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Cambié los micros por las pollas
TODORELATOS » RELATOS » RODEADO DE HOMBRES DESNUDOS (02: SOMETIDO)
[ Sobre brevas, ni agua ni peras. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 11 de Octubre, 2008.
Fecha: 30-Ago-07 « Anterior | Siguiente » en Gays (5682 de 6534)

Rodeado de hombres desnudos (02: Sometido)

Franco
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De cómo nuestro protagonista sufre la amenaza de un personaje autoritario y es forzado contra su voluntad al placer. Aunque podríamos preguntarnos: ¿realmente es contra su voluntad? Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Rodeado de hombres desnudos

Parte II: Forzado al placer.

El día pasó lento y Rubén estuvo preso de los pensamientos más diversos. Uno tras otro, desfilaban todos esos hombres desnudos: gordos, delgados, musculosos, lampiños, peludos, altos, bajos, jóvenes y maduros... todos, absolutamente todos, le suscitaban un interés creciente, una curiosidad morbosa, y en todo caso, sensaciones nuevas para él.

¡Y luego estaban los olores!. Los olores tan de hombre que invadían todo: sudores mezclados, fragancias de desodorantes baratos, otros no tanto, colonias, olores que emanaban de los baños... ¡ah!, una argamasa de estímulos que no dejaban sus sentidos en paz.

Cuando ya eran las 7 de la tarde, el vestuario, como casi todos los días, se poblaba de hombres de traje y corbata que salían de sus oficinas. Ninguno se conocía, salvo por el hecho de encontrarse a veces en el gimnasio.. el sauna, era el sitio preferido entonces. Rubén estaba atento a cuidar la temperatura del baño, o a echar un poco de esencia de eucaliptus sobre el hornillo. Cada tanto entraba y sus ojos se desviaban hacia alguna toalla demasiado descorrida, o alguna parte íntima descubierta. Tenía un poco de temor a que alguien descubriera hacia donde iban sus miradas, por lo que empezó a moverse siempre con mucho disimulo.

Pero no pudo disimular mucho cuando de pronto vio entrar a un joven rubio y alto. Mientras miraba como se iba desnudando, su atención no pasó desapercibida para un hombre de bigotes que estaba a unos metros. El hombre reparó que Rubén se quedaba como extasiado frente al llamativo cuerpo desnudo del rubio. No era para menos, era un hombre hermoso, con un cuerpo muy proporcionado, definidas formas y fino vello en toda su existencia. Cuando se quitó el boxer, una verga cabezona, colgante y rodeada de espesa vellosidad quedó expuesta ante todos. Rubén cada vez estaba más interesado en lo que veía, y el hombre de bigotes que observaba fijamente la escena hizo un gesto de desaprobación ladeando su cabeza de un lado a otro, mientras se cubría con la toalla y se metía en el sauna. Un bulto inconfundible apretaba la bragueta de Rubén. El rubio seguía como si nada, exponiendo toda su desnudez parsimoniosamente y rascándose las pesadas bolas de vez en cuando. Era de los que les gustaba exhibirse, y tenía con qué.

El rubio finalmente se puso un traje de baño, se duchó y salió enseguida. "Volverá", pensó Rubén, a esa altura, ebrio de imágenes que quedaban en su cabeza, abrasadoramente presentes.

Así el tiempo fue pasando y la gente se fue retirando. Solamente quedaban un par de hombres vistiéndose cuando al vestuario entró el Sr. Rivano.

-¡Sr. Rivano, el sauna está listo...! – se apresuró a decir Rubén.

-Qué bien, qué bien. Gracias, Rubén... hoy tuve un día agotador – dijo resoplando y quitándose rápidamente la ropa. Quedó desnudo enseguida y se paseó en pelotas hasta el baño. Orinó y volvió a la banca, donde Rubén le dio una toalla limpia, siguiéndolo siempre con la mirada. Ahora Rubén reparó en los vellos casi blancos del pecho del administrador. Era algo rellenito, sin llegar a ser gordo por lo que su pecho, algo ido en carnes, ostentaba dos tetas abultadas. Pero su cuerpo conservaba una elegante esbeltez. Lo vio dirigirse al sauna, con la toalla al hombro. De espaldas, le pareció que su culo era colosal, aunque estético. Tenía un andar muy lento y masculino, tal vez por eso su mirada lo siguió hasta que cerró la puerta del sauna tras de sí. Se quedó mirando sin advertir que, sigilosamente, alguien se le acercó por detrás.

-¿Así que te gusta mirar pijas?

Rubén sintió la voz casi en su oído, tan cerca estaba, era una voz susurrante, apenas perceptible. Se volvió, aterrado. Era el hombre que lo había visto tan interesado por aquel rubio. Sintió un pánico de muerte y quedó mudo. Tenía una apariencia intimidante, algo bajo, bastante corpulento, moreno, de amplios hombros e incipiente barriga, calvo, ojos torvos de anchas cejas y bigotes muy negros. Semejaba a un militar o profesión semejante. El hombre se alejó y con irónica sonrisa lo miró haciéndole un gesto de saludo, desapareciendo raudamente.

Rubén quedó paralizado de miedo, aturdido y mortificado. ¿Qué haría ahora? ¡lo habían descubierto! A pesar de que la escena había pasado desapercibida para las pocas personas que quedaban en el vestuario, sentía que no podía mirar a nadie en la cara. Volvió en sí cuando sintió una palmada en su hombro. Era Héctor, que lo saludaba cordialmente, sonriente como siempre.

-¿Cómo vas, Rubén? ¿Cansado ya?

Rubén titubeó un saludo, e intentó sonreír.

-¿Te sentís bien?

-¿Yo? Claro... sí, sí.

-Estás pálido... – dijo, mientras se quitaba el traje de baño y quedaba completamente desnudo. Rubén lo tenía tan cerca, que cerró los ojos y no pudo más que alejarse. Era demasiado para un solo día – Es así la cosa, Rubén... fue un día largo y todos nos merecemos un descanso ¿no es cierto? – dijo masajeándose los músculos abdominales.

-Sí, creo que sí – contestó Rubén desde el mostrador, a tiempo que acomodaba unos bolsos.

-¿No lo viste a Rivano?

-¿Rivano?, está en el sauna... – contestó Rubén. A Héctor se le iluminó la cara.

-¡Ah, qué bien, porque tenía algo que comentarle! – dijo caminando hacia la puerta del sauna.

Rubén se sentó en una banca y respiró como para encontrar el aire que le faltaba. Y así se quedó un tiempo largo. Escuchó el rumor de alguien que entraba y se sobresaltó pensando que era el tipo de bigotes. Pero era el rubio que volvía de la piscina, aún empapado y con una toalla al hombro. Pidió su bolso a Rubén y luego se quitó el traje de baño. ¡Qué hombre!. Se dio una ducha rápida y desapareció en el sauna.

Rubén empezó a acomodar todo viendo que el día llegaba a su fin. Fue cuando vio salir al rubio del sauna hecho una turba. Estaba contrariado, como si hubiera visto algo indignante.

- - - -

Rubén llegó a su casa con una expresión y palidez que alarmaron a su esposa. Pero nada hablaron, ella sabía que algo perturbaba a su marido, y cuando eso sucedía, era más difícil entablar una fluida comunicación. Ya en la cama, Rubén tardó horas en dormirse, pensando en todo lo que le estaba pasando, no solo en ese día en particular.

Por la mañana, al salir de su casa para el trabajo, vio lo hermoso que estaba el día con el sol a pleno y pensó: "He sido un pendejo, pero de aquí en más, basta de tonterías". Y partió hacia el Gimnasio.

Ese pensamiento lo mantuvo más animado todo el día, y al día siguiente, y al otro, Rubén volvió a tener algo de tranquilidad en su vida pensando que todo había sido una niñería en su cabeza. Pero esa calma interior le duró muy poco. Hizo un esfuerzo por torcer esos deseos que se despertaban en él tan contundentemente, pero ¿cómo hacerlo si todos los días tenía delante de él cientos de hombres en pelotas todo el tiempo?.

Una tarde el vestuario estaba repleto de gente. Jóvenes, niños y adultos, agitaban el lugar con un bullicio ensordecedor. Era cuando Rubén corría de un lado para otro, limpiando, ordenando, sirviendo los distintos pedidos que recibía de todos los clientes del gimnasio: "Rubén, mi bolso, por favor", "Rubén, ya no hay papel en los baños", "Rubén, ¿tiene gel para el pelo?", "Rubén, tráigame una percha, por favor", "¿Qué pasó con el agua caliente, Rubén?", "Rubén, alcánceme la crema de afeitar, ¿quiere?"; "Rubén esto, Rubén lo otro...", y él se metía en esa arboleda de cuerpos a medio vestir, en ese mundo de piernas abiertas, músculos trabajados, axilas mojada, cuerpos inclinados calzándose soquetes, suspensores y calzoncillos, culos expuestos, penes de todo tamaño y forma, pelos negros, grises, blancos, rubios y castaños...; y, de alguna manera, Rubén disfrutaba formar parte de ese oleaje viril.

Entre tanta gente, una voz que al principio no registró, le dijo tenuemente:

-Rubén, ¿puede venir un momento, por favor?

Se volvió y, estupefacto, ¡reconoció al hombre de bigotes del otro día!. Abrió los ojos desmesuradamente y tembló de miedo. El hombre, sólo cubierto con una toalla a la cintura, con la misma expresión irónica y una sonrisa en los labios, le hizo una seña para que lo siguiera, metiéndose en los baños. Rubén fue tras él, intrigado y lleno de miedo. El hombre aprovechó que nadie se fijaba en ellos y fue hasta el último cubículo del baño, que era la parte más oscura. Y en ese rincón se le acercó cara a cara.

-¿Cómo estás, putito?

-Señor... por favor... – susurró Rubén, sintiendo el aliento del hombre y repugnado por su olor a tabaco.

-¿Todavía te siguen gustando las pijas?

-¿Qué quiere?

-¿Así que sos puto y aún no te echaron?

El hombre se acercó más y guiñándole un ojo no dejó de sonreírle cáusticamente. Rubén, echándose hacia atrás instintivamente, miraba aterrado en derredor, temiendo que alguien los viese.

-No tengas miedo, putito... – decía con acentos satíricos, a la vez que se refregaba la mano por entre los pelos hirsutos de sus pectorales - ...vení, metámonos aquí... tengo que hablar con vos...

Rubén no tuvo más remedio que meterse con él en el cubículo.

-Pero... ¡qué nervioso que estás...! – dijo en medio de una fingida carcajada.

-Yo...

-Vos... sos un putito... y ... ¡no sabés como yo odio a los putitos...!

Rubén apenas respiraba. El hombre le pasaba el dedo por la mejilla, y Rubén lo sintió como si estuviera tratándose de una navaja.

-El otro día te vi ¿sabés?. Sí, ¡Te vi!, tenés que tener más cuidado cuando andás mirando ciertas cosas. Vi como te quedabas embobado con ese rubio. ¿Te gusta mirar pijas? ¿O también te las comés?

-¿Yo? Jamás... no soy marica...

-Así que no sos puto. Mirá que bien. No sé porqué ¡no te creo un carajo, putito!

-No, no lo soy, estoy casado... tengo hijos...

El hombre arqueó las cejas, riendo contenidamente, y bajó su índice deslizándolo por el cuello de Rubén.

-¡Bueno, bueno...! cada vez mejor... ¡un hombre de familia! Entonces... me debo haber equivocado, ¿no?

-Señor, por favor... – rogaba al borde de las lágrimas.

-Si no sos puto... entonces esto no te interesa, ¿verdad? – y con la otra mano, se desprendió la toalla dejándola caer al suelo. Rubén bajó la mirada y miró su verga flácida pero amenazante. Era un miembro oscuro, grueso y con un glande enorme, apenas cubierto por un generoso prepucio. Toda la zona estaba tan poblada de vello, que las bolas quedaban ocultas - ...No me vas a decir que no te gusta... putito... mirala, mirala bien...

La mano del hombre se ciñó en la nuca de Rubén, forzándolo a inclinar la cabeza.

-Vos no tendrías que trabajar aquí, putito... ¿te das cuenta? A gente como vos, habría que mandarlos a la mierda ¿me entendés?, además.... ¿qué pensaría tu mujer si un día se entera de que a vos te gusta mirar pijas? Mirá si alguien le cuenta... – el hombre se acariciaba el pezón derecho, mientras seguía aferrando a Rubén por la nuca.

-Déjeme salir, por favor...

-¿No te gusta estar conmigo? Vamos, vamos... si los dos sabemos que te morís por estar con un tipo en pelotas... Mirame: estoy totalmente en pelotas ¿no soy tu tipo, acaso? ¿no te gusto?... ¡qué va! apostaría cualquier cosa a que en este momento estás al palo, putito.

-¿Qué?

-¡Se te paró, putito...no lo niegues! seguro que ya se te puso dura ¿no?... a ver... ¿porqué no me mostrás?

-¡Basta, se lo ruego!

-¡Shhh...!, ¡calladito...! no querrás que te escuche el Sr. Rivano, ¿no?

-¿El Señor Rivano? ¡No está aquí!

-Alguien podría irle con el cuento... yo no estaría tan tranquilito...

-Pero... ¿quién es usted?

-Todo a su tiempo, putito... no tantas preguntas... ¿en qué estábamos?, ¡Ah!, sí, ya me acuerdo. Podés demostrarme que no sos puto. Simplemente mostrame que no se te paró y te dejo ir. Pero antes, mirá lo que tengo aquí: no está nada mal ¿verdad? – dijo llevando la mano a su pija. La frotó lentamente y pronto cobró mayor tamaño. Rubén lo miraba lleno de ira, pero atrapado en extrañas sensaciones. El olor a sudor del hombre lo asqueaba, pero también lo embriagaba. Sintió como él se acercaba a su cara y en una sonrisa más sarcástica aún le dijo en voz sibilante:

-Ahí la tenés, ¿qué te parece? Seguro que ya viste miles de vergas ¿pero alguna tan grande como la mía? - lo obligó a bajar la vista. El miembro completamente erecto del hombre apuntaba hacia Rubén, duro como roca - ¡... ahora, mostrame que no sos puto!

El hombre, sin dejar de sostener a Rubén por la cabeza, buscó con la otra mano su cinturón y los primeros botones de la bragueta. Abrió y bajó rudamente los pantalones y el calzoncillo de Rubén, que transpiraba copiosamente. El pene se le disparó hacia fuera, en lo más alto de su erección.

-¿Así que no sos puto? ¿Y esto? – dijo fijándose en la verga de Rubén - ¡Mirame!, mirame a los ojos y decime que no sos puto.

-No soy... puto...

-No te creo, putito, mostrame como la chupás... debés ser un maestro...

-Nunca hice eso... ¡nunca...! – imploró Rubén con los ojos aterrorizados.

-¡Sh...! ¡Sh!... calladito... ¿nunca chupaste una verga? ¡Es muy fácil!, abrís la boquita y te la metés bien adentro – rió. Rubén se resistía al tironeo del hombre que ahora lo estrechaba por los hombros.

-Está bien, vayamos poco a poco, si no querés verga, empezá por lamerme el culo – e inesperadamente consiguió poner de rodillas a Rubén a tiempo que se daba vuelta, apuntando hacia él el velludo culo. Rubén cayó enredado por su pantalón en los tobillos, y empujado por la mano en su nuca, dio de lleno contra las nalgas del hombre. Estaba asqueado. El hombre restregó su culo sudoroso y turgente contra la boca de Rubén.

-¡Dale!, limpiame todo el culo, cabrón, tenés la oportunidad de demostrarme que las tenés bien puestas... – susurraba, mientras se abría de piernas al máximo. Rubén sentía el golpe de sus pesados testículos y su asco era irreprimible. Esto le provocó un par de arcadas, a lo cual el hombre le lanzó:

-En realidad, no parece que te de mucho asco, putito, mirá como tenés la pija... parece que te gusta mucho mi culo ¿no?, pero lamé bien.... abrí la boca.... sacá la lengua ¿querés?, así... así...

Rubén sintió como tiraban de su cabello y no tuvo más remedio que sacar su lengua y pasarla por el agujero ardiente y peludo del hombre. Entonces lamió toda la zona, siguió lamiendo hasta sentir que su lengua se le dormía. El hombre se abría las nalgas desmesuradamente mientras se torcía para mirar todo lo que podía.

-Mirá qué rápido que aprendiste, putito... ¿ves que no era tan terrible? ¡Ahora seguí con la pija!

-¡No, no me obligue...!

-¿Obligarte? ¿no es que te morís por hacerlo?

-Ya le dije... ¡nunca lo hice!

-Aquí nadie nos ve... y tengo todo este pedazo de carne para vos, putito... ¡no me vas a decir que no te animás!

-Voy a vomitar si lo hago...

-Te voy a demostrar que no... ¡vení...!

-¿Qué?

-¡Vení, te digo! – y se arrodilló ante el sexo de Rubén, que se quedó sorprendido por el giro que cobraba todo. Entonces, el hombre abrió la boca, y se metió cada uno de los 18 centímetros de hombría expuesta. Rubén retrocedió instintivamente, pero en ese momento sintió que sus piernas se aflojaban. Por primera vez en su vida se la estaban mamando... ¡y de una manera magistral! Estuvo a punto de eyacular dos veces, pero en el punto justo, el hombre disminuía la intensidad de su bombeo, mientras lo miraba a la cara. Después de un rato chupando y succionándolo todo, el hombre se paró, se dio vuelta y le dijo:

-Ahora vamos a ver si tenés los suficientes cojones como para metérsela a un macho... – y se abrió el culo mostrándole el húmedo y abierto ojete. Rubén, excitado al máximo, se acercó a él y apuntando su pija hacia ese valle de pelos, empujó hacia adelante casi involuntariamente. El miembro entró de un solo empellón, lubricado por tanta saliva.

-Sí, sí,... así, putito.... así.... ¿ves?, a lo macho nos vamos entendiendo... dale, metémela hasta las bolas.... ¡Ah!, sí... sí... muy bien... así... seguí, seguí...

Rubén, entre espasmos y un mundo de emociones nuevas, contradictorias, en una mezcolanza de repulsión y cautivadora exaltación, aceleraba sus movimientos cada vez más...

-¿Vas a acabar?

-... Sí... sí...

Entonces el hombre se zafó de su empalamiento y volviéndose se arrodilló para recibir la lluvia de semen en su pecho. Rubén se vació por completo, mordiéndose los labios para no gritar de placer. Era un oleaje de deleite enorme del cual no pudo escapar. Arrodillado, el hombre tuvo su orgasmo al masturbarse, sintiendo el esperma caliente que le rociaba los pectorales, hombros, cuello y parte de la cara. Cuando se repuso, se alzó, nuevamente cara a cara con Rubén.

-Al fin de cuentas, no eras tan putito como pensé, pero... ¡cuidate!, yo odio a los putos. – Rubén lo miró sin entender nada, calló, quedó pasmado ante el gesto de amenaza que le propinaba el hombre con el puño cerrado, mientras salía sigilosamente del cubículo.

Continua en la 3ª parte.

TodoRelatos.com © Franco

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