[ Inicio ] [ Novedades ] [ Top100 ] [ Relatos Hablados ] [ SexShop ]
 Enlace Recomendado del día: [ Contactos Personales ]
 1,144,599 Miembros | 12,854 Autores | 54,290 Relatos | 3,071 Usuarios Online Bienvenido a TodoRelatos.com! 
TODORELATOS
RELATOS
AUTORES
PANEL / INFO
VARIOS
 
 
SEXSHOP
RELATO HABLADO

Primero lo pruebo, luego lo escribo
TODORELATOS » RELATOS » RODEADO DE HOMBRES DESNUDOS (01: DESPERTAR)
[ El tercer mundo se muere de hambre, mientras que el primero y el segundo de colesterol. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 05 de Diciembre, 2008.
Fecha: 30-Ago-07 « Anterior | Siguiente » en Gays (5657 de 6573)

Rodeado de hombres desnudos (01: Despertar)

Franco
Accesos: 9,936
Valoración media:
Tiempo est. lectura: [ 13 min. ]
 -   + 
De cómo un hombre heterosexual convive diariamente, en su puesto de trabajo, con decenas de varones completamente desnudos. Es la historia de una persona común, que poco a poco, empezará a notar cambios en su personalidad más íntima, a sentir deseos que creía ajenos a él y vivir experiencias sexuales insólitas. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Rodeado de hombres desnudos

Parte I: Despertares.

 

Esta es la historia de una transformación.

Ya sé, claro. Tal vez, al finalizar esta lectura, habrá muchos que opinarán – y con toda razón – que más bien es la historia de cómo a través de ciertas circunstancias afloran, con toda su potencia, cosas ocultas y adormecidas en el interior de todo hombre.

Tal lo que aconteció con Rubén.

Rubén era un desocupado más, un jefe de familia – esposa y dos hijos en edad escolar – que acababa de perder su empleo en una fábrica textil quebrada ¡lógicamente! por hallarse en un país que no apuesta a su industria. Rubén no llevaba bien, como es de suponer, este trance tan reiterado en nuestro tiempo. Y a los 47 años se encontraba, más que nunca, tan perdido en la vida como si tuviera que empezar todo de nuevo. Tal sentimiento no estaba lejos de la realidad, en verdad le pasaba eso. Día tras día, formaba filas y filas entre los cientos de aspirantes a los escasos empleos que diariamente se publicaban en el periódico, para ser rechazado por la misma razón que muchos: su edad.

Su mujer era la encargada y portera de un edificio de departamentos. Gracias a eso tenían un techo y no habían caído en la indigencia. Pero Rubén estaba desesperado. Las deudas se acumulaban y su propia autoestima descendía tanto como su fe. Fue por eso que aceptó sin pensar aquella propuesta de trabajo que le había hecho el vecino del 4º "A", el señor Rivano, que administraba un gimnasio cercano al barrio.

Concurrió temprano al gimnasio para presentarse a la entrevista con el patrón. La recomendación del administrador era más que suficiente y Rubén obtuvo finalmente el esperado puesto. No sabía para qué iba a ser empleado pero supuso que seguramente iba a encargarse de la limpieza o algo tal vez peor. Pero, afortunadamente – se mire por donde se mire – le comunicaron que iba a estar a cargo del vestuario de hombres. Por ser empleo nuevo, el sueldo era bastante razonable, aunque tenía que trabajar toda la jornada. Rubén no estaba en situación de elegir ni discutir nada, así que ni bien recibió la confirmación del trabajo, se presentó el primer día lleno de alegría.

Enseguida se abocó al trabajo: Rubén se encargaba de custodiar el guardarropa, de mantener el orden y la limpieza, y de asignar armarios pagos para aquellos clientes que quisieran usarlos.

El vestuario era muy amplio. Cómodos bancos situados en filas paralelas, se distribuían en un gran salón con forma de L. Al fondo había dos accesos: a la derecha se accedía a los lavabos que precedían los retretes, y el de la izquierda daba a las duchas. También había un baño sauna que Rubén debía controlar todo el tiempo. El trabajo era muy simple, pero requería dedicación. Para eso, Rubén era mandado a hacer. Se esmeraba mucho en escurrir el agua de los baños, conservar el piso radiante, y organizarse para que todo el sitio funcionara perfectamente.

Día tras día, Rubén se acostumbraba rápidamente a su nuevo trabajo. Su mujer estaba más aliviada porque las cosas en la familia empezaban a estabilizarse. Por eso mismo, se resignaba a no ver a su marido en toda la jornada. Rubén llegaba cansado a casa por las noches para cenar con ella e irse a dormir.

Al principio, nada pasaba.

Pero cuando las cosas comienzan, inmediatamente siguen su propio curso, como el caudal de un río cada vez más torrentoso.

Las jornadas fueron pasando y Rubén era ya el personaje conocido por todos los asistentes del vestuario que, según los días de la semana, iban pasando por allí con cierta asiduidad cíclica. Él hablaba con toda la gente, o al menos con quienes le daban conversación, un poco por no aburrirse en ese tedio cotidiano entre cuatro paredes, otro poco porque Rubén era un hombre dado y simpático. Podía hablar desde el clima hasta el alza del dólar, desde el último partido de fútbol transmitido por la radio hasta aquel cuento de Cortázar que había leído en el verano.

Los usuarios del vestuario empezaron a ser para Rubén el pobre y único motivo de pasatiempo posible. Así el reparo en ellos fue casi natural, diríamos. Por la mañana, estaban los que hacían aparatos y que partían después a sus trabajos. Los del mediodía, eran los que abrían la actividad de la piscina y las clases de natación. Por la tarde, había un público más variado. Después de las 17 venían los jóvenes y niños que salían de la escuela y a la estudiantil adosaban alguna actividad deportiva. Y por la noche, los oficinistas, profesionales o comerciantes, que después de un día de trabajo, se dedicaban algunas horas al ejercicio, a nadar o a los tantos deportes que se practicaban allí. Eran los que usaban más el sauna, y a veces iban al gimnasio solamente con ese fin.

Puede decirse que el tedio fue la primera causa de todo, pues tal vez porque se encontraba aburrido, o por no tener nada que hacer, a Rubén no se le ocurrió mejor pasatiempo que fijarse más en los visitantes del vestuario. Al principio le resultaba divertido fijarse en sus prendas de vestir. La manera de vestirse de una persona descubre su personalidad, su estatus social, etc., cosas con las que Rubén se divertía un rato. Cuando esto lo aburrió nuevamente, pasó a observar los cuerpos que aparecían debajo de esas ropas.

Entonces lo divertía fijarse, por ejemplo, en los distintos tamaños de los penes que a diario desfilaban ante él. Hasta habíase inventado una clasificación ridícula pero muy entretenida: los de tamaño "S" (small), "M" (médium), o "XL" (extra large). Obviamente, cuando aparecía un XXL, Rubén miraba mucho más de la cuenta.

También empezó a fijarse en los distintos comportamientos según los casos: estaban los que se escondían de todo el mundo, y los que –tal vez por tener un físico envidiable – se mostraban desnudos por todo el recinto, como si fueran a otorgarle un premio al mejor porte. Por supuesto, Rubén relacionó esto con una cierta tendencia que todos tenían a la competencia natural entre machos.

Fue así como empezó a fijarse y comparar alturas, colores de piel, edades, diferencias entre hombres lampiños o velludos, y sin darse cuenta, estaba cada vez más familiarizado con la anatomía masculina. Diríamos que estos no fueron más que "ensayos" de lo que vendría irremediablemente después.

- - - - -

Pero hubo un día que, podríamos decir, fue definitivo. Fue aquel en que entró a trabajar el nuevo profesor de natación. Se llamaba Héctor, y desde el primer encuentro le resultó muy simpático. Después de entablar algunas palabras, Héctor le dijo a Rubén que se verían a diario, pues él iba a trabajar allí casi todos los días. Y mientras seguían charlando, el profesor de natación abrió su bolso y extrajo de él una toalla y dos trajes de baño. Uno era un pantaloncito y otro un diminuto speedo. Rubén pensó: ¡Caramba!, va a ser divertido ver si este pedazo de hombre puede meter parte de su humanidad en esa diminuta prenda. Y es que Héctor era un hombrote de casi dos metros de estatura y un cuerpo atlético que llamaba la atención. Un hombre que sin ser un adonis – pues su cara no era realmente bella – resultaba altamente atractivo y masculino. Así que Rubén, quedó, sin darse cuenta, a la expectativa de lo que pasaría.

Héctor se fue quitando la ropa. Vestía informal y muy a la moda. Ropa cara y de marca, Rubén ya había observado todo eso. Al abrir su camisa, apareció un torso generoso y bien definido. Dos pectorales bien abultados sin rastros de vello alguno, coronados con pezones redondos y muy rosados. Su abdomen era realmente espectacular: abdominales marcados en varias capas y desde el ombligo una fuerte línea de pelos negros que se perdían debajo de sus vaqueros desabrochados. Acomodó su camisa en la percha que le alcanzó Rubén mientras seguían comentando algo sin importancia, Héctor se bajó los pantalones y sus boxers blancos también se bajaron un poco. Se dio la vuelta y Rubén no pudo evitar mirar lo que asomaba debajo de esa blanca ropa interior. No tuvo que imaginarse mucho, pues Héctor se quitó enseguida los boxers quedando desnudo completamente. Rubén miró atentamente el bellísimo trasero del profesor de natación. Era perfecto. Lo miró, y ya no pudo dejar de mirarlo. Dos glúteos enormes, que se ensanchaban y entroncaban con esos pilares sólidos que Héctor tenía por muslos, una raya apretada y larga dividiendo en dos la blancura de su piel firme, algunos vellos que asomaban y se espesaban hacia el secreto interior del ano; todo ese conjunto, hizo que algo se moviera en el interior de Rubén.

Claro, él aún no sabía que pasaba, pues tampoco se alarmó por el hecho de que no pudiera apartar sus ojos de aquel culo encantador. Héctor tomó su toalla y se dirigió para las duchas, perdiéndose tras su sonrisa. Rubén respiró hondo, se pasó una mano por la frente y experimentó un leve temblor.

Pero no tuvo tiempo de pensar en eso, porque enseguida entraron dos hombres más al vestuario. Venían hablando de fútbol tan acaloradamente que casi no repararon en su presencia. Rubén les alcanzó unas perchas y volvió a su puesto detrás del mostrador. Los dos hombres, vociferando y discutiendo penales, estrategias de juego y cosas por el estilo, acomodaron sus bolsos y empezaron a desnudarse. Rubén enseguida comenzó a observarlos. Ambos tenían como treinta años. Uno era más corpulento que el otro, pero el otro era más alto. Pronto quedaron desnudos, y así, en pelotas, seguían discutiendo cada vez más compenetrados en determinar si el director técnico fulanito tenía que seguir estando a cargo de su equipo preferido. Rubén no pudo evitar mirar sus cuerpos. Pero ya no le daban ganas de entretenerse con su jueguito clasificatorio. Estaban de espaldas a él, así que sus ojos fueron directamente a sus blancos culos. El hombre alto era bastante peludo, por lo que llamó su atención la cantidad de vello que cubrían esas dos nalgas tan bien formadas. El otro, lampiño, de altura mediana, ostentaba un culo aún más sobresaliente que el de su amigo. Rubén se preguntó cuán suave sería al tacto esa piel tan blanca y lisa que tenía enfrente a él, a escasos metros.

En ese pensamiento estaba cuando se dio cuenta de que Héctor ya había salido de las duchas y venía secando su cuerpo desnudo. De pronto, Rubén no sabía a quién mirar. Pero era ya evidente que una extraña curiosidad se había apoderado de él. ¿Curiosidad? ¡Nunca había tenido "esa" curiosidad!. Héctor terminó de secarse y estaba dispuesto a enfundarse en su speedo. Entonces quedó bien de frente a Rubén. Las proporciones de su sexo, lo dejaron boquiabierto. Sin dudas, se trataba de un indiscutible tamaño "XL", pensó. ¿Cómo metería todo eso en el traje de baño?. Héctor metió primero una pierna, luego la otra..... y fue subiéndose cuidadosamente el speedo hasta la cintura. ¡Sí, le costó, claro! No fue fácil acomodar ese par de enormes bolas y luego esa verga que parecía una morcilla, y tampoco le fue fácil ocultar bajo la tela, aquella cantidad de pelos negros que parecían querer escaparse por los costados. Pero, ante el asombro de su atento observador, Héctor terminó de ubicar muy bien sus abultados atributos en la diminuta prenda. Encima se colocó los pantaloncitos, y saliendo, saludó muy sonrientemente.

Del otro lado, los dos hombres ya se habían vestido con sus ropas deportivas, entregaban a Rubén sus bolsos en custodia y salían también, a tiempo que entraban un grupo de jóvenes al vestuario. También Rubén los observó y se dispuso a comparar todos los cuerpos que hasta ahora le habían llamado tanto la atención. Eran cinco jóvenes que no tendrían más de 18 años. Lucían vigorosos, enérgicos y todo el tiempo bromeaban entre ellos. Venían de entrenar, absolutamente sudados y evidentemente cansados. Pronto quedaron también como Dios los trajo al mundo, y para Rubén fue un festín fijarse en cada uno de sus culos. Sí, eran hermosos, pensó. Distintos a los que recientemente habían atrapado su atención. Estos eran tersos, casi femeninos. Y tal vez fue por eso, que no dejó de mirarlos un segundo, saltando de uno a otro,... tal vez fue por eso que instintivamente, casi como un reflejo, Rubén llevó su mano directamente a su entrepierna y acarició su incipiente erección.

Pero ¿qué estaba haciendo? ¿qué encontraba de excitante en todo eso? No lo sabía, pero todo en su cabeza se confundía un poco. Miraba esos culos blancos y era como imaginarse virginales señoritas desnudas. Sí, había mucho de atractivo en eso...... ¡pero eran varones!. Rubén estaba un poco perplejo, pues si bien hacía un tiempo ya que trabajaba rodeado de hombres desnudos, era la primera vez que reparaba en ellos de "otra manera". Y minimizó el asunto cuando disfrutó con ellos el remanido ritual del juego de las toallas. Los jóvenes empezaron una batalla de toallas enroscadas corriendo tras la primera nalga a la vista, desnudos por todo el vestuario. Rubén sonreía tiernamente, pero también hubiera querido participar: castigar esas nalgas vírgenes, y ser tocado también por esos látigos sustituidos, como si fuera joven de nuevo. Los chicos finalmente desaparecieron en las duchas y todo terminó.

Rubén tenía una erección muy fuerte. Se quedó detrás del mostrador, esperando a que se le pasase. Se puso colorado y se abrió la camisa un poco, como para tomar aire.

Ese fue el primer día en que Rubén notó un primer cambio en su vida. Por la noche, al llegar a su casa, saludó a su esposa, se sentó a comer, y contrariamente a otros días en que comentaba los pormenores de la jornada con su mujer, se quedó pensativo y callado todo el tiempo. De todos modos, pensó, mañana sería otro día, y los episodios quedarían en un curioso anecdotario secreto.

- - - -

Por eso al día siguiente, Rubén regresó como cualquier día a su puesto de trabajo. La primera persona que entró al vestuario fue el profesor de natación. Héctor no venía solo, lo acompañaba uno de los profesores de gimnasia, Gabriel. Hablaban entre ellos, y así se dirigieron a una de las bancas. Rubén los saludó y por un momento participó de su charla. Creyó que todo acontecía como todos los días, pero al volver al mostrador, nuevamente quedó sorprendido por su creciente interés al verlos desnudarse.

Nunca había reparado en Gabriel. Se preguntó porqué, pues ahora no dejaba de observarlo. Gabriel se quitó toda la ropa y quedó desnudo antes que Héctor, que era de movimientos más parsimoniosos. Lo que más llamó la atención a Rubén fueron los desarrollados pectorales de Gabriel. Era un hombre de unos 40 años. Alto y de músculos trabajados. Tenía el pecho poblado de un vello ensortijado y abundante, sobre todo en el centro y descendiendo hacia el bajo vientre. Más abajo, su sexo – que clasificaría de "S" – emergía apenas visible entre tan enmarañada selva, que se repetía en todo su cuerpo, incluso – aunque en menor proporción – en sus espaldas. El conjunto era impactante. Un cuerpo increíble cubierto por una cantidad de vello asombrosa. Gabriel se detuvo un momento para acariciarse esas tetas enormes pasando inconscientemente sus dedos por esos dos prominentes pezones que remataban su torso. Sus pectorales se hacían puntiagudos y caían un poco por su propio peso, a pesar de verse tan firmes. Mientras seguía hablando con Héctor, las manos recorrían cada curva, hundiéndose sensualmente en la gran cantidad de pelos negros. Rubén miró deslumbrado esos pechos tan redondeados, sobresalientes, y se detuvo mucho a compararlos con los de Héctor, que si bien el día anterior le habían impresionado, ahora quedaban muy en segundo lugar.
Finalmente Gabriel se enfundó en un suspensor muy ajustado. El vello púbico se le arremolinaba en los costados, y dos tiras apenas envolvían su no menos peludo trasero. Terminó de vestirse con su ropa deportiva, listo para salir. Héctor ya estaba entrando a la ducha, se despidió de Gabriel y Rubén quedó como petrificado en su mostrador.

Enseguida sospechó que ese sería otro día perturbador en su vida. Intentó seguir con su tarea cotidiana y tomó el lampazo para repasar el piso. Así siguió hasta el umbral de las duchas. Sintió el ruido del agua y tragó saliva. Entró al baño y desde allí vio como Héctor se duchaba lentamente. Nuevamente la visión de ese culo desnudo y blanco, perfectamente formado, lo llevó a un estado de movilización extrema. Pero no atinó a retirarse. Se quedó allí un largo rato, simulando repasar el piso. El cuerpo de Héctor era una especie de escultura.

-Rubén, ¿estás ahí?

-¿Eh?, sí... sí... estoy aquí...

-Ah... me pareció.

Sólo dijo eso..... y los dos hombres guardaron silencio. Pero Rubén miró con menos disimulo los movimientos de Héctor, que se pasaba las manos por todo su cuerpo, dejando acariciarse por el agua. Poco a poco, las manos se detenían cada vez más en su zona púbica, lavando y enjuagándose el sexo. Cuando lo dejaba libre, el pene daba muestras de haber crecido de tamaño. Rubén seguía la escena con el lampazo en la mano. Héctor puso la cabeza bajo el chorro de agua caliente y se dio vuelta. ¡Otra vez ese culo prodigioso!. Con ambas manos, se lo abrió y dejó que el agua pasara entre los glúteos. Así estuvo un rato largo, como si fuera consciente de su íntima exposición. Al girar sobre sí mismo, Rubén advirtió que ahora el sexo de Héctor se había agrandado considerablemente. Tal vez se había quedado corto con la clasificación "XL", pensó, y eso que aún no estaba duro del todo.

-Todavía no viene mucha gente ¿no? – dijo Héctor, sonriente.

-Eh... Sí, sí, ... eso parece – titubeó Rubén – pero no te preocupes, enseguida esto se llena.

-Lástima... así está todo tan tranquilo – dijo con una mirada extraña.

-Es verdad

-Y cuando no hay gente ¿no te dan ganas de ducharte?

-¿A mí?

-¿O de relajarte en el sauna?

-Bueno... yo... nunca pensé en eso...

-El agua está muy buena... cuando hay mucha gente, no está tan caliente... es una verdadera delicia.

Héctor cerró los ojos y se abandonó al chorro de agua. Rubén lo contemplaba, sin poder moverse. Miró una vez más el talle de su torso, afinándose hacia los abdominales... se entretuvo con esa pelusilla del ombligo y sus ojos dieron de lleno con el tufo de pelos en forma de V que adornaba su amplia pelvis. Mojados, parecían aún más largos. Su verga, un aparato carnoso y largo, se iba levantando cada vez más. Ahora el tamaño era asombroso.

-Buen día, Rubén ¿todo bien? – dijo la voz de alguien que estaba entrando a las duchas.

-¡Señor Rivano!

Era la persona que le había dado el puesto. Pronto se deshizo en salutaciones y, sonrojado, revisó intuitivamente que todo el sitio estuviera en orden. Rivano, saludando sonrientemente a Héctor, entró a la segunda ducha. Rubén lo miró de reojo y se dio cuenta de que el Sr. Rivano también estaba muy bien dotado. Hasta podría otorgarle un "XXL", sin dudarlo. Sería un hombre de unos 50 años, algo canoso, fornido y poseedor de un cuerpo que evidenciaba un pasado deportista. La verga, colgaba flácida entre dos bolas muy grandes, moviéndose de un lado a otro, pesada, gruesa, gorda. ¡Vaya con el Sr. Rivano!

-Rubén – dijo Rivano mientras se enjabonaba – hoy, a última hora, me gustaría tomar un baño sauna...

-No se preocupe, Sr. Rivano, lo mantengo toda la tarde y estará listo para cuando llegue, por supuesto.

-Gracias, yo sabía que harías buen trabajo aquí, Rubén – dijo Rivano, saliendo del agua al mismo tiempo que Héctor, y secándose vigorosamente con la toalla. Los dos hombres desnudos, salieron riendo y hablando de alguna cosa que ya Rubén no pudo escuchar. Le llamó la atención que Rivano tuviera bastante confianza con el profesor de natación, incluso ponía a veces su brazo alrededor de los hombros de Héctor, o de su cintura. Cuando terminaron de vestirse, salieron del vestuario.

Rubén quedó solo. Enseguida tuvo un impulso. Desabrochó su pantalón y puso en libertad su pija endurecida por la excitación. Estaba rigidísima, húmeda por el abundante líquido transparente que había segregado. "¡Caramba! – pensó – a esta altura de mi vida, no entiendo que me está pasando. ¿Será que están empezando a gustarme los hombres?!. Iba a hacerse una paja, pero el ruido de alguien entrando lo trajo de nuevo a la realidad. Apresuradamente ocultó su tremendo palo y siguió repasando la humedad del piso.

Continúa en la 2º parte.

TodoRelatos.com © Franco

Valore y Comente los relatos que lee, los autores lo agradeceran y supondrá una mejora en la calidad general de la web. Gracias!
 Comentarios (3)
\"Ver  Perfil y más Relatos de Franco
 Añadir a Lista de Favoritos
 Reportar Relato
 Versión para Imprimir
 Enviar este relato a un amigo/a
 Excelente
 Bueno
 Normal
 Malo
 Terrible
« Volver a la página anterior Ir arriba
Usuario
Contraseña

 
» Registrarse
» Recordar Clave
» Ayuda
 

Sexo en Vivo
 
 
SEXO

WebCam de Sexo
 

Descargar Peliculas
 

Galerías Porno
 

Sexole
 

FisgonClub
 
 
CONTACTOS
» Red de Contactos
 
     
 
Emotik: Nicks y Emoticonos para MSN Messenger
InverForo: Comunidad sobre Dinero y Vivienda
ForoCoches: El mayor foro de coches en Internet
Copyright © 1999 - 2008 TodoRelatos.com v3.42 - LWNET. Todos los derechos reservados.
Privacidad y Terminos de Uso · Ayuda y FAQ · Contacto