Capítulo VI
Cuando llegó a su casa estaba cansado, agotado... Su cuerpo
necesitaba un par de horas de sueño inmediato, sueño y nada más. Pero nada más
cerrarse la puerta, dos voces femeninas le abordaron en el pasillo.
-Vaya, vaya, vaya... –El timbre inconfundible de Cristina, la
mejor amiga de Laura, su hermana.- ¿Tu primera noche durmiendo fuera? Si es que,
a esa edad...
-Míralo, ya está hecho todo un hombre... –Laura fingió
emocionarse.-
-No sé de qué habláis. –Cortó ceñudo.-
-Oh, venga, Raulito... –Él siempre odiaba como le llamaba
Cristina.- ¿A quien te has tirado? ¿Qué tal ha sido?
-No ha pasado nada... –Le tenían arrinconado en el pasillo.-
De verdad...
-¿Seguro? –Ambas mujeres se miraron.- ¿Entonces donde has
dormido?
-En casa de... –Dudó, realmente, su historia no era para
contarla, había dos salidas, que creyeran que era homosexual o idiota.- Un
amigo, estoy cansado, me duele la cabeza... Dejadme descansar un rato...
-Venga, vale... –Las mujeres se apartaron, Cristina le dio
dos besos en forma de saludo.- Pero no te creas que te has librado, Raulito.
Al retirarse, Cristina le dio un pellizco en el trasero, él
bufó, pero se escabulló a su habitación, no fuera que las mujeres decidieran
acosarle otra vez. Cayó redondo en su cama, inmaculadamente recogida. Se durmió,
pero tan solo unos minutos, hacía calor, mucho calor. Cerró otra vez los ojos,
dispuesto, por lo menos, a moverse lo menos posible.
Estuvo haciendo un repaso mental de los acontecimientos,
realmente, ¿Había cambiado tanto en unas pocas horas? Le parecía lejano todo el
episodio de Marta y la piscina. Pensar en Marta le hizo suspirar, pero estaba
demasiado cansado para deprimirse. Se durmió otro rato, después, incapaz de
dormir en una habitación sobrecalentada, se dispuso a ducharse y ponerse ropa
limpia, por lo menos para entretenerse.
Se dio su segunda ducha del día, utilizando esta vez su
champú y envolviéndose en su toalla preferida. Con la toalla enredada en la
cintura, abandonó el baño. En el pasillo maldijo su suerte. Cristina estaba en
ese momento ahí. No tenia reparos en que le viera así, realmente, al crecer a su
lado y siendo el sexo algo que se "palpaba" en el aire de forma clara, desde que
vivía con su hermana, había visto tantos hombres y mujeres desnudas que lo único
que sentía era fastidio, bueno, para no engañarse, fastidio y excitación, pero a
Cristina, como siempre se decía, la tenía "muy vista".
-Vaya, vaya, vaya... –Ella siempre repetía esa coletilla.-
-No estoy de humor. –Masculló.-
Pero ella fue más rápida, y Raúl más masoquista. La mano de
la mujer se introdujo en la toalla, él miró al techo, este juego lo habían hecho
muchas otras veces a lo largo de los últimos años, ella siempre buscaba la forma
de alterarlo, de ponerlo nervioso, su orgullo no le permitió ni siquiera
inmutarse. A su edad, una ráfaga de aire le hacia tener una erección, y la
caricia experta de la amiga de su hermana, poco a poco animó su traicionero
cuerpo.
-Vaya, vaya, vaya... –Repitió, buscando los ojos del joven.-
Nunca había apreciado tanto a su hermana Laura, que apareció
de la cocina, hablando algo sobre que les apetecía.
-¿Qué haces? –Rió ella.-
-Nada. –Carcajeó Cristina.- Metiéndole mano a tu hermano.
-Joder, es que no paras... –Laura bufó.- Anda, déjale
vestirse, que tiene que ayudarnos a cocinar.
-Bah... –Se hizo la triste.- En fin, nos vemos luego, Raúl.
Era la primera vez en años que le llamaba por su verdadero
nombre, además, su mirada era extraña, más de lo que de costumbre. Raúl maldijo
en voz baja, dado que su querido miembro no rebajó su hinchazón, y él se negó a
masturbarse tras las caricias de esa mala mujer, mala, sí, pero atractiva.
Como de costumbre, le tocó a él hacer la comida. Comieron
entre risas, las chicas hablaban sobre citas con alguien, cosas que Raúl no
entendía, temas de trabajo, de chicos, de los antiguos tiempos.
-Oye, Laura... –Dijo Cristina de repente.- ¿Me puedo follar a
tu hermano?
Lo repentino de la pregunta dejó a Raúl con un nudo en la
garganta, el trozo de carne que intentaba tragar se le atravesó, y, entre toses
y abundante agua, consiguió tragarlo. Ellas reían con malicia, realmente,
algunas cosas no iban del todo bien en la mente de esas dos mujeres.
-Claro, mientras él quiera. –Aclaró Laura.- Aunque antes que
tu voy yo, ¿Verdad que sí Raúl? ¿A que yo te lo pedí antes?
-Ya... –Respondió, incorporándose.- Sí, claro... Me voy a
terminar unos trabajos.
Raúl pasó un par de horas con los trabajos del instituto,
absorto en sus pensamientos y maldiciendo su poca habilidad numérica. Pese a
todo, consiguió hacer algo decente. Las risas de su hermana y Cristina llegaban
claramente a su habitación, haciéndolo distraerse cada dos por tres. Varias
veces, mientras terminaba de pasar unos documentos al ordenador, estuvo tentado
de ver algo del "contenido secreto" de su hermana, pero se contuvo, con esas dos
sueltas en la casa, nunca se tomaban suficientes precauciones.
Como si olieran que estaba pensando en ellas, llamaron a su
puerta.
-Raúl, ¿Estás muy ocupado? –El tono extrañamente cordial de
su hermana le alertó al instante.- Te necesitamos.
-No puedo.
-Venga...
-No.
-Creo que estás mal de liquidez. –Dejó caer ella.-
-Eres una mala zor... –Se contuvo, realmente necesitaba
dinero.- ¿Qué quieres?
Tres minutos después estaba en el colosal cuarto de su
hermana, que eran, en realidad, dos cuartos unidos, puesto que se había tirado
un tabique. Todo era colosal, la cama, los armarios empotrados, la decoración...
Había un fuerte olor a mujer, pasando desde el perfume más dulce, a los
cosméticos, así como un tinte de sexo inconfundible. Raúl no se sorprendió,
sabia que la unión entre Cristina y Laura iba más allá de las simples
carantoñas, por no decir que ambas se habían acostado tantas veces juntas que no
se sabia donde empezaba la una y terminaba la otra.
Cristina tenia el pelo revuelto, tan solo llevaba un exiguo
tanga negro, su pechos, grandes y hermosos, mostraban perlas de sudor. La gran
cámara de su hermana reposaba en un trípode.
-Bueno, es que queremos que nos grabes, simplemente eso.
–Aclaró Laura, pero su rostro estaba cruzado por la malicia de nuevo.-
-Estáis locas...
Dijo, abochornado por lo que le planteaban, pero con un
cosquilleos en las piernas a causa de la intriga, no podía evitar reconocer que
era un salido, el sexo le podía, y más, verlo en vivo, algo que nunca había
hecho. Si a esto unías que eran dos mujeres guapas... Pese a que una era su
hermana y odiaba a la otra, empezó a sufrir calambres en su entrepierna. Ya las
había visto desnudas muchas veces, también sabía de sus juegos sucios, pero era
la primera vez que le pedían una participación tan activa. ¿Por qué justo esa
noche? ¿Por qué ellas? ¿Acaso algo había cambiado en el universo y de repente
él, Raúl, era el epicentro del cosmos? Vació su mente, su hermana, con tono
meloso, le sacó de ensoñaciones.
-¿Por 20€? –Laura le mostró un billete.-
-No, adiós.
-¿Por 50€? –Sacó otro.-
-No... –Raúl dudó.-
-Esta bien, te doy 70€, es que es urgente, pero joder, me
estás atracando a mano armada, si lo sé no te lo pido...
Raúl aceptó los billetes, sintiéndose sucio, como una vulgar
prostituta que vendía su dignidad a cambio de dinero. Cogió la cámara y respiró
hondo. Las había visto desnudas otras veces, dado que ellas procuraban mostrarse
como Dios las trajo al mundo siempre que tenían oportunidad, él no sabía si lo
hacían porque les gustaba o simplemente para perturbarlo a él. Las mujeres se
miraron, la lujuria se entremezcló con la malicia, sin duda, tenían otro plan.
-Tan solo tienes que grabarnos, intenta lucirte, estos videos
me encantan...
-Sí, los puedes ver cuando seas vieja y estés arrugada, y
pensarás: "Joder, cuantas veces me corrí en los brazos de Cristina". –Rió su
amiga.-
Raúl cerró la puerta y apartó el trípode, estaba algo
agitado, su entrepierna ya empezaba a palpitar, intentaría resistir, pero, que
demonios, era imposible, además, eso era lo que ellas querían, por lo menos les
quitaría definitivamente la idea de que era homosexual.
Empezaron un juego peligroso, Cristina desnudó muy lentamente
a Laura, besando todo su cuerpo, lanzándole miradas provocadoras a Raúl de vez
en cuando. Sus besos eran apasionados y maestros, esas mujeres sabían mucho del
arte amatorio, más que muchas de las actrices eróticas que había visto en las
películas.
Pronto los pechos de su hermana quedaron al descubierto,
Cristina los mordisqueaba entre caricias, provocándole gran placer a Laura. Raúl
sufría escalofríos y le temblaban las manos, tanto que peligraba la imagen de la
cámara. Su entrepierna ya bullía en plena actividad, tenia la boca seca, y cada
vez sentía más calor en la habitación, con dos pequeñas panteras en la cama.
Se centró en lo suyo, sabia lo que las mujeres querían de él,
pero se propuso no caer. Su cuerpo le traicionaba, pero su mente se fue a otro
sitio, estuvo revisando mentalmente sus deberes, que se entremezclaban con las
imágenes de las dos mujeres, al final, incapaz de diferenciarlos, se consagró a
su propio orgullo.
Su hermana llevaba otra de esas braguitas tanga tan
sensuales, cuando Cristina se lo bajó, atrapándolo entre sus dientes, Raúl pensó
que sufriría una corrida en seco. El coño de su hermana palpitaba de actividad,
emitía reflejos húmedos a causa de la iluminación especial, el olor a sexo lo
inundó todo de forma clara y dulzona. No podía hacer caso omiso a sus hormonas,
le pedían salvajemente poseer a la mujer, a cualquiera de ellas, pero hacerlo,
rápido, vigorosamente... Los testículos le empezaron a doler, él frunció el
ceño.
-Acércate un poco más... –Le susurró Cristina.- Quiero que
cojas un plano justo desde abajo.
Laura se abrió de pierna en la cama, sus ojos velados por la
absoluta lujuria, Cristina llevó su boca al pubis de la mujer, que empezó a
besar con suavidad. La chica estaba en posición de perrito, con las piernas
ligeramente abiertas. Cuando Raúl se internó en la cama para intentar grabar
desde ahí, pensó que no podría resistir sin lamer, morder, poseer ese coño
deseoso que le ponían en la cara. Agradeció que Cristina aún llevara el tanga,
puesto que verla también desnuda le habría trastocado.
-Así, acércate más. –Continuó con sus instrucciones, al final
Raúl acabó casi entre sus piernas.- Ahí, sí, ahí.
Comenzó la acción autentica, Cristina le lanzó un mirada
melosa, como insinuándole que se apuntara, Raúl se mantuvo en su posición,
firme, con la cámara temblando en sus sudorosas manos, las muestras evidentes de
una gran y dolorosa erección en el pantalón. La amiga de su hermana carcajeó con
una risa juvenil y extraña, atractiva...
Le lanzó un beso y se inclinó sobre la necesitada vagina de
su hermana, que debía arder a mil grados por lo menos. Sus expertos labios, así
como su gran comodín, la lengua, esa lengua que tanto y a tantos había probado y
conquistado.
Entre gemidos y movimientos rítmicos de su vientre, Laura
expresó su gran agrado, Cristina, concentrada en su papel de dar placer. Su
lengua volaba, y de vez en cuando, un pequeño mordisco hacia levantar verdaderos
sollozos de placer en su hermana.
-Graba... –Decía Cristina los breves segundos que separaba su
boca del Monte Venus de Laura.- Más cerca, más...
Las mejillas de Laura estaban atravesadas por dos líneas
coloradas, su vientre subía y bajaba con violencia, sus caderas se erguían de
vez en cuando, y sus manos, nerviosamente, se aferraban a cualquier cosa, las
sábanas, la almohada, sus pechos, el cabello de Cristina...
-Siempre fenomenal, siempre inigualable... –Musitó entre
gemidos su hermana.-
-Sí, soy la mejor. –Rió Cristina rápidamente.-
Raúl enfocó el clítoris hinchado de Laura, imagen que
Cristina le indicaba que grabara, con esa sonrisa provocativa otra vez.
-Cris... ¡Cris! –Gritó Laura.- ¡Ah! ¡Ah!
Su orgasmo fue brutal, Cristina, maliciosamente, apretó sus
muslos contra la cama, impidiendo a Laura retozar a voluntad. De la vagina de su
hermana brotó una cantidad considerable de denso líquido, y sus gemidos
alcanzaron grados de perversión inusitado, entremezclándose el "Me corro, me
corro" con un "arráncamelo, arráncamelo..." refiriéndose al clítoris.
Cristina dejó totalmente abierta la vagina palpitante de
Laura, negándose el placer de paladear sus fluidos.
-Graba más de cerca. –Raúl hizo oídos sordos al zoom de la
cámara y se acercó más a la vagina de su hermana.- Que la cámara capte
perfectamente como su coño pide una buena verga dentro.
Tuvo dificultades por no extender su mano libre hacia la
entrepierna de su hermana y acariciarla. Cristina se le abrazó por detrás,
clavándole sus erectos pechos en la espalda, le acaricio el hombro, diciéndole,
en un lenguaje de caricias, que todo lo que veía podía ser suyo. Raúl tuvo que
contener la respiración para no sufrir un ataque al corazón, nunca había
comprendido bien eso de "un calentón", pero en ese momento... Habría robado y
asesinado por un polvo, tan solo una infinitesimal parte de su mente continuaba
mandándole señales de peligro.
-"No caigas en ese juego." –Repetía una voz en un recoveco de
su cabeza.- "Ellas solo te provocan..."
Laura se movía ahora como a cámara lenta, recuperándose del
tremendo impacto muscular que había supuesto su orgasmo, tenia los ojos cerrados
y la boca ligeramente abierta. Su frente estaba perlada de gotas de sudor, y
tenia el pelo desparramado por la cara, de una forma salvajemente sugerente.
-Es hermosa, ¿Verdad? –Susurró Cristina en su oído.- ¿Quieres
tocarla?
-Es mi hermana. –Carraspeó con una voz tremendamente seca.-
-Sí, ¿Y qué? Yo soy una mujer, y ella otra, no creo que quede
ninguna ley natural que quebrantar en este cuarto. –Rió ella, mientras le besaba
en el cuello.-
-No... –Musitó él.- No...
-Venga... –Cristina le besó con suavidad.- Tu amiguito está a
punto de reventar...
La mano de la mujer bajó hacia su entrepierna y acarició su
miembro por encima del pantalón. Le quemaban las mejillas, sus ojos se
entrecerraban, el olor a sexo le enloquecía.
-Yo... –Se intentó agarrar al único pensamiento que tenia en
mente, un pensamiento que le avergonzaba y le hacía sentir aún más nervioso que
las caricias de Cristina.- Soy virgen...
-Hay, Raulito... –Cristina estrechó su abrazo.- Ya sabes que
yo no lo soy...
-Sí, lo sé. –Tartamudeó mientras las caricias de la mujer se
hacían más intensas.-
-Pero, ¿Quién mejor para tu primera vez que nosotras? –Sus
roces estaban enloqueciéndole, sostenía la cámara agarrada con fuerza, demasiada
quizás.- Hemos compartido mucho... Comparte esta experiencia irrepetible... Yo
me estoy corriendo de ganas desde hace mucho tiempo, y tu hermana...
-Ella...
-Sí, siempre. –Rió Cristina.- Es algo que la pone cachonda
desde hace años, es más...
Cristina señaló a una de las mesillas, donde descansaba el
famoso consolador rojo.
-¿Sabes como se llama?
-Co... Como... –Su respiración estaba ya muy agitada.-
-Raúl, ¿Cómo se iba a llamar? ¡Le puso tu nombre!
Las carcajadas sonoras de Cristina hicieron salir a Laura del
limbo en el que estaba, sus ojos verdes se clavaron en los de su hermano,
rogándole, suplicándole... Los pezones de Cristina le acariciaban la espalda de
nuevo, provocándole escalofríos que terminaban y empezaban en su entrepierna.
-Raúl... –Susurró esta, con esa mirada sugerente que le
volvía loco.- Raúl...
Cristina interpretó su silencio como un sí. Y todas las voces
y barreras mentales que tenía desplegadas, flaquearon. Era un juguete en manos
de dos princesas, dos princesas dominantes, fuertes y con un gusto por el sexo
fuera de toda lógica o sentido.
Pronto su camiseta voló en las manos de Cristina. Su hermana
recobró la vitalidad justo a tiempo de unirse a la fiesta, la cámara dejó de
tener la menor importancia, acabó en algún lugar entre las sábanas, grabando
ciegamente.
Los besos cada vez subieron de tono, la lengua de Cristina
exploró todos los recovecos de su boca con maestría. Era su primer beso de esas
magnitudes, y su inexperiencia quedó de manifiesto desde el principio. La amiga
de su hermana tan solo sonreía, se la veía notablemente emocionada, no tan solo
por el morbo de estar "corrompiendo" al hermano de gran amiga Laura, sino porque
se sentía a gusto con ello.
-Tu solo... –Susurraba Laura.- Déjate llevar...
-Te vamos a tratar muy bien. –Corroboró Cristina.-
-Pero, sobretodo, una única regla... –Ambas rieron.- Nunca te
enamores.
La minúscula parte de su mente que le decía "Alto, no lo
hagas, esto está mal", quedó instantáneamente callada por la voz de su lujuria,
en momentos posteriores, cuando lo recordara, seria consciente de por qué había
en el mundo tantos crímenes pasionales... La pasión, la lujuria... Te hacían
volver a tu estado más primitivo, sin ninguna duda.
Como le habían dicho, se dejó llevar, y pronto, las dos musas
del sexo se adueñaron de su cuerpo. Quedó completamente desnudo más pronto de lo
que le hubiera gustado, su erección era tan notable que se sonrojó, sintiendo
las miradas de aquellas dos mujeres en su miembro.
-Vaya, vaya, vaya... –Exclamó Cristina, reteniendo una
sonrisa.- Nos lo vamos a pasar bien...
-Espera, Raúl. –Laura dudó, una sombra de duda cubrió sus
verdes ojos.- Esto... Esto debe quedar absolutamente entre nosotros...
-No creo que haga falta aclarárselo... –Cristina ya besaba al
joven muchacho, acaparando su cuello, con intimidante suavidad, intentando hacer
las cosas poco a poco.-
-Este es nuestro secreto... –La voz de Laura se tornó en un
susurró hipnótico.- Si respetas las reglas, podrás jugar.
-Cuantas veces quieras, y en cómodas posturas. –Matizó
Cristina, adoptando el tono de una vendedora de teletienda.- Siempre que quedé
satisfecho con el producto...
Ante el asentimiento sordo del muchacho, las dos prosiguieron
con su labor, Laura le miró a los ojos, en ellos, bajo capas y capas de
perversión, se ocultaba el deseo, un deseo reprimido durante muchos años.
-Habrá que tener cuidado, está al punto... –Susurró Cristina,
mientras besaba su torso.-
-Seria mejor terminar y volver a empezar desde el
principio...
-Me cedes los honores, sí, ¡Gracias!
Cristina dejó el torso de Raúl, le miró con malicia a los
ojos, sin dejarse intimidar por el ardiente deseo y el miedo velado del joven,
beso su ombligo, se entretuvo con su pubis a medio rasurar, cosa de la natación,
y por fin, llevó sus manos al erecto mástil del joven...
Era la primera vez que tenia unas manos, que no fueran las
suyas, en su miembro, al menos si descartaban todas las anteriores veces que le
habían metido mano impunemente. Laura se colocó a la espalda de Raúl, observando
el singular "trabajito" que iba a realizar Cristina. Las manos de esta ya
resbalaban a lo largo y ancho del tronco del joven, que se retorcía de placer,
estaba apunto de estallar...
-Tranquilo, Raúl. –Cristina lanzó su terrible mirada, sus
carnosos labios estaban a tan solo medio centímetro de su glande.- Estás en
buenas manos.
Dicho esto, introdujo el miembro de Raúl en su boca. Fue la
sensación más indescriptible que había sentido jamás... La lengua de Cristina
hacia virguerías, le acariciaba el borde del glande. Sintió un deseo
irrenunciable de correrse, pero hizo un gran esfuerzo mental para no terminar
tan pronto, no quería dar mala impresión.
-Que rica está tu polla... –Susurró Cristina en uno de los
breves instantes que no tenía la boca llena con el miembro de Raúl.- Que rica...
Que rica...
-Cristina es una de las personas que mejores mamadas hace de
la ciudad... –Corroboró Laura, que le estaba acariciando suavemente el resto de
su cuerpo, mientras conducía las manos del muchacho hasta sus pechos para que se
los acariciara.- Como prostituta no tendría precio...
Dicho esto, y para intentar lucirse, Cristina, que ya llevaba
unos momentos lamiendo a gran ritmo el miembro de Raúl, se lo introdujo todo, de
una sola vez... Notar la campanilla de la mujer le hizo no poder contenerse.
-Déjalo salir, déjalo... –Le susurró Laura, mordiéndole el
lóbulo de la oreja.-
-Ah... Ah... Aaaah... ¡No! ¡No puedo más! –Raúl aguantó tanto
como pudo, pero no había nada que hacer.- Me... Me co...
Cristina recibió el primer chorro en la garganta, rápidamente
se apartó, dejando que las siguientes dos descargas les dieran de lleno en la
cara y en el pecho. Fue la mejor corrida de toda su vida, no tenia ninguna duda.
La sensación de humedad y la paja que te hacia con los labios... Nunca antes lo
había probado, pero sabia que lo haría muchas veces más.
Laura le abandonó en su placer infinito y se abalanzó sobre
Cristina, le arrancó de los labios hasta la última gota de semen, parecían dos
fieras, luchando con sus lenguas por el líquido que daba la vida. Su hermana
hizo mella en los grandes pechos de Laura, gimiendo lujuriosamente mientras los
paladeaba, cosa que no hizo más que excitar sobremanera a la otra mujer, que
continuó su labor de limpiarla totalmente...
Acabado el regalo blanco de los pechos de Cristina, se
abalanzó sobre la decaída polla de su hermano, y la limpió con ansia, no dejando
ni una sola gota de leche.
-Es deliciosa...
-Hacia tiempo que no probaba una así...
-Sabe tan...
-¡A Virgen! –Rieron ambas a la vez, una risa maliciosa,
lujuriosa, pervertida...-
Raúl permanecía tumbado, tan largo era, el ritmo cardiaco aún
acelerado, los ojos muy abiertos, su mente en una nebulosa muy lejana.
-Pobrecito... –Rieron de nuevo.- ¿Habremos sido muy duras?
-Tu tranquilo Raúl... –Comentó Laura, situándose de rodillas
encima de su mustio aparato.- Ahora debes devolverle el favor a Cristina, ella
se ha portado bien contigo.
-Sí, sí... –Quizás de forma muy vulgar, se abrió de piernas,
enseñando hasta el último rincón de sus genitales.- Hazme una buena paja...
Su mente se reactivó al instante, no existían cosas como
respirar o pensar con claridad, pero sí la de hacer correrse a Cristina,
enseñarle que era un niño, sí, pero que en eso tenia algo de practica. Decidió
utilizar su método de hacerla sufrir, fue poco a poco, lentamente, muy
lentamente...
Beso sus muslos, los acaricio, restregó hasta la punta de su
nariz, y, finalmente, ansioso, se abalanzó sobre su presa. Los dedos de Laura
resbalaban de dos en dos al interior de su vagina, ella también se estaba
aclimatando...
Dejo que su lengua corriera, se esforzó, incluso, hasta
sentir calambres en dicha parte de su cuerpo, lamió los labios mayores,
provocando gemidos de placer de la mujer, apartó sus labios menores,
aconteciendo que esta, gritando y con la frente perlada de sudor, empezara a
arquear el vientre.
-Sí, joder... ¡Sí! ¡Dios! ¡Tu hermano me está haciendo una
paja! ¡Dios! –Decía entre gemidos, ante la atenta mirada de Laura, cuyos dedos
ahora entraban de tres en tres.-
Cuando pensó que estaba a punto, introdujo uno de sus dedos
por la vagina de la mujer, realizando un pequeño masaje, dirigió su lengua al
clítoris en concreto, y explotó. Fue un orgasmo largo, larguísimo, después supo
que eran dos encadenados. Cristina soltó la mayor cantidad de jugos que hubiera
podido imaginar, tuvo que realizar grandes esfuerzos para tragarlos todos, pero
estaba decidido a no abandonar ni una gota al abrigo de las sábanas o su voraz
hermana. Cristina retozaba, reía, lloraba de placer... El morbo y una buena
paja, así como ser su primera de la noche, le habían dado una buena experiencia
nada más empezar.
-¡Joder! ¡Qué lengua! –Gimió, aún retorciéndose.- Es...
¡Joder!
Laura parecía llevada al limbo, sus tres dedos entraban y
salían tan rápido que apenas se los podía ver.
-Tú... –La voz de Cristina era desconocida, cargada de
violencia.- Fóllatela, fóllatela... ¡Quiero ver como te follas a tu hermana!
Su voz era un grito poderoso, Raúl, que estaba otra vez
totalmente empalmado a causa del morbo de la corrida de Cristina, no estuvo
dispuesto a que se lo repitieran dos veces. Tomando ligeramente la iniciativa,
apartó la mano de Laura de su vagina, dirigió su polla hacia la diana y...
Indescriptible. Fue una explosión, su hermana explotó, más
por el morbo que por el placer, pero explotó. Raúl sintió por primera vez el
orgasmo de una mujer desde dentro, las contracciones vaginales sobre su polla,
los gemidos de esta, el dolor de sentir sus uñas clavadas en la espalda...
Cristina, sin perder el tiempo, daba buena cuenta del consolador rojo que
llevaba el nombre del chico, que entraba y salía de ella como si fuera parte de
su anatomía.
-Despacio... –Susurraba Laura.- Métela despacio, y sácala. Ve
subiendo el ritmo.
Fue consciente de que para su hermana darle estas
indicaciones en mitad de un delirio era sumamente difícil, así que hizo lo mejor
posible en esa situación, no concentrarse. Al principio las penetraciones no
tuvieron ningún ritmo, pero, tras un largo minuto, consiguió acompasarlas.
Sentir la presión de una vagina joven en su polla era lo
mejor, más que la mamada... Cada vez que Laura respiraba, todo se estremecía, y
su polla recibía un nuevo estimulo, quería correrse, no quería aguantar más sin
correrse dentro de una mujer, su hermana, su amiga, no le importaba nada en
absoluto.
-¡Aguanta! –Gritaba Laura, por encima de lo gemidos de
Cristina, que observaba a tan solo un palmo de la polla de Raúl, mientras hacia
volar el consolador en su mano.- ¡Aguanta!
-No puedo... –Susurró él, tenia los ojos cerrados, se le
escapaba, como a los niños pequeños, el placer era demasiado, se estaba follando
a su hermana, se la estaba follando como si fuera una puta...- ¡No puedo!
Sintió como la descarga subía por su polla, ante la presión
de los potentes músculos vaginales de su hermana, salió disparada, fue la mayor
corrida de su vida... Laura, solidarizándose, aún en su placer de estar casi en
el orgasmo, continuó con el vaivén de las caderas, haciendo, si cabía, aún más
intenso el placer que sentía Raúl.
-¡Vamos cabrón! –Gritaba esta, fuera de sí.- Me voy a correr
con tu polla dentro... ¡Den... troooo!
Como si estuviera ensayado, Cristina y Laura se corrieron al
unísono, el consolador rojo resbaló de las lubricadas entrañas de Cristina,
Laura cabalgó a su hermano entre delirios, aprovechando los últimos segundos de
su erección.
Sentir de nuevo los músculos vaginales de su hermana en el
orgasmo le volvió a exprimir. Él, absorto de placer, se dejo caer en el colchón,
casi inconsciente. Cristina, en un atisbo de fuerza, se sentó encima de su
pecho. Era fabuloso sentir el chorreante coño de la mujer restregarse por sus
pectorales, aún más, incluso, el pequeño tacto áspero de su bello púbico.
Laura aún seguía con su polla dentro, aunque esta había
perdido la fuerza, estaba besándose apasionadamente con Cristina, magreándose
los pechos, eran dos fieras, parecían querer borrarse la una a la otra con la
lengua como única arma. Ante esa imagen, su miembro intentó saltarse las leyes
de la biología y activarse antes de tiempo, sintió como crecía, y ejerció ligera
presión con su caderas.
-Ese es mi Raúl... –Gimió Laura, reconfortada.- Ese es mi
Raúl...
-¡No! ¡Tienes que compartirlo! –Cristina poco más y la
derribó de encima del joven.- Tú quédate ahora con el "otro" Raúl...
Pero eso no pareció satisfacer a Laura. Cristina se introdujo
la polla de un solo golpe, y empezó a cabalgar, buscando un orgasmo rápido.
-Tú... Cómeme el coño, ¡Vamos!
La orden de Laura no dejaba lugar a dudas... Se sentó sin
miramientos encima de la boca del muchacho. Era insostenible, pronto empezó a
marearse, no supo si era a causa del placer, de la tensión, o de que el coño de
Laura apenas le dejaba respirar. Cerca del clímax, Raúl se sorprendió pensando
que, quizás, en momentos de pasión se podía realmente perder la cabeza. Tuvo un
último orgasmo terrible, esta vez, y para disfrute de todos, fue simultáneo en
los tres cuerpos, que quedaron desparramados como una pila de naipes,
derrotados.
Capítulo VII
Su reloj biológico le despertó en torno a las siete de la
mañana, después de años de levantarse a esa hora para ir al instituto, le
costaba mucho sobrepasarla a menos que hubiera alcohol en su corriente
sanguínea.
Las dos mujeres se habían unido formando un ovillo, una tenue
sábana cubría sus cuerpos. Raúl se despertó, la cabeza le daba vueltas, y le
dolía la espalda. Abandonó la estancia preocupándose por abrir ligeramente la
ventana, la fragancia de la pasión era densa aún habiendo pasado horas.
Se dio una ducha larga, donde comprobó, para su horror, que
tres grandes arañazos, con la forma perfecta de un surco creado por uñas de
mujer, surcaban su espalda. Era lunes, y tenían waterpolo... No lo había
pensado, pero era la primera vez que volvería a ver a Marta tras su pequeña
indisposición. También Estela esperaría verlo... ¿Tanto había cambiado en dos
días? Había evitado una desgracia con Marta, incluido una visión fugaz de su
contorno desnudo, había dormido en casa de Estela, y... Se había tirado a su
hermana y a su mejor amiga...
Sí, definitivamente, dos días habían dado para mucho.
Observó las paredes de su habitación mientras se vestía,
tantas fotografías, adornos... No conseguía creer que todo eso le hubiera
interesado de verdad alguna vez, era tan extraño, tan diferente... Eran los
recuerdos de un niño, no del Raúl actual.
Cogió su cartera sin reparar en que no había preparado los
libros, pero no le importó en absoluto, tenia miedo, sí, pero también
inquietudes agobiantes. Contuvo un suspiro cuando vio a Felipe y a Daniel en el
autobús, ambos portaban un libro de matemáticas en las manos, se le calló el
alma a los pies al recordar el examen, suspendería sin ninguna duda.
-Hombre, pero si está aquí Raúl. –Felipe abandonó su libro
con suma facilidad.- Un moscardón me ha contado que el sábado te fuiste con
Estela de la mano...
-¿Te la has tirado? –La pregunta indiscriminada de Daniel le
hizo daño.- ¿Es verdad lo que dicen? ¿Le va la marcha?
-Por el bien de nuestra amistad, si es que existe...
–Respondió Raúl.- No volveréis a hablar mal de Estela, es mi amiga.
-Eso suena a polvo. –Rieron ambos, ignorando su tono serio.-
-¡No hubo nada de eso! –Se defendió.- Pero os lo aviso...
-Vale, joder... –Felipe volvió a su libro de matemáticas, que
abrió por una pagina al azar.- No sé, es que como tienes esa cara...
-Tienes dibujado en la cara "Acabo de follar". –Puntualizó
Adrián.- Y ya era hora chico, este y yo pensábamos que eras marica...
Raúl se acomodó en su asiento y cerró los ojos, no tenia
sentido intentar repasar, ese examen era uno de los más difíciles del curso,
pero le quedaba la recuperación para salvar el cuello. Pensó en lo que decían,
¿Realmente se le notaba en la cara?
El autobús aparcó frente a los jardines del instituto, y
todos en tropel lo abandonaron, rumbo a la cafetería, sitio donde agotarían las
existencias de café. Quedaban quince minutos para tener que entrar a clase. Raúl
alegó indisposición para no acudir a la masificada cafetería, donde se tendría
que pelear para conseguir un azucarillo.
Aprovechó esos momentos para refrescarse, observó que los
arañazos que cubrían su espalda eran visibles, demasiado quizás, seria el
hazmerreír de la clase de natación. Fruto del destino, o de que ella le estaba
buscando, se cruzó con Estela en las escaleras que daban al pabellón de
Historia, su primera clase. Tras los saludos pertinentes, notó que Estela había
vuelto a modificar su uniforme escolar, acto que consistía en hacerle un doble o
triple dobladillo a la falda de cuadros, con razón de no incumplir las normas de
uniforme, pero mostrar cuanta más carne posible.
Estela pasó del triple dobladillo, mostrando casi todo,
siendo una de las que engrosaban ese nutrido club de fulanas, ha un único y
recatado dobladillo, ¿Seria parte de su nueva vida? La pregunta hizo eco en la
mente de Raúl hasta que ella lanzó un órdago.
-Te noto diferente... –Exclamó.- Es como si... No sé...
-¿Diferente? –Su tono de voz le delató.-
-Tienes la misma cara que yo puse cuando me compraron mi
primer coche. –Exclamó, entrecerrando los ojos de concentración.- También es la
misma cara que tuve el día de mi primer...
El ruidoso timbre del inicio de las clases le salvó, Estela
no terminó su frase, y él se despidió con un "Nos vemos luego" antes de salir
corriendo por el pasillo, lo que le hizo ganarse una mirada reprobatoria de un
incauto profesor que pasaba por ahí.
La clase de Historia fue balsámica, les dieron un discurso
sobre los métodos de regulación de bienestar social de Stalin, siendo el momento
culminante de la clase el momento en el que anunció su forma de evitar el hambre
de dos millones de personas de una céntrica comarca del país, eliminó a un
millón, y el resto se repartió la comida que a estos les tocaba, fascinante...
El resto de la mañana tan solo tuvo un sobresalto, Marta se
acercó con su paso risueño de siempre, habiendo recuperado parte del color de su
cara, y, tras darle dos besos en cada mejilla y agradecerle otra vez lo sucedido
en la piscina, le dijo que ese día le encontraba diferente, y que ya hablarían
más tarde.
Sentir los besos de Marta le hizo enternecerse, no tuvo una
erección, pero estuvo al borde las lágrimas, afortunadamente, ella fue absorbida
por su grupo de amigas, que la observaba desde la distancia con profunda
dedicación, entre ellas estaba Ana, con una sonrisa muy especial.
Raúl estaba confuso, Marta y Ana habían sido sus grandes
amigas en la infancia, con la adolescencia se habían distanciado. Él era
consciente de que no se podía amar a dos chicas, pero no sabia como explicarlo,
a su lado, le faltaba el aire, deseaba abrazarlas, besarlas... Pocas veces
pensaba en el "sucio y salvaje" sexo con ellas, le excitaba mucho más sentir una
caricia en los hombros, o un beso en el cuello... Todo se lo permitía a su mente
en lo que se refería a Marta y Ana.
Tras el almuerzo, donde Felipe y Adrián consolaron su fracaso
en el examen a base de comer bocadillos. Llegaron a su temida clase de
waterpolo, ya en el vestuario se hizo el remolón a la hora de cambiarse,
perdiendo tiempo en tonterías como peinarse y quitarse los zapatos. Cuando
estuvo solo, se puso el bañador en un suspiro y se quitó la camiseta, los
arañazos seguían ahí, como muestra inequívoca de sus fechorías nocturnas.
Había trazado un plan mental, ir de espaldas a la gente y
lanzarse rápidamente a la piscina, donde sus compañeros estarían terminando de
calentar. En el agua todo quedaría disimulado, al menos un poco. Al principio
creyó que funcionaria, se lanzó de cabeza y se apoyó en uno de los bordes donde
comenzó a calentar a un ritmo vertiginoso, sus compañeros no se cercioraron de
sus marcas de guerra.
Llevaban quince minutos con pases suaves cuando su instructor
les dio una mala noticia.
-Hoy practicaremos los cambios. –Sentenció con firmeza.- En
medio de un partido, los cambios han de ser rápidos para no cabrear al árbitro,
ya lo sabéis, cuando el que sale toca el bordillo, el que entra se lanza.
Para añadir más expectación, las chicas acababan de entrar en
la piscina, después de tener una lección teórica en su vestuario. Se sintió
mareado, estuvo a punto de decirle al entrenador que se iba, pero no podía, tan
solo debía hacerlo, no darle mayor importancia...
Cuando la fila de relevos fue medrando, hasta que llegó su
turno, él se hinchó se coraje y lo realizó con soltura, cuando tocó el bordillo,
el que esperaba fuera se lanzó, subió por la piscina, y entonces, sonó el pitido
acusador.
-Raúl, ¿Qué es eso de tu espalda? –La voz potente de su
entrenador reverberó por todo el complejo.- ¿Te has raspado con la piscina?
Dos docenas de caras se volvieron hacia el, también algunas
chicas, más por casualidad que por intención. Cuando los ojos de estos
observaron su espalda, dado que no pudo darse la vuelta a tiempo, comenzaron los
murmullos, y, tres segundos después, las carcajadas. Felipe y Adrián, ambos en
la piscina, hacían grandes esfuerzos por salir a flote entre un mar de
carcajadas, ambos lloraban de la risa al grito de:
-¡Se la ha follado, se la ha follado...!
Las carcajadas y la singular forma de expresión de sus
amigos, alertó al resto de las chicas. Se sonrojó al máximo cuando sintió la
risueña risa de Marta, así como su mirada. Fue consiente de que la joven
observaba sus cicatrices, dignas de cualquier película erótica de bajo
presupuesto, de sus heridas pasaron a su cara, y sus miradas se cruzaron un
segundo, no pudiendo evitar sentirse desgraciado al extremo. Pero parecía que la
chica parecía contenta, sonreía, casi con sinceridad, intentando que sus
carcajadas no se elevaran demasiado sobre la de su grupo de amigas. Ana, por el
contrario, parecía seria, aunque sus ojos brillaban.
Su instructor parecía contrariado y sumamente irritado,
esperando una buena bronca, agachó la cabeza, pero su paseo a la humillación no
había cesado. La entrenadora de las mujeres, la bella Claudia, llegó hacia
ellos.
-Yo me ocupo de Casanova, vigila a mis niñas.
El paseo le llevó por delante de la piscina de las chicas,
donde las risitas fueron patentes, y las miradas tan penetrantes que le hicieron
sentir de goma. Por si fuera poco, la entrenadora le llevó al vestuario
femenino. Era una experiencia nueva para él, y se sorprendió al comprobar que
era más grande que el suyo, que olía mejor, y que estaba mejor equipado. La ropa
de las chicas colgaba dentro de impolutas taquillas, había retazos de su ropa
interior por aquí y por allá, siempre perfectamente ordenada y doblada. El
vestuario de los chicos era poco menos que una leonera, se sintió extrañamente
afectado por ese ejemplo de eficiencia femenina.
-No te preocupes por las risas. –Musitó la entrenadora
Claudia.- Ya lo olvidarán.
Él no abrió la boca, estaba sonrojado, mareado, nunca tendría
que haber acudido a clase...
-¿Eres Raúl, verdad? –Continuó ella mientras buscaba en un
botiquín empotrado en la pared.- Las chicas suelen hablar mucho de ti...
Finalmente sacó una cajita blanca, que balanceó para
comprobar que no estaba vacía.
-Tienes una forma muy curiosa de llamar la atención.
Su única respuesta fue un gruñido ahogado.
-Estos apósitos harán que los arañazos cicatricen más
rápidamente, son impermeables, así que podrás seguir con el entrenamiento. –Ella
colocó con suavidad dichos apósitos, que desprendían un suave olor a menta.-
Aunque hoy te recomendaría que lo dieras por terminado, se te ve muy pálido,
¿Estas bien?
-Sí, gracias. –Su voz sonó extrañamente endeble.-
-Aiss... Chico, tienes que estar concentrado en lo tuyo, ya
sabes como son los jóvenes, hoy hablaran mucho de ti, y mañana no se acordarán,
así es la vida en un instituto.
Raúl agachó la cabeza de nuevo.
-En fin, bueno, ya me devolverás el favor de los apósitos
otro día. –Nunca había conocido mucho a Claudia, solo de las expresiones
morbosas de sus compañeros de género, pero estaba resultando una mujer
encantadora.-
-¿Funcionarán? –Carraspeó, dándose cuenta de que estaba dando
la impresión de ser un niño insulso.- Los apósitos, quiero decir.
-Sí, claro, son muy buenos. –Rió para sus adentros.- Son los
que yo uso en estos casos.
No entendió la picaresca hasta que, un par de segundos
después, el rostro de la profesora cambió, se ensombreció, aclaró su garganta.
Raúl lo había entendido todo, dudó mucho que un hombre tuviera la capacidad de
arañarla de esa forma, y sacó de ese rostro ensombrecido que su orientación
sexual estaba un poco fuera del cauce de lo natural.
-Gracias... –Exclamó Raúl, intentando romper el tenso
silencio.- Es una lástima que no sea usted nuestra entrenadora, veo que las
chicas tenían mucha razón al hablar de su simpatía.
En realidad nunca había escuchado a las chicas decir tal
cosa, pero le pareció apropiado, además, le preocupaba seguir viendo ese
fantasma tan terrible en el rostro de la entrenadora Claudia, que se había
mostrado comprensible con sus "heridas".
-Vaya, eres un buen mentiroso, casi me lo creo. –Esa sombra
de duda se disipó.- Si mis chicas dijeran eso, significaría que no le hago
entrenar lo suficiente.
Ambos rieron abiertamente, y Raúl se sorprendió de cómo había
desaparecido su preocupación en un par de minutos.
-Venga, vamos fuera, le dejaré bien claro a todos que nada de
comentarios.
-No se preocupe, entrenadora, todo está bien.
Ella volvió a mostrar su sonrisa clara, le dio dos palmaditas
en la espalda y señaló la puerta del vestuario. Raúl la miró de nuevo, era
bellísima, tuvo serias dudas de por qué nunca se había fijado. De ella sabia,
por su apellido, Schoeder, que era alemana, también conocía por la pagina web
del instituto que había estado en el equipo nacional de su país en los Juegos
Olímpicos de Barcelona 92, siendo apenas una niña. Como había acabado en ese
instituto español, al despedirse de ella frente a las piscina tuvo la triste
sensación de que su llegada a esa entidad privada de la docencia estaba
relacionada a su tendencia sexual. Aún más, tuvo la duda de qué pensarían los
padres si supieran que la profesora que veía todos los días a sus hijas desnudas
era lesbiana...
Capítulo VIII
Los chistes en el vestuario fueron tantos y tan buenos que
Raúl acabó incluso haciendo los suyos propios, contagiado de ese espíritu del
humor. La historia de sus marcas de guerra se extendió por todo el instituto en
cuestión de minutos. En todos los pasillos había alguien que le miraba y
estallaba en carcajadas, o un murmullo que se iniciaba a su paso. Los chicos
solían darle palmadas en la espalda, mientras reían, las chicas, por otra parte,
tan solo lanzaban pequeñas risas y susurraban.
Raúl lo ignoró completamente, se puso el MP3 que había tomado
prestado de un ocioso Felipe, y mientras sonaba una música extranjera y
escandalosa, todo fue mejor. Como el día parecía no querer terminar sin
sobresaltos, tuvo uno nuevo.
Estaba en el pasillo, escuchando por tercera vez consecutiva
la misma canción de un grupo sueco que tocaba heavy duro, sintió un toquecito en
el hombro, se volvió de malos modos, cansado de todos los chicos que habían
hecho eso mismo.
Cual fue su sorpresa al comprobar que era Marta la que le
había dado, al parecer, tan solo quería llamar su atención. Raúl se sintió
extrañamente arrepentido del ademán despreciativo que había hecho.
-Marta, sí, perdona... –Se quitó los auriculares.- No sabía
que eras tu.
-No pasa nada. –Comentó ella con su mejor sonrisa.- Te estaba
llamando...
Señaló hacia el principio del pasillo, donde su grupo de
amigas, incluida Ana, observaba con expectación, disimularon cuando Marta se
giró hacia ellas.
-Perdona, es que llevaba los auriculares, no te he debido
escuchar. –Maldijo secretamente al grupo sueco que había evitado escuchar su
nombre en la boca de tan apreciada mujer.-
-Bueno... –Ella dudó unos instantes, no miraba abiertamente a
los ojos de Raúl.- Es que, supongo que no lo sabrás, pero este jueves...
-Tu cumpleaños. –Fue consciente de que se había precipitado
cuando la chica arqueó una ceja.- Me acuerdo de cuando éramos pequeños.
-Buena memoria... –Ella recuperó su sonrisa.- Pues, sí... Es
mi cumpleaños... Voy a organizar una pequeña fiesta, nada del otro mundo, mi
padre, que se ha puesto muy pesado con esto de que cada vez soy más mayor...
Alquiló uno de los reservados del club Azur, supongo que lo conocerás...
-Sí... –Raúl estaba tan inmóvil que parecía de mármol.-
-Me preguntaba si te gustaría ir... –Lo dijo muy rápido, sin
poder evitar que un leve rubor apareciera en sus mejillas.- No tienes que
hacerlo sino quieres, pero lo pasaremos bien y todo eso...
Raúl estuvo a punto de saltar a la pata coja, pese a todo, se
contuvo.
-¡Claro! –Expuso su mejor sonrisa.- Allí estaré.
-Genial... –Lo hizo involuntariamente, pero soltó un pequeño
suspiro, como si se hubiera quitado una gran tensión de encima.- Bueno, ya
hablaremos, y te digo la hora, donde quedamos, y todo eso...
-Sí, bien...
-Bueno... Nos vemos luego...
Ella se giró y dio un par de pasos, esta vez fue Raúl quien
la detuvo con un toquecito en el hombro.
-Marta... –Su mirada fue muy penetrante.- Gracias por
invitarme.
-No es nada... –Tragó saliva.- Además, ¿Cómo podría no querer
a mi lado a la persona que me salvó la vida en la piscina?
-¡Marta, venga!
El grito de una de sus amigas rompió tan romántico momento,
Raúl le deseó todos los dolores posibles en su próxima "cita del mes". Marta
sonrió y se marchó, el grupo de chicas la acribilló a preguntas, todas salvo
Ana, que sostenía su postura frágil.
El viaje de vuelta a casa lo tuvo en silencio, ignorando por
completo a Felipe y Adrián que lo acosaban con preguntas totalmente indiscretas.
En otras condiciones, Raúl les habría dicho alguna tontería para que se
callaran, pero no estaba por la labor. Recordaba con intensidad todo lo sucedido
la pasada noche, no se arrepentía en absoluto, incluso esperaba repetirlo
asiduamente.
Su llegada a casa no fue tan triunfal como esperaba, no había
nadie. Una notita pegada a la nevera decía: "He tenido que ir a trabajar, me
encargaré de hacer la compra, llegaré tarde." No hubiera sido extraño de no ser
porque la nota continuaba con una letra distinta, la de Cristina supuso: "Qué
rápido te has largado, campeón, no todos dejarían a dos chicas desnudas en la
cama, tendrás que volver a demostrarme que no eres una locaza." Para aderezarlo
y darle un toque teatral, habían dejado una marca de labios en el papel,
pintalabios rojo, para ser más exacto.
Fue al baño y comprobó que los apósitos, efectivamente,
estaban realizando su tarea de ayudar a cicatrizar las heridas. Se los colocó
nuevamente y se dio la ducha de rigor, corta, insulsa... Tenia muchas cosas en
la cabeza, la entrenadora Claudia y su problema, la invitación de Marta, lo que
dirían sus compañeros al día siguiente...
Se vistió y estuvo unos minutos ultimando unos ejercicios que
tenia retrasados, imprimió un nuevo trabajo, y se extendió en el sofá, dispuesto
a ver alguno de los programas de moda. Se quedó seco en el primer anuncio, la
movidita noche, el entrenamiento de waterpolo, la tensión sufrida... Estuvo
durmiendo tres largas horas, donde agradeció que ningún teléfono sonará, se
despertó con la boca pastosa y un tremendo dolor en las cervicales a causa de la
postura, estiró el cuello y bostezó.
Había tenido un sueño magnifico, uno de esos que generalmente
aderezaba con una buena paja, pero no tenia ganas, esperó a que la erección
bajara por sí misma. El sueño había borrado todo lo referente a sus compañeros y
a Claudia, ahora tan solo veía a Marta, cohibida en su presencia, pidiéndole que
acudiera a su fiesta de cumpleaños.
Pero las dudas reaparecieron, ¿Qué le iba a regalar? ¿Qué se
iba a poner para ir a la fiesta? ¿Tendría que bailar con ella? Empezó a caminar
por el salón. Redujo sus tres preguntas a la del regalo, las otras podía
aparcarlas hasta el día mismo de la fiesta. No tenia ni idea de lo que se le
regalaba a una chica de su edad, tan solo se le ocurrían cosas clásicas,
peluches, demasiado infantiles, perfumes, demasiado clásicos...
Soltó un jadeo irritado mientras se lanzaba a su cama.
Necesitaría ayuda femenina, eso seguro. Pensó en su hermana, pero no pudo
hacerse a la idea, aguantar sus risitas sarcásticas, sus miradas divertidas...
No, no tenia tanta confianza, además, podía jugarle una mala pasada... Siendo un
chico con poca compañía femenina que le respetara a su alrededor, tan solo le
quedó una persona, una amiga que sin duda le ayudaría, Estela. Aplaudió su
ocurrencia, Estela sabía de muchas cosas, seguramente adivinaría cual era el
regalo perfecto.
Corrió a su cuarto y rebuscó en una de sus estanterías,
dentro de "El Príncipe" de Maquiavelo, en la página 75, su gran tesoro y reserva
monetaria. Recogió esos sustanciosos billetes que tanto le había costado no
gastar en tonterías, era su tesoro, una cantidad suficiente para pagar un buen
viaje de fin de curso, con fiestas y desfases incluidos. Laura siempre le había
dado mucha importancia a esa sección de las relaciones sociales, supuso que le
daría una cantidad considerable de dinero, tanta que seguramente no tendría que
utilizar su "reserva estratégica", pero siempre era mejor prevenir cualquier
imprevisto.
Tuvo que hacerse cargo de alguna que otra tarea doméstica,
puso una lavadora con las sábanas de la cama de su hermana, que ella había
dejado en el suelo, descuidadamente. También le puso un juego limpio, ordenó su
habitación...
Se distrajo con un videojuego mientras caía el Sol, era muy
interesante eso de ir reventando cabezas con una heroína cuya gran
característica era una talla 110 de pecho. Tuvo que apagarlo finalmente, dado
que lo único que hacia era utilizar la cámara para verle a la mujer el
canalillo.
Cuando las farolas ya se habían encendido en la calle escuchó
la puerta de la casa abrirse, su hermana apareció con su maletín y cargada de
bolsas, se apresuró a ayudarla, cosa que ella agradeció con un soplido cansado.
-Ser una ama de casa no es fácil. –Rió sus propias palabras,
si alguien tenía menos de ama de casa era ella. Siendo justos, Raúl era el que
se encargaba de todos los aspectos domésticos.- ¿Qué tal el día?
-Salió el Sol por la mañana y se puso por la noche. –Dijo con
voz ausente mientas colocaba la compra en la nevera.- Normal.
-Hombre... –Laura parecía querer preguntarle algo.- Hoy te
has ido muy pronto... Podrías haber no ido al instituto, te habría hecho un
justificante o algo.
-Tenia un examen... –Sonrió al ver que su hermana había
comprado fresas y nata, no pudo evitar que la boca se le hiciera agua.- ¿Y
Cristina?
-Quería quedarse, pero tenia muchas cosas pendientes... –Se
dejó caer en una de las sillas de la cocina, en algún momento del camino se
había deshecho de los zapatos.- Te manda saludos.
Dedujo que su hermana tendría hambre y decidió hacer unas
ensaladas con dados de queso, uno de los platos que mejor sentaba por la noche.
-¿Qué tal ayer?
La pregunta ya había sido anunciada con anterioridad, pero le
provocó un sobresalto.
-Bien...
-¿Bien? –Su hermana rió.- ¡Fue genial!
Raúl siempre había tenido grandes dificultades para hablar de
sus cosas, en realidad, supuso que le costaría menos desnudarse en público que
expresar sus sentimientos. De todas maneras pesó que su hermana estaba
intranquila por ese motivo, decidió relajarse un poco.
-Bueno, a decir verdad... –Dejó a un lado la lechuga, no se
atrevía a mirar a su hermana la cara.- No lo había imaginado ni en mis más
perversos sueños.
-No creo que tenga nada de perverso... El sexo, siempre que
sea consentido y con precauciones, no tiene nada de peligroso.
-Pero no tomamos ninguna precaución... –Esa espina helada
atravesó su cuerpo en un instante, no lo había pensado, pero...-
-Cristina y yo sí, tomamos la píldora, y no te preocupes, no
tenemos ninguna enfermedad, dudo que encuentres dos vaginas más sanas.
-Menos mal...
-Pero cuando lo hagas con cualquier otra chica, usa
preservativo, no seas idiota. Con nosotras puedes ir a pelo si te gusta más.
Raúl no pudo evitar sonreír abiertamente, su hermana acababa
de dejar la puerta abierta a volver a hacer el amor con ella, sabía que esa
practica, el incesto, era peligrosa y muy antinatural, pero ella, aparte del
placer, tenia la intención de darle experiencia, algo muy importante en ese
mundo de primeras impresiones.
-Eso será si yo quiero. –Dijo sarcásticamente.- No fue el
mejor polvo de mi vida, a decir verdad...
-Fue el único polvo de tu vida. –Matizó su hermana, entre
risas.- Pero no estuvo mal, realmente esperaba menos...
-¿Qué quieres decir? –Abandonó las ensaladas, seguía de
espaldas a su hermana.-
-Pues, bueno, fuiste un poco torpe... –Su tono era estricto.-
Te corriste algo rápido, a decir verdad...
Toda la burbuja de felicidad que había formado en su cabeza
estalló.
-Fue tu primera vez, es verdad... Pero... Joder... De no ser
por Cristina, habría sido una noche patética...
-Es curioso que diga eso la que tuvo dos orgasmos conmigo
dentro. –Se sentía ofendido, supuso que era normal su torpeza, había sido la
primera vez, pero tampoco lo había visto como esa debacle.-
-Fingí. –Cortó ella.-
-Y una mierda. –Estuvo a punto de lanzar el tomate que tenia
en sus manos.- No soy idiota, sé lo que son las contracciones vaginales, sé lo
que note.
Se dio la vuelta para ver su hermana, ella exhibía una
sonrisa radiante y sus ojos brillaban con carisma. Raúl comprendió que había
sido todo una broma, un bulo, lanzado con la única idea de ver su expresión
irritada.
-Eres una...
Abandonó la cocina y se encerró en su cuarto, era una
reacción infantil, pero le habían herido en su orgullo viril con la única
intención de divertirse. Respiró hondo y se dejó caer en la cama, estaba
enfadado, mucho, quizás era una respuesta desproporcionada, pero después de la
creciente tensión del día...
Su hermana llamó a la puerta poco después.
-Raúl... –Dijo con voz arrepentida.- Que era una broma, sabes
que ayer lo pasamos bien... Más que bien...
No hubo respuesta por parte de Raúl.
-Venga, por favor, no te enfades... –Ella suspiró.- Si no
sales me quedaré sin cenar, sabes que no se me dan bien las ensaladas...
No pudo evitar pensar en que lo que decía era cierto, su
hermana era la peor cocinera que había visto en toda su vida.
-Haré lo que sea por compensarte... –Puso mucho énfasis en
"lo que sea".-
Raúl abrió la puerta de su cuarto con poca delicadeza, estuvo
a punto de darle en la nariz a su hermana. Sin mirarla volvió a la cocina y
retomó con presteza su ensalada.
-Mi salvador... –Rió ella, que seguía encontrando cómica la
situación.-
Se aproximó por detrás y le acarició la espalda, sus manos
pronto bajaron a su trasero, pero Raúl la ignoró, le iba a dejar las ganas.
Mientras su hermana se deshacía en caricias, él terminaba de aliñar la ensalada.
Plantó un tenedor en la de su hermana y se la entregó de malos modos. Sacó una
botella de agua mineral de la nevera y se sentó en la mesa para comer.
-Bueno, gracias, que aproveche...
Durante la cena ella le lanzaba miradas significativas,
resopló varias veces, pero no hubo respuesta, al parecer, Raúl encontraba más
interesante un dado de queso.
-El jueves es el cumpleaños de Marta, ¿Verdad? –Dijo de
repente.-
-¿Cómo lo sabes? –No se acordó de que no le hablaba.-
-Está apuntado en tu calendario. –Aclaró Laura.- Además,
siempre he sido buena con las fechas... ¿Este año te ha invitado?
Los últimos tres años, en los que no había sido invitado, el
día del cumpleaños de Marta había sido un gran día de depresión y silencio, se
solía internar en su cuarto, poner música triste y, en las tinieblas, pensar en
la muerte y cosas similares.
-Le decía porque podíamos ir al cine, o algo así... –Continuó
ella.-
-Me ha invitado. –Concluyó él.-
-Eso está muy bien. –Su hermana no pudo evitar desplegar una
sonrisa de circunstancia.- ¿Has pensado en el regalo?
-Tengo que comprarlo.
-Si quieres puedo darte algunos consejos...
-Ya he quedado con una amiga para comprarlo. –Mintió él.-
-¿Tienes amigas? Vaya... –Su hermana suspiró.- Mi niño se
está haciendo todo un hombre...
-No soy tu niño. –Gruño Raúl.-
-Eso no era lo que pensabas ayer cuando hacíamos el amor. –Su
tono se convirtió en un susurro.- Eres mi niño, y no dejaras de serlo por muy
borde o cabezón que intentes ser.
-Supongo que no hay más remedio... –Pasados sus minutos de
enfado, volvió a ser el joven dicharachero.- Necesitaré dinero...
-Tranquilo... –Ella dejó su tenedor y buscó en su maletín, de
donde sacó un sobre.- Hoy he cobrado una venta...
Su hermana le pasó varios billetes, le dejó impresionado por
la cantidad, era más de lo que se había esperado.
-Que generosa estás hoy, me veo tentado a pedirte un coche.
-No soy generosa, solo pago tus servicios de ayer. –Rió
ella.- Te prometí 70€, a eso le he sumado lo que creo que es necesario para
hacerle unos regalos a tu amada Marta.
-En fin... –Él guardó con presteza el dinero, no fuera que
Laura se lo pensara mejor.-
-Ya sabes, si quieres más dinero, tendrás que hacerme un
trabajito. –Le sacó la lengua, uno de los gestos que su hermana solía
desenterrar de vez en cuando, era su pequeño guiño a la infancia. A sus 24 años,
conservaba la vitalidad de una niña de 10.-
-Yo pensaba dejártelos gratis. –Concluyó él, lanzándose al
vacío.-
-Cuando quieras...
Raúl captó de sobra que su hermana le estaba ofreciendo un
polvo en ese mismo momento, pero no tenía ánimos, quería estar bien descansado
para el día siguiente. Se despidió de Laura, que le dio un beso en los labios,
cosa que era costumbre desde hacía muchos años, salvo que ese fue más intenso.
Ya en su habitación se cambió los apósitos, recordó a la entrenadora Claudia
mientras lo hacía, pensó en ella, en su cara triste... Era una desgracia para
todo el género masculino que una mujer tan bella como aquella fuera lesbiana...
Capítulo IX
El martes fue un día en el que no pasó nada significativo,
siguiendo al pie de la letra las palabras de la entrenadora Claudia, los
comentarios sobre sus "marcas de guerra" se habían reducido a lo mínimo, tan
solo algún rezagado seguía haciendo mención a tan cómico episodio.
El miércoles empezó a preocuparse, el día siguiente por la
noche seria la fiesta, y no tenia nada, no haba encontrado el momento de llamar
a Estela, pero fue ella la que lo hizo, el sexto sentido femenino, al parecer.
-¿Raúl? –Dijo ella, su voz sonaba muy fresca a través del
teléfono.-
-¿Estela?
-¡Sí! Vaya, siempre me dicen que mi voz cambia mucho por
teléfono.
-Un poco...
-Bueno, ¿A qué esperas?
-¿A que espero?
-¡Tenemos que ir a elegir el regalo de Marta!
-Oh... –Raúl suspiró, el aire fue audible desde el otro
teléfono.- Bueno, sí, es verdad, tendría que haberte llamado, ¿Cómo lo sabes?
-Escuché al grupito hablando sobre los que iban, escuché tu
nombre, y deduje que estarías a punto de ahorcarte por no saber que llevar.
-Es extrañamente cercano a lo que estaba pasando...
-Somos amigos ¿No? Tengo la obligación de ayudarte, aunque
para mí va a ser un placer.
-Estela, eres la mejor.
-Lo sé, lo sé, no hace falta que me lo repitas. –Ella rió.-
En fin, quedamos a las seis en el centro comercial, ¿Vale?
-Ahí estaré... ¿Nos vemos en la fuente?
-No llegues tarde.
-Eso tendría que decirlo yo... –Ambos rieron esta vez.-
-Venga, que me voy a pensar que me estas tirando los tejos.
-¿No podría hacerlo? –Preguntó Raúl.-
-Sí, pero para eso no necesitas un teléfono.
-Eso espero. –Otra vez risas.- Nos vemos en el centro
comercial...
-Hasta luego...
-Adiós.
Raúl resopló, le dio las gracias secretamente a Estela por
haberle echado ese gran cable, no se atrevía a llamarla, aunque había estado a
punto varias veces. Lo que él temía era cuando le preguntara sobre los arañazos,
la había estado evitando por ese mismo motivo, pero no tenía sentido esperar
más.
A las seis y diez llegó al centro comercial, Estela, vestida
con un conjunto de pantalón y camiseta, muy parecido a uno de los que su hermana
usaba para trabajar, le miró a través de sus gafas de Sol.
-Llegas tarde. –Gruñó.- Creí que me darías plantón.
-Es que he venido en autobús. –Se excusó él.- Tu tienes
coche, no entiendes ese problema.
-La próxima vez paso a recogerte y ya está. –Se quitó las
gafas y mostró sus seductores ojos avellana.- Venga, que es tarde.
-¿Tarde? –Se sorprendió Raúl.-
-Tenemos que encontrar un regalo lo suficientemente especial,
pero sin destacar, puesto que es el primero, y no puedes jugar todas tus cartas
en la primera partida. –Dijo ella, como si lo hubiera pensado mucho.- Supongo
que tu estrechez masculina no te habrá dejado ver más allá de la colonia y los
juguetes, eso servirá en el futuro, ahora no...
El chico no salía de su asombro.
-En otro caso te aconsejaría algo de lencería, pero creo que
es muy precipitado. –Le lanzó una mirada significativa.- Al menos eso creo.
Por fin el tema de las cicatrices se dejaba a entrever.
-Bueno, considero que solo nos quedan dos opciones, los dos
epicentros de la vida de una mujer en formación, el armario y el joyero.
-¿Ropa o joyas?
-Sí, mejor ambas cosas, no sé, ¿Qué me dices?
-Pero... Es que no sé que tallas usa...
-Joder, que cortitos sois los tíos... –Bufó.- Yo sí sé sus
tallas, no te preocupes, no son muy diferentes de las mías, a decir verdad.
Tranquilo, sabré lo que le vendrá bien.
Realmente nunca había comprendido mejor lo de que las mujeres
son peligrosas en un Centro Comercial, visitaron quince tiendas, donde lo vieron
todo, absolutamente todo, incluso la ropa infantil. Estela tenia un ojo clínico
para la ropa, era todo una experta, al margen de la idea que había revoloteado
en la cabeza de Raúl de que solo se inclinaría hacia la ropa más atrevida, pero
tenia un gusto impecable...
Con ella revolotear entre percheros no era tan malo. Pronto
tuvieron varias prendas en la lista de posibles, todas exquisitas, preciosas, ni
muy atrevidas ni muy clásicas, simplemente con estilo, tal y como le gustaban a
Marta. Raúl iba pagando todo lo que Estela consideraba apropiado, pronto
tuvieron una considerable cantidad de bolsas, que, por supuesto, cargaba solo
Raúl.
-Bueno, venga, vamos a dejar esto en mi coche y luego
volvemos.
-Mejor... –Dijo este, agobiado por tal cantidad de bolsas,
que, pese a que no pesaran mucho, abultaban exageradamente.-
Cuando las bolsas descansaron en el maletero del coche de
Estela se pararon a tomar un helado, hablaron un poco de la jornada, de que aún
tenían que ver una tienda más y después irían a la joyería... Estela parecía tan
contenta, tan feliz... Raúl supuso que seria muy difícil para ella eso de tener
amistades, no solo por su personalidad, también por su reputación... Él nunca se
había dejado guiar por lo que decían los demás, Estela solo era una niña grande
que necesitaba mucho cariño...
Por fin llegaron a la última tienda de ropa, Estela examinó
alguna prendas, pero quedó absolutamente embriagada con un vestido, de una sola
pieza, corto pero sin ser llegar a lo escandaloso, era de colores cálidos y
agradables.
-Espera un momento, debo probármelo. –Se internó en uno de
los probadores con el vestido y un par más de prendas, bajo la atenta mirada de
una dependienta de cara estricta.-
No objetó nada, a fin de cuentas, Estela se había probado
todo cuanto había querido, dejando a Raúl abandonado en los solitarios bancos de
las tiendas de ropa femenina, donde siempre había algún que otro chico incauto.
-Raúl, puedes venir un momento. –Sonó la voz de Estela desde
el probador.- Tienes que ayudarme a anudar una cosa.
La mirada de la dependienta le atravesó de inmediato con
malos modos, cansada de que jóvenes parejas dieran rienda suelta a la pasión
dentro de sus impolutos probadores. Pese a todo, Raúl entró ante la puerta
entreabierta del probador de Estela.
Nunca antes, ni siquiera esa mañana cuando dormía
apaciblemente en sueños, desnuda, con el semblante de un ángel, la había visto
más radiante. El vestido se acoplaba perfectamente a la anatomía de Estela, de
forma casi mágica, ni siquiera hecho a medida seria mejor.
-Estas... Estas... –Intentó decir él.- Preciosa...
-Gracias. –Parecía muy contenta.- Realmente es un vestido
precioso.
-Te queda como un guante.
-¿Crees que le gustará a tu Marta?
-¿Marta? –Raúl se había olvidado por completo de que lo que
se suponía que hacían durante toda esa tarde era buscar un regalo para ella.-
Oh... Bueno... No sé...
-No sé, es mucho para la primera vez... –Musitó ella,
triste.- Es una pena, porque este vestido es sencillamente perfecto, pero... De
todas maneras ya hemos comprado muchas cosas...
-Es un vestido precioso... –Lo que realmente habría querido
decir es que ella era realmente preciosa, pero sufrió un repentino ataque de
vergüenza.-
-En fin... –Ella dio una vuelta para que la viera entera, se
estaban mirando a través del espejo.-
-Vale, no se diga más. –Dictaminó Raúl.- Te lo regalo.
-¿Qué? –Ella abrió la boca, sorprendida.- ¿Por qué?
-¿Necesito un motivo?
Sus ojos se humedecieron repentinamente, en un visto y no
visto, se abalanzó sobre sus brazos. Ella le apretó con fuerza, y le dio un
repentino beso, corto, pero cargado de calor.
-Eres... Eres...
-No soy tan estúpido, este vestido está hecho para ti... –Se
ganó un nuevo beso.- Tómalo como la compensación por tus consejos de moda.
-Esos son gratis. –Rió, mientras limpiaba sus lágrimas.-
Pero, ¿Sabes lo que significa que un chico regale un vestido a una chica?
-No, ¿Qué significa?
-Que me tienes que invitar a cenar, es la tradición, la chica
se pone el vestido que le han regalado en una cena a la luz de las velas.
-Vaya, que romántico. –Ambos rieron.- Entonces habrá que
hacerlo, pero, salgamos ya, que creo que la dependienta estará pensando en actos
obscenos.
-Bueno, eso no seria nada malo. –Se dio la vuelta de nuevo y
empezó a recogerse el pelo para quitarse el vestido.- ¿Me ayudas?
Desanudó el cordoncillo que mantenía el vestido en su sitio,
sin preguntarse como habría conseguido la joven anudarlo. El vestido cayó poco a
poco, Raúl supo que para lucirlo, Estela se había despojado del sujetador, pero
no pudo evitar vislumbrar con fijación esos senos tan hermosos.
-Sí, mira, mira, que seguro que te gusta. –Dijo ella, no
siendo la primera vez que lo escuchaba Raúl.-
-Anda, venga, iré pagando. –Se tomó la libertad de darle una
palmadita en el trasero.-
Cuando volvió hacia la dependienta con el traje entre sus
manos, su cara de enfado desapareció, el olor de una venta era más fuerte que su
odio a los jóvenes promiscuos.
-¿Le sienta bien el vestido a su novia? –Dijo ella, con tono
de voz meloso.-
-Sí, me lo llevo. –Por algún motivo, no tenia ningunas ganas
de corregirla.-
Con la bolsa del vestido en una mano y Estela de la otra,
llegaron a una de las joyerías. No tardaron mucho en dar con un colgante que
hacia juego con una de las prendas que le habían comprando a Marta. Estela, sin
embargo, siguió buscando en los estantes. Llegó al mostrador donde la
dependienta, observada desde lejos por el encargado, les cobró el colgante y una
pequeña pulsera que Estela había decidido comprarse.
-¿Una pulsera? –Preguntó Raúl.-
-No, es que todos los chicos son iguales... –Puso los ojos en
blanco, arrancando una risa suave de la vendedora- Se pone en el tobillo, es
para el vestido que me has comprado...
-Siempre se aprende algo nuevo. –Dijo él mientras anotaba
mentalmente que se podían comprar pulseras para el tobillo.-
Eran ya las nueve, habían pasado tres horas de compras, las
tiendas empezaban a cerrar, ellos, como una pareja más, caminaban, hablaban, se
miraban, reían... Cualquiera que les hubiera mirado habría jurado que eran
novios desde hacia muchos meses, que se querían y vivían el uno para el otro.
-Hoy me lo he pasado muy bien. –Exclamó ella, balanceando la
mano que permanecía atada a la del chico.- Debemos repetirlo más a menudo.
-Siempre que quieras.
Estaban ya en el garaje, Estela utilizó su llave magnética
para abrir las puertas, ambos subieron al coche. En vez de arrancar, miró a
Raúl.
-Lo de las marcas de tu espalda... –Dijo de pronto.- No sé,
si quieres podemos hablar de ello...
-Supongo que tendrás preguntas...
-Bueno, solo sé que ha sido tu primera vez...
-Sí, lo ha sido.
-¿Fue bonito? –Suspiró.- Yo perdí mi virginidad con un cerdo
que solo quería de mí colgarse la medallita de desvirgar a una niña...
-Ha sido una experiencia agradable. –Aclaró él, agradeciendo
el interés de Estela.-
-Entonces todo bien, campeón. –Expuso una gran sonrisa.- Pero
no olvides que me tienes para lo que quieras.
Raúl la besó, no supo por qué, pero consideró que era lo más
apropiado, de nuevo se sorprendió del sabor de sus labios, Estela pasó por
encima de la palanca de cambios y se sentó encima del chico, casi tumbándose
encima de él. Continuaron besándose durante un buen rato.
-Eres la mejor persona que conozco. –Dijo ella, mientras le
miraba con sus ojos avellanados.-
-No debes conocer a muchas... –Rió él.-
-Unas cuantas, no te creas...
Estela llevó la mano del joven hacia sus senos.
-Quiero hacer el amor contigo... –Susurró de repente.- Pero
quiero que sea por algo especial, yo... Bueno... Te quie...
-¡Estela! –Raúl se sobresaltó de repente, como si un viento
frío le golpeara duramente en la cara.- No lo digas, aún no... No lo merezco,
por favor...
Ella solo se amilanó con un beso, un nuevo beso, y un abrazo,
ambos compartían asiento del coche, se besaban, se acariciaban. Sentía un
precioso pezón de Estela bajo sus dedos, lo acariciaba, pero no con motivos
sexuales, sino por el simple placer de notar como la joven se estremecía bajo
sus brazos.
-No he sido la primera en acostarse contigo. –Concluyó ella.-
Pero prométeme que seré la primera mujer con la que te acuestes en un coche.
-De acuerdo. –Rió él.- Es un trato.
-En fin, vamos campeón, te llevaré a casa. –No sin llevarse
un último gran beso, la chica se despegó de él.-
Colocó sus ropas y volvió a su asiento. Al poner en marcha el
contacto, sus ojos brillaban intensamente, transmitiendo esa vitalidad tan
bonita que tanto le gustaba a él. Muchas veces más tendría Raúl el placer de
perderse en ellos...
Continuará.