Me había entretenido en la biblioteca buscando información
para un trabajo de literatura, cuando la bibliotecaria me hizo un gesto
llevándose el dedo al reloj, indicándome que ya cerraba. No quedaba nadie más
que yo en la sala. Claro, era viernes por la tarde, el timbre de salida hacía
rato que había sonado y el instituto estaba prácticamente desierto. Cuando había
bajado el último escalón y estaba a punto de salir a la calle, recordé que me
había dejado mi cazadora en clase, así que subí a por ella.
Entonces lo oí. ¿Alguien estaba cantando? Si, se oía una
especie de tarareo al fondo del pasillo. Era su voz. Inconfundible. Esa voz
profunda y rasgada que hacía que me trastornara toda. No controlaba mis
movimientos, mis piernas se movían solas y me dejé llevar, como por inercia,
hacia el sonido de su voz.
Intentaba no hacer ruido, pero la suela de mis malditas
zapatillas rechinaban contra los ladrillos del suelo, así que no tardó mucho en
oirme llegar.
-¿Sois vosotros, cabrones? -estaba furioso-. ¡Sois unos hijos
de puta! Sacadme ya de aquí o en cuanto salga os acordaréis de mí toda vuestra
puta existencia. ¿Me habéis oído?
Entré en el cuarto de baño de los tíos. En una de las puertas
había una silla encajada contra el manillar y de allí dentro salía su voz. Vaya.
Así que eso era. Algunos graciosos le habían dejado encerrado.
-¿Quien hay ahí? -preguntó ahora de manera seca y cortante.
-Soy yo -le respondí con un hilito de voz-. ¿Quieres que
llame al bedel?
-No, joder, el hijoputa del bedel y sus colegas son quienes
me han encerrado, así que date prisa. ¿Pero qué coño estás esperando para quitar
esa puta silla de una puta vez? -gritó como un poseso y dió un par de patadas en
la puerta.
Dí un respingo y me apresuré a coger la silla para quitarla,
pero luego recapacité. ¿Pero de que iba este tío? ¿Cómo se atrevía a hablarme
así? Algo se me despertó por dentro, una especie de locura se apoderó de mí,
borrando todo vestigio de timidez y temor, sustituyéndolo por una sensación
extraña. La sensación del Poder. Y me hizo sentir bien, extraordinariamente
bien.
-No creo que estés en condiciones de mandar mucho, y no creo
que esa sea la manera más educada de pedirme un favor ¿Sabes? -le contesté
entonces con voz clara y firme.
-Pero ¿tú eres idiota? -volvía a gritarme- ¿Crees que voy a
rebajarme a suplicarte que me abras? Eres una p...
-Sí -ahora quien estaba realmente furiosa era yo, pero no le
grité, sino que me acerqué a la puerta y le dije con tono completamente frío-,
termina la frase. Soy una puta. Fuí tu puta en una ocasión. Te pedí un favor y
te lo cobraste bien. ¿Quieres saber cómo es esa sensación? ¿Qué estás dispuesto
a ofrecerme si te saco de ahí?
Me alejaba ya del cuarto de baño cuando le oí llamarme.
-Espera -dijo resignado-. Bien. Lo que quieras. Todo lo que
quieras si me sacas de aquí. Te lo prometo. Tienes mi palabra. Sé que soy un
cabrón, pero siempre cumplo mi palabra.
Desencajé la silla y la puerta se abrió. Sus ojos de hielo
azul me miraban fijamente mientras se acercaba, y casi reculo hacia atrás, pero
apreté los dientes y me mantuve firme.
-Dígame, señorita. ¿Qué desea? ¿Unas disculpas en toda regla?
¿Una humillación pública llevándole la mochilita al entrar y salir de clase?
-esa media sonrisa irónica se le contrajo en una especie de mueca de sorpresa
cuando me oyó contestarle.
-No. No quiero nada de eso. Quiero que seas mi puto. Es mi
turno. Ahora me toca a mí -le sonreí con picardía-. Vas a hacerme todo lo que yo
quiera, todo lo que desee... No sabes las ganas que te tengo desde aquel día.
Ay, Dios. ¿Pero qué estaba diciendo? ¿Es que me había vuelto
loca? Yo no soy así, yo no soy así... Soy una buena chica... No soy una...
¿puta? No. No lo soy. Ahora el puto iba a serlo él.
Algo tenía ese chico, tal vez fuera su aire rebelde: el cigarrillo en la
comisura de los labios, la cazadora de cuero, su forma de caminar... Tal vez lo
que me fascinaba de él era que me deseara aquel día, siendo yo tan poquita cosa.
No sé que sería, pero me desataba una especie de fiera interior, una fiera que
me devoraba por dentro, que hacía que mi cuerpo temblara del deseo y mis bragas
se humedecían al tiempo que mi mente se calentaba al imaginar todo lo que tenía
planeado para él. Y no por venganza. No. Por puro deseo.
Me siguió sin decir nada, creo que entre desconcertado y
divertido, hacia el gimnasio. Me senté en el potro.
-Bien. Estas son las normas. No puedes hablar, porque cuando
hablas la cagas. Ahora quiero que te desnudes y que des una vueltecita, que
quiero verte bien -vuelvo a sonreirle, y repito la frase que él me dijo en su
momento-. Y no tengas miedo, cielo, que no te voy a tocar. Eres tú quien me va a
tocar a mí.
Se desnuda sin dejar de mirarme. Su cara es una roca que no
deja entrever la más mínima expresión, pero veo como su respiración se acelera
cuando abro los botones de mi camisa y me desabrocho el sujetador, sacándolo por
la manga.
Se quita el boxer, extiendo la mano y me lo da. Guardo mi
trofeo en mi mochila, con cara de satisfacción.
Su cuerpo es perfecto, atlético, de abdominales muy marcados
y aunque su expresión sigue imperturbable, veo que está completamente empalmado.
Su polla está rígida, dura, como si estuviera saludándome, invitándome, y sin
darme cuenta me relamo los labios, recordando, volviendo a sentir la excitación
increíble que sentí aquel día, y me imagino de nuevo con su polla en mi boca, mi
lengua lamiendo con fruición, deleitándome con su sabor y estoy tan, tan, tan
excitada que me duele.
Le hago un gesto con la mano y se acerca lentamente, como una
pantera. Le ofrezco mis pechos. Roza los pezones rosados con la punta de los
dedos y se endurecen más si cabe. Sus manos calientes se meten por mi blusa y
agarran fuerte mi espalda atrayéndome hacia él, besa mis pechos, lame mi pezón
derecho, primero despacio y luego se lo mete en la boca, haciendo círculos con
la lengua, su cabeza entre mis senos, lamiendo, alternando primero uno y luego
otro. Creo que voy a morir del placer, pero quiero conservar un poco la dignidad
y hago un esfuerzo sobrehumano por intentar controlarme un poco y no empezar a
gemir como una perrita en celo. Mmmmm.
Mis piernas juntas se contraen por la excitación. Dios, no
puedo más, no puedo más... Es algo superior a mí. Mi capacidad de razonar está
completamente anulada por este deseo loco, salvaje, intenso... Y no puedo pensar
en otra cosa que en su lengua, su lengua, su lengua suave, húmeda y caliente que
juguetea con mis pezones.
Tan agitado como yo, se separa de mí y me mira, esperando.
Qué cabrón. Quiere que se lo diga. Que le diga lo que quiero que me haga y yo me
ruborizo algo turbada, pero al momento pierdo la vergüenza y la fiera que llevo
dentro sale a la superficie.
-El nombre técnico es cunnilingüis -le digo sonriendo-. Pero
si es demasiado culto para ti, te lo puedo traducir con un sinónimo más
sencillo, por si no me entiendes.
Sus pómulos se marcan al apretar las mandíbulas y su mirada
se oscurece. ¿Pero qué me pasa? Dios. No sé por qué le he dicho eso, no sé por
qué he tenido que humillarle. Porque ahora sus ojos echan chispas como fuego
cuando me sube la falda con brusquedad y me baja las bragas de un tirón. Pero
cuando espero que se me abalance con furia entre mis piernas, no lo hace. Siento
su aliento cálido, soplando, sus dedos abren mis labios suavemente, mojándose de
mis fluidos, me saborea despacio, pasando la lengua alrededor, poniéndome a
cien, rodeando en todo momento el punto de máximo placer, sin atacarlo de lleno.
Esa es su dulce venganza.
Mis niveles de excitación están al máximo, me está llevando
al límite. Por fin su lengua perversa se decide a lamerme ahí, en el clítoris.
No puedo evitar gemir como una loca. Entonces tengo la sensación de que en cada
lametón se apropia de mi cuerpo, soy suya, suya, toda suya; cada movimiento de
su lengua es una orden directa a mi corazón, que le obedece a él, y hace que
toda mi sangre, en cada potente latido, baje hasta ese punto. Allí, en ese punto
ardiente está toda mi sangre retenida, encadenada, clamando por liberarse,
desesperada. Me atrae más hacia sí, para permitir un mayor contacto, lamiendo en
pequeño círculos el punto ardiente, casi incandescente. Y es como acercar la
mecha encendida a la carga explosiva. Y exploto, exploto, exploto...
-Si, si, si, ¡SIIIIII! No pares ahora, no pares, por favor...
Mmmmmmmm ¡Aaaaaaaaaaahh.... Aaaaaah... AAAAAAAAAAAH!
El orgasmo es como un torbellino inmenso que me hace gritar.
Tocándome yo nunca había sentido algo así. Mi espalda se arquea convulsionada y
mis caderas se mueven hacia su lengua sin control ninguno.
Dios. Mío. Fue increíble. Casi no podía respirar. Intentaba
recuperar el aliento y mi corazón se me salía del pecho. Sentía su cabeza entre
mis piernas, lamiendo mi corrida. Luego se separó y se quedó allí, de pie
mirándome. Su polla estaba enrojecida, casi purpúrea del deseo contenido, y su
punta relucía mostrando los indicios de la pre-eyaculación. Yo quería
incorporarme, pero mis piernas temblaban aún, toda yo estaba temblando.
No dejaba de mirarme, respirando con agitación, cuando empezó
a masturbarse. Su mano subía y bajaba con fuerza. Yo estaba como hechizada,
hipnotizada contemplando sus movimientos rítmicos, su polla que desaparecía y
volvía a aparecer en la palma de su mano, sus suaves jadeos, pero sobre todo me
fascinaba la expresión de su cara. Era pura lujuria mirando mis pechos pequeños
que asomaban por la blusa, mirando entre mis piernas aún abiertas.
-Córrete aquí -le susurré-. Sobre mí. Derrama tu leche sobre
mi cuerpo.
Fue el detonante para que estallara. Aspiró hondo, dejó
escapar un quejido y todo su semen cayó sobre mi pecho. Su semen caliente
resbalaba sobre mi piel. Mojé mis dedos en unas gotas y me lo llevé a la boca,
sin dejar de mirarle.
Luego nos vestimos en silencio. Ni siquiera me limpié. Sentía
su humedad bajo mi blusa, mi humedad entre mis piernas. Salimos del gimnasio sin
decirnos nada. Llegamos hasta la puerta principal.
Estaba cerrada. Era viernes por la tarde y estábamos
encerrados dentro del instituto.
La noche que pasamos allí... Esa es otra historia.