Es la primera vez que le cuento esto a alguien, pues a mis
amigos me dio vergüenza hacerlo, por si se pensaban que era un degenerado o algo
así. Pero tengo la necesidad de desahogarme, y voy a hacerlo escondido en el
anonimato de Internet. No se si a alguien más le habrá pasado lo mismo, pues ya
digo que no he hablado con nadie del tema.
Recuerdo que era verano, pues solía dormir en calzoncillos y
además me había levantado a beber un poco de agua. Como encima no teníamos aire
acondicionado todavía, teníamos que tener todas las ventanas y las puertas
abiertas para que hiciera un poco de corriente. Yo por aquel entonces era un
chaval inocente, que apenas sabía como se hacían los niños, aunque alguna paja
si que me hacía de vez en cuando. Lo más cercano a una película porno que había
visto eran las del Canal Plus codificadas, así que lo que me encontré aquella
noche superó todas mis expectativas.
Según iba para la cocina oí unos ruidos raros en la
habitación de mis padres, pero supuse que alguno de los dos estaría roncando,
como era habitual. Al volver los ruidos eran más fuertes, y pude oír incluso
algún grito ahogado. La verdad es que me dio incluso miedo, pues mi padre tiene
algún problemilla de corazón y pensé que le estaba dando un infarto, así que me
asomé un poco para ver que pasaba.
Desde el marco de la puerta asomé la cabeza sigilosamente.
Todo estaba a oscuras, pero la luz que entraba a través de las ranuras de la
persiana iluminaba el interior del dormitorio. No es que se viera mucho, pero lo
suficiente. Mi padre estaba tumbado boca arriba en la cama, con los calzones por
los tobillos, mientras que mi madre tenía la cabeza entre sus piernas y la movía
de abajo arriba, haciendo los movimientos típicos de una mamada. Aquello hizo
saltar mi polla como un resorte, haciéndola asomar por encima de la goma de los
slips. Instintivamente comencé a tocármela por encima de la tela, mientras mi
madre se afanaba en dar gusto a mi padre.
Y debía hacerlo bien, a juzgar por las caras que él ponía. Al
poco cambiaron las tornas, mi madre se tumbó y mi padre se metió en su
entrepierna para comerle el coño. No pude ver demasiado, pero ya había visto
desnuda a mi madre muchas veces y podía hacerme perfectamente una idea. Pronto
comenzó a retorcerse de gusto, mientras trataba de pajear a mi padre. Yo ya
había empezado a cascármela viendo tal espectáculo, pues aunque algo me decía
que no estaba bien, era la primera vez que veía lo que era realmente el sexo.
Tenía trece años, con lo que era imposible hacerme con material de ese tipo,
aunque por suerte pude verlo en vivo y en directo.
De nuevo cambiaron de postura, mi padre se levantó y
comenzaron a hacerlo en la típica postura del misionero. Yo estaba flipando,
pues nunca había visto algo así. Que fueran mis propios padres los que estaban
follando delante de mi me daba un poco de palo, pero no pude aguantar y comencé
a cascármela allí mismo.
Mi madre intentaba reprimir sus gemidos, pero de vez en
cuando se la escapaba algún gritito. Mi padre tampoco debía estar pasándoselo
mal, pues respiraba muy agitadamente y empujaba cada vez más deprisa. Me sentía
un poco culpable por estar espiándoles, pero la curiosidad y la excitación me
hacían quedarme apoyado en la puerta de su habitación. Mis ojos se habían
adaptado a la oscuridad, y casi podía ver como los huevos golpeaban contra el
coño de mi madre en cada embestida.
Yo estaba a punto de correrme viendo aquello, y a falta de
algo mejor, me quité los calzoncillos y me corrí sobre ellos para no pringar el
suelo. Nunca me había corrido tanto como aquella noche, yo mismo me sorprendía
al ver la cantidad de leche que había soltado.
Cuando me repuse un poco volví a asomarme de nuevo y comprobé
que habían vuelto a cambiar de postura. Ahora mi madre estaba a cuatro patas, de
espaldas al cabecero de la cama, y mi padre la penetraba por detrás, no se si
por el culo o por el coño. El caso es que ahora estaban casi de frente a la
puerta, lo que suponía que en cualquier momento podrían darse cuenta de que no
estaban solos. Por suerte, ambos tenían los ojos cerrados casi todo el tiempo, y
el pasillo estaba más oscuro que su habitación, con lo que era difícil que me
vieran. Aún así, el morbo de ser descubierto espiándoles, sumado a los gemidos
cada vez más sonoros de mi madre hicieron que me volviera a empalmar.
"Ya que estamos..." pensé, y empecé a cascarme otra paja
delante de ellos. No me veían, claro, pero los tenía a escasos tres metros.
Ellos estaban concentrados en lo suyo y no levantaban la mirada hacia la puerta
en ningún momento, o al menos eso me parecía a mi. Estaba perpendicular a la
cama, así que yo veía la escena de medio lado, pero era suficiente.
Yo seguía dándole al manubrio y mi padre empujando cuando
noté que mi madre empezó a respirar más deprisa, emitiendo algún que otro
quejido. Más tarde descubrí que las mujeres también se corrían, aunque sin
ponerlo todo perdido, y comprendí lo que le había ocurrido a mi madre aquella
noche. Mi padre no tuvo piedad y siguió al mismo ritmo, haciendo que mi madre
tuviera que morder el colchón para no ponerse a chillar.
Al final cayó rendida sobre la cama, haciendo que se
desengancharan. Inmediatamente se puso boca arriba y le dejó vía libre a mi
padre, que aprovechó la oportunidad. Comenzó a bombear muy deprisa, y su
respiración se hizo más agitada. Mi madre no tardó en volver a gemir de nuevo, y
empezó a susurrarle a mi padre que se corriera dentro de ella. Yo intuí que no
les quedaba mucho, y antes de quedarme a medias, aceleré yo también para
correrme antes de que acabara la función.
Aun así, fue mi padre quien se corrió primero. Comenzó a
empujar más deprisa todavía, con más fuerza incluso que antes, y soltó un par de
gemidos antes de caer desplomado sobre mi madre. Yo estaba a punto, así que me
envolví la polla con los calzones y volví a correrme sobre ellos mientras
observaba como mis padres se hacían arrumacos. En una de estas me pareció ver
como mi padre miraba hacia la puerta, pero como no dijo nada, supuse que no me
había visto.
Me fui a acostar sin dejar de pensar en todo lo que había
visto, y aun tuve fuerzas para hacerme una paja más recordándolo. Ya casi ni me
corrí, pero lo necesitaba para quitarme el calentón. Me quedé dormido como un
bendito, y aun así me pasé toda la noche teniendo sueños eróticos, que no fueron
húmedos gracias a que ya estaba totalmente descargado.
A la mañana siguiente, aprovechando que mi madre había salido
a comprar, mi padre vino a despertarme, y sin venir mucho a cuento, se puso a
hablar conmigo de sexo, que si no te líes con cualquiera, que no hiciera
tonterías, que llevara siempre algún condón por si acaso... Yo me quedé un poco
alucinado, pues con 13 años veía todo eso bastante lejos; aun no salía con
chicas, y tardaría un par de años más en dar mi primer beso. Al final lo entendí
todo.
Así como el que no quiere la cosa, mi padre me preguntó que
si había dormido bien, porque había hecho mucho calor y él se había levantado
muchas veces a beber agua. Yo le dije que sí, pero que también me había
levantado alguna vez. Fue la respuesta que estaba esperando, y la confirmación
de lo que se temía. Me dijo que sabía que les había estado mirando mientras
hacían el amor, pero que no pasaba nada siempre y cuando mi madre no se
enterara.
Sus padres siempre habían considerado el sexo como un tabú, y
por culpa de eso, mi padre tardó mucho en tener información sobre el tema. Ahora
él no quería repetir esos mismos errores, así que aunque me había visto en la
puerta no dijo nada (supongo que notó que me la estaba cascando, pero lo omitió
por ahorrarme el mal trago). Me advirtió que debía ser discreto, y que me lo
tomara como algo educativo, no como una diversión.
Estuve varios años espiándoles detrás de la puerta,
conociendo las diferentes variantes y posturas, más romántico, más violento,
fugaz, sin prisas, erótico, salvaje... Aprendí mucho en ese tiempo, y porque no
decirlo, tuve material pornográfico gratuito para cientos de pajas. Mi madre
nunca me descubrió, aunque siempre sospeché que estaba enterada del tema desde
el principio. Fuera como fuera, llegué a conocer a mi madre en la cama casi
tanto como hoy conozco a mi mujer, y eso que nunca la toqué.