El príncipe y el mendigo...
Introducción.
La agenda de un príncipe.
... el príncipe dormía plácidamente sobre sus costosas
sábanas de satín blanco, las almohadas tenían bordadas los emblemas de su reino
y llenas completamente de delicadas plumas de los más bellos cisnes. De
cabellera negro intenso y larga hasta los hombros, piel morena claro y de
aspecto atlético, el monarca disfrutaba de sus pocas horas de sueño.
Mi señor... – llamó el asistente principal – lamento
perturbar su descanso, pero el primer ministro esta al llegar.
El príncipe abrió ligeramente los ojos para vislumbrar al
intruso, vestía el traje negro de ceremonias, el bigote en un esmerado corte y
la calvicie ganando terreno sobre su frente.
Si... – respondió sin estar seguro de sólo haberlo
pensado – llame a las esclavas para que me ayuden a vestirme.
Con todo respeto, mi señor... – exclamó el asistente –
pero creo que no es buen momento para distraerse...
Sabes que valoró tu opinión – dijo sentándose sobre el
borde de la cama – pero en este preciso momento, no me interesa. Llama a las
esclavas.
Si, mi señor...
El jefe de personal abandonó la habitación con declarado
descontento, debido a la delgadez de las paredes, el príncipe escuchó con
claridad cuando la orden fue transmitida. Se recostó sobre su lecho mirando la
obra de un pintor antiguo que adornaba el techo. Estaba desnudo, tenía la
costumbre de dormir de esa manera desde hacía un par de años, cruzó sus manos
sobre su pecho y pronunció en voz baja...
Como quisiera unos cuantos días de descanso...
El sonido de alguien llamando a la puerta lo hizo
reincorporarse, no se molesto en cubrir su miembro flácido ni, mucho menos, en
tratar de recoger alguna de las muchas almohadas que amanecían en el piso.
Adelante – sentenció.
Dos jóvenes mujeres entraron a la habitación, delgadas,
cuidadas de especial manera para satisfacer los fetichismos del monarca. Una de
ellas, de cabellera rubia larga y brillante, de senos medianos con pezones
pequeños que se dibujaban sobre las delgadas telas de esclavitud, sus piernas
eran largas y bien torneadas y su pubis estaba totalmente depilado. La otra, un
poco más alta y ancha de caderas, mulata traída como regalo por un gobernador
amigo del príncipe, sus senos danzaban bamboleándose a cada uno de sus pasos,
grandes glúteos e igualmente depilada intimidad.
Tengo poco tiempo – dijo el príncipe mientras ambas
chicas se colocaban lado a lado frente a él – así que haré esto rápido.
Sujeto con excesiva fuerza las nalgas de la morena que
comprendió el deseo real. Se tumbó en la cama mostrando sus nalgas a su amo
quien, poco a poco, llegaba a su máxima erección. El príncipe se ubico
hincándose detrás de ella. No hubo lugar a protestas, el falo erecto del
consorte ya se abría paso por entre las nalgas de la morena, sentía como
lentamente se introducía, desgarrándola debido a la nula lubricación, pero la
mulata sabía las reglas, si un sonido salía de sus boca, sería el último. Así
que mordió sus labios mientras lágrimas recorrían sus bellas mejillas. La mano
pesada del príncipe azoto sus posaderas, una, dos, tres veces, siempre
acompañadas del dolor de la penetración. Mientras tanto, los jadeos del
gobernante se volvían más intensos, le excitaba el dolor que causaba y cuando
iba a terminar se acostó sobre la espalda de la mulata, pellizco sus sensibles
pezones e inundo el ano de la esclava que lloraba en silencio.
El príncipe sacó su órgano de la negra y le ordeno apartarse,
miró a la rubia con perversión, primero a sus senos y después a su sexo.
¿Eres virgen? – preguntó – porque no te había visto por
aquí.
Si, mi señor – respondió con una voz suave – me trajeron
apenas hace tres días
¿Conoces las reglas?
Si...
Un brutal golpe impactó la mejilla de la rubia que cayó al
suelo.
Eres una esclava, y como tal, deberás siempre responder
terminando tu frase con "mi señor" o "mi amo" ¿has entendido?
Si, le ruego me disculpe, mi señor...
Ustedes los occidentales creen que somos iguales... –
dijo esbozando una malévola sonrisa – aquí te voy a quitar ese pensamiento.
Date la vuelta.
La rubia obedeció inmediatamente, pero, apenas sus glúteos
estuvieron al alcance del príncipe sintió un par de dedos metiéndose en su
entrepierna, bruscamente, una presión inesperada apareció en su ano, quiso
gritar, pero una mirada de advertencia de la mulata le hizo soportar la
humillación. Las palabras de la negra habían sido claras "resiste, él no tarda
mucho, no expreses tu dolor sino el querrá verte más seguido". Así que, cerró
los ojos y se mordió los labios cuando el dedo logró entrar en su orificio.
Mi señor... – las puertas de abrieron repentinamente
dejando entrar al jefe de personal que no se sorprendió al ver la escena –
el primer ministro esta ya en el aeropuerto.
Vale, vale – respondió liberando a la rubia – ¡vístanme!
El pan de cada día.
Lejos, muy lejos del reino, en una de las comunas para
exiliados, un mendigo se despertaba debido a los rayos de sol que quemaban su
rostro. Miró hacía el sol y cálculo que estaba por ser el mediodía, retiró los
harapos que le servían de cobijo y se vistió con ellos. Su cabellera era larga
hasta los hombros, de piel curtida por la vida en la calle y atlético como todos
los ladrones se puso de pie mientras pensaba cuál sería su víctima para obtener
el desayuno.
¿Listo compañero? – su mejor amigo apareció a su lado –
recuerda que hoy llega el nuevo cargamento de fruta.
Cierto – respondió mirando a su acompañante – pero el
barco aparecerá por eso de las tres o cuatro de la tarde, para eso falta
mucho.
¿Qué quieres que hagamos hasta entonces?
Oculto detrás de las paredes del callejón el mendigo y su
compañero esperaban, la calle estaba desierta, sólo un par de puestos de
vendimia de poco éxito, ese era su lugar favorito para asaltar, los tenderos ya
conocían de su peligrosidad y fingían indiferencia cuando los veían despojando
de sus pertenencias a los inocentes transeúntes que no hacían caso de las
advertencias respecto a la zona.
Mira, ahí viene una... – dijo el amigo regresando a su
escondite.
¿Cómo se ve?
Humilde, lo más probable es que sólo consigamos para el
desayuno.
Más que suficiente...
La joven caminaba hablando relajada con su madre, ambas eran
castañas y llevaban la cabellera larga, de piel oscurecida por el clima
avanzaron despreocupadas hasta donde un par de sujetos, armados con hojas de
metal afiladas detuvieron su andar. La chica vestía una blusa cerrada, prueba de
su virginidad, color miel y una falda que cubría hasta sus rodillas. La madre,
por el contrario, llevaba puesto un traje tradicional del reino, cubría todo su
cuerpo hasta poco arriba de los tobillos, negro, prueba de su viudez, pero
despedía un profundo olor a perfume.
Venga, damitas – dijo el amigo – dennos todo lo que
traigan encima...
Obedientes, temerosas las mujeres entregaron sus bolsos,
levantaron las manos mientras miraban en busca de ayuda.
¿Qué es eso? – preguntó el mendigo.
Es... – respondió la más joven – no es nada...
¿Nada?
En un veloz movimiento arrancó la pequeña cadena que colgaba
del cuello de la muchacha, debido a su brusquedad los botones superiores de la
blusa color miel se desprendieron dejando ver el nacimiento de un par de senos
de agradable tamaño.
Pero mira nada más... la nenita esta muy, muy bien... –
expresó el mendigo clavando su vista en el espacio donde se reunían los
senos de la chica. Y, aparte me quería mentir, esto lo puedo vender a buen
precio...
¿Cómo vez, las castigamos por su falta de cooperación? –
dijo mirando depravadamente el amigo.
La respuesta fue inmediata, los pocos botones de la prenda
superior de la chica terminaron en el piso, su sujetador rojo con encaje
apareció en escena. Mientras tanto, el amigo ya desvestía a la madre de la joven
que miraba suplicante, lloraba al tiempo que el mendigo levantaba el traje de su
madre acariciando las piernas de la madura mujer.
No pierdes el tiempo ¿eh? – preguntó mirando a su amigo
que ya metía su mano entre la piel de su víctima y sus bragas.
Bien, nena, esto va a pasar, ya depende de tus ganas de
cooperar.
La joven tragó saliva mientras el mendigo la empujaba hasta
la pared, lo miró con una sensación de miedo y excitación sacar su erecto
miembro de entre sus sucias prendas. La hizo mirar hacía la pared, pero no
lograba disimular sin interés por mirar el órgano del hombre.
Levanta la pierna...- ordenó él.
La muchacha alzó su extremidad inferior izquierda haciendo
que la falda se levantará un poco. La mano del mendigo se hizo sentir hurgando
en su entrepierna mientras con la otra mano levantaba el sostén y comenzaba a
jugar con sus pezones. Su sexo se humedecía lentamente, en parte debido a los
jadeos de su madre que estaba siendo penetrada a poca distancia, y también
debido a las caricias de su violador quién presionaba su clítoris por encima de
la tela de su ropa interior.
Quítate las bragas... – ordeno susurrando al oído.
La muchacha no tardó en obedecer, levantó su falda lo
suficiente para lograr tomar entre sus dedos los bordes de su prenda íntima,
despacio se inclinó mientras los bajaba exhibiendo sus virginales orificios,
cuando estaban sus bragas casi en el piso, el miembro del mendigo trató de
entrar en su húmeda vagina, presionando suave, pero constantemente hasta que el
glande entró completo dentro de ella. Un suspiro se escapó de los labios del
violador, la chica sólo logro articular una prolongado gemido.
Estas exquisita, mi reina – dijo el violador a los oídos
del su presa.
La penetró casi con gentileza, el movimiento de vaivén era
lento, aumentando poco a poco conforme la joven se acostumbraba, gemía
abiertamente cuando la piel del mendigo chocaba con la suya. Pronto, la
penetración se tornó intensa, ella sabía que no tardaría en alcanzar su orgasmo
así que trató de incorporarse, el mendigo aprovechó la situación y levantó con
su mano la pierna de la muchacha que arqueo su cuerpo pegándolo contra el de su
violador, alcanzó su orgasmo mientras el mendigo seguía en su labor.
Ahora me toca a mi... – dijo el mendigo.
Sacó su miembro aún erecto del sexo de la muchacha y se
masturbó aceleradamente hasta que un chorro de semen manchó las paredes de la
habitación.
Vamos... – habló su amigo, la madre de la chica estaba
tendida en el suelo respirando agitadamente – tenemos que estar en el lugar
desde ahora.
Vale, vale... oye – dijo refiriéndose a la muchacha que
se sentaba al lado de su madre – ten, esto es tuyo... – algo brilló en el
aire para después aterrizar sobre las manos de la joven, le regresaban su
cadena, miró a los dos bandidos mientras se escabullían perdiéndose de la
vista.