Llevaba seis días
ingresado en la UVI del hospital comarcal, donde fue trasladado de urgencia
después del accidente, cuando los médicos, al ver que había salido de la extrema
gravedad, decidieron trasladarlo a planta.
Le habían operado urgentemente de los destrozos que le causó
un trozo metálico de un asiento roto del autobús en que viajaba, que se le hincó
en el vientre y afectó al hígado y bazo. Después de los dos ojos para extraer
los trozos de vidrio de los cristales rotos que se le habían clavado en las
córneas, que dejaron cubiertos de gasas y finalmente cuidaran sus manos quemadas
que vendaron totalmente.
La enfermera que le acompañaba por los pasillos del hospital,
pegada a la cama, mientras los celadores la empujaban, atendía que las muchas
vías conectadas a frascos atados a sus largueros no se soltaran de las vías que
tenía introducidas en sus antebrazos, porque aun perduraba la gravedad del
enfermo.
Al llegar a la habitación asignada, colocó la cama de Adolfo
en su sitio, preparó y enchufó a ella varios racores que salían de la pared,
tomó después la tablilla que colgaba de la cama contigua, leyó el nombre del
enfermo que la ocupaba e inclinándose, le dijo en voz baja.
- Veo se trata del muchacho que te sacó de aquel infierno.
Sé que fue él porque estaba en la recepción de urgencias cuando os trajeron a
los dos en la misma ambulancia. La casualidad parece que os ha vuelto a unir de
nuevo.
Puso después a su alcance los elementos de llamada por si los
necesitaba utilizar y que por su actual ceguera, le habían tapado los ojos con
un fuerte vendaje después de la operación, no podría encontrar por sí mismo y
siguió diciéndole.
- Este tirador que coloco a la derecha es para llamar a la
enfermara de planta y este de la izquierda enciende y apaga la luz
correspondiente a tu lado de la habitación, perdona es por la costumbre, tu no
necesitas este último por ahora - se disculpó azorada y siguió.
Habías quedado aprisionado entre los asientos destrozados del
autobús, con un trozo de tubo metálico clavado en la zona del estómago y sin
vista, porque se te habían clavado multitud de cristales en los ojos. Debiste
perder después el conocimiento por el golpe o el shock.
El que había caído a tu lado, aunque muy aturdido, parece ser
que no perdida totalmente la consciencia, antes de salir y pensar en salvarse
él, miró si podía ayudar a alguien. Te agarró y arrastró. El hecho que tengas
las manos quemadas significa que ya se había incendiado el autobús cuando te
sacó de él.
Os ayudaron después. Os metieron juntos en la misma
ambulancia Recuerdo que el que va a ser tu compañero de cuarto decía solamente
"Salvarle, está muy mal". Debe de tratarse de una buena persona o él no era
consciente de sus heridas.
Adolfo notaba que su mente no se encontraba muy lúcida,
acababa de salir de la suma gravedad de la UVI y le costaba pensar con claridad.
Había permanecido completamente sedado y todo lo que ve o le dicen ahora le
parece nuevo. Tampoco recuerda como sucedieron los hechos durante aquella mañana
fatídica. A su cerebro solo regresa lo pasado antes del accidente. Como todos
los días, al levantarse, había andado retrasado, porque trasnochaba mucho y
apuraba el escaso tiempo de descanso que se concedía, quedándose hasta el último
minuto en la cama.
Funcionó como un zombi durante un largo rato, desayunó de
pie, a la carrera, y de esa misma forma llegó hasta la parada del autobús que le
llevaría al trabajo. Se sentó en uno de los asientos libres que encontró y cerró
los ojos para poder adormilarse nuevamente hasta llegar a su destino. Su mente
se niega a decirle lo que pasó después.
Quedó pensativo y aunque intentó dar muestras de haber
entendido lo que la enfermera le había contado, en realidad no lo había
asimilado en su totalidad, solo sacó en consecuencia que debería dar las gracias
a alguien que le había salvado en una situación comprometida, por lo que muy
confuso, solicitó su ayuda antes que marchase.
Tendría que darle las gracias a esa persona que hizo eso por
mí ¿Dónde está ahora? - preguntó con una voz aun muy débil, girando su
cabeza por la habitación como intentando buscarla en su ceguera.
Espera un momento pregunto a la compañera que te va a cuidar
en lo sucesivo.
Esperó a que se acercaran y hablasen los que entraron a los
pocos minutos en su cuarto. Se trataba de la misma enfermera que esta vez venía
acompañada de un muchacho joven, que por tener la pierna izquierda escayolada
hasta la rodilla, se apoyaba, cojeando, en una muleta metálica. Tenía también el
brazo izquierdo vendado y en su cara aparecían las costras de una quemadura
reciente que parecía estar ya curándose.
Este es tu salvador y desde ahora tu compañero de habitación
- miró de nuevo la tablilla que pendía de la parte posterior de la cama y
añadió - tiene 18 años y se llama Aníbal.
El presentado como Aníbal acercó instintivamente su mano
hacia Adolfo para saludarle, pero la retiró de inmediato al comprobar que éste
tenía las dos totalmente vendadas y que no podía verle al tener sus ojos
cubiertos de gasas.
Gracias, muchas gracias. Siento no poderte ver, ni cruzar mis
manos con las tuyas, me siento además de ciego, muy débil, pero me dicen vivo
gracias a ti.
No tiene importancia, lo mismo hubieras hecho tú en mi lugar
- el recién llegado quitó importancia a su heroica acción.
-o-o-o-o-o-o-
Adolfo
es un joven rubio, alto, fuerte y bastante
atractivo, tiene también 18 años, los acaba de cumplir hace menos de un mes. No
sabe en que ciudad o región de España nació, aunque se imagina fue en Almería
porque allí pasó su infancia en un colegio para niños abandonados por sus padres
al nacer.
Las retrógradas leyes sobre adopción que rigen en España,
evitaron fuese adoptado y permitirle vivir normalmente con una familia.
Pretendiendo ser defensoras de lo que denominan "la unidad familiar" esperan
hasta que el niño, puesto en brazos del estado, tenga siete años para que,
arrepentidos sus padres, vuelvan por él, mientras, solamente puede ser acogido.
Los que le acogieron, cobijaron y enseñaron a Adolfo fueron
las cuidadoras del centro María Reina, especial para niños hasta los diez años y
después, maestros y educadores estatales en otro centro similar, también
dependiente del estado, ubicado en Málaga, hasta que cumplió los quince años.
Enseñar no es la palabra adecuada que hicieron los servicios
sociales españoles con él, porque si bien es verdad que aprendió, a costa del
estado, en el tercer centro en que vivió, ya en Madrid, donde fue trasladado al
cumplir los dieciséis años, el oficio de cerrajero, que ahora le está
permitiendo salir adelante, también desarrolló en su carácter, al convivir en
estos sitios, multitud de aptitudes y taras negativas.
El sentido ético del bien y del mal suelen estar subvertidos
en estos sitios. Amigos son tus compañeros, enemigos los que mandan, bien es lo
que te agrada o te concede algo, mal es lo contrario, lo que te limita libertad
o prohíbe conseguir lo que te gusta. Se desarrolla hasta el infinito la técnica
del disimulo, haciéndote guardar en tu interior, sin exteriorizar las
manifestaciones, tanto las agradables como desagradables. Destaca no el más
inteligente sino el que más fuerza posee y si no formas parte de un grupo, que
por si mismo desarrolle un sistema de defensa, estás perdido.
De las tres instituciones por las que había pasado, solamente
del María Reina mantiene Adolfo recuerdos agradables. En el centro malagueño
tuvo que aguantar, sin abrir la boca, los desmanes de los de más edad, la
delación era el principal pecado que podía hacer un chico allí. Se tomaba o
disfrutaba de lo que la fuerza, inteligencia o engaño te permitían. Cuando fue
creciendo, él realizó lo mismo con los que fueron llegando. Era la ley en aquel
lugar.
Contrariamente a lo que pretenden conseguir los que estudian
y planean la manera de educar en los internados españoles, el contacto constante
con el grupo le hizo ser solitario, la disciplina en que le criaron, desarrollar
una fuerte resistencia hacia todo lo que tenía que ejecutar por obligación y los
castigos que recibió un insolente aguante ante los golpes, lo que unido a la
fuerza física que la naturaleza le concedió y a su innato deseo de destacar, le
convirtieron siempre en uno de los gallitos del centro en que vivió y también en
uno de los más castigados.
-o-o-o-o-o-o-
Son muchas las
necesidades de un enfermo postrado en la cama, pero si éste además no dispone de
la vista y de sus manos, todas deben de ser cubiertas por quien esté cercano.
Cuando nos faltan las fuerzas o cualquiera de nuestros
sentidos queda anulado o debilitado, es cuando comprobamos la necesidad de ayuda
de un semejante. Normalmente en los hospitales estas funciones las ejecutan los
allegados que acompañan al enfermo, pero en el caso de Adolfo, durante el tiempo
que llevaba ingresado, nadie del exterior, que él justificó pensando que sus
amigos no sabían del accidente, se acercó hasta su lecho.
Durante la primera noche fuera de la UVI sus sueños fueron un
continuo delirio, pues a cada momento, gritaba excitado fuera de sí.
¡Te dije que esa maldita gente no debería haber salido de su
tierra!, ¡Dale fuerte a ese asqueroso negro!, ¡Déjame el bate, quiero golpearle
yo! ¡Cuidado! ¡Los cobardes intentan huir! ¡No deberíamos haber permitido que
llegasen hasta Europa que es blanca!
Aníbal, su acompañante de habitación, sacó la conclusión que
soñaba encontrarse en una de las razzias de apaleamiento que se organizaban
contra los emigrantes en la periferia de la ciudad y para evitar que la
enfermera de planta, saturada de trabajo, acudiera continuamente, le sostenía el
arqueado y tembloroso cuerpo contra la cama, hasta que conseguía apaciguarle y
pudiese descansar durante un rato.
- Calma, calma ya pasó todo - se oía decirle y ya
calmado - Descansa un rato.
Pero su cerebro, libre de las drogas en que le habían tenido
sumido en la zona de cuidados intensivos, se desbocaba de nuevo a los pocos
minutos.
-Que esa escoria se marche, huya, nos tenga miedo y sepa de
una vez que no les queremos aquí.
- Tranquilo, descansa - le tranquilizaban de nuevo.
Despertó algo más tranquilo al día siguiente y al encontrar a
Aníbal junto a su cama, intentó conocer hasta que punto la retirada de drogas le
había afectado a la funesta costumbre de soñar en alta voz, cosa que le ocurría
desde niño, cuando al acostarse, se encontraba muy excitado o preocupado.
Me parece que he hablado mucho durante la noche. Solo
recuerdo que he soñado que salíamos a machacar a los cabrones de los negros -
dice a su compañero, más como una afirmación que como una pregunta,
- Efectivamente no creo te gustan mucho - oyó le
contestaba.
- Reniego de ellos también cuando estoy despierto. Los odio
con toda mi alma.
El que Aníbal supiese que odiaba a los negros no le preocupó
demasiado, pero temía haber hablado de algo que no quería que aquel desconocido
conociese de él.
- ¿He soñado algo más? - siguió preguntando muy atento a
la respuesta.
Nada importante - contestó éste evasivo.
Pareció tranquilizarse al no poder ver, por la gasa que
cubría sus ojos, la socarrona sonrisa, que el de la cama de al lado, tenía
dibujada en su rostro.
Aníbal no había querido decirle las otras manifestaciones que
también hizo en sus delirios.
¡Aprieta el culo maricón de mierda que se me sale la polla!,
¡Basura, muévete y ayuda a correrme!, ¡Te está follando todo un hombre! ¡Aquí el
único invertido, maricón, gay, basura y enfermo eres tú, hijo de puta! ¡Querías
te pagase! ¡Toma! ¡Toma!. . . . ¡No huyas maricón!. . . .
La mente de Adolfo vuelve al tema de los negros intentando
justificar las palabras que pronunció durante su sueño.
- ¿Quieres saber qué me pasó con un negro? - preguntó al
pronto y sin esperar respuesta, comienza a contar.
- Si te hubiera ocurrido a ti también los odiarías. Solo
llevaba unos meses en un colegio de Málaga, donde me trasladaron cuando cumplí
los diez años. Un día que estaba solo sentado en uno de los rincones del patio,
fui apresado por tres chicos mayores, que me taparon la boca y trasladaron en
volandas, hasta unos retretes que había en ese lado.
Allí, mientras dos de ellos me sostenían y evitaban gritase,
el único chico negro que el centro había recogido de entre los emigrantes de una
patera que llegó a su puerto, me violó. Nunca he podido apartar de mi mente
aquellas manos, aquella asquerosa piel, aquella polla grande, dura y negra que
me quemó las entrañas, mientras lloraba lágrimas de sangre. Tuve que tragarme la
vergüenza y el dolor, sin poderlo denunciar. Venía de otro centro similar y
sabía lo que hacen en esos sitios a los chivatos.
El recuerdo de aquel acto me ha perseguido siempre, fue
durante mucho tiempo mi constante pesadilla, tuve que tragarme el terror que
sentía cuando me veía obligado a atravesar, sin compañía, los largos y oscuros
corredores y pasillos de aquel gran caserón y también el motivo de mis inquietos
y terroríficos sueños que se produjeron todas las noches a partir de ese día.
Desde entonces odio a los negros, su sudor me produce vómito
y su vista, deseos de vengar aquella humillación.
- Lo que hizo uno no tienen por qué pagarlo todos los
demás - fue la respuesta de su acompañante.
-o-o-o-o-o-o-
Lo que Adolfo contó a
su compañero de habitación era verdad, pero en la actualidad no podía asegurar
fuese la causa principal que motivase en él ese odio tan profundo hacia los
negros. Había "algo" que también estaba presente constantemente en su cerebro y
no deseaba contar.
Viviendo en un centro, en el que se mezclaban muchachos de
diversas edades, los actos sexuales son conocidos desde muy temprana edad.
Adolfo no fue una excepción. Como todos los chicos, en esos años que se conocen
de oídas los gozos sexuales, pero el cuerpo, muy tierno aun, no participa de
ellos, esperaba con el ansia normal del pequeño, que nota va creciendo y
acercándose a la edad de poder sentir los placeres que sus compañeros, por las
noches en el dormitorio comunal, narraban a gritos lo que sentían, a la vez que
frotaban sus empinadas pollas, imaginando depositaban en el coño de mujeres el
semen que salía al exterior.
Se hizo hombre sin haber cumplido los trece años y cuando
esperaba poder realizar y gozar lo que sus amigos aseguraban, surgió en él un
problema que atormentó su adolescencia, al notar que su incipiente deseo sexual
le inclinaba, no a follar chicas, como todos allí decían, sino coger a chicos,
es decir a la homosexualidad.
Odió, mientras escondía y callaba estos diferentes y no
esperados sentimientos sexuales que germinaban en su cuerpo, que conocidos allí,
hubieran ocasionado un desprecio, separación total de la principal camarilla a
la que pertenecía en el centro, insultos continuos de los demás y quizá alguna
paliza al no sentirle protegido.
Fue entonces cuando en su cerebro germinó la idea que esa
extraña inclinación sexual procedía de la violación que le hizo llorar
desconsoladamente durante los días que tardaron en curarse los desgarros que su
orto recibiera y vivir con el terror constante que pudiera volverse a repetir,
mientras el chico negro no fuera trasladado a otro centro, cosa que tardó casi
un año en suceder.
Lo que le hizo que el odio hacia esa raza creciera hasta el
infinito fue cuando comenzó a notar que su sucia mente, buscando alicientes
sexuales que le sirvieran para pajearse, en vez de rechazar los amargos
recuerdos de la violación, los lloros y el miedo pasado, en los momentos
calenturientos en los que su recién nacida sexualidad le pedía ayuda para
obtener el placer de correrse, rememoraba, para deleitarle, aquella maldita
escena del retrete.
Sentía encima de él la negra piel del mismo joven, la dura y
negra polla, que le atravesó durante la violación, la que penetraba nuevamente
en su orto y llegaba hasta sus entrañas, las manos que le sobaron, las que
frotaban nuevamente su pene, aquella boca de gruesos labios, la que le besaba
nuevamente y el mismo semen blanco y lechoso, que escurrió en aquella violenta
ocasión por sus piernas, el que deseaba en el asqueroso ensueño degustar.
La dicotomía que se estableció en su mente, entre sus
pensamientos y actos y lo que había considerado el peor momento de su vida, fue
total. En su cerebro se sentía sucio, vicioso y fuera de sí, al comprobar, que
lo que siempre fue lo más asqueroso y terrorífico que le había ocurrido en su
existencia, se transformaba, por la inclinación sexual que la naturaleza le
había concedido, en un suceso de deleite y placer.
Odió su cuerpo, sus deseos, todo lo que le acercaba a aquello
que los demás proclamaban, ante él, de vicio o enfermedad. No deseaba aparecer
ante sus compañeros como vicioso y menos pensasen tuviese alguna enfermedad e
intentó luchar denodadamente contra todo lo que tuviese de aquel sentimiento que
consideraba un estigma que le había transmitido al violarle aquel maldito negro.
A pesar de su constante lucha contra los sentimientos que le
afloraban, no pudo evitar que sus miradas se fueran tras los cuerpos de sus
compañeros cuando aparecían desnudos durante la ducha o se pajeaban en su
presencia y que sus sueños húmedos estuviesen poblados de cuerpos de chicos como
él, pero sí que esta atracción fuera descubierta. Vivía con un grupo que
exteriormente manifestaba un desprecio total a quien sintiese de aquella forma,
donde la hombría se media en el dormitorio por la cantidad de vello púbico, la
longitud de la polla o por los gestos obscenos y manifestaciones de deseo hacia
el sexo contrario.
Su insatisfecha ansia sexual, insaciable a esa edad, le llevó
en algunas ocasiones, cuando les permitían salir de paseo en grupo, a inventar
una disculpa para separarse de sus compañeros con los que quedaba después para
volver de nuevo juntos al centro y en los oscuros jardines del Alcázar
malagueño, donde se comerciaba el sexo, buscar chicos de su edad que calmasen
sus hormonas.
Estos escasos momentos de escape sexual que se proporcionaba,
a demanda de la concupiscencia de su cuerpo, eran después odiados, hasta tal
punto, que en más de una ocasión dirigió sus iras hacia el muchacho con el que
había intercambiado su semen, a quien pegó con rabia, descargando en él los
demonios que poblaban su cerebro.
Adolfo si contó a Aníbal algo de como se desarrolló su vida
cuando a los dieciséis años fue trasladado a un centro de Madrid
- Al llegar a ese nuevo colegio me hicieron exámenes
psicotécnicos y me aseguraron estaba dotado para la mecánica. Entre los diversos
oficios que podía aprender elegí el de cerrajero en el que trabajo ahora,
abriendo puertas que se quedan cerradas por olvido o perdida de las llaves, en
una importante empresa del centro de la capital.. Fue dirigiéndome a ella cuando
sufrí el accidente que me tiene ahora postrado en el hospital.
En este tercer colegio, con el fin de prepararnos para la
vida posterior que nos esperaba cuando saliésemos de los cuidados del estado,
nos autorizaban salir de paseo solos, los fines de semana, durante unas horas,
Había aprendido donde fui educado que pertenecer a un grupo
que posea fuerza, te hacía participar de ella e intenté buscar uno afín a mis
deseos.
Pueden ser infinitas las maneras que el hombre tiende a
agruparse con sus semejantes. Las que comparten una afición, sea deportiva,
cultural o de coleccionismo, perfectamente inicuas, son autorizadas. Pero
existen algunas que actúan en la clandestinidad, cuyos mandos permanecen
ocultos, tanto a las autoridades como a sus componentes, tienen un origen
incierto y marcan como consigna principal de su existencia la lucha contra algo.
Se suelen nutrir de personas desarraigadas que creen no
participan suficientemente de la riqueza o bienestar existente a su alrededor,
desvalidas que necesitan la compañía de otros seres fuertes que les cuiden y
protejan, débiles tanto mental como físicamente que se sienten fuertes actuando
en grupo e incluso sádicas que desfogan su escondida tara apaleando a los más
débiles.
Las mentes de los chicos que se crían como lo hizo Adolfo,
sin una familia que les guíe, suelen ser las más fáciles de dirigir hacia estos
grupos revoltosos.
- Encontré rápidamente un grupo xenófobo que compartía
conmigo el odio a los negros a los que me uní en sus razzias nocturnas.
-o-o-o-o-o-o-
Al comprobar las
enfermeras la excitación producida aquella noche, informaron a los médicos,
quienes para evitarle movimientos bruscos que pudieran ocasionar problemas en el
proceso de curación principalmente de sus ojos, le hicieron permanecer los dos
días siguientes sedado nuevamente en la cama. Al estar ausente de la realidad,
no pudo ser consciente de las constantes atenciones que fue recibiendo del que
le había salvado durante la catástrofe de la carretera.
A partir del cuarto día de su traslado a planta, a medida que
al mejorar su salud le fueron disminuyendo la dosis de tranquilizantes, descansó
normalmente, le fue regresando la consciencia, su cerebro pensó ordenadamente y
así empezó a darse cuenta de lo pasado, dónde se encontraba y que sin la ayuda
que recibía no podría valerse.
Se vio involucrado en el accidente del autobús donde sentía
un fuerte golpe, después el vehículo perdía sus frenos y caía finalmente por un
terraplén, que alguien le sacaba de él en el momento que comenzaba a arder,
luego en un centro hospitalario, del que no conocía siquiera su nombre, le
habían curado y ahora se encontraba en una de sus camas con los ojos tapados,
las manos vendadas, con dolores en todo el cuerpo, tomando multitud de
medicamentos y cercano a un chico desconocido que le estaba ayudando en todo lo
que necesitaba.
En los ratos semi lúcidos que comenzaba a disfrutar, pudo
darse cuenta de la manera tan delicada, cariñosa y hasta amorosa con que le
ofrecía la ayuda su salvador y compañero de estancia, quien adelantándose a sus
deseos, le acercaba las cosas que necesitaba, le alimentaba con paciencia, le
cambiaba de lugar en la cama cuando comprobaba se mostraba inquieto y le
entretenía hablándole o leyendo las noticias de los diarios.
- ¿Por qué lo hace? -- se cuestionaba interiormente a la
vez que la aceptaba, cuando notaba la ayuda, pues su mente no concebía que nadie
realizase, por un semejante desconocido a quien nada le unía, lo que aquel chico
hacía con él.
No quiso decirle que había pedido a la enfermera, cuando
Aníbal se había ausentado de la habitación, marcara en su móvil algunos
teléfonos de los que consideraba eran sus amigos en Madrid.
Sintió no solo en su ego, también lacerándole el corazón, la
diferencia de atención recibida de un desconocido que la suerte le había puesto
a su lado, de la de aquellos que consideraba de idearios afines, con los que
había pasado largos ratos de diversión, recorriendo la ciudad, buscando y
persiguiendo emigrantes negros a los que pegar y celebrándolo después, bebiendo
cerveza hasta caerse, cuando la noche había sido propicia y divertida.
Lo que no le leyó ni comentó Aníbal fue que casi al mismo
tiempo que sucedió el accidente del autobús, había ocurrido un luctuoso suceso
en la periferia de Madrid que puso en guardia a la policía.
En una de las macro discotecas del cinturón madrileño, se
había producido una pelea entre un grupo de emigrantes del norte de Africa y
otro foráneo, en la que quedó herido por arma blanca uno de estos.
La venganza del grupo del herido consistió en prender fuego a
un viejo edificio, que quedó totalmente destruido, en el que se habían alojado
un grupo de africanos venidos a trabajar y a labrarse una nueva vida. Murieron
dos emigrantes y cuatro más salieron con diversas quemaduras.
Quizá por eso varios de los llamados no le contestaron al
quedar señalado en su pantalla quien era el llamador, haciéndole ver que su
amistad se circunscribía solamente a las correrías nocturnas siempre que no
hubiese peligro. De los que tomaron el teléfono, la mayor parte fue para colgar
inmediatamente, cuando supieron donde se encontraba, sin siquiera escuchar la
causa del ingreso, creyendo quizá que el estar en un hospital público había sido
causado por alguna pelea que arrastraría una investigación. Hubo uno que le
pidió le llamara cuando saliera curado y comprobase no era seguido por la
policía. El resto se disculpó con viajes o estudios.
Al recordar la manera, que los que creía sus amigos, se
disculparon siquiera de visitarle, le salió un suspiro en alta voz,
- Estoy solo - justificó su soledad.
- Yo también lo estoy, por eso debemos ayudarnos - oyó le
contestaba Aníbal desde la cama donde reposaba - Cuando estamos viviendo un
drama interno y nuestro mundo está pasando por estados de tristeza, miedo,
ansiedad o turbación, nos parece que todos los que tenemos alrededor son
partícipes de los mismos sentimientos y cuando abrimos los ojos a la realidad y
miramos en derredor, nos extrañamos que la vida sigue su rumbo sin nosotros.
Nadie parece habernos echado en falta.
Pero hacía falta que ocurriese algo para que Adolfo cambiase
su opinión y valorase a su compañero. Seguramente había sucedido varias veces
durante el tiempo que estuvo inconsciente sin que se percatara, pero ahora, con
su mente totalmente despierta, le sirvió para saber en toda su dimensión humana,
lo que hacía por él.
Notó la necesidad de evacuar su vientre por lo que intentó
mover, con su mano vendada, el tirador que solicitaba la presencia de la
enfermera. Su acompañante, al darse cuenta, se adelantó a ofrecerle el servicio
que iba a solicitar y poniéndole el sanitario de acero inoxidable, que se usa
para estos casos debajo de su extendido cuerpo, le permitió defecase.
Cuando hubo terminado el acto fisiológico, intentó nuevamente
agarrar el tirador, pero sintió le retenían la mano suavemente, retiraban sus
ropas y delicadamente quitaban de debajo de su cuerpo lo que denominaban "la
chata"
Sintió todos los movimientos que su compañero hizo, pero
sobre todo fue consciente que las manos que le ayudaban parecían demorarse y
acariciaban suavemente toda la zona, mientras le limpiaban.
No quiso mostrar que se daba cuenta, pero su pene, al sentir
las caricias en aquel lugar, comenzó a endurecerse. Al pensar que pudo ocurrir
esto cada vez, que permaneciendo inconsciente, necesitó descargar su vejiga o
vientre, sintió una mezcla de sumo agradecimiento hacia su acompañante y de
extraño placer sexual.
Las siguientes veces, aunque las manos se demoraban cada vez
más tiempo, Adolfo siguió sin mostrar que notaba las caricias, aunque cuando
sentía aquellas suaves manos sobre su piel, notaba que algo viscoso y caliente
circulaba por todas sus venas y que la fortaleza con que defendía, que Aníbal
desconociese su homosexualidad, se tambaleaba.
Ante el exacerbado deseo que estaba surgiendo en cierta parte
de su cuerpo, no solo de ser acariciado sino también de hacerlo él, le costaba
cada vez más dominarse y no declararle el ansia que nacía en sus genitales y que
recorriendo todo su cuerpo, terminaba, como un latigazo, en su cerebro. Llegó a
hacerse sangre al morder sus labios para impedir solicitar continuase
acariciándolo.
La continua y desinteresada amistad que su compañero le
demostraba, el cariño con que le ayudaba y las suaves y tiernas caricias que sus
genitales recibían, fueron derrumbando el dique que Adolfo había interpuesto
entre ambos, hasta que una vez, necesitando ayuda, no intentó tirar de la cadena
que solicitaba la presencia de la enfermera.
-Podrías acercarme "el conejo" - pidió.
Se trataba del frasco de cristal, cuya forma asemeja a ese
animal, que sirve para orinar a un enfermo que no puede levantarse de la cama.
Las manos de Aníbal retiraron las mantas y buscaron en la
abertura del pijama el pene de Adolfo, que sabedor de lo que se avecinaba,
permanecía ya endurecido.
Como es difícil, en ese estado, meter una polla en el agujero
de un frasco, Aníbal paró en su tocamiento, esperando se ablandase.
Hoy no retires las manos, sigue por favor - mostraba
por primera vez que era sabedor de las caricias recibidas y que se mostraba
receptivo a ellas.
No hubo más palabras, no se necesitaban. Las manos de Aníbal
comenzaron a masajear el trozo de carne palpitante de Adolfo.
- Ya sabes, tanto tiempo sin poder hacer esto. .. . -
intentó disculparse de la solicitud.
Aníbal no contestó, solamente sonrió para sí y continuó
pajeando a su compañero hasta hacerle descargar su acumulado semen.
No puedo hacerte lo mismo, ya sabes mis manos. . .- se
disculpó Adolfo de lo ocurrido
¿Desearías hacerlo? - preguntó Aníbal esperanzado.
Pareció que su compañero de estancia dudaba en contestar
porque demoró la respuesta y cuando Aníbal ya no la esperaba, oyó su voz.
- Sí, lo deseo.
Bajó entonces Aníbal sus pantalones del pijama, se acercó al
borde de la cama de Adolfo y con sumo cuidado puso su duro pene entre los labios
que le esperaban abiertos y que comenzaron a chuparlo enloquecidos.
-o-o-o-o-o-o-
Llevan una semana
descansando en el mismo cuarto y desde que se decidió a confesar a su compañero
que deseaba compartieran sus cuerpos, todo ha cambiado para Adolfo.
Las pocas caricias, las muchas frustraciones y los
sentimientos negativos que recibió durante su vida, fueron acumulándose en algún
lugar de su interior y conformando su negativa manera de ser. No tuvo nunca a su
lado buenas personas que le amaran y guiaran adecuadamente. Vivió disimulando
los sentimientos o escondiendo sus reacciones ante los demás por ello terminó
creando una imagen distorsionada de cómo realmente era, apareciendo ante los
demás, como taciturno, desconfiado, pensativo y huraño.
Las repetidas acciones de sexo, compartidas y muy placenteras
que se repitieron en cada ocasión que creían no ser molestados por las
enfermeras. no fueron sin embargo lo que más influyó en la mente de Adolfo para
enamorarse perdidamente de Aníbal, como nunca pensó pudiera sucederle.
Encontró que su nuevo amigo poseía un alma pura y limpia, por
lo que vencido el recelo que le había mantenido callado sobre su manera de
presentarse ante la vida, se rindió a la evidencia y dio cuenta donde estaba su
verdadero amigo, en quien podría, sin miedo, descargar toda su confianza.
Una vez abierto su corazón, rompió el muro que había
construido a su alrededor para no mostrar a nadie los sentimientos homosexuales
que había guardado siempre ocultos, sus insatisfechas ansias de cariño y sobre
todo la total ausencia de amor recibido y aunque aceptó complacido las caricias
genitales, las masturbaciones, los besos, las caricias y las mutuas mamadas, lo
que más deseaba era oír palabras de cariño que no había escuchado nunca, sentir
en su alma que era lo más importante del mundo para otra persona y que tenía
alguien en quien confiar totalmente sin miedo a ser traicionado.
Aníbal quien le había ofrecido en un principio sus ojos y
manos simplemente como una ayuda en aquello que él no podía hacer, supo bucear
en su interior y leer lo que escondía en ese cofre que se llama corazón,
descubriendo entonces la inmensa cantidad de amor acumulado que buscaba alguien
en donde reposar.
Adolfo dudó al principio, no de lo que su amigo le decía,
sino de ser lo suficiente bueno para aquella maravillosa persona que se había
cruzado en su existencia.
Nunca seré como tú que estas lleno de bondad, no he tenido a
nadie que me ame, quizá porque no fui bueno,
-Tu no eres malo, solo una persona que ha pasado por malos
momentos
Es ya jueves, han pasado cuatro días más, están echados sobre
la cama, es la hora de la siesta, saben que las enfermeras, hasta servir la
merienda, se van a despreocupar durante dos horas de aquella habitación. Adolfo
se ha recuperado mucho de sus dolencias, le han desvendado sus manos, que aunque
están horribles, sin reponer la piel que se quemó, no le duelen casi. Está
también casi repuesto de la operación de hígado y bazo y exultante porque le han
indicado, que al día siguiente, por el mediodía, cuando llegue el jefe de
oftalmólogos al hospital, le quitarían las gasas que tapan sus ojos,
probablemente de una manera definitiva, si la operación de extracción de los
cristales había salido bien.
Cariño me destapan los ojos mañana, al fin voy a verte mi
amor. No puedes saber lo que deseo llegue ese momento.
No puede ver el gesto de dolor y contrariedad que nubló por
un momento la cara de Aníbal, quien reponiéndose al instante, comenzó a
acariciarle el rostro mientras le decía.
- Antes que ocurra eso quiero decirte que, aunque haya sido
en un hospital, he pasado aquí contigo los mejores días de mi vida.
Adolfo temblándole la voz por la emoción sentida ante estas
palabras, rogó a su amigo.
- ¿Quieres meterte aquí, a mi lado, en la cama?
- ¿No te produciré daño?
- Me producirás la mayor alegría, será como un aperitivo de
lo que vamos a amarnos y gozar juntos de ahora en adelante - contestó Adolfo
que ayudó a hacerle sitio.
Suavemente Aníbal se metió en la cama, al lado del que
también le hacía latir su corazón.
Fue difícil realizar lo que los dos deseaban, la cama era
estrecha, Adolfo tenía aun imitados los movimientos y Aníbal a cada momento
temía hacerle daño, pero cuando dos personas se aman y se entregan totalmente,
como ellos lo hacían en ese instante, todas las dificultades son superadas.
La polla de Aníbal fue la que penetró en el culo de Adolfo,
porque podía moverse con mayor facilidad, pero fueron las recién descubiertas
manos de éste las que más piel acariciaron y su boca, libre de ataduras, la que
beso y mamó con fruición el pene de su compañero.
Toda mi vida deseé hacer esto, follar con quien me amase.
Sentir que en mi cuerpo entraba, junto con la verga el amor y que juntos me
inundaban de dicha. Antes cuando necesitaba descargar mis genitales lo hacía con
chicos que encontraba o pagaba y durante la cogida, siempre se me aparecía la
picha negra que me desfloró y entonces el acto sexual se convertía en un
martirio.
Sentía entonces, por una parte, la llamada de mis genitales
necesitados de follar, pero por otra, una enorme repulsión hacia aquello que
estaba realizando, pues el cerebro, donde seguían escondidos los asquerosos
recuerdos de la violación, me enviaba recados diciéndome "posees una torcida
sexualidad".
La mayoría de las veces terminaba odiando y pegando al chico
que estaba conmigo.
Ahora todo es felicidad, siento el placer, la alegría y el
gozo no solo en mis genitales, también en el corazón y en ese cerebro que parece
haber finalmente olvidado aquel acto, No noté ninguna repulsión. No recibí
ningún aviso. Tu polla la siento deliciosa. Me has hecho inmensamente feliz ¡¡
Mi vida !!, ¡¡ Mi dios!!
Al correrse ambos, agotados, quedaron quietos, juntos,
pegados, sintiendo compasados latir sus corazones.
De pronto el cerebro, que parecía haberse callado, preguntó.
- ¿Habrá sentido Aníbal repugnancia porque en ese agujero
entró una vez una polla negra?
-o-o-o-o-o-o-
El viernes, antes que
la luz entrase por la ventana, estaban despiertos, nerviosos.
- Será a la una del mediodía cuando me quiten las gasas de
los ojos. Media hora después te veré.
- Se me olvidó decirte, que a última hora de ayer me
comunicaron que durante la mañana me quitarán a mí también la escayola de la
pierna.
- Sería maravilloso nos dieran el alta a la vez. Iremos
directamente a mi casa. No es nada más que una pequeña estancia en el fin de
Madrid, pero estaremos solos y seremos muy felices.
A las once de la mañana dos camilleros se llevaron a Aníbal.
- Empiezan por ti, después me toca a mí - se despidió
Adolfo.
No había regresado su amor cuando los mismos camilleros le
trasladaron a la consulta oftalmológica. Esperó tumbado en una camilla un largo
rato a la espera del médico jefe y cuando este llegó, ya todo preparado,
oscurecieron la habitación y con cuidado le fue quitada la gasa que le cubría
los ojos.
Parece que están perfectos, ni un solo rastro de cristal, dos
o tres días de reposo aun y después a casa - oyó decía el médico al terminar
la inspección de su vista.
- ¿Me van a tapar de nuevo los ojos? - preguntó
expectante.
- No es necesario, están restablecidos perfectamente.
Cuando volvía por los pasillos hacia su habitación le
estallaba el pecho, se daba cuanta que veía de nuevo, pero no podía disfrutar
solo del momento, pensar nada más que en compartirlo con Adolfo, su amor, su
compañero para lo que le restaba de vida.
Quedó desalentado cuando al entrar comprobó no estaba aun en
la estancia.
No ha regresado aún - se dijo.
Colocó una silla frente a la puerta de entrada, para verle en
cuanto esta se abriese y se sentó en ella.
Le pareció que estaba pasando demasiado tiempo desde que se
llevaron a Aníbal para quitarle el yeso de su pierna.
-¡Lo que tardan esos pesados!, si conocieran mis deseos de
verle lo harían con más rapidez.
Permanecía sentado aún en aquella silla, cuando la auxiliar
de la planta entró con la comida. Rápidamente comprobó que portaba una sola
bandeja.
-¿Mi compañero de habitación? - preguntó alarmado.
- ¡¡ Ah el chico negro !!, creo le han dado de alta a media
mañana, nos comunicaron no trajésemos su comida hoy.
Nota del autor
No he querido decidir el final de este relato. Dejo a mis
lectores escriban, en su mente o en un mail y lo recibiré agradecido, el que
consideren más adecuado.
-o-o-o-o-o-o
Me permito incluir aquí el final que un amigo, después de
leer el relato, me envía.
-o-o-o-o-o-o
Fue como una bofetada.
Tardó varios minutos en asimilar las palabras de la
enfermera.
Toda su felicidad, sus ganas de verle, sus ganas de abrazarle
desaparecieron. ¡Aníbal es… negro!
Era mucho. Para una vez que le salían bien las cosas, y
resulta que, la persona de la que se había enamorado en las últimas semanas, la
única persona que se había preocupado por él en su vida… era negro. Y él, odiaba
a los negros. Les pegaba. Les machacaba la cabeza. Uno de esos apestosos negros
que tan mal olían, le violó cuando era más pequeño. Y resulta que, Aníbal, era
negro. Menos mal que se había ido. Sino le hubiera roto su puta cara de negro
hijo de puta.
Se levantó nervioso de la silla. Empezó a dar grandes
zancadas por la habitación del hospital. De vez en cuando, se frotaba los ojos
que el oftalmólogo le acababa de descubrir. Le había dicho que intentara no
frotárselos… pero no lo podía evitar. Aceleró los paseos arriba y debajo de la
habitación. Ya no pudo contenerse… y empezó a dar puñetazos en la cama. Y empezó
a llorar.
Toda su vida había luchado contra él mismo. Se había negado
que fuera homosexual. Lo había negado en sueños, lo había negado despierto, lo
había negado con el pene en la boca de alguno de esos desgraciados… a los que
luego linchaba. Porque eso en su mundo, en el mundo que le rodeaba, no era
posible.
Pero llegó el puto accidente. Llegó el puto Aníbal. Y todo lo
cambió. Era mejor que le hubiera dejado en el autobús y haber muerto allí.
El odiaba a los negros. Le repugnaban. No podía consentir
enamorarse de un negro. Mal que hubiera aceptado que le gustaban los hombres…
pero negros… ¡no! ¡Nunca! Olían mal. No tenían ninguna consideración. Eran seres
a los que había que machacar… como le decían sus amigos cuando iban de caza las
noches de los viernes. O de los jueves.
Adolfo se levantó de la cama. Seguía furioso consigo mismo.
Volvía a recorrer nervioso la habitación. Sus ojos estaban rojos, húmedos.
Seguía sin poder creerlo… que tuviera tan mala suerte… ¡Ójala se hubiera muerto
en el accidente! Y dio una patada a la pata de la cama. E iba a dar un puñetazo
a la pared…
- ¡Hola!
Se paró en seco.
Era su voz.
Había vuelto.
Cerró los puños. Cerró los ojos sin girarse. Era su
oportunidad. Le debía partir la cara, su cara de negro, sus labios de negro…
esos labios que le había hecho gozar estos días de dolor… le debía partir los
brazos… esos brazos que le habían movido en la cama cuando el no podía hacerlo
por sí solo… le podría partir cada uno de los dedos de las manos… esas manos
que, le había limpiado tan delicadamente cuando había hecho sus deposiciones,
que le habían acercado el orinal, el conejo, el vaso de agua, que le habían
masajeado sus ano, sus testículos, su pene… que le habían dado un masaje para
que la espalda le dejara de doler de tanto estar en la cama… que le habían
ayudado a ponerse las zapatillas, cuando empezó a dar pequeños paseos… y siempre
le cogía de la mano para guiarle… y eso que Aníbal iba cojeando, que tenía una
pierna escayolada… le debería partir esas piernas que acababan de curarse… esa
pierna escayolada que, no había sido impedimento para que hicieran el amor en la
cama, en su cama… para que Aníbal consiguiera penetrarle con tanta dulzura… para
que le hiciera sentirse tan bien, para que le hiciera gozar como nunca en sus 18
años lo había hecho… y le debería cortar esa negra polla… que había entrado
dentro de él, de su blanco culo… sin hacerle daño… con tanta delicadeza… con
tanto amor…
- Adolfo, tus manos…
Se miró las manos… estaban sangrando un poco… se dio cuenta
que le dolían mucho y se mareó. Antes de que Adolfo cayera al suelo, Aníbal
corrió y le agarró en sus brazos. Le acercó a la cama. Le acomodó dulcemente,
como tantas otras veces había hecho estas semanas atrás. Fue a la mesilla de la
otra cama y cogió un pañuelo que empapó en agua. Se lo fue pasando por la cara,
suavemente. Su cara solo expresaba… amor. Preocupación y amor. Sabía que,
posiblemente, cuando despertara, Adolfo le rechazaría. Tantas veces le había
oído hablar de su odio por los negros, durante las semanas en que Adolfo tuvo
los ojos vendados, que apenas tenía un rayo de esperanza de que pudiera olvidar
su color de piel… u olvidar su odio…
Le levantó un poco la cabeza. Acercó un vaso de agua
fresquita a sus labios. Adolfo empezó a reaccionar. Parecía que se despertaba
poco a poco. El color volvía a su cara. Ya no era ese blanco enfermizo de cuando
se había caído. Abrió los ojos poco a poco. Y le vio. Le miró. Se fijó en que
Aníbal era guapo. Se fijó en que… sus ojos decían lo que nadie nunca le habían
dicho… decían que le amaba… gritaban más bien… gritaban amor… gritaban deseo…
gritaban preocupación… y fue consciente de que los negros… no olían mal… sino al
revés… olían a rosas… o a Paco Rabanne… como cualquier blanco… pero esos ojos…
si esos ojos… gritaban amor… amor por él… y esos labios… esos labios carnosos…
pero tampoco tanto… esos labios dibujaban una sonrisa… de amor… de preocupación…
Y Adolfo no podía recordar una sensación así en su vida… en ninguno de los
orfanatos que estuvo, en ninguno de sus amigos… no podía recordar esa mirada…
esa sonrisa… esa sensación de importarle a nadie… y abrió los ojos
completamente… y le miró… y vio que, Aníbal era verdaderamente guapo… y
comprendió que, su odio por los negros era como su negación de si mismo, de su
sexualidad… comprendió que… no odiaba a los negros… comprendió que… incluso…
amaba a un negro… y supo, que, nunca, nunca, dejaría que se fuera más allá de la
habitación de al lado…
- Ni se te ocurra dejarme solo Aníbal… ni se te ocurra
dejarme solo otra vez. Y deja de sonreír como un bobo, y dame un beso…