Capítulo segundo. Cuatro por el precio de uno.
Javier abandonó el salón por un momento para ir a la cocina a
por un vaso de agua. Se trataba de un hombre de algo más de cuarenta, con unos
ojos grandes y bonitos y un culo redondo y un poco respingón. Empezaba a notar
los efectos de la alopecia pero ésta se limitaba a unas entradas en la frente.
No es que fuera atlético pero se puede decir que estaba en forma y prácticamente
no tenía tripa. En ese momento iba vestido con unas bermudas y una camisa, ropa
de estar en casa, vulgar pero cómoda.
De repente llamaron al timbre de la puerta, así que dejó lo
del agua y fue a abrir. Fue entonces cuando las vio. Dos chicas muy jóvenes y
atractivas, como de 18 ó 19 años se presentaban ante su puerta. Menos mal que
conocía a la rubia pues, si no, hubiera pensado que eran un par de putas. Al
menos vestían como las putas.
Efectivamente la rubia sólo llevaba encima sus zapatos de
tacón y un vestidito de tela azul cielo con muy poca tela. El "vestidito", si se
podía llamar así a eso, consistía en una minifalda bastante corta de la que
partían dos trozos de tela que le tapaban las tetas sólo a medias y se ataban a
la nuca con un delgado cordel. La joven llevaba la espalda al descubierto y al
moverse, los pechos brincaban y le temblaban bajo los tirantes, pues no llevaba
sujetador. Dos coletitas rubias le daban un pícaro aspecto de adolescente. La
otra era morena y también iba hecha una facha con una minifalda cortísima a
cuadros de esas de colegiala porno y una camiseta de tirantes blanca y
traslúcida de modo que se le transparentaban los pezones de sus abultados
pechos. El pelo lo llevaba recogido en una cola de caballo y en la mano llevaba
una maleta. A Javier se le puso dura al momento pues ya se imaginaba a qué
venían esas dos.
- ¿Qué queréis?, fingió.
Marta contestó divertida con voz de niña mala.
- Buenas tardes, caballero, somos dos vendedoras ambulantes y
nos preguntábamos si nos podría dedicar unos minutos de su tiempo. -María tuvo
que aguantarse la risa, Marta tenía razón el tío no estaba nada mal y no parecía
tan mayor.
- ¿Y qué es lo que vendéis?,- preguntó él mirando hacia la
calle desierta. María se atrevió a hablar mientras le mostraba la maleta.
- Tenemos un gran surtido de productos eróticos, bondage,
sado, ya sabe, cosas para castigar a las niñas malas- esto lo dijo fingiendo
darse unos azotes en el trasero. Javier hizo un gesto de disgusto.
- No me interesan las niñatas, contestó, volved a casa y
pedidle a papá que os de los azotes.- Esta respuesta desconcertó a las chicas,
pero Marta volvió a la carga, torció un las rodillas y levantándose un poco la
punta de la falda dijo melosamente.
- Vamos señor, ¿no quiere examinar la mercancía antes de
decidirse?.
- ¿Qué me vais a enseñar?
- Todo lo que quiera, no tiene más que quitar el envoltorio,
contestó Marta cogiendo con los dedos un fino cordel de su vestido. a Javier la
conversación le fue entrampando por momentos pero antes quería asegurarse de que
no había nadie por los alrededores.
- Está bien, pasad de una vez.
Las dos chicas pasaron divertidas el quicio de la puerta y se
encaminaron pasillo adelante. Justo tras pasar, Marta miró hacia atrás sonriendo
y se levantó disimuladamente la falda para enseñar a Javier que no llevaba
bragas. Éste asintió complacido y acto seguido miró hacia la calle para
asegurarse otra vez que nadie las había visto entrar.
Las dos chicas recorrieron el largo pasillo diciéndose cosas
al oído y riendo, pero al llegar al salón se quedaron petrificadas y
enmudecieron pues encontraron algo con lo que no contaban. Javier no estaba
solo. En la habitación había otros tres tíos tirados en los sofás. Tenían una
pinta muy poco recomendable, mal vestidos y llenos de tatuajes, además un par de
ellos tenían la minga fuera. De hecho se estaban masturbando mientras veían una
película porno. Bueno, más que porno era una cinta sado y del duro pues en la
pantalla dos tíos estaban torturando y violando a una chica maniatada y desnuda
que no dejaba de gritar. Los muy bestias le estaban quemando los pechos con un
cigarrillo mientras le obligaban a hacerles una fellatio.
Las dos jóvenes se quedaron muy quietas sin saber cómo
reaccionar mientras los tres individuos les miraban alelados. Repentinamente
María oyó alarmada cómo Javier cerraba la puerta con doble vuelta de llave y se
dirigía hacia ellas con una sonrisa cruel y sádica.
-¡Eh!,- dijo uno de los tíos levantándose y apagando el
televisor. -¿Quiénes son estas dos nenas?.
Ellas les miraban a su vez aterrorizadas sin saber qué decir,
parecían lobos hambrientos y ellas sus corderitos.
- Creo, creo que nos hemos confundido, - dijo María reculando
hacia el pasillo. Pero entonces apareció Javier que agarró a las dos del brazo y
les obligó a entrar en el salón.
- Estas dos preciosidades son dos vendedoras de productos
sado ¿no es cierto?, - dijo apretándoles el brazo más de la cuenta. Las dos le
miraron afirmando con la cabeza sin atreverse a contradecirle.
- Mira os voy a presentar. Este es Moisés, ese Juan y ese de
la polla fuera Esteban. ¿Y tú cómo te llamas preciosa?.
- ¿Yo?..... María, pero, pero…- Marta estaba un poco
sorprendida, no se esperaba eso, pero una vez pasado el momento inicial, la
nueva situación le pareció excitante y llena de posibilidades. María, sin
embargo, estaba muy nerviosa y en ese momento hubiera deseado estar a mil
kilómetros de aquella casa, sin embargo, también estaba muy excitada. Esos tíos
las desnudaban con la mirada y ni siquiera hicieron nada por subirse los
pantalones o esconder el miembro delante de ellas.
- Muy bien, dijo Javier secamente. Sentaos y enseñadnos la
"mercancía" de una vez.
- ¿Qué, qué mercancía?, - preguntó María azorada.
- ¿Cuál va a ser?, la que llevas en la maleta. Siéntate ahí y
enséñanos lo que habéis traído.- María obedeció al momento, pues Javier le
mostró autoritariamente el centro del sofá, e inmediatamente se sentaron a ambos
lados de ella Juan y Esteban que se pegaron a su cuerpo todo lo que pudieron.
Marta también se dispuso a sentarse, pero Javier le cogió de la muñeca.
-Tú aquí conmigo que ahí no tienes sitio.- Marta comprendió
lo que quería decir, así que le sonrió a Javier y se dispuso a sentarse sobre
sus rodillas pero no sin antes levantar su falda. Ni que decir tiene el gusto
que sintió Javier cuando esa jovencita posó su trasero desnudo sobre las
piernas.
Por su parte, María se sintió incómoda de tener a esos dos
tíos pegados a sus muslos así que un poco nerviosa no dejaba de estirarse la
minifalda todo lo que podía. Francamente, ahora se arrepentía de no ir un poco
más vestida. Finalmente se adelantó en el sofá y abrió el maletín, aunque al
momento se arrepintió de lo que había hecho y empezó a ruborizarse mientras
sacaba las "cosas" que había dentro. Antes de ir a la casa de Javier las dos
habían ido a una sex shop y habían comprado un poco de todo. Así María tuvo que
sacar las esposas, las ball-gags, un enorme consolador negro atado a un arnés y
unas cuantas cosas más.
De pronto Marta sintió la mano de Javier acariciándole el
culo bajo la falda. El contacto le gustó, sobre todo cuando los dedos de Javier
empezaron a aventurarse por los pliegues de su rajita. De todos modos, Marta
disimuló como pudo.
- Vamos,- volvió a ordenar Javier, también disimulando, -
explícanos cómo se utiliza todo eso, queremos una demostración.- María casi no
se atrevía a hablar pero decidió que era mejor seguir con el juego y no cabrear
a nadie.
- Bueno,- dijo cogiendo las esposas, ya sabéis para qué es
esto y esta bola es una mordaza muy eficaz,…-La chica estaba muerta de vergüenza
y sólo decir esas palabras le causaba escalofríos. Esto otro es para dar azotes
dijo blandiendo una fusta y golpeándose en la palma de la mano.
De pronto Esteban cogió una cadena que tenía dos pinzas en
los dos extremos y la levantó a la altura de los ojos.
- ¿Y esto de aquí?, -preguntó. María no contestó al momento,
pues eso se lo había comprado para ella y ahora le daba vergüenza.-¿Qué es esto?
¿acaso no lo sabes?
- Es para los pezones, -dijo Marta secamente.
- ¿Para los pezones?. No entiendo,- mintió Esteban. Oye, le
dijo a María alargándosela. -¿Por qué no nos haces una demostración?.- María
negó con la cabeza con media sonrisa forzada, y miró a Marta con ganas de
arañarle la cara.
- No gracias, no.
- Vamos, guapa, le dijo. Seguro que estás preciosa con ellas.
A través de esa camiseta se te adivinan unas tetas muy bonitas.
- Gracias, contestó María falsamente halagada, pero prefiero
que no, ....quiero decir que nunca me he puesto unas de éstas. A pesar de que no
las tenía todas consigo, María estaba un poco más calmada...y excitada.
- Vamos, no seas estrecha.- Los hombres no dejaron de
insistir, así que María cogió finalmente la cadenilla e hizo como que se la
ponía por encima de la camiseta.
- Así no preciosa, ¿Por qué no te quitas esto primero? , le
preguntó Juan mientras hacía ademán de bajarle el tirante de la camiseta.
- ¿Quieres que me desnude?,- preguntó María sin ninguna gana
de hacerlo, y anhelante miró a Marta. Ésta le hizo un gesto para que accediera
haciendo serios esfuerzos por no masturbarse pues ya tenía los dedos de Javier
pellizcándole el clítoris y hurgándole en el esfínter del ano.
Por fin María se llenó de valor y sin pensarlo más cogió con
las dos manos la parte baja de la camiseta y se la sacó de un golpe. Los tíos
silbaron de admiración al ver temblar los pechos de la joven.
- ¡Menudas domingas!. Joder tía, ¿qué te dan de comer?.-
María se volvió a ruborizar sonriendo forzadamente y se intentó tapar sus
abultadas tetas con las manos. Sin quererlo, ella también se estaba muy
cachonda.
- Venga no tengas miedo, ponte las pinzas.- María volvió a
sonreír forzadamente y cogiendo una de las pinzas de las cadenas se dispuso a
ponérsela en uno de los pezones. Pero justo cuando se la iba a cerrar se acordó
de la fantasía que había confesado en casa de Marta y un escalofrío de gusto le
recorrió el cuerpo.
- No creo que tenga valor para ponérmelas yo sola, -le dijo a
Esteban alargándoselas -¿Por qué no me las pones tú?.- El tío no se lo hizo
repetir y cogiéndole una porción del pezón con los dedos le cerró un doloroso
pellizco.
-Ay,- gimió ella, al sentir el calambrazo de dolor, y cuando
hizo ademán de llevarse la mano al pecho Juan se lo impidió bruscamente
cogiéndole de las dos muñecas. María se alteró al principio, pero al momento
aceptó sumisamente y cerrando los ojos ofreció su otro pecho a Esteban. Éste le
acarició la teta primero deleitándose de la piel suave y cálida de ese pecho y
con dos dedos le cogió el pezón para cerrar la pinza sobre él.
- Ayyy.- Esta vez la joven gritó más fuerte al notar el
intenso pinchazo de la pinza en sus sensibles pezones. A los tíos se les puso
como una estaca al oír las sensuales reacciones de la joven al dolor.
Repentinamente, y sin que María se diera cuenta, notó algo
frío y metálico en las muñecas y el sonido como de un cerrojo.
- Eh ¿qué estás haciendo? dijo ella abriendo los ojos al
darse cuenta de que le habían esposado las muñecas a la espalda. Por toda
respuesta Juan cogió otras esposas y después de hacerle tumbarse con cierta
violencia en el sofá, se las ajustó a los codos para inmovilizarle completamente
los brazos.
- No, no, protestó María pataleando,- no quiero, suéltame-. Y
diciendo esto, se puso de pie e hizo ademán de salir de allí. En ese momento
Marta se levantó y detuvo a su amiga.
- ¿Eh, qué te pasa?.
- Vámonos de aquí, Marta, -le susurró María,- no me gustan
estos tíos.
- ¿Quieres tranquilizarte?, sólo es un juego.
- Que no, te dije que si no me gustaba me iría y esto no me
gusta.
Las dos jóvenes hablaban medio susurrando delante de los
cuatro hombres que no les quitaban ojo.
- Vamos, no seas aguafiestas, a mí esto me gusta mucho, ¿no
querías tener una experiencia sado con cuatro tíos a la vez?.
- Sí.. es sólo que…
- Menudas niñatas, no son más que unas calientapollas Javier,
-dijo Moisés enfadado,- yo quiero mujeres de verdad.
- Tienes razón, esto es una mierda.
Al oír esto, Marta se desentendió de su amiga y se dirigió a
los hombres.
- Perdonadla, pero es su primera vez, dejadla un rato en paz
y ella sola se tranquilizará.
Marta se puso entonces en medio del salón para atraer la
atención de todos y con sus dedos cogió los dos cordeles que sostenían su
pequeño vestido.
- El caso es que estoy super cachonda y tengo ganas de
polla,- dijo tirando de los cordeles y contoneando su cuerpo como una striper.
-¿Alguien quiere que se la chupe?.- Marta dijo esto mirando lascivamente a los
hombres mientras su vestido se deslizaba limpiamente por su sedosa piel y caía
al suelo. En unos segundos la joven rubita se quedó como vino al mundo enseñando
su breve culito, su delgada cintura y espalda y sus pechos tiesos y redondos que
temblaban juguetones al más mínimo movimiento.
- Yo quiero que me la chupes, -dijo Javier con decisión
quitándose los pantalones, pero quiero que lo hagas sin manos, sólo con tu boca
y muy despacito.
Marta le dirigió una mirada viciosa, cogió entonces las
esposas de encima de la mesa y le dijo.
- Si quieres que no utilice mis manos tendrás que atármelas
con esto.- A la chica no le hizo falta insistir pues Moisés le arrebató las
esposas bruscamente y obligándole a cruzar los brazos a la espalda se las cerró
zarandeándola con cierta brutalidad. Aprovechando que Moisés la tenía atrapada
Juan se fue hasta Marta pues desde que había aparecido por la puerta había
estado deseando acariciarle esas preciosas tetas que se le adivinaban debajo del
vestido. A Juan se le puso muy dura cuando sus manos acariciaron esas mamas
tiesas y suaves a la vez.
- Dame un beso, preciosa, qué tetitas tan duras tienes.- Juan
le empezó a besar y buscar sus labios, cosa a la que Marta respondió
sensualmente, abandonada como estaba a lo que esos cuatro sádicos quisieran
hacer con ella. Mientras Juan le besaba, Moisés había cogido una soga y le
estaba atando los antebrazos entre sí, nudo tras nudo. Marta cerró los ojos
experimentando mil y un escalofríos de placer mientras la ataban y abusaban de
ella.
Emparedada por esos dos fortachones el cuerpecito desnudo de
Marta le parecía a Javier el de una niña y preparándose bien para el sexo se
sacó la camiseta quedándose completamente desnudo. En ese momento, Juan le
estaba retorciendo los dos pezones a Marta con los dedos.
- Así que quieres polla, pues vas a tener hasta hartarte,- le
decía con un deje de sadismo mientras le erizaba los pezones a pellizcos. Marta
aguantaba estoicamente esos dulces pinchazos de dolor que le sensibilizaban las
mamas por momentos mientras Moisés la terminaba de maniatar concienzudamente.
- Vamos, vamos, déjale los pezones que se los vas a
arrancar,- le dijo Javier arrebatándole la chica y sentándola en su regazo, yo
me la he pedido primero.
Y diciendo esto le dio un morreo a Marta, mientras la
abrazaba y le acariciaba todo el cuerpo. La joven estaba muy excitada de ir de
mano en mano sin ninguna consideración y sin que nadie pidiera permiso.
- ¿Quieres comerme la polla?,- le dijo Javier tras el beso, y
ella respondió que sí deslizándose hasta el suelo y mirándole con cara de
viciosa. Marta se arrodilló entre las piernas desnudas de Javier e inclinó su
torso adelante rozando sus pechos contra los muslos peludos de su anfitrión en
busca del pene.
El miembro de Javier estaba ya erecto y la joven decidió
empezar la felación recorriéndolo con la punta de la lengua desde la base a la
cabeza del miembro muy despacito. Luego puso dura la punta de su lengua
juguetona y le chupó el frenillo moviéndola como un colibrí. El gemido de placer
de Javier le hizo reír de gozo a la chica, y cerrando los ojos, Marta hizo que
la polla desapareciera dentro de su boca.
Ahora que Marta estaba arrodillada, Moisés pudo ver
perfectamente su retaguardia que ella mostraba ahora sin recato pues las
ataduras le obligaban a arquear la espalda. La joven tenía un breve felpudito de
pelo rubio y sobre él se abrían los labios de la vagina húmedos y rosados. Sin
embargo, lo que más excitó a Moisés fue el pequeño sumidero del ano de la joven,
prieto y cerrado entre dos nalgas firmes y redondas. Casi desde el primer
momento le dieron ganas de meterle la cara en el trasero y chuparle bien todo
aquello, pero por el momento se limitó a arrodillarse y acariciarle las caderas,
los muslos y el culo.
Ahora Marta subía y bajaba la cabeza lenta y cadenciosamente
mientras Javier se retorcía de gusto cerrando los ojos. Éste se concentraba en
la cálida y suave caricia de la lengua y los labios de Marta en su pene. Aún
recordaba la otra vez, ¡Qué bien la chupaba esa chica!. Era incansable y
enormemente dulce. Arriba y abajo, arriba y abajo, sin prisa pero sin pausa, con
los ojos cerrados y gimiendo quedamente. ¿Es que no se cansaba nunca de chuparle
la polla?. – Si sigue así me voy a correr en su boca- Pensaba Javier. – Sí por
favor, sigue, no te pares.- Además ese movimiento hacía que sus pechos se
rozaran continuamente contra la parte interna de las pantorrillas de él lo cual
le proporcionaba un enorme placer.
- ¿Te gusta?,- preguntó Marta tras sacarse el pene de la boca
y sorber algo de baba.
- Claro que me gusta, preciosa,- y dicho esto se agachó para
besar a la rubia con pasión. La lengua y los labios de Marta le sabían a su
propio semen, y Javier se deleitó de la vivaracha lengua de ella sin dejar de
besarla. Sin embargo, en pleno morreo Marta separó sus labios y puso un gesto
raro. Inmediatamente se estremeció y suspiró poniendo los ojos en blanco por un
segundo.
- Mi culo, sí, por favor, así.- Javier se dio cuenta,
entonces de que Moisés había metido su cara entre las piernas de ella y estaba
haciendo travesuras de las suyas.
Efectivamente, Moisés le estaba lamiendo el ano a la chica
mientras separaba sus glúteos con las dos manos. Marta tenía la piel de su
esfínter tersa y enormemente sensible. No es extraño que le gustara con locura
que le comieran lo de atrás de esa manera. Sin embargo, Moisés no se limitó a
eso, sino que siguió lamiéndole toda la raja del coño metiendo bien sus labios y
lengua entre los labios exteriores de ella.
- Sí cariño sí, qué gusto, -bramaba Marta medio mareada, sin
poder controlar sus reacciones. Javier le volvió a besar la cara y el cuello
mientras le acariciaba las aureolas de los pezones con los dos pulgares a la
vez. Hecho esto le agarró del pelo y le dijo.
- Ahora ocúpate de mis pelotas encanto.
Javier se volvió a tumbar en el sofá y se cogió su pene
erecto con la mano. Marta volvió a sonreír a Javier y siguió mirándole fijamente
cuando le empezaba a lamer los cojones.
Al trío se unió pronto Juan, que también se había desnudado
del todo y que en plan obsesivo, volvió a acariciar los pechos de Marta que
ahora se movían libremente colgando de su torso. Juan le cogió de los pezoncitos
y se puso a ordeñarla como si fuera una vaquita.
Entretanto, María miraba toda la escena refugiada en una
esquina de la habitación de rodillas. Estaba muda por el comportamiento de Marta
y entre asustada y cachonda de que ahora estuviera follando con los tres a la
vez. Sin embargo, había un cuarto hombre, Esteban, que en ningún momento había
dejado de mirar a María. Al principio la dejó en paz, pero el sensual juego de
Marta y los otros tres le puso tan burro que finalmente se acercó a María para
terror de ésta. La joven se acurrucó aún más sobre sí misma.
- Déjame, no me toques.
- Vamos preciosa, ¿has visto cómo folla tu amiga?, -le dijo
Esteban acariciándole las piernas. – No seas arisca, ¿Acaso no quieres pasarlo
bien tú también? ¿a qué coño has venido sino?.
- Sí, es sólo que tengo un poco de miedo., quítame las
esposas por favor.
- No bonita, -le decía él aventurándose a acariciarle y
abrazarla, estás mejor atada, así puedo hacerte esto, y repentinamente Esteban
se puso a hacerle cosquillas. María se retorció como una serpiente intentando
escapar, pero Esteban consiguió tumbarla en el suelo y le hizo reír a carcajadas
acariciándole las costillas con las yemas de los dedos.
- No, no, por favor, déjame, decía María entre risas
histéricas. Tengo muchas cosquillas, déjame. Tanto fue así que los otros cuatro
se quedaron un momento quietos para empezar a reír a su vez.
Las cosquillas provocaron que María se relajase por fin, y
antes de darse cuenta, Esteban le estaba quitando la minifalda sin mucho
oposición.
- No, no, qué haces, déjame, decía María en el suelo, pero
sin darse cuenta abría bien las piernas mientras Esteban le besaba la cara
interior de los muslos. De ahí, Esteban pasó al cunnilingus y las protestas y
quejidos de María se fueron haciendo cada vez menos intensos y creíbles.
Viendo esto, Marta retomó la felación con toda naturalidad y
volvió a estimular el escroto de Javier con su lengua. Éste no dejaba de
masturbarse con esa traviesa chiquilla cuya lengua pasaba de sus pelotas al
esfínter del ano con toda naturalidad y sin descanso. Cuando ya no podía más y
tenía su erección al máximo, invitó a la chica a incorporarse. Marta comprendió
lo que quería Javier y puso una pierna a cada lado del sofá mirando con interés
ese pene en plenitud. Con ciertas dificultades al estar atada de manos, Marta
dobló sus piernas y con la ayuda de Javier empaló su sexo en el largo falo. Los
manejos de Moisés la habían precalentado y Javier pudo penetrarla con facilidad.
Marta se estremeció y lanzó un largo gemido de placer según la polla de Javier
le fue entrando hasta dentro. Hecho esto Marta se puso a cabalgar con los pies
de puntillas.
Ante tal escena, Juan y Moisés se empezaron a masturbar pues
sabían que ellos eran los siguientes. Esa jovencita parecía disfrutar ahora,
gimiendo y bramando como una loca, su delgado y flexible cuerpo se movía arriba
y abajo una y otra vez, y con él sus simpáticas coletitas y sus pechos.
Al otro lado de la habitación a María se le había olvidado ya
que estaba maniatada pues Esteban no dejaba de comerle el chumino con una avidez
y glotonería poco común. A María nunca le habían chupado tan bien ni con tanta
insistencia. Además eso de estar atada y con esas pinzas en los pezones tenía su
morbo. Ese pequeño dolor le había dejado los pechos sensibilizados y aumentaba
su deseo por momentos. Esteban no se dio cuenta, pero María se empezó a correr
mientras le lamía el sexo, lo hizo tan discretamente que él siguió a lo suyo sin
parar de chupar. Eso le encantó. Si estar atada significaba que a una se la
follaran tan bien María empezó a dar por bien empleada su aventura sado.
Justo cuando pensaba en esto, Esteban dejó el cunnilingus y
se arrodilló para penetrarla a lo misionero. Si algo le gustaba a María después
de que le chuparan el coño es que la follaran. Esteban la penetró despacio con
cuidado, deleitándose del suave cosquilleo en su pene con las húmedas paredes de
la vagina de ella, y poco a poco empezó adentro y afuera. María mudó su gesto
por momentos y empezó a retorcer la cabeza gimiendo a cada embestida.
Los amantes estuvieron un buen rato así, pero llegó un
momento que Esteban dejó de sentir gran cosa y la sacó para poner a María a
cuatro patas. Una vez hecho esto la volvió a penetrar, así era más efectivo. Al
hacerlo a lo perrito, a María le empezaron a bambolear los pechos adelante y
atrás y con ellos la cadenita dorada, eso hacía aún más evidente el pinzamiento
de sus pezones y aceleró su segundo orgasmo.
Pocos segundos después, Javier, que había adoptado una
postura pasiva ante el enloquecido galope de Marta, empezó a eyacular dentro de
su vagina. Javier se retorció de gusto pues llegó tan poco a poco que sintió
como si su orgasmo se alargara un siglo. Marta no llegó aún, pero se puso a
gritar desaforadamente al notar como crecía el pene de Javier en sus entrañas.
Los otros dos estaban impacientes y no dejaron descansar ni
un segundo a la rubia, sino que la cogieron de manos de Javier y literalmente la
desempalaron para llevarla al suelo. Muy excitado Juan se tumbó cara arriba e
hizo que Marta follara encima de él. Por supuesto, ella aceptaba todo sin dudar
ni un momento y sumisamente inclinó el torso diciendo.
- Chúpame las tetas, me queman, chúpamelas, por favor.- Ni
que decir tiene que esas palabras volvieron loco a Juan que ya tenía su pene en
plenitud dentro de la muchacha. El caso es que aunque ella se lo pidió no se lo
puso fácil, sino que se puso a jugar con él moviendo su pechos hacia los lados.
A pesar de todo, Juan estaba encantado de ese juego tan sensual, y finalmente le
atrapó un pezón entre chupándolo y mordiéndolo. Marta puso los ojos en blanco
sin dejar de mover las caderas notando que le llegaba el orgasmo.
No obstante la puntilla se la puso Moisés al ubicar la punta
de su pene justo en el ano. Marta se empezó a correr ante la inminencia de ser
sodomizada. De hecho, mientras se corría, Moisés se puso a encularla. Esta vez,
la experiencia anal fue algo más dolorosa, pero Marta la admitió igualmente con
el añadido de estar siendo doblemente penetrada.
Después de repetidos y gozosos espasmos, Javier se recuperó
de su orgasmo y se levantó reparando en la orgía que tenía delante. Una semana
antes, cuando Marta le visitó por primera vez no lo había planificado, pero
aquello era mucho mejor que follar él solo con las dos. Había sido una extraña
casualidad que sus dos invitadas se pasaran por su casa justo el día que había
invitado a sus tres colegas del BDSM, pensó Javier esbozando una sonrisa cruel y
lujuriosa.
En ese momento Esteban sacó su pene y se empezó a correr
regando literalmente el trasero y la espalda de María.
Al ver aquello, Javier sonrió enigmáticamente y con
discreción se puso a recoger las ropas de las chicas. Todos estaban muy ocupados
Marta bramaba de gusto al ser sodomizada y follada a la vez, mientras Esteban
arrastraba a María hasta el sofá y le ofrecía un gran dildo negro para que lo
chupara. De este modo, Javier desapareció llevándose las ropas de ellas sin que
nadie se diera cuenta. Anduvo por un largo pasillo y abrió una puerta, encendió
la luz y bajó las escaleras silbando. Todo salía a pedir de boca. Estaba casi
seguro que nadie había visto entrar a las dos chicas, además ahora que eran
cuatro podrían dominarlas con cierta facilidad aunque ellas se resistieran.
A medida que bajaba las escaleras aumentaba el frío y la
humedad. Finalmente Javier sacó unas llaves y abrió una puerta que estaba en lo
más bajo de la escalera. Al encender la luz de la habitación y ver los
cachivaches de su interior sonrió excitado anticipando el placer que iba a
sentir en las próximas horas.
-Parece que está todo en orden,- pensó, pero de todos modos
entró y se puso a repasar todo lo que había allí. De hecho se pasó en la
habitación casi una hora inspeccionándolo todo y poniéndolo a punto para sus dos
invitadas.
Cuando volvió al salón, Javier se sorprendió de que la orgía
aún no hubiera acabado. En ese momento Moisés y Esteban se encontraban sentados
en el sofá y Marta y María les estaban haciendo la enésima mamada de rodillas y
moviendo la cabeza casi a ritmo. Javier se maravilló de que esas dos jovencitas
se hubieran dejado desnudar y maniatar tan fácilmente por unos desconocidos y de
que aceptaran colaborar en todo tipo de juegos sexuales sin poner el más mínimo
pero. La cuestión estribaba en si aceptarían con igual sumisión las duras
pruebas a que serían sometidas en las siguientes horas.
Ninguna de las dos chicas le vio pero Juan sí e hizo un gesto
de sorpresa. No era para menos, pues Javier llevaba un capuchón de cuero negro
en la cabeza con antifaz y tachuelas y unas cintas de cuero anilladas cruzadas
en el torso, muñequeras tachonadas y botas. Eso sí, la polla al aire y otra vez
en forma ante la visión de esas dos jovencitas desnudas bajando y subiendo la
cabeza rítmicamente. Probablemente estaba un poco ridículo vestido de verdugo
pero eso le daba igual. Además esas chicas podían reírse lo que quisieran al
verle, luego cuando estuvieran en su poder en el sótano no les quedarían ganas.
El caso es que Javier no quiso destapar el pastel tan pronto
y dejó que siguiera la "luna de miel" poniendo el dedo índice en los labios y
volviendo a esconderse. De hecho la luna de miel no tardó mucho en terminar
cuando Moisés y Esteban eyacularon casi a la vez sobre la cara de las chicas
agarrándoles del pelo para que no pudieran apartarla.
Aunque la brutalidad de los hombres había ido in crescendo a
medida que seguía la orgía, ninguna de las dos protestó ni sospechó nada malo.
Parecía que incluso a María le iba la marcha después de todo. Es más, cuando
Moisés terminó de eyacular en su cara, María se puso a besar apasionadamente a
Marta compartiendo con ella el semen y plena de lujuria.
Cuando terminó el beso María dijo -Ha sido genial, estoy
agotada.- María esperaba que le soltaran las esposas, pero nada de eso ocurrió,
los hombres siguieron a lo suyo e incluso llegaron a desentenderse de ellas. De
hecho recogieron la maleta y cualquier otro rastro de que ellas habían pasado
por ahí.
- Eh, soltadnos de una vez, estoy cansada y perdida de
esperma, me quiero dar una ducha, -dijo María. Pero como nadie le hacía caso se
dirigió a Marta. -Un momento ¿qué ocurre aquí?, por que se han llevado nuestras
ropas?.- Marta la miró y bajó la mirada con un poco de culpabilidad. -¿Qué pasa,
Marta?. ¿Quiénes son de verdad estos tipos?.- Y acto seguido se dirigió a
Esteban un poco histérica. -Oye tú, me estoy cabreando, ya vale de bromas, trae
mi ropa y suéltame, esto se ha acabado y me quiero ir a mi casa.
En ese momento apareció Javier con su disfraz, pero a María
no le dio ganas de reír, sino que un escalofrío de terror recorrió su espalda.
- En eso te equivocas, esclava, aquí no se ha acabado nada.
En todo caso, justo acabamos de empezar con vosotras.
- ¿Qué quieres decir?, no entiendo dijo María muerta de
terror.
- Sólo tienes que entender que ahora vamos a llevar vuestros
culitos abajo, a un lugar más discreto y acogedor.
- Sí, -dijo Juan alborozado.- Al cuarto de los juguetes.
- Eso es, al cuarto de los juguetes.- Javier dijo esto
apretando los dientes con sadismo, se acercó a María y le acarició el rostro con
el mango de un látigo de colas. -¿Creías que íbamos a dejar escapar dos
bomboncitos como vosotras sin jugar un poco con esto?.
-Por favor, deja que nos vayamos a casa, tengo mucho miedo-
Dijo María, sin dejar de mirar fijamente el látigo con el que Javier le
acariciaba, y aguantando a duras penas las ganas de orinar.
- No preciosa, no vais ir a ninguna parte y menos a tu
casita, ahora sois mis prisioneras.