cuelgan ilusorios tendederos de otras épocas, se
mueven con el viento, están casi destrozados pero aún así resisten al paso del
tiempo y son capaces de efectuar su labor. Para Lidia ya queda lejano aquel
tiempo en el que ayudaba a su madre a colgar la ropa en uno de esos tendederos,
era sólo una niña, después lo hizo la asistenta y por último no hizo falta ya
que tenía una secadora. Ahora Lidia se sube a la azotea con una toalla y se
tumba para tomar el sol y dejar que éste la abrase con toda su fuerza, le gusta
horrores dejarse abrazar por él y por eso mismo prefiere no pensar en que tomar
tanto el sol la hará parecerse a un trozo de cuero quemado cuando tenga
cincuenta años aunque ella, ni se imagina dentro de tantos años. Viviendo en la
flor más hermosa de la vida y con un mundo por delante, el futuro no es más que
algo demasiado distante.
Cuando Lidia toma el sol se comporta como si estuviera en una
verdadera playa. No deja ni un segundo de moverse de un lado para otro como si
pudiera encontrar la ansiada postura perfecta, fuma, bebé, juega con algunas
piedras y se moja su cuerpo con el agua que ella misma a llenado en un cubo. Se
quita la parte superior de su bikini y tantea juguetonamente con sus dedos por
la parte inferior. Le gusta su ilion, le gusta sentir su piel resbaladiza a
causa del protector, le gusta a la vez que le asusta el imaginarse el centro de
toda atención por el simple echo de mostrar en público sus pechos, eso podría
ser en una playa o en una piscina, pero de todas formas ella sabe que en la
azotea de un quinto no hay intimidad ninguna. Granada no es Benidor, ni siquiera
Nueva York pero hacer top less en una ciudad, aunque sea pequeña, es hacer top
less. Su pelo le cansa tanto, tanto pero aún así no evita el tocárselo hasta
llegar a marearse. Acaricia las comisuras de sus labios y su barbilla, toca su
cuello como si se tratara de algo maravilloso y roza la contorneada figura de
sus pechos disimuladamente, no es que a uno de pronto le de por acariciar todo
su cuerpo, que también, si no esa sensación de estar mojada, estar a la vez
completamente abrasada, sentir tu cuerpo arder mientras tu garganta esta húmeda
y no sabes muy bien donde colocar tus manos, llamémoslo un momento tonto de esos
que tiene todo el mundo, como cuando te acabas de levantar o estas entre sueños
y de pronto sientes una tremenda excitación por la que preferirías morir a
desperdiciarla.
Lidia tenía los ojos cerrados, apretados, movía sus ojos por
debajo de sus parpados y entreabría su boca con la pesadez propia de quien posee
unos labios pegajosos, con su lengua marcaba cada uno de sus dientes y el
interior de su boca hasta sacarla por la comisura de sus labios y empapar poco a
poco cada uno de los pliegues de sus labios. Con la yema de sus pulgares
acariciaba el resto de las yemas de sus otros dedos y la piel suave de sus
manos.
Desde abajo se oían pasos, no de la calle en la que una moto
pasaba por encima de la tapadera del alcantarillado haciendo un ruido
completamente insoportable, se trataban de pasos que se oían desde el interior
del edificio, unas molestas chanclas subían las escaleras hasta detenerse en la
puerta de la azotea. Allí introdujo la llave y la giró moviendo lentamente la
pesada cerradura de metal. Un cubo blanco y grande lleno de ropa mojada entro
por la puerta llevado por Andrea. Mojada, arrugada, dejándose arrastrar como si
no pudiera con su alma, así estaba Andrea y la ropa que portaba. Lidia no le
hizo caso hasta que casi se mata tropezando con el pequeño escalón de la puerta,
se levanto, recogió el cubo y lo arrastro por el suelo empujándolo con el pie.
Andrea comenzó a colocar la ropa en el tendedero y Lidia se le quedo mirando con
el cuello inclinado mientras se lo acariciaba.
Andrea levantaba cada una de las prendas del cubo, las dejaba
colgando en el tendedero y después ponía sobre cada una de ellas dos pinzas que
las apretaban y las ayudaban a escurrir el agua que iba goteando poco a poco.
Andrea llevaba todo el día limpiando la casa, había echado cristasol por todos
los cristales y espejos de la casa, había barrido y fregado todos los suelos de
la casa, sacudido el polvo de todos los muebles, lavado toda la vajilla y demás
chorradas hogareñas. Andrea se encontraba bañada por completo en sudor y aunque
su pelo se encontraba recogido en un moño alto ciertos mechones de su pelo se
encontraban sueltos, al aire y algunos incluso se le pegaban a su cara mojada,
su frente empapada... Lidia la miraba y escuchando un flamenco relajado con
compases armónicos en un buen tambor, se puso en cuclillas y cogió una parte de
una sábana empapada cuya agua resbalaba por entre las hebras, Andrea pilló la
otra punta de la sábana y juntas la sostuvieron, frente a frente, ambas pasaron
sus brazos por encima de la cuerda y tendieron la sábana blanca, que ocupando
una única cuerda se extendía por completo de arriba abajo.
El blanco impoluto del algodón se volvía completamente
transparente al estar mojado. Ante los pies descalzos y brillantes de ambas
chicas sus contorneados cuerpos se entreveían como atractivas marionetas de un
teatro de sombras. Andrea se inclino ante el cubo para coger más ropa y acto
seguido elevo sus brazos para colgar una pequeña camiseta negra. Una leve y
veraniega brisa se levanto de pronto, inundando el ambiente con un cálido aroma
que convirtió la sábana en un ondulante y provocativo mar de sombras que incito
sin lugar a dudas a Lidia a mover sus manos y brazos empujando la sábana hacía
el cuerpo de Andrea, le agarro los pechos sin finura ninguna hasta tenerlos bien
sujetos, aferrados entre sus manos, después del sobresalto inicial Lidia comenzó
un leve toqueteo demasiado satisfactorio para Andrea como para resistirse, sólo
acariciaba sus pechos, sobre la ropa, sobre la sábana mojada, pero aún así la
fuerza imprimida y su sentimiento le hacían capaz de llegar hasta Andrea, la
cual, nada pasiva en estos términos acertó a atraer el trasero respingón de
Lidia hacía ella hasta el punto de unir sus dos cuerpos, con la única salvedad
de un gran trozo de algodón que se interponía entre ambas.
Acariciándose las dos como estaban, buscándose, tocándose con
la mayor picardía posible, la sábana se les pego al cuerpo, no se deshacían de
ella y con el viento se levantaba, las envolvía y atraía, era obvio que la
simple cuerda no resistiría tanto movimiento, ni tanta fuerza pasional como la
del Etna. Se pelo la cuerda y cayó, las chicas que hasta ese momento casi
estaban sujetas por ella al suelo, siguieron dejándose llevar por la sábana y
cayeron junto a ella en un torbellino de ropa interior multicolor.
-¿Estas bien? –le pregunto Andrea a su compañera mientras se
quitaba de encima suyo y la buscaba por debajo de la sábana.
-Si –acertó a contestar Lidia mientras se descubría y soltaba
toda una lista de risas a cada cual más escandalosa.
-No deberías hacer estas cosas cuando estoy ocupada.
-Siempre estas ocupada.
-Por que tú no haces nada.
-¿Tengo yo la culpa? En todo caso la tendrán mis padres… y tú
por dejarme vivir a cuerpo de reina.
-Eso es precisamente…
-¿El que? La relación con mis padres, siempre he sabido que
me ha faltado cariño de mi padre y que mi madre me tenía súper protegida.
-Calla tonta, precisamente tu cuerpo de reina es lo que más
me gusta de ti -Andrea puso sus brazos a cada lado del cuerpo de Lidia y sobre
ella se echo para besarla.
-Eres increíblemente superficial –Andrea se alejo entonces y
Lidia, arqueando su espalda hasta levantarse cogió la cabeza de su compañera con
la mano derecha y la acerco lo más posible a su rostro. Ambas frentes se tocaron
durante un intensivo instante, sus narices coquetearon levemente para que sus
labios volvieran a encontrarse.
Acto seguido Andrea comenzó a quitarse ropa hasta quedarse
sin nada en un visto y no visto, tal rapidez le pareció tremendamente cómica a
Lidia quien con una sonrisa de oreja a oreja la miraba perpleja desde abajo,
todavía tirada en el polvoriento suelo de aquel viejísimo ático.
-Ven para aca -Le dijo Andrea a la vez que la llamaba con un
dedo. Dedito éste que no dudo en lamer Lidia, un índice sabroso y delgado, un
índice que domaba a aquella gatita juguetona pero que a la vez liberaba a toda
una vestía parda.
Chupaba aquel dedito con ternura, delicadeza y fijándose muy
bien en apretar en el momento justo, en aquella puntita que otras tantas veces
le había echo palpitar y deshacerse en templados ríos de dulce ambrosia. Con
agresividad Lidia cató otros dos dedos mientras con una mano se había apartado
descaradamente el tanguita que cubría sus partes íntimas, dos de sus dedos
exploraban aquella zona con ansía desmedida, con fuerza los frotaba de arriba
abajo contra su cada vez más mojado clítoris. En cada nuevo frote un dedo se
adentraba hacía el interior de su coñito, era rápido e intenso, así quedaba por
momentos satisfecha, por momentos completamente insatisfecha, deseosa de más,
mucho más.
Andrea la miraba con cara libidinosa, la deseaba más que
nunca, la deseaba como todos los días, así como era, así como estaba. La agarro
de su larga melena y la llevo de los pelos hasta sus braguitas a rayas, allí
Lidia lamió la tela hasta que toda ella se quedo impregnada de su saliva,
después dejo de masturbarse y con dos dedos de cada mano bajo poco a poco
aquella prenda, que para sus fines le resultaba tan incomoda. Se trago su propio
dedo corazón y una vez que éste estuvo bien ensalivado se lo introdujo por
completo a Andrea, que no pudo si no retorcerse y gemir de placer, mientras
tanto, con su mano libre la acariciaba por toda la zona del pubis, restregaba
lentamente sus dedos con su clítoris y cuando Andrea se puso guarra perdida lo
lamió, lo chupo, uso todas las partes de su boca para jugar con aquel precioso
clítoris, que resultaba tan jugoso y suave como aparentaba.
Aunque Lidia se resbalaba por el cuerpo de Andrea, no dejaba
de volver a subir cada vez que bajaba. Tuvo que ser Andrea quien cesará
momentáneamente los juegos, pero no para volver a su pisito a preparar un pastel
de manzana si no para tumbar a Lidia sobre el suelo y echarse sobre ella, un
simple paréntesis antes de que sus coñitos estuvieran rozándose, frotándose
intensamente. Lidia, bajo el cuerpo de Andrea, la sujetaba por sus nalgas y las
apretaba para que su cuerpo estuviera aún más cerca del suyo. Ambas se besaban
frenéticamente, sus lenguas ahora estaban empapadas por el sabor del coñito de
Andrea, un sabor que burbujeaba en sus bocas y hacía las funciones del mejor
afrodisíaco a la venta en el mundo. Sus pechos chocaban sin emitir sonido
alguno, carne contra carne, ambas sudaban y esas diminutas gotitas las unían aún
más, se deslizaban por entre sus cuerpos y hacían que las mismas protagonistas
acabarán también deslizándose por entre sus cuerpos.
Andrea se dio la vuelta y le puso a Lidia su coño en toda la
cara mientras ella buscaba desesperadamente el templo de Venus de su compañera,
casi arranco para ello su tanguita. Un templo sin pelaje que se encontraba tan
desnudo de cualquier tipo de decoración que llamaba la atención, tan pulcro, tan
impoluto, un lugar en el que penetrar y permanecer por siempre jamás. Regurgitó
algo de saliva y la dejo caer, la recogió de nuevo con su lengua y haciendo
ventosa le dio el primer aviso a Lidia. Volvió a escupirle, dejando que su
saliva cayera lentamente desde su boca hasta el coñito de Lidia, se veía el
profundo hilo que unía a la boca, con los labios más abiertos. Y de nuevo, labio
contra labio absorbió como si se tratara de un pedazo de gelatina, todo para
adentro. Ya no había más avisos, Andrea no podía ni seguir sus propias reglas,
ni sus propias promesas en cuanto se trataba de Lidia, aquel cuerpo la dejaba
sin respiración, sin sentido, sin defensas, nada de nada.
Correrse es una forma de decirlo, pero esa palabra sería más
adecuada para usarla cuando te haces una paja, lo que les paso a ellas fue mucho
más… En un 69 perfecto, en el que no usaban las manos ni para abrirse distintas
cavidades, ni siquiera para acariciarse, si no que las usaban para buscarse la
una y la otra, mano contra mano, meñique con meñique, lo que ellas hicieron fue
llegar al puro éxtasis. Llenarse la boca con esencia pura de una y de otra, tras
un agotador y mutuo orgasmo. Todos los labios, de arriba y abajo, pringosos,
como sólo pueden acabar en un momento como ese. Ambas se abrazaron, Lidia
rodeaba con sus piernas la fina cinturita de Andrea, sentadas sentían sus
corazones aún agitados y acariciándose, Lidia no dudo en morder con rabia el
cuello de Andrea, un chupetón, un mordisco profundo, una señal que perduraría
hasta que el tiempo obligará a volver a repetirla.
Lidia se levanto, cogió el cubo que ella misma había llenado
de agua y poniéndose junto a Andrea lo echo sobre sus cuerpos. Más mojadas que
nunca, respiraban por la boca, reponiéndose para después...