ENSAYO SOBRE LA DEGENERACIÓN (6. La cena)
Raquel y su hermano fueron preparando todo para la cena.
Desde las siete de la tarde se pusieron con los preparativos. Sus perros
llegaron un poco más tarde porque entre que cerraban la farmacia y demás, antes
de las ocho les era imposible estar. Cuando tocaron el timbre, Raquel ya había
puesto la carne en el horno y estaba preparando todo lo necesario para la
tortilla.
Hola perros –les dijo cuando vio que la puerta se
abría.
Hola Raquel, guapísima –dijo Rafa con su talante de
perro pelota.
Daros prisa que casi no nos queda tiempo –le respondió
esta acortando las presentaciones.
Los dos quitaron rápidamente sus ropas. Cuando Daniel entró
en el salón, Maite ya estaba desnuda. Se acercó a ella y le dio un beso en los
labios.
Hola perrita. Hoy tengo trabajo para ti. Esta noche
tenemos una cena con Juan y su secretaria que, según me dijo Raquel, ya
conoces. Había pensado en ambientar adecuadamente la mesa y se me ocurrió
que tú podrías formar parte de esa decoración.¿Te parece bien?
Sabe que haré todo lo que ordene, Señor –le respondió
obediente.
Bien, entonces vente conmigo que no tenemos tiempo que
perder. Rafa, ayuda a Raquel con la comida.
Cada uno se puso a su tarea. Daniel hizo que Maite se tumbase
en la mesa boca arriba. Lo cierto es que, una vez tumbada Maite, quedaba poco
espacio útil en la mesa así que Daniel tuvo que hacer una serie de
modificaciones sobre la idea original.
En primer lugar procedió a inmovilizarla. Había preparado la
mesa de forma que Maite quedase acomodada para que pudiese aguantar mucho tiempo
en esa postura. Era muy importante que se sintiese cómoda y, al mismo tiempo,
evitar movimientos innecesarios. Por eso ató con fuerza los dos tobillos de
Maite, cada uno de ellos a una de las patas de la mesa de forma que quedase con
las piernas lo más abiertas posibles y, posteriormente, juntó el brazo y el
antebrazo de forma que las palmas de las manos quedasen hacia arriba justo al
lado del hombro. Con ello se aseguraba que los movimientos fuesen los mínimos.
En cada mano le colocó una vela de color rojo de un diámetro considerable. Cogió
otros dos velones, los cortó para que tuviesen poca altura, y fue preparando la
base para que pudiesen sostenerse sobre los pechos de Maite y, un último velón,
lo agujereó pocos centímetros por encima de la base de forma que consiguió
meterle una cuerda, lo que ayudó a que pudiese ser metido en la boca de la
esclava quedando lo suficientemente bien atada como para evitar posibles caídas
de la vela y daños innecesarios. Un lazo rojo en el cuello realzaba más la
figura. La mesa estaba casi lista.
Procedió a distribuir los platos y cubiertos por la mesa.
Cuatro comensales, uno entre sus piernas, otro tras su cabeza y los otros dos,
uno a cada lado. Aún no tenía decidida la ubicación final de los invitados pero
sí tenía claro que Sonia debería sentarse entre las piernas de Maite. Acabó de
colocar la mesa justo a tiempo porque al poco se escuchó el timbre de la puerta.
Rafa los fue a recibir saludándolos efusivamente. Los dos habían seguido las
reglas en cuento a indumentaria. Sonia venía con una de sus camisas ajustadas,
preciosa, de color rosa muy pálido y una falda tremendamente corta. Aunque nadie
lo comprobó, todos estaban seguros de que bajo ésta no había ninguna prenda más.
Juan traía puesto un pantalón de vestir de color negro con una camisa de color
azul. En su caso sí que resultaba claro que no traía ropa interior porque la
polla se le notaba bajo la tela del pantalón. Es de suponer que encontrarse de
frente con Rafa, completamente desnudo, ya le había puesto algo a tono. Sabían a
lo que venían por lo que la excitación flotaba en el ambiente.
Cuando entraron en el salón, ninguno de los dos reaccionó con
sorpresa cuando vieron la posición de Maite en la mesa. Eso era un claro síntoma
de que estaban preparados para cualquier cosa y a los hermanos no se les escapó
ese detalle. La escena les resultó tremendamente morbosa y a Juan le resultaba
incómodo notar como su polla así lo indicaba a todo aquel que fuese observador.
Raquel se apresuró a presentar la invitada a su hermano.
Daniel, esta es Sonia. ¿A que es preciosa?
Sin duda –le contestó al tiempo que le daba dos besos-
Ya está la mesa preparada, espero que os guste la "presentación".
Original, cuando menos –dijo Juan visiblemente
satisfecho.
Ayer se me ocurrió que esta puesta en escena ayudaría a
que todo se desarrollase tal como esperamos. Como los demás ya nos
conocemos todos, lo mejor es sentarse. De lo contrario se enfriará la
comida.
Daniel acompañó a Sonia hasta el asiento que le
correspondería esa noche, a Juan lo sentó en un lateral, Raquel frente a Sonia y
por último él se sentó en el otro lateral.
Rafa trajo las tortillas. No estaban excesivamente calientes
y casi mejor así. Daniel, siguiendo con sus fantasías a realizar, había decidido
que las tortillas se servirían directamente sobre Maite y es por eso que Rafa
deposito las dos tortillas sobre el estómago de su mujer. El estremecimiento del
cuerpo de Maite partió desde allí mismo y se dirigió en todos los sentidos y
tanto Raquel como Sonia, sentadas en los dos extremos de la mesa, lo sintieron
como propio. Gritar no pudo gritar, porque la vela se lo impedía, pero desde ese
momento y, durante unos minutos interminables, la situación se le transformó
incómoda y cada poco tenía que moverse, bien por el calor, que poco a poco, iba
disminuyendo pero que, aún así, le resultaba muy difícil de soportar, bien
porque Daniel procedió a cortar la tortilla en los tacos de rigor para que cada
comensal pudiese ir picando. El cuchillo de sierra hacía sus pequeños estragos
en al piel de la esclava. Ninguno de esos cortes llegó a sangrar (en eso Daniel
ponía mucho cuidado) pero sí que resultaban molestos. La tortilla no estaba
demasiado pasada por lo que, poco a poco, a medida que los comensales iban dando
cuenta de la misma, la piel de Maite se iba tiñendo de un amarillo fuerte que
combinaba también con las regueros rojo oscuros dibujados por la cera que
comenzaba a caer de las velas. El cuerpo de Maite se iba decorando
paulatinamente.
Mientras iban comiendo, Raquel era la encargada de ir sacando
conversaciones que, la mayor parte de las veces, se referían a vivencias que
habían tenido en el mundo de la dominación y sumisión. Los dos invitados
devoraban esas historias casi tan rápido como la tortilla y eso hizo que la
conversación se fuese animando poco a poco. Cuando se acabó la tortilla, Rafa
procedió a limpiar el ombligo de su mujer porque esa zona estaba reservada para
la salsa que más tarde irían echando cada uno a su carne estofada.
A Sonia no le resultaba fácil comer delante de un coño
abierto, y menos a medida que ese cuerpo iba siendo decorado de amarillo y rojo
pero se fue acostumbrando y cada vez se sentía más cómoda. El vino elegido, un
reserva de Ribera del Duero, ayudaba bastante a que eso sucediese y, a cada
poco, se descubría haciendo preguntas sobre temas que mostraban su lado más
morboso.
Rafa, ya has acabado con tu trabajo. Del resto del
servicio se encargará Raquel. Ahora ponte en el sitio que te corresponde
–dijo Daniel haciendo un alto en la conversación.
Rafa, dócil y obediente, se acercó a Daniel y poniéndose a
cuatro patas, se metió bajo la mesa.
Está ahí para satisfacer cualquier necesidad que
tengáis. Es nuestro perro y os ruego que lo tratéis como tal –nos dijo con
una sonrisa socarrona en la boca.
Y continúo la conversación. Daniel nos estaba contando como
había encontrado a esa pareja de perros. Como siempre había soñado con tenerla
aunque nunca era capaz de encontrar ninguna. Por fin, y gracias a internet,
localizó a una. Le envío alguno de sus relatos para que ellos se hiciesen una
idea de sus fantasías y, por fortuna, coincidían mucho con la de ellos. Además,
el que viviesen en la misma ciudad (y casi vecinos) había contribuido mucho a
que los encuentros se fuesen prolongando en el tiempo. Ahora los tenía a su
merced. Le obedecían ciegamente y lo cierto, según él, es que no sabría como
serían sus relaciones sexuales de no tenerlos siempre a su disposición. Se había
acostumbrado a ellos y casi no podía hacer nada si alguno de los dos no estaba
presente. Había emputecido de tal forma a Maite que ahora era su esclava sexual
y Rafa era un objeto más.
Aún así, Rafa ha tenido mucha suerte porque mi
hermanita es una deboradora de hombres y le ha permitido disfrutar del
sexo mucho más de lo que debería aunque ahora que ella ha cambiado de
"polla objetivo" la cosa se le complicará –indicó mientras seguía
comiendo.
Bueno, una tiene sus gustos y necesidades. Tiene que
colmarlas y que mejor que un perro como éste –decía mientras una mano se
perdía por debajo de la mesa para acariciar la cabeza de Rafa.
Lo sabemos Raquel, por cierto, os informo que el perro
trabaja muy bien con la boca así que cualquiera lo puede aprovechar.
Ahora, cuando puedas, tráenos el postre, Raquel.
Raquel se levantó solícita y, al poco, traía unos cortes de
tarta helada que fue distribuyendo sobre el cuerpo de Maite. Los dos trozos que
le correspondían a Juan y Daniel los deposito en cada uno de sus muslos, el que
le correspondía a Sonia lo puso sobre la parte superior de su coño y el que le
correspondía a ella sobre su frente lo que obligaría a Maite, antes o después, a
cerrar los ojos y permanecer así hasta bastante tiempo más tarde. El frío del
helado contrastó con el calor que tenía todo su cuerpo y unos cuantos
escalofríos lo recorrieron. Esto provocó la caída de una gran cantidad de cera
que se había ido derritiendo alrededor de la mecha. Hasta ese momento Maite
había contenido los movimientos lo suficiente como para que la cera caída fuese
poca pero ahora todo se había precipitado con rapidez produciendo en su cuerpo
reacciones compulsivas.
Sonia estaba excitadísima. La escena le resultaba muy
morbosa. Además, pensar que en breve tendría que comer el helado que poco a poco
se estaba derritiendo sobre el coño de Maite la estaba calentando. Cogió la
cucharilla y fue aprovechando los primeros hilillos de helado derretido ya que
era difícil pillar una cucharada del helado directamente porque este escapaba
del cuerpo de Maite. Daniel, atento a todo lo que estaba ocurriendo, comenzó a
mover el helado que le tocaba a Sonia con ayuda de su cucharilla para conseguir
que se derritiese antes y, cuando lo estaba haciendo, abrió los labios del coño
de Maite para que esos hilillos lo recorriesen.
Así te gustará más –le dijo al tiempo que le guiñaba un
ojo.
Sonia obedeció, sin más. Su cucharilla fue capturando cada
hilillo de helado y se los iba llevando a la boca. No sabría decir si de sabor
estaba mejor o peor aunque estaba segura de una cosa, Daniel tenía razón, así le
gustaba mucho más. Estaba ardiendo en su interior y, de no ser por el reparo que
tenía en pedirlo, Rafa ya estaría con su lengua intentando rebajar el calor que
Sonia tenía en el coño.
Juan mantenía silencio. Lo cierto es que había participado
poco en la conversación hasta ese momento. Estaba también excitado. Rafa, desde
su atalaya de perro servicial, seguro que lo había comprobado ya, pero aún así,
se sentía muy cortado y prefería ir a remolque de los demás. Raquel, de todas
formas, no le perdía ojo, y cada dos por tres intentaba meterlo en la
conversación. Para Juan era evidente que la polla en la que había puesto sus
ojos Raquel era la suya ya que de lo contrario no se explicaba tantas
atenciones. Le intimidaba un poco porque ella estaba muy por delante de él en
temas de sexo y Juan siempre fue un hombre que le gustaba marcar el ritmo en sus
relaciones, pero también es cierto que no quería desaprovechar esa oportunidad y
si esa niña quería su polla, la tendría.
Raquel volvía de la cocina, tras recoger todos los platos de
la carne y, situándose tras Juan, lo abrazó. Poco a poco fue dejando caer sus
manos hasta que llegaron a situarse sobre el bulto que destacaba bajo su
pantalón. Abrió la cremallera mientras le susurraba al oído que le dejase hacer
y comenzó a pajearla. Al poco tiempo dejó de susurrar subiendo el tono de voz.
Perro, acércate, que tengo una cosita para ti.
Casi al instante, la cabeza de Rafa apareció entre las
piernas de Juan levantando el mantel y haciendo los mismos gestos que cuando un
perro espera su comida. No era lo que preferiría ver Juan, que nunca le había
atraído la homosexualidad, pero era lo que había de momento.
Anda, bonito, come de aquí. Aliméntate y hazle gozar.
Rafa, con la ayuda de Raquel y aprovechándose de la pasividad
de Juan, metió la polla en su boca y comenzó a chupar. Juan tuvo la oportunidad
de decir que no, pero una vez que su polla estaba en la boca de Rafa, tanto
Daniel como Raquel sabían que no podría decir que parase.
Juan no sabía donde meterse. Sentía cierta humillación porque
un hombre le estaba comiendo la polla delante de Sonia, su secretaria, pero al
mismo tiempo, era la mejor mamada que le habían hecho nunca y su mente se negaba
a decir "para". Con sus manos se agarraba a la silla al tiempo que su cintura
empujaba en dirección a la garganta del perro. Raquel le acariciaba y le besaba.
Era dulce, dulce como una niña y Juan no era inmune a esa habilidad. Al poco le
estaba diciendo en voz baja, por la vergüenza que sentía, que estaba a punto de
correrse.
... y así fue. Se corrió, se corrió como nunca lo había
hecho. Una, dos, tres, cuatro, hasta cinco chorros enormes y espesos salieron de
su boca. Rafa, el perro ideal, el perro para todo, estaba recogiendo todo ese
esperma. Lo guardaba, lo custodiaba y lo quería. Dentro de poco dirían que tenía
que hacer con él, pero de momento era suyo. Cuando Juan sacó la polla de la boca
del perro, terriblemente avergonzado (aunque sin motivo), pudo ver que la boca
que estaba llena de su esperma dibujó una sonrisa.
uhmmm, te has corrido –dijo con delicadeza Daniel-
Rafa, arriba, quiero verte.
Rafa se levantó rápidamente y con la boca cerrada esperaba
órdenes. Se notaba que estaba orgulloso. Disfrutaba cuando un hombre se corría
dentro de su boca, sobre todo si ese hombre no era homosexual confeso. Juan no
lo era y Rafa lo sabía.
Sé que te gusta el esperma Rafa pero, esta vez, lo que
tienes en la boca no es para tí. Deposítalo sobre el trozo de tarta de
Raquel. Todo el esperma que salga de la polla de Juan debe ser para
Raquel, al menos de momento.
Rafa, obediente, se agachó sobre el trozo de tarta de Raquel
y fue soltando el esperma que tenía en la boca. Ese hilillo blanco se fue
depositando sobre el trozo de helado y, paulatinamente, con ese ritmo lento
(incluso tedioso) se fue desparramándose también sobre la cabeza de su mujer.