EL NACIMIENTO DEL IMPERIO ROMANO I
Habían entrado sigilosamente, hasta el momento todo
estaba saliendo bien. Si coronaban sus esfuerzos esa noche podrían disfrutar de
un gran botín, el mayor de todos en su vida. Julio César, un chico de 25 años,
calculaba todos sus movimientos con extrema precisión. Era el jefe de una banda
de delincuentes que cometían un robo en un depósito de mercancías de importación
en la ciudad marítima de Puerto Cabello, Venezuela. No estaban nuevos en esta
faena, pero sí era la primera vez que robaban algo de tal envergadura. Si todo
se daba bien serían contratados para futuros golpes de proporciones importantes.
Estaban entrando en las grandes ligas. No tenían mucho tiempo y por ello
caminaban rápida y cuidadosamente usando las puntas de sus pies para desplazarse
sin que sus pasos sonaran en el piso de cemento rústico del almacén. Dentro
había un cargamento de computadoras traídas de Malasia que valían una fortuna.
Unos amigos de Julio le habían pasado el dato y la forma cómo podrían
introducirse.
A pesar de todas las previsiones que tomaron, no contaban con
el hecho de que un guardia extra vigilaba en ese momento el galpón. Oyeron los
pasos del celador y Julio ordenó a sus acompañantes que se escondieran. Luego se
colocó detrás de una hilera de cajas y esperó al incauto vigilante que se
acercaba sin sospechar la presencia de los delincuentes. Cuando el joven
encargado de cuidar el lugar estuvo lo suficientemente cerca, Julio se le
abalanzó y lo empujo hacia atrás hasta hacerlo caer al piso. Con una mano le
tapó la boca para impedir que gritara y con la otra le sustrajo hábilmente su
arma de reglamento. Acto seguido, le golpeó con ella fuertemente en la cabeza y
le terminó de derribar en el piso. En pocos segundos había dominado al inexperto
muchacho y disipado momentáneamente el peligro. Antes de que pudiera reaccionar,
Julio le asió fuertemente por ambos brazos y comenzó un proceso rutinario para
él. Miró al guardia fijamente a los ojos durante unos segundos. La sensación que
el celador tenía, una peligrosa mezcla de rabia e impotencia, se desvaneció
rápidamente cuando centró su mirada en los hermosos ojos claros de Julio. Esos
ojos hablaban solos. De repente sintió que no podía dejar de mirarlos y que su
voluntad iba perdiendo la batalla con su captor. No entendía lo que pasaba, no
tenía ganas de gritar, ni de tratar de liberarse del yugo que representaban las
manos de Julio; por el contrario estaba a la expectativa de lo que pudiera
pasar.
- ¡Ni se te ocurra gritar imbécil!, no quiero ruidos, ni nada
que advierta a los demás que estamos aquí ¿Te quedó claro? - le dijo con voz
baja, pero muy firme al vigilante - de lo contrario la vas a pagar y muy caro.
Si puedes volver la mirada hacia allá te darás cuenta que están conmigo varios
compañeros. Te aseguro que la vas a pasar muy mal si cometes el más mínimo
error.
- Sí, sí señor, no se preocupe, no diré nada.
Los acompañantes de Julio se quedaron atónitos por la escena
que estaban contemplando, no podían creer que el tipo pudiese ser dominado en
esa forma y que sintiera tanto miedo, cosa que se notaba a leguas en la
expresión del chico. Sin embargo, lo atribuyeron con simpleza al hecho de la
inexperiencia del joven y la presencia de varios tipos armados, de lo cual ya se
había percatado.
- ¿No lo vamos a amarrar? - preguntó uno de los chicos que
andaban con Julio -
- No, no es necesario.
- ¿Estás loco?, si dejamos solo a ese tipo escapará y nos
delatará a todos. No debemos correr riesgos.
- No hay riesgos, el tipo no se va mover de allí.
- Pues yo no pienso dejar que suceda nada.
- No va pasar nada, nadie va a tocar al guardia. Él no va a
intentar escapar, ni avisará a nadie, ¿Está claro?.
- ¿Por qué estás tan seguro?
- Porque sí y punto, no se hable más del asunto.
El chico descontento se alejó, decía cosas entre dientes,
pero no se atrevió a contrariar la decisión de Julio. Él siempre sabía imponer
su voluntad dado su fuerte carácter que le imprimía firmeza a sus acciones,
inclusive con los integrantes de su banda.
Con rapidez, cautela y exactitud trasladaron varias cajas de
computadoras a un camión aparcado dentro del local. Todo había sido previsto con
la complicidad de varios funcionarios gubernamentales que participaban como
autores intelectuales del hecho. Cuando terminaron se marcharon dejando el local
semivacío. Antes de arrancar Julio fue al lugar donde había dejado al vigilante
y lo encontró sentado en el piso sin haberse movido ni un centímetro, tal como
él había dicho que sucedería. Los compinches de Julio no lo podían creer, pero
tampoco dieron mucha importancia al asunto. Julio se colocó en cuclillas frente
al joven y de nuevo tomó sus manos con mucha firmeza.
- Mírame fijamente a los ojos. No dirás nada de lo que has
visto hoy. Cuando despiertes no recordarás nada de esto, ni nuestros rostros, ni
los movimientos que hemos hecho. ¿Está completamente claro lo que te acabo de
decir?
- Sí señor, muy claro, no me vaya a hacer nada, por favor.
- No te preocupes, si te portas bien no te pasará nada malo.
Pero si hablas, ay de ti.
Sin perder tiempo tomó su arma personal y golpeó aún más
fuerte en la cabeza al muchacho y éste perdió temporalmente el conocimiento.
Hecho esto se alejó y subió al camión que se alejó del sitio rápidamente. El
botín produjo ganancias millonarias que lograron satisfacer a todos. La policía
nunca pudo dar con ellos, en parte por las conexiones que poseían los altos
jerarcas implicados, pero también porque el joven celador no podía recordar nada
referente al robo.
A pesar de formar parte de los autores materiales y no de
quienes planearon el hecho delictivo, Julio César no debe ser menospreciado como
un vulgar delincuente. El es un tipo muy especial. Coincidencialmente su nombre
emula al del gran militar y político romano de la antigüedad. Y no es sólo su
nombre, hay elementos de su personalidad, extracción social y pensamiento que
forman un paralelismo con el famoso personaje histórico. Pertenece a una familia
de clase media que le dio todos sus caprichos desde niño. Viviendo en una zona
pobre de la ciudad entendió las necesidades de la gente de menores recursos y se
transformó en un adolescente popular. Es visto como el chico rico entre todos
sus amigos ya que su padre tiene un buen trabajo y le siempre le ha comprado
zapatos y ropa costosa y además le da dinero que él malgasta en toda clase de
vicios y objetos suntuarios. Esto hizo que desarrollara un carácter fuerte y una
capacidad de ser el líder de su grupo de amigos. Al mismo tiempo es el gran
conquistador de las chicas del lugar por sus cualidades como cabeza de la
pandilla y sus características físicas. Es alto, delgado, blanco, de cabello
negro que lleva casi al rape. Su rostro es pícaro, sensual y hermoso. Lo que más
llama la atención son sus ojos. Están enmarcados en pliegues achinados y son de
un color miel bastante claro. Desde pequeño se dio cuenta de que algo especial
generaba en los demás cuando los miraba. Al principio simplemente no le dio
importancia a ese aspecto pues no lo consideró importante.
Con el tiempo quiso experimentar sensaciones más fuertes y
decidió entrar en el mundo del hampa. Prontamente se transformó en el líder una
banda de delincuentes formada por algunos chicos vecinos. Al comienzo cometían
fechorías de bajo monto que al pasar el tiempo fueron cada vez más grandes y
arriesgadas. Él no tenía necesidad de robar, pero lo hacía por placer, por
sentirse capaz de realizar todo lo que se proponía y por tener contacto con el
peligro y las emociones extremas.
Cuando tenía alrededor de 17 años de edad, su madre visitó a
un profesional en un esfuerzo por conseguir la solución al comportamiento de su
adorado retoño pues ya se había metido en varios líos con policías y
delincuentes producto de su incipiente gusto por el delito. El que eligió para
esta tarea era un tipo con bastante conocimiento: psicólogo, psiquiatra y
parapsicólogo con muchos años de experiencia. Desde la primera sesión se dio
cuenta de la potencialidad del muchacho. Después de examinarlo determinó que
tenía una fuerte voluntad que impulsaba a que los demás hicieran lo que el
deseara, por más tonto o difícil que fuera y ésta se expresaba muy claramente en
sus ojos, los cuales eran la ventana de salida de un inmenso poder de dominación
que resultaba irresistible para los demás. Siempre que lograra que vieran sus
hermosos y acaramelados ojos la otra persona caía rendida a sus pies. El hecho
era que aún no podía controlar por completo ese don y ello disminuía las
posibilidades de éxito en este campo.
A pesar de estar tan claro con el diagnóstico, Rafael, el
parapsicólogo, se encontraba fascinado por los ojos del chico. Julio no era
presa fácil y se resistía continuamente a las palabras y acciones que intentaba
para sacarlo del hampa. Esto desconcertó a Rafael y momentáneamente se le
dificultó continuar el tratamiento. No debía dejarse envolver por un muchacho
inexperto. Él era el conocedor, el sabio, el poderoso y eso lo tenía muy en
claro. Quizá este sentimiento era lo que le servía de protección, pero al
parecer no era suficiente pues nunca había conocido a alguien con un poder tan
fuerte y claro. Rafael no debía dejar por nada del mundo que el adolescente le
venciese, no sólo por orgullo, sino porque su cliente era la madre del muchacho
y su labor era sacarlo del mundo de la delincuencia.
Un día le pidió a su madre que lo llevara a la sesión y le
dejara a solas con el chico. Quería estar seguro de que su atención se centrara
en él y que se sintiera indefenso ante el profesional. Al poco tiempo sus
miradas se cruzaban desafiantes en el marco de una lucha por la supremacía. La
de Rafael tenía el temple de la madurez y la de Julio el desafío de la juventud.
Ambos se estudiaron para tratar de encontrar el punto débil que le permitiera a
uno entrar en el umbral del otro.
- Mira muchacho es mejor que no sigas en el camino que
escogiste, no sabes lo que podría pasarte por andar en malos pasos.
- No quiero, ni me interesa ser un tonto más que cumple las
leyes para tener el futuro de un don nadie.
- Estás equivocado, nadie nunca ha podido escapar a las
consecuencias de sus malos actos, es mejor portarse bien.
- No siento el más mínimo temor por eso, no me importa
caminar por lo desconocido, ni me interesa lo que puedan pensar los demás de mí,
sólo lo que yo piense es importante.
- ¿Me estás desafiando chico?
- ¿Por qué tendría que desafiarte?, ¿Piensas que te tengo
miedo?
- Respeto me parece mejor respuesta.
- Pues no te tengo respeto, ni nada por el estilo.
- ¡Insensato!, no sabes a qué te estás enfrentando.
- Ja, ja, yo creo que el que tiene miedo eres tú.
- ¿Por qué habría de temerte?, si analizas bien yo tengo más
experiencia que tú en este campo y no es la primera vez que enfrento este tipo
de casos.
- Es cierto que tienes más experiencia, pero en tus ojos veo
que no es tan fácil la cosa conmigo y eso no sabes cómo enfrentarlo.
- Ese truco es viejo, te estás dando ánimo en la lucha. Me
recuerdas a los cobardes que silban cuando pasan de noche por un cementerio para
quitarse el miedo.
- Estás viendo en mí tus propias reacciones. Por si no te has
dado cuenta yo no soy tu espejo.
El coraje y la persistencia de Julio preocuparon a Rafael. No
conseguía hacerlo entrar en su redil y por ello su mente se llenaba de dudas,
cosa que no le permitía pensar bien. No es que Rafael estuviera en estado de
indefensión con Julio, ni tampoco estaban en igualdad, la experiencia era
evidente. Pero el hecho de estar en una posición de menor diferencia entre
poderes, aunado a la belleza de los ojos de Julio desconcertó al parapsicólogo.
Es similar a la sensación que sienten los jugadores de un equipo deportivo
cuando saltan a la cancha siendo favoritos y su rival, más modesto, logra
aminorar la diferencia entre ambos grupos. Esto desordena al supuesto más fuerte
y puede causar su derrota por razones psicológicas. En términos épicos Rafael
era Goliat y Julio era David. Expresado en manera literaria Rafael era la Liebre
y Julio la Tortuga.
- Hagas lo que hagas no podrás vencerme Julio.
- ¿Y quién te dijo que me interesaba vencerte?, ni siquiera
me importa estar en esta tonta lucha por el control.
- ¿Y qué deseas entonces?
- Tú sabes que soy un tipo con potencial, desde niño he
notado el efecto que causo entre la gente común.
- Sí pero, ¿Entonces qué es lo que deseas?
- Qué tú me enseñes todo lo que sabes para poder desarrollar
todo mi poder.
- No, nunca haría algo así, tú andas por mal camino y podría
ser peligroso.
- Viste que el único que tiene miedo aquí eres tú.
- No te tengo miedo, ¿recuerdas?, tu mismo lo dijiste, yo no
soy tu espejo.
- Pues me estás demostrando lo contrario. Sigo pensando que
estás asustado. Te diré una cosa. No te preocupes por el hecho que yo pueda
hacerte daño. Sé respetar a la gente que me ayuda y no soy traidor.
La mirada de Rafael no cesaba de ver los ojos de Julio. Por
primera estaba con alguien que le daba la talla y eso, aunque extraño, le
gustaba. Esos ojos eran más poderosos de lo que en principio hubiera podido
pensar.
- Me parece que tienes razón. Más que un error sería una
insensatez desaprovechar todo lo que eres capaz.
- ¿Entonces me vas a enseñar?
- Sí, te enseñaré todo lo que sé, pero con una condición, que
seas siempre el mejor de todos y nunca te dejes doblegar por nadie. ¿Me lo
prometes?
- Claro que sí. Me esforzaré en dar de mí todo lo que pueda.
Ya verás que seré lo más grande que tú hayas conocido, no te defraudaré.
Con una mirada y un fuerte apretón de manos ambos sellaron el
pacto. Rafael quedaba igual que Farnaces II, rey del Ponto derrotado por Julio
César en la batalla de Zela. Por su parte al actual Julio César se le abría un
camino de porvenir, poder, dicha y gloria.