Cuando reaccionó tras el letargo de la corrida, Alberto
cubrió su cuerpo desnudo con el pequeño slip y salió de la tienda, dejando a
Daniel con la arrechera a flor de piel.
En sus labios, los resabios de la leche de su amigo, le daban
un gustillo salobre y vestían con una fina y transparente capa la carne carmesí.
Tomó conciencia de su cuerpo, de las marcas que le dejara la
libido descontrolada de la noche anterior y un dejo de vergüenza le cubrió de
pies a cabeza ante el inminente encuentro con los otros compañeros del festín.
Sabía que Carlos María y Jorge José lo esperaban en el río.
Un baño frío no le vendría mal después de tanto desmadre, por
lo que se puso la malla, un taparrabo que solo le cubría el bulto dejándole
parte de su trasero a la vista.
Por adelante los vellos hirsutos parecían escaparse de la
tela que, por detrás, acentuaba sus muelles nalgas y la profundidad de su
ranura.
Afuera, el sol del medio día rajaba las piedras y las sombras
de los árboles caían rectas sobre sus raíces. De la carpa hasta la playa solo
había un tramo de pasto verde, arena y pedregullo.
Enfiló hacia atrás de la tienda en la búsqueda de algún lugar
discreto para asearse.
Las tensiones que le aún le quedaban comenzaron a
desvanecerse cuando el chorro de orina salió con fuerza de su semierecto pene y
se proyectó en un arco formando, a su caída, un charco ambarino, sintiendo el
placer de liberar la inflamada vejiga.
En su paladar un sabor salobre envolvía la cueva de su boca
como recuerdo, tal vez, de las lechadas recibidas.
En blanco y negro los recuerdos se le arremolinaban, en
desorden.
Hizo un cuenco con la palma de su mano y, colocándose en U,
se tiró el agua así recogida estrellando su frescor en las paredes de su
dolorido anillo.
La curiosidad pudo más que el temor y arriesgó palparse el
ahora ensanchado aro. Luego de percibirse en el irritado agujero, los tentáculos
entraron con poca o ninguna resistencia en el interior de su caverna tomando,
recién, algún tipo de conciencia del diámetro de su culo. Un estremecimiento le
recorrió por dentro.
Volvió sobre sus pasos marchándose hacia el río. Vio a sus
dos amigos que, al divisarlo, le hicieron señas con los brazos llamándole y
dándole la bienvenida. Daniel ajustó su rumbo y se dirigió a ellos, casi a
saltitos por el pedregullo de la ribera.
Carlos y Jorge lo recibieron con la sonrisa de oreja a oreja,
le avisaron que Alberto había ido hasta la proveeduría por alimentos, le tomaron
de los brazos y lo arrojaron al agua con la suavidad que les caracterizaba, pese
a su resistencia, para largarse encima de él, hundirlo en el frío líquido,
echarle agua con las manos y jugar a pasearse, como buzos, entre sus piernas.
Del retozo al manoseo hubo solo un trecho. El puente se cruzó
por un jabón aparecido en una de las manos que se posó sobre la mansa piel de
Daniel y comenzó a enjabonarlo, acción aprovechada por el otro que refregaba la
tez a mano limpia, excitando los poros de Daniel, quien se limitaba a un "no,
ahora no", cada vez más débil.
Las manos de ambos se entretuvieron con todo detalle en el
torso de Daniel y, al momento de sortear la cintura, lo despojaron de su malla
para solazarse en las zonas íntimas y allí, sí, el juego dejó de serlo para
transformarse en una orgía de arrumacos.
Con toda pericia, Carlos y Jorge hurgaban en los lugares más
recónditos de Daniel quien solo suplicaba sin convencimiento, que se detuvieran.
"Me duele", decía cada vez que alguno le metía los dedos en el culo, o "ay",
exclamaba ante los pellizcos que le propinaban en las nalgas, los muslos o ante
los chupones de sus erizadas tetillas, mientras, en general mantenía una actitud
de pasiva aceptación.
El franeleo a Daniel y el frío del agua no impidieron que los
sables de los tres se encendieran. Así, rodaron los bañadores que aún quedaban
en su sitio y aparecieron en todo su esplendor las porongas erguidas y
desafiantes.
El calor les consumía por dentro y las manos de Daniel
tomaron cada una de las vergas meciéndolas de arriba abajo, en ochos y ceros, en
movimientos más apasionados que calculados.
Acompañando su pedido de "chupame el pingo", Jorge lo
presionó de los hombros hacia abajo, con lo que, arrodillado frente de ese
mástil, Daniel inició una larga lamida paseando su lengua por los testículos,
los muslos y el agujero del culo, haciéndole jadear de placer, hasta que se
detuvo en el glande, degustándolo con la punta de su lengua, acariciando el
meato, hasta que se tragó la enhiesta pija.
Carlos, usando el jabón por toda vaselina, puso la cabeza de
su choto en las puertas del ano y, de un solo golpe, introdujo la mitad en el
canal de Jorge, quien se estremeció ante el dolor pero respondió pegando su culo
con mayor fuerza a las pelotas de aquel, movimiento por el que se metió la
espada hasta la empuñadura, ante el clamor de un "sí, papá, qué lindo",
extasiándose con la verga de Carlos en su agujero y la boca de Daniel en su
estaca.
Ante el giro de la situación, Daniel se metió en el enredo de
las piernas y se dedicó a acariciar son su lengua los testículos de ambos, a la
vez que lamía, despaciosamente el estirado anillo de Jorge, ensanchado por la
gruesa pija de Carlos, a la vez que lengüeteaba lo que quedaba a su alcance del
viril apéndice.
La visión en un primerísimo primer plano de la cópula anal,
con todos los detalles de la nervuda y tallada verga entrando y saliendo del
ampliado agujero, la frágil colaboración del anillo anal que levemente se movía
al compás del bombeo, los jadeos del recipiente y del culiador, las orondas
nalgas aplastándose contra la base de la estaca y el vaivén de los cuatro huevos
de los dos jóvenes entregados a su pasión, eran el caldo adecuado para que la
lengua, portadora de su vehemencia, se deleite (y los deleite a ellos) por los
recovecos más recónditos de sus intimidades, en tanto su sexo se agrandaba y
endurecía hasta adquirir un tamaño inusual en su escasa experiencia.
Las manos de Daniel acariciaban los insolados cuerpos
despertando ignotos placeres. A la luz del día, en pleno sol, el acto de amor de
machos, unido a la naturaleza en libre expansión y el arrullar del río,
embriagaban su joven fantasía. Sus arrumacos resultaron mieles para ambos,
quienes se entregaron de pleno a los movimientos y caricias eróticas más
calientes, acompasados por sonidos guturales de pasión, por lo que se instaló a
mamar la pinga de Jorge, algo ablandada por la penetración anal de Carlos.
Daniel dedicaba todos sus esfuerzos a la felación, en tanto
Jorge le fijaba la cabeza a la pija con ambas manos, mientras le metía su casi
endurecido miembro hasta la garganta, y Carlos se mostraba concentrado en su
penetración y en su placer, pistoneando cada vez con mayor fuerza el culo que se
le entregaba. A la par que metía su verga más y más adentro, hacía un movimiento
circular que le dilataba aún más el recto a un Jorge a quien le temblaban las
piernas y amenazaba quebrarse de placer.
La pasión desencadenada en Carlos no tenía límites.
Desandando el sendero en las entrañas de Jorge retiraba su verga hasta casi
sacarla para luego clavarla de nuevo sin miramientos, haciendo que la de Jorge
se hincara en la garganta de Daniel.
El frío del agua, que los cubría hasta las rodillas, no
alcanzaba a acallar el doble placer de Jorge, quien sentía la verga de Carlos
serruchándole con fuerzas su trasero, haciéndole suyo con posesivas caricias y
abrazos cabríos y, al mismo tiempo, el calor de la .boca y las caricias de la
lengua de Daniel en su virilidad. Sensaciones encontradas se disparaban al
unísono en el centro de su cuerpo, en la base del recto y en la base de las
bolas, bombardeando al unísono descargas compulsivas de deliciosa energía.
El ritmo de la cogida estaba dado por Carlos quien enrojecía
sin descanso las delicadas nalgas de Jorge, enrollando en el fondo de su ser una
madeja de excitación acumuladora de tensiones que, crispándose, estalló en
sucesivas convulsiones regando de ardiente semen el interior de Jorge, quien
acompañó la lechada del macho clavándose con más fuerza la pulsante verga,
deshaciéndose en chorradas de ígnea esperma.
Jorge contraía y dilataba voluntariamente su recto
acariciando la amorosa carne de la poronga que acababa de llenarle el orto,
apelotonarlo de imbricadas sensaciones que nacían del culo y se extendían por
todo el interior de su carne. Daniel se esmeró aún más en su mamada hasta
arrancar la tan buscada eyaculación de Jorque quien llegó a correrse en el
momento justo en que la verga de Carlos se retiraba de su agujero y los dedos
Daniel llenaban el hueco.
Los estertores de Jorge nacieron de su intimidad más profunda
y, como ondas, se contagiaron por su ser mientras de su pene, ablandado por el
masaje hondo y prostático, salían débiles y largos chorros de simiente, los que
fueron paladeados y tragados por un Daniel que se aplicó a limpiarle el miembro.
Carlos y Jorge quedaron agotados y se tendieron en la playa,
cubiertos en parte por el agua del río y arrullados por la arena, con toda su
desnudez a cuestas. Daniel acomodó su espalda en una piedra, y se cascó la verga
hasta derramarse en sucesivas contracciones.