Esclava Blanca en África IX
Como un animal.
Cuando hube terminado de comer, me sentía con más fuerzas y
como eufórica, los hombres que había allí, ya mayores y cubiertos solo con un
escueto taparrabos, bebían una especie de cerveza turbia, uno de ellos me miro y
le dijo algo al otro.
Se acercó y me dio a beber de su cuenco, sabia como a
jengibre era dulzón, pero no era agradable, bebí un par de sorbos y me negue a
seguir haciéndolo, pero el hombre pareció enfurecido, me sujeto la cabeza y
mientras el otro vertió gran cantidad de ese brebaje en mi boca casi
atragantándome.
Me sentí como mareada, pero trague el liquido vertido por los
hombres, después me soltaron y volvieron a su trabajo.
Me sentía bien, allí sentada en el suelo.
Mire a los hombres y les vi sacar de una especie de alacena
una serie de aperos y arreos, detuvieron la noria y desengancharon al caballo
que la movía.
Lo sacaron fuera del establo y al cabo de unos minutos
regresaron riendo.
Se acercaron a mi y me desataron, me hicieron levantar y me
sobaron bien todo el cuerpo mientras hablaban y reían entre ellos, me magrearon
bien las tetas, el culo, y metieron su mano ruda y no muy limpia entre mis
piernas tanteando mi sexo.
Me sentía incomoda, aunque algo excitada, así manoseada y me
sorprendía mi docilidad y sumisión, pero sin duda empezaba a asumir
inconscientemente mi papel de esclava.
Observé bajo sus taparrabos una prominente erección y al
darse cuenta de mi observación, rieron y se quitaron el taparrabos. No estaban
mal dotados para la edad que aparentaban y me hicieron acariciar sus falos con
mis manos y me hicieron gestos de que se los chupara.
Me arrodille ante ellos y comencé a chuparlos
alternativamente, no estaban circuncidados y su sabor no era muy bueno, pero no
pude rehusar seguir mamando, mientras ellos reían y sujetaban mi cabeza.
De pronto se abrió la puerta y entro el capataz que me había
azotado el primer día.
"Zorra sigues aprendiendo eh, ¿tan salida estas que ya te da
lo mismo que pollas chupar?" se volvió a los dos hombres "Fuera de aquí cerdos,
esta puta no es para daros placer a vosotros" les grito.
Salieron de allí riéndose y gritando.
El hombre me hizo levantar y me coloco en medio del establo.
Fue hacia el muro donde estaban los arreos y aperos que
habían sacado los hombres y cogió varias piezas, se acercó a mí.
Me manoseo bien mientras me decía que si su amo le diera
permiso me iba ha convertir en una auténtica esclava y me daría tal castigo que
o lo aguantaba para su placer o moriría. Ese pensamiento me hizo estremecer.
Cogió un cinturón de esparto y lo coloco en mi cintura, lo
aseguro con unos ganchos presionado de tal forma que me cortaba la respiración.
Después me hizo subir sobre un banco y me ato los tobillos
con grilletes muy cortos entre si, haciendo igual con mis manos.
Me hizo bajar de un salto del cajón, con mis tobillos unidos
me trastabillé y caí de bruces al suelo ante sus carcajadas, magullándome el
pecho y la cara ante su regocijo, y cogiéndome del pelo me arrastró unos metros
hasta ponerme en pie, entonces me colocó un collar de hierro en el cuello que
también me agobiaba. Después me colocó una cinta de cuero que tapaba mis orejas
y con dos aberturas a la altura de mis ojos, pero con unos apéndices de cuero
que me impedían mirar a mí alrededor.
Me pinzó los pezones con unas pinzas de dientes que me
provocaron un gran dolor e incluso note un reguero de sangre brotar de mis
pezones, las pinzas se unían por una cadena entre si y esta al collar, y empezó
a tirar de ella, "muévete" me dijo mientras tiraba de la cadena y me llevaba al
centro del establo, pensé que me arrancaría los pezones, así que me apresuré por
seguirle, pero mis tobillos atados volvieron a dar con mis huesos en el suelo,
ante sus carcajadas "eres floja de patas potrilla, pero yo te haré una jaca
fuerte y resistente y capaz de aguantar un buen castigo".
Me dejo allí tras colocarme una mordaza con una bola de
cuero.
No podía oír nada por la cinta de cuero, pero enseguida
sentí…
Otra vez el látigo de un solo hilo de cuero, golpeaba mi
costado y se enrollaba en mi cuerpo haciéndome tambalear. Lo desenrosco de mi
cuerpo y volvió a golpear ahora a la altura de mis pechos, cruzándolos de lado a
lado, así con parsimonia y estudiada técnica fue marcando milímetro a milímetro
mi cuerpo, pero no sentía tanto dolor como en otras ocasiones, "me estaré
curtiendo" pensé, mientras milimétricamente el látigo marcaba líneas casi
paralelas a lo largo de mi cuerpo.
Cuando éste estuvo convenientemente marcado por las líneas
rojas, en alguna zona mas intensas e incluso alguna sangrante, a lo largo de
todo mi cuerpo se detuvo.
Se acercó por detrás y me tiro del pelo echándome la cabeza
hacia atrás, me miro desde su posición y me escupió en la boca.
Después me rodeo, agarró la cadena que unía mis pechos y tiro
con fuerza hacia la noria obligándome a seguirle si no quería perder mis pezones
ya casi insensibles por el dolor.
Entonces colocó un cinturón de cuero sobre el de esparto,
apretándolo bien, dejándome casi sin respiración, y con unas argollas que unió a
la rueda media de la noria.
Después unió mi cuello a la rueda alta de la noria mediante
una barra unida al collar metálico que llevaba.
Mis manos quedaron fijas por los grilletes a una barra delate
de mi cintura, sujeta a la noria.
Me miro sonriendo y se coloco tras de mi.
Sentí otra vez el látigo en mi espalda y comprendí que debía
moverme. Avance con dificultad con mis tobillos encadenados y note como la noria
empezaba a moverse, el siguió azotando mi espalda, mientras yo avanzaba
convertida en una bestia de arrastre.
El sudor cubría mi cuerpo haciendo que mis heridas me
escocieran de forma inaguantable y más cada vez que el látigo marcaba otra vez
mi culo o mi espalda y muslos.
Solo cuando yo parecía coger un buen ritmo en mi "trabajo"
dejaba de azotarme, pero en cuanto bajaba el ritmo, volvía con más fuerza a
señalar mi culo y mi espalda alcanzando a veces mis pechos que con las pinzas y
la cadena sufrían ya una cierta hinchazón.
Aquella sesión se hizo interminable y cuando ya me vio muy
agotada y entregada decidió parar de azotarme, aunque me indicaba que siguiera
mi recorrido circular, hasta que extenuada me derrumbe sobre la barra, pero con
mi cabeza fija por sus ataduras.
Volvió a escupirme en el rostro y se marcho.
Me quede sola otra vez con mi humillación y mi angustia,
había perdido la noción del tiempo, no sabio que día era, si era de día o de
noche, y la angustia me agobiaba.
Llegaron entonces los dos viejos y mientras reían y hablaban
entre si, me desataron y quitaron todos los aperos.
Me dieron a beber un cuenco de su mejunje anterior y como ya
era de esperar me hicieron tumbar boca abajo sobre el cajón, con mis tetas
colgando, que uno de ellos se entretuvo en golpear con unas ramas de lado a lado
mientras el otro… me follaba hasta correrse en mi espalda.
Después el otro tomo el relevo y cuando se hubo corrido, los
dos salieron del establo.
Me deje rodar hasta el suelo, y allí me quedé extenuada y
dolorida.
(Adaptación de una historia real novelada y narrada por
Alcior©)
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