Sabiendo que no le podría sacar por el momento más
información sobre Eric a aquel chaperillo llamado Darko, me vi "casi en la
obligación" de no desaprovechar el dinero que iba a costarme aquel inusual
interrogatorio en el tugurio llamado Topsy.
Le dije que tratara de pasarlo bien, mientras sostenía en mi
mano su cimbrel de tamaño standard, pero apariencia apetecible. "El
interrogatorio ha concluido", le informé, dicho lo cual engullí aquella polla
anatómicamente bien estructurada, larga sin excesos, fina y estilizada, coronada
por un prepucio cabezón y rosadito. Todo aquel conjunto no olía demasiado
aseado, pero la simple visión de los calzoncillos gastados por los residuos
variados y el paso del tiempo, me habían dado una idea muy clara de lo que podía
olfatearse bajo la tela.
Darko incluso me cogió del pelo como si quisiera indicarme
que lo estaba haciendo muy bien; se dejó mamar sin responder más preguntas, sin
apenas moverse hasta que me dijo que no iba a aguantar ya mucho más. "¡Pues
entonces ponte de lado y córrete en la sábana!", le dije, con premeditación. El
chico me hizo caso, incluso salpicándome los pantalones con un par de potentes
chorretones de semen bien propulsados. El resto de la corrida se escurrió entre
sus dedos y fue a parar a una de las zonas más clareadas de la sábana rugosa.
-¡Joder, qué bueno...! -rugió de satisfacción, con mi mirada
sonriente clavada en los movimientos de su mano derecha-. Muchas gracias, tío...
Ha estado genial...
-No se merecen -volví a colocarle el largo pelo grasiento
tras las orejas y me permití darle un pico suave en los labios, cortados por el
frío y quemados por el exceso de porros consumidos hasta el límite.
Aquel simple gesto de cariño vulgar y barriobajero me
aseguraba que aquel chico se acordaría de mí durante mucho tiempo. Nunca sabes
cuándo vas a poder necesitar los servicios (de cualquier tipo) de un chapero de
diecisiete o dieciocho años. Me quedé observando cómo se volvía a colocar el
calzoncillo sobre su polla decaída y pringosa, sin ningún escrúpulo higiénico.
"Que me lo digan a mí, que me la he metido en la boca...", pensé con más ironía
que otra cosa.
Luego se subió los vaqueros desgarrados y un poco demodé, y
me preguntó si me importaba que se fumase otro porro antes de que nos fuéramos.
"El Gordo no nos deja quedarnos en las habitaciones después de que los clientes
se hayan ido", me informó, empezando a quemar de cara a la ventana una china de
chocolate que guardaba plastificada en su pantalón. Por un instante me pregunté
cómo debía ser ese chico fuera de las asquerosas paredes del Topsy. ¿Tendría
familia, amigos que no fueran compañeros de trabajo? Me lo imaginé limpio y con
otro tipo de ropas, y pensé que bien podría pasar desapercibido en un barrio
elegante como aquel en el que yo vivía con mi esposa y su hijo adolescente.
Ajeno a mis cavilaciones, Darko se lió el peta en un
santiamén y antes de que me diera cuenta ya le daba una buena calada. Me ofreció
una chupada pero decliné. Aún me quedaba algo por hacer aquella noche, y los
porros me subían con una facilidad pasmosa. Volvió a sentarse en el alféizar de
la ventana con su torso imberbe al descubierto, y sentí el impulso de levantarme
y darle un abrazo. "No seas moñas, tío, que no soy tu novio...", me hubiera
dicho si lo hiciera; sonreí, mirándole aún desde la cama, deshechando la idea
del abrazo.
Antes de que acabara el petardo le di una tarjeta con mi
nombre ficticio y mi teléfono real (sólo el del trabajo). Le dije que si alguna
vez necesitaba cualquier cosa, si estaba en apuros y necesitaba esconderse, o si
se encontraba con Eric, que por favor me llamara. Él asintió con muy poco
convencimiento, pero se metió la tarjeta en los vaqueros.
Cuando llegamos hasta la zona del bar, cruzando un pasillo en
el que escuchamos gritos y jadeos por doquier, y tras bajar unas escaleras por
las que nos cruzamos con dos parejas de edades desiguales e intenciones
deshonestas, fue como si Darko y yo nunca nos hubiéramos visto. Me guiñó un ojo
antes de atravesar las cortinas de tiras de plástico que separaban el local de
las habitaciones, y después se dirigió sin mirar atrás hacia el mostrador.
Desde la puerta me lanzó una mirada de perro el mastodonte
que vigilaba la seguridad de aquel antro. Uno de ellos. Con un movimiento
mecánico de cabeza, me indicó que tenía que pasar por caja, señalando hacia la
puerta de madera blanca en la que ponía. "RESERVADO. No Pasar". Pese a ello,
pasé. Me encontré en un pasillo estrecho y no muy largo, al final del cual una
puerta se encontraba custodiada por otro de los mastodontes del Topsy.
Todos parecían el mismo: cabeza cuadrada y casi rapada,
camisetas negras a punto de reventar por la presión de los pectorales de piedra
y con las letras T O P S Y impresas en color dorado y cruzando el torso en
perpendicular; bíceps como bombonas de butano, brazos venosos y repletos de
vello oscuro, pantalones negros de vestir, con los muslos como si el propio
Bruce Banner empezara a convertirse en Hulk, a punto de hacer estallar la tela;
y botas oscuras a juego. Todo el conjunto diseñado para que uno no quisiera
tener problemas con ninguno de aquellos perros guardianes del Gordo Salazar.
-Vengo a saldar una deuda con tu jefe. Soy Saúl Viñas -le
dije al gorila que custodiaba la puerta, sin parecer intimidado.
-¡Espera aquí! -me espetó el maromo, mirándome de arriba a
abajo como si pudiera escanearme con sus retinas.
Cruzó la puerta, cerrándola nada más entrar, y me dejó allí
plantado no más de quince segundos. "El señor Salazar dice que puedes entrar",
pero no me dejó hacerlo. Me puso una mano fuerte y compacta contra el pecho, y
enseguida me giró de cara a la pared. Procedió a registrarme sin
contemplaciones. Sus manos se movieron por mi pecho, mi cintura, mi espalda,
bajaron hasta mi culo, palpándomelo más de lo necesario, me agarró la polla y
los cojones como si pensara que ahí llevaba escondidas mis armas de destrucción
masiva, y por último descendió por mis muslos y piernas, e incluso metió sus
dedacos por los bordes de mis zapatos.
"¡Adelante!", se puso en pie y me abrió la puerta. Estuve a
punto de darle las gracias por aquel magreo tan intenso y excitante, pero pensé
que no tendría el sentido del humor necesario para asumir aquella broma. Dentro
de aquella amplia estancia había tres tipos más como él, pero sólo uno de ellos
estaba vestido. Cuando la puerta se cerró a mi espalda, otro maromo de seguridad
(tan parecido al que dejamos fuera), fue el que me indicó con la mano que pasara
adelante, mientras que él se quedaba envuelto en aquella penumbra tan
misteriosa.
La estancia en la que iba a encontrarme con Salazar (dueño de
aquel tugurio de prostitución masculina denominado Topsy al que había acudido yo
en busca de un chapero cuyo nombre de guerra era Eric) estaba menos iluminada de
lo que cabría esperar en una sala de reuniones. O de cobros, pues eso era lo que
suponía que iban a hacerme allí dentro: cobrarme los servicios sexuales
prestados con buena voluntad por el joven Darko.
Al fondo, bajo la única lámpara de techo de la estancia, una
cama de unos 2 metros de largo por unos dos y medio de ancho. Sobre ella había
dos pedazo de maromos idénticos a los seguratas que correteaban por todo el
local. La diferencia era que éstos no llevaban "uniforme": tumbados en los
laterales de la amplia cama, ambos con una mano bajo la nuca y la otra sobre sus
propios boxer Calvin Klein (tan blancos y radiantes que no parecían dignos del
Topsy), aparentaban ser dos musculosos mellizos casi idénticos en actitud y
gestos.
Entre medias de aquellos dos seres hercúleos y semidesnudos
había un hueco en el que perfectamente cabrían otras dos personas sin rozarse; y
es que ese era precisamente el espacio que necesitaba René Salazar para meter su
gigantesco cuerpo de casi doscientos kilos de grasa y pluma que se le escapaba
por doquier. Ahora estaba de pie, ajustándose al enorme perímetro de su cintura
una bata roja de seda con la que se podría cubrir el tejado de mi casa;
mirándome con una mal fingida benevolencia.
-Adelante, guapetón, pasa. Siento recibirte así, pero es que
estaba jugando con mis cachorros. ¿Verdad que sí, chicos? -los maromos de la
cama, como toda respuesta, balancearon sus caderas hacia adelante, como si
quisieran demostrarme que eran capaces de empalmarse para aquel asqueroso
personaje-. Pero no te quedes ahí, Viñas. Hacía mucho tiempo que no nos honrabas
con tu presencia...
Miré al orangután que custodiaba la puerta, pero me ignoró,
con la vista fija al frente, tal vez agradeciendo al cielo estar allí de pie en
vez de estar donde sus compañeros. Salazar me miraba los pantalones con cierta
gula indisimulada; cuando seguí el camino de sus ojos, me topé con el motivo de
su curiosidad.
-Veo que el pequeño Darko ha sacado lo mejor de ti... -se rió
escandalosamente con su propio chiste, mientras que yo palpaba las dos manchitas
de semen con las que el chico me había obsequiado al correrse junto a mí-. ¿Has
disfrutado con el muchacho?
-Lo hemos pasado muy bien, René, muchas gracias.
En ese momento oí un leve gemido procedente de la parte menos
iluminada de la estancia, y me sorprendió no haberme dado cuenta de la presencia
de tres figuras allí agazapadas, en cuclillas y con las espaldas pegadas a la
pared. Parecían tres chavalitos muy jóvenes, pero la penumbra me impidió verlos
con claridad.
-Por favor, Rusty -Salazar arrastró las palabras con cierta
crueldad contenida-, haz que ese puto crío deje de lloriquear antes de que me
enfade...
Y no me dio ni tiempo a relacionar aquel nombre (Rusty) con
el segurata de la puerta, cuando éste pasó junto a mí como una exhalación y se
dirigió al rincón del que procedía aquel ahogado gemido. Con una de sus zarpas
brutales, agarró del cuello a un chiquillo al que elevó del suelo hasta hacerle
ponerse de puntillas para no morir ahogado. Con la nueva posición adquirida, fui
capaz de discernir que se trataba de un chaval de no más de doce o trece años
(quizás quince mal alimentados), con el pelo casi rasurado y aspecto de chico
del Este, tal vez ruso o rumano. Estaba completamente desnudo.
Aún más delgado y desnutrido que Darko, sin un solo vello en
su cuerpo, aparte de una curiosa pelambrera rojiza alrededor de aquella picha
arrugada como una nuez, tenía la cara marcada por alguna que otra hostia, y
trataba de zafarse de las garras de aquel Rusty con apariencia de merendarse
cada día a niños como aquel. "¡Te vas a callar, hijo de puta! ¡Shut up!", le
voceó, justo antes de calzarle un guantazo que le hizo caer sobre los otros dos.
Éstos ni se movieron, supongo que asustados ante la
posibilidad de que les hicieran lo mismo que a su compañero. Salazar interrumpió
con su desagradable voz aflautada mi contemplación de aquella brutalidad: "Te
los presentaría, pero es que aún están sin domesticar", y volvió a reírse con
absoluta desfachatez, al tiempo que el cabrón de Rusty le daba un puñetazo en la
cara al niño llorón. Luego una patada en las costillas, y el chaval que empezó a
toser, como si se ahogara.
-¡Ya está bien! ¿No ves que tenemos visita? -gritó el Gordo,
sin sonar recriminatorio-. ¡Vuelve a tu sitio! -a lo que el otro obedeció como
si fuera realmente un perro fiel y servicial.
Mirando a mi alrededor no daba crédito. El chiquillo golpeado
volvía a colocarse junto a los otros dos, más agazapados si cabe, mientras Rusty
caminaba hacia la puerta con el orgullo del deber cumplido; y mientras tanto,
los dos madelman que retozaban en la cama, parecían estar totalmente ajenos a lo
que les rodeaba. Seguían jugando con aquellos exquisitos paquetillos de carne
envuelta en cara ropa interior.
-Siento que hayas tenido que ver eso, Viñas -se disculpó el
Gordo con cierto desdén-. Y dime, ¿lo has pasado bien con Darko?
-Mejor de lo que esperaba. Ese chico es bueno, René...
-suspuse que eso era lo que aquel engendro quería escuchar-. Bueno, ¿entonces
cuánto te debo?
-Podríamos dejarlo en... nada.
-¿Cómo? -me sorprendió, aún más cuando una de sus asquerosas
manos se posó en mi hombro y tiró de mí hacia la zona iluminada.
Llegamos hasta la enorme cama y, con un gesto de su mano,
Salazar hizo que sus dos esclavos sexuales de increíbles dimensiones físicas se
juntaran en el extremo opuesto. Sentó su grasiento culo, y palmeó la sábana como
yo había hecho con Darko un rato antes, para invitarme a tomar asiento junto a
él.
Siguiendo la lección del chaval, lo hice dejando un espacio
prudente entre los dos.
Continuará...