Área de descanso
Saber que tan solo unos pocos kilómetros la separaban del
lugar acordado acrecentó su nerviosismo, que a duras penas ya lograba contener
aquella silenciosa pero cada vez más creciente excitación. "Y ¿si no está…? y
¿si todo ha sido un macabro juego?", se preguntaba con insistencia cuanto más
cercano estaba su objetivo.
Ante ella apareció una señal –la señal- que le indicaba que
la zona de descanso más próxima se encontraba a 500 m; una cortina de fina
lluvia la obligó a poner en marcha los limpiaparabrisas.
El desvío se dibujó con precisión ante sus ojos, giró el
volante a la derecha y se introdujo en aquella oscura boca. Faltaban minutos
para las tres de la madrugada.
Apagó el motor del coche pero mantuvo las luces encendidas,
mientras, su mirada escudriñaba a su alrededor en busca del otro vehículo. A
escasos metros de donde ella estaba pudo identificar su presencia, tal y como le
había indicado él estaba allí, en el interior de un coche negro.
Antes de abrir la puerta llenó de aire los pulmones y salió,
una vez fuera comprobó que él había hecho lo propio. La luz reinante en el lugar
era escasa, pero, a medida que se acercaban el uno al otro, no le impidió
adivinar unas facciones angulosas y firmes.
El silencio reinante era desplazado a ratos por el fugaz y
vertiginoso paso de los escasos vehículos que circulaban a esas horas por la
autopista, que quedaba a su izquierda.
Sus pasos recortaban la distancia entre ambos. Ahora era el
latido del corazón en su sien el único sonido que podía oír, desbocado y sin
riendas a las que obedecer. Él se acercó en silencio y depositó un cálido e
incitante beso en la comisura de sus labios; ella no supo responder, se limitó a
capturar el turbador aroma que desprendía su cuerpo.
Sin mediar palabra, apoyó el cuerpo de ella sobre el capó de su coche y comenzó
a desnudarla sin remilgos. Mientras la lluvia se confundía con sus salivas y
humedecía los cuerpos, él desabrochó con precisión los botones de su vestido,
retiró el sujetador y, únicamente, dejó indemnes sus bragas. Ella se dejó hacer
sin rechistar y, al tiempo que sus manos eran las herramientas de su mente, le
despojó de su camisa, cinturón y pantalón.
Sus bocas se buscaron y sus lenguas al encontrarse
forcejearon con furia y pasión, navegando en un océano convulso y encrespado de
salobres fluidos. Las manos de ambos eran bastón de ciego que abre camino,
tocando, buscando, encontrado… unos erectos pezones, un cálido y húmedo
clítoris, un ardiente y férreo miembro.
No cruzaron palabra alguna, sus profundos y abismales jadeos
eran el único sonido que manaba de sus mudas gargantas.
El placer se podía palpar entre ellos, era espeso como una
selva virgen y dulzón como el incienso; sabedores de la proximidad de su éxtasis
decidieron que era momento de que su carnes se tocasen interiormente. Ella se
volvió de espaldas a él, apoyó las manos en el capó del coche e irguió
desafiante sus resbaladizas y desnudas nalgas hacia el excitado miembro que, a
ciegas pero seguro, buscaba la entrada del pasillo que conducía hacia el final
de aquella ansiada búsqueda.
Sus cuerpos, húmedos por el esfuerzo, el placer y la lluvia,
se separaron. Sus miradas se encontraron y, sin apartase la una de la otra,
obligaron a sus bocas a pronunciar en voz alta lo que su mente musitaba:
-El próximo viernes a la misma hora, Naray.
-Aquí estaré, Veliah.
Cada uno regresó a su respectivo vehículo, aunque el
encuentro físico entre ambos no se produciría hasta dentro de una semana, les
quedaba, entre tanto otro medio, el mismo que había servido para encontrarles:
internet.
Y sus nicks eran la única y suficiente seña de identidad para
localizarse en tan vasto y frío universo.