Rodeado de hombres desnudos
Parte I: Despertares.
Esta es la historia de una transformación.
Ya sé, claro. Tal vez, al finalizar esta lectura, habrá
muchos que opinarán – y con toda razón – que más bien es la historia de cómo a
través de ciertas circunstancias afloran, con toda su potencia, cosas ocultas y
adormecidas en el interior de todo hombre.
Tal lo que aconteció con Rubén.
Rubén era un desocupado más, un jefe de familia – esposa y
dos hijos en edad escolar – que acababa de perder su empleo en una fábrica
textil quebrada ¡lógicamente! por hallarse en un país que no apuesta a su
industria. Rubén no llevaba bien, como es de suponer, este trance tan reiterado
en nuestro tiempo. Y a los 47 años se encontraba, más que nunca, tan perdido en
la vida como si tuviera que empezar todo de nuevo. Tal sentimiento no estaba
lejos de la realidad, en verdad le pasaba eso. Día tras día, formaba filas y
filas entre los cientos de aspirantes a los escasos empleos que diariamente se
publicaban en el periódico, para ser rechazado por la misma razón que muchos: su
edad.
Su mujer era la encargada y portera de un edificio de
departamentos. Gracias a eso tenían un techo y no habían caído en la indigencia.
Pero Rubén estaba desesperado. Las deudas se acumulaban y su propia autoestima
descendía tanto como su fe. Fue por eso que aceptó sin pensar aquella propuesta
de trabajo que le había hecho el vecino del 4º "A", el señor Rivano, que
administraba un gimnasio cercano al barrio.
Concurrió temprano al gimnasio para presentarse a la
entrevista con el patrón. La recomendación del administrador era más que
suficiente y Rubén obtuvo finalmente el esperado puesto. No sabía para qué iba a
ser empleado pero supuso que seguramente iba a encargarse de la limpieza o algo
tal vez peor. Pero, afortunadamente – se mire por donde se mire – le comunicaron
que iba a estar a cargo del vestuario de hombres. Por ser empleo nuevo, el
sueldo era bastante razonable, aunque tenía que trabajar toda la jornada. Rubén
no estaba en situación de elegir ni discutir nada, así que ni bien recibió la
confirmación del trabajo, se presentó el primer día lleno de alegría.
Enseguida se abocó al trabajo: Rubén se encargaba de
custodiar el guardarropa, de mantener el orden y la limpieza, y de asignar
armarios pagos para aquellos clientes que quisieran usarlos.
El vestuario era muy amplio. Cómodos bancos situados en filas
paralelas, se distribuían en un gran salón con forma de L. Al fondo había dos
accesos: a la derecha se accedía a los lavabos que precedían los retretes, y el
de la izquierda daba a las duchas. También había un baño sauna que Rubén debía
controlar todo el tiempo. El trabajo era muy simple, pero requería dedicación.
Para eso, Rubén era mandado a hacer. Se esmeraba mucho en escurrir el agua de
los baños, conservar el piso radiante, y organizarse para que todo el sitio
funcionara perfectamente.
Día tras día, Rubén se acostumbraba rápidamente a su nuevo
trabajo. Su mujer estaba más aliviada porque las cosas en la familia empezaban a
estabilizarse. Por eso mismo, se resignaba a no ver a su marido en toda la
jornada. Rubén llegaba cansado a casa por las noches para cenar con ella e irse
a dormir.
Al principio, nada pasaba.
Pero cuando las cosas comienzan, inmediatamente siguen su
propio curso, como el caudal de un río cada vez más torrentoso.
Las jornadas fueron pasando y Rubén era ya el personaje
conocido por todos los asistentes del vestuario que, según los días de la
semana, iban pasando por allí con cierta asiduidad cíclica. Él hablaba con toda
la gente, o al menos con quienes le daban conversación, un poco por no aburrirse
en ese tedio cotidiano entre cuatro paredes, otro poco porque Rubén era un
hombre dado y simpático. Podía hablar desde el clima hasta el alza del dólar,
desde el último partido de fútbol transmitido por la radio hasta aquel cuento de
Cortázar que había leído en el verano.
Los usuarios del vestuario empezaron a ser para Rubén el
pobre y único motivo de pasatiempo posible. Así el reparo en ellos fue casi
natural, diríamos. Por la mañana, estaban los que hacían aparatos y que partían
después a sus trabajos. Los del mediodía, eran los que abrían la actividad de la
piscina y las clases de natación. Por la tarde, había un público más variado.
Después de las 17 venían los jóvenes y niños que salían de la escuela y a la
estudiantil adosaban alguna actividad deportiva. Y por la noche, los
oficinistas, profesionales o comerciantes, que después de un día de trabajo, se
dedicaban algunas horas al ejercicio, a nadar o a los tantos deportes que se
practicaban allí. Eran los que usaban más el sauna, y a veces iban al gimnasio
solamente con ese fin.
Puede decirse que el tedio fue la primera causa de todo, pues
tal vez porque se encontraba aburrido, o por no tener nada que hacer, a Rubén no
se le ocurrió mejor pasatiempo que fijarse más en los visitantes del vestuario.
Al principio le resultaba divertido fijarse en sus prendas de vestir. La manera
de vestirse de una persona descubre su personalidad, su estatus social, etc.,
cosas con las que Rubén se divertía un rato. Cuando esto lo aburrió nuevamente,
pasó a observar los cuerpos que aparecían debajo de esas ropas.
Entonces lo divertía fijarse, por ejemplo, en los distintos
tamaños de los penes que a diario desfilaban ante él. Hasta habíase inventado
una clasificación ridícula pero muy entretenida: los de tamaño "S" (small), "M"
(médium), o "XL" (extra large). Obviamente, cuando aparecía un XXL, Rubén miraba
mucho más de la cuenta.
También empezó a fijarse en los distintos comportamientos
según los casos: estaban los que se escondían de todo el mundo, y los que –tal
vez por tener un físico envidiable – se mostraban desnudos por todo el recinto,
como si fueran a otorgarle un premio al mejor porte. Por supuesto, Rubén
relacionó esto con una cierta tendencia que todos tenían a la competencia
natural entre machos.
Fue así como empezó a fijarse y comparar alturas, colores de
piel, edades, diferencias entre hombres lampiños o velludos, y sin darse cuenta,
estaba cada vez más familiarizado con la anatomía masculina. Diríamos que estos
no fueron más que "ensayos" de lo que vendría irremediablemente después.
- - - - -
Pero hubo un día que, podríamos decir, fue definitivo. Fue
aquel en que entró a trabajar el nuevo profesor de natación. Se llamaba Héctor,
y desde el primer encuentro le resultó muy simpático. Después de entablar
algunas palabras, Héctor le dijo a Rubén que se verían a diario, pues él iba a
trabajar allí casi todos los días. Y mientras seguían charlando, el profesor de
natación abrió su bolso y extrajo de él una toalla y dos trajes de baño. Uno era
un pantaloncito y otro un diminuto speedo. Rubén pensó: ¡Caramba!, va a ser
divertido ver si este pedazo de hombre puede meter parte de su humanidad en esa
diminuta prenda. Y es que Héctor era un hombrote de casi dos metros de estatura
y un cuerpo atlético que llamaba la atención. Un hombre que sin ser un adonis –
pues su cara no era realmente bella – resultaba altamente atractivo y masculino.
Así que Rubén, quedó, sin darse cuenta, a la expectativa de lo que pasaría.
Héctor se fue quitando la ropa. Vestía informal y muy a la
moda. Ropa cara y de marca, Rubén ya había observado todo eso. Al abrir su
camisa, apareció un torso generoso y bien definido. Dos pectorales bien
abultados sin rastros de vello alguno, coronados con pezones redondos y muy
rosados. Su abdomen era realmente espectacular: abdominales marcados en varias
capas y desde el ombligo una fuerte línea de pelos negros que se perdían debajo
de sus vaqueros desabrochados. Acomodó su camisa en la percha que le alcanzó
Rubén mientras seguían comentando algo sin importancia, Héctor se bajó los
pantalones y sus boxers blancos también se bajaron un poco. Se dio la vuelta y
Rubén no pudo evitar mirar lo que asomaba debajo de esa blanca ropa interior. No
tuvo que imaginarse mucho, pues Héctor se quitó enseguida los boxers quedando
desnudo completamente. Rubén miró atentamente el bellísimo trasero del profesor
de natación. Era perfecto. Lo miró, y ya no pudo dejar de mirarlo. Dos glúteos
enormes, que se ensanchaban y entroncaban con esos pilares sólidos que Héctor
tenía por muslos, una raya apretada y larga dividiendo en dos la blancura de su
piel firme, algunos vellos que asomaban y se espesaban hacia el secreto interior
del ano; todo ese conjunto, hizo que algo se moviera en el interior de Rubén.
Claro, él aún no sabía que pasaba, pues tampoco se alarmó por
el hecho de que no pudiera apartar sus ojos de aquel culo encantador. Héctor
tomó su toalla y se dirigió para las duchas, perdiéndose tras su sonrisa. Rubén
respiró hondo, se pasó una mano por la frente y experimentó un leve temblor.
Pero no tuvo tiempo de pensar en eso, porque enseguida
entraron dos hombres más al vestuario. Venían hablando de fútbol tan
acaloradamente que casi no repararon en su presencia. Rubén les alcanzó unas
perchas y volvió a su puesto detrás del mostrador. Los dos hombres, vociferando
y discutiendo penales, estrategias de juego y cosas por el estilo, acomodaron
sus bolsos y empezaron a desnudarse. Rubén enseguida comenzó a observarlos.
Ambos tenían como treinta años. Uno era más corpulento que el otro, pero el otro
era más alto. Pronto quedaron desnudos, y así, en pelotas, seguían discutiendo
cada vez más compenetrados en determinar si el director técnico fulanito tenía
que seguir estando a cargo de su equipo preferido. Rubén no pudo evitar mirar
sus cuerpos. Pero ya no le daban ganas de entretenerse con su jueguito
clasificatorio. Estaban de espaldas a él, así que sus ojos fueron directamente a
sus blancos culos. El hombre alto era bastante peludo, por lo que llamó su
atención la cantidad de vello que cubrían esas dos nalgas tan bien formadas. El
otro, lampiño, de altura mediana, ostentaba un culo aún más sobresaliente que el
de su amigo. Rubén se preguntó cuán suave sería al tacto esa piel tan blanca y
lisa que tenía enfrente a él, a escasos metros.
En ese pensamiento estaba cuando se dio cuenta de que Héctor
ya había salido de las duchas y venía secando su cuerpo desnudo. De pronto,
Rubén no sabía a quién mirar. Pero era ya evidente que una extraña curiosidad se
había apoderado de él. ¿Curiosidad? ¡Nunca había tenido "esa" curiosidad!.
Héctor terminó de secarse y estaba dispuesto a enfundarse en su speedo. Entonces
quedó bien de frente a Rubén. Las proporciones de su sexo, lo dejaron
boquiabierto. Sin dudas, se trataba de un indiscutible tamaño "XL", pensó. ¿Cómo
metería todo eso en el traje de baño?. Héctor metió primero una pierna, luego la
otra..... y fue subiéndose cuidadosamente el speedo hasta la cintura. ¡Sí, le
costó, claro! No fue fácil acomodar ese par de enormes bolas y luego esa verga
que parecía una morcilla, y tampoco le fue fácil ocultar bajo la tela, aquella
cantidad de pelos negros que parecían querer escaparse por los costados. Pero,
ante el asombro de su atento observador, Héctor terminó de ubicar muy bien sus
abultados atributos en la diminuta prenda. Encima se colocó los pantaloncitos, y
saliendo, saludó muy sonrientemente.
Del otro lado, los dos hombres ya se habían vestido con sus
ropas deportivas, entregaban a Rubén sus bolsos en custodia y salían también, a
tiempo que entraban un grupo de jóvenes al vestuario. También Rubén los observó
y se dispuso a comparar todos los cuerpos que hasta ahora le habían llamado
tanto la atención. Eran cinco jóvenes que no tendrían más de 18 años. Lucían
vigorosos, enérgicos y todo el tiempo bromeaban entre ellos. Venían de entrenar,
absolutamente sudados y evidentemente cansados. Pronto quedaron también como
Dios los trajo al mundo, y para Rubén fue un festín fijarse en cada uno de sus
culos. Sí, eran hermosos, pensó. Distintos a los que recientemente habían
atrapado su atención. Estos eran tersos, casi femeninos. Y tal vez fue por eso,
que no dejó de mirarlos un segundo, saltando de uno a otro,... tal vez fue por
eso que instintivamente, casi como un reflejo, Rubén llevó su mano directamente
a su entrepierna y acarició su incipiente erección.
Pero ¿qué estaba haciendo? ¿qué encontraba de excitante en
todo eso? No lo sabía, pero todo en su cabeza se confundía un poco. Miraba esos
culos blancos y era como imaginarse virginales señoritas desnudas. Sí, había
mucho de atractivo en eso...... ¡pero eran varones!. Rubén estaba un poco
perplejo, pues si bien hacía un tiempo ya que trabajaba rodeado de hombres
desnudos, era la primera vez que reparaba en ellos de "otra manera". Y minimizó
el asunto cuando disfrutó con ellos el remanido ritual del juego de las toallas.
Los jóvenes empezaron una batalla de toallas enroscadas corriendo tras la
primera nalga a la vista, desnudos por todo el vestuario. Rubén sonreía
tiernamente, pero también hubiera querido participar: castigar esas nalgas
vírgenes, y ser tocado también por esos látigos sustituidos, como si fuera joven
de nuevo. Los chicos finalmente desaparecieron en las duchas y todo terminó.
Rubén tenía una erección muy fuerte. Se quedó detrás del
mostrador, esperando a que se le pasase. Se puso colorado y se abrió la camisa
un poco, como para tomar aire.
Ese fue el primer día en que Rubén notó un primer cambio en
su vida. Por la noche, al llegar a su casa, saludó a su esposa, se sentó a
comer, y contrariamente a otros días en que comentaba los pormenores de la
jornada con su mujer, se quedó pensativo y callado todo el tiempo. De todos
modos, pensó, mañana sería otro día, y los episodios quedarían en un curioso
anecdotario secreto.
- - - -
Por eso al día siguiente, Rubén regresó como cualquier día a
su puesto de trabajo. La primera persona que entró al vestuario fue el profesor
de natación. Héctor no venía solo, lo acompañaba uno de los profesores de
gimnasia, Gabriel. Hablaban entre ellos, y así se dirigieron a una de las
bancas. Rubén los saludó y por un momento participó de su charla. Creyó que todo
acontecía como todos los días, pero al volver al mostrador, nuevamente quedó
sorprendido por su creciente interés al verlos desnudarse.
Nunca había reparado en Gabriel. Se preguntó porqué, pues
ahora no dejaba de observarlo. Gabriel se quitó toda la ropa y quedó desnudo
antes que Héctor, que era de movimientos más parsimoniosos. Lo que más llamó la
atención a Rubén fueron los desarrollados pectorales de Gabriel. Era un hombre
de unos 40 años. Alto y de músculos trabajados. Tenía el pecho poblado de un
vello ensortijado y abundante, sobre todo en el centro y descendiendo hacia el
bajo vientre. Más abajo, su sexo – que clasificaría de "S" – emergía apenas
visible entre tan enmarañada selva, que se repetía en todo su cuerpo, incluso –
aunque en menor proporción – en sus espaldas. El conjunto era impactante. Un
cuerpo increíble cubierto por una cantidad de vello asombrosa. Gabriel se detuvo
un momento para acariciarse esas tetas enormes pasando inconscientemente sus
dedos por esos dos prominentes pezones que remataban su torso. Sus pectorales se
hacían puntiagudos y caían un poco por su propio peso, a pesar de verse tan
firmes. Mientras seguía hablando con Héctor, las manos recorrían cada curva,
hundiéndose sensualmente en la gran cantidad de pelos negros. Rubén miró
deslumbrado esos pechos tan redondeados, sobresalientes, y se detuvo mucho a
compararlos con los de Héctor, que si bien el día anterior le habían
impresionado, ahora quedaban muy en segundo lugar.
Finalmente Gabriel se enfundó en un suspensor muy ajustado. El vello púbico se
le arremolinaba en los costados, y dos tiras apenas envolvían su no menos peludo
trasero. Terminó de vestirse con su ropa deportiva, listo para salir. Héctor ya
estaba entrando a la ducha, se despidió de Gabriel y Rubén quedó como
petrificado en su mostrador.
Enseguida sospechó que ese sería otro día perturbador en su
vida. Intentó seguir con su tarea cotidiana y tomó el lampazo para repasar el
piso. Así siguió hasta el umbral de las duchas. Sintió el ruido del agua y tragó
saliva. Entró al baño y desde allí vio como Héctor se duchaba lentamente.
Nuevamente la visión de ese culo desnudo y blanco, perfectamente formado, lo
llevó a un estado de movilización extrema. Pero no atinó a retirarse. Se quedó
allí un largo rato, simulando repasar el piso. El cuerpo de Héctor era una
especie de escultura.
-Rubén, ¿estás ahí?
-¿Eh?, sí... sí... estoy aquí...
-Ah... me pareció.
Sólo dijo eso..... y los dos hombres guardaron silencio. Pero
Rubén miró con menos disimulo los movimientos de Héctor, que se pasaba las manos
por todo su cuerpo, dejando acariciarse por el agua. Poco a poco, las manos se
detenían cada vez más en su zona púbica, lavando y enjuagándose el sexo. Cuando
lo dejaba libre, el pene daba muestras de haber crecido de tamaño. Rubén seguía
la escena con el lampazo en la mano. Héctor puso la cabeza bajo el chorro de
agua caliente y se dio vuelta. ¡Otra vez ese culo prodigioso!. Con ambas manos,
se lo abrió y dejó que el agua pasara entre los glúteos. Así estuvo un rato
largo, como si fuera consciente de su íntima exposición. Al girar sobre sí
mismo, Rubén advirtió que ahora el sexo de Héctor se había agrandado
considerablemente. Tal vez se había quedado corto con la clasificación "XL",
pensó, y eso que aún no estaba duro del todo.
-Todavía no viene mucha gente ¿no? – dijo Héctor, sonriente.
-Eh... Sí, sí, ... eso parece – titubeó Rubén – pero no te
preocupes, enseguida esto se llena.
-Lástima... así está todo tan tranquilo – dijo con una mirada
extraña.
-Es verdad
-Y cuando no hay gente ¿no te dan ganas de ducharte?
-¿A mí?
-¿O de relajarte en el sauna?
-Bueno... yo... nunca pensé en eso...
-El agua está muy buena... cuando hay mucha gente, no está
tan caliente... es una verdadera delicia.
Héctor cerró los ojos y se abandonó al chorro de agua. Rubén
lo contemplaba, sin poder moverse. Miró una vez más el talle de su torso,
afinándose hacia los abdominales... se entretuvo con esa pelusilla del ombligo y
sus ojos dieron de lleno con el tufo de pelos en forma de V que adornaba su
amplia pelvis. Mojados, parecían aún más largos. Su verga, un aparato carnoso y
largo, se iba levantando cada vez más. Ahora el tamaño era asombroso.
-Buen día, Rubén ¿todo bien? – dijo la voz de alguien que
estaba entrando a las duchas.
-¡Señor Rivano!
Era la persona que le había dado el puesto. Pronto se deshizo
en salutaciones y, sonrojado, revisó intuitivamente que todo el sitio estuviera
en orden. Rivano, saludando sonrientemente a Héctor, entró a la segunda ducha.
Rubén lo miró de reojo y se dio cuenta de que el Sr. Rivano también estaba muy
bien dotado. Hasta podría otorgarle un "XXL", sin dudarlo. Sería un hombre de
unos 50 años, algo canoso, fornido y poseedor de un cuerpo que evidenciaba un
pasado deportista. La verga, colgaba flácida entre dos bolas muy grandes,
moviéndose de un lado a otro, pesada, gruesa, gorda. ¡Vaya con el Sr. Rivano!
-Rubén – dijo Rivano mientras se enjabonaba – hoy, a última
hora, me gustaría tomar un baño sauna...
-No se preocupe, Sr. Rivano, lo mantengo toda la tarde y
estará listo para cuando llegue, por supuesto.
-Gracias, yo sabía que harías buen trabajo aquí, Rubén – dijo
Rivano, saliendo del agua al mismo tiempo que Héctor, y secándose vigorosamente
con la toalla. Los dos hombres desnudos, salieron riendo y hablando de alguna
cosa que ya Rubén no pudo escuchar. Le llamó la atención que Rivano tuviera
bastante confianza con el profesor de natación, incluso ponía a veces su brazo
alrededor de los hombros de Héctor, o de su cintura. Cuando terminaron de
vestirse, salieron del vestuario.
Rubén quedó solo. Enseguida tuvo un impulso. Desabrochó su
pantalón y puso en libertad su pija endurecida por la excitación. Estaba
rigidísima, húmeda por el abundante líquido transparente que había segregado.
"¡Caramba! – pensó – a esta altura de mi vida, no entiendo que me está pasando.
¿Será que están empezando a gustarme los hombres?!. Iba a hacerse una paja, pero
el ruido de alguien entrando lo trajo de nuevo a la realidad. Apresuradamente
ocultó su tremendo palo y siguió repasando la humedad del piso.
Continúa en la 2º parte.