El encuentro.
Ansias de libertad.
La enorme embarcación se abría paso a ritmo constante. El
príncipe permanecía sentado en su automóvil mirando acercarse al primer ministro
de la nación extranjera que le saludaba cortésmente.
Estos occidentales... – dijo el monarca sin referirse a
nadie en específico – lo que hay que hacer para que nos dejen en paz.
El gobernante salió a dar recibimiento al invitado ataviado
con las más elegantes telas, vestía un traje de diseñador hecho a la medida
color azul oscuro, el largo cabello amarrado en una cola de caballo sujetada con
un listón de seda. Los zapatos esmeradamente lustrados y sobre su cabeza la
corona de príncipe. El ministro vestía solemnemente, un sutil traje negro y
camisa mostaza sin corbata.
Primer ministro... – dijo el monarca – un honor recibir
su visita. Espero que su vuelo y su embarcación hayan sido placenteros.
Gracias – respondió ceñudo – debo suponer que sabe a qué
he venido..
Una mano se elevó amenazadora, el monarca le indico silencio,
todos en el muelle miraban curiosos a los dos dirigentes.
Vayamos a palacio, allí podremos hablar tranquilamente...
Ambos hombres subieron al transporte real y se fueron
escoltados por una docena de vehículos de la guardia real.
Entraron a una de las habitaciones más amplias y el príncipe
ordeno cerrar las puertas. Se sentó en una cómoda silla tallada con los emblemas
del reino e indicó a su homólogo hacer lo mismo.
Entonces... – dijo el monarca – decía...
Su reino ha violado muchas de las reglas de los derechos
humanos. Aún existe los esclavos, y no sólo eso se puede comerciar con
ellos, las mujeres no son tratadas igual...
Somos culpables...
La puerta de la habitación se abrió repentina, el primer
ministro miró nervioso en dirección de la entrada mientras el príncipe se servía
una copa de licor.
Quería vernos, mi señor... – anunció una mujer de mediana
edad, de delicadas facciones y la única de cabellera corta. Vestía una
túnica color rosa pálido que caía hasta por debajo de sus rodillas, a pesar
de la tela la mujer se veía muy atractiva.
El extranjero miraba extasiado a las jóvenes muchachas que
entraban en fila al lugar de reunión. Todas llevaban vestimenta primaveral,
escotes pronunciados y faldas que cubrían apenas lo necesario. Ninguna parecía
asustada, bien vestidas y perfectamente limpias y perfumadas.
Aquí el primer ministro... – dijo el príncipe – ha venido
como salvador de los oprimidos, dice que al ser mis esclavas las trato
mal... – sonrió despectivo – si alguna de ustedes quiere irse con él, a
vivir en la libertad que se les ofrece... adelante.
Ninguna mujer se movió.
Esto es ridículo... – anunció el extranjero – me voy,
tendrá noticias de la ONU muy próximamente.
No puede irse... – dijo recorriendo a las esclavas – sin
antes conocer nuestra hospitalidad. Ande, sin miedo, elija a la que usted
quiera...
El hombre miró incrédulo a su anfitrión, después recorrió
despistadamente a las cerca de diez mujeres que posaban sugestivamente para él,
un leve sonrojo se apoderó de él y agacho la mirada. El príncipe sonrió.
Vale, vale... elegiré por usted – señalo a una joven de
cabello rojizo, que de inmediato avanzó a paso decidido hacia el ministro –
ahora, le ruego que la deje hacer su trabajo.
La pelirroja se detuvo frente al primer ministro que miraba
sorprendido. Era una chica muy atractiva, su piel era clara y su expresión
dejaba entrever algo de inocencia. Tendría poco más de quince años, pensó
refutar pero parecía que el príncipe le leía el pensamiento.
Aquí la mayoría de edad se alcanza a los catorce años...
– ahora, dijo acercándose a una rubia – me parece que tu y yo dejamos algo
pendiente.
Si, mi señor... – respondió la mujer.
Las demás, pueden irse...
En el mismo orden y silencio en que habían entrado, las
esclavas, salieron de la habitación. Ninguna pronunció palabra alguna mientras
veían como el príncipe bajaba la cremallera de su pantalón y sacaba su miembro.
Le recomiendo, primer ministro... – dijo tras ordenarle a
la muchacha que lo masturbara – que se permita disfrutar de los excelentes
orales que práctica ella. Ahora, desnúdense.
Ambas jóvenes se separaron a poca distancia y se despojaron
de sus túnicas, la pelirroja tenía un cuerpo pequeño dotado de agradables
proporciones, sus senos eran aún infantiles y sus areolas de un color rozado. La
rubia tenía los pechos un poco más grandes, y sus pezones estaba erectos. Ambas
poseían piernas largas y un bien depilado pubis.
El príncipe volvió a sentarse en su elegante silla, vestido
aún, solamente con su falo sobresaliendo de su cremallera. La esclava había
hecho un buen trabajo y se encontraba totalmente excitado. Tomó su miembro entre
los dedos de su mano derecha mientras daba otro trago a su bebida.
Ven... – ordeno a la rubia.
La joven se colocó delante del monarca que acaricio, mientras
asentía, su entrepierna. Levantó una de sus piernas y trató de colocar su sexo
sobre el de su amo que se sobresaltó.
Así no – dio un suave pero claro golpe a un lado del
abdomen de la chica – de espalda, yo no le veo el rostro a nadie que este
penetrando.
La rubia se dio la vuelta mientras murmuraba sus disculpas,
de inmediato sintió como las frías manos del príncipe se posaban sobre sus
glúteos, apretándolos fuertemente, mientras que la atraía hacia él. El roce de
su vulva con el glande de el príncipe le provocó un estremecimiento, sufrió
mientras el falo real se introducía en su vagina robándole su virginidad. Cuando
sus nalgas se apoyaron sobre los muslos del monarca, una lágrima resbaló por su
mejillas.
Mientras tanto, la pelirroja permanecía hincada frente al
primer ministro que gemía cada ocasión que la juvenil lengua lamía su órgano
sexual. Los labios de la esclava se cerraban ejerciendo una deliciosa presión
sobre su miembro y, la mirada de la muchacha, esa expresión de inocencia
absoluta le robaban la cordura. Tomó el cabello rojizo de la chica y movió su
cintura hacía adelante, conocía esa sensación de cuando su miembro entraba en la
garganta de alguien, llevaba su falo de atrás a delante una y otra vez, follando
la tierna boca de la jovencita. Todo mientras la pelirroja se aferraba de sus
nalgas.
Una oleada de placer llenó su entrepierna al tiempo que
inundaba la boca de la pelirroja. Sacó su falo y dio un inaudible gracias a la
esclava que miraba a su príncipe esperando instrucciones.
Mi señor... – la puerta se abrió de repente, el primer
ministro trató de ocultar su miembro de inmediato.
El príncipe detuvo su penetración, la rubia respiró
agitadamente y se secó las lágrimas de su mejillas.
Más vale que sea importante... – dijo el monarca de mala
gana.
Capturaron al ladrón...
Cuando todo falla.
El mendigo estaba escondido detrás varios barriles, su amigo
a un lado no dejaba de oler las bragas de la madura mujer que había violado
hacía poco menos de una hora.
Ahí viene el barco... – anunció el amigo.
Si, pero... – respondió el mendigo mirando el automóvil
del príncipe – no creo que sólo fruta venga en el. Esperemos a que se
despeje el lugar.
Miraron cuando ambos hombres se saludaron, la seguridad era
extrema, era un milagro que ningún guardia estuviera cerca de ellos. La mano del
príncipe se elevó pidiendo silencio y ambos mandatarios subieron al elegante
vehículo, arrancaron y se fueron, y, con ellos, la mayoría de los guardias
reales.
Nuestro día de suerte... – exclamó el amigo – parece que
hoy será un buen día.
Atravesaron utilizando toda su habilidad y su impresionante
ingenio, el barco era un carguero antiguo a través de los tiempos bajo las
ordenes precisas del príncipe, tenía dos propósitos. En su superficie estaba
adornado con pinturas de artistas celebres, candelabros costosos y escaleras de
madera tallada y pasamanos de mármol importado, en ese lugar se llevaban a cabo
las reuniones más importantes, además de en el castillo, transportación de
objetos y personas de gran valor. Mientras que los niveles inferiores seguía
cumpliendo la tarea que su nombre le indicaba. La seguridad era ampliamente
diferente en ambos casos, la entrada a primer nivel contaba con los más
sofisticados radares y guardias fuertemente armados, pero, en el nivel
secundario estaba sólo un protector, ataviado con los mismos uniformes elegantes
que los otros, pero de segunda mano.
Hola, jefe... – saludó el mendigo al guardia que
respondió con una sonrisa.
Los dos compinches – se burló – llegan a tiempo, aún no
han llegado los inspectores, podrán sacar lo que necesiten siempre y cuando
salgan antes que ellos...
¿Y tú? – preguntó el mendigo.
Podré tener una vestimenta usada, pero ten por seguro que
si tengo hambre no necesito robar...
El uniformado se hizo a un lado fingiendo no ver a sus dos
amigos que entraban a hurtadillas a la bodega.
El aviso llegó... – les gritó desde fuera – tienen diez
minutos.
Vale, vale... – respondió el mendigo.
A pesar de la enorme cantidad de dinero que habían invertido
en ese barco, la bodega seguía pobremente iluminada, sólo unas lámparas
incompletas arrojaban su luz sobre la salida y la puerta, eternamente cerrada,
que unía esa sección con el resto de la embarcación. Avanzaron leyendo las
etiquetas que informaban el contenido de los centenares de cajas que había
abordo, tomates y chile mexicanos, güarana del Brasil, café colombiano, especias
venezolanas... de cada rincón del mundo provenía algún artículo. El amigo miraba
saboreando tan sólo la idea de tenerlos.
¿ Cuánto sacamos? – dijo el amigo.
Poco, sólo lo suficiente... – respondió el mendigo
echando en los bolsillos improvisados de su ropa – esta comida la reparten
entre lo pobres del reino.
O sea nosotros... – replicó de mala gana.
Sabes que nos va a tocar algo de este cargamento, y de
manera legal, así que cumple el capricho y punto.
Se encaminaron hacía la salida pesando algunos kilogramos más
que cuando habían llegado. El mendigo se detuvo frente a una puerta que dictaba
"empleados solamente", los sonidos que de ahí provenían le atrapaban la
atención.
¿Oyes lo mismo que yo? – preguntó emocionado el amigo.
Creo que sí...
De una fuerte patada, estaba seguro de que algo se había
aplastado al realizar el movimiento, la pequeña puerta de madera se abrió, la
luz no era mejor pero parecía que aquellos culpables de los sonidos no se habían
percatado de la intromisión.
Te amo, preciosa...
Yo también...
Una persiana de seda remendada cubría la escena, pero el
mendigo logró ver dos siluetas recostadas sobre aserrín, recorriendo sus cuerpos
mutuamente. Levantó la mano para indicarle silencio al amigo y se acercó hasta
dónde encontró una abertura en la tela lo suficientemente grande para mirar por
ella. El amigo se movió nervioso hasta que encontró otro sitio para él.
Dos jóvenes mujeres estaban tendidas sobre una delgada capa
de restos de madera, ambas desnudas se acariciaban mientras sus labios parecían
decididos a permanecer juntos. Una de ellas, era de piel morena claro, senos
pequeños y cuerpo idéntico. La otra, que parecía la de mayor edad, tampoco
rebasaba los quince años, tenía los pechos de delicioso tamaño el abdomen
delgado pero amplias caderas, a ella a quién el mendigo veía sus atrayentes
glúteos redondos.
Feliz cumpleaños... – le dijo la mayor a la otra mientras
se levantaba un poco.
Gracias... – respondía sin dejar de masajear sus senos.
Aquí esta tu regalo... – exclamó abriendo los brazos –
ahora te voy a enseñar lo que es bueno...
Enséñame nya... – respondió la festejada mirando como su
nya (palabra regional para referirse a una esclava muy querida) metía su
rostro entre sus piernas.
La habitación se llenó de los delirantes gemidos de la más
joven mientras la otra lamía la vulva de su dueña, sus manos apresaban a su nya
contra su sexo pidiéndole a gritos entrecortados que no se detuviera. Jadeaba al
ritmo que su propio placer le permitía. La esclava y su ama respiraban
agitadamente.
Están al llegar... – gritó el guardia hacía dentro de la
bodega.
Vamos... – le urgió el amigo.
Pero el mendigo no lo escuchó, estaba fascinado mirando como
la esclava tenía bajo el control de su lengua y de sus dedos a su ama, que le
resultaba conocida. La muchacha que cumplía años se extasiaba mientras su cuerpo
se estremecía ante el húmedo contacto, trataba de alcanzar su clítoris pero su
esclava se adueñaba de el primero y lo lamía sin prisas, disfrutando de su
control.
No pares... – le dijo el ama.
Lanzó un grito de placer y el rostro juvenil de su esclava se
llenó de los líquidos sexuales de la muchacha. Se levantó y fue a encontrar los
labios de la pequeña mezclándose en un largo y apasionado beso. El mendigo
sentía su miembro a punto de estallar... Miró a su alrededor para encontrarse
solo, su amigo se había ido hacía no sabía cuanto tiempo. Trató de adivinar la
hora viendo la sobre proyectada en el piso, sólo tenía diez minutos... se asomó
hacía la salida cuando una voz autoritaria le dijo.
Señor... deje todo lo que trae consigo, queda
arrestado...