Rodeado de hombres desnudos
Parte III: Caliente, caliente.
Rubén pasó un fin de semana extraño y no salió de su
taciturna introspección. Su mujer le preguntaba en vano que es lo que le
sucedía. Atribuyó al trabajo su estado de ánimo y le sugirió que buscara otro
empleo. Pero nada contestaba Rubén, cada vez más inmerso en su contradictorio
universo. Había tenido sexo con otro hombre por primera vez en su vida. Sentía
la indignación furiosa de haber sido obligado a esa situación, pero tampoco
podía quitarse de su mente y cuerpo, uno de los momentos más excitantes de toda
su vida: había gozado en verdad, al penetrar ese hombre sintió otro placer nunca
probado y todavía tenía en su miembro, el registro vivo de cada movimiento
lingual. Pasó un domingo sometido a tortuosos remordimientos, y también a
masturbaciones recordatorias del impactante momento.
Cuando al lunes siguiente volvió al trabajo, Rubén estaba a
las puertas de un ataque de nervios. Héctor apareció como siempre con su mejor
sonrisa y esto lo reconcilió con el mundo. Al salir de la ducha, el joven se
acercó a Rubén:
-¡Me olvidaba! hace unos minutos me crucé con Rivano, y me
dijo que quiere hablar con vos.
-¿Conmigo? – contestó Rubén con los ojos desorbitados
-¡Eh! ¡Tranquilo!, no te preocupes, Rubén... si Rivano es un
buen tipo...
-Pero...
-Calmate, no seas tremendista... ¡A lo mejor te ofrece un
aumento de sueldo! – dijo riendo, mientras dejaba el vestuario.
Rubén se quedó anonadado. ¿Sería posible que ese hijo de puta
le haya ido con el cuento? ¿Qué pasaría ahora? Salió decidido, pero atemorizado
hacia el despacho de Rivano. Golpeó timidamente, y se dio coraje cuando escuchó
la firme voz desde el interior invitándolo a pasar.
-¡Ah, Rubén!, pase, siéntese... tenía que decirle un par de
cosas – dijo sin sonreír Rivano, cosa extraña en él. Los dos quedaron
enfrentados, escritorio de por medio.
-¿Sucede algo malo, Sr. Rivano?
-No lo sé todavía...
-No me asuste, señor...
-Quédese tranquilo, Rubén, no es con usted la cosa – dijo, y
Rubén sintió algo de alivio.
-¿Señor?
-¿Qué?
-Perdone mi atrevimiento, pero... que me haya citado a su
despacho tiene algo que ver con una persona que...
-Creo que sí, Rubén.
-Un hombre no muy alto, de bigotes...
-Exacto. Un cliente que vino a decirme algunas cosas sobre
usted.
-Señor... yo...
-Es uno de los policías de la seccional de enfrente.
-¿En serio? – Rubén no daba crédito a las palabras de Rivano.
-Ya sabemos que esa gente suele ser un poco autoritaria,
¿verdad? – dijo Rivano lleno de ironía
-Sí, señor, pero yo le aseguro que...
-No hay nada que aclarar, Rubén.
-¿Voy a perder mi empleo?
-¿Cómo se le ocurre?
-¿Entonces?
-Bueno... sé que usted es un buen hombre, y conozco a ese
policía lo suficiente. Digamos que lo llamé para darle un consejo, si me lo
permite...
-¡Por favor, señor...!¡Diga usted!
-Digamos... que siempre hay que saber "ser cauteloso" ¿me
entiende?, se lo digo por experiencia. – y al decirle eso, Rivano volvió a
sonreír, era un gesto cómplice que acompañó a un significativo guiño de ojos.
-Pero ese hombre...
-No se preocupe, yo hablé con él – dijo poniéndose más serio
– y es inofensivo...
-Gracias, señor.
-Vuelva a su trabajo, Rubén.
-¿Va a tomar un sauna hoy, señor?
-¿Eh?... ¡Ah!, sí, claro... Vaya nomás.
Al abrir la puerta, Rubén se cruzó con Héctor, que iba a
anunciarse tocando. Se sonrieron y el profesor entró al despacho de Rivano, que
lo recibió alegremente.
El día pasó sin mayores sobresaltos. Rubén estaba más
tranquilo y de alguna manera, su vestuario era ya como su casa. Al final de la
jornada, el gimnasio estaba casi vacío, entonces Rubén vio entrar al Sr. Rivano.
Se sonrieron saludándose con un gesto de miradas.
- Hoy el sauna está para usted solo...
-¿No hay nadie? – contestó Rivano, quitándose la ropa.
-No, señor.
-Qué suerte... digo, qué bien. ¿Cómo está, Rubén? ¿Tranquilo?
-Sí, señor, gracias, no sabe cuanto aprecié hoy sus palabras.
Le estoy muy agradecido.
-No tiene porqué estarlo – dijo con voz cálida. Rubén lo miró
alejarse totalmente desnudo hacia los orinales, y fue a acomodar sus cosas en un
armario, dejándole lista la toalla. Rivano se quedó allí un rato largo, pero
volvió desplazándose con ese andar tan especial. A cada paso, su gran miembro se
chocaba con uno y otro muslo. Se detuvo en la mitad, mirando entorno suyo, con
las manos en la cintura.
-Hace falta un poco de pintura aquí ¿no cree?
-Puede ser, señor... – Rubén lo miró, de pié y desnudo.
Rivano se rascaba la cabeza de cuando en cuando, miraba el techo, se cruzaba de
brazos, volvía sobre las paredes y el mobiliario.
-El próximo mes, quizá... también hay que lustrar un poco
estas maderas...¿no cree, Rubén? – vociferó rascándose un testículo.
-Es que aquí hay mucha humedad, siempre...
-Claro, claro... – y así seguía hablando, y preguntando cosas
a Rubén de tanto en tanto, cruzaba una mirada con él. Se paseaba (y exhibía)
desprejuiciadamente por el sitio, como desfilando ante su interlocutor. Rubén
dejó de prestar atención a sus palabras y no pudo evitar volver a mirar el
cuerpo desnudo de Rivano. Sintió deseos de hacer con él lo que había hecho con
el policía. Enseguida reprimió ese apetito, recordando lo que el mismo Rivano le
había aconsejado: cautela. Pero Rivano se quedaba allí, extrañamente más de la
cuenta. De frente, de espaldas, ningún detalle de su cuerpo desnudo quedó ajeno
a la inspección de Rubén. El considerable falo, que colgaba cabeceándose a cada
movimiento, ahora parecía un poco más rígido, más grueso de lo que era
habitualmente. De pronto, ambos encontraron sus miradas, sosteniéndolas por un
segundo.
-Bueno – dijo Rivano luego de un largo silencio – Voy a
relajarme un poco.
-Vaya nomás, señor, si necesita algo...
-Sí, te aviso... hasta luego...
Rubén aprovechó para poner el sitio en orden y prepararse
para regresar a su casa, entonces vio que Rivano había olvidado su toalla. La
tomó y fue a alcanzársela al sauna. Cuando entró, con un leve toque a la puerta,
el sitio estaba casi en penumbras, no obstante podía distinguir perfectamente el
cuerpo de Rivano recostado en una de las gradas. Tenía las piernas muy abiertas
y con los brazos ocultaba su cara. Dos pelotas bien peludas parecían sostener el
gran tronco recostado sobre el muslo derecho.
-Gracias, Rubén, iba a ir por la toalla pero me dio demasiada
pereza.
-¿Usted apagó la luz?
-No
-Entonces debe haberse quemado la lamparita. Voy a cambiarla,
si no le es molestia.
-En absoluto.
Rubén salió y al cabo de unos minutos vino con una bombilla
nueva y un destornillador. Rivano seguía inerte, solo que la pierna izquierda se
había elevado a la grada más alta, dejando ver el panorama de un ano cubierto de
vello oscuro. Rubén cerró la puerta tras de sí e intentó concentrarse en su
trabajo, solo iluminado por el breve resplandor que entraba por la ventanilla.
Los tornillos del armazón de la luz estaban algo rígidos, por lo que le costó
desarmarlo. Quitó la tulipa de vidrio y quiso sacar la bombilla quemada.
-¡Caramba!, está atorada...
Al cabo de un rato, Rubén, que llevaba su overol habitual,
estaba empapado de sudor. Al ver que Rubén forcejeaba en vano, Rivano lo miró
diciéndole:
-Rubén, vas a cocinarte aquí, ¿porqué no te sacás esa ropa
tan pesada?
-Tiene razón, señor – resopló Rubén. Se abrió la cremallera
delantera y se bajó hasta la cintura la parte superior del overol, dejando su
sudado torso al desnudo.
-No sé que pasa con este portalámparas, parece que está
girando en falso.
-Tenga cuidado, por favor – dijo Rivano incorporándose y
acercándose a observar. Pero no solo se fijó en el portalámparas, sino en el
pecho extenso de Rubén. En efecto, de hombros anchos, Rubén evidenciaba una
figura bien corpulenta. Rivano avanzó un poco más, y pese a la poca luz,
presintió unos pechos fuertes, con un poco de vello en el centro y dos
prominentes pezones oscuros.
-¡Pero Rubén! ¡Tendría que haberlo empleado como entrenador
de atletismo...!
Rubén largó una sonora carcajada.
-¿A mí? – dijo entre risas – Jamás hice gimnasia.
-Es increíble, usted tiene un físico privilegiado...
-¡Ya está! ¡Salió la maldita lamparita!
-Mírese nomás... no me diga que nunca entrenó esos bíceps.
-¿Me alcanza la lamparita nueva?
-Y su caja toráxica... ¡envidiable! – continuaba Rivano
mientras le alcanzaba la bombilla.
-Ahora la tulipa... el armazón... ¡Joder!, se me cayó un
tornillo... ¿usted lo ve?
-No – contestó Rivano, que se había acercado junto a Rubén,
de pié con toda su desnudez.
Rubén se agachó para palpar el suelo, en busca del tornillo.
Entonces el sexo de su jefe, estaba a pocos centímetros de sus absortos ojos.
Con las manos tanteaba el piso, pero no podía apartar la mirada de ese mástil
que empezaba a subir.
-Está caliente aquí ¿no? – preguntó Rivano.
-Sí, señor... ¿quiere que baje la temperatura?
-No, en realidad así está perfecto. Solo me preocupo por
usted, ¿no se sofoca con ese overol?
-Sí – contestó con un susurro - ¡Tornillo de mierda! ¿Pero
dónde cayó?
Rubén tenía frente su cara el creciente falo de Rivano.
También sentía su aroma: una mixtura de orines y sudor que le pareció exquisita.
No solo olía por eso, sino por las gotas transparentes que empezaba a destilar
el glande asomando cada vez más por debajo del prepucio.
-Me parece que lo encontré – dijo Rivano, que había pisado el
tornillo con su pie desnudo - ¡Ay, está caliente!
-Cuidado, señor – dijo Rubén, tomando el tornillo – ahora sí,
alcánceme el destornillador, por favor.
Rivano obedeció, sin dejar de mirar fijamente a Rubén. Su
overol se había bajado bastante y asomaba el calzoncillo.
-Qué calor... y encima, no veo demasiado – dijo Rubén
enjugándose la frente.
-Por mí no se preocupe y póngase cómodo del todo – sonrió
Rivano, en un tono totalmente sugestivo. Pero Rubén no alcanzó a darse cuenta de
eso, solo quería liberarse de su ropa. Hubiera abierto la puerta, pero temió
incomodar a su jefe. Entonces, como movido por un reflejo, se descalzó las
zapatillas pisándolas rápidamente con los talones y resoplando se quitó el resto
del overol, apartándolo a un costado y quedando en calzoncillos de algodón
estampado.
-Pero usted está totalmente en forma, Rubén. Si no hace
gimnasia ¿cuál es su secreto?
-No lo sé, señor. ¿Pero le parece que realmente tengo buen
físico?- preguntó Rubén a tiempo que ensartaba el armazón en sus muescas.
-¿Me lo pregunta en serio? ¡Claro que sí! ¿cuántos años
tiene?
-47, señor. ¡Listo! Vamos a ver si enciende.
Rivano dio unos pasos hasta el interruptor y la luz brilló
iluminando todo el recinto. Los dos cuerpos cobraron una nueva presencia ante la
nueva claridad.
-¿47, dijo?
-Sí.
-Pues muchos veinteañeros quisieran tener esa firmeza aquí...
– sentenció Rivano posando una mano en el brazo derecho de su empleado. Ahora la
incipiente erección, seguía su curso, y su pene se levantaba latiendo
suavemente. Rubén lo advirtió y se quedó callado, aún con el destornillador en
la mano. Observó como Rivano deslizaba su mano por su brazo y pronto sintió la
otra sobre su hombro. El sudor, que había formado una capa lustrosa en todo su
cuerpo, funcionaba como un aceite para masajes.
La luz los envolvía haciendo resaltar el brillo en la piel.
Rivano estaba cada vez más interesado en lo que veía y tocaba. Su verga,
ensanchada y pendulante, empezaba a apuntar el techo y el rollizo prepucio se
descorría en cada latido, dejando surgir una fruta roja y radiante.. Rubén miró
de reojo hacia abajo y quedó atrapado por esa visión.
-Tiene pectorales muy desarrollados. Yo estuve ejercitando
los míos últimamente – continuó Rivano, mientras se animaba a deslizarse hacia
el pecho de Rubén que a cada toque de su jefe, sentía palpitar su verga.
-Eso se nota, señor, porque usted tiene un torso muy definido
– titubeó
-¿Le parece? – rió el jefe – Qué bueno que se nota. A
Gabriel, mi entrenador, nunca le parece suficiente mi esfuerzo. Y tiene razón,
yo creo que los pectorales están un poco flojos. Mire – y tomándolo de la mano,
hizo que la apoyara justo sobre su tetilla izquierda. Rubén sintió la textura de
la piel velluda, caliente y mojada, y no se animó a dejarla allí. Rivano deslizó
sus ojos hacia la entrepierna de Rubén y notó la prominencia de una tienda de
campaña. Entonces extendió dos dedos hasta el pezón derecho de Rubén y lo rozó
sutilmente rodeando todo el contorno de la oscura aureola. La tetilla se puso
dura y a Rubén se le erizó la piel. Después descendió su mano hasta el abdomen,
notando como Rubén respiraba entrecortadamente, en silencio.
-A esta parte sí,... tal vez le vendría bien un poco de
abdominales – dijo sonriendo. Rubén también sonrió, algo sonrojado por su
barriga algo abultada – Pero... mire un poco: ¡su calzoncillo está empapado!
-Es verdad.... bueno, en realidad nunca entré a un sauna por
mucho tiempo. Y yo transpiro mucho.
-Entiendo, pero ¿a quíen se le ocurre estar aquí en
calzoncillos? ¿Lo quitamos? – susurró Rivano, esperando la autorización que
enseguida vino de Rubén con un gesto tímido. Entonces, lentamente, tomó la
prenda por el elástico y lo fue bajando poco a poco. La verga dura de Rubén se
dobló aprisionada por la cintura del calzoncillo, haciendo presión hacia arriba.
Rivano abrió bien sus ojos al descubrir una maraña de pelos abrigando toda la
extensión del pubis. Bajó de un solo tirón el calzoncillo y un palo rigidísimo
saltó como resorte golpeando el abdomen de Rubén. Los dos falos, a pocos
centímetros ostentaban unos firmes y oscilantes erguimientos. Rivano posó sus
manos sobre los hombros de Rubén, y los deslizaba a manera de tenues masajes.
Rubén entrecerró los ojos, y tuvo que sostenerse de la pared para mantenerse en
pié, chorreaba sudor y sintió una agitación inclemente. A punto de desmayarse a
causa de la excitación que tenía, sumada al agobio del calor, suspiró:
-Creo que es momento de tomar una ducha, señor...
-Tiene razón, Rubén. Salgamos – dijo tomando la toalla.
Rubén tomó su ropa y salió tras su jefe que mirando hacia
todas direcciones exclamó:
-A esta hora, ya no hay nadie...
-Es la mejor hora...
-Tiene razón – contestó Rivano secándose el sudor con la
toalla. Ninguno de los dos había perdido las erecciones. Rubén entró en una
ducha y Rivano se quedó apoyado en el umbral, contemplándolo.
-¿Y usted cree que vendrá alguien, Rubén? – expresó Rivano
sin dejar de mirar el rígido miembro de Rubén. Y éste iba a contestar cuando
escucharon unos pasos y ambos se volvieron intrigados.
-¿Todavía por aquí, Rivano?
-¡Hola, Héctor! ¿terminaste ya? – contestó Rivano entrando a
una ducha y guiñándole un ojo a Rubén, que consternado, ocultó su erección
girando sobre sí bajo el agua.
-¡Hace rato!, ...me quedé tomando algo con Gabriel, que venía
detrás de mí. ¿Qué tal Rubén? ¡Ah, vengo apestando a sudor! – y rápidamente se
quitó el traje de baño y entró una ducha de enfrente.
-¡Buenas...! – dijo Gabriel entrando al vestuario, e
inmediatamente dejó su bolso en una banca y se quitó la ropa - ¿Me dejaron un
poquito de agua caliente?
-Hay para todos – gruñó Rivano.
Rubén escuchaba las voces de todos, sus risas, y estaba
pensando a mil por hora cómo salir de allí sin que notaran su erección. Ni
siquiera tenía una toalla a mano. Gabriel ya estaba desnudo entraba a la ducha
contigua a la de Héctor. Rubén miró de reojo y los dos hombres enfrente a él:
estaban totalmente enjabonados y se fregaban vigorosamente bajo el agua.
Fuera de la visión de Rubén, Rivano, en la ducha de al lado,
expuso toda su erección a Héctor, que le sonreía y lo miraba cómplice,
mordiéndose el labio inferior. Éste pronto comenzó a enjabonar solo su pelvis,
con masajes envolventes. Cuando Rubén se dio cuenta, la tentación de mirar fue
muy fuerte para él. El profesor de natación pronto estuvo duro como el acero, y
su pija enhiesta resaltaba por entre la espuma de jabón. Ahora era Héctor que
miraba fijamente a Rubén. Rivano, avanzó un poco para ver que sucedía. Rubén,
todavía un poco de espaldas, ya no podía ocultar ni su erección ni su interés
por Héctor, quien le sonreía inmutablemente. Rivano, saliendo casi de su ducha,
contemplaba toda la situación con la pija en la mano.
A todo esto, Gabriel, de espaldas a todos ellos, seguía
pasándose jabón y enjuagándose. Rivano hizo una seña y cerró el grifo del agua.
Tomó su toalla y mirando a Héctor y a Rubén meneó la cabeza como para que lo
siguieran. Bajó el nivel de calor del sauna y se metió en él. Héctor, raudamente
también cerró la ducha y enfiló para el sauna. Rubén no sabía que hacer, se
quedó contemplando la espalda y el culo maravilloso de Gabriel, velludo por
todas partes. ¡Qué firmes se mostraban esos glúteos perfectos, qué muslos
fuertes y gruesos, y qué hombros macizos sostenían esos peludos brazos!. Llevó
su mano hacia abajo, atrapando su pija hinchada. Bombeaba suavemente atrapado
por la visión de esa escultura humana.
Entonces Gabriel se dio vuelta, y frente a él vio a Rubén con
el miembro erecto en sus manos. No se inmutó, sorprendido, y Rubén por un
momento quedó estático, solo su pecho agitado no paraba de subir y bajar.
Gabriel siguió con su baño, con movimientos lentos y acariciantes, pero no dejó
de mirar a Rubén que poco a poco se animaba a continuar con una lenta
masturbación.
-Gabriel, ¿no me prestarías tu jabón? – preguntó tímida pero
firmemente. (Ni él mismo podía dar crédito a lo que había dicho)
Y Gabriel, lleno de espuma en todo su cuerpo, tomó el jabón y
cruzó el breve pasillo que separaba una ducha de otra. Se acercó a Rubén, que lo
miraba expectante. Por un minuto se quedaron ambos inmóviles. Y sin decir
palabra estiró la mano hacia la franca entrepierna, comenzando a pasar el jabón
por sobre la espesura peluda del pubis. Mientras el jabón espumaba
abundantemente sobre la pelvis de Rubén, su pequeño miembro apenas visible entre
el bosque de sus pelos, comenzó a cobrar tamaño... primero tímido pero luego con
más ímpetu, el menudo sexo siguió agrandándose de tal manera que parecía
imposible tal metamorfosis. El glande salió hacia fuera y el miembro dobló
cuatro veces su tamaño tanto en largor como en anchura. Rubén, mirándolo
atónito, estiró la mano y lo rodeó con sus dedos. Gabriel hizo un sobrio gesto
de placer mientras seguía enjabonando los pelos de Rubén. Pero enseguida su mano
se deslizó un poco más abajo y atrapó el espumoso y resbaladizo pene erecto.
Mutuamente se masturbaban en un ritmo lento, acercando cada vez más sus bocas.
Entonces, sin poder evitarlo, se besaron ardientemente.
¡El primer beso de un hombre, qué paso tan importante en la
transformación de Rubén!. Las lenguas lucharon entre sí un largo rato,
devorándose e intercambiando salivas. Por un minuto se apartaron, aturdidos y
palpitantes. Gabriel tomó la mano de Rubén y le dijo:
-¿Vamos con ellos?
-Sí.
Cuando entraron al sauna, la escena era muy fuerte: Rivano
estaba arrodillado frente a Héctor, y le tragaba la enorme pija acompasadamente.
Interrumpieron por un momento hasta que Rubén cerró la puerta tras de sí. La luz
estaba apagada y los cuatro hombres quedaron en una semi penumbra.
Rivano dejo de chupar el objeto de su apetito, y miró a los
dos nuevos visitantes. Con un gesto a Héctor, se incorporó y ambos rodearon a
Rubén y a Gabriel.
Héctor fue directamente a los pechos de Gabriel. Eran
impresionantes e invitaban a ser saboreados. Abriendo desmesuradamente la boca,
sacó una lengua larga y acariciante que fue directamente a regodearse en los
pezones duros y punzantes de Gabriel. Los dos varones se entrelazaron en un
combate de dador y receptor. Rubén miraba todo boquiabierto, sin poder creer que
estaba viviendo todo eso.
-¿Te gusta como le come las tetas? – le preguntó Rivano,
mientras le rodeaba los hombros con sus brazos.
-Nunca pensé que...
-¿Nunca probaste, Rubén? – insistió Rivano, besándole
suavemente el cuello.
-Nunca probé nada, señor – contestó Rubén con los ojos
entrecerrados al sentir la barba raspante de su jefe.
-¿En serio, Rubén? – preguntó Gabriel. Héctor sonreía,
mientras iba de un pezón a otro.
-Sí, todo esto es nuevo para mí.
-Entonces... creo que debemos mostrarle a Rubén lo que es
gozar entre hombres, ¿no creen, muchachos? – incitó Rivano.
Rubén enseguida estuvo dispuesto a entregarse totalmente.
Rivano fue bajando por detrás hasta interceptarle el culo con sus manos, lo
abrió suavemente, y acercó su boca. Rubén sintió algo indescriptible cuando la
lengua de Rivano empezó a resbalarse por su culo abierto. Gabriel se sitió junto
a su lado derecho y abrazándolo por el torso, empezó a lamerle uno de sus
prominentes pezones, mientras que Héctor, arrodillándose frente a su miembro, se
lo tragaba totalmente.
Rubén estaba paralizado por completo, sumido en un placer
impresionante. Estaba a merced de tres bocas ávidas y expertas, que lo llevaban
a los umbrales mismos de la voluptuosidad más pura.
Rivano abrió más aún sus nalgas y hundiendo la lengua en el
ano, deleitó a Rubén de la manera más exquisita. Héctor sabía como chupar una
verga, la hacía desaparecer hasta que sus labios eran tapados por el matorral
púbico y su mentón chocaba contra las pesadas bolas. Una vez adentro de la
caliente cavidad bucal, la pija era acariciada por una ardiente lengua, que se
metía por el meato para salir a recorrer todo el borde el glande agigantado. Con
las manos masajeaba las piernas de Rubén, que a duras pena podía mantener en su
lugar y no caer.
Mientras tanto, Gabriel hacía con Rubén lo que más le gustaba
que le hicieran a él: mamarle los pechos. Rubén
nunca pensó que era capaz de sentir tanto placer. Tuvo que pedir por favor que
lo dejaran retomar el aire. Entonces Rivano llevó a Rubén a la segunda grada y
lo invitó a sentarse. Él mismo se subió a la primera y con las piernas abiertas
a cada costado de Rubén, le acercó su entrepierna a la cara.
-¿No vas a probar esto? – provocó Rivano con un tono
increíblemente seductor. Rubén miró una vez más el grandioso miembro de su jefe,
tieso y desafiante. Como Rubén no contestaba, Héctor tomó el falo de Rivano con
sus manos, acercándoselo a la boca. Tímidamente, Rubén la abrió, intrigado por
sentir ese nuevo sabor en su boca. Rivano adelantó su pelvis y enterró lo más
que pudo ese aparato descomunal en la boca de Rubén. Héctor y Gabriel también se
sumaron a la mamada, acercando las bocas a la verga de Rivano que entraba y
salía de la abiertísima boca de Rubén. Era un dulce encuentro de bocas, sexo y
líquidos que los cuatro disfrutaron largo rato. Rivano se dio vuelta y ahora
ofreció su culo, que fue succionado, lamido y degustado por las tres bocas
hambrientas.
Rubén se había olvidado de todo, y estaba gozando como nunca
lo había hecho en su vida. Gabriel y Héctor también se encaramaron a la primer
grada entregando sus culos a Rubén junto con el de Rivano. Rubén ahora tenía
tres anos abiertos para su anhelante boca. Tomando como podía a los tres por las
piernas, alternaba sus lengüetazos por los generosos traseros, abriéndolos por
completo y sintiendo el calor fatal que de ellos salía. A su tiempo, cada uno
fue girando y ofreciendo las duras vergas a esa boca que parecía no dar abasto.
Los tres se pusieron de pié y se involucraron en un solo
abrazo, besándose y acariciándose en medio de un fervor abrasador. El sudor los
cubría, y ellos se restregaban entre sí, perfectamente lubricados, entregados a
esa sensación indescriptible e íntima que solo se experimenta entre varones.
Rivano giró, quedando su culo a merced de Gabriel. Éste
empezó a hundir su pija entre medio de las nalgas, y al acomodarse así, ofrecía
vulnerable su agujero a Héctor, que lentamente fue buscando con su glande el
ojete peludísimo del profesor de gimnasia. Atrás había quedado Rubén, que
tomando por los hombros a Héctor, ya tenía lista su erecta lanza en la puerta
del dilatado ojete.
Y en un movimiento casi ensamblado entre los cuatro, culos y
pijas se abotonaron unos a otras, y los hombres quedaron amalgamados entre sí
como los vagones de un tren inusitado. Empezaron a moverse los cuatro y a
respirar casi al unísono, agitados y calientes.
Fusionados como en una sola entidad, Rubén, Héctor, Gabriel y
el Sr. Rivano, lanzaban gemidos y resoplaban a puro gozo. Se besaban, se
palpaban, se acariciaban intensamente, pasando de la violencia más exasperante a
las ternuras más gráciles. Y así estuvieron un rato considerable. Cuando
sintieron que iban a llegar al éxtasis, se separaron, y cayeron en la grada
inferior. Sentados uno al lado del otro, con una mano se mantenían abrazados, y
con la otra, masturbaban la verga que tenían más cerca.
Entonces, con algunos segundos de diferencia, los cuatro
hombres se estremecieron en medio de sus orgasmos. Una a una las vergas fueron
derramando su esperma. El líquido espeso y chorreante saltaba a borbotones y
caía sobre pechos, panzas y bolas, inundando todo en medio de sonoros jadeos y
gritos casi animales.
Tuvieron que esperar un tiempo para lograr nuevamente la
calma. Entonces, aún abrazados, volvieron a besarse. Rubén, perplejo,
maravillado y ebrio por tanta emoción junta, miró a sus tres compañeros y con
una sonrisa para todos clara, agradeció infinitamente lo que había
experimentado.
-¿Cómo estás, Rubén? – preguntó dulcemente Rivano.
-No lo sé aún.
-¿Qué sentís? – Agregó Gabriel.
-Una plenitud indescriptible.
-¿Te gustó? – indagó Héctor.
-Definitivamente sí... pero...
-Siempre hay un pero – exclamó Rivano sonriendo y acariciando
el pecho de Rubén.
-Me refiero a que... la sensación que tuve en todas estas
últimas semanas, fue la de haber vivido una insólita transformación en mi ser
más íntimo.
Todos quedaron pensativos, mirándose unos a otros
profundamente. Luego, volvieron a besarse unos a otros en la boca. Rubén,
contenido entre los fuertes brazos que lo rodeaban, se sintió vulnerable y
lloró.
Fin del Relato.
Franco.
francodellavalle@hotmail.com