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TODORELATOS » RELATOS » BAJOS FONDOS (2: EL GORDO SALAZAR)
[ Junta de pájaros, agua segura. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 05 de Diciembre, 2008.
Fecha: 30-Ago-07 « Anterior | Siguiente » en Gays (5660 de 6573)

Bajos Fondos (2: El Gordo Salazar)

cachorro
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Tras pasarlo bien con Darko, el siguiente paso es saldar la deuda con el jefe del Topsy, el Gordo René Salazar. Un tipo de lo más desagradable, sin duda. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Sabiendo que no le podría sacar por el momento más información sobre Eric a aquel chaperillo llamado Darko, me vi "casi en la obligación" de no desaprovechar el dinero que iba a costarme aquel inusual interrogatorio en el tugurio llamado Topsy.

Le dije que tratara de pasarlo bien, mientras sostenía en mi mano su cimbrel de tamaño standard, pero apariencia apetecible. "El interrogatorio ha concluido", le informé, dicho lo cual engullí aquella polla anatómicamente bien estructurada, larga sin excesos, fina y estilizada, coronada por un prepucio cabezón y rosadito. Todo aquel conjunto no olía demasiado aseado, pero la simple visión de los calzoncillos gastados por los residuos variados y el paso del tiempo, me habían dado una idea muy clara de lo que podía olfatearse bajo la tela.

Darko incluso me cogió del pelo como si quisiera indicarme que lo estaba haciendo muy bien; se dejó mamar sin responder más preguntas, sin apenas moverse hasta que me dijo que no iba a aguantar ya mucho más. "¡Pues entonces ponte de lado y córrete en la sábana!", le dije, con premeditación. El chico me hizo caso, incluso salpicándome los pantalones con un par de potentes chorretones de semen bien propulsados. El resto de la corrida se escurrió entre sus dedos y fue a parar a una de las zonas más clareadas de la sábana rugosa.

-¡Joder, qué bueno...! -rugió de satisfacción, con mi mirada sonriente clavada en los movimientos de su mano derecha-. Muchas gracias, tío... Ha estado genial...

-No se merecen -volví a colocarle el largo pelo grasiento tras las orejas y me permití darle un pico suave en los labios, cortados por el frío y quemados por el exceso de porros consumidos hasta el límite.

Aquel simple gesto de cariño vulgar y barriobajero me aseguraba que aquel chico se acordaría de mí durante mucho tiempo. Nunca sabes cuándo vas a poder necesitar los servicios (de cualquier tipo) de un chapero de diecisiete o dieciocho años. Me quedé observando cómo se volvía a colocar el calzoncillo sobre su polla decaída y pringosa, sin ningún escrúpulo higiénico. "Que me lo digan a mí, que me la he metido en la boca...", pensé con más ironía que otra cosa.

Luego se subió los vaqueros desgarrados y un poco demodé, y me preguntó si me importaba que se fumase otro porro antes de que nos fuéramos. "El Gordo no nos deja quedarnos en las habitaciones después de que los clientes se hayan ido", me informó, empezando a quemar de cara a la ventana una china de chocolate que guardaba plastificada en su pantalón. Por un instante me pregunté cómo debía ser ese chico fuera de las asquerosas paredes del Topsy. ¿Tendría familia, amigos que no fueran compañeros de trabajo? Me lo imaginé limpio y con otro tipo de ropas, y pensé que bien podría pasar desapercibido en un barrio elegante como aquel en el que yo vivía con mi esposa y su hijo adolescente.

Ajeno a mis cavilaciones, Darko se lió el peta en un santiamén y antes de que me diera cuenta ya le daba una buena calada. Me ofreció una chupada pero decliné. Aún me quedaba algo por hacer aquella noche, y los porros me subían con una facilidad pasmosa. Volvió a sentarse en el alféizar de la ventana con su torso imberbe al descubierto, y sentí el impulso de levantarme y darle un abrazo. "No seas moñas, tío, que no soy tu novio...", me hubiera dicho si lo hiciera; sonreí, mirándole aún desde la cama, deshechando la idea del abrazo.

Antes de que acabara el petardo le di una tarjeta con mi nombre ficticio y mi teléfono real (sólo el del trabajo). Le dije que si alguna vez necesitaba cualquier cosa, si estaba en apuros y necesitaba esconderse, o si se encontraba con Eric, que por favor me llamara. Él asintió con muy poco convencimiento, pero se metió la tarjeta en los vaqueros.

Cuando llegamos hasta la zona del bar, cruzando un pasillo en el que escuchamos gritos y jadeos por doquier, y tras bajar unas escaleras por las que nos cruzamos con dos parejas de edades desiguales e intenciones deshonestas, fue como si Darko y yo nunca nos hubiéramos visto. Me guiñó un ojo antes de atravesar las cortinas de tiras de plástico que separaban el local de las habitaciones, y después se dirigió sin mirar atrás hacia el mostrador.

Desde la puerta me lanzó una mirada de perro el mastodonte que vigilaba la seguridad de aquel antro. Uno de ellos. Con un movimiento mecánico de cabeza, me indicó que tenía que pasar por caja, señalando hacia la puerta de madera blanca en la que ponía. "RESERVADO. No Pasar". Pese a ello, pasé. Me encontré en un pasillo estrecho y no muy largo, al final del cual una puerta se encontraba custodiada por otro de los mastodontes del Topsy.

Todos parecían el mismo: cabeza cuadrada y casi rapada, camisetas negras a punto de reventar por la presión de los pectorales de piedra y con las letras T O P S Y impresas en color dorado y cruzando el torso en perpendicular; bíceps como bombonas de butano, brazos venosos y repletos de vello oscuro, pantalones negros de vestir, con los muslos como si el propio Bruce Banner empezara a convertirse en Hulk, a punto de hacer estallar la tela; y botas oscuras a juego. Todo el conjunto diseñado para que uno no quisiera tener problemas con ninguno de aquellos perros guardianes del Gordo Salazar.

-Vengo a saldar una deuda con tu jefe. Soy Saúl Viñas -le dije al gorila que custodiaba la puerta, sin parecer intimidado.

-¡Espera aquí! -me espetó el maromo, mirándome de arriba a abajo como si pudiera escanearme con sus retinas.

Cruzó la puerta, cerrándola nada más entrar, y me dejó allí plantado no más de quince segundos. "El señor Salazar dice que puedes entrar", pero no me dejó hacerlo. Me puso una mano fuerte y compacta contra el pecho, y enseguida me giró de cara a la pared. Procedió a registrarme sin contemplaciones. Sus manos se movieron por mi pecho, mi cintura, mi espalda, bajaron hasta mi culo, palpándomelo más de lo necesario, me agarró la polla y los cojones como si pensara que ahí llevaba escondidas mis armas de destrucción masiva, y por último descendió por mis muslos y piernas, e incluso metió sus dedacos por los bordes de mis zapatos.

"¡Adelante!", se puso en pie y me abrió la puerta. Estuve a punto de darle las gracias por aquel magreo tan intenso y excitante, pero pensé que no tendría el sentido del humor necesario para asumir aquella broma. Dentro de aquella amplia estancia había tres tipos más como él, pero sólo uno de ellos estaba vestido. Cuando la puerta se cerró a mi espalda, otro maromo de seguridad (tan parecido al que dejamos fuera), fue el que me indicó con la mano que pasara adelante, mientras que él se quedaba envuelto en aquella penumbra tan misteriosa.

La estancia en la que iba a encontrarme con Salazar (dueño de aquel tugurio de prostitución masculina denominado Topsy al que había acudido yo en busca de un chapero cuyo nombre de guerra era Eric) estaba menos iluminada de lo que cabría esperar en una sala de reuniones. O de cobros, pues eso era lo que suponía que iban a hacerme allí dentro: cobrarme los servicios sexuales prestados con buena voluntad por el joven Darko.

Al fondo, bajo la única lámpara de techo de la estancia, una cama de unos 2 metros de largo por unos dos y medio de ancho. Sobre ella había dos pedazo de maromos idénticos a los seguratas que correteaban por todo el local. La diferencia era que éstos no llevaban "uniforme": tumbados en los laterales de la amplia cama, ambos con una mano bajo la nuca y la otra sobre sus propios boxer Calvin Klein (tan blancos y radiantes que no parecían dignos del Topsy), aparentaban ser dos musculosos mellizos casi idénticos en actitud y gestos.

Entre medias de aquellos dos seres hercúleos y semidesnudos había un hueco en el que perfectamente cabrían otras dos personas sin rozarse; y es que ese era precisamente el espacio que necesitaba René Salazar para meter su gigantesco cuerpo de casi doscientos kilos de grasa y pluma que se le escapaba por doquier. Ahora estaba de pie, ajustándose al enorme perímetro de su cintura una bata roja de seda con la que se podría cubrir el tejado de mi casa; mirándome con una mal fingida benevolencia.

-Adelante, guapetón, pasa. Siento recibirte así, pero es que estaba jugando con mis cachorros. ¿Verdad que sí, chicos? -los maromos de la cama, como toda respuesta, balancearon sus caderas hacia adelante, como si quisieran demostrarme que eran capaces de empalmarse para aquel asqueroso personaje-. Pero no te quedes ahí, Viñas. Hacía mucho tiempo que no nos honrabas con tu presencia...

Miré al orangután que custodiaba la puerta, pero me ignoró, con la vista fija al frente, tal vez agradeciendo al cielo estar allí de pie en vez de estar donde sus compañeros. Salazar me miraba los pantalones con cierta gula indisimulada; cuando seguí el camino de sus ojos, me topé con el motivo de su curiosidad.

-Veo que el pequeño Darko ha sacado lo mejor de ti... -se rió escandalosamente con su propio chiste, mientras que yo palpaba las dos manchitas de semen con las que el chico me había obsequiado al correrse junto a mí-. ¿Has disfrutado con el muchacho?

-Lo hemos pasado muy bien, René, muchas gracias.

En ese momento oí un leve gemido procedente de la parte menos iluminada de la estancia, y me sorprendió no haberme dado cuenta de la presencia de tres figuras allí agazapadas, en cuclillas y con las espaldas pegadas a la pared. Parecían tres chavalitos muy jóvenes, pero la penumbra me impidió verlos con claridad.

-Por favor, Rusty -Salazar arrastró las palabras con cierta crueldad contenida-, haz que ese puto crío deje de lloriquear antes de que me enfade...

Y no me dio ni tiempo a relacionar aquel nombre (Rusty) con el segurata de la puerta, cuando éste pasó junto a mí como una exhalación y se dirigió al rincón del que procedía aquel ahogado gemido. Con una de sus zarpas brutales, agarró del cuello a un chiquillo al que elevó del suelo hasta hacerle ponerse de puntillas para no morir ahogado. Con la nueva posición adquirida, fui capaz de discernir que se trataba de un chaval de no más de doce o trece años (quizás quince mal alimentados), con el pelo casi rasurado y aspecto de chico del Este, tal vez ruso o rumano. Estaba completamente desnudo.

Aún más delgado y desnutrido que Darko, sin un solo vello en su cuerpo, aparte de una curiosa pelambrera rojiza alrededor de aquella picha arrugada como una nuez, tenía la cara marcada por alguna que otra hostia, y trataba de zafarse de las garras de aquel Rusty con apariencia de merendarse cada día a niños como aquel. "¡Te vas a callar, hijo de puta! ¡Shut up!", le voceó, justo antes de calzarle un guantazo que le hizo caer sobre los otros dos.

Éstos ni se movieron, supongo que asustados ante la posibilidad de que les hicieran lo mismo que a su compañero. Salazar interrumpió con su desagradable voz aflautada mi contemplación de aquella brutalidad: "Te los presentaría, pero es que aún están sin domesticar", y volvió a reírse con absoluta desfachatez, al tiempo que el cabrón de Rusty le daba un puñetazo en la cara al niño llorón. Luego una patada en las costillas, y el chaval que empezó a toser, como si se ahogara.

-¡Ya está bien! ¿No ves que tenemos visita? -gritó el Gordo, sin sonar recriminatorio-. ¡Vuelve a tu sitio! -a lo que el otro obedeció como si fuera realmente un perro fiel y servicial.

Mirando a mi alrededor no daba crédito. El chiquillo golpeado volvía a colocarse junto a los otros dos, más agazapados si cabe, mientras Rusty caminaba hacia la puerta con el orgullo del deber cumplido; y mientras tanto, los dos madelman que retozaban en la cama, parecían estar totalmente ajenos a lo que les rodeaba. Seguían jugando con aquellos exquisitos paquetillos de carne envuelta en cara ropa interior.

-Siento que hayas tenido que ver eso, Viñas -se disculpó el Gordo con cierto desdén-. Y dime, ¿lo has pasado bien con Darko?

-Mejor de lo que esperaba. Ese chico es bueno, René... -suspuse que eso era lo que aquel engendro quería escuchar-. Bueno, ¿entonces cuánto te debo?

-Podríamos dejarlo en... nada.

-¿Cómo? -me sorprendió, aún más cuando una de sus asquerosas manos se posó en mi hombro y tiró de mí hacia la zona iluminada.

Llegamos hasta la enorme cama y, con un gesto de su mano, Salazar hizo que sus dos esclavos sexuales de increíbles dimensiones físicas se juntaran en el extremo opuesto. Sentó su grasiento culo, y palmeó la sábana como yo había hecho con Darko un rato antes, para invitarme a tomar asiento junto a él.

Siguiendo la lección del chaval, lo hice dejando un espacio prudente entre los dos.

 

Continuará...

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