Trabajo nocturno
Hola. Mi nombre es Naxo y os voy a contar la historia de sexo
que tuvo lugar en mi trabajo. Acababa de cumplir diecinueve años cuando ocurrió
todo. Mis padres me habían echado de casa y me tuve que mudar con unos amigos.
Estaba muy deprimido porque no sabía que hacer con mi vida, y no ayudaba el
hecho de que no encontraba trabajo por ninguna parte. Cuál fue mi sorpresa
cuando mi tío Kike, el cual me la ponía dura desde que yo era pequeño, me
preguntó si quería trabajar con él en su despacho. Yo inmediatamente respondí
que sí y él me dijo que me pasara esa misma tarde para empezar.
Era un trabajo que empezaba a las siete de la tarde y
terminaba a las dos de la mañana. No era un trabajo genial, pero me gustaba
tener despacho propio y gente a la que mandar. Me pagarían bien y, además,
podría estar con mi tío mucho más.
Kike me empezó a enseñar donde estaba cada cosa, qué debía
hacer, quienes eran mis subordinados… Yo estaba eufórico, y él se dio cuenta.
Con una enigmática sonrisa dibujada en su perfecta cara me dijo que pasara a su
despacho. Accedí y entré. Entró detrás de mí y cerró la puerta de un golpe. Me
empujó, cayendo yo sobre el sofá de cuero de su despacho. Se arrancó la camisa y
proliferó:
- Voy a follarte a lo bestia.
Esa frase sonó en mi interior como un sueño hecho realidad.
Me quité la ropa deprisa y nos unimos en un beso memorable, mi mejor beso con
lengua, sin duda. Lentamente fui descendiendo por su pecho con mi lengua hasta
llegar al cinturón, que me dispuse a quitar rápidamente. Se podía ver un bultito
saliendo de su pantalón. Le bajé los pantalones, le arranqué los calzoncillos y
me metí toda su polla, que era gigantesca, en la boca. Él gemía de placer
mientras yo se la mamaba como un profesional. Al terminar él me dijo:
- Vamos a jugar un poco.
Yo me tumbé en el sofá. Él me bajó los pantalones y el bóxer
y se puso a lamerme el culo. Yo sentía un gran placer y me puse a jadear como un
perro. Entonces sacó de un cajón de su escritorio un bote de loción y un
consolador gigantesco. Me metió el pollón por el culo y empezó la diversión. Yo
estaba que no podía más y no paraba de gritar. Le dije:
- Méteme la tuya.
Entonces él con otra sonrisa se puso de pie y me metió su
enorme polla por el culo. Era aún más grande que el consolador y más gruesa, por
lo que yo sentí el éxtasis. Él parecía divertirse conmigo y empezó a hacerlo más
y más deprisa, hasta que me dijo:
- Ven conmigo.
Cogimos nuestras pollas y nos corrimos el uno sobre el otro
después seguimos así hasta que amaneció. Desde entonces me fui a vivir con Kike
y siempre que podíamos nos follábamos y nos masturbábamos.