Su olor quedaba en los libros. Ella se sentaba siempre en la
misma mesa, estudiando... O haciendo como que estudiaba.
Entraba siempre a las nueve y veinte de la mañana por la
puerta principal de la biblioteca. Siempre llevaba un pañuelo en el pelo, y
solía llevar largas faldas hippies y camisetas de asillas. Solía irse
directamente a su silla, dejaba libros y blocs sobre la mesa y se paseaba entre
las estanterías, buscando distraída algún libro.
Yo la miraba desde mi escritorio de bibliotecario. Era guapa,
hermosa en un sentido poco convencional, con una figura delicada pero firme que
hacía resurgir en mí fuegos que llevaban tiempo enterrados.
Me fijaba en los libros que su mano iba rozando mientras
caminaba por entre las estanterías, y después pasaba yo, impregnándome de la
excitante y profunda esencia que quedaba sobre las tapas. A veces ella se
llevaba un libro a su mesa y lo dejaba ahí cuando se iba. Me las arreglaba para
ser yo -y no mis compañeros- el que recogía ese libro y lo devolvía a su lugar,
emborrachándome con el olor de sus manos entre las páginas. Cómo deseaba sentir
aquellas manos sobre mí.
Decidí empezar a hacerme notar. A veces, cuando ella recorría
con la mirada los títulos de una estantería, sus ojos se encontraban con los
míos al otro lado. Yo le sonreía leve, casi poéticamente.
Ella siempre me devolvía la sonrisa.
En esos momentos era capaz de notar esos labios rojos contra
mi cuello, su respiración tibia haciéndome cosquillas en la nuca, sus ojos
cebándose en mi cuerpo desnudo. Imaginaba que bajaban por el pecho, deteniéndose
de beso en beso, cada vez más abajo, haciéndome sentir cosas inexplicables.
Tras muchas miradas, un día di el siguiente paso. Estando
ella sentada a la mesa, estudiando, pasé a su lado con unos libros que tenía que
recolocar y dejé caer una nota doblada en cuatro sobre su cuaderno.
-Eh, se te ha caído algo.
Me di la vuelta fingiendo sorpresa. Miré el papel doblado aún
entre sus manos y dije con una indeferencia marcadamente falsa:
-Ah, no importa, quédatelo.
Rápidamente me escondí tras de las estanterías y observé.
Ella desdobló el papel y comenzó a leer. Sus ojos se abrieron y se puso
ligeramente colorada. Llevó una mano bajo la mesa. Tornó la cabeza y me encontró
entre dos grandes ejemplares del Quijote. Me obsquió con una profunda y larga
mirada y una minisonrisa que invitaba a los placeres más exquisitos del
universo.
Cuando volví a pasar a su lado me agaché y besé fugazmene su
hombro. Pude notar cómo se estremecía.
Al día siguiente ella apareció en el extremo de uno de los
pasillos donde yo devolvía a su lugar antologías poéticas y se acercó
resueltamente. Cuando estaba cerca, pareció tropezarse y cayó sobre mí. Se
agarró de mi cintura para "recuperar" el equilibro. Me miró a los ojos.
-Gracias- dijo suavemente.
Su mano se metió por debajo de mi camiseta y la sentí
caliente en contacto con mi barriga. La miré a los ojos. Sonreía. Puso su otra
mano sobre mi hombro, y mientras se enderezaba despacio, dejó que la mano que
tenía sobre mi barriga cayera lenta y eléctricamente sobre mi pantalón. Apretó
con fuerza y sensualidad el bulto con el que se encontró y, acercando su cara a
la mía, deslizó su lengua en mi oreja durante una fracción de segundo antes de
alejarse caminando como si nada hubiera pasado.
La tomé de la mano, obligándole a darse la vuelta. Me miró
mordiéndose los labios. La atraje hacia mí con fuerza y la besé. Se zafó
empujándome y se fue deprisa. Al llegar al final del pasillo se volvió para
mirarme, con unos ojos brillantes y excitantes.
Al día siguiente la encontré hojeando un libro de
fotografías. La sección de fotografía estaba al final de la biblioteca, y casi
nunca había gente allí.
Ella me daba la espalda. Hoy llevaba una falda azul que le
llegaba hasta los tobillos y una preciosa camiseta violeta con un escote
pronunciado. Me acerqué a ella con pasos firmes. Cuando notó que me acercaba se
limitó a ladear interrogativa y burlonamente la cabeza. Llegué junto a ella y
rodeé con mis brazos su cintura. Sentía el calor de su cuerpo y la suavidad de
su piel. Mi boca fue directamente a su cuello.
Ella no pudo contener un suspiro.
Empecé a recorrer su cuello con mis labios, de abajo arriba,
dejando que mi aliento y mi lengua exploraran por su piel morena. Ella había
dejado el libro en la estantería y apretaba mis manos contra su barriga.
Respiraba entrecortadamente, sus pelos erizándose al pasar mi boca. Mordí su
cuello, encontré su oreja y la chupé a voluntad, despacio, terriblemente.
Embriagada de placer, llevó mis manos a sus pechos y se apretó contra mí. Sentía
en las manos la firmeza de sus pezones, que pellizqué y apreté juguetonamente.
Jadeaba. Bajé lentamente una de mis manos por su barriga, y la deslicé por su
muslo, arrancándole el segundo suspiro. Acaricié un rato esa zona, acercándome
en círculos cada vez más a su sexo, dejando que ella se estremeciera. Luego la
subí hasta su entrepierna y apreté. Estaba caliente. Ella vibraba.
Se dio la vuelta, me agarró la cara con las dos manos y me
besó pasionalmente. Su lengua entró con violencia en mi boca y empezó a pelearse
con la mía en un juego que hizo que mi erección fuera todavía mayor, si cabía.
Notaba mi polla apretada con fuerza contra su ombligo, y sus manos apretando mi
nuca.
Me besaba con fuerza. Buscaba a tientas el botón de mi
pantalón. Miré por el rabillo del ojo a ver si venía alguien. Nadie a la vista.
Se separó de mí y me desabrochó la cremallera. Su mirada era
lujuria en estado puro. La apoyé contra la estantería, que crujió. Ella soltó
una risita y acto seguido metió su mano en mis calzoncillos y con una sonrisa
endiabladamente sensual sacó mi polla de los calzoncillos y empezó a frotarla.
Sentía descargas de magnético placer por todo el cuerpo. Me
llegó el olor de mi propio sexo. Sus manos subían y bajaban deliciosamente en
torno a mí.
Metí mis manos bajo su falda, aparté sus bragas y en ese
instante el olor de la parte más íntima de su cuerpo me embriagó de tal manera
que dejé soltar un gemido perfectamente audible. Ella volvió a reírse
nerviosamente y empezó a frotarme más rápido y con más fuerza. Yo volaba.
Mis manos encontraron sus bragas bajo la falda. Metí dos
dedos por debajo, sintiendo en las yemas su vello púbico. Estaba tan mojada que
se me resbalaban. Tanteé buscando y masajeando el clítoris y por fin encontré la
entrada de su vagina. Le metí los dos dedos. Me mordió en el cuello para no
emitir sonido.
Apretaba haciendo girar mis dedos, los movía, los metía y los
sacaba de su caliente y húmedo sexo y pronto empezó a oírse el chop-chop que
hacían sus flujos vaginales. Me volvía loco.
Ella frotaba mi sexo cada vez más violentamente. Sentía un
fuego que nacía entre las manos de la chica y se extendía hasta lugares
insospechados de mi cuerpo.
En ese momento vi que alguien se asomaba al pasillo, y al
vernos, dio media vuelta y se alejó rápidamente. Ella también se dio cuenta.
Noté cómo se mojaba aún más.
Entonces ella hundió su cabeza en mis hombros. Saqué mis
dedos de su vagina, impregnados ahora de un aroma absolutamente demencial. Ella
soltó mi pene y me miró a los ojos. Su mirada quemaba. Sonrió, me acercó hacia
ella y metió salvajemente su lengua en mi boca. Retiré sus bragas empapadas una
vez más y la penetré casi con violencia. Sentía su respiración cada vez más
agitada encima mismo de mis labios. Ella dejó caer la cabeza hacia atrás y se
mordió los labios para no gemir. No ignorábamos que cada vez hacíamos más ruido,
pero nos excitaba a los dos. Un libro cayó al suelo. La penetraba cada vez más
deprisa y cada vez con más fuerza.
Me encantaba embestirla, sentía el placer con que ella
aceptaba mi pasión y me volvía loco ver cómo su cara se iba poniendo cada vez
más roja y sus labios cada vez más lívidos. Notaba cómo los músculos de su
vagina y de su barriga se tensaban y destensaban como locos.
El placer me devoraba. Empezaron a oírse pasos viniendo desde
el escritorio de los bibliotecarios. Noté cómo estaba a punto de correrme y cómo
ella también estaba al borde mismo del clímax. La empujé fuertemente contra la
estantería y me sentí morí de placer al eyacular. Sentí con cuánta fuerza ella
apretaba sus piernas alrededor de mi cintura, cómo se tensaban los músculos de
su vagina y me clavaba las uñas. Sin poderlo evitar, dejó escapar un gritito
rebosante de placer en mi oreja. Se estaba corriendo.
Los pasos se oían cada vez más cerca. Nos miramos a los ojos.
Me separé de ella sin poder evitar que algo de semen manchara el suelo y mis
pantalones. Me subí la cremallera y coloqué los libros que se habían caído en la
estantería. Ella se alisó la falda y volvió a hacer como que examinaba
distraídamente el libro de fotografía.
Uno de mis compañeros apareció y nos miró estupefacto. Era
perfectamente consciente de la manchita blancuzca en el suelo y en mi pantalón y
de lo que acaba de pasar. Sacudió la cabeza y se perdió entre los libros.
Me volví hacia la chica y la empujé una vez más contra la
estantería. La besé. Su lengua era ahora menos salvaje, asomaba coquetamente al
borde de sus labios, tierna, delicada, sensual.
Nos miramos. Metí mi mano debajo de su camiseta. Nos besamos
otra vez.
-¿Cómo te llamas?
Me susurró al oído, deslizando un papel en el bolsillo
trasero de mi pantalón.
Besé su cuello y le susurré muy cerca del oído:
-Shakespeare
Nos separamos, y traté de limpiar la mancha que había en el
pantalón. La del suelo me traía sin cuidado. Cuando me levanté, ella ya estaba
al final del pasillo, mirándome. Se mordía los labios, y sus ojos no habían
perdido ni una gota de la lujuria que los poblaba segundos antes. Sonrió.
Desenvolví el papel que me había dejado en el bolsillo. Un
nombre y un número.