Damián, el conductor cuarentón del autobús, se inclinó hacia
delante, capturó el sucio calcetín del moro delgado, empapado por mis babas, y
de un tirón se lo quitó, dejando su moreno y amplio pie al desnudo.
—Ahora te lo vas a comer así, ¿entendido? —ordenó.
Sin más, diligente, acerqué mi boca a la planta de aquel pie
sudado y empecé a lanzarle buenos lametones y besuqueos, absorbiendo el gustoso
sabor salado que me propiciaba en la lengua. Aquel moro cabrón llevaba una
mierda de deportivas que no transpiraban nada, porque joder… Lo estaba flipando
con el saborcito. Entonces Damián, cachondo al ver como me zampaba todo el
sudor, se bajó del asiento y se puso de cuclillas junto a mí. Podía observar su
polla hinchada y bien dura, arqueada hacia arriba y totalmente despellejada, con
aquel capullote amoratado y reluciente. ¡Vaya pedazo de cipote que se gastaba el
madurito! Era super tosco y gordo, con una apariencia pesada y tremebunda.
El muy hijo de puta puso una de sus grandes manos en mi nuca
y comenzó a guiarme, haciendo que lamiera el interior de los dedos del moro, en
donde se condensaba uno de los sabores más sucios, desagradables y morbosos que
había probado hasta el momento, debatiéndome entre la cachondez y el asco.
El tipo delgado soltaba jadeos de placer con cada lengüetazo
que le daba y pensé que se iba a morir cuando comencé a chuparle el dedo gordo
como si fuera una polla. La verdad es que tenía unos pies grandes. No me pilló
por sorpresa que su amigo el cachas se deshiciera también de sus deportivas y de
sus calcetines y me acercara sus hediondos pies a mi cara, en donde pude sofocar
mis ansias cada vez mayores de nuevos y excitantes sabores. El hijo de puta del
cachas me restregó todos sus pies sudados por la cara y me metió todos los dedos
de uno en la boca sin avisar, siendo bastante brusco. El sabor me hacía
enloquecer y eso se debía de notar en mi cara.
Giré un momento mi cuello para tomar aire y en ese mismo
instante pude comprobar lo cómodo y lo suelto que empezaba a estar Damián en
aquella situación, como si algo hubiese cambiado en su sentido del pudor desde
la última vez. Sin ninguna vergüenza, Damián restregaba su gordo cipote contra
el pie del moro bien reluciente y babeado. Éste, con una sonrisa de medio lado,
acariciaba y ayudaba sin tapujos al cuarentón en aquel jueguecito bastante
cercano y cachondo. Damián miraba al delgadito sonriente, con total complicidad.
Los dos lo hacían. Damián restregaba su pollón por toda a planta y el moro le
entregaba y movía su pie. Se miraban y volvían a bajar su mirada hacia el pie y
el nardazo del conductor. Así, poco a poco, ambos fueron tomando confianza, así
que Damián liberó su polla de entre sus dedos y dejó que el morito hiciera aquel
masaje por si mismo.
Éste comenzó a masajear con sus pies todo el tronco del
cimbel del cuarentón, capturándolo entre ambos, así como a pisotear despacio los
peludos cojonazos que se gastaba el cuarentón y que, al estar de rodillas, le
colgaban. El moro le metía pequeñas pataditas que hacían a Damián dar pequeños
saltitos de la impresión, con la polla cabeceando arriba y abajo, sin dejar de
soltar líquido preseminal que lubricaba aquel masaje.
—Come —me pidió el cachas de repente, viendo que me había
quedado parado viendo lo que su amigo delgado y Damián se traían entre manos.
Atrajo de nuevo mi atención, dándome a probar de nuevo todo su pie, tras lo que
me agarró de la cabeza y me arrastró una vez más a su delicioso pene. ¡Qué bueno
estaba aquel rabo de moro! Además, chupársela me permitía seguir mirando lo que
hacían el conductor y el moro delgado.
El moro había rodeado con sus pies el pepinazo de Damián y le
masturbaba. El cuarentón, con su abultada y peluda barriga y que comenzaba a
sudar copiosamente, estaba totalmente entregado al placer. Así que no hizo nada
cuando el moro levantó su pierna y le enciscó todo el pie en la boca. El
conductor, como un capullo, abrió sus labios y se zampó aquel pie, chupándolo y
lamiéndolo como si le fuera la vida en ello.
—Te gusta, hijo puta —le soltó el morito con tono de
desprecio y excitación y con un marcado acento árabe.
Damián se sacó el pie y le miró, con chorrazos de saliva
saliéndosele de la boca y escurriendo por sus comisuras. Entonces el moro, fuera
de achantarse con aquella furibunda mirada del maduro, estiró su pierna y e
introdujo los dedos de su pie en toda la raja del gordo culo de éste, pasándola
por entre sus muslos. Damián no supo qué hacer mientras el moro movía sus dedos
del pie en aquel sudado y caluroso lugar, cerrado, pegado a causa de la magra
carne y con un superpoblado vello.
El conductor no se cortó un pelo y agarró con fuerza el
gemelo del moro, haciéndole ver que tampoco le disgustaba la presencia de su pie
en aquel lugar, con los dedos del magrebí pujando contra el agujero de su culo.
El moro, por su parte, giró la cabeza y miró a su colega, el moro más gordito,
que se había sacado un rabo corto y regordete, circuncidado, y se lo toqueteaba
enhiesto. El moro delgado le sonrió y le levantó la camiseta un poco, dejando a
la vista sus michelines y sus voluminosas tetas coronadas por unos más que
apetecibles pezones. El delgado le dijo algo en árabe a la vez que le miraba
aquella polla pequeña y rechoncha. Entonces, sin avisar, el gordo se levantó, se
deshizo de su camiseta, Damián le observó curioso y entonces el moro le echó la
mano encima. El conductor no se lo esperaba y el gordo le puso de pie sin ningún
problema, con una fuerza pavorosa que me dejó atónito, lo mismo que al madurito,
que le miraba asombrado.
El delgado sonreía, sentado en su asiento, mientras que el
gordo, ni corto ni perezoso, plantó sus manos en la cintura de Damián y al
momento le rodeó por completo poniéndolas sobre su culo. Agarró con firmeza los
peludos y grandes cachetes del conductor y se los separó con ganas, haciendo que
el aire entrara en aquella sudada abertura. Damián notó su caliente carne
pegarse contra la del gordito, lo que curiosamente le puso el rabo más duro si
en algún caso era físicamente posible. Rodeó al moro también con sus grandes
brazos y manos y vio cómo éste se llevaba el dedo corazón a la boca y lo
ensalivaba. Aquel dedo era tan grueso como los que tenía Damián, con unas manos
bien grandes.
El conductor le observó atentamente. Entonces el chico se
sacó el dedo de la boca.
—¿Qué vas a hacer con eso? —le preguntó el madurito, a pesar
de conocer de sobra las intenciones del chaval.
Rápidamente, el moro llevó el dedo a la espalda de Damián,
que notó como con la otra mano le separaba su gordo culo y cómo a su vez un
trozo de aquel dedazo empezaba a metérsele sin piedad en el ojete.
El macho ibérico que era Damián, abrió la boca y contuvo un
prolongado grito de dolor, entrecerrando los ojos y entregándose por completo a
lo que le hacía el moro. El conductor se abrazó con fuerza al magro cuerpo del
chaval mientras éste le incrustaba ya su inmenso dedazo hasta la segunda
falange. Damián resoplaba y ahora si que sudaba como un cabrón. Pero la peor
parte vino cuando su agujero empezó a arder ante el infernal mete-saca que
comenzó a propinarle el moro.
—¡Hijo de puta! —gritó esta vez Damián sin complejos. Dejó de
abrazar al gordo y le rodeó el cuello con una mano, intentando ahogarle.
El moro le sacó el dedo y se retiró un poco. El cuarentón
intentaba recuperar la respiración mientras se llevaba la mano libre al ojete y
se lo palpaba con gesto de dolor. Notaba una quemazón tremenda. Aquel moro le
había jodido el ojete.
No le soltó del cuello. Entonces, el moro gordo y él
empezaron a forcejear y por un momento pensé que allí se iba a liar una buena,
pero me dejó impresionado que el magrebí enganchara al cuarentón del cuello y
del brazo y con intensa fuerza le hiciera doblar las piernas y ponerse de
rodillas en el suelo mientras Damián le pedía que por favor parase pues le
estaba matando de dolor y le iba a partir el brazo en dos trozos. No os
imagináis lo dura que se me puso la polla al ver a la tremenda bestia que era el
conductor, reducido a un mierda por un moro de no más de 21 o 22 años, pero que
tenía la apariencia de un toro, con las venas del cuello hinchadas, la cara
enrojecida y un cuello tan grueso como uno de mis muslos.
—Ponte a cuatro patas —ordenó al conductor.
Y éste, obediente, plantó sus manos en el asiento en el que
estaba el moro delgado, hincó sus rodillas en el sucio suelo y colocó aquel
gigantesco y peludo culazo en pompa. El moro gordo tenía el rostro enrojecido y
podía fulminar con un roce de su mirada. El caso es que aquel inmenso tipo se
clavó también de rodillas en el suelo, se inclinó un poco hacia delante, se echó
un buen gargajo en la palma de la mano y lo extendió por la raja del culo del
conductor, dejándosela inundada. Sus dedos se colaron un par de veces muy
hábilmente en el ojete de éste, que gimoteó ante la extraña sensación de unos
gruesos apéndices colándose allí. El moro repitió la operación, se ensalivó su
rechoncho pollote y lo apuntó hacia su objetivo.
—Te voy a follar, ¡puto viejo! —insultó a Damián—. Y como te
muevas te arranco la cabeza.
—Hijo de puta —fue todo lo que dijo el conductor, que
sabiendo bien que debía colaborar con aquel gorila, se llevó las manos a los
cachetes de su trasero y los separó, dejando a la vista aquel rojo orificio.
El moro, viendo el apetecible ojete que se le entregaba,
acercó con parsimonia su salchicha, posó su rosado glande en el esfínter y
empezó a apretar, haciendo que Damián arqueara la espalda en el momento en que
aquel ariete empezó a barrenarle el ojete. El conductor se aferró a lo que tenía
más a mano, los muslos del delgado moro, que para taparle la boca al madurito,
le entregó su rabo. Damián, gimiendo en un continuado tono, capturó el cimbel
magrebí y siguió gorgojeando con la polla de este entre sus labios.
El moro gordo abrió la boca y gimió también conforme el culo
peludo de aquel cuarentón grande, basto, velludo y entrado en carnes, engullía
su polla. El culo de un tipo que bien podría ser el de su propio padre,
pensamiento que puso más cachondo si cabía al moro, que no dudo en decírselo en
voz alta y en árabe a sus colegas, lo que provocó que estos soltaran una
carcajada. Por mi parte, yo seguía chupando el rabo del moro cachas sin quitar
ojo a la cara de dolor y placer de Damián, que succionaba el pepino del
delgadito con los ojos cerrados y el gesto contraído.
La verdad es que el gordo había comenzado lentamente a
aumentar sus embestidas, pues parecía ser que el ojete del cuarentón se dilataba
a las mil maravillas y acogía aquel grueso rabo de veinteañero con bastante
facilidad, a pesar de las muecas de dolor que ponía Damián. El problema era que
poco a poco iba soltando unos gemidos de desinhibido placer que llegaban a
convertirse en gritos, amortiguados a cada chupetón que daba al rabo del moro
delgado así como a sus cojones cubiertos de diseminados pelánganos negros y
rizados.
Desde el ángulo de mi cabeza, lamiendo y comiéndome con
voracidad todo el capullo al moro cachas, podía observar las gordas pelotas del
conductor bamboleándose, así como su gran cipote, que se iba poniendo más y más
duro, cachondo como un cabrón con aquel rompimiento de culo que le estaban
haciendo. Le estaba molando la follada del gordo moro, que se inclinó sobre él,
apoyando su barriga imberbe y sus tetazas en la sudada espalda del cuarentón.
Entonces, el moro le rodeó con sus brazos y apretujó las chichas de Damián,
estrujando las magras y peludas tetas del conductor, en un intento de
ordeñarlas. El conductor puso una mueca de dolor, pero en seguida levantó una
mano y la puso sobre la del moro gordo, sujetándola en su pecho e indicándole
que le siguiera ordeñando las tetas de aquella forma.
El moro delgado, al ver esto, sonrió y se bajó cuidadosamente
de su asiento, plantando su fino y fibrado culo en el sucio suelo del autobús.
Se puso frente a Damián, le obligó a erguirse un poco, el moro estiró sus manos
hacia delante y agarró las gordas y peludas tetas de éste mientras el gordo no
paraba de follarle el culo. Entonces el delgado abrió su boca con aquellos
deliciosos labios que tenía y comenzó a succionar una de aquella grandes tetas
que desprendían un increíble sabor a sudor. Primero comió de una y luego de la
otra, de una y de otra, así un buen rato, arrancando gemidos desorbitantes a
Damián. El moro le soltaba tremendos mordiscos en los pezones, dejándole la
marca de sus incisivos en la enrojecida piel. Pero Damián había comenzado a
sujetarle la cabeza al chaval para que continuara con aquella labor. El duro
conductor se iba ablandando hasta llegar a disfrutar del placer con otros
hombres.
Sin decir nada, el cachas me sacó el rabo de la boca y dando
un paso adelante lo encañonó hacia el culo de Damián. Le dijo algo al gordo para
que le hiciera sitio. El gordo, sin dejar de bombear, levantó su cara y sonrió a
su amigo. Al momento se la sacó a Damián y dejó sitio al cachas, que contempló
el redondo y sudado culo del conductor.
—¿Ahora me la vas a meter tú, hijo de puta? —preguntó el
cuarentón con la respiración entrecortada.
Pero el cachas no abrió la boca. Sólo se clavó de rodillas y
apuntando a aquel ojete bien abierto le metió de un solo empujón todo el fibroso
rabo moruno que Damián acogió con un exaltado "joder" y unos cuantos gemidos que
le provocaron un auténtico estremecimiento. Deberíais haber visto como movía las
caderas aquel moro cachas, como si le hubieran dado cuerda. Su culo se ponía
tenso y se relajaba mientras se follaba al madurito como una locomotora.
Aquellas dos imponentes nalgas cubiertas de ensortijado y negro vello se
contraían y distendían febrilmente.
Entonces, la radio del autobús comenzó a crepitar y una
distorsionada voz a causa de la acústica empezó a llamar a gritos a Damián.
—¡Damián! ¡Damián! —gritaba.
—Joder —se quejó el conductor—. Tengo que contestar. Es uno
de mis jefes.
—Espera —le pidió el cachas, que siguió follándoselo sin
darle tregua.
Pero Damián se revolvió e hizo por deshacerse del moro, que
acabó con su polla fuera del culo.
—Espera tú, ¡coño! —se puso en pie el cuarentón—. Tengo que
contestar —se agarró su duro rabo. Y como si hace unos segundos no hubiese
sucedido nada, echó a andar descalzo hacia el frente del autobús, mientras los
moros y yo observábamos su tremendo culo de macho ibérico moverse a cada paso.
Al llegar al frente cogió la radio y contestó. Entonces
empezó a dar explicaciones de que si el motor del autobús se había calentado o
no se qué pero que parecía seguir funcionando. El caso es que al momento volvió.
Todos, aunque parezca increíble, le esperábamos sin hacer nada. Al llegar a la
parte trasera nos miró.
—¿Qué? —preguntó.
—Yo también quiero metértela —dijo el moro delgado, que en
ningún momento se había levantado de su asiento.
—¿Tú también? —sonrió Damián, frotándose su gorda y velluda
barriga—. Pues entonces me voy a sentar en tu polla. No creo que le cueste
entrar. Tus amigos me han abierto el culo pero bien. Ahora tengo la sensación de
que desde hoy se me va a salir la mierda sin siquiera apretar.
Los moros soltaron una carcajada mientras Damián, decidido,
me había robado todo el protagonismo en aquella escena sexual. Simplemente
agarró la polla del moro delgado y, de cuclillas, se sentó sobre ella hasta
clavársela enterita en los intestinos. Todo la largura de aquella lanza
desapareció entre aquella raja peluda.
—¡Damián! —volvió a crepitar la radio—. ¡Damián! ¡Juanjo va
para allá! ¡Llega en cinco minutos!
—Joder —se quejó el cuarentón—. Ahora que mejor me lo estaba
pasando —manifestó entre jadeos, rodeando el cuello del moro delgado y
cabalgándole como si fuese un auténtico experto.
Estaba claro que ya fuera activo o pasivo, aquel conductor
bestia tenía madera de follador.
—Me corro ya —anunció el delgado—. ¡Me corro dentro! —le
sobrevino la eyaculación.
Y sin más, Damián se quedó quieto mientras el moro se
contraía y soltaba buena cantidad de esperma en el culo del madurito, que notó
aquel fuego líquido en su interior, llenándole, cosa que le gustó mucho. Se sacó
aquella polla un poco, casi hasta el capullo y volvió a hundírsela en el culo,
sintiendo como se deslizaba a la perfección con aquella densa masa de leche y
como le chorreaba fuera del esfínter.
El moro estaba moribundo tras la corrida. Damián le dio unas
palmaditas en la cara y éste sonrió. El conductor se levantó, se giró y nos miró
a los demás. Yo seguía de rodillas en el suelo, con mi rabo apuntando al techo,
y los otros dos moros se pajeaban.
—¿Quién se corre ahora? —preguntó.
El moro gordo dio un paso adelante, masturbándose con más
ganas. De pie, hizo girarse de nuevo a Damián, le obligó a levantar una pierna y
subirla a un asiento y sin muchas maniobras le hundió su tosco cipote en aquel
ojete lleno de lechada.
El gordo sintió como su glande se entremezclaba con la
caliente cuajada de su amigo y esto le excitó muchísimo. De ahí que no tardara
ni dos minutos en comenzar a gemir, aumentando sus embestidas. Con una mano
sostenía la cadera de Damián y con la otra se frotaba sus sudadas tetas y su
barriga imberbe. Importantes disparos se precipitaron a presión en las tripas
del conductor, que sintió las corridas de ambos entremezclarse allí dentro.
Casi sin darse cuenta, el gordo desalojó su culo y le tomó el
relevo su colega cachas, que venía ya listo, pues tan sólo empujó su polla
dentro de aquel abierto esfínter para soltar buena cantidad de semen y terminar
de completar aquel rico pastel de crema que dentro de aquel culo peludo y
heterosexual hasta hacía poquito.
El cachas también se retiró y Damián permaneció de pie. Los
chavales resoplaban.
—Límpiaselas —me ordenó, señalando a aquellas pollas que
comenzaban a menguar y que estaban llena de esperma—. Mientras acabo yo.
Sin más dilaciones, me acerqué a chupar las tres pollas,
manteniendo una en la boca mientras las otras las sostenía con las manos. Ahora
eran apenas unos gusanillos arrugados y moreno que seguían entregándome aquel
exquisito néctar con textura de yogurt.
Mientras lo hacía, sentí como la ruda mano de Damián me
pajeaba mi propio rabo, bien duro y enhiesto. Levanté la cara para mirarle
mientras recogía rastros de lefa de la comisura de mis labios.
—Ven —me hizo apartarme y levantarme. Después me sentó y se
acercó, él de pie. Se masturbaba con ferocidad y de esta guisa se puso frente a
mí.
Levanté mis manos y le sobé aquel abultado estómago. Él, con
la mano libre, me acarició la cara y me sonrió. Después cerró los ojos y gimió.
Se iba a correr.
Agarró mi rabo, pegó su capullazo al mío y sin más comenzó a
echarme en él todo lo que acaudalaban sus huevotes, dejándomelo totalmente
blanco. Le miré estupefacto, pero él no había acabado, pues se giró, se subió al
asiento y, poniéndose de cuclillas, se metió mi cipote de una vez, utilizando su
leche como lubricante además de la que ya tenía allí dentro.
Le sostuve por las nalgas y comenzamos ambos una follada
infernal, con su cara de burro sudada y enrojecida frente a mí, echándome su
aliento en toda la boca, sin que estas se juntasen, apenas a milímetros. Los dos
gemíamos, los dos lo estábamos gozando bajo la atenta mirada de los moros. De
los cuales se nos acercó el cachas, que cogió a Damián por la cadera y comenzó a
empujarle y a marcarle el ritmo, aún más rápido si ya era posible.
—¡Dios! —grité. Notaba como con aquel movimiento de batir, en
cualquier momento, la leche del culo de Damián se convertiría en densa
mantequilla lista para untar—. ¡Me corro!
Y sin acabar de decir esto, mi lefazo se unió al de los otros
cuatro en aquel recién descubierto culo de conductor cuarentón, repleto de
yogurt hasta las trancas.
No nos quedaba aliento. Mi corazón estaba a punto de
salírseme tras el esfuerzo y Damián parecía estar igual, pues se recostó sobre
mí y le abracé, pasándole los brazos alrededor de su voluminoso cuerpo, sudor
contra sudor. Sentí su rala y dura barba rascando contra mi cara un momento
antes de mirarnos a los ojos.
—Todo esto es para ti —dijo sin que le entendiese bien. Se me
quitó de encima, me hizo levantarme y me sentó en el suelo—. El yogurt de los
cinco listo para que te lo zampes —sonrió con malicia—. Te lo voy a cagar en la
boca.
Sonreí yo también, contento ante la idea de darme aquel
festín. Los moros sonrieron y Damián se preparó, de pie, bajando un poco su culo
y poniéndolo a la altura de mi boca. El moro delgado me sostuvo la cabeza por la
nuca. Simplemente abrí la boca y permanecí atento.
El rojo esfínter del cuarentón salió hacia fuera, enmarcado
en unos apelmazados pelánganos que cubrían todo aquel culo. Entonces el néctar
comenzó a salir en un buen chorro que fue a parar a lo más hondo de mi garganta,
en una mezcla blanca y amarillenta. Me cayeron otros tres buenos chorros y un
último más pequeño.
—Si sigo apretando me cago —comentó Damián, con lo que le
pegué una palmada en el cachete para decirle que con aquello era suficiente.
Mantenía mi boca abierta con todo aquello dentro, en contacto
con mis buenas cantidades de saliva. Comencé a hacer gárgaras con ellos y
lentamente, disfrutándolo, me enjuagué toda la boca como se suele hacer después
de lavarse los dientes. Entonces comencé a dar pequeños tragos que me supieron a
gloria, mientras los cuatro tíos que tenía a mi alrededor sonreían satisfechos.
Al acabar, abrí la boca y le enseñé mi lengua blanquecida y
ya vacía.
—Nos debe de quedar un minuto más o menos —comentó Damián,
que se giró y me ofreció su culo—. Puedes rebañar si quieres.
Y no me lo pensé, le separé aquellas redondas nalgas y
absorbí con mi lengua hasta la última gota de aquella rica ración de yogurt.