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Una hora antes de la fijada para la cita, Raúl no paraba de
mirar el reloj; estaba nervioso como nunca la había estado ante una cita. Pero
la verdad, es que era su primera cita de estas características; siempre había
sido un cazador que se llevaba las piezas cobradas a su guarida o la espera era
a un chapero contratado a su agencia habitual de chicos de compañía.
Trasteaba en la mesa para matar el tiempo, cuando oyó un
ruido inesperado y de inmediato una voz.
Hola. – Sonó a sus espaldas.
El corazón de dio un vuelco, se giró y allí estaba su ángel.
Al principio se sorprendió, esperaba haber oído el timbre de la puerta; pero
enseguida racionalizó lo sucedido. Tenía la costumbre de no cerrar la puerta del
estudio cuando estaba allí trabajando (No quería que le interrumpieran en medio
de un momento de inspiración); no lo recordaba; pero con los nervios debía
haberse dejado la puerta abierta.
El chico vestía una camiseta ajustada que hacía visibles los
perfiles de su anatomía y un pantalón que le llegaba justo por encima de las
rodillas. Cada vez que lo veía se sentía más y más atrapado por su belleza.
Raúl estaba inmóvil, como clavado en el suelo y él chico
avanzó hacía él lentamente; pero con paso firme y seguro.
¿Me esperabas? – Pregunto con un tono que a Raúl se
pereció tremendamente sensual.
Estaban frente a frente, a penas unos centímetros separaban
sus rostros. Raúl no respondió. Sólo, le tomó la cara con ambas manos y lo besó
con lujuria. El chico le correspondió abrazándole y deslizando su lengua al
interior de su boca. Al poco sus cuerpos desnudos brillaban, todos ellos
cubiertos de saliva y sudor.
El chico, entre Raúl y la pared, de espaldas a él y con las
manos en alto contra el muro, firmemente sujetas por las de Raúl, respiraba
profundamente y gemía. Raúl le lamía el cuello, las axilas y los hombros y
frotaba su dura verga contra su culo goloso, firme y de tacto suave.
Prácticamente no tenía vello en todo el cuerpo, sólo una leve mata en el pubis
de color tan tenue que a penas se distinguía de la piel suavemente tostada.
Aquel efebo de piel tersa y suave, le volvía loco.
Raúl encajó su glande en el ano del chico y comenzó a
presionar. No hubo ninguna resistencia y el esfínter comenzó a dilatarse ante la
presión que recibía. El chico volvió la cara hacia la de Raúl y mirándolo con su
profunda mirada azul, musitó mientras depositaba un tierno beso en sus labios:
Raúl, no hay prisa, la noche el larga.
Al oír pronunciar su nombre, Raúl se dio cuenta que ni
siquiera conocía el de él. Cedió en la presión que ejercía sobre el muchacho,
que se separó de la pared y se volvió hacía él con su luminosa sonrisa
iluminándole el rostro.
¿Cómo te llamas? – Preguntó Raúl, casi avergonzado de
no haberlo hecho antes.
David, me llamo David.
Ven, David
Ambos cogidos de la mano caminaron lentamente y con sus bocas
unidas en un profundo beso hacia un camastro medio oculto tras una cortina.
Sobre la cama, dos cuerpos entrelazados y la atmósfera llena
de jadeos. Cada uno acariciaba la polla del otro, sin deseo alguno de precipitar
acontecimientos. Raúl se percató de que apenas sabía como era la verga que
acariciaba, así que se deslizó hacia ella. Encontró una columna, recta, sin un
ápice de curva. Lamió los cojones hirsutos y escalo la columna que apenas si
abarcaba con su mano. Retiró con suavidad el prepucio y apareció un glande
grueso, más ancho aún que el tronco de la polla, rojo y brillante como una
cereza y húmedo de sus propios humores. Lo chupo con ansia y paseo la punta de
la lengua por toda su superficie. David gimió su polla se contrajo
espasmódicamente, endureciéndose aún más, y algunas gotas de líquido seminal
casi transparente aparecieron en la cúspide y fueron resbalando lentamente por
el canal del frenillo. Raúl las lamió una tras otra, arrancado a David gemidos
de placer.
¡Ahora, sí! Fóllame Raúl, métela toda.
No se hizo rogar, y, con los pies de David sobre sus hombros,
lo penetró hasta el fondo. Raúl movía rítmicamente las caderas y David, con los
ojos cerrados, agitaba su cabeza de un lado a otro, todo su cuerpo se estremecía
y su polla apuntando al techo no paraba de rezumar fluido cada vez más viscoso y
blanquecino. Raúl fue a tomarla; pero David le detuvo.
¡No, la polla no!. Sólo quiero gozar de la tuya
Raúl prosiguió bombeándole el culo, a cada embate David
lanzaba un gemido y su polla erecta como un monolito parecía a punto de
desbordarse en una riada esperma. En un instante, la cara de David se contrajo,
todo su cuerpo se agitó aún más fuertemente y los jadeos y gemidos se hicieron
continuos. Raúl sintió sobre su polla las contracciones espasmódicas de David.
No podía creerlo, aquello era un orgasmo anal. Recordaba el de Tim Hamilton, su
actor porno favorito; en la última escena de la "La vida privada de Tim
Hamilton"; pero siempre pensó que era una interpretación más del cine porno.
Raúl no resistió más y se corrió contagiado por el placer de su compañero de
cama.
Ambos sudorosos sobre la cama se besaron tiernamente y la
polla erecta de David presionaba el vientre de Raúl.
¿Y tú, David? No iras a quedarte así. – Dijo Raúl,
con voz tierna
¿Quieres ver como me corro? – Preguntó su vez David,
con voz malévola
Si claro, lo estoy deseando – Respondió Raúl
temblando de deseo
Pues eso tiene un precio
La cara de David, mudó mientras decía eso. Su rostro tierno y
delicado, mudó haciéndose más duro. Incluso su voz parecía haber cambiado.
El que tú quieras,¡cabrón!. Te pagaré lo que me pidas
– Respondió Raúl casi desesperado.
Pues lo vas a ver y muy de cerca.
David saltó sobre Raúl, se sentó sobre su pecho y flexionó su
polla hacia abajo hasta que apuntó directamente a su cara. Sujetó el prepucio
hacia atrás y Raúl pudo observar a escasos milímetros de su cara como unas gotas
de líquido asomaban por el meato. Casi instintivamente sacó la lengua para
lamerlas; pero David retiró la polla bruscamente.
¡Quieto y observa! Has dicho que querías ver como me
corría y lo vas a ver; pero no tocarás nada hasta que yo no quiera.
Su voz sonaba autoritaria y Raúl asintió con la cabeza. David
volvió a la situación anterior.
El flujo era cada vez más abundante, más viscoso y más
blanco. Caía sobre su nariz y sus labios y lo sentía tibio resbalando por su
cara. El goteo se convirtió en un hilillo cada vez más grueso. Al final, como un
disparo certero, un chorro de esperma le dio entre los ojos, un segundo en la
nariz y un tercero en la boca, a la vez que la polla de David se abría paso
entre sus labios.
¡Ahora, sí! Mámamela toda hasta que no quede ni gota.
– Le gritó David, metiéndosela toda de un golpe de cadera.
Sintió el cosquilleo en su nariz del suave pubis de su amante
y como en sucesivas oleadas su boca se llenaba del sabor acre y almizclado del
semen.
Tenía la cara llena de esperma y su sabor intenso aún
perduraba en su boca. Había sido una corrida espectacular; las pollas jóvenes
con los huevos bien cargados de leche eran una de sus debilidades; pero la
actitud de última hora de David la había molestado.
Se levanto de la cama y con un tono casi de desprecio, busco
su billetera y preguntó:
¿Qué te debo por el servicio?
¿Quién te ha dicho que quiero dinero?
Me dijiste que el que te corrieras tenía un precio
¿Y todo se paga con dinero?
Raúl quedo desarmado. David se le acerco y empezó a besarle
tiernamente en la cara recogiendo su propio semen, que acabaron compartiendo en
un profundo beso.
Sólo quiero que no nos dejemos de ver. - Musitó David
al oído de Raúl.
Eso está hecho. Ven cuando quieras. – Añadió Raúl con
un semblante lleno de felicidad
Si tú lo deseas, siempre estaré a tu lado.
Claro que lo deseo. ¡Va, vamos a ducharnos!
A la salida de la ducha, mientras Raúl se vestía para volver
a su casa, oyó a David que se iba y cuando Raúl salió a despedirse, el chico ya
no estaba. Por un momento, Raúl se quedó pensativo: La puerta estaba cerrada y
no la había oído. No le dio más importancia e iba a marcharse; cuando una idea
acudió a su mente.
Abrió varios cajones hasta que lo encontró, una carpeta con
papel de dibujo y una caja de lápices y carboncillos. Prácticamente no la había
usado desde que había dejado de asaltar turistas para que se dejaran retratar y
le compraran el dibujo; pero sin saber la causa, había sentido ganas de dibujar.
Con la carpeta bajo el brazo, apagó las luces y cerró la
puerta. Preso de un impulso, volvió a abrir, encendió la luz y miró alrededor.
¿Seguro que David se ha ido?" - Se preguntó. - "¡Qué
tontería!, se respondió el mismo