Era el inicio de mis vacaciones. Mis merecidísimas
vacaciones. Julio. Bendito mes. Calor y más calor. Atrás quedaron los gélidos
meses de invierno. En verano todo luce. Los cuerpos bronceados, la adrenalina,
la testosterona. Julio es una segunda primavera. Todo te apetece. Lo que no eres
capaz de hacer en otros meses, yo lo hago en Julio. Decidida como estaba me fui
en mi estrenadísimo BMW 320 descapotable azul turquesa. Me lo había currado.
Todo. El coche, las vacaciones, conseguir que mi ex se muriera durante un mes y
no supiera donde localizarme…
Dejé el móvil, con el número del trabajo, sobre el taquillón
de la entrada de casa, apagado por supuesto, puesto que no quería saber nada de
los aburridísimos compañeros, ni de sus niños, ni de sus juergas y por supuesto
de mi jefe. Ilocalizable durante un mes. Maravilloso. Me volví a mirar al espejo
y me dije: ¡nena, estás monísima!
A pesar de mis añitos, ya no soy una niña, me encuentro bien.
Me cuesta renunciar a las cervecitas y al buen vino. Pero parece que el especial
K de Kellog’s por fin merecía la pena. Y el gimnasio y la sauna y los sofocantes
rayos uva…
El trayecto sería largo. Pero bueno había que disfrutar del
campo, de la España profunda. Alejada de tantísima tecnología. Mi coche y mis
pueblos desconocidos. Decididamente haría turismo rural. Sin brújula, pero con
GPS.
Salí de Madrid a las diez de la mañana, rumbo a Córdoba. Para
llegar a las dos de la tarde. Entrar en el hotel, descansar durante unas horas y
desde ahí iniciar mi primera quincena de días entre pueblos innombrables del
Sur. La segunda sería entre Castilla y León, para estar más cerquita de casa. El
viaje había sido cómodo hasta entonces. Todo rodaba. Me puse como una loca con
la guía michelín y la guía CAMPSA. Mi portátil echaba humo. Quería tenerlo todo
atado. El primer paso, conocer el primer pueblo. Me dejé llevar y ¡me encontró!
Su nombre vino a mí. ¡Constantina! Apenas cien kilómetros desde Córdoba. Dentro
de la provincia de Sevilla. Aislado. Tras pasar por Peñaflor y Lora del Río me
quedarían veinticinco kilómetros mágicos hasta mi destino. Trazado sinuoso y
esperando no encontrarme con un solo turismo.
Descansé por la noche todo lo que pude y dispuse salir este
tercer día de Julio, martes, después de desayunar francamente bien. Me despedí
de Córdoba y su olor, de su mezquita, de sus jóvenes apuestos. A pesar de que
llevaba meses (casi siglos) sin alcanzar un orgasmo digno, mi libido había
entrado en un estado de relajación casi psicotemática. Ni estaba, ni recordaba y
casi lo peor, como consecuencia de ello, casi ni existía. A veces, solo a veces,
parecía llamarme. Pero justo ese día, pareció despertar como un volcán. Incluso
creí intuir que olía. Mi cuerpo olía y no precisamente a Change perfume de Yves
Saint Laurent. Era una mezcla. Entre este y mis glándulas. Una bomba. Cualquier
macho que olisqueara a kilómetros aullaría como perro en celo. Así me desperté
como una perra en celo. Rabiosa, necesitada de sexo pero confundida con el
placer de mis vacaciones. Así soy. Nunca contenta del todo.
El conducir por carreteras desconocidas me hacía hacerlo con
atención, pero no la suficiente como para que mi cabeza volara. Nuevamente los
deseos. Los sueños secretos. Mis fantasías ocultas. Sería el calor, próximo a
los cuarenta grados a pesar de ser la diez de la mañana. Sería llevar dos meses
sin follar o la excitación y la relajación de las vacaciones. De repente
vinieron todos. Los chorros interminables de semen de mi vecino sobre mis tetas,
los guapos instaladores del aire acondicionado que me traladaban el culo por
turnos, el cerdo mirón de la playa que al final consiguió echarme crema el
cuerpo, la del bote y la suya, el camarero vacilón al que me follé delante de mi
marido y este se la meneaba mirando…
Tan ensimismada estaba con mis cosas que ni me di cuenta que
me metí en un camino de PRECAUCION OBRAS. Un puente recién terminado, maquinaria
pesada, la carretera que desaparece, alquitrán, calor, de repente mucho calor.
Agarro con fuerza el volante e intento salir de ¿dónde? ¿dónde cojones me había
metido? El check control del coche empieza a mandarme mensajes como si pensara
que he nacido para pilotar un caza. FRY LEFT – UNDER SHOCK – FRY LEFT – RIGHT –
LIGHTS – FRY LEFT – CAUTION – DON`T CONTINUE – OFF ABOARD – Etc…
¡Se para! ¡El puto coche de siete millones de pesetas, SE
PARA! Con su tapicería de cuero, con sus sensores, con su alarma, con su puta
madre, con la bonita sonrisa del vendedor, con su llantas de no sequé, va y se
para…
Mi instinto me dice que debo meterle fuego y llamar a la
grúa. ¡Joder, eso, la grúa! El calor me hace hablar mal hasta en mi
subconsciente. Cojo el móvil. ¡Noooo! Se quedó en casa. ¿Recuerdas? Estás de
vacaciones… Miro y remiro y lo único que veo es humo y algún extraño líquido que
sale a borbotones de sus tripas como si se desangrara.
Doce y media del medio día. Cincuenta y cinco mil grados por
los menos. Tras pasar veinte minutos delante del ‘magnífico coche’ decido
continuar el viaje a pie.
Cuando mi ilusión ya me ha gastado tres malas pasadas, atisbo
lo más parecido a una gasolinera. Eso sí, hasta yo después de recorrer medio
millón de kilómetros a pie, a pleno fuego del infierno, tengo mejor pinta.
Cuando evidentemente llego, no me atiende ni Dios. No hay nadie. Un ventilador a
punto de palmarla que da la impresión de dar más calor que quitar y un televisor
de plasma que no pega ni de coña con el decorado de esa cochambre donde a una
rubiaza de tetas gordas se la están metiendo hasta por la orejas, es lo más
destacado entre un montón de suciedad.
Me siento con la mente fuera de juego. No quiero ver al tipo
que lleva ese negocio. Pero lo necesito. He de llamar a la grúa. Me apoyo sobre
la barra mientras me muero de asco por hacerlo. Algo frío roza mi brazo. Observo
una tremenda cerveza con un vasito boca abajo dentro de ella. Detrás de la
cerveza un ‘señor’ de mediana edad, con barba de una semana, su camisa
hipersudada con su logo de OIL-GAS ENTERPRISE´S, sus grasientos dedos de haber
intentado salvar un motor, su mirada de cerdo clavada en mis pechos, que se
pegan a mi también sudada camisetita de tirantes de color rosa palo, a juego con
mi ropa interior y mis bonitas sandalias.
¿Una cervecita? Es todo lo que puedo ofrecerle…
Cuando voy a decirle nada, porque me duele hasta el
esternón, el tío continúa…
Lo del vasito es vodka. Se pone boca abajo para que no se
mezcle del todo. Sino, poco a poco. Verá. Hace diez días se rompió el
puente. Estábamos sin agua hasta hace diez minutos. Lógicamente llevo diez
días sin suministro. Solo me queda cerveza y vodka. Lo de las películas
porno en la televisión es que se estropeó el mando y no puedo quitarla.
Llevo diez días seguidos viendo a esas divinas a todas horas…
Fue decir divinas y nuevamente sus ojos se clavaron en mis
tetas. Ese tio estaba a punto de explotar y tenía que irme de ahí, como fuera…
¿Otra cervecita, zorrita?
¿Zorrita? ¿Me ha dicho zorrita? ¡Será cabrón el asqueroso…!
¿Bonita, te pongo otra?
Joder, me dijo bonita. No puedo con mi mente. Mi
calenturienta mente. A eso se oyen unos gritos: ¡follándme cabrones, tengo
coño para todos; decía una pelirroja de peluca siniestra…
Ponme otra. Ya abatida y fuera de mí. Estaba mucho más
que rota. – Tengo que llamar por teléfono. Me tomo otra y le digo a este
tipo, que me deje llamar. No se ni como se llama. Espero que no se moleste…
No he terminado de tomarme la segunda cerveza con el
segundo vodka y ya me está poniendo la tercera. Ya no se ni donde estoy. El
tipo que ya empezaba a parecerme simpático a pesar de su estado de guarro, se
está metiendo la mano por debajo del pantalón. ¡Joder, que asco! Se está
haciendo una paja descaradamente mientras me mira…
¡ Dengo que blablar con la grúa. De verdad, dengo que
blablar con la grúa!. Las palabras no me suenan ni a mí. Estoy borracha.
También excitada. No se que cojones me pasa…
Si quieres llamar, ahí tienes el teléfono. Te dejaré
utilizarlo si me regalas, a cambio, tu bonito sujetador. Es para mi hermana.
¿Para su hermana? ¡Maldito cerdo! Seguro que se quiere
correr encima de él, imaginando que me posee. Acepto. No se ni como, pero
acepto. He de irme de ahí.
Toma cerdo de mierda, ahí lo tienes. (coño ya no se me
nota el colocón) Se ha comido una mierda, porque no me ha visto nada. Las
mujeres sabemos como quitárnoslo, sin que se note…
Estoy hablando con la asistencia en carretera. No me hace ni
puto caso. Se da cuenta que estoy borracha. El tipo se pone muy cerca mía.
Huelo. Lo huelo. Me da asco. Pero tiene que decirme el lugar exacto donde estoy.
¡Joder, se corta la comunicación!. Se rie. Saca su lengua apestosa y me la pasa
por la cara…
Ciento veinte mil cosas se me pasan por la cabeza. Mis poros
sexuales se han despertado, pero mis poros sensoriales les dicen que se paren…
¿puedo utilizar el baño?
Puedes, zorrita.
¿Zorrita, me has dicho?
Sí. Hasta que no sepa si follas bien, tan solo eres
zorrita…
Me quedo helada. Me esta ganando la partida. Y me está
gustando…
Llego a la puerta del baño de ‘señoras’. Un puto cartel de
estropeado…
¿Quieres mear en el de los ‘niños’…?
No me jodas…
O eso, o te meas encima…
Pienso lo que pienso, que no es nada y acepto. Ahí estoy
yo. De pie. Con las bragas en la mano para no mojarlas y ‘apuntando’ a un
urinario de tio. Me meo toda. El tio se rie. Me coge las bragas. Esto es el
pago de utilizar mi baño…
Ya no puedo más. Mi dignidad me lo impide. Me marcho de
ahí. Salgo corriendo como una furia ¿Qué coño se ha creído?
…
Después de veinte minutos a pleno sol sentada en la roca de
afuera de la gasolinera. Sin bragas, sin sujetador, con un calentón de miedo,
ya se que al menos hoy, pertenezco a ese hijo de puta. Me trago mi orgullo y
vuelvo. Decidido. Será un mal sueño. Pero necesito que me lleve en su coche,
de vuelta a Peñaflor; recuerdo al pasar ver un taller mecánico.
Me armo de valor, vuelvo sobre mis pasos y entró de nuevo
en esa pesadilla que un día pareció ser una gasolinera con bar. Miro al tipo.
Se siente vencedor a pesar de que no se ha comido su presa, todavía.
- Haré lo que me pida… Pero dentro de un orden. Ni yo misma
me creo lo que estoy diciendo…
Me pone a lavar los platos, mientras mira con descaro el
vaivén de mis tetas. El calor es insoportable y el poco agua que sale, hace
que mi tarea parezca interminable. Se sienta, en un taburete detrás mía, para
tener un ángulo perfecto de mi culito.
Súbete un poco la falda y abre un poquito las piernas,
que no veo nada.
Obedezco. No me queda otra. Lo imagino relamiéndose ante el
espectáculo que le ofrezco. Siento su lengua, recorrer mis cachetes. Me agarra
fuerte los muslos. Sus pulgares separan mis nalgas. Instintivamente echó el
culo para atrás y su lengua cae a mi agujerito. Me está comiendo el culo. ¡Que
bien lo hace! Noto su espesa barba restregarse a mi piel. La mezcla de asco y
excitación me pone a mil. Entre el sudor y lo cachonda que me ha puesto, lo
tengo empapado…
¿Te ha gustado? ¿Te habían comido antes tu culito? Sí que
te ha gustado. Los gemidos te delatan. Eres una puta barata. Pareces muy
recatada, pero en cuanto te calientan un poco, eres como todas. Una
cualquiera.
Todo este me lo hice muy despacio al oído. Entre frase y
frase me chupa y el cuello, mientras mete dos de sus sucios dedos en mi mojado
coño y los mueve dentro. Se me salen los gemidos solos. No puedo aguantar más.
Cuando creo que me desmayaré allí mismo, un tercer invitado aparece en escena.
Su pulgar se ha colado el solito en el culito. Son tres grandes dedos que
parecen pollas las que me taladran alternativamente. Hace que me corra como
hacía tiempo. Me convulsiono. Me muevo. Le pido que no pare. Ha desatado a la
puta que llevo dentro…
¡Vamos a ver como te comportas con el resto de la
limpieza! Me sienta en el taburete y pone delante de mi cara su polla. No es
larga, pero sí gorda. Tiene un capullo del tamaño de una seta.
¡Límpiamela!
Me da asco porque su olor es nauseabundo. Se nota que lleva
una semana sin que el agua la acaricie. La engullo, tratando que con mi saliva
desaparezca su olor. El tipo me coge las manos y me las pone en sus caderas.
Lo he entendido. He de mamársela sin manos. Es como más me gusta. Le pongo
todo el empeño. Noto como crece dentro de mi boca. Mi nariz casi toca su
pubis. No es larga, pero al ser tan gorda, noto toda mi boca llena.
¡Te voy a follar, marrana! Desde que has entrado esta
mañana por la puerta lo tenía claro, te voy a inundar con mi leche…
Me sube sobre una de las mesas. Se coloca delante y empieza
a restregármela. Mi raja se abre a cada restregón. El tío ha visto mil
películas porno, porque lo hace exactamente igual. Se la agarra y la restriega
de arriba abajo. Me está matando de gusto…
¡Fóllame, cabrón! ¡Métela! ¡Vamos! ¡Párteme el coño! ¿A
que esperas?
Se pone como un burro al escucharme y la mete de un
empujón. Inicia un mete saca rapidísimo. Me aprieta las tetas, pellizca mis
pezones, saca la lengua y la pone frente a mi boca. Se la cojo con los labios
y se la chupo como si fuera una polla. Cierro los ojos e imagino que estoy
siendo follada, mientras chupo otra y un tercero me pellizcan. Me dejo llevar.
Ya no pienso en el apestoso que está sobre mí y me vuelvo a correr. No puedo
gritar, pero no por eso deja de ser intenso. Contraigo los músculos vaginales
para que el orgasmo alcance su máximo esplendor.
Te has corrido como una cerda, sin esperarme. Ahora es mi
turno. Te voy a llenar de leche, puta.
Yo no puedo más. Lo tengo hinchado. Me duele. La
agresividad y el tiempo que llevaba sin correrme hacen que vea las estrellas
tan solo con tocarlo. Se sienta en el taburete y se la menea mientras me mira.
¡Ven aquí guarra! ¡Clávatela!
Me acerco. Y cuando me voy a subir encima suya, me da la
vuelta.
De espaldas. Fóllame de espaldas.
Le cojo la polla y la pongo en la entrada de mi coño para
sentarme sobre ella, cuando me pega una palmada en el culo y me dice
susurrando:
¡Por el coño, no…!
Joder, eso sí que no. Mi culito no. Además la tiene muy
gorda. Me pega de nuevo. Empieza a escupirme. Noto la saliva entre los
cachetes. Me mete un dedo, como para hacer hueco. Frases amenazadoras. Mis
glúteos separados y un calor intenso aparte del escozor propio. Su capullo
enorme está en la entrada. Me coge de los hombros y empuja hacia abajo. Apenas
me muevo seis o siete veces, cuando le escuchó rebuznar. Se está corriendo
como un cerdo dentro de mi culo.
Cuando me separo de él como si fuéramos perros que se
quedan enganchados, noto un torrente de lefa escurrirse por mis muslos,
llegando a los tobillos.