ENSAYO SOBRE LA DEGENERACIÓN (5. El castigo)
Raquel tenía intención de que la iniciación de Sonia en este
mundo de la dominación no se quedase sólo en los episodios de los días
anteriores. Era consciente de que para ganársela definitivamente tendría que
compartir a su gran deseo en ese momento, Juan. Por eso, esa mañana, había
salido con la firme decisión de que los dos compartiesen experiencias. Hacía
tres días que había ido a visitar a Juan a su oficina y creía que si volvía en
ese momento, no resultaría demasiado chocante para el resto del personal de la
empresa.
La segunda ocasión en que entró por la puerta del edificio
donde la Asesoría tenía sus oficinas fue mucho más segura de sí misma que en la
primera. Se dirigió con decisión a la mesa de Sonia. Ella estaba bellísima,
impecable. En cuanto la vio su corazón se aceleró. Algo muy similar a lo que le
ocurrió a Sonia que no pudo disimular la enorme sonrisa que se dibujó en su
rostro. Había disfrutado muchísimo en cada uno de los encuentros que había
tenido con Raquel y, poco a poco, le estaba cogiendo un cariño "especial".
Cuando llegó a la mesa, las dos supieron mantener las formas.
Sabían que podían ser vistas por cualquiera y que, si Raquel quería seguir
regalándoles visitas, tenían que aparentar una relación de secretaria-cliente.
Se sentó en la silla que había del otro lado de la mesa y comenzó a hablar.
Hola Sonia, estás preciosa –le dijo.
Gracias –le respondió- a ti también te veo muy bien.
¿De visita?
Si, como siempre –dijo entre risas- Espero no molestar.
Claro que no molestas. Gracias por lo del otro día.
No te preocupes. Estoy para eso –le respondió Raquel
mientras pensaba en lo rápido que habían cambiado las cosas. Era ahora
Sonia la que sacaba el tema con absoluta naturalidad cuando antes era ella
la que tenía que forzar la conversación-Hoy vengo, precisamente, para
intentar enganchar a Juan.
¿Y en qué habías pensado?.
Había pensado en utilizarte. ¿Cómo va vuestra relación
después de lo del otro día?.
Digamos que va, simplemente, nadie saca el tema
Bueno, casi mejor así. Había pensado que una buena
forma de captarlo era forzando un castigo. ¿Qué opinas?.
No sé, no es de esos tipos de jefe, más bien suele ser
tranquilo.
Bueno, si él no fuese capaz de arrancar, tendría que
echarle una mano.
Tú eres la de las ideas, me fiaré de ti. Pasa cuando
quieras –le dijo sonriendo.
Voy, si comenzamos el juego, tú tienes que seguir la
corriente, no te cortes. Invéntate una metedura de pata y entra para
decírselo –acabó diciendo Raquel cuando ya estaba abriendo la puerta del
despacho de Juan.
Lo cierto es que Raquel había pensado toda la jugada a
excepción de una cosa. No sabía de qué cosa charlar con Juan que no girase en
torno al sexo. Su habilidad de ser sociable la sacó con rapidez del apuro y
comenzó a hablar de cosas sin importancia para darle tiempo a Sonia a entrar con
un error en la mente que resultase convincente. Cuando ya estaba dudando de si
Sonia se atrevería a hacerlo o no, escuchó dos toques suaves en la puerta.
Adelante –dijo Juan elevando la voz.
¿Se puede Señor?.
Si, pasa, pasa. ¿Que ocurre?.
Tengo un problema –le dijo tras cerrar la puerta con
cierre incluido-. No sé que le ha pasado al programa del correo pero no me
deja abrir ninguno, todos dan errores.
Bueno, no pasa nada, recuperas la copia de seguridad y
ya está.
Es que ese es el problema, por culpa de la carga de
trabajo de las últimos semanas, hace días que no hago copias de seguridad
–le dijo con la mejor cara de corderita degollada que sabía poner.
¡Joder! –gritó Juan sin poder contenerse.
Lo siento –trató de decir Sonia.
Siempre he sido bastante claro en cuanto a que las
copias de seguridad deben ser hechas, como mínimo, cada 48 horas,
¿verdad?.
Cierto Señor –le respondió Sonia con la cabeza baja.
Bueno, veré lo que puedo hacer. Ahora vete.
Cuando Raquel consideró que era su momento, tomó la palabra.
¿La vas dejar marchar así, sin más? –le preguntó
Raquel.
Claro, ¿que le voy hacer? –respondió Juan visiblemente
alterado.
Castigarla.
¿Como?
Castígala. No se pueden consentir esos errores –le dijo
al tiempo que se levantaba y agarraba del pelo a Sonia.
Tiró con fuerza de ella, sin miramientos. Su cuerpo quedó
expuesto ante los ojos de Juan en todo su esplendor. Sonia tenía predilección
por las camisas ajustadas y la de esa ocasión lo era. Sonia trataba de
participar en el juego y ponía una cara suficientemente expresiva mostrando
cierta culpabilidad por el error.
¿Qué haces Raquel, te has vuelto loca? –preguntó Rafa
completamente descolocado.
Tu secretaria se pasa todo el día pensando en cualquier
cosa menos en el trabajo y tú no te das ni cuenta. ¿A qué sí? –dijo Raquel
dirigiéndose a Sonia
Fue un error, demasiado trabajo –trato de decir ella
entre sollozos.
Claro, excusas –dijo Raquel al tiempo que la hacía
tumbarse en la mesa boca abajo, subiéndole la falda y bajándole con
rapidez las bragas- O lo haces tú o lo hago yo.
Esta última frase retumbaba en el cerebro de Juan. No era
lógico nada de lo que estaba pasando pero al mismo tiempo estaba tan excitado
que no podía reprimir los deseos de castigarla.
¿Crees que mereces un castigo?
Eso lo decide usted, aceptaré lo que diga.
Esa respuesta lo animo bastante más y rodeando la mesa se
puso tras Sonia.
Raquel desabrochó el cinto de Juan y se lo entregó.
Mejor con el cinto –le dijo al tiempo que le guiñaba un
ojo.
A Sonia la idea Raquel no le gustaba nada pero ahora tendría
que seguir el juego, tal como había prometido con la esperanza de que el futuro
beneficio compensase los dolores que iba a sufrir.
Juan seguía perdido. No era consciente de cual era la mejor
decisión ni si tenía que hacerle caso a su cabeza o al resto de su cuerpo. Pero,
su brazo subió dejando caer un golpe seco sobre el culo de Sonia. El ruido
retumbó en toda la estancia. La excitación recorrió los tres cuerpos. Sólo uno,
el de Sonia, estaba teniendo una sensación más fuerte que la excitación. No
estaba acostumbrada al dolor y hacía muchísimo tiempo que no le pegaban, por lo
que el contacto del cinto de Juan con su culo se transformaba en descargas de
dolor que recorrían todo su cuerpo. Pero a medida que iba recibiendo golpes, su
excitación aumentaba, por lo que llegó un momento en que cada nuevo golpe no
significaba un aumento del dolor sino del placer.
La polla de Juan sobresalía bajo el pantalón del traje. Se
notaba como su gran aparato quería participar en la fiesta y Raquel la sacó de
su encierro y la comenzó a chupar. La primera entrada de la polla en la boca de
Raquel, a parte de funcionar a modo de estímulo para que su polla alcanzase el
máximo tamaño posible, hizo que Juan incrementase tanto la frecuencia como la
intensidad de los golpes. No era consciente de que Sonia estaba siendo castigada
por primera vez y que su cuerpo no estaba acostumbrado a ello. Fue Raquel, con
su veteranía, la que supo reorientar la situación y, en el momento que sustituyó
su boca por una mano masturbante, le dijo que era preferible parar, que ahora
debería castigarla con otro "instrumento". Mientras le decía eso, con esa voz
melosa que sólo ella sabía poner, fue orientando la polla de Juan hacia la
entrada del coño de la secretaria.
¿A que quieres que tu jefe entre en ti, zorra?
Si, por favor –dijo Sonia cuando ya no era ella.
Esa frase fue un bálsamo para Juan que antes de que acabase
de escucharla ya estaba impulsando su polla hasta el fondo del coño de Sonia. El
grito de Sonia, aunque contenido, fue clarificador. Su coño no estaba preparado
para semejante pollón y la sensación de que iba a partirse en dos fue
excesivamente real. Juan estaba tan encendido que no se anduvo con
contemplaciones y la polla invadió completamente el coño de Sonia, tanto era así
que Juan notaba como la cabeza iba abriéndose paso entre las paredes estrechas
de un coño poco usado y con mucho partido por sacar.
Raquel quería echar una mano y rodeó la mesa, situándose
frente a Sonia. Le agarró de las manos con fuerza para no quedar ajena a todo lo
que se avecinaba y con ello, Sonia fue encadenando un orgasmo tras otro. La
polla de Juan, enorme y muy marcada, entraba en ese coño estrecho, que se negaba
a crecer pero que, poco a poco, lo iba haciendo. Cada impulso de Juan
significaba un nuevo escalofrío en el interior de Sonia. Era consciente de todas
las sensaciones que en ese momento estaba descubriendo. Sensaciones primitivas y
apasionantes al mismo tiempo. Sonia notaba cada vena marcada en la enorme polla
de Juan porque rozaban con todas las paredes de su coño, coño que había probado
pocas pollas y ninguna de ese tamaño. Pronto se soltó por completo y era ella
misma la que acompasaba las penetraciones de Juan buscando un límite mayor en la
profundidad de la embestida.
Para Raquel resultaba estimulante imaginarse por donde se
estaba metiendo esa polla cada vez que entraba. Era tan delgada que parecería
que cada vez que entrase se notaría como pasaba por debajo de su cuerpo. No era
así, su cuerpo asimilaba perfectamente todo el tamaño. Una vez bien lubricada,
salía y entraba con una facilidad pasmosa. Una penetración acompasada que, poco
a poco, se fue acelerando.
Llegó un momento en que Raquel era consciente de que Juan se
correría y, tras soltar las manos de Sonia, se acercó a Juan diciéndole al oído
que le gustaría que descargase en su boca. Tal vez eso fue la causa de que Juan
no aguantase mucho más y, cogiendo la cabeza de Raquel, la situó delante de su
polla justo en el momento en que ésta comenzaba a descargar todo el semen.
Raquel lo fue acumulando en su boca teniendo cuidado de no tragar. Le gustaba
regalarles a los hombres la posibilidad de elegir donde querían depositarlo. Una
vez que la polla de Juan dejó de soltar líquido, Raquel abrió la boca
indicándole que allí estaba su semen para lo que quisiera. Juan estaba encendido
y no lo pensó dos veces. Cogió a Sonia, la puso en pié, le bajó la camisa y
teniéndola así, entregada, sumisa y complaciente, le ordenó a Raquel que se lo
escupiera en la cara.
Raquel, contenta, radiante de felicidad, se situó frente a
Sonia y le escupió el semen de Juan con todas sus fuerzas. Habían salido todos
sus planes a la perfección y lo sabía. Por hoy, todo se había acabado. Allí
quedaba la Sonia, por fin emputecida, y su jefe. Los dos llamados a llenar de
magia sus futuras sesiones. Raquel salió radiante de aquel despacho dejando a
sus nuevos compañeros de juegos para que se recuperasen. Al salir, no pudo
contener las ganas de hacer una llamada.
- Hola hermanito, ¿cuando tienes libre para cenar conmigo y
unos amigos?.