
Llegué a la oficina. Por un momento me sentí inquieto por lo
que acababa de hacer, como si todos lo supieran, pero me calmé enseguida, al fin
y al cabo ya no pasaba nada ni tenía porque pasar. Llegué a la puerta de mi
despacho y extrañamente no estaba Silvia. Entré, me senté, miré el esquema que
había dejado a medias y me quedé pensativo; pensativo de todo y de todas.
No sé cuanto tiempo pensé en nada, pero tres pequeños golpes
con ritmo en la puerta me volvieron al mundo real. Era la característica forma
de llamar de Silvia. Se abrió la puerta, apareció ella y me vino a la mente el
paquete de Ángela...
– "¿Has mandado eso esta mañana?" – la interrogué antes de
que dijera nada.
– "Sí, nada más dármelo tú y si el servicio urgente no falla,
debería haber llegado ya" – respondió eficazmente.
– "Perfecto… ¿Querías algo?" – pregunté por su entrada.
– "Está aquí la nueva, ¿la hago pasar?" – preguntó en voz
baja.
– "Sí, claro…" – confirmé intrigado.
Entró una chica pelirroja bastante alta para tener diecinueve
años, casi tan alta como Silvia. Sus escasas pecas y un cutis fino aumentaban su
aspecto de niña. Silvia nos presentó y nos dejó asolas. Después de un beso de
presentación y oler su exquisito perfume, me fijé en ella. Era más bien delgada
y llevaba puesto ya el uniforme de la empresa como Silvia, una blusa blanca con
una falda ceñida sobre las rodillas. Le sentaba bastante bien, a primera vista
era un buen fichaje.
Le hice unas cuantas preguntas sobre los conocimientos que
tenía y le expliqué un poco que haría como segunda secretaria en el puesto que
iba a ocupar, ya que si como dijo Silvia, entró por enchufe seguro que se había
saltado a los de recursos humanos para que la evaluaran; pero preferí no
comentarle nada por el momento. A pesar de que parecía tener bastante
experiencia, era algo tímida, sus mejillas se sonrosaban rápidamente y sus
pupilas centelleaban. Me gustaba…
La dejé de nuevo a cargo de Silvia, al menos los primeros
días y volví a encerrarme en mi mundo, mi despacho vacío y silencioso. Decidí
llamar a Ángela para aclarar algunas cosas.
– "¿Sí?" – contestó la voz que recordaba.
– "¿Sabes quien soy?" – pregunté casi iniciando un juego.
– "Claro, no me llaman hombres todos los días y esperaba
deseosa que lo hicieras, has tardado" – me provocó ella.
– "A lo mejor no te mereces que te llame" – moví de dirección
su juego.
– "¿Por qué me dices eso?" – preguntó ella.
– "No te portas bien conmigo…" – dije con rintintín.
– "La última vez hice todo lo que querías y hubiera hecho más
pero no me dejaste y tengo muchas ganas de que vengas otra vez" – nunca imaginé
que me gustaría tanto tener a una madurita a mis pies.
– "Me diste el número de teléfono de Noemí equivocado" –
siguió en silencio – "Así que estoy esperando a que te portes bien" – la oí
respirar y con tono casi serio recitó un nuevo número de teléfono móvil.
– "¿Ya me he portado bien?" – preguntó con voz tristona.
– "Aún no lo sé, pero por el momento te mereces un castigo" –
dije con voz queda.
– "¿Quieres que te haga algo? ¿Cómo me vas a castigar?" –
preguntó.
– "Eso te gustaría que te pidiera… ¿te has puesto lo que te
he enviado?" – pregunté serio de nuevo.
– "Sí, como me dijiste en la nota, deseaba que me vieras hoy"
– afirmó muy segura.
– "Pues tu castigo será no verme hoy y además no quiero que
te quites ese collar de perrita en ningún momento, ve incluso a la compra con
él, te observaré y si te portas bien, mañana por la noche quizá nos volveremos a
encontrar" – me estaba gustando instruirla en un terreno inexplorado también
para mi.
– "Lo haré. Tu perrita está deseando que llegue mañana por la
noche." – dijo lentamente en voz baja.
– "Una última cosa, no uses mi número de móvil ahora que lo
sabes" – ordené.
– "Vale, pero yo…" – dijo indecisa.
– "Ssshhhhhh" – hice que se silenciara y colgué.
Una sonrisa de oreja a oreja me inundaba, sentía que había
hecho el mejor papel en mucho tiempo y que aquella perra madurita era una
auténtica sumisa por naturaleza. Miré el nuevo número y me sentí animado. Me
tomé un respiro, salí a por agua y Silvia le estaba explicando algo a Mónica. La
pecosilla me sonrió cuando la miré. Volví a mi despacho y me dispuse a llamar,
esta vez a Noelia.
– "¿Sí?" – no había duda, era su voz.
– "¿Sabes quien soy?" – utilicé el mismo inicio de juego.
– "No, ¿quien eres?" – preguntó intrigada.
– "Soy alguien que deseas" – dije susurrante.
– "¿Qué eres? ¿Un maníaco sexual del teléfono? Te equivocas,
chaval!" – habló casi nerviosa pero con temperamento, y colgó.
Bien, bien, la chica tenía temperamento, seguro que follaba
como una tigresa, me gustaba, me gustaba ese carácter. La volví a llamar, pero
intentando ser prudente para que esto no terminara mal.
– "¿Otra vez tú? ¿Qué quieres?" – preguntó amenazante.
– "Quiero un beso más apasionado que el que me diste en la
barra el sábado" – dije con decisión. Ella se quedó en silencio. ¿Pensaba? ¿Se
habría dado cuenta ya de quien soy? Seguro que sí…
– "Veo que ya recuerdas quien soy" – continué.
– "¿Cómo has conseguido mi teléfono?" – preguntó calmada.
– "Tengo mis contactos" – reí levemente y volvió a quedarse
en silencio.
– "¿No te apetece que hablemos?" – pregunté incitándola.
– "¿Qué buscas de mi?" – se puso algo defensiva. Follarte,
pensé.
– "Charlemos y ya lo veremos" – dije transmitiendo confianza.
– "Esta bien, llámame dentro de diez minutos" – colgó de
nuevo.
No había ido tan mal. La chica respondió poco a poco y aceptó
mi conversación. Seguro que quería lo mismo que yo, porque tonta no debía ser.
Pasaron los diez minutos que me parecieron veinte.
– "Hola de nuevo" – dijo con tono sonriente.
– "¿Ya?" – pregunté yo para saber si estaba "libre".
– "Ya estoy sin sujetador" – dijo atrevida.
– "¿Qué?" – me sorprendí como si no hubiera oído lo que había
dicho.
– "Era broma" – respondió ella. "Claro, broma", pensé yo.
– "Eres muy mala conmigo" – afirmé con sonrisa.
– "Pero veo que en el fondo te gusta" – dijo con tono
sonriente también.
– "Puede ser… puede ser…" – no sabía que decir.
– "Aún no me has dicho que buscas de mi" – se atrevió ella de
nuevo.
– "A lo mejor busco eso" – dije rápidamente.
– "¿El que?" – preguntó confundida.
– "Que estés sin sujetador como antes" – dije en tono más
susurrante.
– "Eso te costará más de una llamada" – respondió como
defensiva.
– "Esta ya es la tercera" – advertí. Noelia rió y yo había
hecho jaque, pero se quedó en silencio de nuevo.
– "¿Entonces?" – continué intrigado por su silencio.
– "Entonces me gusta como juegas" – dijo más sensual.
– "¿Cuánto más me va a costar el final del juego?" – pregunté
ya puesto en situación.
– "¿Cuánto estás dispuesto a dar?" – ella también empezaba a
adorar el juego.
– "A ti podría darte todo" – eso le gustaba seguro.
– "Me gusta tener a un pijo como tú a mis pies" – era
demasiado narcisista ella.
– "A mi también me gusta estar a tus pies" – respondí
enseguida.
– "¿Ah sí?" – dijo triunfante.
– "Sí… así podré ir subiendo poco a poco" – esto llevaba buen
camino.
– "Mmmm ¿Hasta donde?" – preguntó dispuesta a seguir jugando.
– "Primero hasta tu sexo, pero lo dejaría para el final y
seguiría a través de tus pechos hasta llegar a tu boca que se quedó con ganas de
más" – me lancé.
– "¿Cómo sabes que se quedó con ganas?" – parecía que le
gustaba preguntar para que me lanzara yo.
– "¿No es verdad?" – pregunté yo ahora.
– "¿Qué es verdad?" – se hizo la despistada.
– "Que me deseas como yo a ti" – dejé la pelota en su tejado
y un silencio corto inundó el teléfono móvil.
– "A lo mejor…" – respondía bastante precavida a pesar de
tener ganas de mi.
– "¿A lo mejor que?" – jugué a su juego de preguntar.
– "A lo mejor sí que te deseo" – respondió sin vacilar un
segundo.
En este punto ya me estaba poniendo. Noté mi abultado
pantalón que respondía a su voz; y seguro que a ella también le estaba gustando,
así que continué un poco más allá para ver donde llegaba…
– "¿A lo mejor me deseas? ¿Y que deseas hacerme?" – continué.
– "¿Qué te gustaría que te hiciera?" – se defendió ella.
– "Me gustaría que me hicieras de todo" – dije sin
atrevimiento pero con lujuria.
– "¿Todo? ¿Cómo que?" – volvió a escudarse ella. Tenía que
soltarla un poco…
– "¿Esta conversación te pone?" – interrumpí yo.
– "Mucho" – respondió inmediatamente. Mi corazón se aceleró.
– "Es que a mi también me estás poniendo mucho" – respondí.
– "¿Ah si? ¿Te pongo mucho?" – preguntó de nuevo.
– "Si notaras lo mismo que me estoy tocando yo…" – dije casi
fuera de mi.
– "¿Cómo te gustaría que lo notara? Yo también me estoy
tocando hace rato" – la verdad, sabía como ponerme.
– "Me gustaría que lo notaras con tus labios, con tu lengua…"
– se quedó la conversación en silencio.
– "¿Qué te estás tocando?" – añadí yo.
– "Estoy en pijama, no llevo nada debajo y me pellizco los
pezones" – dijo de una forma muy sensual.
– "¿Te gusta que te pellizquen los pezones?" – me atreví a
preguntar.
– "Mucho" – respondió pausadamente.
– "¿Mucho?¿Mucho?" – mi propia pregunta me pareció tonta.
– "Me vuelve loca" – solo su voz podía hacer que me corriera
allí mismo en la oficina.
– "¿Y porque no llevas nada debajo?" – me encantaba que no
llevaran nada debajo.
– "Porque me gusta mucho tocarme y que me toquen en cualquier
momento" – Solo pude soltar un "buf" y notar mi pene endurecerse solo.
– "¿Y que haces a estas horas de la tarde, tan pronto en
pijama?" – pregunté curioso.
– "Estoy malita… ¿quieres ser mi médico?" – su voz era la de
una niña mala.
– "Te pondría una inyección ¿te gustan las inyecciones?" – me
emocionaba por momentos.
– "Si me la pones tú seguro que sí" – Noelia era la guarra
que yo pensaba.
– "¿Dónde quieres que te la ponga?" – la provoqué más.
– "Me gustaría que me la pusieras por cualquier sitio" – me
dejó sin palabras.
– "¿Por cualquier sitio?" – pregunté excitado.
– "Por todos mis agujeros" – susurró como si estuviera en
celo.
– "Estás caliente ¿verdad?" – seguí preguntando.
– "Mucho" – los dos hicimos una pausa suspirando – "Como una
perra" – continuó.
Me encontraba excitadísimo por aquella guarra cuando un susto
me interrumpió. La puerta del despacho se abrió con un portazo de un solo golpe,
me di la vuelta y allí de pie estaba Marcos con cara de pocos amigos. "Lo siento
Jorge, no he podido evitar…" – se asomó Silvia excusando la entrada de Marcos.
"Perdona, tengo que colgar, luego te llamo" – le dije a Noelia terminando la
excitante conversación. A Silvia le dije que no se preocupara, que nos dejara
solos, y salió, aunque todos nos observaban desde afuera a través de la rejilla.
– "¿Tú que te has creído? ¿Qué le has hecho a Sabrina?" –
preguntó Marcos fuera de sus casillas.
– "Lo que haya pasado entre ella y yo, es entre ella y yo, es
más, lo hemos dejado, es toda para ti ya si la quieres" – respondí
tranquilamente
– "Eres un hijo de puta" – dijo lento pero rabioso.
– "¿Y tú que eres? ¿El perro de presa que me envía?" – sonreí
maliciosamente.
Sin mediar palabra me propinó un inesperado derechazo. Su
puño hizo sangrar mi nariz casi al instante. Suerte que la mesa del despacho
evitó que yo cayera al suelo.
– "Eso por Sabrina" – dijo con voz cansada.
Silvia gritó y unos compañeros entraron al despacho. La
escena era la de una película de amores y celos de quince años. Para reír.
– "Creí que ese había sido por follarme a tu novia" – al fin
y al cabo, a pesar de lo ocurrido, Lorena y yo nunca nos habíamos llevado bien,
y así lo jodería más.
Volvió a ponerse como una fiera mientras yo limpiaba mi
sangre con un pañuelo de papel, pero mis compañeros lo agarraron y lo sacaron
afuera con la ayuda del seguridad y se largó. Podría caerle una buena por el
dichoso numerito.