Antes de nada, he de deciros que he tomado nota de los
comentarios que me habéis hecho alguno de vosotros, por lo que procuraré de
ahora en adelante no extenderme tanto en mis relatos. Tenéis toda la razón, pero
el único motivo por el que mis historias eran tan largas es porque hay tantas
sensaciones y sentimientos que he experimentado y que quiero transmitiros, que
muchas veces no me resulta fácil resumirlo. Y ahora, tras este "mea culpa", paso
a contaros lo que me pasó hace unos meses.
Hace un año empecé a trabajar como dependiente en unos
grandes almacenes conocidos a nivel nacional, incluso a nivel internacional.
Desde que abandoné la facultad después de repetir curso durante tres años
seguidos, he ido alternando distintos trabajos hasta que recalé en este. La
verdad es que no me pagan mucho, por no hablar del tema de los horarios, pero
tampoco me puedo quejar tal y como está el mundo laboral hoy en día, sobre todo
cuando hablo con compañeros míos de trabajo que me dicen que este curro es lo
único que han podido encontrar después de salir licenciados de la universidad.
Son conocidos los encuentros sexuales que se producen en los
grandes almacenes: determinados servicios se convierten en el centro neurálgico
de gays (y no gays) que buscan hacerse una paja o una mamada (cuando no buscan
algo más) con algún desconocido; por no hablar de la actividad sexual que se
cuece en los probadores donde parejas heteros y de gays dan rienda suelta a su
fantasía de follar en ese habitáculo tan claustrofóbico a escasos metros de
clientes y dependientes que abarrotan los pasillos.
Evidentemente yo soy uno de esos, y he protagonizado
distintos episodios de alto contenido sexual, tanto antes como después de entrar
a trabajar aquí. Hoy voy a contaros uno de ellos, aunque en un futuro os
relataré otros más.
Esto me ocurrió a principios de año. Por aquel entonces,
debido a la baja de un compañero, me destinaron a la planta de moda joven,
concretamente a la sección de una marca de ropa juvenil muy conocida. Me gustaba
estar allí: me sentía cómodo con mi ropa de trabajo (ya que tenía que vestir
ropa de la marca que vendía) y la mayoría de mis clientes eran jóvenes.
Un día apareció un chico joven buscando unos vaqueros para
comprarse. Desde el momento que le ví, lo reconocí: aquel chico me llevaba
observando desde hace un tiempo. Solía pasar a comprar por los grandes almacenes
un par de veces a la semana pues hacía la compra en el supermercado que tenemos
en la planta baja. Antes de que me cambiaran a la planta de moda joven, atendía
una caja de la sección de papelería que pillaba justo en frente de las cajas del
supermercado. Yo comencé a fijarme en él, porque siempre que salía de hacer su
compra, pasaba junto a donde me encontraba yo y me miraba descaradamente. A mí
me da muchísimo morbo aguantar la mirada a los tíos (en el Metro, por ejemplo,
me lo paso pipa con ese juego tan morboso del cruce de miradas con algún
desconocido que concluye cuando uno de los dos se baja en su parada), por eso,
la mayoría de las veces le seguía con la mirada hasta que desaparecía de mi
campo de visión. En alguna ocasión se entretenía en mi sección para hojear
cuadernos o cualquier otra cosa y aprovechaba para mirarme de vez en cuando y
yo, indudablemente, le correspondía de igual manera. El día que compró una
tarjeta de felicitación escuché por primera vez su voz, una voz fuerte y
varonil. Ese día me di cuenta de la maravillosa sonrisa que tenía y me pareció
un tío muy agradable. Pero desde que me cambiaron de planta no había vuelto a
verle, y de eso hacía ya dos meses, hasta la semana anterior al capítulo que voy
a relataros. Aquel día, este chico paseaba por mi planta mirando ropa. Cuando
pasó junto a mi sección, se sorprendió al verme allí y me saludó en la distancia
con una sonrisa. Una semana después, él estaba aquí de nuevo y yo dispuesto a
atenderle en lo que fuera necesario.
Aquel chico ya me resultó familiar la primera vez que lo vi,
aunque nunca supe ponerle nombre ni relacionarle con nadie. Me preguntaba si tal
vez había coincidido con él en el instituto o en la facultad, o si era un viejo
amigo de mi hermano. Llegué a pensar que se trataba de uno de esos tíos con los
que había coincidido en algún vagón de metro y había llevado a la práctica el
morboso juego de miradas; el caso es que yo le había visto antes y no sabía
dónde. Le calculaba unos treinta años, era alto (unos diez centímetros más que
yo), atractivo sin ser guapo y vestía de forma moderna. No puedo hacer una
descripción más pormenorizada de él por motivos que ya contaré más adelante.
Estuve aconsejándole sobre los vaqueros que podían ir más con
su estilo y, tras coger cuatro modelos distintos, se introdujo en uno de los dos
probadores que había en mi sección. En la planta en la que yo me encontraba
había unos probadores generales donde la gente se probaba la ropa que iba
encontrando por los distintos pasillos, pero después, para las marcas más caras,
contábamos con probadores específicos. Este era el caso de mi sección y, por lo
tanto, yo era el único que controlaba esos probadores. Pasados un par de
minutos, el chico asomó la cabeza por la cortina y me pidió si podía acercarme
un momento. Lo hice y cuando llegué abrió la cortina hasta la mitad y yo me
asomé. Se había descalzado para probarse los pantalones. Vestía uno de los
vaqueros y tenía el torso desnudo. Sin ser un cachas, aquel chico tenía un pecho
definido debido a la práctica de algún deporte.
Me he probado estos vaqueros pero no me acabo de ver… No
sé, quizás necesite una talla mayor ¿tú que crees? – me preguntó
Pues sinceramente sí. Con estos parece que está un poco
asfixiado y soy de los que piensan que a la hora de vestir lo importante es
ir cómodo – le contesté – Espere que le traigo la talla siguiente y probamos
Y fui a por ella. Me gusta ser sincero con los clientes y no
intentar engañarles. Incluso les desaconsejo comprarse algo cuando no les veo
muy decididos o cuando considero que no les sienta bien. Y parece que agradecen
ese trato que les doy, porque suelen volver en otras ocasiones a comprar más
prendas. Cuando regresé al probador, el chico ya se había quitado los vaqueros y
me esperaba sólo en calzoncillos. Usaba unos slips de lycra color verde botella
y marcaba paquete como si se hubiese colocado la polla a propósito. Me pidió que
no me fuera de allí para que siguiera dándole mi opinión sobre cómo le quedaban
los distintos pantalones que iba a ir probándose. Tuve que ir a por otras tallas
en dos ocasiones más con el resto de modelos, por lo que me entretuvo cerca de
media hora. Por suerte, había aparecido en el momento del día que menos
afluencia solía haber y no tuve que atender a nadie más (o quizás él era
consciente de ese detalle y no fue la suerte la que intervino, sino que aquello
ya lo tenía planeado). Cada vez que se quitaba unos vaqueros y se quedaba en
calzoncillos, me daba la impresión de que su paquete había aumentado en tamaño.
Yo luchaba para que no se me fueran los ojos hacía su instrumento, pero cuando
más se propone uno no hacer una cosa, menos lo consigue y acaba cayendo.
Disimulaba todo lo que podía, pero creo que no pude evitar que él se diera
cuenta de que le estaba observando. Fuera como fuera parece que no debió
molestarle ese hecho, porque siguió como si tal cosa, hasta llegó a meterse la
mano bajo los slips de forma descarada para colocarse los huevos. Ese tío no
tenía ningún reparo en exhibirse. Y su polla iba creciendo por momentos. La mía
llevaba tiempo reaccionando y sudaba a gota fría por el miedo a que me pillara
en esa situación. Y vaya si me descubrió: en un momento dado miró hacia mi
entrepierna y al notar el bulto que se dibujaba bajo el pantalón, me miró a los
ojos y se sonrió. Instintivamente miré hacia atrás para comprobar que no hubiese
nadie por mi sección que estuviese percatándose de lo que estaba ocurriendo
allí. Por fortuna, aquellos probadores se encontraban en un metido y no quedaban
a la vista de nadie.
¿Hay alguien por ahí fuera? – me sorprendió su voz a mis
espaldas
No, no hay na… - me detuve en seco sin acabar la frase
cuando al volverme hacia él lo encontré con la polla asomando por la
abertura del calzoncillo
El tío estaba allí, prácticamente desnudo, exhibiéndose para
mí y ofreciéndome ese delicioso manjar. Tenía una polla preciosa: larga, gorda y
bien proporcionada. De esas pollas que con sólo verlas te lanzarías sin pensarlo
a comerla. Pero en ese momento estaba en el trabajo y vaya sí me lo pensé.
Tócala; sé que lo estás deseando… - me dijo
No, no… - acerté a decir preso de los nervios que en ese
momento se habían apoderado de mí. En realidad no sé si eran más los nervios
o el morbo que aquella situación me estaba provocando
Venga tío, no seas tímido, cógela y acaríciala – insistió
No puedo, tengo pareja – mentí, pero fue lo primero que
se me pasó por la cabeza para parar aquello
Yo también tengo pareja – añadió al tiempo que cogía mi
mano con la suya y la dirigía hacia su polla. Después la posó sobre su
tronco y yo sólo tuve que cerrar la mano para apresar bajo mis dedos aquel
inmenso rabo.
Comencé a bajarle la piel suavemente y apareció ante mí aquel
rojizo prepucio que pedía ser chupado como si de un helado de frambuesa se
tratase. Lo rocé suavemente con uno de los dedos y el chico dejó escapar un
pequeño suspiro. Me chupé los dedos y le masajeé dulcemente aquel precioso
capullo durante un tiempo. Después, volví a agarrar con toda la palma de la mano
su tronco y empecé a pajearle lentamente. Cada cierto tiempo volvía la cabeza
para comprobar que aún seguíamos los dos solos y que nadie podría sorprendernos.
El chico no hacía más que suspirar y resoplar viendo como una mano ajena estaba
masturbándole el rabo. Yo continué con mi paja mientras con la otra mano le
acariciaba los huevos. Mi excitación era total y me dolía la polla aprisionada
bajo mi bóxer y mi pantalón. Él pareció darse cuenta de ello porque alargó su
brazo hacia mi paquete y me bajó la cremallera. Acto seguido, introdujo su mano
en el interior y empezó a sobarme el rabo por encima del calzoncillo. Estaba
totalmente a cien y por un momento perdí la noción de lo que estaba haciendo. De
hecho, ya había dejado de mirar hacia fuera y me había concentrado
exclusivamente en la paja que estábamos recibiendo. Me susurró que se la chupara
y yo, como un autómata, obedecí y agaché la cabeza. Entonces él tiró de mí y me
introdujo al interior del probador. A pesar de la calentura que llevaba encima
el chico, parecía conservar más cabeza que yo, ya que había pensado que para
evitar que alguien pudiera ver a un tío agachado con el culo en pompa asomado a
un probador, lo mejor era que yo también me metiese allí. Ya una vez dentro, y
sin nada que temer, no tardé ni dos segundos en engullir todo su pene. Me
costaba meterlo todo en mi boca, pero hacía esfuerzos para que así fuera. Me
puse más cachondo aún al comprobar que su polla sabía ligeramente a orina, no de
un tío que no se asea, sino de un tío que, irremediablemente, habría meado en
alguna ocasión a lo largo del día. Por eso aumenté la velocidad de mi mamada y
empecé a chupar y comer como un loco todo ese rabo. Noté que él metió una de sus
manos bajo mi pantalón y calzoncillos buscando la entrada de mi ano. Cuando dio
con su posición exacta, lo acarició con suavidad. Yo ya esperaba ansioso a que
me introdujera uno de sus dedos por el culo cuando una voz que vino del exterior
nos interrumpió.
Marcos, ¿estás ahí? Necesito que me des cambio – gritó
una de mis compañeras desde fuera
Sí, ya salgo; espera que estoy buscando unos pantalones
en el almacén – contesté rápidamente
Muy buena excusa. El pequeño almacén con el que contaba
estaba situado junto a los probadores, por lo que al verme salir, no tendría por
qué dudar de que realmente venía de allí. Acabé de arreglarme la ropa como pude
y empecé a colocarme la polla para disimular mi erección. El chico me susurró
que me esperara sólo un minuto más, que siguiera pajeándole, porque ya estaba a
punto de correrse. Le dije que no podía y antes de que me diera tiempo a salir
del probador volvió a cogerme de la mano y me la colocó sobre su polla. Me
resigné y empecé a masturbarle frenéticamente. Mientras, afuera, Silvia, mi
compañera, volvió a llamarme. Tenía prisa y la estaba haciendo esperar. "Venga
niño, date prisa que tengo a una clienta esperando" – me decía. Afortunadamente,
aquel tío no tardó ni medio minuto en eyacular. Le di a tiempo un kleenex que
guardaba en el bolsillo para que se corriera sobre él y no manchara el probador.
Salí algo rojo de allí y con la pila de pantalones tapándome el empalme.
Joder Marcos. Estás rojo. ¿Tú te has visto? – dijo
preocupada
Ah, no es nada. Es que ahí dentro hace un calor de
cojones. Ya se podrían tirar el pisto los jefes y ponernos aire
acondicionado en el almacén – contesté. Yo mismo me estaba sorprendiendo de
la capacidad de reacción que estaba teniendo en mis respuestas
Pues sí, pero después de lo que nos costó que nos
pusieran unas míseras taquillas en los vestuarios, no caerá esa breva… -
añadió
Después de darle cambio, mi compañera salió de allí pitando.
Esperé un tiempo más a recuperarme tras la caja. Una vez que mi erección
disminuyó comencé a darme cuenta del riesgo que acababa de correr. Joder, por
muy caliente que estuviera no podía jugarme el tipo de esa manera. El sueldo no
era nada del otro mundo, pero eran los únicos ingresos que tenía; por eso debía
evitar que volviese a repetirse una situación como aquella si no quería que me
despidieran. El chico salió a los cinco minutos ya totalmente vestido. Llevaba
en la mano un par de vaqueros que me entregó en caja para que se los cobrase.
Actuamos como si nada hubiese pasado. Yo hice mi trabajo como siempre: pasé las
etiquetas por la lectora, le cobré con su tarjeta de crédito y le di su ticket.
Sólo cuando parecía que ya iba a irse de allí me sorprendió pidiéndome un trozo
de papel y un bolígrafo. Se lo entregué y tras escribir algo me lo devolvió.
Llámame – dijo sonriéndome al tiempo que se daba la
vuelta y desaparecía de allí
Le seguí con la mirada hasta que cogió las escaleras
mecánicas. Después, desapareció de mi vista. Desdoblé el trozo de papel que me
había entregado y reconocí lo que parecía ser un número de móvil. Me lo guardé
en el bolsillo del pantalón y me dispuse a colocar en las perchas los vaqueros
que se había probado aquel chico. Fui a echar una ojeada al probador para
comprobar que todo estaba en orden, y en una de las esquinas observé que había
un pañuelo de papel arrugado tirado en el suelo. Lo cogí y lo olí. Olía a semen.
Era el kleenex con el que el tío se había limpiado su corrida. Me lo guardé en
otro de mis bolsillos y volví a mi caja. Me había vuelto a poner cachondo
después de haber olido ese pañuelo. Además, necesitaba descargar mis huevos tras
el calentón que había experimentado minutos antes. Por eso, en cuanto pasó por
allí cerca un compañero, le pedí que ocupase mi lugar durante un momento porque
necesitaba ir al servicio a orinar. Cuando entré a los servicios, me encerré e
uno de los retretes. Me bajé el pantalón y los calzoncillos y me cogí del rabo
totalmente empalmado. Empecé a pensar en aquel chico, que aún seguía
resultándome familiar. Quizás si le llamaba y decidía quedar con él podría
descubrir de qué le conocía. Entonces me acordé de que conservaba algo suyo:
saqué del bolsillo el kleenex que albergaba los restos de su leche y mientras
aspiraba y aspiraba el rico aroma que desprendía, comencé a cascarme una rica
paja.
CONTINUARÁ…