EL DIMINUTO PROBLEMA DE UBALDO
Ubaldo no tenía grandes razones para estar contento consigo
mismo, ni con su situación.
Era un hombrecillo semicalvo, de apariencia insignificante,
largamente acostumbrado a que las mujeres miraran a través de él, como si no
estuviera. Tal la historia de su vida...
A sus 45 años, era un simple mucamo en la residencia de una
acomodada familia, en el municipio de San Isidro, a 15 kilómetros de Buenos
Aires.
Ni siquiera se llamaba Ubaldo, aunque éste era el nombre de
sirviente que su patrona le había puesto.
No es que el suyo fuera un mal empleo, en condiciones
normales. Pero sucede que sus condiciones no eran las normales. Si había un
empleado doméstico destinado a servir y obedecer sin que le fuera permitido el
menor asomo de orgullo o dignidad, ése era Ubaldo. Y no tenía elección. Nunca
había sido exitoso en ningún trabajo, y en casi todos lo habían echado por una
razón o por otra.
A duras penas había obtenido este empleo, hacía cinco años, a
fuerza de suplicar y humillarse ante la dueña de casa. Y a duras penas se
mantenía en él, a fuerza de mostrarse diariamente como un humildísimo sirviente,
callado y obediente. De no ser por ello, seguramente ya lo habrían despedido...
Por otro lado, la vida de Ubaldo, en aquella elegante y
tradicional ciudad costera del Gran Buenos Aires, era bastante rutinaria, y no
solía tener demasiadas novedades.
Al señor de la casa, Luis Andrés, de profesión ingeniero
electricista, apenas lo veía. Solía pasar la mayor parte del tiempo absorbido
por su trabajo. Había fundado por cuenta propia una pequeña empresa de
luminotecnia, y no le estaba yendo nada mal.
Veía con mayor frecuencia al hijo mayor, Emanuel. El muchacho
estaba próximo a recibirse de Contador Público, y ya trabajaba de a ratos,
manejando las finanzas de la floreciente empresa familiar.
A la hija, María Florencia, estudiante de Diseño Textil,
también la veía con frecuencia.
La señorita Florencia era una bella muchacha veinteañera, de
ojos grises, cabellos color miel, y un cuerpo espléndido, cuidadosamente
modelado en el gimnasio.
Ubaldo lo sabía porque había podido observarla virtualmente
desnuda más de una vez, mientras la ayudaba a vestirse. A la señorita Florencia
no le importaba la presencia de Ubaldo. Normalmente era muy pudorosa ante la
mirada de los hombres, como toda joven bien criada. Simplemente, Ubaldo era
demasiado insignificante para que alguien como ella pudiera sentir algún pudor.
Pero la mayor parte del día, Ubaldo convivía con la rolliza
gobernanta, Zulma. Y, por supuesto, con la señora de la casa, Anamaría, tal el
nombre de su patrona.
Sin embargo, el principal problema de Ubaldo, su mayor
frustración, no era su empleo, no.
Ocurre que Ubaldo se hallaba afectado de lo que los médicos
especialistas denominan microfalosomía.
Más claramente, Ubaldo poseía lo que en términos más comunes
se conoce como "micropene".
Ubaldo sabía --porque no había tenido más remedio que
enterarse-- que se define como micropene, aquél que en estado de completa
erección no alcanza los siete centímetros.
El suyo, para peor, parecía ser un caso acentuado de
micropene. Nunca había tenido el valor de medirlo, pero sabía que era un
micropene pequeño, lo que resultaba peor que peor....
Para aumentar su humillación, la señora Anamaría lo sabía, y
la señorita Florencia también, al igual que Zulma, la gobernanta. El día que lo
habían contratado, estaban las tres presentes, y la dueña de casa no parecía muy
convencida de las aptitudes del aspirante a mucamo, para no hablar de los poco
felices antecedentes. Finalmente, luego de grandes cavilaciones (y toda clase de
ruegos por parte de Ubaldo) la señora Anamaría lo había hecho desnudarse por
completo. Tal vez para asegurarse, al menos, que no tuviera piojos...
Ninguna de las tres mujeres había sabido, hasta ese día, que
tal característica anatómica existía. Y quedaron sorprendidas (y por qué
negarlo, casi divertidas) observando tan singular detalle, mientras el nuevo
mucamo bajaba la vista y su rostro pasaba por todos los colores del arco iris...
Eso había sido hacía cinco años. Desde entonces, Ubaldo había
vivido literalmente postrado a los pies de sus patrones, e incluso de la
gobernanta Zulma.
Hoy, un soleado día de comienzos de abril, la señora Anamaría
estaba con invitados. La doctora Onetti, una vieja amiga de la escuela
secundaria había pasado a visitarla.
Raquel M. Onetti, médica y actual titular de la cátedra de
Anatomía I en la Facultad de Medicina de la U.B.A.(Universidad de Buenos Aires),
era una mujer de cabellos castaños, tal vez algo entrada en carnes. Aunque de
una apariencia muy señorial.
Zulma, la gobernanta, había enviado a Ubaldo de inmediato a
la cocina, a preparar dos cafés. El mucamo volvía ahora con dos pocillos y
algunos bocadillos en una bandeja.
--¡Eso tiene que ser más rápido, Ubaldo! –le dijo
teatralmente Zulma, como si reprendiera a un niño.
--Está bien... –dijo la doctora Onetti, mirando al mucamo con
algo de pena--. Lo hizo bastante rápido, pobre..
--Hace una hora que las señoras están esperando –insistió la
gobernanta.
--Perdón, señora –dijo Ubaldo con la mirada gacha.
Mientras dejaba los dos pocillos, los bocadillos, la
azucarera y dos vasos de agua sobre la mesa, y antes que la gobernanta lo
enviara de vuelta a la cocina,
Ubaldo alcanzó a escuchar parte de la conversación de las dos
mujeres.
--No sabés cuánto te lo voy a agradecer, Ana –-estaba
diciendo la doctora Onetti.
--No, Raquel, por favor, para qué somos amigas... –contestó
la señora Anamaría.
Al cabo de un par de horas, la doctora Onetti se había
marchado, al parecer muy contenta. Y de inmediato, la señora Anamaría había
llamado a Ubaldo.
El mucamo se encontraba ahora de pie ante su patrona, con la
mirada gacha y la bandeja en posición --como siempre debía hacerlo, aunque la
misma estuviese vacía.
--Ubaldo, la doctora Onetti me pidió un gran favor –dijo la
señora Anamaría levantando brevemente la vista de la revista de modas, y mirando
fijamente al mucamo--. Y por supuesto, no tuve inconvenientes.
La señora Anamaría se arrellanó en su sillón.
--Me estuvo hablando de sus clases en la Facultad, y se quedó
sorprendida cuando le mencioné tu caso, sabés a qué me refiero. Ella cree que va
a ser muy ilustrativo para sus alumnos y alumnas observar un caso real de
micro... micro... pene. Además de resultar, sin duda, beneficioso para ella,
para su carrera.
La señora Anamaría le dio un par de detalles más, y sin la
menor consideración lo envió de vuelta a la cocina, mientras volvía a
enfrascarse en la revista.
En estado de shock por la noticia, el pobre Ubaldo creyó que
iba a desmayarse.
Pero no pudo hacerlo. La señora Anamaría no le había dado
permiso...
Al día siguente por la mañana, la doctora Raquel M. Onetti
llevó a sus casi cien alumnos de la clase teórica de Anatomía I, turno viernes,
al Hospital de Clínicas --una dependencia de la Facultad de Medicina, cruzando
la plaza Dr. Bernardo Houssay.
Dejó el contingente de alumnos en el hall principal del
segundo piso, y entró en uno de los amplios gabinetes, lleno de vitrinas y
estantes contra las paredes.
--Hola, Ana, qué puntual –dijo la doctora al ver que su vieja
amiga ya se encontraba allí.
Como era de esperarse, ignoró por completo al mucamo.
--Hola, Raquel, todo sea por el avance de la medicina –dijo
la señora Anamaría, muy ocurrente.
Tendido de espaldas sobre una mesa, rojo de vergüenza, ya
estaba Ubaldo, completamente desnudo. Su esmirriado cuerpo no era como para
despertar suspiros entre el sexo opuesto, lo que aumentaba su sentimiento de
humillación. Resignado a su suerte, aguardaba estoicamente a que una enfermera
chiquita y amable terminara de afeitar toda su entrepierna.
Mientras continuaba platicando con su vieja amiga, la doctora
se arrimó a la mesa y ajustándose los anteojos de ver de cerca, clavó su mirada
en los órganos genitales del mucamo. Éste enrojeció aun más.
La enfermera finalmente terminó su trabajo. La doctora Onetti
le agradeció, y la enfermera se retiró.
Ahora, con toda la entrepierna afeitada, Ubaldo podía
observar por primera vez su miembro en toda su pequeñez. Normalmente, el vello
ocultaba prácticamente la totalidad de su pene. Lo que en cierto modo, era una
suerte. Ahora no tenía más remedio que enfrentarse a la realidad de los hechos.
Realmente se veía muy chiquito...
Ubaldo aún estaba en estos pensamientos, cuando la doctora
Onetti abrió la puerta que daba al hall principal, e hizo ingresar al primer
contingente de alumnos.
Unos veinte o veinticinco muchachos y chicas de guardapolvo
blanco —más chicas que muchachos, según le pareció al pobre Ubaldo-- entraron un
poco riendo y atropellándose. Eran unos chiquillos. Hasta unos pocos meses
atrás, aún hacían trapisondas en la escuela secundaria.
Por puro gusto y ostentación, algunos lucían con orgullo,
colgando del cuello, su primer estetoscopio.
Rápidamente rodearon la mesa en torno a Ubaldo. La mayoría de
los muchachos tuvieron la deferencia de dejar pasar adelante a la chicas. Éstas
se acercaron con mucha curioosidad, mirando de arriba abajo al mucamo, para
terminar clavando la mirada en sus órganos genitales, observando el singular
espectáculo.
Rematando unos testículos de apariencia normal, se veía un
pequeño pene, de un tamaño más propio de un niño pequeño que de un adulto.
El mucamo, creyendo morir de vergüenza, sólo atinaba a
intentar fijar la vista en algún punto del cielorraso. Desgraciadamente, no
podía dejar de percibir con el rabillo del ojo, todos los rostros alrededor
suyo. Y mucho menos, dejar de oír los comentarios...
Casi enfrente suyo, al pie de la mesa, dos chicas rubiecitas
se miraban, cuchicheaban, miraban el pequeño miembro del mucamo y se sonreían
por lo bajo.
La doctora Onetti pidió silencio, y comenzó a desarrollar una
introducción general al tema que allí se trataba.
Mientras tanto, la señora Anamaría, muy orgullosa de su
aporte al progreso de la ciencia, se paseaba por aquí y por allá, encontrando
todo aquello por demás interesante.
Terminada su introducción, la doctora consideró conveniente
dejar que la clase se desarrollara a partir de las inquietudes de los propios
alumnos.
Estos comenzaron a preguntar. Algunas de las preguntas,
propias de estudiantes que aun tienen todo por aprender, despertaban comentarios
jocosos por parte de algún compañero ocurrente. De a poco, las preguntas se
fueron enfocando y tornándose más adecuadas y profesionales.
De pronto se abrió la puerta y entró un señor obeso y canoso
de elegante traje gris. Tras dar una mirada al paciente tendido sobre la mesa,
saludó correctamente a ambas mujeres. El hombre, ya mayor, no llevaba
guardapolvo alguno, pero por la deferencia con que la doctora Onetti lo trataba,
era evidente que se trataba de alguien muy importante en el establecimiento.
La doctora Onetti intercambió algunas frases con el hombre,
asintió, y señaló a la señora Anamaría, haciendo las presentaciones.
Ubaldo alcanzó a oír a la doctora Onetti decir:
--"...vicedecano de la Facultad..."
El hombre se acercó a la señora Anamaría y con gran
afabilidad se puso a platicar. La señora Anamaría asintió y volvió a asentir.
Ubaldo alcanzaba a oír retazos de la conversación.
"...la Facultad ha inaugurados sus clases virtuales..."
"...un caso muy interesante..."
"...para nuestra biblioteca virtual..."
"...le quedaremos sumamente agradecidos..."
El hombre saludó cortésmente a la doctora Onetti y a la
señora Anamaría, y se fue, al parecer muy satisfecho.
Al rato, las peores sospechas de Ubaldo se vieron
confirmadas. Entraron dos hombres de guardapolvo blanco, portando sendas
videocámaras, y se entremezclaron entre el grupo de alumnos.
¡Estaban filmando!
Todo lo que allí aconteciera, quedaría registrado para la
biblioteca virtual de la Facultad de Medicina. Por quinta vez ese día, Ubaldo
deseó morir...
Los estudiantes continuaban preguntando.
--¿Puede ir acompañado de otras alteraciones anatómicas?
--preguntó una chica alta y de cabello enrulado, con un tono tal vez
exageradamente profesional.
--Depende de la etiología –respondió la doctora--. En este
caso, al parecer, el resto de la anatomía ano-uro-genital no presenta mayores
anomalías.
Para complementar su respuesta, la doctora Onetti dio una
orden a Ubaldo. Éste sitió tanta vergüenza que a duras penas pudo obligar a su
cuerpo a hacer lo que le ordenaban. El atribulado mucamo tuvo que levantar las
piernas y mantenerlas en alto y separadas, sujetándolas con ambas manos. Todos
los alumnos y alumnas –al tiempo que las vidocámaras buscaban un buen ángulo--
pudieron observar la totalidad de su entrepierna y constatar que el resto de la
región ano-uro-genital del paciente se veía normal...
Ubaldo no creia que fuera posible sentir mayor vergüenza.
Pero sí era posible.
Una estudiante, pequeña y pecosa, carraspeó ligeramente, y al
fin preguntó lo inevitable.
--¡Ejem! ¿Qué tamaño alcanza en estado de erección...?
Ubaldo esperaba que la doctora arriesgara una cifra.
En cambio de eso, la profesional lo pensó un instante, y optó
por lo más sencillo.
--Veamos... –dijo la doctora Onetti.
¡Y con tres dedos de su mano derecha, aprisionó el pequeño
pene de Ubaldo y comenzó a estimularlo!
Con gran profesionalismo, la médica frotaba la parte inferior
del pequeño glande del mucamo. Ubaldo, rojo como un tomate, sentía que todas las
miradas se clavaban en su pequeño miembro, mientras permanecía con las piernas
en alto y bien separadas. La voz de la doctora Onetti había sonado tan
autoritaria que el pobre Ubaldo no se atrevía a bajarlas ni un centímetro. La
señora Anamaría le había dado órdenes rigurosas de obedecer a la doctora Onetti
en todo momento.
Se oyeron algunas risitas, y todos se acercaron aun más, para
observar.
Algunas chicas parecían más interesdas en observar el rostro
del mucamo. Ubaldo intentaba disimular su respiración, que ya empezaba a salir
algo entrecortada.
Cinco minutos después, el trabajo de la doctora había dado
frutos, y el miembro del mucamo había alcanzado su máximo tamaño. En la puntita
del glande, una gotita de líquido preseminal brillaba como una perlita. Se
oyeron muchos comentarios.
En efecto, el pene de Ubaldo, así en estado de completa
erección, difícilmente llegara a cinco centímetros. Ubaldo creyó morir de
humillación.
Para peor, una de las alumnas preguntó:
--¿Es cierto que en algunos casos es aconsejable el cambio de
sexo?
--Sí –contestó la doctora Onetti--. Aunque es una solución
que ha caído casi en desuso.
La doctora continuó explicando.
--En los años setenta, estuvo muy en boga la teoría de que el
sexo psicológico no era algo que viniera predeterminado genéticamente, sino el
resultado de la interacción del individuo con el medio, y con su propio cuerpo.
En algunos casos de micropene, se recomendaba asignar el sexo femenino al bebé,
e intervenir quirúrgicamente, para que el mismo creciera como una niña...
Al cabo de quince minutos, los estudiantes comenzaron a
abandonar el gabinete. Y dejaron la habitación vacía para la entrada del
siguiente contingente de alumnos.
El pobre mucamo debió volver a vivir toda la situación, más o
menos en los mismos términos.
Y luego entró otro contingente más. Y otro, y otro...
¡Y aun restaban, para la próxima semana, los alumnos del
turno lunes, martes, y jueves! El pobre Ubaldo apenas podía pensar en lo que le
aguardaba...
Las cosas no mejoraron al dia siguiente, sábado, para el
pobre Ubaldo.
Eran las cinco de la tarde, y la señorita Florencia se
hallaba en el amplio jardín, echada sobre una reposera al borde de la piscina,
dejando que los rayos del sol besaran su magnífico cuerpo en brevísima bikini.
Como tantas veces, Ubaldo se hallaba arrodillado ante su
joven ama, haciéndole una meticulosa pedicure, mientras la señorita Florencia
bebía su tercera copa de champán. Munido de piedra pómez, limas, tijeras,
palitos de naranjo, cremas humectantes, quitaesmalte, esmaltes y mil cosas más,
el mucamo procuraba realizar a consciencia su trabajo. La señorita Florencia no
le perdonaba la menor imperfección.
En ello estaba, cuando una bonita muchacha pelirroja,
ligeramente vestida con un top verde manzana y un ajustado shorcito blanco,
apareció en el jardín.
Rosario era la novia del señor Emanuel. Se acercó a Florencia
y las posibles futuras cuñadas se dieron un beso. La muchacha se sentó
indolentemente en una de las reposeras, echando a un lado las chinelas.
Como era habitual, ignoró por completo al mucamo. Éste se
hallaba allí abajo, esmerándose en la pedicure, para no provocar el enojo de la
señorita Florencia. Rosario llenó una de las copas y bebió con fruición. El día
era realmente agobiante.
Dos horas después llegaron otras dos muchachas a quienes
Ubaldo veía por primera vez.
Alejandra y Erika volvían de trotar por la plaza Mitre y las
cercanías del Club Náutico. Las dos muchachas eran el día y la noche.
Alejandra era una rubicunda chica de cabello lacio e
impactantes ojos aguamarina. Tal vez algo regordeta, aunque los trotecitos junto
a Erika la iban estilizado día a día.
Erika era lo opuesto. Una muchacha longilínea, de apariencia
atlética y piel morena. Era un día de mucho calor, y ambas estaban con
musculosa, pantaloncito corto y zapatillas.
Todas se saludaron y besaron, y se acomodaron en senda
reposeras. Las cuatro concurrrían al mismo gimnasio, y se las veía espléndidas.
Ya Ubaldo había pasado a trabajar en los pies de Rosario. De
pronto, los oídos del mucamo comenzaron a escuchar algo que decía la señorita
Florencia.
Lo último que Ubaldo hubiera querido escuchar...
Para gran desesperación de Ubaldo, la señorita Florencia, que
ya estaba con alguna copa de más, había comenzado a contar a sus tres amigas,
con lujo de detalles, la clase de anatomía que había tenido al mucamo por
principal protagonista.
Por la cantidad de detalles que la señorita Florencia iba
describiendo, era evidente que su madre le había contado pormenorizadamente todo
lo sucedido. Las cuatro muchachas reían, mirando de vez en cuando al sonrojado
mucamo, que seguía allí abajo, espmerándose en los pies de Rosario.
Como esa noche todas tenían planes para salir, la señorita
Florencia invitó a Alejandra y Erika a que aprovecharan para arreglarse ellas
también los pies.
Alejandra, muy contenta, se sacó zapatillas y medias y plantó
los pies ante la cara del mucamo, moviendo ostentosamente todos los deditos,
ahora liberados de su prisión. Hay que decir que era un bochornoso día de calor
y humedad, y despues de haber estado horas trotando por toda la zona costera de
San Isidro, ambas muchachas tenían sus pies más que transpirados. Cosa que la
nariz de Ubaldo pudo percibir con toda nitidez.
En esto estaban, cuando llegó Walter, el novio de la señorita
Florencia --un robusto muchacho, jugador de rugby de la segunda división del
club C.A.S.I. de San Isidro. Casi al mismo tiempo apareció el señor Emanuel, el
hermano de la señorita Florencia.
Se hicieron las presentaciones pertinentes, y todos se
sirvieron más champán. Walter se hizo un espacio al lado de la señorita
Florencia, y Emanuel ocupó un lugarcito al lado de su prometida Rosario.
Pero aún faltaba lo peor para Ubaldo.
Mientras éste trabajaba ahora en los pequeños pies blanco
rosados de Alejandra, la señorita Florencia --ya evidentemente pasada de copas--
tuvo una ocurrencia.
--Ubaldo, bajáte los pantalones y el calzoncillo, que Erika,
Alejandra y Rosario quieren ver tu pitito.
Ubaldo se quedó de una pieza.
--¡Vamos, rápido, Ubaldo! –dijo la señorita Florencia
elevando teatralmente la voz, poniendo cara de enojada, y enfatizando sus
palabras con enérgicos golpes en el apoya-brazos.
El atribulado mucamo, no tuvo más remedio que ponerse
inmediatamente de pie, y allí mismo empezar a aflojarse el cinturón. Lo fue
haciendo con manos temblorosas, hasta que pantalones y calzoncillo quedaron
arrollados a la altura de sus rodillas.
Rosario, Alejandra y Erika, era la primera vez que veían algo
así, y parecían encantadas.
Alejandra estiró graciosamente un pie y con el dedo gordo se
puso a golpetear el pequeño miembro. ¡Pif, pif, pif!
--¡Es una verruguita, prácticamente! –dijo divertida, lo cual
provocó la risa de chicas y muchachos.
--¿Quieren verla bien parada? –dijo la señorita Florencia,
entre los vahos del champán--. Da pena...
Ubaldo apenas podía creer que todo ello estuviera pasando. Ya
no sabía como alojar dentro de sí tanta humillación.
--A ver, Ubaldo, masajeáte hasta que se te ponga dura, como
hizo la doctora Onetti ayer –dijo la señorita Florencia--. Que acá las chicas
quieren verla paradita.
Ubaldo, casi empezando a hacer pucheros, empezó a llevar muy
lentamente su mano hacia su entrepierna.
--¡Vamos, Ubaldo, estamos esperando! –rugió malhumorada la
señorita Florencia.
El pobre mucamo empezó a estimular lenta y torpemente su
pequeño miembro.
--¡Más rápido, Ubaldo, como si no lo hicieras seguido...!
–continuaba azuzándolo la señorita Florencia, ante la hilaridad de las chicas.
Ubaldo se esmeró y esmeró y, de a poco, el diminuto pene
empezó a adquirir consistencia. El jolgorio que hacían todos, en especial las
muchachas, debía de oírse en la casa vecina... La señorita Florencia continuaba
acicateando al pobre mucamo, que nunca se había sentido tan desdichado.
Cuando su pequeño pene se puso bien duro, todos se dedicaron
a observarlo y a hacer comentarios.
Alejandra no creía que midiese más que un par de centímetros.
Rosario arriesgó cuatro centimetros, tal vez cinco.
Ubaldo sólo atinaba a mirar hacia abajo, colorado como un
tomate.
--¿No podrá crecer un poco más? –tuvo la ocurrencia de
preguntar Rosario.
--¡A ver, Ubaldo, otra vez, vamos! –dijo la señorita
Florencia batiendo palmas.
Ya totalmente resignado a la situación, el pobre Ubaldo
empezó a masajear nuevamente su modestísimo instrumento.
--¡Con más entusiasmo, Ubaldo! –dijo la señorita Florencia.
Tanto acicateó, fustigó y azuzó la señorita Florencia al
pobre mucamo, que éste no pudo controlar sus movimientos.
De pronto comenzó a temblar y a sacudirse en todas
direcciones hasta casi perder el equilibrio.
Finalmente dijo: "¡Urrrfffffff....!". Y su humildísima
herramienta comenzó a expulsar una leche blanco grisácea, algo amarillenta.
¡Splat, splat, split...! ¡Splat! Varios círculos blancuzcos
quedaron diseminados por el piso.
--¡Pero...! ¡Ubaldo, mirá el enchastre que hiciste! –dijo la
señorita Florencia, como si reprendiera a un perro que acabara de hacer pichín
en el parquet recién encerado.
Las chicas se desternillaban de risa...
--Perdón, señorita Florencia... –sólo atinó a musitar el
atribulado mucamo.
--¡Pero che, qué asco...! –exclamó aparatosamente Rosario,
más divertida que contrariada.
--¡Andá inmediatemante a buscar un trapo y limpiá eso! –dijo
la señorita Florencia--. ¡A ver si todavía tenemos que pisar tu porquería...!
--Sí, señorita Florencia –fue todo cuanto pudo decir Ubaldo,
al tiempo que se levantaba los pantalones como podía y se dirigía rápidamente
hacia la cocina.
Sesenta segundos después, Ubaldo, todavía con los pantalones
semicaídos y el calzoncillo quién sabe por dónde, apareció con un balde con agua
y un trapo de piso.
--¡Eso tiene que ser más rápido, Ubaldo! –dijo la señorita
Florencia.
--Perdón, señorita Florencia... –balbuceó el mucamo, al
tiempo que se arrodillaba y empezaba limpiar los círculos de semen, sin tiempo
ni de subirse un poco los pantalones.
--¡Rápido Ubaldo, que no tenemos toda la tarde! –volvió a
rugir la señorita Florencia.
--Sí, señorita Floencia –dijo jadeando el pobre Ubaldo,
fregando y fregando el piso en cuatro patas, con el trasero humillantemente
expuesto a la suave brisa de la tarde.
Todos reían, bebidos y achispados, mirando al pobre mucamo.
Ubaldo terminó, llevó el balde de vuelta a la cocina, y a una
orden de la señorita Florencia, retomó la faena de embellecer los pies de
Alejandra.
Al poco rato, cayeron dos muchachos a quienes Ubaldo también
veía por primera vez.
--Che, por fin las encontramos, nos dijeron que podían estar
acá.
Eran Rolando y Polo, los noviecitos de turno de Alejandra y
Erika. Se hicieron las presentaciones corespondientes, y la señorita Florencia
envió a Ubaldo en busca de copas y más champán y hielo.
El mucamo volvió con lo que le habían ordenado, y volvió a
arrodillarse para continuar con su faena.
Terminó con los pies de Alejandra, y comenzó a arreglar los
pies de Erika, de hermosos dedos rectos y delgados.
Rosario, ya bien achispada por el champán, lo veía
esmerándose en los pies de la bella mulata.
--Ya a esta altura, Ubaldo nos puede reconocer con los ojos
cerrados, por el olor de los pies. ¡Ja, ja, ja...!
Lo cual no era del todo equivocado, al menos en lo
concerniente a la señorita Florencia, a la señora Anamaría y a la propia
Rosario...
Rosario rubricó su frase, posando un pie descalzo sobre la
cabeza del mucamo, y revolviéndole el ralo cabello.
Todos rieron y continuaron platicando y bebiendo.
Alejandra y Erika, con sus respectivos noviecitos, se fueron
una hora después. Las dos muchachas estaban más que contentas de tener sus pies
bien arreglados para la noche.
La señorita Florencia, su novio Walter, el señor Emanuel y su
prometida Rosario, decidieron no salir, y aprovechar la ausencia de sus padres
--y de la gobernanta Zulma, que se despidió hasta el lunes-- para disponer esta
noche de toda la casa.
Solícitamente atendidos por Ubaldo, cenaron, miraron una
película que habían alquilado y jugaron un rato a las cartas. Finalmente, las
dos parejas se retiraron a las habitaciones para disfrutar de una noche de sexo.
Después de levantar la mesa, lavar, limpiar y ordenar todo
hasta dejar la casa impecable, Ubaldo también se pudo retirar a su pequeña
habitación.
Ya metido en la cama, intentó dormir. Pero el recuerdo de las
cuatro espléndidas muchachas tendidas en las reposeras, volvía una y otra vez a
su mente.
Al final, luego de horas de intentar conciliar el sueño, hizo
lo que solía hacer para tener --él también. de vez en cuando-- una noche de
sexo.
Tomó su diminuto miembro y, con una habilidad de muchos años,
empezó a estimularlo...