José Barrios, mi primer amor
Aprovechando las vacaciones de navidad me había acercado
hasta la hemeroteca de la Diputación de Cádiz y solicitado permiso, que me fue
concedido, para poder leer los diarios de EL LIBERAL, editados en esa bonita
villa durante los años 1811 y 1812.
Fueron 364 los periódicos que pudieron salir a la luz, antes
de que todos los que formaban la redacción recogieran rápidamente todas sus
pertenencias y huyeran hacia América, si no querían acabar en la horca,
perseguidos por los inmovilistas conservadores, que habían conseguido una vez
más que el bribón rey Fernando VII cambiase de parecer y les aupara al gobierno
de España.
Me interesaba sobre todo lo que se había escrito en este
periódico, garante de la libertad, relativo a los avatares sucedidos en las
colonias durante el desgraciado reinado de Fernando VII, aquel malvado,
miserable, inseguro, traidor y mal monarca que la dinastía borbónica ofreció a
España. Cuando más necesitado estaba, el sensible pueblo español, de tener al
frente alguien con capacidad de mando, después de haber dado una lección de
patriotismo al mundo durante la lucha contra el ejército napoleónico, la fortuna
le volvió la espalda y tuvo que cargar con el más sanguinario e inútil de los
monarcas.
Especial motivo de alegría para mí iba a ser poder leer en
aquel viejo y venerable papel de EL LIBERAL la publicación de LA PEPA, nombre
por la que se conoció popularmente la primera constitución, que se concedieron
los españoles en las Cortes de Cádiz el año 1812 siguiendo las ideas que la
Revolución francesa introdujo en Europa. En ella, por vez primera, se
manifiestan los derechos de los ciudadanos y se limitan los pertenecientes al
clero y sobre todo a la corona que dejaría de ser absolutista para convertirse
en parlamentaria.
Nunca llegó a ponerse en práctica pues Fernando VII, que,
antes de penetrar en España, había aceptado en la frontera francesa, las
condiciones que los liberales, después de vencer a las tropas francesas de
Napoleón durante la guerra de la Independencia, estaban en aquel momento en el
poder, le proponían para ser nombrado rey, las olvidó al llegar a Madrid, donde
le cegó comprobar que podía reinar de una forma absolutista, cuando el general
Pavía, en un golpe de estado, entró montado a caballo en las reunidas y
asustadas cortes liberales que se encontraban reunidas esperando la llegada del
nuevo monarca para ofrecerle la corona que había ceñido su padre.
Las persecuciones, desmanes y muertes sobre los pensadores y
principales luchadores por la libertad, que ocasionó el deseo de aquel nefasto
monarca de continuar teniendo en sus manos todas las riendas del poder, no
entraban en mi tesina.
Había elegido como tema de lo que pretendía entregar como
trabajo de fin de carrera, al terminar el quinto y último curso de Historias que
cursaba, las consecuencias que aquel sanguinario rey originó, no solo con la
pérdida de las colonias españolas en América, cosa que dada las ideas que la
Revolución Francesa había introducido entre los ciudadanos europeos, sobre la
igualdad de las personas ante la ley, hubiera sucedido de todas las maneras,
sino la pérdida de la necesaria confianza y amistad entre pueblos afines en el
origen y en la lengua.
España debió encontrar, después de la emancipación de los
territorios que colonizó y dominó, el olvido de las recientes luchas, ofrecer
vínculos suficientes a las nuevas naciones emergentes para seguir colaborando en
todos los órdenes, culturales y económicos y ayudar al incipiente comercio que
surgía, muy valioso para las dos partes.
Esta falta de visión, motivada por el resentimiento que aquel
rey supo infundir sobre los que habían sido sus leales súbditos hasta ese
momento, tanto aquí como allende del mar, hizo que otras naciones ocuparan el
lugar que le correspondía a España y que aun no hayamos conseguido la necesaria
confianza por parte de nuestros antiguos hermanos para colaborar como iguales.
Solicité nada más llegar a la hemeroteca, al conserje que me
atendió, los primeros periódicos. Estaban encuadernados en tomos de veinticinco
ejemplares cada uno. Tomado el primero me sumí en su lectura. Intentaba
trasladar mi pensamiento a aquella época para mejor entenderla y para ello leía
cada diario enteramente, gacetillas, sucesos y artículos de fondo y tomaba nota
de lo que me pudiera servir para redactar, vuelto a mi casa, la tesina de fin de
carrera.
Tenía calculado leer un tomo, es decir veinticinco diarios,
al día, para terminar con todos los ejemplares de EL LIBERAL que fueron
editados, dentro del periodo vacacional que iba a pasar en la Tacita de Plata,
sobrenombre ganado por esta bella ciudad por su diáfana luz y limpieza.
Fue durante el treceavo día cuando comprobé que a partir del
periódico número 312, habían incluido entre sus páginas un suplemento literario,
en el que entre noticias de literatura, iniciaban la narración, en forma de
capítulos, de la vida de alguien que podía encarnar la libertad que el periódico
propugnaba.
Nada más iniciar la lectura del primer capítulo mi corazón
saltó dentro del pecho, pues comenzaba así:
Me llamo José Barrios . . . . .
La razón de sentir este sobresalto era que hacía muy poco
tiempo, mi buen y amado amigo José Barrios de Colombia, en una de las muchas
conversaciones que sostenemos, me había comentado el deseo de conocer algún día
su origen, que sabía español.
Sucede comúnmente, que personas que viven desde hace varias
generaciones en lo que acá llamamos el Nuevo Mundo, intentan indagar su origen,
pues por su raza o color saben no son autóctonos, que hubo un antepasado, que en
un momento de la historia, salió de un lugar del Viejo Mundo buscando nuevos
horizontes para su vida y se afincó al otro lado del océano.
Aunque actualmente se sienten peruanos, mexicanos,
venezolanos, argentinos o como José, que se comporta como un buen colombiano,
mantienen abierto un rincón de su corazón para guardar allí algún recuerdo del
originario terruño de su abuelo o bisabuelo y si les es posible, viajar a
conocerlo algún día.
José no había sido ajeno a esta curiosidad. Aunque no llegó a
pedirme explícitamente ayuda, noté en él el deseo de contar conmigo para conocer
en qué parte de España mantenía sus ancestros.
Hubiera deseado poder ofrecerme, pero además que no poseo
conocimientos suficientes para poder crear con garantía un árbol genealógico, lo
avanzado del curso me lo impedía, por la falta material de tiempo, pues
necesitaba preparar los exámenes finales y la tesina que tenía que entregar.
Intenté ser útil a mi mejor amigo, pedí permiso para
fotocopiar ese y los siguientes capítulos y le mandé desde la propia ciudad de
Cádiz un paquete de cuartillas, con esta escueta nota.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Querido José:
Por correo te envío algo que primeramente te va a sorprender
y después seguro agradar. Es muy probable que ese José barrios, del que incluyo
narración de su vida tomada de unos periódicos editados en 1812, sea el
antepasado que buscabas, que posteriormente llegó a América y formó la familia
de la que desciendes tú.
Un fuerte abrazo de
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Me llamo José Barrios. Nací hace dieciséis años junto al río
Guadalquivir, en el barrio de Triana de la ciudad de Sevilla, en una pobre
casucha construida con adobes. Soy huérfano desde los siete años en que murió mi
madre de un "cólico miserere". Desde entonces me las he arreglado para subsistir
entre los vivos, aunque más de una vez pensé iba a acompañar prontamente a los
que abandonaban este mundo. A mi progenitor no lo llegué a conocer, creo nunca
vivió con mi madre, aunque recuerdo las palabras de admiración, que la que me
trajo al mundo, me contaba sobre él, cuando sentado en sus rodillas me besaba y
acariciaba.
- José, tu padre era alto como la torre de un campanario,
fuerte como un toro bravo en la plaza, valiente como un lince salvaje y canalla
como un bandido de Sierra Morena.
Aprendí a moverme en soledad desde muy pequeño por todos los
rincones de la ciudad bética, pero fueron las orillas del río Guadalquivir,
sobre todo las que bañan los alrededores de mi cabaña, donde principalmente, se
desarrolló mi vida.
Las abundantes aguas de esta importante corriente, al
atravesar mi ciudad, se convierten en navegables, desde el puente donde jugué
desde muy niño, hasta Cádiz, en cuya bahía se abren y pierden en el Océano
Atlántico.
Hasta donde alcanzan mis recuerdos, el río y el puente de
Triana, junto a cuyos pilares está situada la cabaña que me vio nacer,
estuvieron siempre junto a mí y me permitieron contemplar de cerca, valeros,
bergantines, goletas y pequeños navíos de guerra, cuando partían del puerto
sevillano para las Indias, cargados de productos fabricados en la metrópoli o
regresaban de ellas, con los productos que allí se cosechaban, que comenzaron
los españoles a llamar ultramarinos.
El muelle sur de la orilla del río, donde recalaban los
barcos procedentes de ultramar y se situaban las zonas donde se almacenaban,
hasta ser cargadas o distribuidas, las mercancías que llegaban o iban hacia
América, fue el lugar que más recorrí durante mi niñez. Podía allí encontrar
posibilidades de comer y "arramblar" algo que después podía vender y
proporcionarme algún ochavo de cobre que cubriera los pagos de mis primeros
caprichos infantiles.
La ciudad de Sevilla siempre ha vivido por y para las
transacciones comerciales entre la metrópoli y las tierras americanas y por
todos sus rincones se respira el hálito del intercambio, del comercio, de los
productos de allende los mares y también de los vicios, que la abundancia de
dinero que producen estas transacciones.
Tanto los barrios ricos y poderosos, como los más
depauperados y pobres, como el que yo habito, que toma el nombre de Triana, me
dijeron por algo relacionado con la Santísima Trinidad, están impregnados de
esta vorágine comercial, de las idas y venidas en busca de las oportunidades de
compra o venta que puedan presentarse y del iluso y casual encuentro con la
fortuna fácil y rápida.
Pululan por la ciudad bética, en rica mezcolanza,
comerciantes, armadores de buques, consignatarios y los mejores marinos
mediterráneos, junto a una chusma que se sustenta de lo que encuentra, roba o
estafa en su camino.
Trabajé cuando no tenía edad para hacerlo, descargando de las
bodegas café, azúcar, frutos tropicales o incluso lingotes de plata, que traían
a rebosar los navíos que venían de ultramar y me molí las costillas para
llenarlas de lo que proporcionaba la metrópoli a sus colonias, en los navíos que
partían, transportando alfarería, arcabuces o arados.
Crecí de prisa en mente, mañas y engaños, pero despacio y
liviano en cuerpo y fuerza y cuando intentaron cargase bultos más pesados
pagándome idéntica miseria, me di cuenta que trabajando no llegaría nunca a
disfrutar de lo que anhelaba y deseaba.
Antes de cumplir los diez años llegué a la conclusión que
para malamente llenar el estómago era posible conseguirlo de muchas otras
maneras, por lo que decidí no volver a trabajar y dejar que explotasen mi cuerpo
en los muelles del puerto.
Para subsistir hice recados o mandas para los que consideraba
buenas personas conmigo y huía o escondía de los que me parecían malvados y
podían hacerme daño. Me especialicé en el arte de orientar, mediante palabras
halagüeñas o promesas de goce sexual a los marineros que desembarcaban,
llevándoles hacia los hostales y tabernas donde recibía de los dueños comida y
algunas monedas de cobre por proporcionarles clientela con la bolsa llena de
dinero.
Llegué prontamente a conocer las posadas donde mejor se comía
y había mejores camas, los locales donde se bailaba y jodía, y clasificar, por
la limpieza y edad de sus mozas, los sitios donde existía el puterío más
recomendable.
Los marinos, recién desembarcados, eran fáciles de dirigir
hacia donde podía conseguir más comisión, pues como decía un posadero, dueño de
un local donde se daba de comer, se alquilaban habitaciones para los pudientes y
se dejaba follar de pie a los que no tenían para pagar una estancia, apoyados en
las desconchadas paredes del patio, por una miserable moneda de cobre.
Al vivir tanto tiempo en la mar sin catar una hembra, saltan
a tierra con la verga ya dura y preparada para follar cualquier coño que
encuentren a su paso.
Cuando llegaba con los ansiosos marinos, las prostitutas más
jóvenes, que acababan de iniciar el oficio de la jodienda, desaparecían
rápidamente por las distintas habitaciones, mientras las putas viejas, de
arrugados cuerpos, que se habían desgastado resistiendo sobre sus carnes las
grasientas barrigas y pollas de generaciones enteras, terminaban cogidas por los
que no tenían posibles, tumbadas en el suelo de tierra del patio o contra la
pared, recibiendo en ocasiones por sus servicios, solamente una escudilla de
sopa caliente.
Conocí también en estos lupanares, además de esas mujeres que
servían para calmar los insatisfechos deseos de sexo de los hombres, a muchos
truhanes y tahúres que se arremolinan alrededor de los recién llegados, sabiendo
acaban de cobrar sus soldadas, para ayudarles a vaciar prontamente sus
bolsillos.
Desde muy niño, cuando conducía aquellos hombres recién
desembarcados, ávidos de encontrar donde meter su verga, hasta las mujeres
pintadas y medio desnudas, esperándoles para ayudarles a descargar sus
testículos, me consideraron éstas como el agente que les había puesto en
contacto con sus clientes y no se privaban de ejercer sus habilidades puteriles
delante de mí.
Les veía follar, sobre todo cuando lo hacían de pie junto a
la pared, acercando y separando sus cuerpos unidos por una alargada verga,
escuchaba sus jadeos, los juramentos de los hombres que perdían la realidad
mientras hacían convulsos movimientos de su pelvis y las obscenidades que las
mujeres, que mantenían metida la picha en su cuerpo, decían para animarles a
derramar sus jugos y terminar prontamente.
Notaba después las convulsiones del macho, mientras parecía
dejaba de respirar y las siempre imitadas por la puta, de lo que llamaban el
correrse, antes de quedar inertes, separarse y seguir cada uno su camino sin
siquiera decirse adiós.
Consideraba aquello que ejecutaban como algo que solamente
gustaba y hacían los mayores y a mí, por ponerles en comunicación, me
proporcionaba algún dinero. Llegué a conocer sobre el sexo comprado todas sus
manifestaciones, maneras de practicarlo, su ejercicio y comercio, aunque tardé
bastante en interesarme por lo que parecían sentir los que lo ejecutaban.
No sucedía lo mismo con mis amigos del barrio, que se
agolpaban a mi alrededor cada anochecido, cuando el calor amainaba y era una
delicia platicar echados sobre la fresca hierba a la orilla del agua, que
sentíamos chapotear contra los pilares del puente, al contarles lo que había
oído o visto hacer entre aquellos rudos hombres y las mujeres que vendían su
cuerpo.
Me sentía importante entonces al comprobar que mis palabras
les encendían, ellos decían "se ponían calientes" y se frotaban su verga, hasta
que entre aspavientos de placer, veía asombrado les salía una o dos gotas de un
líquido blanco y viscoso por el agujerito de su punta.
Solitario en mi choza les imitaba pero no notaba el placer
que propagaban y cuando me confesé a uno de ellos, llamado Valen, que era quien
me hacía preguntas separado de los demás, me dijo.
Es que aun no eres un hombre. Cuando te crezca la polla
echarás ese jugo y sentirás mucho "gusto" al hacerlo.
Esperaba con ansiedad que "aquello" me creciera para, al
frotármelo, sentir el gozo que ellos pregonaban y Valen me prometía.
Pasaron largos meses y llegó por fin el momento que comencé a
comprobar cambios, tanto en el interior como en el exterior de mi cuerpo,
aquella colita que había sido el hazmerreír de mis amigos mayores, estaba
creciendo lo suficiente para poder enseñarla orgulloso en el corro que
formábamos al anochecido en la orilla del río.
Interiormente noté un deseo sexual que empezaba en mis
genitales y llegaba hasta mi cerebro y que como un volcán en ebullición
intentaba abrir una boca por donde explotar. Esta sensación me tenía en un
constante endurecimiento de la verga.
Coincidieron estas manifestaciones con extraños sueños y
sobresaltados despertares, en los que unas manos de esbeltos cuerpos de chicos
tocaban, recorrían y acariciaban toda mi anatomía ofreciéndose les follase. En
traseros, que hasta ese momento habían pasado totalmente desapercibidos para mí,
que abrían ansiosos sus nalgas enseñándome el agujerito, para que aquel trozo de
carne, que permanecía duro todo el día entre mis piernas, los atravesase.
Una gloriosa noche de verano, tenía entonces cumplidos doce
años, lo que tanto había pedido a la naturaleza cuando sin obtener resultados
frotaba mi pequeña verga, sucedió finalmente. Aquel pedazo de carne dura, de
varios centímetros de longitud, que empuñaba y frotaba vigoroso con mi mano
cerrada, sentado en el corro que formábamos al frescor de las noches, expulsó
sus jugos.
Noté algo indescriptible, como un rayo que ascendía desde mis
testículos hasta el cerebro, donde sucedió una explosión mayor que la producida
por las veinticinco culebrinas de la torre de la fortaleza de Nervión, cuando
dispararon las salvas de ordenanza en honor de la visita de nuestro soberano
Carlos IV, durante su última visita a Sevilla.
Después, por la diminuta abertura de la punta de mi polla,
que hasta entonces solo me había servido para expulsar el líquido sobrante que
mi cuerpo producía en los riñones, saltó al aire primeramente una gota y después
otra de lo que había oído llamaban lechada, semen o lefa.
Quedé como desmadejado después de aquello, como si se me
hubieran ido las fuerzas con aquellas gotas que expulsé. Miré entonces a mis
amigos trianeros que me rodeaban, interesado por ver si habían sido conscientes
que ya era un hombre, que me corría y sentía el placer sexual como ellos, y lo
que para mí había sido como un terremoto, nadie pareció haberse dado cuenta, por
lo que quedé en suspenso y algo desalentado.
Al comprobar que la única persona que lo había notado era
Valen, mi amigo vasco, le sonreí agradecido.
Valen era hijo de un marinero oriundo de esa parte de España
situada al norte, llamada vascongadas, que sirviendo al rey de España había
perdido una pierna de un cañonazo en una de las múltiples escaramuzas contra los
barcos musulmanes en el Norte de Africa y había terminado finalmente su odisea
recalando en Sevilla.
Casó con una foránea, aprendió el oficio de botero y se
dedicó a fabricar grandes pellejos y pequeñas botas de cuero para transportar y
conservar el vino tan abundante en mi tierra.
Valen solía sentarse en el corro de chicos que escuchaban con
creciente interés mis historias sobre sexo, pero era el único que después, en
cuanto le era posible, sin que le escuchasen los demás, me hacía preguntas
totalmente diferentes al resto.
Mientras éstos me solicitaban les desglosase y describiese
totalmente las zonas genitales de las mujeres, sobre todo cuando describía la
manera de follar de alguna chica joven, Valen me pedía la descripción de las
pichas de los marineros, tamaño, dureza, color y manera como se retorcían o
gesticulaban de placer en el momento que sentían los espasmos de la llegada y
salida del semen de su pene.
No sé si influido por estas preguntas o porque la necesidad
salió de mí de una manera natural, desde entonces comencé a fijarme en los
atributos de los hombres cuando dejaban al aire su masculinidad, soltándose los
botones de su jubón o bajándolo hasta los pies o incluso quitándoselo para poder
follar más tranquilamente. Comprobé que casi todos lo frotaban durante un buen
rato para mantenerlo con la dureza necesaria antes de meterlo en la abierta raja
que la mujer le presentaba.
Así tuve ocasión de contemplar pollas de todas las formas y
tamaños, duras, durante su preparación para entrar en el coño abierto que le
ofrecía la prostituta o blandas y manchadas de lefa, después de desarrollada la
acción sexual, cuando el individuo se preparaba para esconderla de nuevo entre
sus ropas.
El conocimiento que ya mi cuerpo podía alcanzar el placer de
la acción que había aprendido de mis amigos en el corro de los anochecidos, hizo
que a partir de aquel momento lo intentara de continuo, hasta el punto que abrí
una costura al lado de mi jubón para poder meter la mano por allí y poderme
tocar y sobar el pene de una manera casi continua.
Hasta no haber notado estas sensaciones en mis genitales, no
analicé la manera como se iba a desarrollar la sexualidad en mi cuerpo. Hasta
entonces había repetido las mismas palabras que oía a mis amigos, hecho los
mismos gestos obscenos, me había agarrado los huevos y suspirado, imitando
sentir grandes aspavientos de placer cuando veía pasaba una chica con un buen
culo y grandes tetas y explicado sentía los mismos impulsos en mi verga que
ellos decían, aunque no eran cierto ya que no sentía nada de lo contado.
Supe ya en aquellos años que ver pollas delante de mis ojos,
imaginar que las tocaba, acariciaba y succionaba, poner mis manos sobre cuerpos
desnudos de hombres, sintiendo su contacto, su calor, sus pulsaciones, su vida,
abrazarlos, besarlos y al final abrirles su orificio anal para que mi espada
penetrara hasta sus entrañas y depositase en su interior mi masculinidad, sería
el camino de mi sexualidad.
Valen a quien de una manera natural me acerqué y comenté todo
lo que sentía fue el mejor maestro en mi despertar sexual.
- José, yo sé hace tiempo que los cuerpos de personas de mi
mismo sexo son quienes me hacen sentir deseos de follar. Me alegro que tu
sientas lo mismo. Seremos amigos y nos apoyaremos.
Fue con Valen con quien gocé del placer de entregar y recibir
por primera vez el semen de un cuerpo idéntico al mío. El hecho sucedió de un
modo sencillo y natural, aunque lo que sentí no puedo catalogarlo de igual
manera. Mi bautismo sexual quedó tan marcado en mi cerebro como la primera vez
que la lefa salió de mis huevos, subió a borbotones por mi polla y salió al
exterior produciéndome un éxtasis que repercutió como fuegos de artificios en mi
cabeza.
El placer del derrame fue idéntico pero las sensaciones de
los prolegómenos, los contactos de nuestras pieles, los largos besos, las
caricias que nos hicimos aquella primera vez, echados sobre la fresca y verde
hierba de un rincón de la orilla del Guadalquivir, que yo conocía y a donde
solía ir a bañarme solitario y a soñar sentado a la sombra de unos ciruelos que
allí había.
Valen, te amo - le dije mientras mis manos acariciaban su
cuerpo.
- Yo también te amo - me respondieron a la vez su boca y
aquellos ojos vivarachos y muy negros de mi amigo.
Sucedió el encuentro sexual durante las primeras horas de una
tarde primaveral. Los grandes calores aun no habían llegado a Sevilla pero hacía
una temperatura lo suficientemente agradable para desear tomar un baño.
Aquella mañana la había dedicado a efectuar varias mandas,
comido al final de ella los restos de un potaje que un posadero me ofreció y al
volver atravesando mi puente trianero, el que quedaba junto a mi vivienda,
vislumbré a Valen, que asomado al pretil de piedra contemplaba el río.
Hola, ¡Cuánta agua trae el Guadalquivir este año! - le
saludé.
- Si, pero está muy sucia para bañarse - me hizo un gesto de
desagrado, mientras me señalaba las ramas y suciedad que arrastraba el río.
Yo sé de un remanso, aguas arriba, en el que estará limpia y
fresca ¿Quieres te lo enseñe y nos bañamos?
Vamos - asintió contento mi amigo.
Le mostré mi rincón favorito del río y gozamos desnudos del
agua. El sol ya declinaba cuando nos tumbamos sobre la caliente hierba a
secarnos y sin pronunciar ni una sola palabra, juntamos nuestros cuerpos y nos
comenzamos a acariciar.
Dejamos pasar lentamente la yema de los dedos por nuestra
piel húmeda, buscando los rincones que pudieran ser motivo de gozo, rozaron
nuestros labios, contornearon los pezones y jugaron con el vello que nacía bajo
nuestro vientre, después fueron las palmas completas las que acariciaron la
epidermis buscando el placer de la caricia, el calor que emanaba nuestro cuerpo
y la sensibilidad de nuestros axones y al final, vueltos de forma que los
rostros quedaron uno frente al otro, unimos toda la piel caldeada por el sol, en
un maravilloso y electrizante abrazo.
Mi amigo me confesó entonces la tristeza con que se retiraba
a su casa por las noches, después de haberse reunido conmigo y nuestros
compinches, porque no le había contestado a las amorosas miradas que me había
dirigido durante la velada y el deseo insatisfecho en que quedaba su cuerpo,
cuando pensando en mí, masajeaba su pene en la oscuridad de su lecho, hasta que
derramaba sus jugos.
- José hubiera deseado derramarlos sobre tu cuerpo en vez de
tenerlo que hacer sobre mi cerrada mano.
Le pedí perdón.
- Valen, no sentía deseos sexuales cuando os explicaba lo que
había visto en las posadas, estaba fingiendo notar algo en mi cuerpo. Solo mi
orgullo infantil quedaba satisfecho al ver que todos vosotros, mayores que yo,
atendíais mis palabras y decíais os encendían. Perdóname, ahora que sé lo
sublime que es estar contigo, te resarciré de mi falta de atención.
- ¡He soñado tantas noches con vivir estos momentos que me
concedes! ¡He llorado tantas lágrimas sobre mi almohada cuando te buscaba por
las noches en mi lecho y no estabas! - murmuró enternecido.
Su cara mostraba una alegría como nunca le había visto y
juntar los labios en un largo y prolongado beso significó el preludio y la
abertura de las compuertas de los deseos que habíamos mantenido escondidos hasta
ese día.
A partir de aquello nos abrazamos, sobamos, besamos y
mostramos locos el ansia de sexo que sentíamos y cuando metí la picha de Valen
en la boca, era la primera vez que lamía una polla, pude disfrutar de la textura
y sabor de la más hermosa del universo.
Enloquecidos por el deseo sexual que apareció en nosotros,
seguimos haciendo todo lo que se nos podía producirnos placer, hasta que
finalmente, rendido de amor, le presenté mi trasero, abierto, separando las
nalgas por mis manos, para que su hermosa y ya muy crecida picha penetrara por
él.
Tuvo sumo cuidado introducirme su verga ensalivada y
despacio, y aunque los primeros movimientos de entrada me produjeron algo de
dolor, el placer que sentí después superó todo lo que mi mente pudo imaginar.
Cada empujón fue una visita al paraíso, cada palabra de amor, que me dijo al
oído, un canto glorioso y cuando lo que habían producido sus gónadas penetró
caliente, como lava ardiendo en el interior de mi cuerpo, casi desfallezco del
placer que sentí.
No sé si cuando mi verga, algo inferior en tamaño que la
suya, se introdujo en su ano, fui capaz de darle el mismo placer que él me dio a
mí, pero puedo decir que obtuve de Valen gritos, gemidos y ayes superiores a los
que nunca había oído, cuando vi follar los marineros con las putas.
Mi vida cambió desde aquel día. Seguía necesitando ganar lo
necesario para comer, por lo que los mandados y las excursiones con la gente
llegada a Sevilla continuaron, pero en cuanto la marea del océano iniciaba su
retirada, por lo que los barcos no podían ascender por el Guadalquivir hasta
nuestra ciudad, lo abandonaba todo para estar con Valen.
En el buen tiempo, el lugar elegido para nuestras expansiones
sexuales siguió siendo mi rincón bajo los ciruelos, convertido en nuestro
refugio, y cuando por las inclemencias de los elementos no podíamos reunirnos
allí, a cielo abierto, mi pobre choza era el lugar que compartíamos.
Nunca dos cuerpos se unieron tantas veces y de forma tan
diferente, no creo haya bocas y lenguas que supieran buscar el placer de su
amante como las nuestras, que recorrían lamiendo todos los rincones de nuestros
cuerpos y mordisqueaban cada centímetro de nuestra piel intentando encontrar
estímulos nuevos.
Nuestras pichas ya conocían el momento justo de penetrar,
empujar y soltar sus jugos, para obtener la suma felicidad del derrame al
unísono.
Todo lo que éramos, vivíamos y podíamos cada uno de nosotros,
llegamos a saber ponerlo al servicio del otro, para causarnos la máxima alegría
y felicidad.
Fueron tres años, desde que cumplí los doce hasta que tuve
quince, en los que Valen fue mi principio y mi fin, mi amigo, mi amante, mi
príncipe y mi dios.
Se había iniciado la primavera, acababa de hacer los quince
años y se cumplían los tres que nos habíamos ofrecido nuestros cuerpos, que para
nosotros era como si nos hubiésemos matrimoniado. Pensábamos celebrarlo en
nuestro nido particular de las orillas del río. Había pedido al posadero, que
más me fiaba, me preparase una cesta de los mejores dulces que se fabrican en la
región que sabía gustaban a Valen, alfajores, tortas de anís, aceitados,
polvorones y otras delicias.
Traje el cestillo a media mañana, recién horneados, para
evitar que les vieran los parroquianos y se prendaran de ellos y lo dejé en mi
casita. Encargué a Valen los llevase a la tarde en cuando pudiera y me esperase
en nuestro rincón, porque la maldita marea no iniciaba la pleamar hasta las
cinco.
Pensábamos pasar todo el resto de la jornada y la noche en
nuestro nido. Yo no tenía a nadie que me lo prohibiese y Valen, después de
muchos ruegos, había obtenido de su padre la autorización de pasar la noche
fuera de casa.
- Estaremos - le dijimos - pescando cangrejos en los
riachuelos que desembocan en el Guadalquivir. ¡Ya veréis los que traemos!
Cuando noté que las aguas del río cambiaban de dirección, lo
que me señalaba que ningún nuevo barco llegaría a los muelles sevillanos, marché
a la carrera hacia nuestro nido de amor en el que esperaba estuviese ya Valen
esperándome.
Me acerqué jadeando y lo llamé desde lejos. No me extrañó no
me contestara pues imaginé se habría dormido en la espera, pero cuando bajo los
ciruelos comprobé no estaba ni tampoco en el agua, sentí un fatal
presentimiento.
Corrí hacia nuestro barrio de Triana y antes de alcanzar el
puente me dieron la fatal noticia.
- Valen, que llevaba un gran cestillo sobre su cabeza, por no
dejarlo caer al suelo, no vio ni pudo esquivar a un carruaje, con los caballos a
un trote largo, que le ha arroyado y matado.
Me contaron después que al oír la triste noticia lancé un
grito de animal herido y no pegué mi cuerpo contra el suelo porque manos
caritativas lo sostuvieron.
De aquellos tristes momentos no recuerdo casi nada de lo
transpuesto, herido y anonadado que quedé. Solo recuerdo unas palabras de
consuelo que escuché.
Debe de ser su hermano o pariente para sufrir tanto al
conocer la noticia.
Valen era para mí mucho más que eso, era una parte de mi ser
y con su muerte desaparecía con él un trozo de mi corazón.
Solamente la virgen Macarena sabe lo que lloré la pérdida de
mi amor. Dejé de hacer mandados, de llevar gente a las posadas o a los centros
de puterío, de comer y casi de respirar.
Fueron meses de suma tristeza los que siguieron a la muerte
de Valen. Sentía mi corazón desgarrado. Tuve que pasar por la dura adaptación de
vivir sin nadie en quien confiar mis penas, angustias, deseos y anhelos.
A partir de la desaparición de la persona que llenaba
totalmente mi vida, dejé de tener deseos sexuales y tardé mucho tiempo en frotar
nuevamente mi polla y si lo hice finalmente fue recordando a mi amor.
Debo de agradecer a los buenos vecinos que tenía en Triana,
principalmente los padres de Valen, no haber muerto de hambre durante el tiempo
que permanecí ensimismado, con una fuerte depresión que me tuvo postrado, casi
sin salir de mi cabaña y ausente de las importantes cosas que estaban pasando en
España, metido en mis lúgubres pensamientos, como si no perteneciera a este
mundo.
Solamente las palabras que había dicho mi amor a los largo
del tiempo venían una y otra vez a mi cerebro. Se las oía de nuevo y contestaba,
sin darme cuenta que estaba solo entre las cuatro paredes de mi casa.
¡Qué labios tan dulces y maravillosos tienes! No me canso de
besarlos. Sabes mi amor, trasmiten toda la picardía que tu cuerpo posee, el
calor y morbo que tu deseo sexual produce y también la alegría y la ternura que
inunda tu corazón
Tienes el cuerpo ideal para hacer el amor, eres atlético,
piel tostada y tu cuerpo responde a todos mis estímulos, gozo contigo como nunca
pensé pudiera ser - escuchaban nuevamente mis oídos.
¿Como no va a responder mi cuerpo al intenso placer que le
proporcionas simplemente con el roce de tu piel? ¿Cómo no va a temblar cuando
pones en contacto con mi agujero ese maravilloso, vivo, duro y sublime sexo que
posees? ¿Cómo no va recibir con deleite al ser más lindo y bello que fabricó la
naturaleza? ¿Cómo no va a moverse al son que manda tu carne metida en mi carne?
¿Cómo no va a derramar su semilla para ofrecértela a ti? - respondía mi boca a
la imagen que solamente estaba en mi cerebro.
Fueron también mis vecinos, no sabiendo lo que hacer para
curarme, los que conociendo mi devoción por la Macarena, se acercaron hasta la
iglesia donde se la venera y solicitaron su ayuda.
No sé si fue la intervención de mi virgen o que llegó el
momento que la naturaleza venció al mal que tenía dentro, pero una mañana al
levantarme, me pareció que el sol brillaba nuevamente, que el agua fluía bajo el
puente del río y que había nueva vida, ruido y movimiento a mi alrededor.
Pensé que tenía que seguir adelante y vivir. Al principio me
asusté por haber dejado a mi mente discurrir de esta manera, pero comprendí
finalmente que necesitaba sobreponerme a todas las adversidades que me habían
sucedido y pensar en el futuro.
Hasta decidir mi destino necesitaba ganar algo de dinero para
poder comer por lo que busqué nuevos sitios para hacer recados o llevar gente a
otros lugares de la competencia, pero las propinas que me daban, tenía entonces
bien cumplidos los quince años, eran más apropiadas para un niño de diez que
para mí.
Recibir como antes comida gratis, aunque fueran las sobras,
fue fácil durante mi niñez, pero nadie alimentaría a un joven de mi edad sin
echarle en cara su vaguería.
Para trabajar en el puerto, cargando y descargando grandes
pesos no había preparado mi cuerpo, por lo que no se me ocurría ninguna otra
forma de ganarme la vida.
Hasta que una tarde en la que me encontraba muy enfadado
porque después de un largo desplazamiento para transportar un enorme bulto desde
el puerto hasta un palacete de la parte opuesta de la ciudad, donde habitaba un
caballero poseedor de mucho dinero, en un día en que se fundían las piedras por
el calor que hacía, cuando esperaba una buena propina, había recibido solamente
un miserable ochavo de plata.
Al iniciar el regreso, como el sol seguía castigándome de una
forma inclemente, me acerqué hasta la orilla del Guadalquivir. Allí me bañé para
refrescarme y ya tendido a secarme bajo unos cerezos cargados de fruta en sazón
que habían llenado mi barriga, me dediqué a mirar los barcos que saliendo del
puerto de Sevilla, aguas abajo del río, se dirigían al mar abierto.
Estaba en una zona que no conocía y desde la que se veían las
embarcaciones muy cercanas cuando pasaban frente a mí, porque el río presentaba
su mayor profundidad hacia la parte donde me encontraba descansando.
Los pilotos no duchos en la navegación por esta traidora
corriente, necesitan ser guiados hasta el océano por prácticos del puerto
sevillano, porque el río, aun con la marea alta, presenta bajíos peligrosos, que
es imprescindible evitar para que no rompan la parte baja del buque.
Así pude vislumbrar perfectamente en la cubierta de un bello
velero de tamaño medio, mirando hacia las blancas y extendidas velas, un hombre
que daba órdenes a un muchacho de mi misma edad, que ataba y desataba nudos,
giraba palancas y aparecía tan ufano y entregado a su labor como si fuese él
quien dirigía la embarcación.
Imaginé que aquel chico podría ser yo que zarpaba para otras
tierras. Tumbado sobre la hierba soñé en las posibilidades que había oído contar
había al otro lado del océano.
En aquel mismo momento decidí embarcarme. En Sevilla no tenía
ningún futuro posible, no había nada que me atase a aquel lugar si no fuese el
recuerdo de mi Valen.
La falta de personal joven que quisiese navegar hizo que me
fuera fácil encontrar un navío que me aceptase como grumete.
Dediqué el día anterior a mi partida a decir adiós a lo que
consideraba había sido algo importante para mí. Por la mañana recorrí los
parajes, rincones o lugares donde había dormido, soñado, sufrido o cobijado
durante mi corta y solitaria vida. No me despedí solamente de los que habían
dejado un poso de alegría o agradecimiento en mi recuerdo, deseé hacerlo también
de los lugares en que lloré amargas lágrimas cuando me hacía cargo de mi soledad
o encogí mi corazón por el miedo a ser atacado, robado, mancillado o prendido
por la autoridad después de mis pequeños hurtos.
Para cada uno de ellos tuve una despedida especial. Sabía muy
difícil los volviese a ver y por ello intenté grabarlos bien en mi mente para
mantenerlos en el recuerdo.
Pasé posteriormente a despedirme de algunas personas que me
mostraron su amistad y cariño cuando lo necesité y al mediodía quise compartir
mi última comida en la ciudad bética con la familia de Valen. Compré con el
último dinero que poseía algunos fiambres y una botella de vino fino sevillano y
me dirigí a su casa.
Como siempre fui recibido con muestras de alegría y amor en
aquel hogar, porque conocieron desde su inicio, la relación que mantuve con su
hijo y cuando les comuniqué que había decidido embarcar para las américas, los
padres de mi amor me desearon toda suerte de venturas en el nuevo mundo. Cuando
salí de aquella casa había terminado de despedirme de los vivos que habían sido
algo en mi existencia hasta entonces.
Había dejado para la tarde, era cuando Valen y yo nos
reuníamos, para hacerlo debidamente de él y de su recuerdo.
Eran casi las cinco cuando me acerqué al camposanto. Sentí
ganas de llorar cuando vi su tapia desde lejos. Iba a ser la última visita que
haría a aquel lugar donde estaba enterrado una parte de mí.
Una lápida de piedra en la que estaba grabado su nombre y la
fecha que lo perdí, señalaba el lugar donde se encontraba la tumba. La habíamos
mantenido, tanto su madre como yo, limpia y siempre con alguna flor sobre ella.
Me senté en el duro suelo y mientas pasaba una vez más la
yema de los dedos sobre las letras de su amado nombre, rememoré su sonrisa, sus
negros y bellos ojos, su moreno y grácil cuerpo y la manera especial que tenía
de abrazarme y besarme cuando hacíamos el amor.
Todos los momentos de felicidad que recordaba haber
disfrutado en mi vida se los debía a aquella maravillosa criatura cuyos restos
descansarían eternamente allí.
No sé cuanto tiempo permanecí recordando paso a paso todos
los momentos felices que viví con mi amigo y amante, sé que para abandonar su
tumba fue necesario que uno de los sepultureros que cuidaban el lugar, me
anunciase comprendiendo mi dolor.
Cuando desaparece la luz del sol, se cierra el cementerio.
Muchacho debes de marchar ya.
Al dirigir mi última mirada a su tumba le prometí.
Si alguna vez vuelvo a Sevilla, mi querido Valen, será
solamente para visitarte.
Las lágrimas que quise evitar durante todo el día anegaron
ahora mis ojos y así llorando salí del camposanto y recorrí parte del camino de
vuelta hacia mi cabaña.
Aquella noche preparé lo que llevaría de viaje, dos camisas,
un jubón, tres prendas interiores y algunos recuerdos, probablemente inútiles
para donde me dirigía, pero que constituían mis únicos tesoros y recuerdos de mi
niñez.
Llevé después todas las cosas que en mi cabaña recordasen a
Valen a su familia. Los platos, vasos y cubiertos que usó, así como las mantas
que lo cubrieron pensé no debieran ser mancillados por otras personas. El resto
le dije a su madre, que tal como estaba, lo debiera vender y con lo obtenido
mandase al sepulturero que me anunció me retirara de su tumba, la mantuviese
siempre limpia y con una flor fresca sobre su lápida.
Como mi estómago no estaba dispuesto a digerir nada debido a
los muchos sentimientos encontrados por los que había pasado aquella jornada, me
acosté sin cenar.
La última noche que pasaba en aquella cabaña vieja y medio
destartalada que había sido mi morada en Sevilla tuve múltiples e inquietos
sueños, me vi triste y lloroso sentado en el barco por dejar mi patria, después
perseguido en el nuevo mundo, donde había llegado, por indios salvajes que
intentaban descuartizarme, pero al final de las horas de descanso tuve la dicha
de soñar lo que hacía tiempo no sucedía, que Valen estaba en el lecho junto a mí
y disfrutaba una vez más de su sexo.
Cuando culminó la polución nocturna desperté y salí a la
puerta de mi pequeña casa. El cielo empezaba a iluminar Sevilla por el este, el
camino hacia Lucena, donde se encontraba nuestro rincón y le despedí con el
pensamiento
Me faltaba cumplir con el último adiós, mi Virgen Macarena
por lo que me dirigí a esas horas tempraneras hacia la iglesia donde se la
venera. Admiré durante un rato su rostro moreno y comencé a decirla.
- Virgen y madre mía. Me postro ante tu presencia para que me
bendigas antes de emprender este viaje hasta América. Quisiera dejar Sevilla
sabiendo que siempre podré contar contigo.
Cuando salí de la iglesia me recibió una llamarada de luz que
me hizo entrecerrar mis ojos. Atravesaban en aquel momento la plaza, que hay
frente de la iglesia, bandadas de golondrinas que portaban el alimento para sus
crías. Recordé que estos pájaros vuelven a anidar al sitio donde nacieron y
pensé que igual haría yo porque aunque esta ciudad no se había portado bien
conmigo, la tenía metida en mis huesos.
Después, llevando atada en cuatro puntas una pañoleta donde
guardaba todas mis posesiones llegué a la orilla del Guadalquivir, donde cercano
al puente de Triana, que une el barrio que lleva el mismo nombre con el palmeral
donde se asienta la Torre del Oro, estaba amarrado el "Nueva Aurora" barco donde
esperaba llegar a mi nuevo destino.
Atravesé temblando de emoción la pasarela que unía el
bergantín al muelle, a las nueve de la mañana del día 4 de mayo del año 1801
cuando gobernaba en nuestro país el rey Carlos IV de la dinastía borbónica.
Notaba como mis piernas se tambaleaban, no solo por el
balanceo del débil cordaje, sino porque mi cuerpo no podía pararse quieto de la
tembladera que me había entrado.
En aquel instante me vino a la mente el miedo a lo
desconocido, la verdadera dimensión de la aventura que iniciaba y me inundó una
falta de valor hasta tal punto que estuve dispuesto a regresar corriendo a
esconderme en los rincones donde lo hacía cuando notaba surgía algo peligroso a
mi alrededor, cuando acuclillado hurtaba la vista de mi cuerpo de la gente, pero
resoplé, me volví a encomendar a la Macarena, hice acopio del poco valor que aun
me quedaba, intenté calmarme y me obligué a saltar a bordo.
En ese lugar del cerebro donde se acumulan los recuerdos ha
viajado conmigo la maravillosa imagen de Valen, su olor, el tacto de su piel, su
voz y sus palabras.
- José, eres y serás mi amor eterno