La profesora hablaba y hablaba y juro que se me cerraban los
ojos. No podía trasnochar tanto, haciendo el tonto frente al ordenador y
hablando por el Messenger con Marina, cuando después volvíamos a estar juntos en
pocas horas, comiéndonos a besos en cualquier rincón del instituto. Intentaba
mantenerme despierto, fijando mi vista intermitentemente entre la nuca de Vicen
y la de Lorena, sentados delante de mí. A mi lado, Alver, pintarrajeaba el libro
de Filosofía como un poseso. Entonces, sin más, levantó los ojos, me miró con
malicia, mordiéndose la lengua y le soltó una fuerte colleja a Vince, que se
giró sorprendido.
Vi la mano plasmada en la nuca del chaval, que se volvió y se
giró atónito y asustado.
—¡Pringao! —encima le insultó Alver y me dio un codazo para
que le riera la gracia. Cosa que no hice, no sé porqué extraña razón. Haría unos
meses quizás, pero ahora. Ahora no tenía gracia.
—¿Por qué has hecho eso? —le pregunté.
—¿Eres tonto? —se quejó Vicen, con sus anchas gafas de pasta
negra.
—Lo he hecho porque me ha dado la gana —respondió el bestia
de Alver como si nada—. ¿Y a ti qué te pasa?, joder —se quejó, refiriéndose a
mí—. Estás más raros desde que has vuelto del verano.
—No entiendo a qué ha venido eso, Alver. Eres un capullo
—concluí.
—Y tú un coñazo —replicó.
—¡Por favor! Allí atrás. ¿Podéis callaros un poquito mientras
termino de explicar? —se quejó la profesora.
Vicen, se mantuvo girado hacia atrás un momento. Miró a
Alver, que volvió a hundirse en sus garabatos y luego me miró a mí. Aclaré mi
entrecejo y luego lo fruncí, preguntándome porque aquel chaval algo empolloncete
me miraba. Vicen no era mal tío, al menos no lo parecía. No se metía con nadie y
tampoco era un marginado. Se iba con los que jugaban en los recreos en la cancha
de baloncesto y algún fin de semana le había visto en el Collage, la discoteca a
la que solía ir con mi pandilla antes de largarnos a otro sitio a escuchar
música de la buena.
—Te estás amariconando, Blas. Desde que andas con esa ñoña de
Marina, parece que te ha sorbido el coco —habló Alver sin mirarme.
—Tú qué sabrás —me quejé—. Marina es una tía de puta madre.
—Si tú lo dices —aceptó de mala gana mi compañero.
Había empezado a salir con Marina justo al acabar el curso en
junio y habíamos pasado un verano increíble haciendo el loco entre su
urbanización y la mía. Siempre paseándola con mi moto, bañándonos en la piscina,
con las locas de sus amigas y los locos de mis amigos. Había molado mogollón y,
sí, joder, estaba enchochado.
Al salir al recreo me reencontré con ella y nos comimos a
besos, por supuesto. Me encantaban esos primeros días de curso, en donde el
ambiente aún huele a verano, hay miles de cosas que te han pasado y hay que
contar a los colegas de clase. Parecía que todo el centro bullía.
Como siempre hacíamos, fuimos cerca de las tapias a tomarnos
unas cuantas guarrerías para comer y a fumarnos un cigarro. Allí estaba con
Chavi, Marina, Nerea y algunos más. No sé dónde narices se había metido el tonto
de Alver. En esto que pasó por allí Vicen con sus amiguetes, con el balón de
baloncesto en las manos.
—Hola chicos —saludó Nerea muy efusiva a la pandilla.
Aquello me dejó loco. ¿De qué carajo les conocía Nerea?
—Hola guapa —le correspondió Jose Luis, el más alto de todos,
dándole dos besos—. A ver si quedamos algún día, que desde agosto no nos hemos
visto.
—Claro. Este finde si pasáis por el College nos vemos.
—Eso está hecho —respondió Jose Luis en nombre de todos.
—Hasta luego.
Los chicos echaron a andar en dirección a las pistas. Vicen
me miró a la que pasaban y se despidió de todos con un gesto de la mano.
—¿Cómo que tienes tantas confianzas con ellos? —preguntó
Marina a Nerea alucinada.
—¡Son más majos! —dijo la chica encantada—. Es que resulta
que Vicen es hermano de mi amiga Lucía, y este verano me fui con ella a su casa
de Denia y estaban los chicos —señaló Nerea—. Vicen, Dani y Jose Luis. Y luego
vino el novio de Vicen.
—¡¿El qué?! —dijimos todos alucinados, abriendo los ojos como
platos.
—¡Ah, que no lo sabíais! —dijo Nerea como si nada. ¡Por
supuesto que no lo sabíamos!—. Pues muy majo el chaval. Un tío que estaba
buenísimo —le señaló a Marina—. Rafa. Ufff… —agitó la chica los dedos—.
¡Buenorro a tope!
—¿Entonces Vicen es marica? —preguntó Chavi, retirándose uno
de sus largos mechones de pelo de la cara.
—Se dice gay, capullo —le corregí con cierto tacto.
Marina se giró divertida y contenta por mi respuesta y me dio
un beso en la mejilla.
—Da igual. Gay, marica, homosexual… Joder, tiene pinta de
empanado y de empollón, pero de… gay —se pensó Chavi la palabra antes de decir
nada.
—Pues geniales todos —continuó Nerea—. Así que una noche que
salimos de marcha acabé muy borracha y me enrollé con Jose Luis y Lucía con
Dani. Con lo bajito que es Dani —se rió con malicia—, que Lucía le sacaba una
cabeza.
Desconecté en ese momento. No me interesaban las historias de
Nerea. Giré mi cuello y vi alejarse a aquella pandillita, con su balón de
baloncesto entre las manos. Pegándose empujones y riendo. Y me fijé en Vicen,
con sus gafas de pasta negra y su melenita corta y despeinada, con aquel aire de
chico ingenuo y tonto… Para que uno se fiara de las apariencias.
¿Qué me perturbó exactamente de aquella noticia? No sabría
decirlo. Pero el resto de horas de clase no pude apartar mi vista de la nuca de
Vicen, que ya no tenía la tonalidad rojas debida a la colleja que le había dado
Alver.
A la salida del insti fui a la planta de arriba a despedirme
de Marina. Ella tenía que quedarse a clase de francés. Nos veríamos en el parque
por la tarde. Caminé a casa en compañía de Chavi, comentando lo que nos parecían
los profesores y las asignaturas tres días después del inicio de las clases.
—¡Qué fuerte lo de Vicen! —soltó mi colega, capturando un
mechón de pelo detrás de su oreja.
—Ya. La verdad es que no me lo esperaba.
—¿Y lo de su novio, qué? —continuó Chavi.
—¿Qué pasa con eso? —pregunté.
—Nada. Que ha dicho Nerea que por lo visto era un cachas.
—Bueno. Mejor para él. Supongo —me encogí de hombros, con la
vista fija en la acera. Guardamos un momento de silencio.
—Es extraño —reflexionó Chavi—. No se le nota.
—Esas cosas no se notan. Bueno… —dudé—. A no ser que sea un
tío muy afeminado.
—Sí, como ese tal Javi, de 1º. ¿Sabes quién te digo?
—Pobre —asentí con media sonrisa—. Se pasan mucho con él,
Chavi. ¡Pobre chaval!
—Pero no se puede ser así —se quejó mi compañero—. ¡Es una
loca!
—¿Y a quién hace daño? —contrataqué.
—Joder, Blas. ¿A ti no te molesta tener un mariposón al lado?
Todo el rato mariposeando.
—A las personas hay que juzgarlas por lo que hacen, por como
tratan a los demás, Chavi, no por como hablen o gesticulen —manifesté.
Mi compañero se quedó callado, esperando a que el semáforo se
pusiera en verde para cruzar.
—Te estás volviendo un blando —declaró sonriente—. Ya se te
ha olvidado cuando hacías putadas a los novatos. ¿Qué fue del tío más malo del
instituto? Joder, ni que Marina te haya domado.
—No ha sido Marina, joder —me quejé—. Todos estáis con el
mismo rollo, tronco —dije con fastidio—. A lo mejor es que estoy madurando y
paso de ser un capullo como era antes, que me pasaba el día llevando malas notas
a casa y partes de faltas. ¡Eso no es vida, Chavi! No te lleva a ningún sitio.
—¡Flipo contigo! —me pasó Chavi el brazo por el cuello y me
atrajo hacia a él—. Te estás convirtiendo en una buena persona, Blas.
—En el fondo siempre lo he sido —repliqué.
—En el fondo muy en el fondo —bromeó Chavi y me soltó un beso
en la mejilla como si fuese mi madre en sus más profundos momentos de orgullo
hacia mí.
Llegué a casa, solté la mochila en el recibidor y percibí la
voz del presentador del telediario. Me asomé al salón y allí estaba mi hermano,
reposando en el sofá y con los platos de la comida en la mesa.
—¿Ya has comido?, Tate —pregunté.
—Sí. Ahora mismo —se frotó el vientre.
Fui a la cocina y cogí el plato que me había dejado preparado
mi madre. Lo calenté en el microondas y volví al salón. Me senté en la silla y
me llené el vaso con agua. Mi hermano miraba la tele, echándome un ojo un
momento.
—Quítate la gorra para comer —se incorporó para arrancármela
y dejar mi pelo lacio y aplastado al aire.
—¡Trae, imbécil! —le grité.
—Por querer parecer el más malo del barrio se te va a pudrir
el pelo —indicó mi hermano—. Y a ver si te quitas ese aro de plata, que pareces
un kinki.
—Pues regálame uno nuevo —me quejé, dando la primera
cucharada a las lentejas—. No todos tenemos tanto dinero como tú para poder ser
unos metrosexuales.
—¿Metrosexuales? —mi hermano se partió de la risa y volvió a
mirarme—. Yo no soy metrosexual, pero no me mola tener pinta de gitano.
—A mí tampoco me mola —asentí, viendo como en la televisión
salían montones de muertos en un atentado en Irak —¡Joder! —exclamé al ver toda
aquella sangre, y giré mi cabeza para mirar otra vez a mi hermano, que se
manipulaba la oreja.
—Toma —me dijo, y extendió su mano para darme el pequeño
pendiente con brillantes que llevaba desde hacía un par de días—. Te regalo
éste. Me lo compré el otro día. Seguro que le mola a tu novieta —sonrió. Estiré
la mano algo inseguro, lo cogí y lo observé dudoso—. Venga, hombre. Quítate ese
aro, que llevas ya mucho tiempo con él.
—Gracias, Tate —acerté a decir, sacándome mi aro y poniéndome
el suyo.
Mi hermano me miró y sonrió.
—Ves. ¡Mucho mejor! —levantó las cejas impresionado.
—Sí, claro. Ahora me parezco un poco más a ti. Sólo me queda
depilarme las piernas y el cuerpo como las señoritas.
—Más quisieras parecerte a mí —me pegó una pequeña colleja,
levantándose del sofá—. Pero te diré algo —recogió su plato y su vaso de la mesa
con intención de llevarlo a la cocina—. Está muy bien como eres. O al menos
ahora. No sé qué te habrá hecho esa novieta tuya pero se te ve más…
—¿Más? —pregunté frunciendo el ceño, esperando a replicar.
—Más calmado —sonrió mi hermano, y desapareció.
Terminé de comer, pensativo, tocándome el pendiente nuevo que
me encantaba. Sobre todo porque había sido regalo de mi hermano. Dejé los platos
en el fregadero y me dirigí a la habitación. Mi hermano había bajado la persiana
con intención de dormir la siesta.
Ambos teníamos que compartir habitación. Las otras dos eran
la de mis padres y la de mi hermana. Me quité las zapas, el pantalón del chándal
y el polo. A pesar de que ya eran finales de septiembre seguía haciendo calor.
Retiré la colcha y me tumbé sobre las sábanas. Fijé mis ojos en el techo y pensé
en Marina antes de cerrar los ojos. Fue entonces cuando escuché la voz cansada
de mi hermano.
—Tus zapas hueles que alimentan, cabrón. Dile a mamá que te
compre desodorante o algo.
—Tampoco huelen tan mal —me quejé.
—Pues me estoy muriendo —contestó.
—¡Pues te jodes! —dije volviéndome y mirándole.
Mi hermano estaba tumbado sobre la cama, con sus pantalones
cortos del pijama y aquella camiseta chunga de color gris que usaba para dormir.
Abracé a la almohada y me quedé en aquella postura, mirándole un momento antes
de cerrar los ojos e intentar dormir.
Al rato le escuché de nuevo.
—¿En qué piensas, enano? —me preguntó.
Abrí los ojos impresionado. Mi tate me conocía bien y sabía
cuando dormía y cuando no.
—¿Te digo la verdad? —Mi hermano asintió—. Estaba pensando en
Marina —sonreí al recordarla—, pero también en un chico de mi clase.
—¿En un chico de tu clase? —El tono de mi hermano había sido
de total sorpresa.
—Sí, pero no te emociones, eh —dije en seguida.
—Cuéntame —pidió.
—Hoy nos hemos enterado de que es gay —Mi hermano sonrió
estúpidamente—. Joder, no te rías. Es que me ha tomado de improvisto porque ese
chaval es el típico tonto de clase.
—¿Es el graciosillo que las suspende todas?
—No, al contrario. Es un empollón y tiene amigos, pero…
—Entonces no es el tonto de la clase, Blas —puso mi hermano
los ojos en blanco—. Es un tío normal.
—Ya, pero…
—¿Y te llevas bien con él? ¿Habláis?
—Que va. Está sentado delante de mí, pero en todos estos años
apenas hemos cruzado cuatro palabras.
—Bueno. ¿Entonces por qué piensas en él? Si es gay no pasa
nada, ¿no?
—No, claro que no pasa nada —acepté—, pero me ha sorprendido.
—Pues igual que cuando te lo dije yo, Blas. Nadie se espera
esas cosas.
—Ya —asentí con mi mejilla sobre al almohada.
—¿Es guapo? —preguntó mi hermano.
Ahora fui yo el que puse los ojos en blanco y me giré un
momento para mirar a la pared, momento que aprovechó mi tate para levantarse y
ponerse en mi cama, pegado a mí y haciéndome cosquillas.
—¡Quita! —grité.
—¡Enano! —me llamó riendo, y me rodeó con los brazos, dejando
de hacerme cosquillas—. Estás contento, ¿verdad?
—Sí —acepté, notando a mi hermano abrazado a mí por la
espalda—. Ha sido un verano increíble y Marina es tan…
—Es muy guapa —me dio un beso en la nuca—. Y muy simpática.
Eres un tío con suerte.
—Lo sé —dije feliz.
—Yo también estoy contento. Muy contento —declaró mi hermano.
—¿Sí?
—Sí, enano —me apretujó con más fuerza—. Por primera vez en
mi vida me siento pleno. La universidad, mis amigos, vosotros… Ahora puedo ser
como yo quiero. Puedo aceptarme tal y como soy. No importa si me acuesto con
hombres. Eso ya no importa.
Alcancé la mano de mi hermano y la apreté con la mía.
—A mí nunca me ha importado, Tate —hablé de corazón—. A mí
eso me da igual.
Mi hermano guardó silencio y sentí su respiración sobre la
nuca. Después la acarició con la punta de su nariz y me soltó un pequeño
mordisquito.
—Me alegra mucho que hayas cambiado, Blas —soltó de repente—.
No me gustaba nada cuando te dedicabas a… bueno, ya sabes. Cuando todo ese rollo
de pegarte con la gente porque decías que te miraban mal, lo de las novatadas,
lo de ser… ser un quebradero de cabeza para todos.
—Yo… —intenté decir algo, pero realmente no hablé. No tenía
nada que decir. No había excusas para hacer sido tan malo.
—No dejes que a ese chico de tu clase le hagan daño por que
sea gay. Puedes hacerlo. La gente te respeta —dijo mi hermano.
—No sé —respondí.
—Bueno. Es una tontería esto que te acabo de decir. Olvídalo
y actúa como tú creas mejor.
Entonces me giré y me abracé a mi Tate, pasándole el brazo
por encima del pecho.
—¿Dormimos la siesta? —pregunté.
—Sí, porque me caigo de sueño —introdujo sus dedos en mi pelo
fino y corto.
Y así nos quedamos dormidos.
Una hora y pico después me desperté acalorado. Estaba sudando
bastante, pegado a la pared. Mi hermano, por su parte, dormía de lado, pegado al
filo de la cama. Me desperecé con cuidado, todavía con los ojos entrecerrados, y
me acomodé la erección que había aparecido dentro de mi paquete. Hice un poco de
presión sobre esta y me estremecí con gusto. Mi hermano se revolvió, girándose y
mirándome adormilado.
—¡Joder! ¡Vaya siesta! —se quejó y me vio apretándome el
paquete y estirándome a la par—. No te toques, cerdo —me regañó divertido,
estirándose el también.
—Es que la tengo todo dura —señalé mi paquete, dentro de los
calzoncillos ajustados.
—Yo también —se quejó mi hermano—. ¿Nos da tiempo a hacernos
una paja antes de que venga papá de currar?
—Supongo que sí —dije—. Pero yo me la hago aquí. Paso de ir
al salón a poner ninguna peli.
—Como veas —se levantó mi hermano enérgicamente, yendo a
tumbarse a su cama.
Allí se sacó los pantalones del pijama y se quitó la
camiseta, dejando al aire su mazado cuerpazo. Se quedó solo con los slips
ajustados, en los que un buen bulto se marcaba. Cerró los ojos y suspiró
apretando su paquete. Yo hice lo propio, dispuesto a comenzar una de aquellas
silenciosas sesiones masturbatorias a las que acostumbrábamos un par de veces
por semana.
Abrí los ojos y miré hacia la cama de mi hermano, que se
había sacado ya el rabo y se lo pelaba con bastantes ganas. Observé sus párpados
apretados, su barbilla elevada y sus labios entreabiertos.
—¿En qué piensas? —le pregunté con voz entrecortada, tragando
saliva—. ¿Piensas en Juanjo?
Mi hermano, al oír el nombre de Juanjo, río, pero no contestó
hasta un momento después.
—No, no pensaba en Juanjo —abrió los ojos y giró su cabeza
para mirarme. Plantó su mirada en mi mano, que estrujaba mi rabo dentro de los
boxer negros. Entonces me la saqué para que la viera mi hermano, que subió sus
ojos y me sonrió— ¿Y tú piensas en Marina? —preguntó él.
—A veces —solté.
—Yo a veces pienso en ella —bromeó el muy capullo, y ambos
soltamos una tremenda carcajada.
—¡Qué capullo! —le insulté, acomodándome aún más, sacándome
la ropa y quedándome totalmente en pelotas. Mi hermano me observó atento, cosa
que noté. Me examinaba con la mirada—. ¿Qué? —le pregunté algo turbado.
—Pues que vas a sacar un cuerpazo y me das envidia —sonrió.
Se levantó de la cama lentamente y se quedó de pie mientras
se sacaba el calzoncillo por los tobillos. Su polla enhiesta apuntaba al frente
y se acercó a mi cama. Le hice un hueco. Se recostó de lado junto a mí y plantó
la palma de su mano en mi vientre, en donde comenzaba a crecer un encrespado y
moreno vello. Acto seguido bajó su cara y me dio un beso en el cuello,
haciéndome soltar un exiguo gemido. Su mano comenzó a bajar peligrosamente hasta
encaramarse con dureza al tronco de mi rabo. Mi hermano me susurró en el oído.
—¿Quieres un buen pajote? —preguntó.
—Sí —respondí de forma ahogada, humedeciéndome los labios.
Sin más dilaciones, mi hermano se entregó a aquella increíble
labor de hacerme la paja más maravillosa del mundo mientras me contaba al oído
toda suerte de barbaridades y fantasías en las que yo aparecía montándomelo con
todo tipo de exóticas mujeres, consiguiendo que alcanzara un clímax increíble.
Iba aumentando o disminuyendo el ritmo conforme me contaba
aquella historia y yo ya me había olvidado de que era su mano la que me
masturbaba. Para ese momento ya me había entregado totalmente a mi imaginación,
hasta que llegó el momento en que comenzó a hablarme de Marina y mi mente empezó
a dibujarla, haciéndome disfrutar, haciéndome recrearla en cada palmo de mi
cuerpo gracias a las cuidadas descripciones de mi hermano.
Noté una lengua húmeda en mi cuello, noté ciertos mordiscos
en el lóbulo de mi oreja y noté un fuerte estremecimiento en todo mi organismo
mientras intentaba controlar las sacudidas de mi orgasmo. Mi polla empezó a
soltar chorros de leche enloquecidamente y todo aquel placer me hizo enajenarme
hasta tal punto que cuando caí rendido y relajado, abrí los ojos y me encontré
con los de mi hermano, sonriente y exultante.
No era capaz de mover un músculo, con su mirada clavada con
inmensa ternura en la mía. Levanté mi mano y le acaricié la nuca mientras que él
acarició mi lóbulo, en donde brillaba su pendiente.
—Creo que necesitas estrenarte ya con esa chica —dijo en voz
alta, o acabaré volviéndote un marica como yo con tanta paja.
No respondí. Sonreí por aquellas palabras, pues lo último que
creía era que con aquello mi hermano consiguiera volverme de ninguna forma. Me
gustaban las chicas, no los chicos, pero aquellas pajas y aquellas historias con
las que mi hermano me ponía a cien eran demasiado para cualquiera.