En aquella vieja e histórica ciudad universitaria española
era un dicho común que "aquí follar no es pecado, es milagro", por cuanto era un
bastión irreducto del conservadurismo moral más cerril e intolerante. De este
modo, la vida sexual de un estudiante de diecinueve años no tenía excesivas
probabilidades de alcanzar su plenitud, limitándose a algunos toqueteos más o
menos lanzados con alguna chica trasgresora.
Era diciembre, esa fría y deprimente época que en las
latitudes mediterráneas precede a las navidades; cuando el día es más corto y la
noche poco prometedora. Además era sábado por la tarde y Miguel y yo nos
habíamos quedado el fin de semana solos en el piso, ya que los otros tres chicos
con los que compartíamos aquel piso de estudiantes estaban fuera por haber ido a
visitar a sus familias; y no teníamos ni un céntimo para poder salir a dar una
vuelta por los bares de rigor.
En éstas estábamos Miguel y yo, tumbados en el sofá,
aburridos frente al televisor y administrando con economía la media botella de
ginebra y los cuatro botellines de tónica que nos quedaban. Vimos comenzar una
película aparentemente anodina que al poco rato dio paso a unas escenas eróticas
que, sin ser demasiado subidas de tono, acabaron de derramar el vaso de nuestra
calentura. Miguel se levantó y se puso delante de mí al tiempo que me decía:
"tío, yo no puedo más y estoy harto de montármelo solo; o me haces una paja o te
la chupo. Lo que prefieras". Yo no supe responder otra cosa que: "¿nos duchamos
primero?"; y sin mediar más palabras me dirigí al aseo el primero, me di una
rápida ducha y tras secarme me fui a mi habitación y me acomodé en mi cama,
tumbado de espaldas y en espera de que Miguel terminara su aseo y viniera
conmigo.
Estaba nervioso y muy ansioso de que ocurriera algo, pero a
la vez me sentía extrañamente relajado e inquieto a la vez; relajado porque de
una u otra manera iba a ocurrir algo erótico, y nervioso tal vez porque los
hombres, los demás chicos, no me atraían en absoluto y sólo pensar en algún roce
físico con alguno de ellos me producía una cierta repulsión. Pero Miguel era
distinto, ambos congeniábamos mucho y en muchísimas cosas parecíamos sintonizar
la misma onda; y físicamente no me resultaba desagradable. Era de mi estatura
(1,70), tan delgado como yo y también poco velloso; piel blanca, cabello negro y
ojos oscuros y brillantes.
Mi excitación aumentó cuando escuche que cesaba el rumor de
la ducha, y mi polla dio un respingo cobrando vida. No creo que transcurriera
siquiera un minuto antes de ver a Miguel aparecer en el marco de la puerta,
reluciente y cubierto únicamente por una breve toalla que a duras penas le
rodeaba la cintura. Me deslicé hacia un lado de la cama para hacerle sitio y él
dejó caer la toalla al suelo y se tumbó a mi lado. No miramos y reímos, y Miguel
tomó la iniciativa diciendo: "yo soy tu chica y tú eres la mía, ¿vale?". Acepté
y Miguel comenzó a acariciarme el pecho con su mano libre, pues estaba recostado
y apoyado sobre un brazo; me sobó las tetillas y se lanzó hacia delante para
besar y mordisquear cariñosamente mis pezones. Fue descendiendo su mano por mi
vientre y llegó a la entrepierna, donde se entretuvo jugando con los rizos de mi
vello púbico. Yo seguía tumbado de espaldas y recibiendo pasivamente sus
caricias, hasta que su mano ya por fin se atrevió a abrazar mi polla y yo rodeé
a Miguel con mi brazo y lo atraje hacia mí, haciendo que rodara sobre si mismo y
cayera sobre mí.
Palpamos y acariciamos cada rincón de nuestros respectivos
cuerpos y a modo de aval de nuestra entrega a la lujuria, unimos nuestras bocas
y nuestras lenguas se lamieron y devoraron una a otra. Sentí el extraño e
irreverente sabor de la boca de otro chico y me abandoné por completo al beso,
al placer de la humedad compartida. Temblé de excitación cuando admiré y toqué
su hermoso miembro erguido y desafiante, lo atraje y froté sobre mi vientre. Me
gustó sentir la fuerza y el calor que desprendía y me entraron ganas de besarlo
y tomarlo en mi boca; me fui deslizando hacia abajo sin dejar de besar el
hermoso cuerpo de mi amigo hasta que su potente miembro quedó al alcance de mis
besos. Tenía la polla larga y delgada, llamándome la atención que la punta era
más puntiaguda que la mía, igual de larga que la suya pero más gorda y con la
cabeza redondeada.
A Miguel le gustaba en especial una chica de nuestro curso
llamada Paula, y su recuerdo me hizo decirle: "si quieres seré Paula y te la
mamaré", lo que encendió aún más a mi amigo. Me lancé a mamar y a saborear su
miembro, lo acogí en mi boca y lamí todos sus rincones, mientras Miguel me decía
que era "una putita adorable", me cogió la cabeza con las manos guiándome al
ritmo de su deseo; me llamó "Paula" repetidas veces entre jadeos y yo realmente
me sentía una chica dándole placer a su novio. Cuando Miguel sintió que iba a
correrse me dijo que parara, pues él también quería mamarme, por lo que yo quedé
tumbado boca arriba y él se situó sobre mí en la postura del sesenta y nueve.
Sentí su lengua en mis cojones y me deleité lamiendo los suyos; tragó mi polla y
yo la suya y pronto el inicio de sus espasmos me puso alerta de que se acabaría
corriendo en mi boca. Pero no pude parar ni abandonar por un segundo aquella
deliciosa carne y cuando me inundó la boca de semen lo tragué todo, al mismo
tiempo que ya no pude más y estallé en su boca después de avisarle, pero Miguel
generosamente engulló mi semen tal como yo había hecho con el suyo. Me sentí muy
putita bebiendo su leche.
Caímos rendidos uno al lado del otro, en la misma posición
invertida en que estábamos. Nos recuperamos, nos echamos a reír, Miguel dijo
"has estado muy bien, Paula", a lo que respondí "y tú eres genial mamando,
Petra" (una chica por la que yo bebía los vientos). Reímos y nos sobamos
cariñosamente las pollas, y Miguel se levantó para ir a la cocina y preparar un
par de gin-tonics. Regresó con ellos, brindamos por el inicio de una buena
amistad y fumamos un cigarrillo. No nos sentimos culpables ni avergonzados, si
no más bien como si nos hubiéramos quitado un peso de encima al darnos cuenta de
que teníamos casi todos los recursos del sexo y del placer en nuestras propias
manos y sin salir de casa.
Me fascinaba el hecho de haber sentido sensaciones tan
contradictorias como los roles masculino y femenino a la vez; es decir, que
cuando yo acariciaba a Miguel me sentía como la chica que da placer a su novio,
mientras que a la vez me deleitaba con su entrega femenina, que me hacía sentir
chico. ¿Éramos homosexuales?, Miguel tradujo mi pensamiento a palabras: no, no
somos maricones ni mariquitas; sino simplemente calientes. ¿Por qué o para qué
dar la espalda a nuestra propia excitación y necesidad de sexo?, ¿no es mejor
dejarse llevar y pasárselo bien?. Dijo que en el colegio de frailes donde había
estado largos años internado había aprendido a hacerse pajas con un amiguito,
con el que compartió la habitación durante un curso; no llegaron a meterse en la
cama juntos por miedo a que los pillaran, ya que las puertas carecían de
cerradura y había un fraile que vigilaba el pasillo y a veces entraba
inopinadamente en alguna habitación. Se acariciaban y tocaban con la emoción de
estar descubriendo algo desconocido hasta entonces, y llegaron a darse besitos
en las pollas, pero poco más debido a que el otro chico aún no se corría y
Miguel hacía pocos meses que sabía cómo, cuándo y por dónde salía la leche.
Mis inicios, le expliqué a Miguel, fueron con una chica
francesa durante las vacaciones de verano, cómo difícilmente hubiera podido ser
de otra manera, ya que crecí en el hotel que mis padres tenían en la costa y
cuya clientela estaba formada mayoritariamente por familias belgas y francesas,
que a menudo incluían a hijos e hijas de mi misma edad. Sólo una vez, y muy
brevemente, me había hecho una paja con un primo mío; pero no pasó de ser un
alivio momentáneo para los dos y nunca se repitió ni volvimos a hablar de ello.
La ginebra, el tema de conversación y el hecho de estar
desnudos y acomodados en la misma cama, hicieron efecto sobre nosotros y de
repente nos dimos cuenta de que nuestras pollitas estaban volviendo a la vida.
Hicimos algún comentario sobre ello y entonces Miguel se puso serio, me miró a
los ojos y me dijo que quería contarme un secreto, pero un secreto de verdad
cuya revelación podría causar graves problemas a otra persona muy querida por
él, aparte de a si mismo. Confiaba en mí, pero quería resaltarme la seriedad de
la confidencia. Le aseguré que aparte de ser amigo mío, él era también una
persona a la que yo respetaba mucho y que no le ocasionaría mal alguno bajo
ninguna circunstancia. En este punto Miguel calló, su expresión se volvió seria
y mirándome a los ojos me dijo: "me lo hago con mi hermana". No me sorprendí ni
escandalicé, pues tal vez por el hecho de ser hijo único y no conocer la vida
familiar con hermanos ni hermanas, o tal vez por mi tendencia a poner en duda
todos los valores morales en que fui educado, las relaciones incestuosas me han
parecido siempre la cosa más normal del mundo. Pero lo cierto es que compartir
aquel secreto suyo hizo que nuestras pollas adquirieran una dureza explosiva,
ante lo cual alargué el brazo para acariciar la erección de Miguel, quien empezó
a contarme que un día había sorprendido a su hermana masturbándose, hablaron y
llegaron a la conclusión de que aquello no estaba mal; se mostraron sus cuerpos
desnudos y probaron sus caricias respectivas. No, follar no follaban; se
limitaban a las caricias masturbatorias y al sexo oral.
A estas alturas la excitación me poseía y el calor del deseo
de Miguel, que sentía en mi mano, me hacía arder. Le pedí que se sentara en el
borde de la cama, y al hacerlo me situé de rodillas en el suelo entre sus
piernas y le dije si quería enseñarme a mamársela como si fuera su hermana.
Aceptó complacido y agradecido y me dispuse a hacerle la felación de mi vida.
Mientras yo me sentía una chiquilla caliente, él me iba explicando las
obscenidades a que se entregaba con su hermana, pero su voz se iba entrecortando
al ritmo de mis lamidas. Me acarició los pechos y apretó los pezones al tiempo
que yo, abandonado por completo, dejaba que su miembro follara mi boca y me
masturbaba frenéticamente. El clímax fue casi simultáneo y al sentir la potente
descarga del semen de Miguel en mi boca mi mente estalló en millones de
partículas luminosas y me corrí como un animal en celo sobre las baldosas del
suelo.
A lo largo de aquel curso académico repetimos a menudo
nuestros juegos, aprovechando los fines de semana que nos quedábamos solos en el
piso (qué por fortuna fueron muchos), o cualquier encuentro fugaz en el cuarto
de baño para hacernos una rápida paja o mamada. No pasó mucho tiempo antes de
que decidiéramos llegar a probarlo todo y acordáramos desvirgarnos el culo uno
al otro, y así una tarde con toda la paciencia y cariño del mundo hice mujer a
Miguel, mientras que al día siguiente fui yo quien le entregó mis primicias
anales y a partir de entonces los dos gozamos de la plenitud tanto masculina
como femenina.
El curso siguiente nos separamos, nuestro piso de deshizo y
Miguel y yo fuimos a parar a distintas residencias. Ambos nos echamos novia y de
vez en cuando, cuando nos encontrábamos con nuestras parejas, nos hacíamos algún
guiño de complicidad clandestina que no era comprendido por nuestras
acompañantes.
No volví a tener relaciones sexuales con ningún otro chico,
pero siempre pensé que lo ocurrido con Miguel, aunque único, no era irrepetible.
Me ha atraído siempre la morbosidad de lo prohibido, pero los hombres siguen sin
atraerme y tuve la suerte de conocer a ningún otro con el que pudiera haberse
reproducido una situación similar a la que se dio con aquél. Pero algunos años
después conocí a Ana, mi esposa, quien se convirtió desde el primer momento en
mi mejor amiga, amante y cómplice. Ardiente y fantasiosa en el sexo, con ella he
podido realizar todas mis fantasías sexuales sin excepción. Le conté la historia
de Miguel y ello reforzó el morbo que nos unía.
cuadepeix@hotmail.com