Estaba nerviosa y volvió, una vez más, a leer la nota con
todo lo que necesitaba su Amo. Tenía la cuerda (quince metros), las velas
(rojas, enormes) y el cinto (que le había costado muchísimo encontrar). Sólo
faltaba su Señor, que no tardaría mucho en llegar.
Siempre puntual. Aún no había dado el reloj las once de la
noche cuando el timbre de la puerta sonó. Sofía sabía perfectamente su papel. Se
quitó el albornoz que tenía puesto quedando completamente desnuda. Tenía como
único complemento dos muñequeras (cada una de ellas con una argolla) y un collar
(también con su argolla correspondiente). Se acercó a la puerta y, al tiempo que
su corazón se desbocaba completamente, como casi siempre que estaba a punto de
recibir a su Amo, la abrió.
Para cuando el ascensor llegó a su planta, Sofía ya estaba
postrada justo enfrente. Su cuerpo desnudo estaba esperando a su Amo y, de no
ser porque tenía su rostro pegado al suelo, podría ver la sonrisa de
satisfacción de éste cuando vio su blanca piel haciendo contraste con el suelo
oscuro.
Buenas noches, Señor. Su humilde esclava se satisface
en poder servirle. He preparado todo tal como me ha indicado y espero
que esté a su gusto –le dijo con actitud sumisa.
Bien, perrita. Entremos –concluyó él, al tiempo que
sacaba una cadena de su bolsillo y la enganchaba al collar.
Sofía, convertida (para el deleite de ambos) en la perra de
su Señor, giró sobre su posición y se encaminó con orgullo hacia la puerta de su
casa. Ninguno de los dos sabría cuantas miradas indiscretas habrían grabado toda
la escena en sus retinas, ni cuantas de sus palabras volverían a ser
pronunciadas al día siguiente en cualquier lugar que se prestase a ello, pero
eso tampoco les importaba. Eran felices con su sexualidad y con sus respectivos
roles y, si bien no lo iban gritando a los cuatro vientos, tampoco se lo
ocultaban a nadie.
Su Amo entró en la casa y Sofía tras él. Ésta cerró la puerta
de entrada con la pierna (quería ser su perrita en todos los sentidos) y la
intimidad del hogar hizo que todo su bello se erizase. Ahora estaba para cumplir
todos los deseos de su Señor y, con sólo pensarlo, su cuerpo y mente se
excitaban.
Alberto se sentó en el sillón que siempre estaba reservado
para él. Sofía ya sabía perfectamente lo que tenía que hacer. A cuatro patas se
acercó y comenzó a lamer sus zapatos mientras se los iba sacando. Era el primer
paso de toda la escenografía destinada a desvestir a su Señor. A él siempre le
sobra la ropa, es una manía que tiene y cuanto antes se la saque más a gusto
quedará. Y su perra se presta a ello. Sofía aprovechó esos momentos para
demostrar el deseo que sentía por su Amo acompañando cada movimiento con
caricias, lametones, amor y pasión. Trata de transmitirle todo lo que, en su
interior, provoca su sola presencia. Al cabo de muy pocos minutos el cuerpo de
su Señor se mostró en total plenitud. Su sexo aún no estaba excitado, al menos
no muy excitado, pero Sofía, presurosa, como si la vida se le fuese en ello, se
tiró a por él. Prefería incluso que no estuviese ya crecido, prefería notar como
en su boca iba peleándose por ganar espacio acabando por llenarla. Y la perra
que lleva dentro siempre aprovecha ese momento para mostrarse. Su sexo se
excita, sus pezones se enfrentan a la gravedad empeñándose en ir hacia el cielo
en vez de hacia la tierra, su boca lucha contra la polla de su Amo aún sabiendo
que perderá la batalla, unas veces por la habilidad de él, otras por su propia
voluntad. Y como consecuencia de esa derrota su Amo entrará hasta donde él
quiera. Su glande rozará el paladar de su boca, la recorrerá entera, la forzará
hasta tener arcadas, la hará llorar y... como último fin, la hará sentirse
objeto, como si su única función en ese momento fuese la de tragar esa enorme
trozo de carne que está creciendo dentro de su boca y que, en breve, empezará
con todo el ritual del ahogamiento, que su Amo repite una y otra vez porque
disfruta con él. Es la primera muestra de sumisión que espera aunque no la
última.
Al cabo de unos cinco minutos taladrando la boca de su perra
y cuando ya se dio cuenta de que, de seguir, se complicarían las cosas, Alberto
decidió darse un descanso. Le recordó que en la carta le propuso un juego para
ese día. Cada vez que no tuviese la polla dentro de su boca, tendría que ofrecer
su culo para ser azotado. Su habilidad chupándola la salvaría de una buena
paliza. Y él sabía que a Sofía no le iba el dolor. Lo soportaba porque quería
agradar a su Señor, pero siempre que podía escapar de él, lo hacía. Por eso,
cuanto escuchó que el juego comenzaba, luchó por no soltar esa polla. Su Señor
estaba esperando, atento, sádico, excitado, incluso de forma impaciente, la
mínima separación entre boca y polla para descargar una batería de azotes en su
culo. Y no se andaría con miramientos. Sofía no pudo aguantar más y al final
tuvo que desistir, necesitaba un descanso, necesitaba respirar. Y dejó de
chupar. Ese momento coincidió en el tiempo con la primera descarga de azotes
procedentes del cinto de cuero que tanto trabajo le había costado encontrar.
Respiraba rápido, quería recuperar el aliento cuanto antes para poder
introducirse de nuevo la polla en la boca y librarse de ese castigo, seco y
constante, que le estaba aplicando su Amo. A él le gustaba, era evidente, se
notaba en su cara, en su respiración, en sus movimientos y... en su polla, la
cual hacía tiempo que no alcanzaba esas dimensiones. Por fin pudo abrir su boca
para recibir de nuevo al intruso, que insistía en llegar lo más adentro posible,
sin percatarse (o sí) que esto estaba causando verdaderos terremotos en su
cuerpo. Alberto también intentaba controlar sus movimientos. No era momento de
correrse. Por eso dosificaba las envestidas y adecuaba el ritmo según el peligro
o no de hacerlo. A su perra le encantaba su semen, pero hoy había decidido que
se iba a correr en su cara, justo antes de despedirse y dejarla sola, de nuevo,
en el apartamento.
El juego se prolongó en el tiempo. Tanto que el culo de Sofía
estaba muy rojo y su boca tremendamente dolorida. Pero al fin, para su bien, el
Amo decidió parar. La agarró del pelo y la acercó de forma que una cara estaba
enfrente a la otra. Deseaba en ese momento escupirle porque su cara de loba y de
perra sumisa le estaba excitando muchísimo, pero prefirió lamerla. Tampoco
quería ser demasiado duro con ella. La hizo ponerse en pié y con los quince
metros de cuerda comenzó a atarla, rodeando varias veces cada uno de los pechos,
apretando con la suficiente fuerza como para que los dos pechos quedasen muy
oprimidos por las cuerdas. Siempre le excitó esa imagen. Cuando acabó de rodear
ambos pechos, la cuerda volvió a su espalda y de ahí bajó hasta su culo. Separó
ambos glúteos para que la ésta quedase bien colocada pasándola posteriormente
por su sexo hasta detenerse de nuevo a la altura de los pechos. Había apretado
con suficiente fuerza como para que hiciese presión de forma contundente. Sofía
no se quejaba, como no lo hacía casi nunca, pero Alberto era consciente que le
tenía que estar haciendo daño.
Tal como estaba, aprovechó una viga de madera de esas
decorativas, pero que aguantaría el peso para hacer que Sofía quedase totalmente
estirada con los brazos en alto. Acabó aferrando la postura haciendo una última
atada (con nudo de suelta rápida) a la altura de las manos de la sumisa para que
ésta pudiese desatarse cuando quisiese. Había llegado el momento del descanso.
Alberto se preparó un buen vaso de güisqui y se sentó en el
sillón (su sillón) que estaba perfectamente orientado hacia la nueva posición de
su Sofía. Era placentero, para él, poder ver a su perra, tan sumisa y entregada
como siempre. Tan hecha para agradar, tan servicial, tan buena y tan morbosa.
Habían recorrido un largo camino y aún quedaba mucho por recorrer. Hoy sería
rápido. Ni la iba a llenar, ni la iba a hacer llegar al orgasmo ni la iba a
mimar. Hoy iba a ser su perra. Ella no lo quería así, si le hubiese preguntado,
y ella se hubiese atrevido a contestar, le diría que quería algo dulce, casi
romántico, con mimos y con todo lo que una perrita necesita. Pero su Amo, que
manda, que tiene autoridad sobre ella porque ambos así lo quieren, no deseaba
tener a una perrita, quería a una perra. Una perra que disfrutase de sexo, a una
perra que solo pensase en el placer de su Amo y que, a pesar de las expectativas
puestas en esa sesión, no quedase con mala cara ni mal gesto por no haber
recibido lo que esperaba.
Alberto encendió las velas que Sofía había comprado. Se
encendió un cigarrillo. No acostumbra a fumar, pero en momentos como esos, unas
caladas representan un placer difícil de rechazar.
Sofía sigue ahí, soñando con todo lo que su Amo hará con ella
en cuanto acabe el pitillo y su bebida. Ha visto las velas así que ya cuenta con
cera y espera que sea delicado. Que apague su fuego con una penetración fuerte y
suave al mismo tiempo. Hoy quiere que la penetre por todos lados. Su boca está
más que saciada, pero queda su sexo y culo que esperan su ración. Quiere a su
Amo fuerte y romántico, su Amo complaciente, su Amo comprensivo. ¡Como disfruta
de esos momento!. Su polla entra completamente en ella. No atiende a límites y
se dedica a buscar en todo su interior el placer de la sumisa (su sumisa) que lo
espera. Y siempre encuentra ese placer. Los mejores orgasmos de su vida han sido
con Alberto, sabe encontrarle ese punto escondido que la lleva al paraíso.
Alberto se levantó por fin, se acercó a su sumisa y comenzó a
masturbarse delante de ella. En breve su polla alcanzó el vigor de minutos
atrás. Le gustaba mucho masturbarse mientras alguien le veía y, siempre que le
apetecía, lo hacía. Esta era una de las ocasiones. No mucho después, los
primeros síntomas de que el semen empezaba a circular por su interior buscando
salida eran más que evidentes. Cogió una silla y, con rapidez, se subió a ella
poniendo su polla enfrente de la cara de Sofía y esperó el momento. Ella
también, era consciente de que el juego estaba a punto de acabar. Y ese momento
llegó, ráfagas de esperma (almacenado durante toda la semana) fueron a parar al
rostro y boca de Sofía que lo recibió con devoción. Poco a poco, ese esperma fue
apoderándose de su rostro impidiendo ver con claridad ya que parte del chorro
principal le había alcanzado los ojos. Era su premio por ser buena perra. Aunque
para ella era un premio de consolación, se esperaba otro.
Para cuando volvió de esos pensamientos, su Amo estaba
vestido. Sopló las velas apagándolas y se acercó a ella. Le dio un beso de
buenas noches en una de las pocas partes de su cara que estaban limpias de
semen.
- No siempre será como la perra quiere. Dentro de media hora
desátate –le dijo con una sonrisa en la boca antes de marcharse.
La habitación quedó silenciosa y un cuerpo, sumiso y
entregado, comenzó a contar los minutos para poder cumplir a rajatabla la orden
de su Señor. Así son las buenas perritas, y Sofía lo era.